sábado, 1 de julio de 2017

HISTORIA REAL - AMOR ENTRE CRISTIANA Y JUDIO

¿QUE  DIRÁN 
EL SACERDOTE  Y EL RABINO?

































NEIL BOYD es el seudónimo de un ex sacerdote católico, ahora padre de familia y autor prolífico. Los incidentes y personajes que aquí figuran se basan en la realidad, si bien se han cambiado los nombres.

DISCULPE. QUIZÁ NO SE ACUERDE  DE MÍ, padre Boyd. Vengo a hablar hablar con el padre Duddleswell.
En el lóbrego vestíbulo de la rectoría distinguí una insignificante figura barbada con sombrero negro de ala ancha y abrigo del mismo color. ¿Quién podría olvidar al rabino Zorach Epstein? En una reciente conferencia interconfesional de los dirigentes religiosos del oeste de Londres, sus observaciones en contra del matrimonio mixto habían favorecido más a nuestra causa que los argumentos de mi párroco, el padre Charles Duddleswell.
Mientras este irlandés intransigente llegaba, invité al rabino a esperar.
—¿Cómo está su esposa, rabino? —me interesé, pues recordaba que en la conferencia había hecho mención de ella.
—¿ Edzia ? Bien, perfectamente —sus ojos parecieron volverse hacia dentro—. Siempre vive conmigo.
Tardé unos momentos en comprender que su mujer había muerto. Tal y como yo ataba los cabos de su historia, el rabino Epstein y Edzia habían vivido en Varsovia con sus siete hijos. En septiembre de 1939 los judíos se dieron a la fuga ante la inminente amenaza de los alemanes. Sin medir el peligro, el rabino salió a visitar en un pueblo vecino a un familiar enfermo. Los tanques de Hitler cayeron sobre la capital polaca en un abrir y cerrar de ojos, y él ya no pudo volver al hogar. Por suerte consiguió ocultarse en la alcoba secreta de una familia cristiana.
Allí le llegó después la noticia de que los SS habían asesinado a toda su familia. Concretamente al hijo mayor, Samuel (de 16 años), lo habían tenido colgado de un gancho de carnicería durante varias horas para hacerle revelar el paradero de su padre; pero el chico no abrió la boca más que para recitar los salmos.
El rabino se quitó las gafas y enjugó sus ojos.
—Antes de salir de casa lo regañé. "Sammy", le dije, "pórtate bien o no hablo más contigo. Recuerda que eres mi primogénito. Respeta a tu padre". Y Sammy me respetó.
Aunque la habitación estaba ya oscura, no me atrevía a encender la luz.
Tardé mucho en perdonar a Dios —continuó—. No por la muerte del muchacho, pues nadie llora a los mártires, sino porque no me dejó decirle: "Perdón, Sammy".
A punto de concluir la guerra, descubrieron al rabino y lo metieron en un campo de concentración. Allí conoció a un adolescente, Isaac Brader, y a su madre viuda. El comandante del campo dio muestras de inusitada bondad, probablemente porque no pertenecía a la SS y porque la guerra le estaba volviendo la espalda a Alemania. No enviaron al rabino a la cámara de gas. En cambio, la viuda murió a causa de una gripe. El maestro enseñó a Isaac lo que sabía de memoria sobre la Torah, el Talmud y los Conientarios. Alcanzaron una intimidad de padre e hijo.
Cuando, apagadas las hostilidades, se vaciaron los campos, ambos marcharon a Inglaterra. Isaac asistió a la escuela y entró a trabajar en un banco. A instancias de su protector consiguió un apartamento para sí, mientras que aquel alquilaba una habitación en una casa de vecindad.
—Más limpia que un campo de concentración —me aseguró—. Dios es bueno.
Sacó el pañuelo y se sonó ruidosamente.
En eso regresó el padre Duddleswell y preguntó en qué podía ser útil. El rabino recobró la serenidad.
—He venido a hablar de mi hijo. No quiero que contraiga un matrimonio mixto.
"Hace tiempo —prosiguió tras una pausa—, mi bienamado Isaac Brader conoció en el banco a una chica cristiana y ahora pretende casarse con ella. La muchacha se llama Christine Hammond".
El padre Duddleswell se quedó de una pieza. De entre todos los feligreses, ninguno estaba tan cerca de su corazón. Una noche, durante el bombardeo de Londres de 1940, cayó una bomba sobre la casa de los Hammond. Arriesgando su vida, el sacerdote entró en la planta baja del edificio y rescató a Christine, entonces de 12 años. Las llamas le impidieron llegar hasta los padres de la niña.
Todas las tardes la visitó en el hospital y llegó a quererla como se quiere a una hija. Luego, cuando la chica fue a vivir con su tía viuda, el cura irlandés le consiguió un empleo. Tiempo después la parienta murió de leucemia.
—Conozco muy bien a Christine Hammond —dijo al rabino.
Puesto que comprendía algo de su dolor, yo deseaba explicarle al padre Duddleswell por qué Epstein amaba tanto a Isaac Brader, pero no tuve oportunidad.
Mientras ellos analizaban los inconvenientes del matrimonio mixto, en especial entre católicos y judíos, advertí en sus desacuerdos ciertos puntos comunes. Ambos eran profundamente religiosos. En las cuevas subterráneas del espíritu, Dios les hablaba y eliminaba sus dudas antes que ellos pudieran expresarlas. Se entendieron tan bien los dos, que pronto empezaron a tutearse.
—Oye, Zorach —sugirió mi párroco—, ¿por qué no los convencemos de la imposibilidad de su casamiento?
Así fue como fijaron la reunión para el miércoles siguiente por la tarde en casa del rabino.
LA PUERTA de la habitación se hallaba entreabierta y el maestro leía la Biblia a la luz de unas velas.
Los muchachos llegaron poco después de nosotros, asidos de la mano en franco reto. Instintivamente
Isaac tocó la mezuza, colocada junto a la puerta, igual que un católico humedece los dedos en agua bendita al entrar en la iglesia. Ambos eran morenos y bien parecidos. Christine, la de los ojazos almendrados, abrazó a su protector.
Nos sentamos en torno de una mesa  de roble. El sacerdote irlandés empezó explicando suavemente que un católico no podía negar que Jesús es el Cristo, el hijo de Dios; y que, mientras Christine podía casarse con un judío sin perjuicio de su propia fe, quedaba un interrogante sobre el futuro de sus hijos.
Luego, el rabino agregó que los hebreos son elegidos de Dios. ¿Cómo rechazar la Torah, la Alianza, las promesas de sus padres? ¿Cómo dar la espalda a su propio pueblo?
Isaac dio un puñetazo sobre la mesa.
—¡Basta ya de tanta verborrea piadosa! Ya ni siquiera estoy seguro de creer en Dios, padrecito.
—¡Sammy! —se horrorizó el rabino para luego enmudecer unos instantes al advertir que había mezclado los nombres de sus bienamados—. Isaac, si no hay Dios, ¿por qué envía tanta pena y tanto dolor a los judíos?
—¡Otra vez! Si Dios nos demostró su amor permitiendo que Hitler sacrificara a seis millones de judíos, ¿por qué no lo dejó masacrar a doce millones para demostrar que nos amaba el doble?
—No creo que fuéramos tantos, Isaac. No es fácil pertenecer al pueblo elegido.
—¡Pero si es un mito! ¿Que no lo entiende? Los nazis esgrimían el mismo argumento. Le dieron la vuelta y dijeron que ellos eran el pueblo elegido; eso es todo. Regalamos a los alemanes el mito que mató a mi padre y a mi madre, y a su mujer e hijos. Y con ese mismo mito quiere usted matar ...
Y llevó la mano a su corazón, pero la última palabra se le atascó en la boca. Se sentó temblando. Christine le pasó los brazos sobre los hombros y tomó la ofensiva:
—Usted no es mejor que él, padre Duddleswell. Tiene su propio credo cómodo. No necesita de la gente. No tiene por qué escuchar a nadie, ni siquiera a Dios.
El irlandés guardaba silencio. Luego bajó la cabeza.
—Por mi culpa, por mi gravísima culpa.
¡Esa no es respuesta! —estalló Christine.
Isaac respiraba tranquilidad, pero una tranquilidad amenazadora.
—Rabino, tengo derecho a que me escuche, pues usted salvó mi vida. En aquel maldito campo me dio la mitad de su comida o más. Vivió de rezos a lo largo de muchos meses.
El rabino rompió a hablar en yiddish. Isaac levantó la mano para silenciarlo, como si temiese alguna magia de su lengua natal.
—Usted aprendió polaco en el colegio. Yo tenía 14 años y aún no sabía una palabra; los judíos vivimos ocho siglos en Polonia y apenas algunos hablaban polaco.
—¿Acaso era culpa nuestra que los cristianos no nos dieran los buenos días?
—Mi madre no quería aprenderlo. Era como basura en su boca. Cuando ellos nos rescataron, ni siquiera pude decir "gracias" de modo que comprendiesen. Pero ahora tengo la libertad de ser un hombre, un ser humano fuera del gueto, fuera de todo prejuicio. Y no pienso volver. Ni siquiera —añadió en un murmullo—, ni siquiera por usted, padrecito.
Christine preguntó entonces a su protector:
—Si nos casamos en el registro civil o en una sinagoga, ¿viviré en pecado?
—No hablemos de ello, hija —dijo, y acto seguido recitó secamente—: El tuyo no será un verdadero matrimonio a los ojos de Dios Todopoderoso. Te serán negados los sacramentos hasta que hagas los votos ante mí prometiendo que tus hijos serán católicos, y después que el obispo te otorgue una dispensa.
—Ahora usted, rabino. Si me caso con Christine en el registro o en una iglesia, ¿me echará de la Casa de Israel?
—Yo no, Isaac.
—¿Dios, entonces?
El rabino sacudió la cabeza.
—Ni siquiera Dios puede retener a un hombre que se marcha de la Casa de Israel.
Isaac echó su silla para atrás. —Ustedes dicen que no debemos casarnos porque no profesamos la misma religión. Sin embargo, somos de la misma carne y de la misma sangre. Tenemos en común lo que cada hombre y mujer que se aman tienen en común. Es más, nuestros padres fueron asesinados por el mismo enemigo. Reverendos, si me fuerzan a elegir, elijo a Christine como mi familia, mi raza, mi credo y mi religión.
Era blasfemia y, sin embargo, parecia más bien una oración.
Además, existía otro factor común que el muchacho había omitido: tanto su vida como la de Christine habían sido salvadas por ministros de sus repectivos credos.
Tras un largo silencio, el padre Duddleswell propuso que nos volviéramos a reunir —esta vez en San Judas— luego que la pareja hubiera tenido tiempo de rezar y pensar bien las cosas.
LA SIGUIENTE reunión comenzó con más calma.
—¿Qué han decidido? --empezó el sacerdote.
—Lo que hemos hecho.
—¿Ya ... se casaron?
Christine se sonrojó y asintió con la cabeza.
—En vista de que ustedes nunca lo aprobarían, decidimos casarnos ayer en el registro civil —explicó el muchacho.
Si hubiera intentado predecir el desenlace de aquella decisión, me habría equivocado. El padre Duddleswell casi corrió a los brazos de Christine gritando:
—¡Enhorabuena ¡Mi niñita casada! ¡Enhorabuena!
—Pero, padre, ¿no me va a reñir? Según la Iglesia, vivo en pecado mortal.
El le puso sus dedos sobre los labios.
—Nunca hables así de alguien a quien amo. La Iglesia enseña qué es un pecado, pero ni siquiera ella sabe quiénes son los pecadores. Sólo Dios, hija, sólo Dios —y le enjugó una lágrima—. Y ahora, ¿qué regalo de boda desean?
—¡Padre, padre!
Mientras tanto, el rabino tenía cogidas las manos de Isaac y le besaba primero una y luego otra. —Maestro, he abandonado la senda del bien. ¿Qué! dirá el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob?
—Mein Leben, ¿quieres que convoque una reunión especial del sanedrín para castigarte? No, no. Ya antes, en tu infancia, sufriste demasiado. No debes conocer más la pena. Dios te perdonará, Isaac mío. Mazel Tov.
—¿ Cómo puede ¡ desearme buena suerte, padrecito? ¿No debería usted rasgarse las vestiduras en señal de dolor?
—Debería, pero mira —y se cogió la ropa—. Mis vestiduras ya han penado hasta la muerte. Tomó un vaso de jerez que el padre Duddleswell había dejado sobre el escritorio y lo colocó a los pies de Isaac.
—Pisa esto para mí, Isaac. Eres el novio. Después brindaremos por la vida!
—No puedo, padrecito —se excusó solemnemente el otro . La verdad es que no estamos casados.
Luego nos contó que el embrollo de la reunión anterior los había  llevado a acordar, al estilo de Salomón, poner a prueba al sacerdote y al rabino fingiendo un matrinionio inexistente.
—Al que aceptara la noticia con más caridad le íbamos a pedir que nos casara.
No era una mala prueba. Querían casarse en la fe del Dios más misericordioso. Mas, ¿el Dios de quién había ganado?-
-Mentimos —admitió Isaac— al igual que ustedes. Rugen primero como leones y después aman como corderitos. Nos amenazan con la condena y luego nos prometen el paraíso.
—Somos una vergüenza para la religión —concluyó débilmente mi superior.
TRES SEMANAS después recibíamos una porción de pastel de bodas y una carta en la que se nos informaba que Isaac Brader y Christine Hammond habían contraído esponsales en el registro civil. El padre Duddleswell llenó dos vasos de jerez y me ofreció uno.
—¡Por la vida! —brindó. —Amén —contesté.
 SELECCIONES DEL READER´S DIGEST ENERO 1981

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