lunes, 22 de mayo de 2017

POR QUE SALI DE RUMANIA COMUNISTA- RICHARD WURMBRAND



 TORTURADO POR CRISTO
RICHARD WURMBRAND
CAPITULO TRES
RESCATE Y LIBERACION PARA LA OBRA EN OCCIDENTE
 Pase catorce años en prisión. Durante todo ese tiempo jamás vi una Biblia o ningún otro libro. Me había olvidado como escribir. A causa del hambre espantosa, las drogas y las torturas, me había olvidado de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, precisamente el día en que cumplía catorce años de cárcel, vino a mi mente el versículo: “Sirvió Jacob por Raquel y recordé como luego había servido otros siete años mas con gusto, ¡Un total de 14 años!”
 Poco tiempo después fui puesto en libertad, gracias a una Amnistía General que se concedió en el país, en la que mucho tuvo que ver el peso de la opinión pública norteamericana.
 Volvía a ver a mi esposa otra vez. Me había aguardado esperanzada por espacio de catorce años.
 Comenzamos nuestra nueva vida en medio de una extrema pobreza, porque cuando alguien es detenido se le quita absolutamente todo cuanto posee.
 A los sacerdotes y pastores que recuperaban su libertad les era permitido obtener pequeñas iglesias. Se me entrego una de estas en el pueblo de Orsova. El Departamento Comunista de Cultos me dijo que la iglesia tenia treinta y cinco miembros, advirtiéndome que jamás podría aumentar ese numero a ¡treinta y seis! Asimismo se me dijo que me debía convertir en Agente de la Policía Secreta, informándoles de las actividades de cada miembro; y asegurarme de que la juventud no se acercara a la iglesia. De esta manera los comunistas usan a la Iglesia como un medio de control.
 Sabía que si comenzaba a predicar, muchos vendrían a escuchar. Por esta razón, ni siquiera intente trabajar en esa iglesia oficialmente “aceptada”. Volví a mi labor en la Iglesia Subterránea, compartiendo tanto el peligro como la hermosura de ese trabajo.
 Durante mis años de prisión, Dios había obrado en una forma maravillosa. La Iglesia Subterránea ya no se encontraba olvidada ni abandonada. Los cristianos norteamericanos y de otras partes del mundo habían comenzado a orar por nosotros y a enviarnos su ayuda. Cierta tarde, mientras tomaba una corta siesta en casa de un hermano, en una ciudad de provincia, me despertó para decirme: “Han llegado hermanos del extranjero”. En el Occidente había creyentes que no nos habían olvidado. Cristianos de todas las posiciones habían organizado una obra secreta de ayuda material a las familias de los martires cristianos y estaban empeñados en introducir de contrabando tanto esa ayuda como también literatura cristiana.
 En la otra habitación encontré seis hermanos que habían venido con ese fin. Después de una larga conversación me dijeron que habían oído que en esa dirección encontrarían a alguien que había pasado catorce años en las prisiones comunistas, y que les gustaría conocerlo. Les respondí que yo era esa persona. Entonces me dijeron: “Esperábamos encontrar a un ser triste y melancólico. No puede ser Ud., pues lo vemos lleno de gozo”. Les asegure que yo era el que buscaban, y que mi gozo era el resultado de su visita, pues con ello nos dábamos cuenta que ya no vivíamos en el olvido. Comenzó a llegar ayuda regularmente para la Iglesia Subterránea. Por vías secretas obtuvimos muchas Biblias y otra literatura cristiana y ayuda para los familiares de los martires cristianos. Con la inapreciable ayuda de todos ellos, nosotros los miembros de la Iglesia Subterránea podíamos trabajar mucho mejor.
 No solo nos daban la Palabra de Dios, sino que éramos estimados y amados. Nos trajeron palabras de consuelo.
 Durante aquellos largos años de lavado de cerebro habíamos escuchado incansablemente: “Nadie los ama, nadie los ama, nadie los ama.” Pero ese día veíamos a cristianos norteamericanos e ingleses que arriesgaba sus vidas en su afán de demostrarnos que nos amaban. Actuando de acuerdo a nuestras instrucciones, montaron un sistema de operaciones secretas que les permitía entrar en las casas rodeadas por la policía, sin que esta lo supiese.
 El valor exacto que tenían las Biblias introducidas en esa forma no puede ser comprendido ni valorado por los creyentes norteamericanos, ingleses y de otros países occidentales que prácticamente “nadan” en Biblias.
 Mi familia y yo no hubiéramos podido sobrevivir sin la ayuda material que obtuvimos de parte de nuestros hermanos extranjeros. De la misma manera, muchos otros pastores clandestinos y martires, en los países comunistas, recibieron ayuda. Puedo testificar – por lo sucedido con nosotros – la tremenda ayuda moral y socorro espiritual que nos ha proporcionado la Mision Cristiana Europea, de Gran Bretaña. Para nosotros sus hombres eran como ángeles enviados por Dios.
 Debido a la renovada labor de la Iglesia Subterránea, existía el grave peligro que se me detuviera una vez mas. En esos momentos dos organizaciones cristianas, la Mision Noruega para los Judíos y la Alianza Cristiana Hebrea, pagaron por mí un rescate de 10.000 dólares. Podía ahora salir de Rumania. 
  Por que salí de Rumania comunista
 A pesar del inminente peligro no hubiera salido, si no hubiese recibido órdenes de los dirigentes de la Iglesia Subterránea para que aprovechara la oportunidad de abandonar mi país y convertirme en “La voz” de la Iglesia Subterránea para el Mundo Libre. Deseaban que me dirigiese a Uds., los occidentales, en nombre e ellos, a fin de que les relatase sus sufrimientos y necesidades. Llegue al Occidente, pero mi corazón permanece con ellos. Si no hubiese comprendido la urgente necesidad que Uds. tienen de escuchar, conocer y saber de las tribulaciones y necesidades, como también del valeroso trabajo de la Iglesia Subterránea, nunca habría abandonado Rumania, “Esta es mi Mision”.
 Antes de abandonar el país fui llamado dos veces a las oficinas de la Policía Secreta. Me informaron que habían recibido el dinero de mi rescate (Por causa de la crisis económica que le trajo el comunismo, Rumania vende a sus ciudadanos por dinero). Me dijeron: “Váyase al Occidente y predique a Cristo cuanto quiera, pero no nos toque a nosotros. ¡No diga absolutamente nada en contra nuestra! Vamos a indicarle con franqueza lo que puede sucederle si habla de lo que ha pasado aquí. Por 1.200 dólares podemos contratar a un gangster para que lo mate, o podemos secuestrarlo.” (Compartí la misma celda con el obispo ortodoxo Vasile Keul, que fue raptado en Australia y traído a Rumania. Le habían arrancado las uñas. También he estado con otros que fueron raptados de Berlín. Además, recientemente varios rumanos han sido secuestrados desde Italia y Paris). También me dijeron: “Podemos además destruir su reputación, haciendo correr la historia de sus relaciones ilícitas con una chica o de algún robo o cualquier otro delito cometido en su juventud. Los occidentales, especialmente los norteamericanos, son muy crédulos y fáciles de engañar.”
 Habiéndome amenazado, me permitieron llegar hasta el Occidente. Tenían gran confianza en el lavado de cerebro que había soportado. En el Occidente viven ahora muchos que sufrieron esa experiencia y que se mantienen silenciosos. Algunos de ellos aun elogian al comunismo, después de haber sido torturados por este. Por eso los comunistas estaban seguros que yo tampoco hablaría.
 Así, en diciembre de 1965, pude salir de Rumania con mi familia. La última  cosa que hice antes de salir fue visitar la tumba del coronel que había ordenado mi arresto y mis años de tortura. Puse flores en su tumba. Lo hice como un símbolo de mi decisión de dedicarme a compartir las alegrías de Cristo con los comunistas, que tan vacíos están espiritualmente.
 Odio el comunismo, pero amo a sus hombres. Odio el pecado, pero amo al pecador. Yo amo a los comunistas con todo mi corazón. Pueden asesinar a los cristianos, pero no pueden eliminar el amor que estos sienten aun por quienes les arrebatan la vida. No siento amargura ni rencor en contra de ellos, ni contra mis torturadores.

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