lunes, 6 de marzo de 2017

MAMÁ ESTÁ EN CASA- HABRÁ ALGUNA MANERA

MAMÁ ESTÁ EN CASA
El "¿Donde está mamá?"es un estribillo que padres e hijos reconocen al instante. Aquí mientras la pregunta llega como un eco a través de los años, damos al lector conmovedora respuesta de un hijo cuya madre vivirá siempre en su memoría y en su corazón.
Por James Mc Cracken
Selecciones del Reader´s Digest
Agosto de 198
 
 HABRÁ ALGUNA MANERA

 MI MENTE saltó hasta Sewickley, población de 5.000 habitantes enclavada 20 kilómetros al noroeste de Pittsburgo. Allí nacimos los seis hermanos. Recuerdo los cálidos anocheceres estivales en el porche de nuestra casa. Mi madre se mecía suavemente en la hamaca. Mi padre fumaba en pipa en su silla favorita, una mecedora. Sentados allí veíamos pasar a los vecinos.
Mi padre había emigrado de Irlanda cuando tenía sólo 16 años. No conocía a nadie en Estados Unidos; pero sabía que allí se le iban a presentar oportunidades que no encontraría en su patria. Vino, pues, en un velero. Corría el año 1880, en una estación de violentas galernas con olas más altas que los mástiles. La tormenta arrancó el timón y el buque quedó al garete. Un carpintero que iba a bordo hizo con la ayuda de unos pocos un nuevo timón, precario sustituto del original.  
El velero era viejo, torpe y, para colmo, hacía agua. Las semanas formaron un mes, luego. dos. La comida se tornó rancia y la gente enfermó. Algunos murieron. Pero se completó la travesía. Mi padre fue a inmigración, su primer escalón hacia la nacionalidad norteamericana.
En aquel entonces Pittsburgo era una urbe floreciente, ávida de placeres. El hollín, el polvo, la mugre y los pulmones ennegrecidos pregonaban que en ella había dinero. Mi padre se colocó allí como cochero de un magnate de la industria del hierro. ¡Tenía trabajo!
Algunos años más tarde, llevó al magnate a su oficina, en una gran acería.
—George, ¿nunca has visto un horno de hogar abierto? —preguntó el hombre.
—No, señor, nunca.
—Entonces, ven conmigo. Te voy a mostrar la primera etapa en la fabricación del acero.
Se abrieron paso a través de la nieve hasta un edificio bajo y largo de ladrillo rojo. A intervalos la fachada tenía puertas de hierro, enormes y ennegrecidas, frente a cada una de las cuales charlaban dos o tres hombres harapientos. Un techado de hojalata los protegía de la lluvia y la nieve, pero no del frío brutal.
—Esos son los hornos —dijo el patrono—, en cualquier momento una de esas cuadrillas va a hacer una nueva hornada. Ven, vamos a observar.
Como obedeciendo una orden, un individuo del grupo más cercano se acercó a la enorme puerta de hierro que estaba frente a él
y con una barra en forma de gancho la abrió de golpe. El interior del horno parecía el infierno en una mañana muy fría. Los obreros tomaron unas palas de largos mangos y empezaron a alimentar a la' bestia voraz con carbón, mineral de hierro, magnesio y otros minerales.
Se quitaron el abrigo, la chaqueta, un suéter, la camiseta. En unos minutos quedaron desnudos hasta la cintura. Sus cuerpos sudorosos brillaban con el resplandor del horno. Por fin el fuego tomó forma y la bestia quedó saciada momentáneamente. Los hombres recogieron su ropa, todavía sudando a chorros. Hasta la próxima carga, su trabajo había terminado. En cuestión de instantes la abrasadora temperatura bajó a 12° C. bajo cero.
La traspiración se les congelaba en el cuerpo mientras se acurrucaban junto a la puerta del horno. La enorme puerta irradiaba un po- quito de calor, sólo un poquito.
—¡Señor —dijo por fin mi padre—, creo que van a morir de pulmonía!
—Muchos mueren de hecho, George, pero hay quien los supla.
Cuando mi padre contaba la anécdota, se notaba por el tono de voz que le intrigaba el episodio y que le provocaba admiración. Aquel hombre, el del hierro, era fuerte. Estaba levantando Estados Unidos, y una fortuna para él. Mi padre era gentil y apacible, de profundas raíces irlandesas. El único provecho que obtuvo de la, vida fue una familia y respetabilidad.
Eso fue todo, pero le bastaba.
Mis padres se casaron el 10 de noviembre de 1896. El nombre de soltera de ella era Anne Eliza Vance. Era menuda, pulcra y bonita; tenía el pelo negro, dividido por la mitad como se acostumbraba. ¿Sus ojos? Azules: del tinte efímero y evasivo de un azulejo.
Sus progenitores habían nacido en Irlanda. Mi abuelo llegó a ser jefe de jardineros de una enorme propiedad en el elegante extremo oriente de Pittsburgo. Cultivó dalias altas y jactanciosas, y sus verdolagas adornaron los senderos de sus jardines de piedras. Bajo el ejemplo paterno, creció el gusto y la gracia de mi madre, y las flores llegaron a ser también para ella su pasión. Las rores y la familia. A todos nos amaba, Y bajo sus cuidados prosperamos.
Muchos de los que, amasaron grandes fortunas en Pittsburgo se instalaron en Sewickley, en la zona llamada de los Altos. Se formó una sociedad de castas. Ellos vivían en los Altos de Sewickley; nosotros, los vecinos del pueblo, habitábamos en el valle. En mi época, los dos grupos rara vez estaban en el mismo pie de igualdad.
Cierto que nunca caímos en una pobreza penosa, pero teníamos poco dinero. A diferencia del común de hoy que expresa: "Eramos pobres, mas nunca lo supimos", nosotros lo fuimos y lo supimos. Nosotros en el valle; ellos en los Altos.
Siempre soñamos en que algún:día, algún día ... Nuestra madre alimentaba esa esperanza.
Sus palabras encierran hoy tanta determinación como el día en que las pronunció: "Si papá y yo pudiéramos ayudarlos de alguna manera, lo haríamos, bien lo saben; pero también saben que no podemos. No tenemos dinero. Mas si tienen fe y decisión llegarán a la universidad por su propio esfuerzo. Deben instruirse".

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