martes, 27 de marzo de 2018

Parte 2-EL GRAN SITIO DE MALTA

  EL GRAN SITIO DE MALTA
 POR ERNLE BRADFORD
 SELECCIONES DEL READER'S DIGEST
 1992   
  to— era Marsamuscetto, situado justo al norte. Piali ganó la disputa. Pero la decisión de tomar Marsamuscetto para que la flota pudiese fondear conllevaba la necesidad de tomar antes San Telmo.
Al mediodía del 19 de mayo, 3000 soldados turcos habían desembarcado. El primer enfrentamiento ocurrió cuando un destacamento de caballeros se topó con una patrulla de avanzada turca. Tomados de flanco y en inferioridad numérica, los caballeros dejaron el primer muerto de la guerra, y a un cristiano capturado vivo, el francés Adrien de la Riviére. Sometido a tortura, el prisionero le dijo a Mustafá que los turcos nunca tomarían Malta,
 "no sólo porque es muy fuerte y está bien abastecida, sino porque la defiende un capitán con caballeros y soldados tan valientes, que preferirán morir antes que mostrar la menor flaqueza". Sin dejarse impresionar, Mustafá continuó sus preparativos, y el 21 de mayo atacó Birgú.
Viendo el avance turco en aquella primera prueba, La Valette ordenó a sus hombres no disparar hasta que el enemigo estuviera a su alcance. Pero no contaba con la impetuosidad de los caballeros más jóvenes. Antes de  pudieran cerrar las puertas, relató un testigo, "una gran multitud de caballeros había salido". Resignándose a lo inevitable, La Valette envió tres divisiones de Birgú y Senglea a detener el avance de los turcos.
La batalla duró cinco horas, hasta que La Valette ordenó tocar a retirada. Los defensores corrieron hacia las puertas, mientras los artilleros mantenían a raya a los perseguidores turcos. Sólo murieron 21 cristianos, en tanto que más de 100 musulmanes quedaron tendidos en el campo. Pero 150 cristianos habían resultado heridos. Aunque esta acción levantó los ánimos de las tropas de La Valette, el gran maestre supo que no podrían permitirse más salidas.
A la puesta del sol, Mustafá ordenó a sus hombres que se retiraran. La línea defensiva, protegida por gran número de cañones, era más fuerte de lo que había previsto.
Lluvia de fuego sobre San Telmo
LA VALETTE sabía que la decisión de los turcos de iniciar sus operaciones contra San Telmo le daba más tiempo para reforzar sus dos principales ciudadelas, Birgú y Senglea. Aquella noche hizo que 100 caballeros y 400 hombres de armas cruzaran la ensenada para reforzar la aislada guarnición.
Los ingenieros y artilleros del Sultán habían hecho del bombardeo todo un arte. Galeotes y bueyes fueron uncidos a las cureñas de madera que soportaban las enormes piezas de artillería de Mustafá. Lentamente recorrieron siete kilómetros arrastrando su carga por terreno accidentado y senderos polvorientos, hasta tomar posiciones en el monte Sciberras, el pico situado entre el Gran Puerto y Marsamuscetto.
Dos de las piezas de artillería eran culebrinas de 27 kilos; había diez de 36 kilos y un enorme basilisco capaz de lanzar piedras de 73 kilos. Para proteger a sus artilleros y tiradores de elite, los turcos también trasportaron miles de sacos de tierra hasta la expuesta y yerma cumbre.
El bombardeo empezó el 24 de mayo. El cañón y el gran basilisco tronaban y retumbaban, y las murallas de San Telmo, hechas de piedra arenisca y cal, empezaron a desmoronarse. También la guarnición estaba sometida al preciso fuego de los tiradores de elite apostados en la cumbre del monte Sciberras, así como a los disparos de francotiradores agazapados en el lado del fuerte orientado hacia Marsamuscetto. Pronto, a los centinelas cristianos les fue casi imposible mantener su vigilancia sobre aquella dirección.
Dos días antes, La Valette había enviado mensajes a los renuentes aliados de la orden en Sicilia. Rogaba a los priores de la organización, diseminados por toda Europa, que ejercieran su influencia sobre los soberanos para que estos enviaran ayuda. Y aseguró al virrey de Sicilia, don García de Toledo, que "la moral de la orden y de las tropas era alta".
La noche siguiente al primer bombardeo, otros 200 hombres se trasportaron en bote al asediado fuerte. La Valette sabía que San Telmo era la llave de acceso a Malta. Cuanto más gastaran los enemigos sus municiones contra aquel pequeño fuerte, de más tiempo dispondría la guarnición principal para prepararse y fortalecerse. A fin de hostigar a los turcos, La Valette había destacado a casi toda su caballería, bajo el mando del mariscal De Copier, en la ciudadela de Medina. Durante el masivo ataque contra San Telmo, estos jinetes habían recorrido Marsa repetidamente, con el objeto de interceptar a lag partidas de turcos que buscaban agua y de acosar a los forrajeadores.
Finalizaba mayo, y había empezado el calor veraniego. Por encima de las piezas de artillería, el polvo y la bruma vibraban como un espejismo. Las murallas del fuerte se desmoronaban lentamente. En cuanto se abría una brecha, los defensores se apresuraban a levantar otro muro de protección, detrás del derruido. Pero durante todo ese tiempo, como un castillo de arena que erosionara el mar, las dimensiones del fuerte se reducían inexorablemente. La segunda noche, La Valette envió al lugar a otros 50 caballeros —todos ellos voluntarios para ocupar aquel puesto de honor—, bajo el mando del caballero De Medrán, y a 200 soldados españoles.
En las horas de oscuridad, todo parecía estar en contra de los defensores. Sin embargo, en las primeras horas del día 1 de junio, La Valette  oyó gritos y detonaciones de mosquetes cuando la guarnición de San Telmo hizo una incursión contra los turcos. Habían bajado el puente levadizo al amparo de la oscuridad y, en una rauda salida, se apoderaron ele la trinchera enemiga de avanzada. Cundió el pánico entre los obreros y los soldados turcos de vanguardia. Al verlos retroceder en las alturas del monte $ciberras, el gran maestre y su consejo comprendieron con alegría que los defensores de San Telmo conservaban altos los ánimos.
Fue entonces cuando Mustafá Pachá decidió que había llegado la hora de recurrir a los jenízaros. En todas las campañas realizadas por el Imperio Otomano siempre llegaba ese momento. El motivo podía ser la necesidad de contener el pánico o de convertir un resultado dudoso en una victoria segura. Ese cuerpo de elite se había creado precisamente para esos lances decisivos, en los que era necesario hacer que la balanza se inclinara en favor de los Fieles.
Entran en acción Los Invencibles
Los JENíZAROS —término que proviene del turco yenijeri, o "nuevo ejército"— no se parecían a ninguna otra clase de soldados. Ni uno solo de sus integrantes era turco de nacimiento. Eran hijos de súbditos cristianos del Imperio Otomano. Cada cinco años, en los dominios Imperiales, se examinaba a todos los varones cristianos que habían llegado a la edad de siete años. Los más prometedores eran llevados a Constantinopla, donde "se les sometía a un severo entrenamiento, a una rigurosa abstinencia y a la disciplina más estricta. Se les prohibía casarse, para que no tuvieran preocupaciones y afectos familiares. Orgullosos de sus privilegios, parecían impacientes por demostrar su derecho a los mismos acudiendo con presteza a cumplir los servicios más peligrosos".
Estos eran los hombres, cristianos por nacimiento, espartanos por educación, fanáticos musulmanes por conversión, a quienes Mustafá Pachá enviaba a contener el ataque de los cristianos. La" acometida de estos supremos guerreros obligó a retroceder a los valerosos defensores de San Telmo. Mientras los jenízaros se precipitaban hacia el fuerte como una ola incontenible, entonandodo su grito de batalla, los defensores apenas lograron refugiarse tras las puertas a tiempo de que el cañón abriera fuego sobre sus cabezas contra sus perseguidores.
Cuando por fin se disipó el humo en el acosado fuerte, los vigías de San Ángelo descubrieron que la incursión de esa madrugada había sido inútil. El estandarte musulmán ondeaba sobre uno de los altos parapetos del fuerte. Los jenízaros se habían asentado justo en los dientes de San Telmo.
A la mañana siguiente, 45 naves que trasportaban 2500 voluntarios y armamento de asedio llegaron del norte de África, bajo las órdenes del más grande marino musulmán de la época: el corsario Dragut. Este, como La Valette, había sobrevivido a la condición de esclavo galeote. Su historial guerrero estaba tan lleno de proezas audaces, que los musulmanes lo apodaban "la espada desenvainada del Islam". El propio Solimán había enviado órdenes a Piali y a Mustafá Pachá de que debían atender a los consejos de Dragut sobre cualquier asunto. Veterano de -la guerra de asedio —y, como inveterado corsario, mejor conocedor de Malta que Mustafá y que Piali—, Dragut habló sin rodeos:
—Debisteis empezar por bloquear el norte de la isla —les dijo desdeñosamente—. Así habría sido fácil impedir que los mensajeros cristianos navegaran hacia Sicilia, o que llegaran refuerzos cristianos en auxilio de los caballeros. ¡San Telmo habría caído por sí solo! Una vez que os hubierais apoderado del norte de la isla, habríais podido atacar Birgú y Senglea cuando os apeteciera.
Dragut instaló de inmediato baterías pesadas en la Punta de Tiñé, a sólo /150 metros de San Telmo, en dirección norte, y en la Punta delle Forche (La Punta de las Horcas, así llamada porque los caballeros ahorcaban allí a los piratas), que daba al mar, por el lado meridional. También reforzó itros 50 cañones la batería emplazada en el monte Sciberras. El corsario de 80 años Instaló su cuartel general en ese lugar, junto a sus huestes.
"Un volcán en erupción..."
AL DíA SIGUIENTE, del fuego de los turcos se duplicó. Un cronista describió a San  Telmo como "un volcán en erupción, que vomitaba fuego y humo".
A los jenízaros de Mustafá les  parecía que las brechas que se abrían ante ellos eran lo bastame grandes como para emprender un ataque. También Dragut aguardaba, impaciente, a que los turcos pudiesen lanzar una ofensiva en gran escala contra el revellín de San Telmo, fortín  exterior que protegía las murallas interiores del fuerte. Una vez en manos turcas, sólo harían falta unos cuantos días para que la posición cayera. Sin embargo, por el momento, el fuego defensivo de los cristianos era preciso y nutrido.
No obstante, el codiciado revellín cayó a primera hora del 3 de junio, casi por accidente. Una partida de exploradores turcos sorprendió dormido, al amanecer, a un magro grupo de extenuados defensores. En pocos minutos, los jenízaros, ataviados con blancos ropajes, se infiltraron, colocaron escaleras contra los muros del revellín, subieron a lo alto y mataron a tiros o a cuchilladas a los defensores.
Un puente de tablas unía al revellín con el fuerte, y ahí se desarrolló la lucha principal. Los atacantes intentaban irrumpir en el fuerte antes de 'que los cristianos bajaran el rastrillo. Pese al abundante fuego contrario, los je'nízaros atacaron directamente el rastrillo, disparando a través de sus barrotes y apoyando sus escaleras contra los muros.
—¡Leones del Islam! —les exhortó un derviche—: ¡Haced que la espada del Señor separe sus almas de sus cuerpos; sus troncos, de sus cabezas!
Para momentos tan críticos como este se había inventado el antepasado de los lanzallamas: el "fuego griego", una mezcla inflamable de salitre, azufre, pez, sal de amoniaco, resina y trementina. Se lanzaba en recipientes del tamaño de una granada, con una mecha encendida, como el moderno "coctel Molotov". También se metía en unos tubos llamados "trompas", que al prenderse "rugían y lanzaban llamas a varios metros de distancia, durante largo rato". En una forma aun más mortífera, se empleaba para saturar aros de fuegos de artificio.
El efecto del fuego griego en los musulmanes, con sus ropas sueltas y flotantes, fue devastador. Caían en el foso como antorchas humanas. Pronto, el olor dulzón de la carne quemada cundió en el aire. El fragor de la batalla duró desde el alba hasta el mediodía, mientras Mustafá lanzaba oleadas de hombres contra los ennegrecidos muros de San Telmo. Al acabar el día, 2500 soldados turcos yacían muertos, y el fuerte se mantenía en pie, en medio de un mar de llamas y humo.
Para entonces, los turcos que ocupaban el revellín eran tantos que no había ninguna posibilidad de que tuviera era éxito otra salida desde San Telmo. Un cronista describió así la situaación de los defensores: "La fatiga se haría más y más intolerable, y las entrañas y los miembros de los hombres destrozados por el cañón se sepultaban en los parapetos. A tal condición habían quedado reducidos los sitiados. Como nunca abandonaban sus posiciones, de día estaban expuestos al sol abrasador, y de noche, al frío húmedo. Padecían privaciones de toda índole, pues no sólo escaseaban la pólvora, el fuego griego y las municiones para los mosquetes, sino que la alimentación era insuficiente o insalubre. Con los huesos dislocados o rotos, y los rostros marcados por horribles llagas, estaban tan desfigurados que apenas se reconocían unos a otros..."
El 4 de junio se infiltró una pequeña embarcación portadora de un mensaje de don García: este acudiría en auxilio de Malta el 20 de junio..., pero únicamente a condición de que el gran maestre enviara a Sicilia las ocho valiosísimas galeras de la orden, en ese momento ancladas y a buen resguardo en el puerto interior. Aquel mensaje representaba la sentencia de muerte de San Telmo. Don García sabía bién que La Valette sólo contaba con unos 9000 hombres y que, incluso si las tripulaciones eran muy reducidas, se necesitarían varios cientos de hombres —todos ellos imprescindibles en tierra— para maniobrar cada nave.
La Valette contestó que una fuerza de apoyo no requeriría de más de 15,000 hombres. En caso de que no pudiera reunirla pronto, le rogaba que enviase cuanto antes 500 soldados. Si el Virrey mandaba la ayuda prometida, San Telmo sólo tendría que resistir un par de semanas. Pero el lúcido La Valette dudaba de la posibilidad de recibir refuerzos.
El mensajero de don García iba acompañado por un experimentado soldado español: el capitán Miranda. Aunque sabía que iba hacia la muerte, Miranda se ofreció de inmediato para ayudar a preparar la resistencia final de San Telmo. La Valette aceptó el ofrecimiento, y aquella noche Miranda, algunos caballeros voluntarios y otros 100 hombres se unieron a la guarnición condenada a la aniquilación.
Para entonces, los defensores habían quemado los soportes del puente de tablas. Pero el cuerpo dee zapadores turcos había trabajado sin cesar durante la noche para rellenar el foso que separaba el revellín del fuerte de San Telmo, y el 7 de Junio los musulmanes intentaron otra escalada. A los vigías de San Angelo les pareció que náda podría sobrevivir a tal  tempestad. Sin embargo, los atacantes jenízaros fueron recibidos una vez más con una granizada de balas y armas incendiarias; los aros de fuego saltaban como diabólicos juguetes en torno del enemigo. El ataque empezó a declinar, y se dio la señal de retirada.
La agonía de San Telmo
AQUELLA MISMA NOCHE, el caballero De Medrán dejó San Telmo para entrevistarse con el gran maestre. Le propuso evacuar el fuerte, ya insostenible, volarlo y sumar sus defensores a las principales posiciones de los cristianos: Birgú y Senglea.
Muchos miembros del consejo estuvieron de acuerdo. Pero entonces afloraron la personalidad y la
reputación del gran maestre, inclinando la balanza.
Cuando ingresamos a la orden, juramos obediencia ~—dijo—. Y también juramos sacrificar nuestras vidas a la Fe. Nuestros hermanos de San Telmo deben aceptar hoy ese sacrificio.
Ni un solo miembro del consejo dudó de que La Valette sería el primero en acudir a las trincheras si la ocasión lo exigía. Y se aprobó su planteamiento de que cada fortaleza de Malta debía resistir hasta el áltimo hombre.

Al día siguiente, los turcos lanzaron otro asalto, que duró seis horas. Pero, una vez más, San Telmo se sostuvo, estremecido como un navío a merced de mares amenazadores. A medianoche llegó desde ese fuerte el Caballero italiano Vitellino Vitellesci  con una carta inoportuna, firmada por 50 de los caballeros más jóvenes de San Telmo. Decía: "Puesto que ya no podemos cumplir con los deberes de nuestra orden, hemos resuelto —si Vuestra Alteza no nos envía unos botes para emprender la retirada— hacer una salida y morir como caballeros".
Aquel no era un motín, y el mensaje no podía atribuirse a cobardía. La Valette sabía que estaba exigiendo cualidades casi sobrehumanas a sus hombres, pero estaba decidido a reforzar a la acosada guarnición. Envió tres caballeros a San Telmo para que se informaran de la situación. Dos de ellos declararon que "el fuerte aún podría sostenerse unos cuantos días". El tercero, un napolitano llamad

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