lunes, 3 de abril de 2017

LOS ULTIMOS JUDIOS DE BERLIN- RUTH Y WILHELM

LOS ULTIMOS JUDIOS DE  BERLIN
Por Leonard Gross
Selecciones del Readers Digest 
Enero 1983
Entre los muchos judíos sin hogar que vagaban por las calles berlinesas había uno llamado Wilhelm Glaser. Hombre de modestas pretensiones, solía decir: "No soy ninguna notabilidad". Había perdido su negocio de telas a principios de la guerra, e hizo trabajos forzados algún tiempo. Dos veces lo habían detenido por ser judío, y en esas dos ocasiones logró audaces evasiones. Durante meses había cambiado del domicilio de un conocido a otro, hasta que agotó sus posibilidades, pero lo que más le dolía era ya no poder asistir a la ópera ni al teatro, pues la música y el drama eran sus pasiones.
En la primavera de 1944, lo.máximo que Wilhelm Glaser podía decir de su existencia era que aún estaba vivo. Hacía meses que dormía en los bosques; su ropa estaba convertida en harapos; las suelas de sus zapatos estaban tan desgastadas, y sus calcetines tan llenos de agujeros, que tocaba el pavimento con la planta de los pies. Había bajado veintitrés kilos.
Wilhelm cambiaba de continuo de paradero, consciente de que, si vagabundeaba, atraería la atención de la gente. Por las mañanas veía a los berlineses camino al trabajo; al anochecer los observaba volver a casa. Envidiaba al público que se apiñaba ante el teatro de la ópera. Dos veces se arriesgó a ir al teatro —ujieres comprensivos le permitieron pasar—, mas en asistir a la ópera no podía pensar siquiera, por el lastimoso estado de sus ropas.
Lo más parecido a un hogar, para Wilhelm, era cierta banca en el rincón de un parque, en el distrito de Pankow, conocido como la Kissingen Platz. Estaba prohibido a los judíos sentarse en las bancas de los
parques, pero él seguía haciéndolo, y también seguía lavándose y afeitándose en los baños públicos,
Un día, al acercarse a su banca se encontró, consternado, con que allí estaba sentada una joven, cosiendo uniformes. Para soslayar cualquier riesgo, siguió de largo.
Pero al día siguiente, cuando volvió al parque, de nuevo estaba allí aquella mujer, quien le sonrió. Esta vez, el andrajoso se sentó.
—Buenos días —lo saludó la desconocida.
Wilhelm musitó algo ininteligible.
—¿Por qué no está trabajando? —Estoy en el turno de noche —improvisó Wilhelm.
Al día siguiente, la mujer, a la que Wilhelm calculó entre treinta y cuarenta años, o sea diez menos que la edad de él, dijo llamarse Ruth Gomma. Él inclinó la cabeza, pero no dió su'nombre.
En adelante, cada vez que llegaba a la banca, allí estaba Ruth, con la que charlaba de cosas intrascendentes. Un día, las preguntas de Ruth tomaron otro cariz. Le pareció que intentaba averiguar sí él era un hombre culto. Evadió sus preguntas, sin revelarle nada de su persona, pues no quería que aquella mujer tuviese ninguna clave, por si acaso la sometían a interrogatorio.
Ruth preguntó a Wilhelm si le gustaba el teatro, y por primera vez en varios años se abrió una rendija en el muro de miseria que había cercado a aquel amante de las artes. Por espacio de una hora hablaron de sus obras  y autores predilectos. Al terminar se sonreían uno al otro. Luego,obedeciendo a un inpulso, su amiga le preguntó si le agradaría ir a casa de ella comer algo, Aunque hambriento, el fugitivo rehusó, temeroso de de que aquella generosidad le acarreara dificultades a Ruth.
En la siguiente entrevista ella volvió a invitarlo, e insistió varios días sucesivos. Había empezado a  sospechar que Wilhelm era un fugitivo. Le confió que su padre, ya difunto, había sido judío, y su  madre, cristiana. Por último, Wilhelm aceptó la reiterada invitación. Le sirvió una cena muy frugal, pero él estuvo a punto de llorar dee gratitud. Entonces ella le preguntó su nombre. Wilhelm ni siquiera entonces accedió.
Wilhelm se convirtió en visltante asiduo de Ruth Gomma. Una y otra vez ella le pidió que le revelara su nombre. Y él se negaba con firmeza. Un día, citó este pasaje de Lohengrin: "Nunca deberás pregun tarme ... a dónde me condujo mi jornada, ni cuál es mi nombre".
Ruth rió y exclamó:
—¡Ya sé!: te llamaré "Lo''.
Habían trascurrido cuatro mese desde su primera conversación. El ese lapso  la rendija inicial se ensanchó mucho. Por inverosímil que pareciera , Ruth hubo de reconocer que se estaba enamorando, y que "Lo" correspondía a su amor.
________ AL VER Wilhelm Glaser por primera vez a un soldado ruso en la calle, tuvo la confirmación de que la guerra había terminado. 'Aquí y allá, enclaves de resistencia continuaban la lucha, pero Wilhelm no permitió que eso lo detuviera,Recorrió de unextremoa otro la ciudad dad en ruinas, seguro de que, si Dios lo había guindo hasta allí , no lo abandonaría en ese momento. . Cuanto más se acercaba  a la casa de Ruth Gomma  más apresuraba el paso, y al llegar a su manzana no andaba: corría. Subió a toda carrera las escaleras e irrumpió sin molestarse en tocar. 'Tomó entre sus brazos a la sorprendida mujer y le comunicó a voz en cuello: "Los rusos están aquí! ¡Termino la  guerra! ¡Me llamo Wilhelm Glaser!"
 ___________EpílogoTODAVIA hoy se discute sobre exactamente cuántos judíos "clanlestinos" quedaban vivos en Berlín
al terminar la guerra. Los cálculos oscilan desde 1,400 y casi 6,000.
Poco después del fin de la guerra, Wilhelm Glaser y Ruth Gomma se casaron, así como Hans Hirschel y la condesa Maria von Maltzan. Hirschel falleció en 1974. Todos los demás personajes de este relato seguían vivos en 1982, y residían en Berlín. Fritz Croner ha prosperado en su actividad de joyero. Ruth Thomas se ha dedicado a una amplia gama de intereses desde la guerra: incluso la música, y restauración y copia de vestidos tradicionales. Wilhelm Glaser está jubilado, tras muchos años al servicio del Estado. Marushka sigue consagrada a la medicina veterinaria, en su consultorio de un edificio de apartamentos, no lejos del lugar en que ella y Hans se enfrentaron a la tiranía nazi y triunfaron.

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