jueves, 31 de agosto de 2017

CONQUISTA NUEVA-ESPAÑA Cap. I BERNAL DIAZ

VERDADERA HISTORIA DE LA CONQUISTA DE LA NUEVA- ESPAÑA
BERNAL DIAZ DEL CASTILLO
Madrid 1862
Imprenta deTejado
CAPITULO I
En el año de 1514 salí de Castilla en compa- 
ñía del gobernador Pedro Arias de Avila, que 
en aquella sazón le dieron la gobernación de 
Tierra-Firme; y viniendo por la mar con buen 
tiempo, y otras veces con contrario, llegamos 
al Nombre de Dios; y en aquel tiempo hubo 
pestilencia, de que se nos murieron muchos sol- 
dados, y demás desto, todos los más adoleci- 
mos, y se nos hacian unas malas llagas en las 
piernas; y también en aquel tiempo tuvo dife- 
rencias el mismo gobernador con un hidalgo 
que en aquella sazón estaba por capitán y ha- 
bía conquistado aquella provincia, que se decía 
Vasco-Nuñez de Balboa; hombre rico, con quien 
Pedro Arias de Avila casó en aquel tiempo una 
su hija doncella con el mismo Balboa; y des- 
pués que la hubo desposado, según pareció, y 
sobre sospechas que tuvo que el yerno se le 
quería alzar con copia de soldados por la mar 
del Sur, por sentencia le mandó degollar. Y 
después vimos lo que dicho tengo y otras re- 
vueltas entre capitanes y soldados, y alcanza- 
mos á saber que era nuevamente ganada la isla 
de Cuba, y que estaba en ella por gobernador 
un hidalgo que se decia Diego Velazquez, na- 
tural de Cuéllar; acordamos ciertos hidalgos y 
soldados, personas de calidad de los que habia- 
mo venido con el Pedro Arias de Avila, de 
demandalle licencia para nos ir á la isla de 
Cuba, y él nos la dio de buena voluntad, por- 
que no tenia necesidad de tantos soldados como 
los que trujo de Castilla, para hacer guerra, 
porque no habia qué conquistar; que todo esta- 
ba de paz, porque el Vasco Nuñez de Balboa, 
yerno del Pedro Arias de Avila, habia conquis- 
tado, y la tierra de suyo es muy corta y de 
poca gente. 
Y desque tuvimos la licencia, nos embarca- 
mos en buen navio y con buen tiempo; llega- 
mos á la isla de Cuba, y fuimos á besar las 
manos al gobernador della, y nos mostró mu- 
cho amor, y prometió que nos daria indios de 
los primeros que vacasen; y como se habían 
pasado ya tres años, ansí en lo que estuvimos 
en Tierra-Firme como en lo que estuvimos en 
la isla de Cuba aguardando á que nos deposita- 
se algunos indios , como nos habia prometido, y 
no habíamos hecho cosa ninguna que de contar 
sea, acordamos de nos juntar ciento y diez com- 
pañeros de los que habíamos venido de Tierra- 
Firme y de otros que en la isla de Cuba no te- 
nían indios, y concertamos con un hidalgo que 
se decia Francisco Hernández de Córdoba , que 
era hombre rico y tenia pueblos de indios en 
aquella isla, para que fuese nuestro capitán, y 
á nuestra ventura buscar y descubrir tierras 
nuevas, para en ellas emplear nuestras perso- 
nas; y compramos tres navios, los dos de buen 
porte, y el otro era un barco que hubimos 
del mismo gobernador Diego Velazquez , fiado, 
con condición que, primero que nos le diese, 
nos habíamos de obligar todos los soldados, que 
con aquellos tres navios habíamos de ir á unas 
isletas que están entre la isla de Cuba y Hondu- 
ras, que ahora se llaman las islas de los Guana- 
jes, y que habíamos de ir de guerra y cargar los 
navios de indios de aquellas islas para pagar con 
ellos el barco, para servirse dellos por esclavos. 
Y desque vimos los soldados que aquello que 
pedia el Diego Velazquez no era justo, le respon- 
dimos que lo que decia no lo mandaba Dios ni el 
Rey, que hiciésemos á los libres esclavos. Y des- 
que vio nuestro intento, dijo que era bueno el pro- 
pósito que llevábamos en querer descubrir tier- 
ras nuevas, mejor que no el suyo; y entonces nos 
ayudó con cosas de bastimento para nuestro viaje» 
Y desque nos vimos con tres navios y matalo- 
taje de pan cazabe, que se hace de unas raices 
que llaman yucas, y compramos puercos, que 
nos costaban en aquel tiempo á tres pesos, por- 
que en aquella sazón no habia en la isla de Cu- 
ba vacas ni carneros, y con otros pobres mante- 
nimientos, y con rescate de unas cuentas que 
entre todos los soldados compramos, y busca- 
mos tres pilotos , que el más principal dellos y 
el que regia nuestra armada se llamaba Antón 
de Alaminos, natural de Palos, y el otro piloto 
se decia Camacho, de Triana, y el otro Juan 
Alvarez, el Manquillo de Huelva; y asimismo 
recojimos los marineros que hubimos menester 
y el mejor aparejo que pudimos de cables y ma- 
romas y anclas, y pipas de agua, y todas otras 
cosas convenientes para seguir nuestro viaje, y 
todo esto á nuestra costa y misión. Y después 
que nos hubimos juntado los soldados, que fue- 
ron ciento y diez, nos fuimos á un puerto que se 
dice en la lengua de Cuba, Ajaruco, y es en la 
banda del Norte, y estaba ocho leguas de una 
villa que entonces tenian poblada, que se decia 
San Cristóbal, que desde á dos años la pasaron 
á donde agora está poblada la dicha Habana. 
Y para que con buen fundamento fuese enca- 
minada nuestra armada, hubimos de llevar un 
Clérigo que estaba en la misma villa de San 
Cristóbal, oue se decia Alonso González, que 
Con buenas palabras y prometimientos que le 
hicimos se fué con nosotros ; y demás desto ele- 
gimos por veedor, en nombre de su majestad, 
á un soldado que se decia Bernardino Iniguez, 
natural de Santo Domingo de la Calzada, para 
que si Dios fuese servido que topásemos tierras 
que tuviesen oro ó perlas ó plata, hubiese per- 
sona suficiente que guardase el real quinto. Y 
después de todo concertado y oido Misa, enco- 
mendándonos á Dios nuestro Señor y á la Vir- 
gen Santa María, su bendita Madre, nuestra Se- 
ñora, comenzamos nuestro viaje de la manera 
que adelante diré. 
CAPITULO II. 
DEL DESCUBRIMIENTO DE YUCATÁN Y DE UN RENCUENTRO 
DE GUERRA QUE TUVIMOS CON LOS NATURALES. 
En 8 dias del mes de Febrero del año de 1517 
años salimos de la Habana, y nos hicimos á la 
vela en el puerto de Jaruco, que ansí se llama 
entre los indios, y es la banda del Norte, y en 
doce dias doblamos la de San Antón, que por 
otro nombre en la isla de Cuba se llama la tierra 
de los Guanataveis, que son unos indios como 
salvajes. 
Y doblada aquella punta y puestos en alta 
mar, navegamos á nuestra ventura hacia donde 
 se pone el sol, sin saber bajos ni corrientes , ni 
qué vientos suelen señorear en aquella altu- 
ra , con grandes riesgos de nuestras perso- 
ras; porque en aquel instante nos vino una tor- 
menta que duró dos dias con sus noches, y fué 
tal, que estuvimos para nos perder; y desque 
abonanzó, yendo por otra navegación, pasado 
veinte y un dias que salimos de la isla de Cuba, 
vimos tierra, de que ncs alegramos mucho , y 
dimos muchas gracias á Dios por ello; la cual 
tierra jamas se habia descubierto, ni habia no- 
ticia della hasta entonces ; y desde los navios 
vimos un gran pueblo, que al parecer estaría de 
la costa obra de dos leguas y viendo que era 
gran población y no habíamos visto en la isla 
de Cuba pueblo tan grande , le pusimos por 
nombre el Gran-Cairo. Y acordamos que con el 
un navio de menos porte se acercasen lo que más 
pudiesen á la costa, á ver qué tierra era, y á ver 
si habia fondo para que pudiésemos anclar junto 
á la costa; y una mañana, que fueron 4 de Mar- 
zo, vimos venir cinco canoas grandes llenas de 
indios naturales de aquella población, y venían 
á remo y vela. Son canoas hechas á manera de 
artesas, son grandes, de maderos gruesos y ca- 
vadas por dedentro y está hueco , y todas son 
de un madero macizo, y hay muchas dellas en 
que caben en pié cuarenta y cincuenta indios. 
Quiero volver á mi materia. Llegados los in- 
dios con las cinco canoas cerca de nuestros na- 
vios, con señas de paz que les hicimos ; llaman- 
doles con las manos y capeándoles con las capas 
para que nos viniesen á hablar, porque no te- 
níamos en aquel tiempo lenguas que entendie- 
sen la de Yucatán y mejicana, sin temor ninguno 
vinieron y entraron en la nao capitana sobre 
treinta dellos, á los cuales dimos de comer ca- 
zabe y tocino, y á cada uno un sartalejo de cuen- 
tas verdes, y estuvieron mirando un buen rato 
los navios; y el más principal dellos, que era 
cacique, dijo por señas que se queria tornar á 
embarcar en sus canoas y volver á su pueblo, y 
que otro dia volverían y traerían más canoas en 
que saltásemos en tierra; y venían estos indios 
vestidos con unas jaquetas de algodón y cubier- 
tas sus vergüenzas con unas mantas angostas, 
que entre ellos llaman mastates, y tuvímoslos 
por hombres más de razón que á los indios de 
Cuba, porque andaban los de Cuba con sus ver- 
güenzas defuera, excepto las mujeres, que traían 
hasta que les llegaban á los muslos unas ropas 
de algodón que llaman naguas. 
Volvamos á nuestro cuento: que otro dia por 
la mañana volvió el mismo cacique á los navios, 
y trujo doce canoas grandes con muchos indios 
remeros, y dijo por señas al capitán, con mues- 
tras de paz, que fuésemos á su pueblo y que nos 
darían comida y lo que hubiésemos menester, y 
que en aquellas doce canoas podíamos saltar en 
tierra. Y cuando lo estaba diciendo en su len- 
gua., acuerdóme que decía: Con escotooh, con es- 
Gotoch', y quiere decir, andad acá á mis casas; y 
por esta causa pusimos desde entonces por nom* 
bre á aquella tierra Punta de Cotoche, y así está 
en las cartas de marear. Pues viendo nuestro ca- 
pitán y todos los demás soldados los muchos 
halagos que nos hacia el cacique para que fué- 
semos á su pueblo, tomó consejo con nosotros, 
y fué acordado que sacásemos nuestros bateles 
de los navios, y en el navio de los más peque- 
ños y en las doce canoas saliésemos á tierra to- 
dos juntos de una vez, porque vimos la costa 
llena de indios que habian venido de aquella 
población, y salimos todos en la primera bar- 
cada. Y cuando el cacique nos vido en tierra y 
que no íbamos á su pueblo; dijo otra vez al ca- 
pitán por señas que fuésemos á sus casas; y tan- 
tas muestras de paz hacia, que tomando el capi- 
tán nuestro parecer para si iríamos ó no, acor- 
dóse por todos los más soldados que con el 
mejor recaudo de armas que pudiésemos llevar y 
con buen concierto fuésemos. 
Llevamos quince ballestas y diez escopetas 
(que así se llamaban, escopetas y espingardas, 
en aquel tiempo), y comenzamos á caminar por 
un camino por donde el cacique iba por guia, 
con otros muchos indios que le acompañaban. 
E yendo de la manera que he dicho, cerca de 
unos montes breñosos comenzó á dar voces y 
apellidar el cacique para que saliesen á nos- 
otros escuadrones de gente de guerra, que te- 
nían en celada para nos matar; y á las voces 
que dio el cacique, los escuadrones vinieron con 
gran furia, y comenzaron á nos flechar de arte, 
que á la primera rociada de flechas nos hirieron 
quince soldados, y traian armas de algodón, y 
lanzas y rodelas, arcos y flechas, y hondas y 
mucha piedra, y sus penachos puestos, y luego 
tras las flechas vinieron á se juntar con nos- 
otros pié con pié, y con las lanzas á mantenien- 
te nos hacían mucho mal. Más luego les hici- 
mos huir, como conocieron el buen cortar de 
nuestras espadas, y de las ballestas y escopetas 
el daño que les hacian; por manera que queda- 
ron muertos quince dellos. 
 

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