sábado, 4 de marzo de 2017

TRES GENERACIONES- -MIGUEL DE UNAMUNO- 1907

MI RELIGION
MIGUEL DE UNAMUNO
BIBLIOTECA RENACIMIENTO
MADRID
ESPAÑA
1907
TRES GENERACIONES

No hace mucho tuve ocasión de asistir, en el comedor de la fonda de una villa de mi país vasco, á una escena profundamente sugerente. Habíanse reunido á comer juntos tres individuos de tres generaciones de una misma familia: padre, hijo y nieto. El anciano, el abuelo, era un casero de la montaña, un honrado labriego, sencillo y sin letras, hablando con dificultad la lengua castellana; su hijo, el hombre maduro, era un "indiano" que, después de haber amasado una fortuna en América, adonde partió muy joven y donde se casó y constituyó familia, regresaba á su tierra natal á ver y abrazar á su anciano padre y darle á conocer el nieto; éste, el jovencito, nieto del primero é hijo del segundo, era un mozo lindo, muy pulcro, muy melindroso, muy bien peinado y que comía con singular limpieza, haciendo todo género de monerías con el tenedor y el cuchillo.

Al pobre viejo, que acompañaba á la comida con copiosos tragos de vino, se le caía la baba, como suele decirse, al verse abuelo de un nieto tan fino y tan señorito y no cesaba de repetirle enternecido y en no muy buen castellano : "Ya creía que iba á morir sin conocerte." El "indiano" se encontraba entre su padre y su hijo, entre sus recuerdos y sus esperanzas, pensando Dios sabe en qué, y el mocito comía con toda pulcritud, silencioso, frío, y mirando de cuando en cuando, con aire de aburrimiento á su abuelo.

Os digo que era escena henchida de significación y no por lo que decían, sino por lo que callaban los actores de ella.

Al lindo mozo parecía no importarle nada y no prestaba atención alguna al padre de su padre; diríase que entre ellos mediaba un abismo. Me parece que no se le ocurría pensar que el bienestar de que gozaba, la educación que había recibido, todo aquello en que acaso fundaba pretensiones á una superioridad muy discutible, se lo debía al espíritu honrado, sencillo y noble que el anciano casero transmitió á su hijo, el esforzado trabajador que amasó la fortuna.

Recordé al punto una amarga y triste confesión que oí hace algunos años á un pobre hombre que, habiendo amasado también una fortuna en América y habiéndose allí casado y criado hijos, se veía desdeñado por éstos. "Me desprecian — me decía con lágrimas en los ojos — , me desprecian porque hablo mal y porque no sé las cosas que á ellos les han enseñado los maestros pagados por mí para que se las enseñen." Tuve luego ocasión de conocer á uno de sus hijos y os aseguro que sabía más el padre. Lo que el hijo sabía era hablar de cosas de libros, chapurrear el francés y un poco de inglés, suspirar por París y echar pestes del pueblo de su padre.

Y era de oirle cuando á cada paso comparaba este pueblo con aquel otro en que había él visto la luz.

Sus comparaciones eran un portento de superficialidad. Todo se le volvía hablar del encachado de las calles, de los ivater-closets, de los tranvías, de los restauranes, de los teatros. Para él la civilización se reducía á la urbanización y á las comodidades, y fuera de esto, á ciertas exterioridades en el porte y las maneras. Era estupenda su incomprensión de lo más íntimo de la cultura. Y era, «obre todo, estupenda su falta de sentido poético, su penuria de sensibilidad. Me decía que las piedras viejas no le interesaban.

Sólo la falta de sensibilidad, la carencia de sentido poético, ó digámoslo más claro, la frialdad de corazón puede, en efecto, explicar ciertas cosas. Vienen á dar su vuelta por Europa no pocos americanos hijos de españoles, y los hay de entre ellos que no tienen la curiosidad, ya que no la piedad, de ir á visitar el pueblo de sus padres, París les reclama. En el pueblo de su padre, una pobre aldea perdida entre montañas acaso, no hay bulevares asfaltados ni tranvías eléctricos, y sobre todo, no hay Moulin Rouge, ni hay ches Maxim. La honda, la penetrante

poesía de una de esas aldehuelas no es para todos, ciertamente.

 ¡ Qué hermoso, qué henchido de honda giedad y de íntima poesía es el relato que el gran poeta oriental. Zorrilla de San Martín, nos hace de su visita al pueblo de su padre, allá en la montaña de Santander!
Pero es que Zorrilla de San Martín es un poeta, un verdadero poeta, un alma delicada y noble, que guarda el tesoro de una cultura secular.

No soy yo de los aduladores de mi patria; más bien podría reprochárseme cierta acrimonia en la censura de nuestros defectos. Jamás he ocultado nuestras flaquezas, pero cuando topo con alguno de esos mozos lindos á quienes todo se les vuelve hacer ascos y melindres á cuanto por aquí hay, me revuelvo al punto en contra de ellos y en contra de las excelencias que de su tierra nos vienen á contar. Porque ni lo malo nuestro es lo que ellos estiman tal, ni es lo mejor suyo lo que ellos por mejor tienen.

Una vez fué á Bilbao, mi pueblo natal, un vecino de está ciudad de Salamanca en que escribo y resido, y delante del palacio de la Diputación de Vizcaya, un edificio presuntuoso y pesadote, una mole de arquitectura indefinida, exclmaba: "¡Si tuviésemos una cosa, así en Salamanca!" Y lo decía un salmantino que si ha entrado alguna vez en la hermosísima catedral vieja de esta ciudad habrá sido acompañado á un forastero que deseaba verla.

De las muchas cartas que al cabo del año recibo de espontáneos corresponsales y para mí desconocidos lectores americanos, las más de ellas, la inmensa mayoría, son cartas escritas en un tono benévolo y simpático, animándome á proseguir en mi labor, ó cuando me censuran algo, censurándomelo con discreción, buena fe y respeto. Pero no faltan tampoco, aunque en pequeñísima minoría, cartas — las más de éstas anónimas — de un tono insidioso y travieso en que se trata de lanzarme pullas, ó mejor dicho de lanzar pullas á esta mi patria, á sus hombres, á sus cosas. Y ¡ qué necedades se les ocurre á esos desgraciados graciosos ! Hace poco recibí una en que, á vuelta de emplear el honrosísimo calificativo de gallego en un sentido mezquino y que rebaja al que en él lo emplea y no á aquel á quien se le aplica, me preguntaba si ciertos apellidos españoles, Iglesias, de la Iglesia, etc., proceden ó no de la inclusa, si son apellidos que se daban á los niños recogidos en el torno de la casa de expósitos.

Si yo fuera un hombre insidioso y de mala leche, como suele decirse, habríale respondido que sí, que esos apellidos y otros muchos fueron en su origen de la Inclusa, y entre ellos, los apellidos de santos, y entre éstos, el apellido de San Martín, tan justamente glorioso en la República Argentina.

En mi país vasco se ha desarrollado de algún tiempo á esta parte, y á favor de la prosperidad 
material que allí reina, un sentimiento lamentabilísimo y censurable, cual es el de un injustificado 
desdén hacia aquellos que de otras regiones españolas acuden allá á buscarse la vida
 trabajando y acrecentando con su trabajo la riqueza del país. Llamándolos "maquetos", 
dicen de ellos que han ido allá á matar el hambre. Sí, y á matar el hambre de los
 que así los motejan. Es el tal un razonamiento parecido al del dueño de una fábrica que 
asevera muy serio que da de comer á cien ó doscientos obreros, cuando son ellos los 
que le dan de comer, y algo más que de  comer, á él. 
Ese fenómeno del "antimaquetismo", esa mal encubierta hostilidad al forastero ó emigrante
 que viene á trabajar es un fenómeno que se produce cuando el colaborador en la producción
 se convierte en concurrente para el consumo, cuando de la siembra y la siega se pasa 
al reparto de la cosecha. Entonces los hijos de los primeros ocupantes se llaman á engaño
 y pretenden tener ciertos privilegios, como si se debiera á ellos la fertilidad del suelo.
 Cualquiera creería que el existir ricos veneros de hierro en mis montañas nativas es un
 mérito de los que hemos nacido en ellas. Esos "maquetos", esos pobres obreros que han 
sudado su vida para extraer mineral de las entrañas de mi tierra ó en otro trabajo y que así 
la han enriquecido, son buenos para eso, para trabajar;pero cuando tratan de intervenir en los 
cargos públicos ó de ocupar posiciones socialmente ventajosas, se les echa en cara el que 
fueron allá á buscarse la comida, es decir, se les echa en cara el que fueron laboriosos. 
En cierta ocasión un personaje argentino, ya difunto, buen amigo mío, y á quien le recomendé 
un emigrante, me escribió una carta llena de interés en que, entre otras cosas, me decía:
 "Disuada usted de que vengan á gente de carrera ; lo que aquí necesitamos son brazos 
y capitales, no capacidades ; doctores sobran por acá en América y hasta hay Repúblicas 
en las que como no tienen otra cosa que hacer, inventan revoluciones." Me expliqué al punto
 lo que me decía mi amigo y tocayo y hasta me di cuenta de muchas cosas que él me
 callaba y yo leía entre líneas. Y recordé la amarga odisea de un médico amigo y paisano mío 
que tuvo que sufrir no poco por tierras de ultramar y tuvo que sufrir en virtud precisamente de su
 ciencia y competencia que eran grandes. Sus distinguidos colegas le ayudaron á pasar tales
 trances. 
¡ Adonde me ha traído y por qué erráticos caminos la escena aquella de los tres representantes 
de tres generaciones de una familia ! Y aún me parece verlos, al viejo, haciendo esfuerzos 
para servirse del tenedor y no echar mano á las viandas como haría en su casa, y al jovencito, 
cortando la carne con monería y pelando los melocotones con una tan suprema elegancia que
 daba que reír. Y entre ellos al rudo forjador de la fortuna, no sé si avergonzándose de tener tal
 padre ó de tener tal hijo ó envaneciéndose de una ú otra cosa ó de las dos.Y ¡ qué bien peinado
 estaba el mocito ! j qué cabellera tan linda ! ¡ qué cabeza tan artística por de fuera ! 
Por dentro no sé lo que tendría, pero, de seguro que estaba amueblada con las últimas 
novedades de los libros venidos de París de Francia. 
El hombre maduro, el indiano fraguador de fortunas, me pareció un mero término de enlace 
entre dos generaciones,entre su padre y su hijo. Y me puse á comparar al anciano fuerte y 
sencillo con el jovencito delicado y desdeñoso Y aquél, el viejo casero, me pareció mucho más 
joven que éste; y no ya joven, sino hasta niño. Conservaba á su edad, que pasaría de los 
setenta, entusiasmo é ilusión por su nieto, acaso admiración al verle tan pulcro y tan 
pulido mientras que el jovencito parecía haber nacido en aburrimiento y llevar sobre su artística
 cabeza el hastío de los supremos desengaños. 
Y aquella reunión de tres generaciones de una familia ¿por qué se celebraba en el comedor
 indiscreto de una fonda , ante los ojos extraños? ¿Por qué no en la casería del viejo, en el 
hogar del indiano? Es que estaba tal vez en lo alto de una montaña adonde había que 
subir por un sendero pedregoso, acaso lleno de barro á trechos y ni los delicados pies 
del nieto estaban hechos sino para el macadamizado ni sus relucientes botines podían 
exponerse á una salpicadura de fango. Aquella casa, además, no ofrecería, 
de seguro, las triviales comodidades de una fonda. No era la vivienda de un país civilizado en
 concepto del lindo mozo de la bien peinada cabellera, me figuro. Porque estoy casi seguro 
de cuál era el concepto que de la civilización tenía el tal jovencito melindroso y despectivo.
 Un concepto ridículo y archisuperficial. 
Mientras no desaparezca ese concepto de la civilización que la hace consistir primera y
 principalmenteencomodidades y facilidades para la vida material, en blanduras y molicies de
 civilización, no se ha adelantado del todo en un pueblo. Muy importante es, no ya la higiene, 
sino el confort; pero hay que convenir en que en un pueblo de higiene descuidada puede el 
espíritu moverse en más altas y más hondas esferas que en otro pueblo que se riega á diario 
con agua antiséptica. La higiene misma, con ser cosa indispensable, va convirtiéndose 
en monomanía y en superstición. 
El aforismo dice: mens sana in corpore sano ,espíritu sano en cuerpo sano, y no corpus sanum 
in mente sana; lo primero es lo primero. Entre los dos extremos, pareciéndome los dos
 abominables, prefiero á Job en el muladar que no á un caballerete que se baña y perfuma á 
diario en la butaca de un club de ociosidad. 
Bien sé yo que no todos los nietos de nuestros rudos é ingenuos montañeses sienten como el
 lindo mocito mentado; es más, me complazco en creer que los demás de ellos guarden un
 culto á su ascendencia y si no visitan el hogar solariego de donde su sangre mana, será
 porque no podrán hacerlo ó no más que por pereza. Bien sé todo esto, pero no quiero omitir
 mi protesta contra esos mocetes superficiales y vanos que se nos vienen á desdeñar aquello
 que son incapaces de sentir, que fundan la superioridad de un pueblo sobre otro en cosas
 meramente de corteza y que parecen suponer que los agentes principales de la civilización son el 
barrendero, el cocinero, el sastre y la bailarina. 
Salamanca , Octubre de 1907 

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