lunes, 6 de marzo de 2017

MAMÁ ESTÁ EN CASA- Principio y final

               MAMÁ ESTÁ EN CASA
El "¿Donde está mamá?"es un estribillo que padres e hijos reconocen al instante. Aquí mientras la pregunta llega como un eco a través de los años, damos al lector conmovedora respuesta de un hijo cuya madre vivirá siempre en su memoría y en su corazón.
Por James Mc Cracken
Selecciones del Reader´s Digest
Agosto de 1980

UNA LLAMADA telefónica a medianoche. . Mi mente emergió poco a poco de los abismos del sueño. Ansiaba volver a ellos, pero el teléfono seguía sonando machaconamente.
—James —dijo la voz en la oscuridad de la noche y desde muy lejos. Mamá se ha ido.
¿Mamá se ha ido? ¿A dónde? Recuerdo instantáneo. Vuelven a mi memoria escenas de la infancia, cuando retornaba a casa de la escuela, de jugar, de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Lo más probable es que irrumpiera por la puerta principal. No importaba quién estuviera allí, la primera pregunta siempre era:
—¿Dónde está mama?
Algunas veces respondían:

—Salió. 
Al pueblo, de compras; a la iglesia para ayudar a preparar la cena para un grupo de damas; a visitar a la señora McBride, que estaba enferma.
Sin embargo, esto no ocurría a mentido. Porque mamá siempre estaba allí.
Pero ahora ha muerto. Lo habíamos visto venir desde hacía mucho tiempo. Después de todo, tenía 96 años. Cuatro de los últimos los había pasado en cama o en silla de ruedas en una residencia para ancianos. Pero no era propio de ella partir sin despedirse de todos. "James, dale saludos a Betty. No trabajes demasiado". Antaño hubiera dicho: "Ahora tengo que despedirme. Ya es tarde. Si me demoro, enciende el horno, pon las papas a cocer y da de comer al perro". Siempre hacía estas recomendaciones. Mas esta vez se había escabullido. Ni una palabra a sus hijos, ni una palmadita, ni un beso de despedida.
Y, ¿dónde se encuentra ahora? Bueno, si alguien está enfermo en el cielo (¡pero eso es imposible!), allí la verán, sentada junto a la cama estrechando una mano o refrescando la frente febril con un paño húmedo. O si a alguien le duele la soledad, mamá habrá ido a hacerle compañía. O tal vez esté hablándole al Señor de su maravilloso mando y de sus -eis hermosos hijos.
__¿James¿
Volví a la realidad.
—Sí, sí Martha.
Mi hermana Vive en lo que fue nuestro hogar.
—¿Cuándo vendrás?
—Hoy, por supuesto. Como hay más de 500 millas (800 kilómetros) de Connecticut a Sewickley (en el estado norteamericano de Pensilvania), llegaremos algo tarde. .
La llamada concluyó. El silencio. podía palparse. Del reloj eléctrico que estaba junto a mí salía un zumbido leve que nunca había notado. Los latidos de mi corazón me llegaban hasta los oídos.Ñada más. Mi madre había muerto y el mundo dormía. Encendí una lámpara y eché un vistazo al reloj. Eran las 3:40 de la madrugada. Miré a mi mujer. Tenía los ojos abiertos.
—¿Tu madre? —insinuó con voz queda.
—Sí.
Nos levantamos. Mi esposa me abrazó, me besó, y murmuró algo suave a mi oído.
—Si no te importa —dije—, me agradaría ir en automóvil. En adelante no vamos a volver muy a menudo. Me gustaría ver los montes Alleghanys otra vez, y recorrer la autopista de Pensilvania.
Ella asintió con la cabeza. Por alguna razón, siempre comprendía.
No tenía objeto que nos volviéramos a acostar. Hablamos de mi madre, de mi padre, muerto unos años antes. De una familia de ocho personas, quedaban cuatro: Jean, Herbert, Martha y yo. Nos separaban grandes distancias y rara vez nos veíamos. Esta iba a ser una reunión de familia.
Cerramos la casa y partimos.
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MAMÁ ESTÁ EN CASA- HABRÁ ALGUNA MANERA 
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Por fin en casa
EL DÍA de Año Nuevo la Asociación Cristiana de Jóvenes estaba abierta para todos y se realizaban partidos de baloncesto y carreras de natación. Cuando era niño practicaba la natación y, la verdad sea dicha, no lo hacía mal. En otras palabras, podía mantenerme a flote, agitar los brazos, golpear el agua con las piernas e ir de un extremo al otro de la piscina. La Asociación organizaba pruebas para nadadores de todas las edades y tamaños. Sabía que podía ganar la mía, la de los "enanitos" de ocho. años.
El 31 de diciembre me acosté temprano para descansar. Sin embargo, en vez de hacerlo, convertí el lecho en montículos y olas para practicar las brazadas. Al día siguiente hubo partidos de baloncesto, exhibiciones de gimnasia, bizcochos y ponche.
Por fin llegaron las pruebas de natación. El público se aglomeró a ambos lados de la piscina. El calor y la humedad eran abrumadores. Nuestra carrera fue la primera. Nos pusimos en posición, tres niños a cada lado del trampolín. Mi madre me saludaba con la mano Y sonreía.
"¡En sus marcas! ¡Listos! ¡Fuera!", anunciaron.
Me zambullí, v a los tres metros yo iba adelante. Seguía a la cabeza a los diez. Pero en ese momentotragué agua. Comencé a toser. Tragué más agua y por el rabo del ojo vi cómo me rebasaban mis cinco adversarios. En los seis metros finales llegué no sólo hasta el fondo de la piscina, sino hasta el de mi alma. ¡Había perdido! ¡Había llegado el último!
Volví a casa. La encontré vacía, silenciosa; sólo se oían mis sollozos y resuellos.
Se abrió la puerta del frente. Mamá se detuvo en el vano de la puerta y me dijo:
—Estoy muy orgullosa de ti. ¡Orgullosa de mí! No había visto mi derrota ante unos niños que apenas podían nadar.
—Estoy orgullosa de ti porque terminaste la carrera. Te sobraban motivos para claudicar, pero no lo hiciste. Terminaste la carrera.
Su amor reanimaba cuerpos magullados y espíritus ofuscados. Tenía una luz interior que no se extinguía, cualesquiera que fuesen las tribulaciones o los afanes. Madre, madre, nunca nos abandonaste. Salvo en las tormentas de truenos. Cuando los chubascos rodaban valle abajo y los relámpagos estallaban, sabíamos dónde encontrar a mamá: en el rincón más oscuro de la casa.
Si no estaba allí, mirábamos tras el toallero giratorio de la cocina. La toalla no la cubría por completo, pero ese era su refugio privado. Como el pollito corre a cobijarse bajo las alas de la gallina, mi madre corría hacia el toallero.
Cuando la tormenta amainaba, salía de allí y se sentaba unos instantes. Entonces recobraba la energía. ¡Fuerza! Tenía cosas que hacer. Se levantaba de la silla, indemne, impávida, lista para reanudar su actividad. Había pasado el momento de debilidad.
Quedaban a nuestras espaldas muchos kilómetros. El día llegaba a su fin y el Sol palidecía tras el parabrisas. Las poblaciones pasaban volando. Yo no quería que se fueran. ¡Había en ellas tantas remembranzas! Los buenos tiempos y los buenos amigos de esas poblaciones.
Por último, Sewickley. El hogar. La jornada había terminado. Betty y yo estábamos fatigados. Reduje la velocidad cuando entramos en la calle Beaver. Nos esperaba mucha actividad. La gente, las condolencias... Pronto íbamos a llegar y saludaríamos, diríamos cosas apropiadas, encontraríamos a viejos conocidos y vendrían las reminiscencias. "Recuerdo una vez, cuando tuve un fuerte resfrío", suspiraría alguien, "y tu madre vino y .. ."
Algunas de las casas que conocí cuando muchacho estaban todavía allí. Reduje aun más la velocidad pues nadie me seguía. Allí, junto a donde ahora se alza una gasolinera, aguardaba nuestro hogar. Puedo ver todavía los viejos ladrillos, cubiertos por varias capas de pintura entre blanca y amarilla. Un chiquillo llega corriendo y sube al porche de dos en dos escalones. Abre la puerta de un empujón y se detiene en el vestíbulo.
Mamá, mamá —llama con voz aguda—. ¿Dónde está mamá?
Siento una voz en esa casa y en mi corazón. Me llama desde el fondo de los años: Mamá está aquí, hijo. Mamá está en casa ... para siempre.




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