domingo, 25 de marzo de 2018

EL GRAN SITIO DE MALTA

Aun en la actualidad, el Islam militante proyecta periódicamente una sombra perturbadora sobre sus vecinos y, a decir verdad, sobre el mundo entero. Pero a mediados del siglo XVI se hallaba en el cenit de sus conquistas. Su punta de lanza, el imperio militar de los otomanos, amenazaba con absorber al cristianismo. En ese momento decisivo de la historia, europea, el Islam triunfante se enfrentó a un cristianismo tan militante, tan obsesivo y tan incandescente como él mismo. En la minúscula isla de Malta, que ocupa una posición geográfica de gran importancia estratégica, una legión extranjera de guerreros cristianos desafió, con considerable inferioridad numérica, -al poderío del Imperio Otomano. En ambos bandos se luchó de modo implacable y cruel..., pero también se puso de manifiesto un heroísmo y un desdén por la muerte que hoy no pueden sino maravillarnos.
  
 EL GRAN SITIO DE MALTA
POR ERNLE BRADFORD
SELECCIONES READER´S DIGEST
OCTUBRE DE 1992

EL SULTÁN DE LOS OTOMANOS, Representante de Alá en la Tierra, Señor de los Señores de este Mundo, Rey de los Fieles y de los Infieles, Sombra del Todopoderoso que Dispensa la Paz en la Tierra": como redoble de tambores, los títulos de Solimán el Magnífico resonaron en la sala del gran consejo.
Corría el año de 1564, y Solimán tenía 70 años. Desde su ascenso al sultanato, a la edad de 26 años, había hecho de Turquía el estado militar más poderoso del mundo. Sus galeras surcaban los mares, desde el Atlántico hasta el océano Índico. Su reino se extendía desde Austria hasta el golfo Pérsico. No obstante, en su vejez sólo alentaba en Solimán el deseo de obtener más poder y de lograr nuevas conquistas. Y aun si él no hubiese sido tan ambicioso, sus consejeros no estaban dispuestos a dejarlo descansar.
"Mientras Malta siga en manos de los Caballeros de San Juan", le advirtió uno de ellos, "los refuerzos procedentes de Constantinopla correrán el peligro de ser aniquilados". Otro consejero le previno: "Si no tomas esa maldita roca, pronto interrumpirá toda comunicación entre tus posesiones del norte de África y el archipiélago griego".
Hacía 42 años que Solimán había expulsado a los Caballeros Cristianos de San Juan de su isla-fortaleza de Rodas. Pero Malta, el nuevo refugio de la desplazada orden, había llegado a ser para el Sultán aún más irritante que Rodas. Todas las naves que pasaban por los canales situados entre Sicilia y el norte de África estaban a merced de las acechantes galeras de los caballeros. La última provocación, fue la captura de un valiosísimo navío mercante, propiedad del jefe de los eunucos del serrallo del Sultán. Las odaliscas del harén fueron a postrarse ante Solimán, clamando venganza. El imán de la Gran Mezquita le recordó que muchos verdaderos creyentes eran flagelados en esos momentos para obligarlos a remar en las galeras de los caballeros.
No es probable que el Sultán se dejara convencer por aquel clamor. Solimán nunca habría atacado la base insular de los caballeros movido sólo por el resentimiento o por el afán de prestigio. Pero la minúscula Malta, con sus magníficos puertos, era la llave del Mediterráneo y de Europa occidental.
Por tanto, en octubre de 1564 Solimán convocó a un gran consejo, o diván, para deliberar sobre la conveniencia de poner sitio a Malta. El principal agá del Sultán declaró:
—¡Esos perros malteses, a quienes tu clemencia salvó en Rodas...! ¡Digo ahora que por fin deben ser aplastados y destruidos!
Cuando todos terminaron de hablar, el propio Sultán señaló que Malta era el puente hacia Sicilia y, más allá, hacia Italia y el sur de Europa. Concluyó el diván con el decreto de aplastar a Malta.
"Esa maldita roca"
EL ARCHIPIÉLAGO maltés consta de dos islas principales: Malta y Gozo. Malta tiene cerca de 27 kilómetros de longitud y 14.5 de anchura, mientras que Gozo tiene 14.5 por 7. Situadas 93 kilómetros al sur de Sicilia, las islas fueron concedidas a la Orden de San Juan, que entonces carecía de sede, por el emperador español Carlos V, para que pudieran "emplear sus armas contra los pérfidos enemigos de la Santa Fe".
Pero Malta decepcionó a los delegados enviados por los caballeros para examinar la isla. Era "tan sólo una roca de arenisca inadecuada para el cultivo de cualquier grano". La madera era tan escasa que se vendía por libras. El calor del verano era "casi insoportable".
Si la orden no hubiese estado en situación desesperada, no habría aceptado el árido regalo. Pero durante años sus líderes habían rogado, en vano, a las cortes europeas que les ayudaran a encontrar una nueva base. Aunque respetada por sus hazañas guerreras, la orden no gozaba de muchas simpatías.
. Los Caballeros de San Juan de Jerusalén eran la última de las grandes órdenes religiosas militares surgidas en la época de las Cruzadas. Reclutados en todas las naciones de Europa, sólo debían obediencia al papa..., y por ese mismo motivo los' gobernantes de los emergentes estados soberanos europeos los miraban con recelo.
El factor que decidió a la orden a aceptar Malta fueron sus magníficos puertos. Los caballeros, que antes operaban principalmente en tierra, se vieron forzados a convertirse en marinos cuando fueron expulsados de Tierra Santa, y ahora vivían de lo que sólo podría llamarse "piratería organizada". Lo que más necesitaban era un buen puerto. En consecuencia, tomaron posesión de su nuevo hogar en 1530.
Tal como les habían advertido sus delegados, -la isla les brindó tan poca hospitalidad como sus viejos gobernantes. A los 12,000 campesinos de Malta y a los 5000 de Gozo probablemente no les importaba quién era el amo. Sus vidas de agobiante trabajo, interrumpido por los salvajes ataques de los musulmanes, no podían ser más arduas. Pero la nobleza isleña vio con malos ojos a los altivos recién llegados, y se retiró disgustada a los palacios de su amurallada capital, Medina, localizada en el centro de Maltk.
Pero los cáballeros no tenían intención de causarles molestias. Se instalaron en la pequeña aldea de pescadores de Birgú, situada en el Gran Puerto. Y allí, estos diligentes hombres, revestidos de armadura y que pasan por la historia de Malta como visitantes de otro planeta, se dispusieron a atrincherarse, convencidos de que los turcos intentarían repetir el éxito que habían obtenido en Rodas.
El gran maestre La Valette
 Los CABALLEROS DE SAN JUAN eran originalmente una fraternidad hospitalaria, dedicada a la investigación de la medicina y a la formación de médicos. Pero durante los dos siglos que permanecieron en Rodas, las características de la orden se modificaron: si en una época sus miembros habían sido, primero, hospitalarios, y luego soldados de tierra, con el tiempo se trasformaron en marinos, y en segundo lugar siguieron siendo hospitalarios. En Rodas, desde donde apuntaban como lanzas contra un flanco de Turquía, llegaron a ser los mejores navegantes que el Mediterráneo había conocido.
Constituían una amalgama de todas las naciones europeas: una legión extranjera de cristianos militantes, divididos en ocho "lenguas", que representaban a otras tantas "nacionalidades": Auvernia, Provenza, Francia (las tres, de habla francesa), Aragón y Castilla (de habla española), Alemania, Italia e Inglaterra. Cuando Enrique VIII rompió sus vínculos con Roma, disolvió la "Antigua y Noble Lengua de Inglaterra", y esta nación quedó representada por un solo caballero.
El hombre que había gobernado la orden desde 1557, y que ya se preparaba para afrontar el poderío de Solimán, era el gran maestre provenzal Jean Parisot de la Valette. Individuo perseverante, nunca había salido del convento, como no fuese para cumplir algún deber, desde el día en que ingresó en la orden, a la edad de 20 años.
Un contemporáneo lo describió como "un hombre apuesto, alto, apacible y frío, que hablaba con fluidez el italiano, el español, el griego, el árabe y el turco". Estos dos últimos idiomas los aprendió mientras fue prisionero de los turcos, que lo esclavizaron durante un año en una de sus galeras.
"A veces", escribió otro francés, que había conocido el mismo sufrimiento, "los esclavos de las galeras reman ininterrumpidamente durante 12 y aun 20 horas. Los oficiales meten pedazos de pan empapado en vino en la boca de los agotados remeros, para que no se desmayen. Si uno cae exhausto sobre su remo, lo azotan hasta que queda como muerto, y entonces lo arrojan por la borda".
El propio La Valette era la prueba viviente de que quienes pasaban por tal ordalía no siempre quedaban incapacitados, e incluso podían llegar a una edad avanzada. Tan indestructible como la madera de roble de la quilla de un viejo barco, La Valette tenía la misma edad que Solimán: 70 años. Para llegar a esa edad tras una vida de guerra incesante, un hombre debía poseer una resistencia fantástica. Y para alcanzarla con sus fuerzas físicas y mentales intactas, debía ser casi sobrehumano. Si también lo motivaba una fe religiosa fanática, había pocas cosas que pudieran medirse con él.
En abril de 1565, La Valette se enteró de que la flota del Sultán había zarpado del Cuerno de Oro. Durante abril y mayo llegaron a Malta veloces naves con noticias de que los turcos se aproximaban sin cesar. A mediados de mayo, el gran maestre convocó a sus hermanos a una reunión.
—Está a punto de librarse la gran batalla entre la Cruz y el Corán —les dijo— Nosotros somos los soldados elegidos de la Cruz, y si el Cielo pide el sacrificio de nuestras vidas, no encontraremos mejor ocasión que esta para ofrendarlas. Apresurémonos a postrarnos ante el altar, para renovar nuestros votos y obtener por nuestra fe ese desdén por la muerte que es lo único que puede hacernos invencibles.
Una isla en armas
CUANDO LA NIEBLA del alba se alzó de las aguas, el viernes 18 de mayo, los centinelas avistaron las 180 grandes naves de la flota enemiga, desplegadas en un gran abanico, hacia el noreste. Al frente estaban las naves de los dos comandantes turcos: la galera de 28 bancas de Mustafá Pachá, y la gigantesca galera de 32 bancas de Piali, el almirante de la flota turca.
Tras ordenar a un destacamento de caballería que siguiera de cerca, por la costa, el lento avance del enemigo, La Valette pidió a los campesinos que llevaran sus animales y la cosecha de primavera al interior de las murallas de Medina y de Birgú. Órdenes similares se enviaron al norte, a Gozo, cuyos habitantes corrieron a resguardarse en la ciudadela en cuanto se encendieron los faroles de alarma.
La Valette había trabajado infatigablemente en las importantísimas defensas del Gran Puerto. El puerto se asemejaba a las mandíbulas amenazantes y entreabiertas de un perro: su extremo septentrional, tras el que se encontraba el puerto —no menos magnífico— de Marsamuscetto, estaba formado por yermas montañas, mientras que en su orilla meridional había una hilera de calas serradas que separaban las puntiagudas penínsulas, parecidas a dientes, que entraban en la bahía. La Valette había acantonado al grueso de sus tropas en dos de estas penínsulas: Birgú y Senglea. En la punta de la de Birgú, y separado de ella por un estrecho foso, se erguía el fuerte de San Ángelo, dotado con dos filas de plataformas de artillería apuntadas a la entrada del puerto. El propio Birgú estaba rodeado por una línea de defensas ininterrumpida. En su lado meridional, el de tierra, había una alta muralla con dos bastiones y con un reducto en cada extremo. Tras estas formidables barreras, ejércitos de esclavos turcos habían excavado un ancho foso en la roca maciza. En la base de la península de Senglea, el gran maestre había construido un poderoso fuerte: el de San Miguel. Por último, en el extremo del lado norte, o labio superior, del Gran Puerto, había hecho erigir el pequeño y aislado fuerte de San Telmo. Situado entre las bocas del Gran Puerto y de Marsamuscetto, San Telmo impediría al enemigo el acceso a ambos fondeaderos.
La iglesia conventual de la orden, situada en Birgú, era el pivote en torno del cual giraba la vida de las guarniciones cristianas. Albergaba los arsenales, los polvorines, el hospital y las capillas, y en San Ángelo había un enorme granero. Mientras la flota enemiga costeaba la isla, La Valette supervisaba que el último grano llevado desde Sicilia se depositara en una gran cámara subterránea y luego se sellara esta con un pesado tapón de piedra arenisca.
En los graneros de San Telmo y de San Miguel se sellaba en ese momento un tesoro dorado similar. En las fuentes naturales de la llanura de Marsa se llenaban de agua miles de jarras de barro, que después se trasportaban a las respectivas fortalezas. Cuando se hubieron llenado hasta los bordes las cisternas de los defensores, La Valette ordenó envenenarlos pocos ojos de agua y veneros que quedarían al alcance de los turcos.
Como última medida defensiva, unas partidas de esclavos echaron todo su peso contra las barras del cabrestante dispuesto para hacer que subiera una enorme cadena tendida entre el fuerte de San Ángelo y la punta de Senglea. Cuando los sumergidos eslabones se tensaron y emergieron a la superficie,se sujetó  la cadena a unos pontones de madera, para presentar una barrera continua contra cuáquier ataque por mar. La península de Birgú y la de Senglea quedaron selladas por tierra y por mar.Mientras se sostuvieran, nadie conquistaría Malta.Durante el curso de ese, año, caballeros de toda Europa habían acudido presurosos a Malta desde sus dominios. Sin embargo, La Valette sólo tenía a sus órdenes de 600 a 700 caballeros. Estos eran el núcleo militar fuerte, de la orden. También disponía de 3000 a 4000 malteses, aguerridos pero inexpertos, y de entre 4000 y 5000 soldados de infantería españoles e  italianos  que habían  sido trasportados desde Sicilia. Con esta reducida tuerza, La Valette tendría que hacer frente a todo el poderío del ejército y de la armada turcos.
La mayor parte de los cronistas de la época cifran el total de las fuerzas turcas en 40,000 o más guerreros entrenados, aparte de marinos, esclavos y otros supernumerarios. Seis mil jenízaros, la elite del ejército otomano, constituían la punta de lanza turca. Unos 9000 espahíes de Anatolia, Karamania y Rómania formaban el cuerpo principal del ejército. Había también 4000 jayalares, fanáticos religiosos preparados para atacar sin tener en cuenta el peligro de muerte. Seis mil voluntarios, marinos y corsarios completaban la armada que se aprestaba a lanzarse contra la pequeña guarnición de La Valette.
La primera sangre
AL CAER LA NOCHE, el gran maestreestaba cada vez más desconcertado. En lugar de entrar en el espléndido fondeadero de Marsascirocco, al sur del Gran Puerto, los turcos seguían avanzando hacia el sur, guardando una distancia de menos de 800 metros de la costa.
Pero en las primeras horas de la mañana, un destacamento de 30 naves levó anclas y volvió a Marsascirocco. El primer movimiento del enemigo  había sido una maniobra de distracción: el verdadero ataque se produciría en el sur. No había ocurrido lo que La Valette más temía: que los turcos se apoderaran del norte de la isla, aislándola por complrto de Gozo e impidiendo cualquier posible contacto entre Multa y Sicilia.
Lo que La Valette ignoraba era que había enconadas discrepancias en el mando enemigo. Mustafá Pachá, jefe de las fuerzas terrestres otomanas, veterano de las guerras austro-húngaras de Solimán, era un hombre muy adicto al Sultán y se le conocía por su violencia y su crueldad. En contraste con el turco Mustafá, el almirante Piali descendía de cristianos. Niño expósito, descubierto junto a una reja de arado en las afueras de Belgrado (en aquella época, sitiada por los turcos), fue criado en el serrallo del Sultán. Después se convirtió en marino, y se hizo acreedor a una formidable reputación con sus triunfos sobre los cristianos. Solimán había ordenado a Piali, hombre más joven, "reverenciar a Mustafá como a un padre"; y a Mustafá, "cuidar de Piali como de un hijo bienamado".
Esas recomendaciones cayeron en oídos sordos. Mustafá quería tomar el norte de la isla, junto con Gozo, para apoderarse de Medina, apenas defendida, y entonces poner sitio a Birgú y Senglea, únicas plazas verdaderamente fuertes de la isla. Podrían desdeñar San Telmo mientras la flota turca bloqueara el Gran Puerto. Pero Piali hizo caso omiso del criterio de Mustafá. El joven almirante recalcó que él era el responsable de los barcos del Sultán, y afirmó que el único fondeadero seguro para ellos —aparte del propio Gran Puer-

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