viernes, 5 de enero de 2018

EL MARTIR DEL GOLGOTA-LOS BANDIDOS


EL MARTIR DEL GOLGOTA
ENRIQUE PEREZ ESCRICH 
CAPITULO IV. 
Los bandidos. 
Ni una sola nube manchaba el claro y hermoso horizonte 
de Palestina. El sol, desde la mitad del cielo, bañaba con la 
radiante luz de sus rayos las escabrosas cordilleras y los fér- 
tiles llanos de Samaria. 
Y allá á lo lejos, por la parte del Este, se extiende una 
nube cenicienta que, á semejanza de una larga culebra de 
gasa, hunde su enorme cabeza en las azuladas aguas del 
lago de Genezarett; mientras que su enroscada cola iba á 
sepultarse entre las pesadas y malditas aguas del mar 
muerto. 
Aquella cinta de encaje flotante, aquella manga de polvo 
que parece brotar de la tierra, eran las nieblas del Jordán 
que se elevaban al cielo en vaporosas y húmedas emana- 
ciones. 
Dimas contempló en silencio el grandioso panorama que 
se estendia ante sus ojos. 
De vez en cuando sus miradas se fijaban en el tétrico y 
solitario castillo. 
Su cerrada puerta, sus desiertas almenas, sus desmoro- 
nados muros , le daban el aspecto de una de esas mansiones 
malditas, cuyas sangrientas tradiciones apartan con espanto 
de sus contornos á los medrosos habitantes de las aldeas, á 
los ingenuos y supersticiosos apacentadores de ganados. 
Dimas, firme en su propósito, después de asegurarse de 
que su puñal permanecía oculto en los pliegues de su túnica, 
desrolló de su cintura una honda formada con hojas de pal- 
mera seca, colocó una piedra de tres pulgadas de diámetro 
en la cuna de la honda, y luego, haciéndola girar como un 
molinete sobre su cabeza, envió el proyectil dentro del cas- 
tillo por encima de sus murallas. 
Esperó algunos momentos, pero nadie asomaba á sus 
torreones. 
Volvió á repetir por tres veces la misma maniobra; pero 
éstas, como la primera, tuvieron el mismo resultado. 
— El castillo está solo, se dijo; y una sonrisa estraña asomó 
á sus labios. 
Luego continuó hablando consigo mismo. 
— Bueno fuera que un barbilampiño como yo se apoderara 
de la bolsa de esos zorros barbados que hacen temblar con 
solo sus nombres á los impíos y afeminados romanos, á los 
torpes y cobardes herodianos, y á los indefensos mercaderes 
de el Nilo, el Eufrates y el Jordán. 
Dimas, después de murmurar estas palabras, se quedó un 
momento pensativo. 
Luego se pasó la mano por la frente varias veces , y des- 
nudando su largo puñal y arrojando una saliva sobre una 
peña, se puso con tranquilidad á afilar la punta del instru- 
to que habia vengado á su padre. 
— Ea, valor, Dimas; la muerte es un momento: la vida es 
larga y pesada cuando se tiene hambre y se duerme en des- 
poblado. 
Y diciendo esto se encaminó resueltamente hácia el cas- 
tillo , en cuya puerta descargó tres fuertes golpes con una 
piedra que habia cogido al paso, de propio intento. Nadie 
respondió. 
Entonces, seguro que el castillo se hallaba abandonado, 
reconoció escrupulosamente el muro que le cercaba , halló 
un trozo derruido, por el cual, aunque no con macha facili- 
dad, podía escalarse la fortaleza por las muchas grietas y 
rajadas piedras. 
Con el puñal en los dientes comenzó á trepar por la 
muralla. 
Una mano que hubiera flaqueado, una piedra que se hu- 
biera desprendido, su muerte era segura; su cuerpo, rodando 
de abismo en abismo , se hubiera deshecho en sangrientos 
pedazos contra los salientes picos de las rocas. 
Por fin, después de incalculables dificultades, llegó á la 
plataforma de la muralla cubierto de sudor el rostro y en- 
sangrentadas las manos. 
Una vez allí recorió en vano los estrechos pasadizos, las 
desiertas cámaras de la tétrica fortaleza , sin encontrar el 
codiciado tesoro que habia soñado. Sus níoradores debían 
tener indudablemente algún sitio destinado á ocultar su bo- 
tin; pero este sitio solo á ellos ó á la casualidad le era fácil 
descubrirlo. Dimas desesperó de encontrarle después de tres 
horas de minucioso escrutinio. 
—Todo me indica que esta madriguera está habitada por 
los bandidos samaritanos, se dijo; he visto huesos frescos de 
carnero esparcidos por el suelo y teas resinosas recien apa- 
gadas metidas en sus argollas de hierro ; es igual : he venido 
por oro y no lo encuentro; esperaré á que regresen, y ellos 
me le darán; de todos modos yo necesito un albergue. será 
este castillo. 
Entonces se encaminó á una pieza que ya habia visto 
antes, y que según su cálculo debia ser la cocina y comedor 
de los bandidos. 
Una vez allí comenzó á registrar cuidadosamente todos 
los oscuros rincones de la cocina, y no tardó mucho en des- 
cubrir una pierna de carnero colgada de un gancho de 
hierro. 
Siguió adelante en sus investigaciones, y sucesivamente 
halló ánforas con agua, pellejos de vino y sacos de maiz en 
varios huecos practicados en la pared, y que á primera vista 
no habia distinguido á causa de la oscuridad. 
Aquello era la despensa de los bandidos , y Dimas pensó 
aprovechar el tiempo. 
Firmemente resuelto á esperarles, se encaminó al fogón 
ó chimenea, que se hallaba, según costumbre de los hebreos, 
en mitad de la cocina y con gran alegría de su parte vió que 
relucían entre las cenizas algunas áscuas. 
A los estremos del hogar se hallaban algunos troncos de 
leña seca, entre los que se veian algunas teas esparcidas. 
Dimas reanimó el fuego y encendió una tea, porque en 
aquel sitio la claridad era poca. 
Entonces colocó la pierna suspendida de un garfio junto 
á la llama, v mientras se asaba amasó una torta con la ama- 
rillenta harina y el agua de los odres. 
„ Media hora después el huérfano aventurero comia tran- 
quilamente y libaba el delicioso zumo de la vid sentado en 
mitad de la cocina del castillo. 
En esta tranquila ocupación se hallaba el atrevido Di- 
mas, cuando apercibió un ruido sordo en las profundidades 
de la tierra. 

Dimas, después de fijar un momento su atención, conti- 
nuó su interrumpida cena haciendo un movimiento de hom- 
bros con indiferencia. 



DEL GÓLGÜTA. 25 

El ruido se aproximaba cada vez mas. 

Di ríase que muchos hombres hablaban y arrastraban 
tras ellos pesados fardos por debajo de la tierra qae le servia 
de base. 

De pronto so oyó un crujido estraño y ágrio en el pavi- 
mento como si un cerrojo ó una barra de hierro enmohecida 
se hubiera descorrido. 

El huérfano siguió comiendo como si nada hubiera oido: 
solo por precaución cogió el puñal que se hallaba junto á las 
viandas , y se puso á picar con su punta la piedra que le ser- 
via de mesa. 

De pronto hundióse un trozo del pavimento, y Dimas vió 
abierta á su lado una boca del diámetro de cinco pies cua- 
drados, r OQSGOU ^ 

Dos manos se apoyaron en el borde de aquella abertura, 
y luego apareció la cabeza y después el cuerpo de un hom- 
hrq que saltó con ligereza dentro de la cocina. 

Este hombre no vió á Dimas, pues volviéndose de espal- 
das inclinó su cuerpo sobre el agujero, y estendiendo los 
brazos, á los cuales se cogieron otras manos, tiró hacia si 
con fuerza, y otro hombre saltó desde la cueva á la cocina, 
y así sucesivamente, ayudándose los unos á los otros, salie- 
ron catorce forajidos como si la tierra los vomitara, de re- 
pugnante catadura, de sucio y descompuesto atalaje. 

El primer efecto que produjo á los bandidos la presencia 
de un hombre que comia tranquilamente en su madriguera, 
fué el asombro; pero repuestos instantáneamente, lanzaron 
un rugido, y desnudando los largos puñales, se avalanza- 
ron sobre Dimas: pero éste de un salto se puso en pié, y 
retrocediendo unos pasos con el cuchillo en la mano les 
gritó con entereza: 

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