jueves, 29 de marzo de 2018

Parte 4-EL GRAN SITIO DE MALTA

EL GRAN SITIO DE MALTA
 POR ERNLE BRADFORD
 SELECCIONES DEL READER'S DIGEST
 1992  
gritos de batalla de los musulmanes reveló a las guarniciones de Birgú y de Senglea que todo había terminado. San Telmo y su guarnición de menos de 100 hombres resistieron durante cuatro horas.
Mustafá Pachá cruzó el foso. El estandarte de San Juan fue arrojado al polvo, y se izó en el asta la bandera del Sultán. Al verla, La Valette supo que el fuerte estaba perdido. Cuando la flota turca entró en Marsamuscetto —el puerto por el cual se había luchado durante todo el mes—, se despachó un mensajero para llevar la noticia al agonizante Dragut. "Alzando los ojos al cielo, como para dar gracias", el viejo corsario "expiró inmediatamente".
Pero la alegría de Mustafá no duró mucho. Desde las ruinas de San Telmo contempló la amenazante mole de San Ángelo, que se levantaba al otro lado de las aguas. "¡Alá!", gritó. "Si tan pequeño hijo nos ha costado tanto, ¿qué precio hemos de pagar por tan enorme padre'"
El fortín había costado a los turcos cerca de 8000 vidas, contra unos 1500 cristianos. Cayeron 113 caballeros y soldados subordinados, pero la mayoría de los cristianos muertos eran malteses, españoles y otros extranjeros. Algunos malteses lograron nadar hasta ponerse a salvo en San Ángelo, mientras que los corsarios de Dragut capturaban a nueve caballeros, para pedir rescate por ellos. No hubo más sobrevivientes.
Mustafá Pachá ordenó empalar las cabezas de cuatro caballeros en unas lanzas. Luego, hizo decapitar a varios caballeros y mandó que sus cuerpos descabezados fueran atados a cruces de madera, como burla a la Crucifixión. Al día siguiente, algunos de esos crucifijos llegaron flotando hasta la base de San Ángelo.
La Valette ordenó de inmediato que se decapitara a todos los prisioneros turcos. Cuando los soldados de Mustafá recogían los cañones tomados en San Telmo y los preparaban para enviarlos a Constantinopla como trofeos, su labor fue perturbada por el estruendo de la artillería cristiana. Los grandes cañones de San Ángelo estaban disparándoles las cabezas de los prisioneros turcos. En realidad, el gran maestre estaba diciéndole así a toda Malta: "No retrocederemos".
El "pequeño auxilio"
Los TURCOS necesitaron varios días de esfuerzos para trasportar sus armas a través de la Marsa, a fin de apuntarlas contra Birgú y Senglea. Durante este intermedio, llegaron del norte cuatro galeras con un contingente de refuerzo de 42 caballeros, 25 "gentileshombres voluntarios", 56 artilleros y 600 infantess. Bajo el amparo de una densa niebla marina, el "pequeño auxilio- hurtó la vigilancia turca y llegó a salvo a Birgú.
Este acontecimiento —sumado a sus desproporcionadas pérdidas en San Telmo— quizá haya sido lo que decidió a Mustafá a ofrecer a los caballeros salvoconducto para salir de la isla a cambio de su rendición. La Valette hizo que llevaran al mensajero de Mustafá a un sitio entre-los bastiones de Auvernia y Provenza. Allí 1e mostraron la profundidad del foso que había ante él y la altura del muro que se levantaba al otro lado". Señalando el foso con el índice, La Valette le ordenó:
—Di a tu amo que este es el único territorio que le cederé..., siempre y cuando lo llene con los cadáveres de sus jenízaros.
La reacción de Mustafá fue de ciega furia. Juró que tomaría Birgú y Senglea y que pasaría por la espada a todos los miembros de la maldita orden..., excepto a La Valette, a quien llevaría encadenado ante el Sultán.
Los LÁTIGOS restallaban, la madera crujía y los hombres vociferaban en la noche veraniega. De pronto aparecieron las altas proas de los barcos, emergiendo de las tinieblas: las naves eran remolcadas sobre rodillos de madera, a través de 800 metros de tierra rocosa, para llevarlas desde la ensenada de Marsamuscetto hasta el Gran Puerto.
Los caballeros habían pensado que sólo tendrían que enfrentarse a un enemigo que atacaría desde tierra. Sin embargo, las aguas del Gran Puerto se veían ocupadas de improviso por 80 barcos enemigos. Ahora estaban sitiados por ambos lados.
Era fácil ver de dónde provendría el primer ataque. Los navíos turcos no podían penetrar en la ensenada que separa a Birgú y Senglea, a causa de la cadena defensiva, ni navegar hacia el Gran Puerto, debido a los cañones de San Ángelo. Atacarían desdee el lado meridional lonal de Senglea.
Ya se habían trasportado los primeros cañones de sitio turcos a las alturas que dominan Senglea, y los arcabuceros disparaban con tal puntería, que en el momento en que un defensor cristiano asomaba la cabeza podía perder la vida.
Para impedir que los turcos desembarcaran. en Senglea, La Valette ordenó a los marinos malteses que construyeran una palizada encajando enormes troncos en el mar y uniéndolos con una gruesa cadena de hierro. En la primera semana de julio, armados con hachas y hachetas, unos turcos, seleccionados por su capacidad como nadadores, cruzaron la ensenada de 140 metros y empezaron a demoler las nuevas defensas.
Al punto, unos voluntarios malteses —familiarizados con el mar desde su niñez— se lanzaron al agua para salirles al paso, llevando puñales entre los dientes. En torno de los cables y de las estacas, malteses y turcos se trabaron en un combate cuerpo a cuerpo, en uno de los episodios más extraños de todo el sitio. Los malteses resultaron enemigos demasiado poderosos, y los turcos se retiraron.
Mustafá Pachá decidió no esperar más. Contaba con tropas de refresco argelinas, comandadas por el yerno de Dragut, Hassem, quien lo había irritado al decirle que a los ataques anteriores les había faltado vigor.' Cuando Hassem se ofreció para dirigir el primer ataque por tierra sobre Senglea (mientras su lugarteniente Candélissa encabezaba el asalto por mar), Mustafá se alegró al ver la posibilidad de enseñar una lección a aquel joven fanfarrón.
Al alba del 15 de julio, las galeras de Candélissa ascendieron subrepticiamente por la Marsa, mientras las tropas de Hassem se lanzaban contra el lado de tierra de Senglea. La primera oleada de embarcaciones avanzó a toda velocidad hacia la palizada. Pero los malteses habían hecho bien su trabajo, y los botes sobrecargados quedaron colgando, inmóviles, de las estacas. Bajo el mortífero fuego procedente de las murallas de Senglea, los hombres de Candélissa se arrojaron al agua. Con los escudos sobre las cabezas, nadaron hasta llegar a la orilla, donde se aprestaron para escalar las murallas. En ese momento, Hassem y sus argelinos atacaron el fuerte de San Miguel por el lado de tierra, en ruidoso tropel. Los cañones abrieron grandes brechas en sus filas, "pero pronto sus estandartes estaban ondeando en los parapetos".
Mientras tanto, el ataque lanzado por mar mostraba todos los signos del triunfo. Una chispa hizo volar un polvorín en el extremo sur de Senglea y se abrió un boquete en la muralla. Los hombres de Candelissa tomaron de inmediato la ladera humeante; al dispersarse el polvo, los cristianos de horrorizaron al verlos en  la brecha. Pero en aquel momento• decisivo dio frutos la previsión de La V.aletttte. Consciente de que las defensas  de Senglea eran más débiles que  las de Birgú y las de San Angelo, había  mandado construir un puente de botes entre las dos peninsulas. Entonces, envió un fuerte destacamento a la posición amenazada, y pronto se estabilizó la situación.
Mustafá Pachá decidió que había llegado el momento de asestar el golpe decisivo. Diez grandes embarcaciones, con 1000 jenízaros a bordo, desatracaron y pusieron rumbo a Senglea. La intención de Mustafá era que desembarcaran en torno a la punta norte de Senglea mientras los defensores se hallaban ocupados protegiendo la muralla del sur. Pero otro observador había visto a los jenízaros. El caballero de Guiral tenía a su cargo una batería emplazada casi al nivel del agua, que no había sido advertida por los turcos. Cuando estos estuvieron directamente en la mira de sus cañones, De Guiral dio la orden de abrir fuego.
Las atestadas embarcaciones no tuvieron ninguna posibilidad de salvarse. Proyectiles, metralla y balas encadenadas se abatieron sobre las aguas. Después de dos descargas, nueve embarcaciones se habían hundido y 800 hombres se habían ahogado. La décima logró retroceder hasta las estribaciones del monte Sciberras, donde los habitantes malteses —recordando los acontecimientos de San Telmo—no tomaron prisioneros. Hasta el día de hoy, en Malta, "la paga de San Telmo" es una frase que denota toda acción en la que no se tiene clemencia.
Salvación desde Medina
Al. MEDIODíA, la temperatura era de más.  de 30° C. Los cristianos estaban confinados en el interior de pequeñas fortalezas, donde debía racionarse escrupulosamente cada pedazo de pan y cada vaso de agua. En cambio, los musulmanes podían retirarse por la noche a la seguridad de sus tiendas y de sus navíos, y recibían suficientes provisiones. Además, llevaban ropas sueltas y frescas, y escasa armadura.
Sin embargo, las enfermedades eran relativamente raras entre los defensores —tal vez por la tradicional ocupación hospitalaria de la orden—, mientras que las filas turcas empezaban a ser diezmadas por padecimientos como la disentería, la fiebre entérica y el paludismo.
Los NAVÍOSde Piali estaban ya apostados al norte de Gozo, y Mustafá confiaba en que no necesitaría preocuparse más por la llegada a la isla de refuerzos procedentes de Sicilia. Durante la última semana de julio y la primera de agosto, los artilleros turcos, activos de día y de noche, no dieron respiro a la guarnición. Hombres, mujeres y niños se afanaban unos al lado de otros, reparando trincheras, fabricando bombas incendiarias y componiendo los cañones y otras armas.
El 7 de agosto se renovó el bombardeo desde los cuatro puntos cardinales. Cuando cesó el estruendo de los cañones, una tropa encabezada por Piali se apoderó del foso de Castilla, cubierto de escombros. Luego, irrumpiendo por una amplia brecha, se precipitó dentro de un espacio aparentemente indefenso, sólo para toparse con otra muralla interior. La Valette había hecho construir estos muros interiores a todo lo largo del flanco de Birgú orientado hacia tierra, a fin de que, si se abrían brechas en el muro principal, el enemigo, al penetrar, quedara metido en una trampa. Los musulmanes de Piali, sometidos al mortífero fuego de la guarnición e incapaces de retroceder por la incontenible presión de quienes avanzaban tras ellos, fueron aniquilados a centenares.
Pero en el ínterin, otras fuerzas, a las órdenes de Mustafá, habían logrado establecer una posición en la ciudadela del fuerte de San Miguel, en Senglea. Y esta vez el gran maestre vio, consternado, que no podía enviar al rescate ni siquiera a un hombre de su abrumada guarnición de Birgú.
Mustafá Pachá era otro de aquellos increíbles viejos guerreros, como La Valette y Dragut. Aunque tenía 70 años, avanzó a la cabeza de su guardia personal, mientras los jenízaros lo seguían para el asalto final. La guarnición de San Miguel tuvo que retroceder, mirando con desesperanza más allá de las aguas, en espera de ayuda. La derrota parecía inminente.
En ese momento sucedió lo inaudito: ¡los turcos dieron la señal de retirada! Los jenízaros, con Senglea a su alcance, eran tan difíciles de llamar a retirada como una bandada de lobos; pero pronto —para estupefacción de los cristianos— comenzaron a retroceder. Por un momento, La Valette pensó que al fin habían llegado los refuerzos de don García.
Ese era precisamente el mensaje que había recibido Mustafá. Un jinete acudió al galope gritando que una fuerza enemiga había caído sobre el campamento turco de la Marsa. Mustafá supuso, naturalmente, que un contingente de refuerzo había conseguido sorprender a su retaguardia de algún modo. Y, en efecto, cuando llegaron a la Marsa, los turcos presenciaron una cruenta escena. Los muertos y los moribundos yacían amontonados, entre tiendas destrozadas, caballos mutilados y depósitos en llamas.
Al oír la furia sin precedente del bombardeo de aquella mañana, el gobernador de Medina había enviado toda su caballería, que cayó sobre el campamento de los turcos como un ejército de demonios vengadores. Había sido una carnicería..., y había salvado a los caballeros en su hora más aciaga.
"El mundo llega a su fin..."
MUY ADENTRO de las murallas de San Ángelo, La Valette conferenciaba con su secretario inglés, sir Oliver Starkey. La Valette acababa de recibir la promesa de García de Toledo de que llegaría a Malta antes de que terminara agosto.
Ya no podemos confiar en sus promesas —dijo el gran maestre—Sólo nuestras propias fuerzas podrán salvarnos.
Entonces echó mano de un arma que sin duda levantaría la moral de la guarnición. El papa Pío IV había promulgado recientemente una bula en la que otorgaba indulgencias plENarias a todos aquellos que cayeran en la guerra contra los musulmanes. Los defensores de Malta, anunció La Valette, se habían ganado el perdón total de sus pecados.
AL AMANECER del 20 de agosto Mustafá atacó los bastiones de Castilla y de San Miguel. Los jayalares y los jenízaros avanzaron por aquella tierra de nadie. Piali contuvo sus fuerzas en torno de Birgú, mientras Mustafá aguardaba para ver si La Valette se dejaba engañar y despachaba parte de la guarnición de Birgú hacia la acosada Senglea.
Apenas se había disipado el humo, cuando las tropas de Piali, que hasta entonces aguardaban, tomaron una posición en el fuerte. La Valette, en su puesto de mando, en la pequeña plaza de Birgú, no titubeó ni un segundo: espada en mano, encabezó la marcha de sus huestes hacia el bastión de Castilla.
"Escoltado por los caballeros de su séquito, el gran maestre dirigió una carga tan impetuosa, que se volvieron las tornas". Mientras conducía a sus caballeros y gente del pueblo por las resquebrajadas y humeantes laderas, donde una mina había abierto una brecha en la muralla, La Valette resultó herido en la pierna por esquirlas de granada. Pero la vanguardia turca vaciló y se vio obligada a retroceder.
—¡Resguardaos en un lugar seguro, sire! —gritó uno de sus subordinados—. ¡El enemigo se retira!
Pero, cojeando, La Valette siguió ascendiendo por la cuesta.
1

No hay comentarios:

Publicar un comentario