domingo, 26 de noviembre de 2017

EL MÁRTIR DEL GOLGOTA CAP 2

 EL MÁRTIR DEL GOLGOTA 
POR ENRIQUE PEREZ ESCRICH 
MADRID- 
L. LOPEZ Y A. GULLON , EDITORES, 
1866 
TRADICIONES DE ORIENTE 
SU AUTOR 
ENRIQUE PEREZ ESCRICH. 
SEGUNDA EDICION. 
TOMO I. 
MADRID. 
GULLON y LOPEZ. EDITCRES. 
Administración. Cármen 13. 
1866. 
Propiedad de los editores 
MADRID.— Imprenta del Norte, á cargo de C. Moro, barrio de Arguelles. 
CAPITULO II 
Solo en el mundo. 
Cargado estaba el cielo, oscura la noche, frió el ambiente. 
El solitario buho, cual centinela nocturno, lanzaba de 
vez en cuando su monótono y prolongado lamento desde las 
altas copas de los árboles, cuyo eco lastimero iba á perderse 
en las profundidades de los barrancos. 
El interminable castañeteo de los hambrientos chacales 
del bosque de Efraim, despertaba de su ligero sueño á los fe- 
roces lobos de los barrancos de la tribu de Manases, los cua- 
les enviaban á sus terribles compañeros en alas de los vien- 
tos de la noche prolongados y estridentes ahullidos. 
La luna rompía de vez en cuando las espesas nubes que 
 la ocultaban, dejando caer un rayo de su luz clara y suave 
sobre las altas cimas de los montes de Samaría, que cual ne- 
gros y encadenados fantasmas estendian su sombría loma 
del Este al Oeste. 
El monte Hebal, más encrespado, más tétrico, más impo- 
nente que sus hermanos, se alzaba en medio de aquella apre- 
tada cordillera como un gigante amenazador, maldiciendo la 
impiedad de los" rebeldes samaritanos. 
El viento norte comenzó á silbar entre los espinos y las 
grietas de las rocas, y pronto apiñados escuadrones de nubes 
repletas de electricidad se estendieron con veloz carrera 
desde las riberas del mar occidental á las pacíficas márgenes 
del Jordán. 
El trueno sordo y lejano comenzaba á agitarse en el es- 
pacio anunciando con su potente voz á los hijos de Semer la 
próxima tempestad que iba á rugir sobre sus cabezas. 
La atmósfera se condensaba por instantes, y de su vapo- 
roso seno gruesas y precipitadas gotas comenzaron á caer 
sobre la seca tierra de los adoradores del becerro , apellida- 
da por los judíos casa de iniquidad. 
Todo anunciaba una de esas tempestades terribles que 
con tanta frecuencia se improvisan bajo el cielo de Palestina. 
Los relámpagos comenzaron á sucederse con rapidez, y 
el trueno, recorriendo el espacio, redoblaba su poderoso 
acento. 
Sobre la alta cima del monte Hebal, suspendido junto á 
un profundo precipicio, como el nido de una águila, alzaba 
sus negros y toscos muros un castillo de pobre y tétrica ar- 
quitectura. 
Aquella sombría fortaleza, levantada allí por la mano 
atrevida de los cutheos después de la dominación de los asi- 
rlos, se hallaba habitada en la época de Herodes por una ga- 
villa de malhechores. 
Su jefe, joven que apenas contaba veinte años de edad, 
Valiente y temerario , á quien una venganza habia empujado 
á la vida aventurera del salteador de caminos, práctico en 
el terreno, se burlaba de los soldados herodianos, y cargado 
de botin regresaba á su madriguera inespugnable donde sa- 
boreaba con sus satélites los despojos del pillaje. 
Un relámpago encendió por un momento el oscuro hori- 
zonte, y á su rojiza claridad viéronse unos hombres que se 
deslizaban por la quebrada y resbaladiza pendiente del mon- 
te Hebal en dirección á los barrancos de Garizim. 
Los nocturnos viajeros caminaban dejando á su espalda 
la fortaleza de Hebal , sin hacer caso de la tempestad que ' 
bramaba en el espacio, ni importarles las oscuras tinieblas 
que les envolvian , ni lo peligroso de la senda por la que 
avanzaban con paso precipitado y seguro. 
Un relámpago iluminó por dos segundos el espacio. 
Su rojiza luz caia sobre los misteriosos caminantes, ba- 
ñándoles con su tétrica y fantástica claridad. 
Entonces se pudo ver que eran ocho; su traje, mezcla de 
hebreo y romano , sus frentes tostadas por el sol , y sus irsu- 
tas y despeinadas barbas, les daban un aspecto feroz. 
Entre ellos iba un joven en cuyo rostro apenas apuntaba 
el bozo : vestia un túnico gris como los nazarenos ; un tur- 
bante alto con mangas de lino se arrollaba por su cabeza, y 
un matelot de pelo de camello le servia de manto. 
Su mano derecha oprimia la corta gabelina de tres pun- 
tas de los soldados del César, y en su cintura colgaba el lar- 
go puñal de los samaritanos. 
Este joven era el jefe de los bandidos : su valor temerario 
le habia elevado entre sus compañeros, á pesar de sus pocos 
años, al puesto de capitán. 
Su talle era esbelto; su fisonomía franca y enérgica; sus 
ojos negros, velados por largas y espesas pestañas, lanzaban 
miradas irresistibles cuando la cólera devoraba su corazón f 
dulces y compasivas cuando la calma se hospedaba en su pecho . 
Ni una sola línea se hallaba en su semblante que inspira- 
ra repugnancia: era casi hermoso. 
Al verle caminar entre aquellos forajidos de rostro re- 
pugnante , mirada sangrienta y descompuesto y asqueroso 
vestido, se hubiera dicho que su jefe era su prisionero. 
El joven capitán de los bandidos samaritanos se llamaba 
Dimas , nombre que treinta y dos años mas tarde debia in- 
mortalizar en la cumbre del Gólgota , el Mártir de la Cruz, 
el Redentor del hombre. 
Dimas era hijo de un honrado platero de Jerusalen. 
Desde sus mas tiernos años habia demostrado un cariño 
sin límites hácia todos los niños de menor edad que la suya, 
un respeto profundo á las canas y una veneración estrema á 
los cadáveres. 
Creció aprendiendo, como buen israelita, el oficio de su 
padre, viéndosele siempre rodeado de los muchachos del 
barrio, con los cuales repartía sus frutas y sus juguetes. 
Cuando pasaban un cadáver por su calle, Dimas, si 
sus ocupaciones se lo permitían, seguía el séquito fúne- 
bre hasta el valle de Josafat, brindándose siempre á ayu- 
dar á los enterradores á colocar el cadáver en el hueco se- 
pulcro. 
Un dia Dimas se quedó huérfano; el hijo lloró la repen- 
tina é inesperada muerte del bondadoso padre, y con los ojos 
aun enrojecidos por el llanto encaminóse á casa de un lapi- 
dario para que hiciera un modesto sepulcro para las cenizas 
de su padre. 
El ajuste quedó cerrado por mil doscientos óbolos (1); 
pero cuál no seria su sorpresa cuando al llegar á la casa 
mortuoria, en donde aun el frió cadáver descansaba en su 
lecho de muerte, se encontró á tres fariseos, un centurión 
romano y un alcabalero, que estaban confiscando la pequeña 
fortuna del difunto joyero. 
— ¡Qué hacéis en mi casa? Les preguntó Dimas con 
asombro. 
(1) Que equivalen á unos seiscientos treinta reales de vellón. 
 — Tomar con autorización de la ley y el poder romano lo 
que tu padre me adeudaba, le respondió un anciano. 
—El soplo de la muerte ha enmudecido la boca de mi pa- 
dre: él no puede responderte; pero yo te juro por el Dios in- 
visible de Abraham , Isaac y Jacob , que nada me ha dicho 
nunca de la deuda que ahora le reclamas. 
— No miente un fariseo que peina canas en la barba, y 
que doblega la frente ante el ara de Sion: estos que me 
acompañan son testigos del préstamo que le hice, y por 
cierto que con todo lo que posee no alcanza á las dos terce- 
ras partes de lo que me debe. 
Dimas, aturdido, desconcertado, traspasado el corazón 
de dolor y de sorpresa, no hallaba palabras que contestar á 
aquel anciano que le iba á sumir en la miseria. 
Los testigos afirmaron la verdad de las palabras del fa- 
riseo, y el alcabalero siguió su curso, sin detenerle el dolo- 
roso ademan del pobre huérfano. 
— Pues bien, anciano, llévate todo mi erario, mis vestidos, 
mi cama, si quieres; no me opongo: yo soy joven y robusto, y 
no me asusta el trabajo. Pero concédeme al menos un favor. 
—Habla, le dijo con sequedad el fariseo. 
— Préstame dos mil óbolos: yo te los restituiré. 
— ¡Dos mil óbolos! ¡Tú estás loco, mancebo! ¡Cómo po- 
drías pagarme tan enorme suma! 
— Trabajando para tí, si es preciso, toda mi vida. 
— No puedo servirte. 
—Véndeme como esclavo, si quieres. 
—Un fariseo israelita no puede vender á un descendiente 
de su raza. 
— Por la santa sinagoga, te ruego, anciano, que no me 
niegues lo que te pido. 
— ¡Ea, acabemos! Exclamó el fariseo con marcadas mues- 
tras de mal humor. 
— Piénsalo que haces, volvió á decir Dimas rechinando 
los dientes de furor, viendo la dureza de aquel viejo. 
— ¡Me amenazas! 
—Te aviso solamente. 
— Yo te desprecio. 
— ¡Mira que ese dinero que te pido es para enterrar á mi 
padre! 
— Los pobres no necesitan sepulcros habiendo muladares. 
— ¡Miserable! Gritó Dimas, cogiendo con nervudas manos 
al viejo fariseo por el cuello; mi padre y tú bajareis á un 
mismo tiempo al sepulcro. 
Los testigos arrancaron de las manos de Dimas al fari- 
seo, no sin trabajo, y dos horas después el joven huérfano se 
hallaba en un tétrico calabozo de la torre Antonia. 
Dimas tenia entonces diez y ocho años , edad en que las 
pasiones y los sentimientos no se ocultan, no se comprimen. 
Al verse solo en el mundo, encerrado en aquellas húme- 
das y tétricas paredes, lloró como un niño, porque recordaba 
las caricias de su bondadosa madre y el insepulto cadáver 
del anciano autor de sus dias. 



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