viernes, 20 de octubre de 2017

35-40 LAS TARDES CON LA ABUELA



Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
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A principios de 1930 había ocurrido un acontecimiento que, como la llegada del primer automóvil y del primer avión, marcó también la vida del pueblo. El incendio de Motozintla. Nunca se supo bien cómo había comenzado pero lo cierto es que en las primeras horas de la madrugada del día 3 de enero
de 1930 el pueblo se despertó con los gritos de “quemazón”, “fuego”, “incendio” y voces pidiendo ayuda por todas partes.
En el centro de la población, en una esquina de la Calle Central, a una cuadra del parque, había una gran casa de madera que alojaba la tienda de dos japoneses radicados en Motozintla desde finales del siglo pasado, y que llevaba el nombre de sus propietarios, “Fukuy & Hueda”. Don Refugio Fukuy y don Vidal Hueda vendían toda clase de telas, sedas, encajes, mercería, abarrotes, vinos caros, aguas gaseosas y paletas heladas; en otra parte de la tienda había también un molino de nixtamal, de café y de trigo. La gente decía que ahí había empezado el incendio porque una de las sirvientas
de los japoneses había dejado una vela encendida que se había caído y propiciado la quemazón. En un santiamén el fuego se había extendido a toda la casa y en pocos minutos se había propagado a las casas vecinas que eran también de madera. Los japoneses Fukuy y Hueda pudieron, sin duda, haber salvado muchas cosas de su tienda que solía estar siempre muy bien surtida, pero sólo sacaron la caja fuerte e hicieron trasladar hasta el río toda la pólvora que también vendían y que estaba en la bodega. Todo lo demás lo dejaron consumir. Según las creencias japonesas, era bueno que todo se acabara para que algo mejor se diera después. Como un árbol que se poda para que tenga brotes nuevos, más fuertes y mejores.
Todo el centro de la población se convirtió en una enorme hoguera. Las familias apenas pudieron salir cargando a sus hijos pequeños y con lo mínimo que pudieron sacar de sus pertenencias. La Casa de la Loma de Juan de Dios y Mariana se quemó completamente y como ella y sus hijas estaban en México y él en la Finca Belén, con María Eva y Julia, la casa estaba cerrada con llave y se quemó con todo lo que contenía sin que nadie pudiera sacar nada. María Eva perdió todo el ajuar que tenía ya preparado para su boda con José Andrés Grijalva, sus “donas” como se llamaba a todo lo que una novia preparaba para su futuro hogar: ropa blanca, sábanas, toallas, manteles, servilletas, carpetitas, etcétera. Las casas de aquella época eran todas de madera con techos de tejamanil y ardieron como si fueran de papel
Fue terrible y mucha gente se quedó literalmente en la calle. Si bien la bondad de las personas y la solidaridad del pueblo, que suelen manifestarse en esas ocasiones, colaboraron alojando a las familias sin casa y aportándoles bienes y víveres mientras se iban reponiendo de la tragedia. Varios meses después la gente cantaba un corrido que un profesor de Escuintla, de visita en Motozintla en esos días, había escrito a propósito del incendio del pueblo. Un par de estrofas decían así:

El señor José Andrés Grijalva
a su familia consolaba
mirando que ya su casa
en cenizas se transformaba
En el techo de una casa
gritaban Fukuy y Hueda:
‘¡Pago a tostón balde de agua,
listos por lo que suceda!

Sin embargo, todas aquellas familias afectadas por el incendio siguieron viviendo y disfrutando, a pesar de todo, del milagro de la vida. Y conforme fue pasando el tiempo fueron recuperando lo perdido. “Gracias a Dios –decía la gente–, sólo fueron pérdidas materiales, ninguna persona murió en la quemazón”. El pueblo entero, como un organismo que restaña sus heridas, fue construyendo nuevas y mejores casas que substituyeron a las que se habían quemado y, en cierto modo, el centro de Motozintla salió ganando,
porque al poco tiempo lucía más bello y más moderno.
Un segundo incendio, si bien de proporciones menores, tuvo lugar en Motozintla a principios del año 1935. José Andrés y María Eva tenían ya dos niños, la pequeña Ana que acababa de cumplir cuatro años y Alfonso, de año y medio. Al lado de la casa de ellos vivía don Jesús López, que tenía una carpintería y grandes cantidades de madera. No se sabe si debido al descuido de algún fumador que tiró una colilla entre la viruta o a alguna otra causa, lo cierto es que la casa de don Chus se incendió en un instante y el fuego pasó a la casa de los Grijalva y era también de madera. José Andrés y María Eva no tuvieron tiempo de sacar más que la máquina de coser y la caja con documentos de la Lotería Nacional, billetes y dinero que José Andrés tenía. María Eva llevó al pequeño Juan Alfonso a la casa de una vecina y ahí
lo dejó mientras trataba de salvar algunas pocas pertenencias. Con la angustia de aquellos momentos nadie se dio cuenta que la pequeña Anita había quedado en su cama, media oculta por el pabellón que la cubría. Afortunadamente, uno de los vecinos, don Maclovio Cava la vio y exclamando: “¡La nena!”, la tomó en sus brazos unos segundos antes de que una de las vigas del techo, en llamas, se desprendiera y cayera exactamente sobre la cuna de Anita.
Si ya José Andrés y María Eva vivían con bastantes limitaciones económicas, el incendio de su casa vino a reducirlos a una pobreza más grande. Y ni Juan de Dios Monzón ni Rosenda Díaz, que tenían bastantes posibilidades, hicieron gran cosa por ellos. Si bien Rosenda les facilitó una de sus casas, a donde se pasaron a vivir “mientras puedan hacerse de una casa propia”, les dijo. Juan de Dios se justificó diciendo que también él había perdido la casa de su familia en el incendio anterior. Sin embargo, mucha gente vino en ayuda de José Andrés y María Eva, entre otros, don Refugio Fukuy, quien acordándose de su propia pérdida, les llevó unos cobertores y algunos víveres.
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Tenían casi cinco años de casados María Eva y José Andrés cuando llegó a Motozintla Gustavo Adolfo Grijalva, el hijo que José Andrés había tenido en Cuilco con Pina Maldonado. Era un joven de casi diecisiete años, delgado, alto para su edad, quien, después de la muerte de su abuela, con la que se había criado, había decidido conocer a su propio padre que, según sabía, vivía en Motozintla, donde se había casado y tenía su familia. Gustavo Adolfo pidió ayuda al marido de su madre, el músico Alfredo López Couto, con quien se llevaba muy bien, para que lo acompañara a Motozintla. Y así lo hizo.
El encuentro con su padre fue emotivo. Nunca se habían visto antes, pero la voz de la sangre les dijo a ambos que eran padre e hijo y, desde el primer momento, se despertó en ellos un sentimiento muy profundo. Gustavo Adolfo, aunque tuvo todo el cariño de su abuela, de sus tíos, tías y primos
de la enorme familia de los Maldonado, había añorado siempre la figura de un padre, de un hombre en quien apoyarse, a quien querer y que lo quisiera incondicionalmente, alguien a quien abrir su corazón y contarle sus dudas, preguntarle tantas cosas, exponerle sus temores y sus esperanzas, alguien con quien compartir los sueños de adolescente que desde hacía un tiempo habían empezado a llenarlo de inquietudes. Necesitaba un padre. Por eso se había atrevido a dejar la casa donde había nacido, su familia, su pueblo, su patria y todo su mundo, para ir en búsqueda de aquel que sabía que existía y que podía llenar el profundo espacio de su corazón de adolescente.
Por su parte José Andrés quiso, desde que lo vio la primera vez, a aquel joven, casi niño, que tenía la mirada dulce, entre pícara y triste de la inolvidable Pina Maldonado. Además, se reconocía en él, le recordaba a su propio padre y, en especial, a su querido hermano José María. Era extraño encontrar sus propios rasgos fundidos en los de aquella que amó tanto. Sí, no se podía dudar, la voz de la sangre hablaba a gritos y, aunque no era un hombre muy piadoso, José Andrés agradeció al Creador, al “Gran Arquitecto”, como decían sus hermanos masones, haber recuperado a aquel
hijo suyo. Lo acogió en su casa y en su corazón y María Eva, lejos de oponerse, también lo recibió con gusto y, con el tiempo, lo llegó a querer mucho. Más que una madrastra, llegó a ser para él algo así como una hermana mayor. Y años más tarde llegaría a ser su cuñada.
Gustavo Adolfo se adaptó rápidamente al ambiente de Motozintla y pronto tuvo muchos y buenos amigos. Al crecer, había desarrollado un carácter amable y muy agradable que le hacía ser muy bien recibido en todas partes. Era inteligente, agudo, profundo y muy simpático, a veces hasta cómico, pero nunca caía en el ridículo. Y, al mismo tiempo, tenía una seriedad que lo hacía imponerse a los demás sin necesidad de ningún tipo de violencia. “Tenía una personalidad bella: era a la vez fuerte y tierno”, recordaba años después María Eva. Y como era muy amiguero, las muchachas lo asediaban
y hasta le pedían que las acompañara y bailara con ellas en las fiestas del pueblo.
Por esos años, el maestro Grijalva marcó con su buen gusto muchos festejos de la pequeña burguesía motozintleca. Con sus alumnos de las clases particulares de música primero y luego con el Orfeón Largaespada, por último, con lo más florido de las familias de la sociedad de aquella época,
le dio por organizar festejos, concursos, carreras de cintas y bailes con cualquier pretexto, que ponían una nota novedosa a la vida, rompían la rutina del pueblo y llegaron a ser conocidos en los pueblos vecinos; hasta de Tacaná asistían, invitados con tiempo, patojos y patojas a todas aquellas celebraciones. Se tuvo así la Fiesta de la primavera, con su reina, princesas, pajes, y demás parafernalia. El Baile de blanco y negro, en el mes de julio. La Reina de las fiestas patrias, en septiembre, cuya coronación y paseo en carros alegóricos fueron apoteóticos, así como el baile en El Salón, como se
llamaba a un enorme galerón con techo de lámina, anexo al mercado municipal. Hubo también, algún otro año, el Baile de azul y negro y el de rosa y negro, que uniformaron en color a la juventud motozintleca, pronta a adoptar modas y costumbres que al pueblo llegaban de fuera con bastante
tiempo de retraso. O la Fiesta de las rosas en la que, desde la parte alta del Salón, en los momentos culminantes del baile, todo un equipo de jóvenes estuvo dejando caer pétalos de rosas y gotitas de perfume. Todo, sin embargo, era de buen gusto y, aunque rayaba en lo cursi, nadie se hubiera
atrevido a decir que fuera ridículo o que no era bello. El maestro Grijalva también dirigía algunas comedias y dramas que un grupo de inexpertos pero entusiastas actores y actrices representaba en el antiguo caserón junto a la actual presidencia municipal, donde estaba el flamante teatro llamado Salvador Díaz Mirón, que después sirvió para instalar a la policía municipal y que con el tiempo se destruyó para construir, más amplio, el nuevo edificio del ayuntamiento.
Los años veinte, después de la Gran Guerra, habían marcado una revolución cultural en todo el mundo y, aunque distante y medio perdida en el mapa y entre las montañas, Motozintla no fue la excepción. Los vestidos de largas faldas y mucha tela, dieron lugar a los vestidos de cintura baja a la altura de las rodillas, con grandes y amplios escotes que mostraban bien la ausencia de sostenes en aquellos pechos incipientes y pálidos de las motozintlecas. Las largas y abundantes cabelleras de las señoras de las dos primeras décadas del siglo XX fueron pasadas a tijera de acuerdo a la moda procedente, según decían, de París, y multiplicada por las revistas y las primeras películas del cine mudo que empezaban a llegar al pueblo gracias al cine de don Límbano Penagos y a la planta eléctrica de los japoneses Fukuy y Hueda, y que dieron como resultado las simpáticas e increíbles “pelonas”. Todo hablaba de nouveauté y nadie quería quedarse atrás. Por eso las iniciativas culturales-recreativas del maestro Grijalva fueron acogidas desde el principio con gran entusiasmo y los festejos que él organizaba solían ser éxitos cada vez más grandes.
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Hasta bien entrado el siglo XX, a principios de la década de los veinte, la población de Motozintla se alumbró en las noches con candiles o quinqués de petróleo. Los indígenas mochós no tenían más que las rajas de ocote, que usaban también para las fogatas o para hacer el fuego en las cocinas. El ayuntamiento había mandado instalar en cada una de las esquinas delparque central, llamado Independencia, unos faroles altos con vidrios, dentro de los cuales se colocaban grandes velas de parafina o quinqués de petróleo, que se encendían a la caída del sol e iluminaban un poco a los noctámbulos que podían así prolongar las horas de las charlas y los encuentros amistosos en el parque del pueblo. No se conocía el gas y menos aún, la electricidad. La obscuridad de sus noches era como el símbolo de otra obscuridad en la que el pueblo vivía sumido y no se iba a esclarecer hasta que la luz de los laboriosos hijos del Sol Naciente no vinieran a alumbrarla.
Porque la energía eléctrica se debió en Motozintla al entusiasmo de algunos comerciantes japoneses avecindados en la zona, algunos de ellos miembros de la primera inmigración japonesa a México, de finales del siglo XIX. En 1921 se inició el proyecto que se llamó Luz y fuerza de Motozintla, gracias a la Sociedad fundada por los señores Refugio Fukuy, Cástulo Chira y Manuel Kamokay, auxiliados por Rafael Suteko Oseki, Francisco Takiuchi y Vidal Hueda. Los emprendedores japoneses adquirieron en la ciudad de México
una turbina que llegóen tren hasta Huixtla y que, de ahí, ellos transportaron con mucha dificultad por aquellos caminos de herradura, a lomo de mula, hasta llegar a Chimalapa donde la instalaron. Allí se había construido una presa que contenía el caudal del río y que permitió el funcionamiento de una planta hidroeléctrica. El aspecto técnico del proyecto se debió a Rafael Suteko Oseki, que era ingeniero electricista. Dos años les tomó llevar a caboe l proyecto desde que empezaron con la idea hasta que se hizo una realidad. A eso de las seis de la tarde del 16 de septiembre de 1923, aniversario de la Independencia mexicana, por primera vez en Motozintla se tuvo alumbrado eléctrico. El pueblo hizo fiesta y esa noche todos querían quedarse fuera de
sus casas contemplando extasiados los pálidos focos que alumbraban el parque y algunas de las calles. Aunque no era de un alto voltaje, se contaba ya con la corriente eléctrica a la que los vecinos podían conectarse pagando entre dos cincuenta y tres pesos mensuales sin importar el número de focos que tuviera cada casa. Ya desde entonces la luz era cara. La empresa japonesa instaló también, gracias a la energía eléctrica, molinos de nixtamal, café y trigo, que mucho beneficiaron al pueblo, especialmente a la población campesina que llevaba a moler su nixtamal o su trigo para hacer las tradicionales tortillas o las semitas de trigo que la gente llamaba “shecas”. Todos esos entusiastas empresarios eran japoneses que se dedicaban
al comercio tanto en Motozintla como en Siltepec. La empresa quedó constituida en Motozintla como la Sociedad Fukuy&Hueda. A principios de los años treinta el dueño único de la sociedad fue el joven Taro Fukuy Soto, hijo de don Refugio Fukuy, a quien su padre había enviado a estudiar al Japón. Cuando la Segunda Guerra Mundial, el gobierno concentró a alemanes y japoneses e intervino sus propiedades, entonces la planta eléctrica pasó a ser propiedad de don Límbano Penagos y después la compró don Herminio Guzmán. Hasta los años cincuenta no se contaba con corriente
eléctrica más que unas cuantas horas por la tarde–noche, de tal manera que si se salía por la noche, o se entretenía uno por ahí después de la última función del cine, había que ir provisto de un foco o lámpara de mano por si le agarraba a uno el apagón en la calle. Además, había que contar en las casas con un “contravoltios” si se quería tener una luz un poco más fuerte o utilizar algunos aparatos eléctricos especiales, ya que el voltaje con que se contaba era muy bajo. No fue hasta años después, cuando llegó la Comisión Federal de Electricidad, que Motozintla pudo contar con una corriente eléctrica constante y de una potencia suficiente para todos los usos.
El emprendedor comerciante coleto don Límbano Penagos, aun no siendo mochó, contribuyó mucho al desarrollo social y cultural de Motozintla. A él se debe también el establecimiento de la primera sala de cine con la que el pueblo tuvo acceso a la maravilla de la cinematografía nacida unos años antes, en Francia, gracias a los hermanos Lumière, en diciembre de 1895. Corría el año 1923 cuando don Límbano Penagos llevó al pueblo un proyector cinematográfico portátil que montado en un tripié, accionado manualmente por una manivela, era capaz de proyectar sobre una pared blanca o, en su caso, sobre una sábana no muy sucia, el milagro de las imágenes en movimiento. La primera película que el pueblo pudo contemplar se llamaba Los Misterios de París y era, desde luego, una película muda, con títulos antes de cada secuencia, en inglés y en español. Los motozintlecos contemplaban una y otra vez la misma película, porque al principio no había otra; tanto, que algunos llegaron a memorizar cada escena y se sabían con detalle el desarrollo de todo el filme, espectáculo al que no daban crédito sus ojos. Las proyecciones se llevaban a cabo en una casa de madera que era propiedad de don Límbano. Afuera de la sala, acondicionada para el espectáculo, se había colocado un cartel que anunciaba el título de la película y los nombres de los principales actores. En el fondo del local, lleno de sillas y bancos, se había colocado una enorme sábana blanca. Cuando la sala estaba llena a reventar y llegaba la hora anunciada, empezaban los silbidos, se apagaba el débil foco que alumbraba el local, se hacía súbitamente un silencio como de iglesia y empezaba la proyección de la película. En la penumbra de la sala la gente seguía el desarrollo de la trama identificándose con los personajes de la pantalla. Conforme transcurría la proyección se
podía oír, como si fuera un solo hombre, la reacción del público a través de risas, sollozos, aplausos y hasta gritos, según se tratara el argumento de la historia. Cuando el espectáculo terminaba y se encendía la luz, no faltaba quien se acercara a la sábana y tratara de buscar debajo de ella a los personajes de la película que acababa de ver.
El cine fascinaba a las multitudes y era, para muchos, la única forma de esparcimiento y distracción con que contaban, tal vez un escape a la rutina de las penas y problemas de la vida cotidiana, pero era también el único medio que tenían para conocer otros pueblos, otras culturas, otras costumbres; y todo esto, además del impacto de las historias de amor, misterio, suspenso,aventuras, muerte o simplemente diversión y esparcimiento, como las extraordinarias películas de los grandes cómicos del cine mudo; todo esto, aunado, tocaba las fibras más íntimas de los espectadores y hacía reír, llorar
y soñar a aquellos que nunca habían atravesado los cerros, ni salido del hoyo en el que se hallaba el pueblo “de las shecas, la chilca y el copal”.
Se imitaban los gestos de los actores de moda, los muchachos se recortaban las patillas, se dejaban el bigote o se peinaban como sus ídolos cinematográficos y las muchachas copiaban poses, maquillaje, peinados y vestidos de las divas de la época. El cine iba creando nuevas modas y costumbres. Se vivía una magia que duraba no sólo el tiempo de la proyección, sino que se intentaba que continuara a lo largo de los días que seguían, en la vida sencilla y sin mayores novedades de los motozintlecos. El precio de entrada al espectáculo era de cincuenta centavos los adultos y treinta centavos los niños, lo cual en aquella época era un precio bastante caro. Pero había que recuperar la inversión y poder contar con fondos para hacer venir nuevas películas y, más tarde, un proyector eléctrico más moderno. Y así fue. El dinámico don Límbano Penagos construyó una nueva sala para las proyecciones cinematográficas en la esquina de la Central poniente y la Primera avenida sur, donde poco después inauguró el Cine Penagos, en el que el pueblo llegó a contemplar, extasiado, la maravilla del cine sonoro, en inglés y en español y, después, las películas a colores. Poco
a poco, Motozintla se iba incorporando a la nueva cultura que nacía en el mundo, gracias a la tecnología, después de la Gran Guerra Mundial de la década anterior.
Cuando don Límbano Penagos se fue del pueblo, le vendió a don Herminio Guzmán Muñoz muchas de sus empresas y propiedades, entre otras, el Cine Penagos, al que se le cambió el nombre por el de Cine Guzmán, que ya para
entonces proyectaba sólo películas sonoras. Don Herminio modernizó la empresa y, al fallecer, el cine pasó a ser propiedad de sus nietos y se le puso por nombre Cine Córdova. Más adelante, Jorge Córdova Guzmán construyó un nuevo edificio, con una sala más grande y amplia que equipó con asientos cómodos y demás instalaciones apropiadas, e instaló unos proyectores modernos que permitieron el acceso de los motozintlecos a la proyección de películas de gran formato, “de pantalla grande”. Este nuevo cine se llamó
Cine Motozintla. Con la invasión de la TV y de los videos, la asistencia del público al cine fue decreciendo. A principios de la década de los noventa, la empresa cedió a la tentación del cine porno para seguir atrayendo a la gente, pero fue por poco tiempo. Antes del fin del siglo XX el Cine Motozintla
cerró sus puertas; la sala se convirtió en discoteca y el lobby se fraccionó en locales comerciales.
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En todos esos años, Rosenda se había consagrado a sus hijos, sobre todo a Elvira y Filadelfo, los hijos de Teófilo Escobar. Algo había ido cambiando en el corazón de aquella que, sin embargo, nunca dejó de tener un carácter fuerte e impulsivo. Las cosas materiales a las que nunca dio demasiada importancia, desde que enviudó empezaron a ocupar su mente y, poco a poco, también su corazón. “Como ya no tienes un hombre a quien querer, ahora quieres al dinero”, le decía la siempre sincera y fiel Rita. Rosenda se justificaba pensando
que era por sus hijos, que era para que no les faltara nada que se ocupaba tanto del rancho que le había dejado Teófilo, así como de las otras propiedades y el negocio en San José Ixtepec, amén de la enorme casa que tenía en Motozintla. Don Paulino no decía nada pero, como Rita y toda la familia, se daba cuenta que su hija había cambiado y se revelaba ahora como una verdadera mujer de negocios.
Desde hacía tiempo la pretendía Porfirio Echávez, un viudo con dos hijos mayores, que había hecho una buena fortuna con la cría de ganado. Rosenda y Porfirio tenían algunos negocios en común y se llevaban muy bien porque
hablaban el mismo lenguaje: el del dinero. Por eso, cuando Porfirio le pidió que se casara con él, ella no dijo que no, si bien bromeó un poco y luego le pidió que le diera un tiempo para pensarlo. Elvira y Filito tenían ya doce y diez años, respectivamente; la pequeña Infra iba a cumplir ocho. Sus hijas mayores habían seguido su propia ruta: María Eva estaba ya prometida y pronto se casaría y Julia vivía con su papá, si bien cuando venía a Motozintla estaba casi todo el tiempo con ella. No necesitaba tanto un marido como un
socio, tenía necesidad de alguien que la apoyara en sus negocios, que discutiera con ella, que fuera un respaldo en los momentos difíciles que nunca le faltaban. Y, también, no quería llegar a la vejez viviendo sola. Y si no se decidía de Porfirio y fijaron la fecha de la boda. Entre la familia esto
no dejó de llamar la atención, pero todos respetaron su decisión. Su fortuna se acrecentó mucho más y eso la hizo adquirir mayor poder y respeto en el pueblo.
Justo a los diez meses de casados, Rosenda dio a luz a una niña a quien puso el nombre de Amelia y dos años después, cuando ya no esperaba tener más hijos, nació Darío, un niño muy bonito que, sin embargo tuvo desde pequeño
una salud frágil y a quien su madre y sus hermanos mimaban mucho y que creció lleno de inseguridades y complejos. Porfirio Echávez la colmaba siempre de regalos, vestidos, perfumes y joyas. Estaba muy enamorado de aquella que seguía siendo “una brava hembra”, como él decía. Y no le importaba que hubiera tenido otros maridos si ahora era su esposa. “Lo que cuenta no es ser el primero, sino el último”, decía cuando se tomaba sus tragos. Y el último fue. Porfirio la hizo feliz y fue un buen hombre, buen marido y buen padre, tanto para sus hijos como para los otros hijos de
Rosenda. Las hijas mayores lo respetaron siempre y le agradecían porque desde que se casaron su madre había mejorado su carácter y era, a todas luces, más cariñosa con sus hijos. Sobre todo, Porfirio fue un gran apoyo para su mujer cuando la muerte de Filito, que fue aún más dolorosa para ella por las condiciones en que se dio.
Filadelfo tenía dieciocho años y era un muchacho muy bien parecido, que gozaba de una buena posición social. No había querido seguir estudiando sino que ayudaba a su madre en los negocios, sobre todo en San José Ixtepec. En una ocasión que estaba solo en aquella aldea, solamente acompañado
de los mozos y de la cocinera, organizó una fiesta con algunos de sus amigos de las fincas vecinas en la enorme casa que su padre había dejado a Rosenda y que ella había ampliado aún más. Durante el festejo se comió y bebió demasiado. Filadelfo tomó unas copas de más y se puso impertinente. Como sus amigos lo querían y respetaban, al principio no hicieron mucho caso de todo lo que él decía o hacía. En un momento, cuando ya había caído la noche, salió al patio con otro muchacho, parece que discutieron pero nadie salió a ver qué sucedía. Después cesaron las voces. Pasó un rato y como no regresaban, alguien salió a buscarlos. En la obscuridad, se encontró con el cuerpo apuñalado de Filadelfo. Estaba muerto. El otro muchacho había desaparecido.
Rosenda se sintió enloquecer. Era su hijo favorito, el primer varón y al que tanto había consentido. Porfirio removió mar y tierra buscando al asesino de Filadelfo pero, aunque ofrecía buenas sumas a las autoridades, pasó el tiempo y aquel muchacho nunca apareció. La gente decía que se había ido “al otro lado”, es decir, a Guatemala. Se hacían muchas conjeturas por la causa del crimen. Hubo quien dijo que Filadelfo era homosexual y tenía relaciones con aquel muchacho y que había sido un crimen pasional. Otros murmuraban
que no eran amantes, pero que Filadelfo había intentado seducir al otro y éste, ofendido y bebido como estaba, lo había apuñalado. Tal vez nada de eso era verdad y no fue más que un pleito de borrachos, pero lo cierto fue que el muchacho, en la flor de la juventud, perdió la vida. Y eso a Rosenda le dolía tanto que nada ni nadie podía consolarla. De nada servía todo el dinero del mundo que pudiera tener si no le devolvía la vida del hijo amado. En vano
Porfirio la mimaba, le hacia regalos y la invitaba a viajar. Rosenda guardó luto el resto de su vida.
Porfirio Echávez murió cuando Rosenda iba a cumplir cincuenta años. Tres años después, murió su padre don Paulino, en 1938, a la avanzada edad de ciento cinco años. Y un año después, en 1939, le siguió doña Lola, a los noventa. Fueron años de muertes, entierros, velorios y luto. La pareja de sus padres fue para Rosenda, y para toda la familia, un testimonio de amor conyugal verdadero. Supieron sobrevivir juntos a través de largos años de penas y dificultades, pero también de grandes alegrías. Los nietos y bisnietos los recordarían con mucho cariño. Pero no sólo la familia los echaría de
menos sino el pueblo entero, porque buena parte de la historia de Motozintla estaba relacionada con la vida de aquella pareja que ahora había desaparecido.
A don Paulino con los años “le había vuelto la vista”, decían todos. Por las mañanas infaliblemente leía su periódico, sin lentes, sentado en una mecedora en el amplio corredor de la Casa de la Esquina, con una taza de café fuerte, caliente y amargo. Había heredado de su padre Aurelio Díaz Rabanales el gusto por el café bien preparado. “Eso quiere decir café –sentenciaba–: c de caliente, a de amargo, f de fuerte y e de espresso”.
Cinco años antes la familia había celebrado los cien años de vida de don Paulino. Fue una fiesta por todo lo alto, como los Díaz Recinos solían hacerlo. El centenario abuelo bailó ese día no sólo con Lola sino con cada una de sus hijas y sus nueras, y con sus nietas. Estuvo feliz durante todo el
festejo. En los cinco años que siguieron a esa gran fiesta, don Paulino se volvió más tierno y cariñoso con sus nietos y bisnietos, como si hubiera descubierto un secreto que quisiera compartir con ellos. Pasaba tardes enteras conversando con sus nietos cuando venían a visitarlo a la Casa de la Esquina, que siguió siendo, hasta el fin, el centro de la vida de toda la familia.
Cuando se sintió cansado de vivir, sin estar enfermo, Paulino se metió en su cama y durante casi una semana estuvo durmiendo. Hizo venir después a todos sus hijos, sus nietos y algunos bisnietos, para despedirse como si se fuera a ir de viaje. “Perdónenme –les dijo–, pero ya me voy a morir”. Llamó
luego a su cuarto a sus hijos que fueron pasando, uno a uno; habló con cada uno en privado y les dio la bendición. Cuando pasó Bonifacio, el menor de ellos, el anciano, después de hablar con él y bendecirlo, se dio la vuelta en su lecho hacia la pared y se quedó dormido. Nunca más despertó.
Lola se quedó sola con el corazón lleno de recuerdos de toda una vida juntos. Ni el cariño de la numerosa tribu de sus hijos, nietos y bisnietos lograba llenar aquel hueco que la ausencia de Paulino le había dejado. Lo lloró durante meses y cuando se acercaba el “cabo de año”, dispuso con tiempo que se prepararan todas las cosas para el velorio del aniversario de Paulino. Mandó comprar guajolotes y pollos para el mole y los tamales, encargó cantidades industriales de maíz, azúcar, frijol, arroz, pan, café y bebidas para dar de comer y de cenar durante los días de la novena, sobre todo el día del velorio, a todo el pueblo que seguramente los acompañaría. El aniversario sería el 5 de julio. Menos de un mes antes, el 15 de junio, durante el sueño, murió Lola. Todo lo que ella había preparado para el “cabo de año” de su marido sirvió para su propio velorio y la novena que siguió a su entierro.
Con la muerte de Paulino y de Lola terminaba toda una época del pueblo y se cerraba también un capítulo en la vida de la familia de los Díaz Recinos.
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Julia Monzón guardaba bellos recuerdos de sus abuelos maternos, Papá Paulino y Mamá Lola, como desde niña les llamaba. Recordaría siempre, y se lo llegaría a contar a sus hijos, el ambiente de hogar que se respiraba siempre en la casa de sus abuelitos, en especial, en la cocina de Mamá Lola. Era una amplia pieza con piso de ladrillo y amplios ventanales que daban a un patio trasero donde estaban los lavaderos y había una pequeña huerta y un jardín con árboles
frutales. Servía de cocina–comedor porque era muy grande y en los días normales toda la familia comía allí, cerca del enorme fogón de leña, siempre encendido, donde Mamá Lola era la dueña y señora y no permitía que los hombres ni los niños metieran mano. Julia recordaba muy bien el comal
de barro, blanqueado de cal en el que su abuelita echaba las tortillas que se comían calientitas, cuando aún tenían “pancita”. Los desayunos eran verdaderos banquetes en los que no faltaban los huevos estrellados o revueltos, con salsa de tomate rojo, chiquito, que los indígenas traían de Malé “los días de plaza”, como se llamaba a los días de mercado; salsa a la que Mamá Lola añadía un chile muy oloroso, de Mazapa, que picaba sabroso pero que, incluso los niños, no podían dejar de probar. Junto a los huevos, a veces revueltos con chorizo, un buen pedazo de carne asada directamente en las brasas del fogón, acompañado de frijoles negros, refritos o de la olla, crema y queso “de pante”. Y, para completar, un buen jarro de café con pan de yema o con las semitas de trigo entero que la gente llamaba “shecas”. Mamá Lola no era muy expresiva en sus sentimientos para con sus nietos, pero prepararles un desayuno así era, tal vez, una forma de expresarles
su cariño. Cuando Julia creció pudo comprender por qué el término “hogar” viene del fuego que se encendía antaño en las casas, el lugar más cálido, en todos los sentidos, para toda la familia.
Julia recordaba bien los cuentos que le contaba su abuelo sobre aquellos tiempos cuando Motozintla no había sido “vendida” a los mexicanos, como decía él. Le narraba las aventuras que él y su hermano Romualdo habían vivido desde muy jóvenes y la forma como se habían casado los dos hermanos con las dos hermanas. Una tarde en que hacía mucho frío, el abuelo le contó a su nieta preferida la historia de Rosenda, aquella novia de Chicomuselo que pereció con toda su familia en las aguas caudalosas del Río
Grande. “Yo la adoraba –dijo con nostalgia–, nunca llegué a querer a nadie como la quise a ella”. Tantos años después, el anciano volvió a vivir aquel dolor, se le quebró la voz y de sus ojos glaucos escaparon unas lágrimas ante el recuerdo de su amada. “Juré que nunca me enamoraría de nuevo y que nunca me casaría –dijo después de sonarse la nariz con un paliacate rojo–, pero tuve que romper mi juramento cuando conocí a tu abuela Lola”, añadió con una sonrisa que trató de borrar el dolor revivido. “Sin embargo, nunca
olvidé a mi bienamada Rosenda, ya ves hasta perpetué su nombre poniéndoselo a tu mamá. Estoy seguro que ella desde el cielo entendió cuando decidí casarme con tu abuela Lola, continuó con el alma llena de recuerdos, pero es que tu abuela era guapísima y me robó el corazón”.
Alguna vez le contó acerca de la locura de Lesho. Lesho era la forma familiar de llamar al tío Andrés, uno de los hijos más chicos de Paulino y de Lola. Sucedió que un día cuando Lesho estaba en el campo, buscando una cabra que se había escapado, se internó en el bosque y, después de mucho caminar, al llegar a un claro entre los árboles, había contado después, se le apareció una bellísima mujer, vestida toda de blanco, con el largo cabello negro sobre los hombros y la espalda. Caminaba como flotando y no hablaba. Sólo sonreía y le hacía señas para que la siguiera. Fascinado, Lesho se fue tras ella y no supo después qué fue de él. Sus hermanos lo buscaron por todas partes pero no lo hallaron hasta después de quince días cuando apareció en lo alto de un cerro que llamaban La Campana, con la camisa desgarrada, la barba crecida, descalzo, totalmente fuera de sí, gritando: “¡Yo soy Lesho Campana, chingaos!”. Completamente loco. En vano lo vieron los médicos, lo llevaron al hospital de Huixtla, a la ciudad de Guatemala. Lo trataron psiquiatras y otros especialistas pero Andrés no recobraba la razón. Hasta que una sirvienta indígena que tenía Lola le contó a su patrona que en una aldea de San Marcos, en Guatemala, de donde ella era, había un “chimán” que hacía curaciones. “Si lo llevás, el Lesho se va a curar”, dijo la indígena. Estaban tan desesperados ante la locura del hijo, que Paulino y Lola se aferraban a cualquier esperanza. Planearon el viaje, a caballo y acompañaron a Andrés, además de sus papás, sus hermanos Maximiliano y Herman, los mayores.
Después de varios días de viaje, llegaron a la aldea llamada Los Tarayes y preguntaron por “el señor que sanaba enfermos”. El curandero les mandó que esperaran tres días durante los cuales, el enfermo y su familia debían “purificarse”, bañándose todas las mañanas, en ayunas, en las aguas frías
del río que pasaba por la aldea. Al cuarto día los recibió. Su casa era un cuarto de adobe y paja, sin ventanas, donde se sentía un fuerte olor a copal. Tenía muchas velas encendidas y ramos de albahaca atados con listones rojos frente a las imágenes del Cristo Negro de Esquipulas y de la Virgen María del Rosario. No había sillas ni bancos, sólo un petate grande donde él estaba sentado y donde se sentaron los cinco. El curandero, del que nunca supieron el nombre, toda la gente le llamaba el Hermano, no habló durante un rato;
parecía estar en trance, orando en silencio. Después volvió en sí y con voz muy baja les dijo: “Los estaba esperando. Hace mucho que el ánima de este patojo anda fuera de su cuerpo porque se la llevó otra ánima, que seduce a los patojos como él, y esta otra ánima es muy mala, no lo quiere soltar”. Todo aquel ambiente era sobrecogedor. “Yo tenía los pelos de punta, dijo el abuelo, y me hubiera querido regresar inmediatamente, pero tu abuela, que es tan testaruda, dijo que nos quedábamos con el Hermano, y nos quedamos toda una semana”. El curandero le dio durante tres días, temprano, una “limpia” con unas hierbas y el cuarto día le dio a beber una pócima que él mismo preparó. Andrés estuvo durmiendo durante tres días y tres noches sin despertar ni probar alimento, ni siquiera un vaso de agua. Cuando despertó,
estaba curado. Su rostro estaba tranquilo y su mirada serena, sonriente, como antes. El Hermano le recomendó que se cuidara de las “mujeres de cabellos largos” y lo bendijo haciendo sobre él el signo de la cruz. No quiso aceptar ni un peso del dinero que ellos le pagaron. Sólo les pidió que oraran por él. “Desde entonces, dijo el abuelo, el Lesho está más cuerdo que yo”. Nunca más se volvió a enfermar y aunque se casó ya grande y nunca tuvo hijos, fue feliz con su esposa, a quien llamaban Chaya, a la que hacía que se cortara el pelo, muy corto, todos los meses.
Julia Monzón se acordaba muy bien de cuando se inauguró el nuevo cementerio y trasladaron a los “muertos antiguos” del panteón viejo al nuevo, ubicado en las afueras del pueblo. El anterior había quedado prácticamente en el centro de Motozintla, rodeado de casas y era ya insuficiente para enterrar más muertos. Sobre todo, desde la gripa española, se había saturado completamente. Las familias de la gente “de razón” aceptaron la propuesta de las autoridades y decidieron exhumar los restos de sus antepasados y trasladarlos al nuevo panteón, no así los indígenas, para quienes era tabú tocar una tumba antigua.
Paulino y Lola mandaron sacar los restos de sus padres Aurelio Díaz Rabanales, la Chica Rodas, la de los ojos bonitos, don Venancio Recinos y Marquina Mérida, la abnegada. Se preparó un altar en la sala grande de la Casa de la Esquina y se velaron allí, antes de llevarlos a su nueva morada,aquellos huesos, restos de los seres queridos gracias a cuyo amor ellos habían venido a este mundo, decía la abuela Lola. Julia era muy jovencita, casi una niña, pero recordaba muy bien que se había acercado al ataúd de la bisabuela Marquina y había visto, fascinada, que la calavera tenía una larga cabellera y el esqueleto, bastante bien conservado, tenía aún restos de un vestido que debió ser de raso obscuro. La vista de todo aquello impresionó mucho a la pequeña Julia que, nerviosa, fue presa de una risa histérica. Doña Lola, molesta, le mandó que saliera de la sala donde, en ese momento, se estaba rezando el rosario y la tía Rita, siempre cariñosa, la llevó a tomar un vaso de agua a la cocina. Aún recordaba Julia cómo entonces había seguido temblando sin dejar de reír y cómo durante muchas noches soñó que la bisabuela Marquina se paseaba por los corredores de la casa luciendo su amplio vestido de raso negro, con la larga cabellera flotando
en el aire frío de la noche.
Como los indígenas no habían aceptado sacar los restos de sus propios muertos, que tal vez ya ni existían por haber sido sepultados sin ataúd, envueltos los cuerpos en simples petates, el 2 de noviembre de todos los años, iban a llevar flores y a encender velas a los lugares donde recordaban que habían quedado sus antepasados, aunque los terrenos estuvieran ocupados por nuevas construcciones. Así, más de una vez, la casa de doña Melita Escobar, una viejita bajita y chismosa, que siempre vestía de negro, se vio invadida por mujeres indígenas que entraban sin pedir permiso hasta su
recámara y rezaban, lloraban y dejaban sus ofrendas, debajo de la cama de aquella buena señora, en el Día de Muertos.
En ese día de la conmemoración de los difuntos, la gente de Motozintla acostumbraba llevar a las tumbas de sus muertos, además de las velas, veladoras y los clásicos cempasúchiles amarillos, canastitos llenos de tamales, pan, chocolate, café, cigarros y hasta aguardiente, y solían comer en
el panteón como una forma de acompañar a los antepasados. Dejaban como ofrenda una parte de aquellas viandas, que estaban formadas por lo que recordaban que, en vida, les gustaba más a sus difuntos. A menudo los niños, cuando los mayores ya se habían ido del panteón, daban buena cuenta de los tamales y del chocolate sin que los bisabuelos y demás muertitos protestaran.
A propósito de muertos, Julia desde pequeña tuvo una sensibilidad muy especial para fenómenos que hoy podríamos llamar parapsicológicos. Siendo una niña de unos siete u ocho años, tenía amistad con los niños de una familia vecina a la Casa de la Esquina, con quienes pasaba tardes enteras
jugando en el patio de una u otra casa. Uno de esos niños se llamaba Pedro y era el favorito de Julia. Los demás niños decían que Pedro y Julia eran novios y que cuando fueran grandes se iban a casar. Julia quería mucho a Pedro,
como el hermanito que siempre quiso tener y por eso lo prefería entre todos los demás niños. Una vez, Pedro se enfermó de disentería y por más que sus padres lucharon por salvarlo, después de una semana de estar enfermo, murió. La noche de su muerte Julia estaba durmiendo en el cuarto que compartía con María Eva. A eso de la medianoche, súbitamente se despertó porque la puerta de su cuarto se había abierto y soplaba un viento frío. En la obscuridad Julia percibió claramente la figura de Pedro que se acercaba a su
cama, con una sonrisa en el rostro pálido. Se sentó en el borde de la cama y puso una mano sobre los pies de Julia. A pesar de las dos cobijas con que se cubría, la niña sintió un frío intenso que le helaba los pies. Después de un
momento, Pedro se levantó y salió lentamente del cuarto, como si flotara en la obscuridad de la noche, apenas alumbrada por la luz de la luna que entraba por la puerta abierta. Julia estaba muda de la impresión. Unos minutos después se oyeron unos llantos y gritos que procedían de la casa vecina.
Pedro acababa de morir. Al día siguiente, cuando se lo contó a Papá Paulino, el anciano le dijo que el niño se había venido a despedir, que no había que temerle a los muertos, porque ellos nos protegen siempre. “Tenles miedo a los vivos, hijita, no a los muertos”, le dijo el abuelo mientras levantaba el dedo índice delante de su nieta que aún no se sobreponía de lo sucedido la noche anterior y lloraba desconsolada por la muerte de su amiguito.
El abuelo Paulino le contaba a Julia también leyendas antiguas, narraciones espeluznantes de muertos y aparecidos, de duendes y encantadores que atacaban a los viajeros solitarios en los caminos de herradura de aquellas regiones en los siglos pasados. “Ahora todo ha cambiado, decía, desde que nos vendieron a México y el dizque progreso empezó a llegar, los muertos antiguos se fueron lejos de nosotros y ya no se aparecen. Las máquinas, como ese automóvil que anda rodando por ahí en nuestras calles, o el avión que aterrizó el otro día en el campo, al otro lado de La Playa, han ahuyentado a los espíritus de nuestros antepasados. Ya nadie habla de las ánimas en pena,de El sombrerón, El cadejo, La llorona o la Cocha enfrenada; ya no se aparecen porque ahora sí que están muertos para siempre. Antes venían a visitarnos, antes nuestros muertos convivían con nosotros. Ahora los muchachitos ni siquiera saben quiénes fueron sus bisabuelos. Por eso a mí me gusta platicar con ustedes, mis nietos, para que nunca se les olvide de
dónde venimos, quiénes fueron nuestros antepasados, para que nuestros muertos no se mueran en el olvido. Ojalá y algún día alguno de tus hijos o de tus nietos escriba la historia de nuestra familia y de nuestro pueblo. Esa sería una forma de conservar en vida a nuestros antepasados, para que los que lleguen después sepan de dónde vienen. Y para que, algún día, también nosotros seamos recordados por las nuevas generaciones. Ya ves, hijita, es una ley de la vida: los vivos de hoy seremos los muertos de mañana. Tú no te
vayas a olvidar de tu abuelo, ¿me lo prometes?”.
Julia nunca se olvidó de su abuelo hasta el final de sus días. En su lecho de enferma, poco antes de morir, veía todas las noches al abuelo Paulino que venía a sentarse a los pies de su cama y le sonreía, en silencio, con sus grandes bigotes blancos, como cuando, antaño, le contaba aquellas historias. Y con él llegaban otras figuras amadas como Rosenda, su madre, María Eva, su querida hermana, compañera de tantos sufrimientos, la tía Rita, Teófila Sara que tanto la quiso, y Gustavo Adolfo, el bienamado, y tantos más que venían a hacerle compañía a la enferma y que una noche de febrero se la llevaron con ellos a la Casa Grande de la familia, donde están todos juntos, felices, para siempre, en la tierra sin tiempo de la eternidad.
40
En la década de los treinta ocurrieron varias muertes en la familia Díaz Recinos. No sólo el asesinato de Filadelfo y el deceso, hasta cierto punto natural, de los abuelos Paulino y Lola, sino también una muerte tan sentida y triste como la de Martina Díaz, la esposa de Arcadio Monzón. A ellos les
vivían cinco hijos: Teófila Sara y sus cuatro hermanos; había nacido una niña más que murió a los pocos meses y cuando, una vez más, Martina se descubrió embarazada, desde el principio tuvo una especie de presentimiento de que aquel embarazo no iba a ser fácil. En los primeros meses tuvo que guardar reposo porque el médico y la comadrona le habían dicho que había riesgo de perder a la criatura y, hacia finales del embarazo, tuvo muchas hemorragias que hacían temer por la vida de ambos. Cuando le llegó el momento, no había médico en el pueblo y la comadrona que la asistió, tuvo mucha dificultad porque el bebé estaba atravesado y con dos vueltas del cordón umbilical alrededor del cuello. El trabajo de parto duró toda la noche y hacia eso de las seis de la mañana, el corazón de Martina dejó de latir. Cuando se dieron cuenta que nada más podían hacer por ella, la comadrona cortó con unas tijeras y extrajo el cuerpo de una niña morena y con mucho pelo, que en cuanto salió a la luz empezó a llorar. Una vida llegaba y otra se apagaba en el fluir constante, sin fin, de la existencia humana.
Arcadio Monzón estaba inconsolable por la muerte de Martina, el amor de su vida, a la que quiso desde la primera vez que la vio y con la que vivió feliz durante todos esos años. No lo consolaba el amor de sus hijos, en especial de
Teófila Sara que, con veinte años, asumió la dirección de la casa y de toda su familia. La pequeña fue bautizada con el nombre de Martina, pero tuvo siempre una salud muy delicada. Con frecuencia se enfermaba del pechito, le daba mucha tos y cuando tenía apenas un año, murió. Teófila Sara la lloró como si hubiera sido hija suya, porque desde su nacimiento cuidó de ella.
Unos meses después llegó a vivir a casa de ellos Lucía Rendón, hija de un primo lejano de Arcadio y Juan de Dios. Era una muchacha muy joven, casi de la misma edad de Teófila y desde que llegó fue como una hermana para ella. Además de sobrina, era ahijada de Arcadio y de la difunta Martina. Su padre la había enviado a Motozintla para que aprendiera corte y confección. Pero la vida dio otra vuelta y las cosas salieron de manera distinta a la esperada.
Hacía muchos años que Arcadio no veía a su sobrina; la recordaba como una niñita muy blanca, pálida y delgada y ahora se encontraba con una muchacha de casi veinte años, alta, esbelta y muy bonita. Aunque seguía siendo muy pálida, eso mismo parecía darle un candor y una gran sencillez, como si fuera casi transparente, con sus vestidos blancos de algodón y la mirada baja. Se recogía los cabellos castaños en una larga trenza que le daba un aire campirano. Arcadio se enamoró de su sobrina-ahijada. Al principio, se daba cuenta que se trataba de un amor que no debía ser, pero su corazón no hacía caso de lo que su mente le decía. Una tarde que estaban solos en la casa, él la llamó a su cuarto, le abrió su corazón y le dijo que la amaba. Lucía no tenía ninguna experiencia de amor ni de enamorados y cedió sin más ante las solicitaciones de Arcadio. Cuando se descubrió que estaba embarazada, sin decir nada a nadie, escribió a su padre que viniera a buscarla. Cuando el padre llegó a Motozintla y se supo todo y él trató de llevársela a su pueblo, Arcadio, desesperado, trató de suicidarse. Fue todo un escándalo. Lucía
se asustó mucho y se dio cuenta que también le había tomado cariño y cuando el padre le ordenó que lo siguiera ella dijo que se quedaría en Motozintla, con Arcadio.
Tuvieron que pedir dispensas en la Iglesia para poder casarse. Los hermanos masones de Arcadio lo amenazaron con expulsarlo de la logia por aquella falta moral que iba contra todos sus principios. Pero, con el tiempo, todo se calmó. Lucía dio a luz a un niño grande y muy blanco, como ella, a quien Arcadio le dio el nombre de Enoc. Después nacieron Julio, Salomón y Rosa. Y después de algunos años en que Lucía estuvo muy enferma de paludismo, nació Felipe. La vida le daba a Arcadio otros cinco hijos. La casa se llenó nuevamente de ruidos de juegos y carreras. Y volvió a ser un hombre feliz que, sin embargo, en las tardes, cuando después de la siesta se sentaba en el corredor de su casa a tomar café con pan y a leer el Excélsior, al que estuvo suscrito durante cincuenta años, más de una vez se encontró recordando a Martina y añorando su amor.
El ambiente de Motozintla seguía como si el tiempo no pasara. Hasta los años cincuenta los periódicos de la capital se seguían leyendo con un mínimo de tres semanas de retraso. Eran los años de la radio y todo el pueblo escuchaba la XEW, los niños se extasiaban con las aventuras y las canciones
de Francisco Gabilondo Soler Cri Cri, El grillito cantor; el auditorio adulto sufría con los melodramas de sus novelas, patrocinadas casi exclusivamente por Colgate–Palmolive, se emocionaba con las Aventuras de Ricardo Lacroix, primero, y después Carlos Lacroix y su fiel secretaria Margot (“¡Cuidado, Carlos! ¡Dispara, Margot… Dispara!”), temblaba con la voz
de terciopelo de Arturo de Córdova en Apague la luz... y escuche, se extasiaba hasta las lágrimas cada vez que Manuel Bernal recitaba “El brindis del bohemio” en el Año Nuevo, reía con las comedias de El Panzón Panseco y se divertía con La hora de los aficionados.

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