jueves, 20 de julio de 2017

ADVERTENCIA- TESTIMONIO DE UNA HIJA

Una advertencia definitiva para quien no quiera ver
la realidad del alcoholismo
TESTIMONIO DE UNA HIJA
POR CYNTHIA GORNEY
DISDE LA VENTANA de su cuarto De hospital, mi madre veía un lago apacible, perlado y vasto como el mar. Yo, que hablaba con ella por teléfono en la cocina demi casa, hice un gran esfuerzo para que no se me quebrara la voz.
—Te internaste hace cinco días y no le avisaste a nadie —dije, midiendo mis palabras.
-No quiero que vengan —respondió ella, y apenas pude entenderle— No sabría qué hacer con ustedes. Sencillamente me cansé de sentirme mal. Me dolía el estómago y tosía demasiado.Está ebría , pensé. ¿Cómo puede estar ebría en el hospital?
 i inadre bebía discretamente enla intimidad de su casa, donde reinaba un agradable desorden. Participaba en las actividades de su iglesia, viajaba y hacía trabajo voluntario en favor de la gente sin hogar. Mujer curiosa y de gran inteligencia, leía muchísimo, escribía en tres idiomas y tenía amigos en lugares tan distantes entre sí como Nicaragua y China. Murió de cirrosis hepática, enfermedad que también mata a hombres que duermen envueltos en una manta junto a las alcantarillas.
Escribo esto porque quiero que la gente sepa lo que ocurre cuando alguien a quien amamos muere a causa del alcoholismo. No voy a predicar ni a ofrecer consejos como los de Alcohólicos Anónimos. Lo
hice mientras mi madre aún vivía, y ella jamás dejó de beber.
EN CUANTO mis hermanos y yo salimos del ascensor, en el hospital, las enfermeras se nos acercaron rápidamente con objeto de prepararnos para lo que estábamoss_apunto de ver. Lo primero que noté a ntrar en la habitación fue la piel verdosa de mi madre. Nadie nos había dicho que antes de que la cirrosis acabe con una persona, la vuelve de color amarillo verdoso. Deseé que alguien se lo hubiera explicado a ella antes de que lo experimentara en carne propia.
—Su madre se ve bastante mal —murmuraban las enfermeras a mi alrededor.
 Y tenía una sed insoportable. Los primeros días, los médicos habían pensado que se recuperaría, y le daban agua a sorbitos. Nos pidió que le lleváramos agua a escondidas.
¡Qué irónico resultaba esto! Ella nunca nos pidió que le lleváramos alcohol a hurtadillas. A la puerta de nuestra casa llegaban los pedidos de botellas de ginebra y vodka que luego iban a parar al cubo de la basura, después de haberse vertido, con gran decoro, en altos vasos con rodajas de limón. Después de que mi madre se internó en una institución para someterse a un tratamiento y, pese a ello, siguió bebiendo, fue cuando comenzó a ocultar las botellas. Cada vez que nos visitaba, las llevaba en el fondo de su maleta, bajo la ropa.
Siempre que tratábamos de hablar de esto con ella nos hacía callar con un ademán y cambiaba el tema. Nuestras bocas se movían inaudiblemente tras el sólido muro que había levantado entre ella y nosotros. Se había sometido al tratamiento porque estaba sufriendo alucinaciones, pero tan pronto como estas desaparecieron volvió a erigir el muro, y nadie volvió a atravesarlo jamás.
En el hospital llevó puesto un parche ocular durante varios días. Cuando se lo quitaron, daba la impresión de que el ojo le había explotado. Una telaraña de sangre se le extendía por toda la superficie ocular, y resultaba difícil mirarla a la cara sin quedarse viendo aquello.
Su médico nos llevó a mis hermanos y a mí a un cuartito y nos explicó que el alcohol había convertido el hígádo de mi madre en algo semejante a un trozo de cuero. Si la hubieran atendido antes, quizá la habrían salvado, pero su hígado ya no funcionaba. A consecuencia de ello, sus riñones tampoco funcionaban ya, lo que le había producido peritonitis, un colapso generalizado y agotámiento cardiaco. Su vientre estaba hinchado por la acumulación de líquidos. Tenía la piel verdosa, arrugada y fláccida.
Le acaricié el cabello, que se le veía muy negro y brillante. Era lo único de ella que parecía tener vida.
El médico dijo que moriría en unos cuantos días, tal vez un poco más, y que, si queríamos, podríamos aprovechar ese tiempo para despedirnos. Luego salió del cuarto. Mis hermanos y yo nos abrazamos, con las cabezas juntas, y lloramos.
LLAMAMOS al pastor de mi madre, mi episcopalista de rostro severo que saluda con un fuerte apretón de manos. El hombre es un alcohólico en recuperación, así que me escuchó con interés cuando le dije:
—Nunca he entendido por qué no pidió ayuda.
—La enfermedad impide que uno la nombre —respondió—. Está uno tan inmerso en ella que no puede tomar el teléfono y pronunciar la palabra: "Ayúdame"
.Esa tarde rasladamos a mi madre a un sanatorio para desahuciados.
PODRIR DECIR mucho más. Parte de ello tiene que ver con los momentos tristes que nos aguardan a cada uno de nosotros; el último contacto con una mano demasiado cansada para devolver el apretón. Pero otra parte tiene que ver con el estertor de una persona cuyo hígado parece un trozo de cuero.
Cuando mi madre inhalaba, se oía un pequeño gemido, y cuando exhalaba, un quejido más largo. Yo tenía que alejarme de su cuarto para no oír aquello.
Al final del pasillo había una habitación con una ventana sin cortinas y una amplia vista del lago.
Ahí estaba yo en el momento en que una enfermera fue a buscarme. Un cuanto me tomó por el codo para sostenerme, comprendí que mi madre había muerto.
Cuento todo esto porque nadie me advirtió que el alcohol estaba matándola...; no en el sentido metafórico en que hablan los hijos de los alcohólicos en los grupos de apoyo, sino literalmente y de manera tal que la dejó con la piel verde, un ojo sanguinolento y la respiración entrecortada.
Deseo que alguien escuche estas palabras. Quiero creer que en alguna parte, en una casa donde reine un agradable desorden, un hombre o una mujer que no sepa leerá esto que escribo y dirá: "Ahora lo sé".
Mi madre sin duda se habría enfurecido conmigo si en vida de ella la hubiera humillado públicamente. Era una mujer orgullosa, y creo que murió asustada y demasiado avergonzada para pronunciar en voz alta el nombre de la enfermedad que la mató.
Yo lo hago ahora por ella: alcoholismo. Cirrosis hepática provocada por el alcoholismo. Peritonitis provocada por el alcoholismo, seguida de insuficiencia renal y paro cardiaco. Si alguien lee estas palabras y pide ayuda, mi traición habrá valido la pena.
-7
C 1993 POR CYNTHIA GORNEY. CONDENSADO DEL "POST" DE WASHINGTON (26-IV-1993), DE WASHINGTON, D. C. 
 SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Septiembre 1994

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