lunes, 24 de abril de 2017

-1-AUTOBIOGRAFÍA DE HENRY M. STANLEY-"Bula Matari"

AUTOBIOGRAFÍA DE HENRY M. STANLEY
 Selecciones del Reader´Digest
1943

LOS AÑOS han ido convirtiendo en lejano recuerdo el nombre de David Livingstone, que era, hace unos tres cuartos de siglo, la actualidad palpitante.
No menos olvidado se halla el de Henry M. Stanley, el arriesgado explorador que se internó en el África central, hasta dar con Livingstone. Y con todo, pocas vidas tan llenas de interés como la de Stanley; ya por sus aventuras, que rayan en lo fantástico; ya, en fin, por sus hechos notables.
Los viajes que este periodista-explorador llevó a cabo en África, lo colocan entre los descubridores que han ensanchado los límites del mundo conocido.
La vida de Stanley que damos aquí comprende dos partes: la primera, es un resumen completo de su autobiografía; la segunda, de Bula Matari, el libro en que narra Jacob Wassermann la expedición de Stanley en busca de Livingstone.

AUTOBIOGRAFÍA DE HENRY M. STANLEY
A MUERTE de mi padre, acaecida a las pocas semanas de haber venido  yo a este mundo, me dejó sin hogar. Pasé los doce primeros años de mi existencia sin haber sospechado siquiera que todo niño necesita de la ternura y de los cuidados de una madre. Hasta los cuatro, viví bajo el techo de parientes que me acogían de mala gana, o bajo el de extraños a quienes ellos, de mala gana también, les pagaban para que cuidasen de mí. En 1847, me mandaron al hospicio. Era éste un enorme edificio de sillería. Cuando su pesada puerta se cerró a mis espaldas con resonante golpe, me sobrecogió una sensación de angustioso desamparo nunca experimentada hasta entonces.
La disciplina a que sometían a los niños en aquel hospicio de St. Asaph era iinmisericorde. Los muros que los separaban del resto del mundo, altos y sombríos; las puertas que les cerraban el paso, recias y provistas de cerrojos. Mis compañeros y yo teníamos que saltar de la cama a las seis de la mañana. A las ocho de la noche, estábamos ya encerrados en el dormitorio. La ración diaria se componía de pan, avena cocida en agua, y papas: todo ello muv tasado.
Fueron menester varios días para que yo cayese en la cuenta de la ninguna importancia que le conceden en un hospicio al llanto de un niño. James Francis, el maestro bajo cuya férula me habían puestoun manco de carácter brutal, agriado por el infortunio—, era hombre incapaz de entender las penas de la infancia, y al cual no le importaba entenderlas. Su manera de enseñar consistía en golpear una vez, con la pesada regla de ébano que nunca dejaba de la mano, al que incurriese en la más leve equivocacíón; y en darle una paliza al que se equivocara varias veces. Era caso diario verlo derribar a empellones a los pobres chiquitines que, acurrucados en el duero suelo, quedaban allí temblorosos; o que, después de levantarse, permanecían de pie, cegados por las lágrimas, encorvados, en espera del reglazo cruel o del puntapié canallesco. Entre nuestras obligaciones, se contaban las de barrer el patio de recreo, valiéndonos de escobas más propias para gigantes que para niños; manejar la azada, para desembarazar la tierra de la capa de hielo que la cubría; y aprendernos todas las noches de memoria páginas enteras de los libros de texto.
Pese a todo esto, hay dos cosas que debo agradecerle a esa extraña institución de St. Asaph. Aun cuando el afectó y la dicha del hogar faltaban por completo, fué allí donde aprendí a conocer a Dios y a tener fe en El, y donde aprendí a leer. Nos enseñaban religión; había a nuestro alcance una copiosa colección de libros, como las memorias de Wesley, las vidas de Bunyan, Fox y MilTon, variedad de sermones y comentarios. Gran consuelo era para mí saber que, aun cuando huérfano y falto de amigos a quienes volver los ojos, tenía un Padre en los cielos ante quien podía sentirme igual al más poderoso de los hombres.
Por la época en que contaba yo once años, era el príncipe entre mis condiscípulos, por su apostura y por su simpatía, un chico de mi edad, llamado Willie Roberts. Cierto día caí enfermo, y cuando pude abandonar el lecho semanas más tarde, convaleciente aún, me impresionó mucho el rumor de que Willie había muerto de repente. Como la enfermería y la sala donde depositaban los cadáveres daban al mismo patio, algunos muchachos propusieron que fuéramos a ver a Willie. Impulsados, pues, por una curiosidad no exenta de terror, nos introdujimos a hurtadillas en el medroso lugar. El cuerpo de nuestro compañero yacía en un féretro negro. Uno de los más atrevidos levantó una punta del sudario, y a la vista de ese rostro de cera en donde se destacaba la fijeza de los ojos abiertos, todos retrocedimos mudos de espanto. No obstante, pasado un momento, recobrando su imperio la curiosidad, alguien retiró completamente el lienzo y quedaron a la vista multitud De negros verdugones sobre el lívido cadáver. Volvimos a cubrir apresuradamente el cuerpo con el paño mortuorio. Había bastado una mirada para confirmar la opinión unánime de que Francis era el culpable de la muerte de Willie.
Un suceso ocurrido en mayo de 1856 vino a determinar un cambio en el curso de mi vIda. Se descubrió que alguien había hecho cortes con una navaja en una flamante mesa que acababa de ponerse en uso. Era ésa, sin duda, la obra de algún pilluelo desconsiderado. Francis tornó en la mano la vara de abedul de que se servía para castigar, y yendo coléricamente de clase en clase, exigió el nombre del criminal. Mas acontecía que nadie lo sabía, de modo que así hubimos de contestar todos.
—Está bien—nos dijo entonces—voy a azotar a toda la clase. ¡Desabotónense todos!
Cumplió el hombre su amenaza empezando por los últimos de la clase. Una vez más presenciábamos los gritos y lamentos, las contorsiones y las lágrimas. Por esa época había llegado yo a ocupar el primer puesto entre los muchachos de la escuela, cosa que me calificaba para reemplazar al maestro cuando él se ausentaba. Esto me había infundido, aunque por un proceso inconsciente, cierto sentido de dignidad v de orgullo, de suerte que cuando me llegó el turno de compartir la humillación de mis compañeros, opuse una obstinada resistencia.
jCómo es eso ?—gruñó el hombre coléricamente—. ¿Por qué no está usted listo? ¡Quítese esa ropa inmediatamente!
—¡Basta ya!—grité asombrado de mi propia audacia.
No había acabado de decirlo cuando sentí que me asían por el cuello, me levantaban en vilo, me tendían en una de las bancas, me daban repetidos golpes en la barriga, volvían a levantarme, me zarandeaban y me lanzaban de nuevo contra la banca, y con tal violencia, que a poco me rompen el espinazo. Al ver que el maestro se inclinaba hacia mí, para asirme por segunda vez, le lancé una fuerte patada que, alcanzándole en mitad de las cejas, le hizo añicos los lentes y lo dejó medio ciego. Retrocedió él unos pasos, tropezó en una banca, tambaleó, y yéndose de espaldas, dió con la cabeza contra el suelo. Fuímele encima, me apoderé de la vara y empecé a golpearlo hasta que, notando que permanecía inmóvil, caí en la cuenta de lo que estaba haciendo.
No sabía qué partido tomar. La cólera que me dominaba se había desvanecido. Ayudado por algunos compañeros, llevé al maestro a su habitación. En cuanto cerramos la puerta después de dejarlo allí, mi amigo Moisés me preguntó con voz apenas perceptible si estaba muerto Francis. El solo pensamien-to de que pudiera estarlo, me infundió pavor, y decidí, a indicación de, Moisés, huir y ocultarnos. Pero, antes de poner por obra el proyecto, enviamos a otros dos muchachos a averiguar en qué situación se hallaba el maestro. Para tranquilidad de mi conciencia, supimos pronto que lo habían visto lavándose la cara.
Sin perder un segundo, Moisés y yo nos pusimos en marcha; escalamos la tapia del jardín y echamos a correr.

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