lunes, 17 de julio de 2017

DESPEDIDA DE UN AMIGO PERRUNO

El mejor amigo del hombre
__ Es DURO perder a nuestra sombra: la mía tenía la nariz redonda y las orejas puntiagudas. Durante diez años Fred y yo fuimos prácticamente inseparables.
En el trascurso de su vida, el papel de Fred pasó de compañero de cuarto a hijo adoptivo de unos recién casados, y después a viejo gobernante de una familia que crecía. Mi hija Brooke lo conoció cuando metió el hocico en su cuna. Después se convirtió en su apoyo cuando ella trató de pararse y él se mantuvo estoicamente firme, a pesar de que ella jaló sin misericordia su pelambre blanca y negra al hacer sus pininos.
Durante diez años Fred y yo paseamos juntos por las aceras, tres veces diarias, y después de que vinieron los niños él parecía esperar con fruición esos breves momentos de tranquilidad. Era siempre el primero en despertar por las mañanas, y al atardecer se apostaba frente a la puerta delantera hasta que yo llegaba a casa.
Una noche antes de su muerte me senté con él y le di un prolongado abrazo. Fred recargó todo su peso sobre mí y con su frío hocico una vez más husmeó la palma de mi mano y la llevó suavemente, en la posición que acostumbrábamos, junto a su oreja derecha. Supe que se estaba despidiendo.
En las semanas que siguieron a su muerte reflexioné sobre los sentimientos especiales que muchos tenemos hacia nuestros animales, y llegué a la conclusión de que es irracional acumular tanto afecto en ellos. Esto tal vez se deba a que los animales, como los niños, dependen totalmente de nosotros. Pero a diferenciá de los niños, que nos dejan por un mundo más seductor, nuestras mascotas están para siempre ligadas a nosotros por los lazos indestructibles de la fe y la camaradería: para ellos no hay otro mundo que el que les creamos; en eso estriba la embriagadora seguridad tanto para el animal como para el amo.
—Thornas Boyd, en The Wall Street Journal

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