jueves, 20 de abril de 2017

JUAN GIL--LA REFORMA EN ANDALUCIA

HISTORIA DE

LA INQUISICIÓN Y

LA REFORMA EN ESPAÑA
                                         SAMUEL VILA
ESPAÑA
Capítulo XVIII
La Reforma en Andalucía

 2. Juan Gil: su conversión.

Hemos visto que Rodrigo de Valera fue el primero que echó la simiente de la Reforma en Andalucía.
Hemos de hablar ahora de Juan Gil, llamado también Dr. Egidio, que fue el continuador principal de los trabajos de Valera, y gracias a cuyos esfuerzos juntóse la obra dispersa y se constituyó la Iglesia de Sevilla.
Había nacido en Olvera (Aragón) y estudió en la famosa Universidad de Alcalá de Henares. Allí trabó amistad con Constantino Ponce de la Fuente y con el Dr. Vargas, más tarde compañeros suyos en la obra protestante de Sevilla. Acabados sus estudios de Teología con los máximos honores académicos, pronto fue designado como profesor de esta disciplina de Sigüenza, cátedra en que alcanzó gran fama.
Al quedar vacante el cargo de canónigo magistral de la catedral de Sevilla, los miembros del Cabildo decidieron por unanimidad llamar al docto profesor de Sigüenza para ocupar la plaza, prescindiendo incluso de convocarla a concurso como era reglamentario, pues consideraban que nadie podía optar a la dignidad con mayores méritos que él. Sin’ duda, fue este nombramiento para Juan Gil un gran honor, pero dio al nuevo canónigo no pocos enemigos, los cuales protestaron contra este favoritismo. Los canónigos esperaban que la elocuencia del elegido convencería a todos del acierto de su decisión.
Sin embargo, al presentarse en el púlpito, sus sutiles especulaciones de profesor versado en la Teología Escolástica, tan apreciada en un ambiente universitario, dejaban insensibles a sus legos oyentes de Sevilla, que no acertaban a comprender sus sermones. El esperado triunfo hablase trocado en evidente fracaso. Gil sintió la humillación vivamente, así como lo difícil que pasaba a ser su situación. Amargamente se dio cuenta de que no es lo mismo la cátedra que el púlpito, pero ya era tarde para reparar el error y, sin duda, llegó a execrar el día en que por primera vez puso sus pies en Sevilla.
 En estas circunstancias ocurrió un hecho inesperado, que dio una nueva dirección al curso de sus Pensamientos y de su vida. Más de una vez habría oído hablar .de Valera, aquel desequilibrado que pronunciaba celebradas peroratas en las plazas y calles de la ciudad. Es probable incluso que el joven canónigo hubiera visto cerca de un pilar de un puente, o en una de las plazas de los suburbios, a este famoso y singular personaje, cuyas predicaciones públicas, pronunciadas con claridad y sencillez, conmovían a los oyentes, en tanto que él, con toda su erudición y oratoria, no lo conseguía.
  No se sabe de qué forma, pero es el caso que llegó un día en que Gil y Valera se pusieron en contacto, y aunque parezca extraño, fue el teólogo quien tuvo que aprender del predicador callejero: descubrió el secreto que atraía a las muchedumbres; Valera predicaba la sencilla doctrina del Evangelio y él se entretenía con las lucubraciones de Tomás de Aquino y de Duns Scoto.
Cuando Egidio hubo cambiado su mente y su corazón, su púlpito, dentro de la natural cautela, se transformó también en vocero del Evangelio, claro y sencillo, y él no tardó en ser el más popular y querido predicador de Sevilla. Después de su muerte se probó que ya en 1542 habla Egidio predicado doctrinas protestantes a las monjas del convento de Santa Clara.
Pronto se puso Egidio en contacto con otros reformados como Constantino Ponce de la Fuente y el Dr. Vargas.       Vargas era un «biblista», como entonces se decía, un predicador especializado en la exposición de las Sagradas Escrituras. Naturalmente también con prudencia, lo hacia ahora en sentido reformado. Del doctor Constantino hablaremos más adelante, pero digamos ya que colaboraba con Egidio en la predicación desde el púlpito.
 El pueblo de Sevilla no pudo menos que notar una marcada diferencia entre el lenguaje y las enseñanzas de estos tres hombres, que hablaban directamente al alma del amor de Dios, del arrepentimiento y del perdón por los méritos de Cristo, y los predicadores de corte católico clásico, que hacían hincapié en la asistencia a la Santa Misa, la necesidad de la confesión, penitencia y comunión frecuentes, rezo del rosario, devoción a la Virgen y santos, etc.
Muchos escuchaban con gusto a Egidio, pero no eran menos los que recelaban de él. La secreta alianza de los dos predicadores más populares y queridos de Sevilla, junto con Vargas, los hacia inatacables de momento, pero sus enemigos fueron creciendo y acumulando odio contra ellos. Cuando ya arreciaba la tormenta, puesto que se había abierto proceso contra Vargas, éste falleció y Constantino fue llamado a los Países Bajos por el emperador. Ni aun entonces, aunque ya sospechoso de herejía, se atrevieron los enemigos de Egidio a acusarlo abiertamente, porque su vida irreprensible no ofreció ocasión alguna para ataques directos ni aun solapados a su persona, y en su enseñanza procuraba evitar los puntos de controversia que lo habrían hecho vulnerable.
Sin embargo, un gran honor con que Carlos I decidió premiar sus virtudes fue la causa directa de su ruina. A principios del año 1550 recibió Juan Gil el nombramiento de obispo de Tortosa, una de las diócesis más ricas de España. Esto fue ya demasiado para sus enemigos, especialmente aquellos que tenían la vista puesta en la tentadora prebenda, los cuales, exasperados por la distinción que él recibía y el despecho que los consumía, no se limitaron ahora a murmurar de Egidio, sino que lo delataron formalmente a los inquisidores, previniendo que su elevación al obispado causaría la calamidad más desastrosa que España hubiera presenciado.
 3. Proceso, sentencia y muerte de Juan Gil.
 Antes de trasladarse Egidio a su nueva residencia a orillas del Ebro, fue detenido por los alguaciles del Santo Oficio y llevado a la cárcel de Triana. Allí se dispuso Egidio a escribir su defensa, pero la forma como lo hizo aumentó todavía más el peligro en que se hallaba, porque con sincera lealtad y franqueza expuso cuál era su interpretación de la justificación, que discrepaba de la ortodoxa y, por tanto, dio base para nuevas acusaciones del fiscal. Con todo, tal era su buen nombre y tan notoria la honestidad de sus costumbres, que el mismo Carlos I intercedió por él a la Inquisición. Lo mismo hizo el cabildo de la catedral de Sevilla y, cosa más extraña aún, uno de los inquisidores, Correa, que lo defendió contra otro de sus colegas. Pedro Díaz, discípulo apóstata de Valera, el cual odiaba de todo corazón al acusado. Fue llamado como calificador el prior del convento de San Isidro, Fray García Arias, que participaba secretamente de las opiniones del acusado, el cual, taimado como era, procuró no comprometer al acusado, pero tampoco hacerse él sospechoso. No sabemos cuál fue su dictamen, pero sí que no fue juzgado como suficiente.
Entonces se concedió a Juan Gil que dictaminara un nuevo árbitro y, estando ausente Carranza, a quien Gil nombró, se llamó a Fray Domingo de Soto, catedrático de Salamanca.
Sigue ahora un episodio que ha dado lugar a opiniones controvertidas entre los defensores de Egidio y sus enemigos. Dicen unos que puestos en contacto Soto y Gil, los cuales eran ya antiguos conocidos de la Universidad de Salamanca, habían convenido amistosamente redactar cada uno una confesión de fe sobre el principal punto de la acusación, o sea el de la justificación, basada en términos coincidentes, con respecto a los cuales se pusieron de acuerdo. El plan era obtener así fácilmente una sentencia absolutoria para Gil. La lectura de esta confesión de fe debía hacerse, no ya ante los inquisidores sólo, sino, dado el gran interés con que el pueblo de Sevilla seguía la causa del obispo electo, en la misma catedral.
El día de la convocatoria pronunció Fray Domingo de Soto un sermón en que exponía el motivo y objeto de la misma a los fieles reunidos, y una vez hubo terminado, leyó una exposición de doctrinas radicalmente distinta a la que habían convenido en las conversaciones particulares con Egidio. Como los púlpitos de la catedral en que estaban situados uno y otro se hallaban algo distantes, sea por casualidad o por intención, le era difícil al uno oír lo que decía el otro, y más si se añadía el rumor inevitable de un gentío inquieto que llenaría el gran templo. Egidio, que no oía bien la lectura, pero creía que Fray Domingo estaba leyendo fielmente el escrito acordado, hacía con la mano y con la cabeza señas de asentimiento cuando. al final de cada proposición de su lectura, Domingo miraba en dirección a donde estaba él. Habiendo acabado Soto la exposición, empezó Gil la suya, pero ¡cuál seria el asombro del auditorio cuando todos oyeron una confesión que ni en un solo punto concordaba con la primera, desmintiéndola varias veces directamente! Esta flagrante contradicción de Gil fue aprovechada para disponer los ánimos del público contra él. Los inquisidores unieron las dos confesiones a los dos documentos del proceso y sentenciaron a Gil como altamente sospechoso de herejía luterana, aunque la sentencia fue bastante leve: tres años de prisión, prohibición de predicar, enseñar y confesar durante diez años y, por fin, abjuración pública. Egidio, ignorando lo ocurrido y desconcertado por el sesgo inesperado que había tomado el proceso y por el regocijo de sus enemigos, llegó a creer que habría realmente cometido alguna falta grave. Confundido y humillado se sometió a la abjuración: se retractó de diez proposiciones heréticas y reconoció como falsas otras ocho. Salió como penitenciario en un auto de fe celebrado en 1552.
Los historiadores católicos afirman ser esta versión del hecho un tamaño de González de Montes, que lo narra. Creen, al contrario, que Egidio, en la cárcel, se decidió a retractarse, conviniendo con Soto los términos de la declaración conjunta tal como la leyeron ambos y según habían estipulado, por lo que se dictó una sentencia relativamente benévola. Montes habría inventado la historia de los púlpitos alejados para desvirtuar el traspiés de su maestro y amigo. En realidad, Carranza culpó más adelante a Soto de haber sido demasiado indulgente con Egidio, pero esta acusación a Soto de benignidad no contradice la historia de que Soto hubiera traicionado a su amigo, porque, en último término, la pena que como resultado de la intervención de Soto se impuso a Egidio fue leve, muy distinta de las que más adelante se reservaba incluso a herejes que tenían un historial mucho más tenue que Egidio. En cambio, Montes afirma expresamente que Egidio le había contado personalmente lo que él expone.
De una cosa no duda nadie: que Egidio entró en la cárcel tan protestante como antes del proceso, y que cuando salió de ella, en 1555, lo prmero que hizo fue volver a ponerse en contacto con sus correligionarios de Valladolid. También nos consta que estuvo varias veces en Salamanca, lugar donde residía Fray Domingo de Rojas. Poco después volvió a Sevilla, donde murió en el año 1556. a consecuencia de unas fiebres que le habían atacado ya en las húmedas cárceles de Triana.
Había escrito antes ya varios comentarios. a distintos libros de la Biblia, y aprovechó sus años de cárcel para componer otros. Sin embargo, todos sus escritos se han perdido.
La congregación reformada de Sevilla perdió en él a su primer maestro y uno de sus miembros más destacados. La relación de sus vicisitudes no se hace contemplar a Egidio como un hombre de convicción superior a su temple; aquélla, inquebrantable; éste, más frágil a los golpes de la adversidad. Egidio prestó un eminente servicio a la causa reformada y a sus hermanos en la fe al tomar sobre sus hombros, durante bastantes años, la carga principal de la Iglesia de Sevilla, aunque más adelante otros le ayudaron y aun sustituyeron.
Más tarde los inquisidores descubrieron que había muerto en la fe luterana. Por ello, exhumado su cadáver, sus huesos fueron quemados en el auto de fe de 22 de diciembre de 1560, junto con una estatua suya, su memoria infamada y confiscados sus bienes.

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