domingo, 9 de julio de 2017

MI PRIMER AMOR, CUARENTA AÑOS DESPUES

MI PRIMER AMOR, CUARENTA AÑOS DESPUES
POR JOHN WALTERS
 
Hay un reflujo de adrenalina en la sangre y el pulso se acelera: es algo inocente y doloroso qúe dura toda la vida.
RECUERDO cómo matizaba el sol su cabellera. Volvió la cabeza y nuestras miradas se encontraron un momento en aquel estridente salón de clases, durante el quinto año de primaria. Sentí un vuelco en el corazón. Así empezó mi primer idilio.
Ella se llamaba Raquel, y yo soñé despierto durante toda la primaria y la secundaria, embelesado con sólo mirarla, mudo ante su presencia. ¿Habrá alguien que siga revoloteando en las sombras de la noche, atraído por la pálida luz de una ventana, su ventana, como hipnotizado insecto veraniego? Aquel deliquio asexual, pero imperioso y obsesivo, que me turbaba y me quebraba la voz, ahora lo veo como lo que era: un sueño imposible. Sé que entonces me sucedió, pero no acierto a comprender lo que ahora la memoria insiste en recordarme: que aquello era un sufrimiento; un delicioso tormento.
En cuanto la avistaba en su camino hacia la escuela, o de esta a su casa, por entre las hileras de árboles, me quedaba inmóvil. Su actitud era siempre de seguridad en sí misma. En casa revivía yo cada encuentro, y me angustiaba al pensar en mí torpeza. Con todo, al llegar a la  adolescencia percibí que ella me toleraba con cierto afecto,
Nos faltaba madurez para ser novios formales. Ella era judía ortodoxa, y yo un católico escrupuloso; y esto nos obligaba a un amor platónico que volvía improbable un simple beso, aunque no por ello menos deseado. En cierta ocasión me las arreglé para abrazarla mientras bailábamos ( desde luego, había ido acompañada de una persona que la cuidaba). Nuestro abrazo le provocó una risita, tan confiada y candorosa, que me odié por mis pecaminosos pensamientos.
Mi amor a Raquel nunca fue correspondido. Cuando terminamos la preparatoria, ella ingresó a la universidad y yo me enrolé en el Ejército. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, me enviaron a ultramar. Nos escribimos algún tiempo; sus cartas me iluminaron aquellos años aciagos e interminables. Una vez me envió una foto suya en traje de baño, la que me llevó a concebir las fantasías más atrevidas. En mi siguiente carta le insinué la posibilidad de que nos casáramos; casi de inmediato, sus misivas se espaciaron y fueron menos personales.
Lo primero que hice en cuanto regresé a mi país fue acudir a su casa. Me recibió su madre: Raquel ya no vivía ahí con ella, pues se había casado con un estudiante de medicina que había conocido en la universidad. "Pensé que te lo había dicho en alguna carta", comentó la señora.
Recibí su carta de despedida mientras esperaba que me licenciaran. Muy cortésmente, me explicaba los motivos que impedían que nos casáramos. Ahora que recuerdo aquello, me doy cuenta de que debí de haberme recuperado bastante pronto, a pesar de que durante los primeros meses pensaba que no valía la pena seguir viviendo. Igual que Raquel, también yo conocí a otra persona: una jovencita a la que aprendí a amar, y con quien sigo unido con lazos irrompibles.
Pasaron más de 40 años antes de que volviera a saber algo de Raquel. Su esposo había muerto, ella estaba de paso en la ciudad, y un amigo mutuo le había dado mis señas. Concertamos una cita.
Sentía curiosidad y estaba emocionado. En los últimos años no había pensado en ella, y su inesperada llamada me tomó por sorpresa. Verla me impresionó: esa matrona encanecida con la que me senté en el restaurante, ¿era la Raquel de mis deseos y de mis sueños, la juncal sirena de aquella instantánea?
Pero el paso del tiempo nos había unido y había establecido el respeto mutuo. Hablamos como viejos amigos, y pronto nos contamos que ambos éramos abuelos.
"¿Te acuerdas de esto?" me preguntó, mientras me daba una hoja de papel muy gastado, Era un poema que le había escrito en la escuela, de torpe métrica y deslucidas rimas. Al observar mi expresión, lo recuperó y volvió a guardarlo en el bolso, como si temiera que fuera yo a destruirlo.   
Le confié que había llevado conmigo su fotografía durante toda la guerra.
—Sabes bien que lo nuestro no habría- tenido éxito —comentó.
—¿Por qué estás tan segura? ¡Habría sido fabuloso, con mi conciencia irlandesa y tu culpa judía!
Nuestras risas sobresaltaron a los de la mesa contigua. El resto del tiempo nos miramos furtivamente. Creo que lo que cada uno veía en el otro contradecía a los jovencitos inmortales que habíamos creído ser.
Antes de que la dejara en un taxi, se volvió a mí y, mirándome un momento, me dijo: "Sólo deseaba verte una vez más, para agradecerte haberme querido como lo hiciste", Entonces, nos besamos y se fue.
En el cristal de un escaparate contemplé mi imagen: la de un hombre maduro al que la brisa del atardecer revolvía las canas. Decidí irme a casa caminando. Su beso aún ardía en mi boca; sentía que me estallaba el corazón, y me senté en una banca del parque. Los árboles y el césped tenían el brillo surrealista del ocaso. Algo se disipaba en mí. Algo se había completado, y el paisaje que tenía enfrente era tan hermoso que me dieron ganas de gritar, bailar y cantar de felicidad.
Pronto cesó ese embeleso, como todo en la vida, y pude por fin ponerme en pie y emprender el regreso a casa.
SELECCIONES DEL READER´S DIGEST
ABRIL DE 1990
C 1987 POR JOHN WALTERS. CONDENSADO DEL SUPLEMENTO DOMINICAL DEL "TIMES" DE NUEVA YORK
(22-XI-1987), DE NUEVA YORK, NUEVA YORK. ILUSTRACION: MICHAEL GARLAND

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