viernes, 26 de enero de 2018

LA CASA DE DOÑA CONSTANZA. 001

 LA CASA DE DOÑA CONSTANZA. 
 EMMA LESLIE
 Traducción libre del frances  
Publicado en Madrid 1894
En este momento la nodriza vino á tomar al niño de bra- 
zos de su madre, y las dos amigas, quedándose solas, se pu- 
sieron á hablar de la llegada del joven monarca. No se sabia 
gran cosa sobre este asunto. Se sabia que habia desembar- 
cado en tierra española, nada más. El momento de vuelta de 
don Pedro estaba, pues, todavía muy incierto. 
—¿En estas circunstancias— replicó Inés— no sería prefe- 
rible bautizar al niño sin tardanza? 
—No ciertamente, no es necesario apresurarse tanto — res- 
pondió Constanza con vivacidad. — Mi marido debe estar pre 
senté en el bautizo de nuestro niño. Si éste estuviese enfermo 
ó á punto de morir, seria diferente; con la salud qne goza... 
— Seria más prudente bautizarlo sin tardanza. Sucede al- 
gunas veces que los niños mueren casi súbitamente. 
Esta insistencia pareció haber inquietado por un momen- 
to á la joven madre, Pero de Pronto se echó á reir con una risa 
franca, no Pudiendo admitir que cosa parecida á una enfer- 
medad pudiese arrebatar á su sano v robusto niño, y no quiso 
oir hablar más de esta ceremonia antes de la vuelta de su 
marido-, entonces podría hacerse con toda la magnificencia 
que convenia darle. 
Algunos instantes después, doña Inés se despedía de su 
amiga, y dejaba el patío, en compañía de su dueña y séquito 
que la esperaban. En aquella época, no se usaban todavía 
los carruajes en Sevilla. Las calles eran tan estrechas y tor- 
tuosas, que hubiera sido difícil, en muchos sitios, circular uno 
de esos vehículos. 
Después de la marcha de su visita, doña Constanza orde- 
nó á su sirviente correr la cortina de seda, y se entregó en 
seguida á su siesta habitual del mediodía. 
Estaba todavía sumida en un sueño delicioso, en el que 
veia á su marido meciendo dulcemente á su niño en sus bra- 
zos, cuando fue despertada repentinamente por la voz de una 
de las criadas alarmada. 
—¿Qué hay?— preguntó la joven madre, levantándose con 
un brusco movimiento. 
—El niño, señora— articuló con voz apagada la sirvienta. 
—¿Qué ha sucedido á mi niño?— preguntó la madre. 
Y sin esperar respuesta, abrió precipitadamente la puerta 
que conducía á la habitación del niño y su nodriza. Esta 
habitación, un tanto oscura, estaba singularmente despro- 
vista de muebles y comodidad. No se veia allí ese utensilio 
esencial para la limpieza y salud de los niños, ricos ó pobres, 
el baño. ¡Oh! si ese pueblo hubiese tenido conocimiento de la 
utilidad del baño, ¡cuántos niños hubiesen sido preservados 
por este medio de la muerte! Si en el mismo caso actual, la 
nodriza, cuando vio al niño amenazado de convulsiones, se 
hubiese apresurado á despojarlo de las envolturas que lo opri- 
mían y lo hubiese metido en un baño caliente... pero se con- 
tentó con envolverlo todavía más fuerte y mecerlo en su re- 
gazo, invocando la asistencia de todos los santos del pa- 
raíso. 
No fue sino largo rato después, cuando vio que el pobre 
niño no mejoraba, cuando hizo llamar á la madre, mien- 
tras enviaba otra criada al vecino convento de San Isidoro 
en busca de un sacerdote para que el niño, si se agravaba, 
no muriese sin el bautisjno. 
Doña Constanza tropezó al entrar en la habitación con 
aquella criada; mas en su ansiedad no se fijó en ella. 
— ¿Qué ha sucedido? — gritó, arrancando á su hijo de los 
brazos de la nodriza, y oprimiéndole contra su corazón. 
Pero ya sus grandes ojos abiertos, que casi saltaban de 
sus órbitas, habían perdido su brillo; sus finos labios, en que 
su madre había creído en algunas ocasiones distinguir la 
primera sonrisa, no tenían más que un movimiento convul- 
sivo. Constanza se dejó caer en una silla sin quitar sus ojos 
de la alterada figura de su querido tesoro. Diez minutos nada 
más hacia que tenia el niño en sus brazos, cuando su boca se 
cerró, sus ojos se eclipsaron, y la muerte vino á grabar sobre 
aquel rostro, tan fresco y tan rosado aquella misma mañana, 
su sello glacial. 
Hubo un último suspiro, un último espasmo, y todo habia 
concluido. La madre había perdido á su hijo. 
— No ha muerto — murmuró aún en voz baja, apretándolo 
más fuertemente todavía, mientras la nodriza trataba de qui- 
társelo de los brazos. 
— Señora, está con... 
La mujer no se atrevió á decir más, v ocultando su rostro 
en sus manos, empezó á sollozar fuertemente. Amaba mucho 
al niño con su dulce mirada y sus infantiles atractivos; mas 
las palabras que quería pronunciar para consolar á la pobre 
madre, espiraron en sus labios y penetraron como una espada 
de acero en su propio corazón. No se atrevía, no podia pro- 
nunciarlas, porque el niño no habia recibido el bautismo. 
En el mismo momento el presbítero apareció en la puerta 
-de la habitación. Constanza le alargó el niño; pero él no se 
acercó para recibirlo: se contentó con mirar aquella pequeña 
ñgura, que poco á poco se iba poniendo rígida. 
— El niño no vive — dijo con voz impasible, volviéndose 
hacia la nodriza. 
Constanza lanzó un grito de desolación. 
— No, no, no ha muerto, no puede estar muerto. No hace 
más que una hora, yo le tenia muy sano en mis brazos. 
Pronto se restablecerá y vivirá. Pero yo deseo que sea bau 
tizado en el momento. ¿Va usted á bautizarlo, no es verdad? 
Y diciendo estas palabras, la joven esposa, demasiado 
altiva siempre para no pedir favores á quien quiera que 
fuese, cayó sobre sus rodillas, humilde y suplicante delante 
del presbítero, presentándole á su hijo en sus desfallecidos 
brazos. 
El espectáculo de tal desolación pareció conmoverle un 
momento; pero no hizo ademan ninguno de tomar al niño. 
— ¡Es ya tarde! — dijo echándose atrás, como si hubiese 
temido mancharse con el contacto de aquel pequeño ca- 
dáver. 
— ¡Tarde! ¡Oh, no diga usted que es tarde para bautizar 
á mi querido niño! Por favor, no le cierre usted con su nega- 
tiva la puerta del cielo. 
— ¡Imposible! — respondió siempre insensible.— La Iglesia, 
nuestra buena madre, ha esperado á vuestro hijo, pronta 
para recibirlo, desde el dia que nació. Usted ha dilatado 
siempre para más tarde el momento de presentarlo á los 
abrazos de su seno maternal. Hé ahí por qué su juicio ha 
caido sobre usted. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario