miércoles, 12 de abril de 2017

INICIO DE TARDES CON LA ABUELA-RETRATO DE FAMILIA

 Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
2 0 0 8

A la memoria de mis abuelos
José Andrés y Zoila Agripina,
Juan de Dios y Rosenda.

Para Antonio, Gabriela,
Ana y Óscar Obregón,
los miembros más jóvenes
de la tribu.

Si el verdadero lugar de nacimiento es
aquel donde por primera vez nos
contemplamos con una mirada
inteligente, los libros son, a veces,
una patria.
 Memorias de Adriano
MARGUERITE YOURCENAR

Las mejores novelistas del
mundo son nuestras abuelas.
 Los años con Laura Díaz
CARLOS FUENTES

Por eso, de Chiapas o de Guatemala,
una y otra plumas de una misma ala…
 La Marimba
MANUEL MÚZQUIZ BLANCO

Todos los personajes que aparecen en esta crónica existieron
realmente, si bien algunos nombres y apellidos han sido
modificados así como algunos acontecimientos; las historias
de la primera parte son, casi todas, producto de mi imaginación;
las de la segunda, en su mayoría, sucedieron casi tal
y como aquí se narran.

  AGRADECIMIENTOS

Se necesita el concurso de muchas parejas para que, a través del tiempo, un ser humano nazca a la vida. Fue necesario que innumerables antepasados nuestros se hubieran conocido y amado para que cada uno de nosotros, en un acto de amor, fuera concebido y viniera al mundo. Somos la resultante final de una cadena casi infinita de actos de amor. Tal vez esto es un signo de que, en definitiva, todos somos hijos del Amor, con mayúscula.
Es necesaria también la colaboración de muchas personas para que un libro, por pequeño que sea, salga a la luz. Esta pequeña crónica de mi familia es el resultado del entusiasmo y el apoyo de muchas personas, algunas de las cuales quisiera mencionar aquí:
Gracias a mis hermanos Juan Antonio y Maleni por impulsarme y animarme a emprender esta tarea que ha sido como dar vida literaria a quienes debemos nuestra vida humana. En especial a Tonio, por todas las informaciones que me proporcionó sobre Motozintla y por haber rescatado la carta del terremoto de Managua que, en la familia se conoce como la Carta de la hecatombe.
Mis hermanas Ana María, Rosa Adela y Martha Edith me compartieron
sus recuerdos de la familia, especialmente de las abuelas, que he incluido aquí y que integran buena parte del relato.
Gaby Obregón se dedicó a la investigación de los datos históricos sobre fray Matías de Córdova en Chiapas y en México. Todo lo aquí mencionado sobre la Independencia de Chiapas fue por ella rigurosamente documentado.
Luis Arrieta Erdozain y María Elena Welsh, cada uno por su lado, me animaron siempre a escribir algo sobre mi familia. Su estímulo y su cariño me acompañaron durante todo el tiempo de la redacción de este relato.
Last but not least: nada hubiera podido realizar sin el apoyo moral y afectivo de Yvette Jiménez de Báez, algo así como la madrina de esta crónica.
A todos ellos, mi gratitud sincera.

BUJUMBURA, 13 SEPTIEMBRE DE 1999,
Centenario del nacimiento
de la abuela Pina Maldonado.

  PRÓLOGO

OSCAR MAYORGA DARDÓN NOS ofrece su primera novela, Las
tardes con la abuela, y así inicia la publicación de su obra aún en manuscritos, que circulan de mano en mano con cierto misterio y reverencia.
Vi crecer esta novela entre las cuatro paredes de la ciudad sitiada de Bujumbura. Por eso la presento. El autor comenzaba cada nuevo capítulo con algún bombazo o con la toma de algún barrio cercano por las tropas rebeldes.
También fui testigo de cómo se esponjó el manuscrito con la brisa húmeda del lago Tanganica. Vi al autor corregir en la serenidad de las noches, largas y tibias, como en la Sierra Sur en México, las páginas impresas en papel reciclado. Ahí nació, en medio de la noche y los temblores de guerra esta opera prima muy chiapaneca, muy africana, muy como el café de la Sierra que es de todas partes.
Andrés Grijalva, protagonista del relato es más que un personaje: es un río que surca y corta la Sierra Sur de Chiapas y sabe a café de altura. Es un embajador en un país remoto en el corazón de África, donde nace el río Nilo, vida de muchas culturas y desventura de muchos esclavos. La abuela es un plural donde caben muchas mujeres que forjan otras culturas, otros hombres y mujeres del Chiapas húmedo y pedregoso.
Las tardes con la abuela es una novela de muchos planos. Puede ser leída como un relato autobiográfico o como una historia de veladas aventuras, y simultáneamente es una historia con historias aún por narrar. Una novela hecha familia, una familia en expansión. Es una fotografía en colores ocre donde la familia se reconoce con sus posturas, sus gestos, y el lector se inunda, se anega de intrigas, reconciliaciones, duelos y horizontes lejanos. Es Chiapas, es México, es el mundo metido en un embajador que se reconcilia con todos por medio de la abuela, metáfora de los ancestros que ven con ojos de sabios.
La novela no termina, queda aroma de que habrá más, los nietos inventarán un nuevo modo de ser familia, de ser relación, de ser río que riegue imaginación y deseo. Habrá que seguir a su autor en otras embajadas y retratando nuevas aventuras.
El autor es otro dominico, como fray Bartolomé de Las Casas y fray Matías de Córdova, que Chiapas ha dado al mundo. Es hermano de hábito y de pluma, de pies inquietos que cruzan puentes.
Que la novela sea un pretexto para que el lector se adentre en el rostro de la abuela que se hace presente en cada uno de nosotros con las primeras canas y con los infinitos recuerdos.
PABLO ROMO
OTOÑO DE 2008, SAO PAULO, BRASIL
   I
Preludio
ANDRÉS GRIJALVA LLEGÓ POR primera vez a Bujumbura, la capital de Burundi, dos días antes de cumplir cuarenta años. Los cinco años como ministro de la embajada mexicana en Roma le habían merecido una promoción a este país africano, hasta entonces casi totalmente desconocido para él, que se revelaba importante por la situación política que se había estado viviendo en la región de los Grandes Lagos africanos en los últimos tiempos. El gobierno mexicano acababa de decidir la apertura de una nueva embajada en Bujumbura y le había confiado a Andrés Grijalva hacer los últimos preparativos para su establecimiento. Los años pasados en las embajadas de Ottawa, Berna y Viena habían sido para él una excelente iniciación en la carrera diplomática y, sobre todo, el tiempo vivido en Roma había constituido una fuente inapreciable de experiencias que lo habían enriquecido mucho, no en balde
había estado en contacto con la diplomacia más antigua del mundo, como decían sus amigos italianos, la del Vaticano.
Ahora, un nuevo destino en un continente poco frecuentado por él, significaba una promoción y un nuevo reto ante el que, pese a saberse preparado, no dejaba de sentir una pizca de nerviosismo, que se manifestaba en una leve humedad en las palmas de las manos en los momentos en que su avión se acercaba a la ciudad de Bujumbura. “Heme aquí –se dijo, viendo en la pantalla el mapa de África, cuando estaban a punto de aterrizar–, casi en el corazón de este continente que, si bien se mira, tiene forma de corazón”.
La voz de una aeromoza se había dejado oír anunciando en inglés, francés y neerlandés el próximo aterrizaje del Airbus de Sabena en el aeropuerto internacional de Bujumbura y dando las consabidas indicaciones de cinturones ajustados, mesitas plegadas, asientos verticales y de apagar los cigarrillos. Como sucedía cada vez que viajaba, Andrés no pudo dejar de recordar a Eliza, la bella sobrecargo a quien tanto quiso, con sus ojos de gato color miel, su piel bronceada y su silueta de modelo, tan llena de vida, que gustaba tanto del teatro, con quien Andrés había vuelto a creer en el amor y había sido feliz. Con ella había aprendido a reír desde el fondo del corazón y a disfrutar de la vida y de los viajes; aquella pequeña y valiente aeromoza que había tratado, con todas sus fuerzas, de salvar a los pasajeros en aquel accidente de Mexicana cuando su avión cayó en el Lago de Texcoco. La noche anterior Eliza lo había llamado desde Dallas: “Nos vemos mañana en tu departamento y me invitas a cenar. Tengo un regalo para ti que te compré hoy y muchas cosas que contarte”, le había dicho con su bella voz grave. Andrés la esperó en vano toda la noche pero ella no llegó nunca a la cita. Había muerto ahogada en el fango del lago aquella tarde de abril casi quince años atrás.
Tal vez por asociación de ideas pensó también en Sophie, que había ido a dejarlo al aeropuerto Fiumicino de Roma. A pesar de ser tan distintas, la sonrisa de Sophie le recordaba siempre la de Eliza. Buon compleanno, le había deseado en italiano en el último minuto en que estuvieron juntos en el aeropuerto, mientras le daba los dos besos que solían intercambiar cuando se saludaban o se despedían. “No te olvides que el número cuarenta es muy importante en la numerología oriental”, había continuado en francés, lengua en la que siempre se comunicaban, mientras le ofrecía su sonrisa que no dejaba de ocultar una gran tristeza por la separación. Para Andrés era, una vez más, el rostro amado de Eliza el que se sobreponía al de Sophie y él sintió un dolor en el pecho.
¿Cómo era posible que después de tantos años siguiera aún tan vivo su recuerdo? Era algo que no compartía con nadie, ni siquiera con Sophie, su amiga, su cómplice, su camarada. Sophie. Durante los cinco años romanos, a fuerza de trabajar juntos en la embajada, habían llegado a ser grandes amigos, si bien al principio la relación había sido un tanto difícil por el carácter fuerte de ambos. Andrés intuía que Sophie habría esperado algo más que una amistad pero su incapacidad fundamental de amar le había impedido a él dar un paso más en la relación. El pasado parecía haber cerrado para siempre su corazón y aunque le dolía, hacía mucho tiempo que lo había aceptado. Ella sabía que él sabía, pero entrambos se mantuvo siempre un acuerdo tácito de no abordar el asunto. Esa fue, tal vez, la clave de la excelente amistad que habría de continuar a lo largo de los años, a pesar de las separaciones.
Una vez que hubo pasado el control de migración, mientras se dirigía a la sala donde debía abordar su avión, en un puesto de libros y revistas se dio de manos a boca con un libro sobre la cábala y, al hojearlo, descubrió que, entre otras cosas, traía un capítulo sobre el significado de los números.
“Ya veremos qué tanto tiene que ver el número cuarenta”, se dijo sin dejar de recordar la sonrisa y el delicioso acento francés de Sophie. Esa noche, ya instalado en su cuarto del Hotel Tanganica de la capital burundesa, una vez desempacada la maleta, después de ducharse, se había puesto ropa fresca y había bajado a cenar. Había poca gente en el restaurante del hotel, la mayoría, turistas europeos y hombres de negocios, de esos que uno encuentra en todos los hoteles del mundo, y un par de parejas de africanos. El edificio del hotel tenía el aire característico de las construcciones de la posguerra que le recordó de pronto unas vacaciones pasadas en Fez y Marrakesh. El lugar ideal para escribir una novela policíaca –pensó mirando en torno al lobby, las salas y la terraza del hotel–, entreverada con una historia de amor. El hotel estaba ubicado justo frente al lago Tanganica, del que tomaba el nombre; bastaba atravesar la calle y se estaba en la playa del lago, cubierta de palmeras, desde donde se contemplaban las luces de la otra orilla, en el lado del antiguo Congo Belga, ahora la flamante República de Zaire. A pesar de la hora, la temperatura era calurosa, aliviada apenas por un viento fresco que venía del lago. El ambiente que ahora lo envolvía traía a su memoria intensamente aquella estancia en Casablanca, en 1975, que tanto había significado para él en el mundo de los sentimientos y que, en parte, había colaborado también a la causa de su eterna soltería.
El maître le sugirió la soupe du pêcheur, el filete de capitaine à la Tanganyika, que resultó un delicioso pescado empapelado con hierbas finas, y una crema exótica, acompañado de pommes de terre nature, sugerencia que Andrés apreció mucho. En vez de vino prefirió la cerveza que había probado durante el vuelo, una versión africana de la Amstel Bock holandesa, brassée au Burundi, que le había parecido muy buena. De postre el maître sugirió una dame blanche y un excelente café, orgullo de Burundi, al que desde ese momento Andrés se aficionó y gracias al cual, en todo el tiempo que vivió en Bujumbura, no echó de menos el acostumbrado espresso italiano de todas las mañanas y las tardes romanas.
De regreso a su cuarto, sacó una botella de brandy del minibar, se sirvió una copa y se dio tiempo para leer aquel pequeño libro cabalístico que había comprado en el aeropuerto de Roma. Preparación, purificación “espera”, parecían ser los tres sentidos más importantes del número cuarenta. “¿Sería acaso esta trilogía el motivo secreto, la razón de ser, de mi venida a este país?”, se preguntó. Cuando se disponía a apagar la luz, se dio cuenta de que en el cajón de su mesita de noche había una Biblia, pero no del tipo de las que se suelen encontrar en los cuartos de muchos hoteles, sino una versión en francés de la Biblia de Jerusalén, en formato pequeño.
Andrés la tomó movido por la curiosidad y al abrirla dio con el Salmo 95 y sus ojos leyeron: Cuarenta años estuve disgustado con aquella generación y dije: son un pueblo de corazón extraviado que no conoce mis caminos”. Andrés no daba crédito: todo parecía que se conjugaba como dándole un mensaje secreto: el número cuarenta. Apagó la luz y, aunque estaba cansado por el viaje, le tomó más de una hora quedarse dormido.
En los días que siguieron estuvo bastante ocupado en reuniones oficiales y encuentros con algunos embajadores establecidos en Bujumbura de tiempo atrás. Aunque en Roma le habían provisto de toda la información necesaria, fueron interesantes algunos datos que recibió de sus colegas diplomáticos. Una vez que llegara el personal mínimo enviado desde México o de otras misiones diplomáticas, todo estaría listo para iniciar el funcionamiento de la nueva embajada, sólo le faltaba a él encontrar una casa apropiada para vivir. No quería, de ninguna manera, vivir en el mismo lugar donde tuviera que despachar

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