miércoles, 3 de mayo de 2017

EL MARTIR DE LAS CATACUMBAS- A

 EL MARTIR DE LAS CATACUMBAS
De un Manuscrito rescatado  de un naufragio
Por Richards L. Roberts

Ahora Macer fue conducido fuera del ruedo, viéndose aparecer nuevamente al
de Batavia. Se trataba de un público de refinado gusto, que demandaba variedad. A1
nuevo contendor le soltaron un tigre pequeño, el cual fue vencido. Seguidamente se le
soltó un león. Este dio muestras de extrema ferocidad, aunque por su tamaño no salía
de lo común. No cabía la menor duda de que el de Batavia no se igualaba a Macer. El
león se lanzó sobre su víctima, habiendo sido herido; pero, al lanzarse por segunda vez
al ataque, agarró a su adversario, y literalmente lo despedazó. Entonces nuevamente
fue sacado Macer, para quien fue tarea fácil acabar con el cachorro.

Y esta vez, mientras Macer permanecía de pie recibiendo los interminables
aplausos, apareció un hombre por el lado opuesto. Era el africano. Su brazo ni siquiera
se le había vendado sino que colgaba a su costado, completamente cubierto de
sangre. Se encaminó titubeando hacia Macer, con penosos pasos de agonía. Los
romanos sabían que éste había sido enviado sencillamente para que fuese muerto. Y el
desventurado también lo sabía, porque conforme se acercó a su adversario, arrojó su
espada y exclamó en una actitud más bien de desesperación:

-¡Mátame pronto! Líbrame del dolor. Todos los espectadores a uno quedaron mudos de
asombro al ver a Macer retroceder y arrojar al suelo su espada. Todos seguían
contemplando maravillados hasta lo sumo y silenciosos. Y su asombro fue tanto mayor
cuando Macer volvió hacia el lugar donde se hallaba el Emperador, y levantando las
manos muy alto clamó con voz clara que a todos alcanzó:

-¡Augusto Emperador, yo soy cristiano! Yo pelearé con fieras silvestres, pero
jamás levantaré mi mano contra mis semejantes, los hombres, sean del color que
fueren. Yo moriré gustoso; pero ¡yo no mataré!

Ante semejantes palabras y actitud se levantó un creciente murmullo. -¿Qué quiere
decir éste? ¡Cristiano! ¿Cuándo sucedió su conversión? -
preguntó Marcelo.
Lúculo contestó, -Supe que lo habían visitado en el calabozo los malditos cristianos, y
que él se habría unido a esa despreciable secta, en la cual se halla reunida toda la hez
de la humanidad. Es muy probable que se haya vuelto cristiano.

-¿Y preferirá él morir antes que pelear?
-Así suelen proceder aquellos fanáticos. La sorpresa de aquel populacho fue
reemplazada por una ira salvaje. Les indignaba que un mero gladiador se atreviera a
decepcionarles. Los lacayos se apresuraron a intervenir para que la lucha continuara.
Si en verdad Macer insistía en negarse a luchar debería sufrir todo el peso de las
consecuencias.
Pero la firmeza del cristiano era inconmovible. Absolutamente desarmado
avanzó hacia el africano, a quien él podría haber dejado muerto solamente con un
golpe de su puño. El rostro del africano se había tornado en estos breves instantes cual
el de un feroz endemoniado.
En sussiniestros siniestros ojos relumbraba una mezcla de sorpresa y regocijo loco. Recogiendo su
espada y asiéndola firmemente se dispuso al ataque con toda libertad, hundiéndola de
un golpe en el corazón de Macer.

--¡SEÑOR JESÚS, RECIBE MI ESPIRITU! -Salieron esas palabras entre el
torrente de sangre e
n medio del cual este humilde pero osado testigo de Cristo dejó la
tierra,
uniéndose al nobilísimo ejército de mártires.
-¿Suele haber muchas escenas como ésta? -preguntó Marcelo.
-Así suele ser. Cada vez que se presentan cristianos. Ellos hacen frente a
cualquier número de fieras. Las muchachas caminan de frente firmemente desafiando a
los leones y a los tigres, pero ninguno de estos locos quiere levantar su mano contra
otros hombres.
Este Macer ha desilusionado amargamente a nuestro populacho. Era el
más excelente de todos los gladiadore
s que se han conocido; empero, al convertirse en
cristiano, cometió la peor de las necedades.
Marcelo contestó meditativo, -¡Fascinante religión debe ser aquella que lleva a
un simple gladiador a proceder de la manera que hemos visto!
-Ya tendrás la
oportunidad de contemplar mucho más de esto que te admira.
-¿Cómo así? -¿No lo has sabido? Estás comisionado para desenterrar a algunos de
estos cristianos. Se han introducido en las catacumbas y hay que perseguirlos.

-Cualquiera pensaría que ya tienen suficiente. Solamente esta mañana
quemaron cincuenta de ellos.
-Y la semana pasada degollaron cien. Pero eso no es nada. La ciudad íntegra se
ha convertido en todo un enjambre de ellos. Pero el Emperador Decio ha resuelto
restaurar en toda su plenitud la antigua religión de los romanos. Desde que estos
cristianos han aparecido el imperio va en vertiginosa declinación. En vista de eso él se
ha propuesto a aniquilarlos por completo.
Son la mayor maldición, y como a tal se les
tiene que tratar.
Pronto llegarás a comprenderlo.
Marcelo contestó con modestia: -Yo no he residido en Roma lo suficiente, y es
así que no comprendo qué es lo que los cristianos creen en verdad. Lo que ha llegado
a mis oídos es que casi cada crimen que sucede se les imputa a ellos. Sin embargo, en
el caso de ser como tú dices, he de tener la oportunidad de llegar a saberlo.
En ese momento una nueva escena les llamó la atención. Esta vez entró al
escenario un anciano, de figura inclinada y cabello blanco plateado. Era de edad muy
avanzada. Su aparición fue recibida con gritos de burla e irrisión, aunque su rostro
venerable y su actitud digna hasta lo sumo hacían presumir que se le presentaba para
despertar admiración. Mientras las risotadas y los alaridos de irrisión herían sus oídos,
él elevó su cabeza al mismo tiempo que pronunció unas pocas palabras.
-¿Quién es él? -preguntó Marcelo.
-Ese es Alejandro, un maestro de la abominable secta de los cristianos, Es tan
obstinado que se niega a retractarse...

-Silencio. Escucha lo que está hablando.

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