jueves, 4 de mayo de 2017

EL CAMPAMENTO PRETORIANO. EL MARTIR DE LAS CATACUMBAS


EL MARTIR DE LAS CATACUMBAS 
Anonimo
Un ejemplar fue providencialmente rescatado de un barco de vela americano y encuentra en poder del hijo del Capitán Richard Roberts, quien comandaba aquella nave y tuvo que abandonarla en alta mar como consecuencia del desastroso huracán ocurrido en enero de 1876.

2 EL CAMPAMENTO PRETORIANO


MARCELO HABÍA NACIDO en Gades,(Cadiz) y se había criado bajo la férrea disciplina
del ejército romano.
Había estado en destacamentos en África, en Siria y Bretaña, y en
todas partes se había distinguido, no solamente por su valor en el campo de batalla
sino también por su sagaz habilidad administrativa, razones éstas por las cuales se
había hecho merecedor de honores y ascensos. A su llegada a Roma, adonde había
venido portando importantes mensajes, había agradado al Emperador de tal manera
que le había destinado a un puesto honorable entre los pretorianos.
Lúculo, por el contrario, jamás había salido de las fronteras de Italia, apenas
quizá de la ciudad. Pertenecía a una de las más antiguas y nobles familias romanas, y
era, naturalmente, heredero de abundantes riquezas, con la correspondiente influencia
que a éstas acompaña.
Había sido cautivado por el osado y franco carácter de
Marcelo, siendo así que los dos jóvenes se convirtieron en firmes amigos. El
conocimiento minucioso que de la capital poseía Lúculo, le deparaba la facilidad de
servir a su amigo; y las escenas descritas en el capítulo precedente fueron en una de
las primeras visitas que Marcelo hacía al renombrado Coliseo.
El campamento pretoriano estaba situado junto a muralla de la ciudad, a la cual
se hallaba unido por otra muralla que lo circundaba. Los soldados vivían en cuartos a
modo de celdas perforadas en la misma pared. Era un cuerpo integrado por numerosos
hombres cuidadosamente seleccionados, y su posición en la capital les concedió tal
poder e influencia que por muchas edades mantuvieron el control del gobierno de la
capital. Un puesto de mando entre los pretoriano significaba un camino seguro hacia la
fortuna, y Marcelo reunía todas las condiciones para que se le augurara un futuro
pletórico de perspectivas y todos los honores
que el favor del Emperador podía
depararle.
En la mañana del día siguiente, Lúculo ingresó a su cuarto, y después de haber
cambiado los saludos usuales y de confianza, empezó a hablar respecto a la lucha que
habían presenciado.
Marcelo dijo: -Tales escenas no son de las que en verdad me agradan. Son
actos de crasa cobardía. A cualquiera le puede complacer el ver a dos hombres bien
entrenados trabarse en pareja lucha limpiamente; pero aquellas carnicerías que se ven
en el Coliseo son detestables. ¿Por qué había de matarse a Macer? El era uno de los
más valientes de los hombres, y yo tributo todo mi homenaje a su valentía inimitable.
¿Y por qué se ha de arrojar a las fieras salvajes a aquellos ancianos y niños?
-Es que ésos eran cristianos. Y la ley es sagrada inquebrantable. -Esa es la respuesta
de siempre. ¿Qué delito han cometido los cristianos? Yo me he encontrado con ellos
por todas partes del imperio, pero jamás los he visto entregados ni comprometidos
siquiera en perturbaciones o cosa semejante.
-Ellos son lo peor de la humanidad.
-Esa es la acusación. Pero ¿qué pruebas hay?
¿Pruebas? Qué necesidad tenemos de pruebas, si se sabe hasta la saciedad lo que son y hacen. Conspiran en secreto contra las leyes y la religión de nuestro estado. Y tanta es la magnitud de su odio contra las instituciones que ellos prefieren morir antes que ofrecer sacrificio. No reconocen rey ni monarca alguno en la tierra, sino a aquel judío crucificado que ellos insisten en que vive actualmente. Y tanta es su malevolencia hacia nosotros que llegan a afirmar que hemos de ser torturados toda nuestra vida futura en los infiernos.
Todo eso puede ser verdad. De eso no entiendo nada. Respecto a ellos yo no conozco nada.
La ciudad la tenemos atestada de ellos; el imperio ha sido invadido. Y ten presente esto que te digo. La declinación de nuestro amado imperio que vemos y lamentamos por todas partes, el que se hayan difundido, la debilidad y la insubordinación, la contracción de nuestras fronteras: todo esto aumenta conforme aumentan los cristianos. ¿A quién más se deben todos estos males, si no es a ellos?
-¿Cómo así han llegado ellos a originar todo esto?
-Por medio de sus enseñanzas y sus prácticas detestables. Ellos enseñan que el pelear es malo, que los soldados son los más viles de los hombres, que nuestra gloriosa religión bajo la cual hemos prosperado es una maldición, y que nuestros dioses inmortales no son sino demonios malditos. Según sus doctrinas, ellos tienen como objetivo derribar nuestra moralidad. En sus prácticas privadas ellos realizan los más tenebrosos e inmundos de los crímenes. Ellos siempre mantienen entre sí el más impenetrable secreto, pero a veces hemos llegado a escuchar sus perniciosos discursos y sus impúdicos cantos.
A la verdad que, de ser todo esto así, es algo sumamente grave y merecen el más severo castigo. Pero, de acuerdo a tu propia declaración, ellos mantienen el secreto entre ellos, y por consiguiente se sabe muy poco de ellos. Dime, aquellos hombres que sufrieron el martirio ayer, ¿tenían apariencia de todo esto? Aquel anciano, tenía algo que demostrara que había pasado su vida entre escenas de vicio? Eran acaso impúdicos los cantos que elevaron esas bellísimas muchachas mientras esperaban ser devoradas por los leones?
Al que nos amó;
Al que nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre.
Y Marcelo cantó en voz baja y suave las palabras que él había oído.
Te confieso, amigo, que yo en el fondo de mi alma lamenté la suerte de ellos.
A lo que Marcelo añadió, Y yo, habría llorado si no hubiera sido soldado romano. Detente un momento y reflexiona. Tú me dices cosas respecto a los cristianos que al mismo tiempo confiesas que solamente las sabes de oídos, de labios de aquellos que también ignoran lo que dicen. Te atreves a afirmar que son infames y viles, el desecho de la tierra. Yo personalmente los contemplo cuando afrontan la muerte, que es la que prueba las cualidades más elevadas del alma. Le hacen frente con toda nobleza, al extremo de morir alegremente. Roma en toda su historia no puede exhibir un solo ejemplo de escena de mayor devoción que la que presenciamos ayer. Tú dices que ellos detestan a los soldados, pero son sobremanera valientes; me dices que son traidores, sin embargo ellos no resisten a la ley; haces declaraciones de que ellos son impuros, empero, si se puede decir que exista pureza en toda la tierra, corresponde a las bellísimas doncellas que murieron ayer.
-Te entusiasmas excesivamente por aquellos parias.
-No es mero entusiasmo, Lúculo. Yo deseo saber la verdad. Toda mi vida he oído estas referencias. Pero ante lo que vi ayer juntamente contigo, por primera vez he llegado a sospechar de su veracidad. Y ahora te pregunto a ti con todo mi afán, y descubro que tu conocimiento no se funda en nada. Y hoy yo bien recuerdo que estos cristianos por todo el mundo son personas pacíficas y honradas a toda prueba. Jamás toman parte en levantamientos o perturbaciones, y estoy convencido que ninguno de estos crímenes que se les imputan podrá probarse contra ellos. ¿Por qué, entonces, se les mata?

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