sábado, 8 de abril de 2017

STANLEY ENCUENTRA A LIVINGSTONE- AFRICA-1871



“BULA MATARI»
STANLEY, EL EXPLORADOR
DE UN CONTINENTE
RESUMEN DEL LIBRO ORIGINAL DE facob Wassermann
FEBRERO DE 1943
Selecciones del Reader´Digest
 

“BULA MATARI», que quiere decir «quebrantapeñas », fué el nombre que dieron a Stanley los indígenas del África, y el que adoptó el escritor austríaco Wassermann para título del libro que comprende, además de la parte cuyo resumen va a continuación, las relativas a las otras exploraciones llevadas a cabo en África por Stanley.

LA ÉPOCA  de la vida de Stanley quemedia entre el final, de su Autobiografía y el primero de sus grandes viajes de descubrimiento, está, en parte, envuelta en el misterio. Todo lo que podemos discernir en el Stanley de esos años es una permanente in­quietud, una lucha desesperada contra la fortuna adversa.
 En el otoño de 1862 se hallaba «tra­bajando en tareas de recolección en Maryland». Luego prestó servicio a bordo de diversos buques, naufragó frente a Barcelona y ganó a nado la costa, desnudo, En agosto de 1864, in­gresó en la marina de guerra de los Estados Unidos, y en 1865 presenció la sangrienta toma de Fort Fisher, la cual narró en cartas que tuvieron favorable acogida por los diarios y señalaron el comienzo de su carrera de periodista.
Después, convertido ya en corres­ponsal de profesión, viajó por todo el mundo, dando cuenta de guerras y revoluciones. Por su diligencia y habi­lidad atrajo la atención de James Gor­don Bennett, el joven propietario del ,Herald de Nueva York, y un día de 1869, mientras se encontraba en Es­paña siguiendo las peripecias de una revolución, recibió un despacho, en que Bennett le pedía una entrevista en París.
—Tengo un asunto importante que quiero confiarle—le dijo el editor—. 
 ¿Cree usted que vive aún Livingstone?
—Realmente, no podría asegurarlo.
—Pues yo sí creo que está vivo y que podemos encontrarlo. Es más, voy a mandarlo a usted a buscarlo.
Stanley no pudo menos de sorpren­derse al oír esta fría orden de ponerse en marcha hacia el África desconocida, en busca de un hombre a quien el mun­do entero daba por muerto.
— ¿Ha pensado usted seriamente en los gastos inmensos que eso ocasionaría? —preguntó Stanley.
—Sí. Gire por mil libras esterlinas ahora; y cuando se le acaben, gire por otras mil, y luego otras mil, y así sucesivamente cuantas veces sea preciso. Pero encuentre a Livingstone. Eso es todo. Encuentre a Livingstone. ¡Que Dios lo acompañe!
David Livingstone, el «buscador de ríos» ,1 como lo llamaban -los naturales del Africa, era un médico misionero escocés que había estado explorando ese continente misterioso desde 1840. Era hombre muy estimable, y su vale­rosa labor en el África le había gran­jeado la admiración popular. En 1865 partió de Zanzíbar hacia el Oeste y se internó en lo desconocido, dominado por la idea de descubrir las fuentes del Nilo. Desde entonces, ni una sola pala­bra se había vuelto a saber de él. El público se preocupabá por su suerte, y los periódicos continuamente se pre­guntaban: « ¿Qué ha sido del doctor Livingstone ?»
Hasta los mismos amigos del explora­dor que lo creían vivo, no podían imagi­nar que se hallara en tan lamentable estado como lo estaba a la sazón. A los cincuenta años de edad, sin dientes, mal vestido, padeciendo constante­mente de enfermedades, agotado y en­flaquecido por el hambre, abandonado por sus secuaces africanos, el solitario misionero blanco, sin que lo supiera el mundo exterior, vegetaba sin esperanza en el villorrio de Uyiyi, sobre las orillas del Lago Tangañica, separado del mar por tribus guerreras y   1440 kilómetros de selvas.
CUANDO STANLEY llegó a Zanzíbar, punto de partida de su memorable búsqueda, no halló noticia alguna de Livingstone ni la carta con que Ben­nett debía confirmar la'orden verbal de ir a buscar al explorador, ni' tampoco remesa alguna de dinero. Ochenta dó­lares era todo lo que le quedaba. Sin embargo, las órdenes que tenía rezaban así: «Encuentre a Livingstone». Y lo encontraría, pasare lo que pasare. Con la firma del cónsul norteamericano en garantía, pudo girar contra Bermett por la suma necesaria para equipar una caravana: 31 negros armados, llamados «soldados», y 153 cargadores. En fe­brero de 1871 emprendió la marcha hacia un mundo totalmente desconoci­do. Por lo menos tenía una meta, aun­que bien vaga: la región situada más allá del Lago Tangañica, donde, al decir de algunos, hablase visto al misionero hacía unos dos años. El camino que había tomado, y que no era tal camino, sino más bien un conato de rumbo, ningún otro europeo lo había seguido hasta entonces. No había soñado toda­vía ninguna de las potencias de Europa con colonizar esos parajes, que en los mapas figuraban, lo mismo que la mayor parte del África central, como grandes porciones en blanco.
En los primeros días de la marcha a través de selvas que carecían hasta de senderos, Stanley se vió acometido de fiebres tropicales. Algunos accesos fue­ron tan agudos, que lo obligaron a per­manecer tendido en una hamaca varios días, sin poderse mover y casi incons­ciente.
Los obstáculos con que tropezó la caravana para cruzar los muchos ríos que con las lluvias se habían convertido en grandes pantanos, fueron casi in­superables. Maleza impenetrable y bejucos entrelazados cerraban el paso. Zarzas y espinas desgarraban las carnes. Había una planta cuyas hojas, al solo contacto, producían dolorosas úlceras en la frente y las mejillas. Las altísimas hierbas ocultaban lagos de fango. La vegetación de las tierras bajas exhalaba continuamente un vaho pestilente, y en cuanto ganaban terreno más elevado y abierto, Stanley y sus hombres, se exponían a ser vistos por los merodeadores y a sufrir sus ataques. La sinuosa fila de cargadores provocaba la algarabía de incontables aves: loros, cornejas, íbis, faisanes dorados, pelícanos.
Para colmo de males, tenían que habérselas siempre con una plaga molestísima de insectos. Stanley habla de «hordas innumerables de animales trepadores», añadiendo que «ejércitos de hormigas negras, blancas y rojas infestan esa tierra de tribulación; ciempiés de todos colores escalan arbustos y plantas; las pulgas y las moscas tse-tsé son insufribles; y en la vegetación más baja se esconden los nidos de avispas de cabeza amarilla, con aguijones tan peligrosos como los de los escorpiones».
Constantemente lo exasperaban las sospechas, el miedo, la audacia o la deslealtad de los individuos de la caravana, y las exigencias del pago de tributos por parte de los reyezuelos que hallaba a su paso. Tuvo que aprender a negociar amigablemente con los amenazadores caciques, y a pagarles, por último, una especie de peaje en abalorios, telas y alambre de cobre que llevaba para ese fin.
Cada semana que pasaba caían más cargadores enfermos por tierra. A veces toda la caravana tenía que detenerse, vencida por la fatiga. «Los asnos se enterraban en el fango y ahí quedaban como si hubieran echado raíces. Las aguaceros torrenciales que duraban días, los bosques chorreando agua y envueltos en opaco vapor, el país inundado, con haces de altas hierbas abatidas por los turbios riachuelos, los montículos de ramas y cañas podridos, eran suficiente para producir la fiebre». La viruela comenzó a hacer de las suyas. El explorador nos pinta escenas de muerte que bien pudieran haber ocurrido en tiempos de las campañas de Alejandro.
DESDE LUEGO, Stanley había ido preguntando en todas partes por Livingstone, pero hasta entonces en vano. Sin embargo, no desmayaba en su jornada. Y fueron pasando los meses siempre iguales, llenos de penalidades y fatigas. En octubre tuvo que hacer frente a una grave rebelión, que hubo de sofocar plantándose en actitud desdeñosa ante el revólver del cabecilla. Y siguieron, siempre adelante, atravesando hondonadas y ciénagas. «Aquí fué donde un comerciante árabe y su caravana de treinta y cinco esclavos se hundieron y desaparecieron sin dejar huellas», decía un guía. Por la noche, los hombres de Stanley se sentaban en torno a las hogueras, temblando con el escalofrío de la calentura. Temían quedarse dormidos por la amenaza de los leones cuyos rugidos se percibían harto cerca. Pero, en medio de todos los obstáculos, la valerosa firmeza de Stanley mantenía la caravana en movimiento. En su Diario escribía:
«Algo me dice que lo he de encontrar. ¡Encontrarlo!... ¡Encontrarlo!... Hasta las palabras mismas son una inspiración. »
Por fin, en la mañana del 3 de noviembre, la expedición encontró una caravana procedente de Uyiyi. Cuando
Stanley pidió noticias, recibió con al­borozo la de que, efectivamente, había un blanco en Uyiyi.
— ¿Un hombre blanco?
—Sí, como el señor—es decir, como Stanley, le contestaron—. Tiene el ca­bello blanco y está enfermo.
«¡Hurra!,» comenta Stanley en su Diario. «¡Es Livingstone! Tiene que ser Livingstone. No puede ser otro.»
Les exigió a sus hombres seguir a marchas forzadas hasta Uyiyi, y, como un huracán, el salvador, el periodista, se precipitó a través de las selvas que faltaban.
El viernes, 10 de noviembre de 1871, a los 236 días de haber emprendido el viaje desde la costa, la caravana entró en Uyiyi. Una gárrula muchedumbre rodeó a Stanley. Un negro alto, que vestía larga camisa blanca, se adelantó para presentarse como el sirviente de Livingstone. Stanley le dijo que corrie­ra a donde estaba su amo. Así lo hizo el mensajero, flotante al viento como una jubilosa banderola su blanca vesti­menta. La columna siguió la marcha, flanqueada a ambos lados por la vocin­glera multitud, hasta la plaza del merca­do, en donde Stanley columbró la elevada figura de un hombre de edad. «Al aproximarme, noté que estaba muy
lido y que se le retrataba en la mirada a fatiga». Luego siguió el famoso diá­logo,—lacónico, exento de emoción en lo externo aun en los momentos del triunfo:
—El doctor Livingstone, supongo...
—Sí—contestó Livingstone con amable sonrisa y levantando un poco su gorra.
Stanley, que se había quitado el casco de corcho al saludar a Livingstone, se lo volvió a poner. Livingstone hizo otro tanto con su gorra, y los doshombres se estrecharon la mano. En seguida unas frases un poco más emo­cionadas:
—Doy gracias a Dios, doctor, que me ha permitido encontrarle.
—Y yo también le debo gratitud por estar aquí para dar a usted la bien­venida.
Singular capricho de la historia éste de poner frente a frente a dos hombres, tan distintos el uno del otro, en el desierto más remoto, y cuando cada uno de ellos se encontraba en el punto culminante de su carrera: Stanley, cuando la fama lo iba a coronar por la búsqueda y su éxito; Livingstone, cuando ya había terminado la obra de su vida y se acercaba al umbral de la muerte.
Cuando Stanley explicó el objeto de su misión, Livingstone se mostró sor­prendido. Jamás le había pasado por las mientes al anciano explorador que el mundo pudiera sentir la más leve in­tranquilidad por su suerte, y mucho menos enviar expediciones en su busca.
Cuatro meses pasaron juntos, explo­rando la región. Pero el viejo misionero se negó a acompañar a su salvador en su viaje de retorno a Europa, como trofeo viviente. Bien sabía que lo rondaba la muerte. Prefería acabar sus días en el corazón de aquella África, donde había realizado la obra de su vida. Al África pertenecía, y allí quería terminar sus días.
En marzo de 1872, Stanley empren­dió el regreso hacia la costa. Profundo pesar le causó separarse del doctor Livingstone. Ambos sabían muy bien que jamás volverían a verse. Dos meses después, Stanley llegaba a Zanzíbar. Dieciocho meses después, moría Li­vingstone en las orillas del lago Ban­guiolo.
  HOMBREs del tipo de Henry M. Stanley tienen que comprar la fama con la áspera moneda del desen­gaño. Cuando el triunfador regresó a Inglaterra, sus declaraciones se reci­bieron en todas partes con recelo. No se le dió crédito, se le censuró y se le trató con desprecio. El presidente de la Sociedad Geográfica se convirtió en vocero oficial de los que se aferraban en negar que Stanley hubiera dado con Livingstone. Cierto es que había llevado a Europa cartas del doctor, pero sus enemigos aseguraron que eran falsi­ficadas. Desde las sublimes alturas de las corporaciones doctas soplaba un viento helado sobre el periodista y sobre sus fábulas africanas. La prensa y los sabios preferían dar al doctor Livings­tone por perdido para siempre, a creer que un periodista de los Estados Uni­dos, es decir, un individuo que no era geógrafo ni experto, hubiera podido encontrarlo.
Convocóse entonces a una junta pú­blica por la sección de Geografía de la Asociación Británica.Ante 3-000 perso­nas, entre ellas un grupo de los más grandes geógrafos, tuvo Stanley que justificarse como si se tratara de un reo de delito común. El presidente advirtió con marcada acritud que no se habían reunido allí a oír novelerías sensaciona­les, sino hechos concretos. Stanley con­testó con un fervoroso elogio de Li­vingstone y un mordaz paralelo entre el geógrafo sedentario de las academias que al despertar de su apacible siesta, se ponía a hablar ex cáthedra de un África que no había visto jamás, y el intrépido anciano que había ido allá a estudiar la realidad sobre el terreno, y pasado años enteros entre los salvajes. Este discurso le conquistó las simpatías de todos. Cuando, poco después, la familia deLivingstone reconoció públicamente que las cartas del explorador eran au­ténticas, los críticos tuvieron que mor­derse la lengua. La Reina Victoria le envió a Stanley una carta de felicitación y una tabaquera de oro, con incrusta­ciones de brillantes.
Pero ya la fama le pesaba demasiado y la civilización se le antojába una farsa. Sentía en las venas el latido del «gran corazón de África». Ante sus ojos apa­recíase sin cesar la imagen de aquel con­tinente inexplorado, misterioso. Y ese mundo mágico lo atrajo de nuevo, lo impulsó a forjar nuevos proyectos, a acometer nuevas empresas para desci­frar sus enigmas.
DE ALLÍ EN ADELANTE, Stanley reali­zó históricas hazañas de que nues­tra generación no tiene noticia. Hasta las dificultades de sus expediciones son desconocidas o se han olvidado. Su ha­llazgo del médico misionero fue sólo el primer episodio de una serie de descu­brimientos que cambiaron el aspecto de medio continente, en lo físico y lo eco­nómico. Su posterior descubrimiento de las fuentes del Congo es uno de los grandes hechos de exploración de la hu­manidad. Su descubrimiento de otras fuentes del Nilo en el lago Alberto, vino a resolver un problema de siglos.
Lógico era, cuando menos, que a la muerte de Stanley esa misma sociedad que lo encerró en el hospicio en su niñez y le empequeñeció o le negó su triunfo en la edad madura, le negara también el honor de descansar en la Abadía de Westminster.
 La piedra que se levanta en su tumba sencilla, en Surrey, lleva esta inscripción:
 «Henry Morton Stanley
"1841-1903", con su nombre africano,
"Bula Matari", y esta ssola palabra por remate:
"Africa"  



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