sábado, 24 de marzo de 2018

PERDIDOS EN EL INFIERNO VERDE-AMAZONAS

 PERDIDOS EN EL INFIERNO VERDE
Por ROBERTH STROTHER
DICIEMBRE DE 1968
 SELECCIONES READER'S DIGEST
 La increíble historia de la "Operación Rastrillo" y de los hombres del avión 2068 de la Fuerza Aérea brasileña, que esperaban ser salvados de la§selvas amazónica.
LOS 25 JOVENES qie iban a bordo del avión número 2068 de la Fuerza  Aérea brasileña, en las primeras horas de la madrugada del 16 de junio de 1967, sabían que estaban en situación desesperada. El capitán Newton Nogueira de Almeida, veterano piloto con más de 3000 horas de vuelo sobre la selva, sudaba copiosamente; estaba viviendo en la realidad la pesadilla misma que durante tanto tiempo había temido. Primero el radiogoniómetro se había estropeado. Los vientos de lado lo habían alejado mucho de su ruta. Después de buscar en vano en la impenetrable oscuridad una faja de terreno donde practicar un aterrizaje de urgencia, ahora seguía un rumbo que podría llevarlo al aeropuerto de Ponta Pelada, en Manaos, capital del Estado de Amazonas. Pero haría falta un milagro para lograrlo, pues los indicadores le decían que el depósito de combustible estaba vacío.
La palanca que daba entrada a la mezcla de combustible estaba ya abierta del todo, pero el capitán Nogueira de Almeida le dio otro desesperado empujón. Quizá podría sacarle todavía combustible suficiente para avanzar un kilómetro o dos más. Sabía que si se estrellaban, las probabilidades de sobrevivir serian muy pocas, y la esperanza de que los sobrevivientes fuesen rescatados serían más remotas aun.
Su radiofonista, el sargento Raimundo Godinho, estaba llamando a todas las estaciones de tierra, y ¡A voz de Manaos, provocativamente,  cercana y fuerte, les decía que loa rayos de la tormenta que habla el sur de la ciudad podrían tal ves servirles de guía; pero no alcanzaba a ver nada en absoluto. El parabrisas se habría dicho cubierto de terciopelo negro.
F.n la cabina del C-47, el teniente Luiz Velly,.perito en métodos para la supervivencia en la selva, permanecía rígido y silencioso, penNiiiido con amargura en el fracaso de su misión. Él y sus soldados habían tomado el avión para ira Cachimbo, puesto avanzado en el Estado de Para, donde se temía el ataque de indios de una tribu desconocida. El capitán médico Paulo Fernandes, sentado a su lado, miraba en torno, observando a los soldados. Ivan de Brito, de 17 años de edad, dormía tranquilamente con su carabina entre las manos. El médico trató de mirar por la ventanilla; poniéndose las manos a los lados de la cara. No se veía más que la llama azul del escape del avión. Las manecillas del reloj del médico marcaban las 4:30.
De pronto llegó el aviso: ¡Prepárense para un aterrizaje forzoso! El sargento Gilberto Barbosa de Souza abrió la gran puerta del C-47 y los soldados se acercaron a ella para arrojar armas, cajas de municiones: todo lo que pudiera salir disparado al estrellarse el avión. En apresurados preparativos de último momento, el teniente Velly y el médico, ayudados por los aviadores, inflaron las dos balsas salvavidas y colocaron almohadas y mantas alrededor de los pilotos para protegerlos contra el inevitable choque en tierra.
Entonces sacudieron el avión fuertes vibraciones y los motores empezaron a marchar a trompicones. Poco antes de amanecer el radiofonista Godinho envió su último mensaje: "Compañeros, el avión 2068 se dispone a aterrizar. No podemos seguir volando. ¡Descendemos velozmente!"
Ni los ocupantes del avión, al que ya se podía dar por perdido, ni el personal de las bases en tierra que habían estado siguiendo por radio el curso de la tragedia, podían precisar el sitio del accidente.
Virtualmente la única esperanza estribaba en que alguno de los dispersos habitantes de aquella región localizara el lugar del accidente y encontrara un medio de informar acerca de él. Las probabilidades de que tal ocurriera eran verdaderamente escasas.
CON LAS primeras luces del amanecer, cuatro aviones despegaron del aeropuerto de Ponta Pelada hacia los poblados que hay en el vasto sistema del río Amazonas, buscando pistas entre los caucheros y pescadores que recorren la zona. Al mismo tiempo el mayor Wilson Silva Cardoso, coordinador de la unidad de Busca y Auxilio (SAR), en Belem (Estado de Pará), establecía un subcentro de auxilio en el segundo piso del edificio del aeropuerto de Manaos.
El ministro del Aire, Márcio de Souza Melo, ordenaba que acudieran refuerzos (aviones, helicópteros, hidroaviones), de todo el país.
Conocida con el nombre de "Operación Rastrillo la busca del avión 2068 llegó a ser la más vasta empresa de socorro en la historia de la aviación brasileña.
LA SELVA se traga sus víctimas o las mata muy pronto —les dijo un guía de la selva a los visitantes que atestaban la sala de espera del aeropuerto.
Pero siempre hay una excepción —replicó un misionero—. Y los aviadores harán que esta busca resulte un éxito.
Los aviadores, por su parte, se aplicaban a ello con toda energía. En los días siguientes, 34 aviones despegaban de Ponta Pelada todos los días al amanecer y volvían al ponerse el Sol. Todas las tardes el mayor Cardoso clavaba en su mapa más alfileres de cabeza de color para señalar las zonas exploradas en vano. Fuera, en la pista, los paracaidistas, con sus holgados uniformes de color amarillo oscuro, esperaban con impaciencia la hora de entrar en acción ... ¿ pero dónde? El capitán Roberto Guaranys, popular miembro del cuerpo y hombre de ordinario muy celebrado tanto por su buen humor como por su valor, iba y venía de un avión a otro inspeccionando tropas y equipo. Había cuatro sierras mecánicas, explosivos, y cada hombre llevaba guantes especiales para evitar una posible infección en caso de que tuvieran que trasladar cadáveres.
Entonces, un día llegaron impresionantes noticias por la radio de la policía. Era una comunicación de un habitante de la selva que afirmaba haber oído que un avión se desplomaba en alguna parte, cerca de su casa. Y a continuación de este aviso llegó una noticia más emocionante aun: dos aviones de la Fuerza Aérea que volaban bajo tormentosos aguaceros cerca del pueblecito de Tefé, habían captado en la onda especial de 500 kilociclos de sus radiorreceptores, lo que parecían ser señales. ¡Las señales, si és que eso eran, significaban que había sobrevivientes!
El mayor Cardoso y todo su personal, seguidos de un enjambre de periodistas, se trasladaron inmediatamente a Tefé, más de 500 kilómetros Amazonas arriba. Las señales de radio ya no se oían, pero la Fuerza Aérea brasileña no por esto se daría por vencida. Había trabado combate con su viejo enemigo, la selva, y no estaba dispuesta a abandonar a ninguno de sus hombres a los que aún pudiera salvar. Todo Brasil seguía la busca con devoto interés.
AL ESTRELLARSE el avión número 2068 se le partió el fuselaje en tres partes al atravesar 55- metros de árboles y lianas antes de llegar al suelo de la selva. Los cuerpos fueron-lanzados en todas direcciones. Algunos soldados quedaron atrapados en la sección central, donde se inició un incendio que hizo estallar unas municiones pasadas por alto al arrojar la carga del avión. Durante esta desordenada descarga, el sargento Barbosa (aturdido, sangrando por una docena de heridas y con la pierna izquierda rota) salió gateando, y de algún modo se las arregló para, cayendo y arrastrándose, apartarse hasta una distancia segura. Falto de gasolina con que alimentarse, el incendio se apagó pronto. Luego siguió un silencio completo. Durante más de 24 horas Barbosa temió ser él el único sobreviviente.
Pero otros seis de sus compañeros hablan sobrevivido al accidente: el teniente Velly, el capitán Fernandes, el sargento Botelho,los tripulantes de aviación Gerardo Calderaro y Nelson da Silva Barros, así como el joven soldado Britó. ' Los siete habían sufrido fracturas, quemaduras y heridas, y para todos el amanecer del viernes 16 de junio representó una prueba tan terrible que amenazó con enloquecer al más fuerte. Estaban tan conmocionados que no podían moverse, ni siquiera para ahuyentar a los voraces mosquitos, y permanecieron tendidos en espantoso tormento todo el viernes y el sábado, sin comida ni agua.
"A las 2 de la madrugada del domingo 18 de junio nos despertaron el Dr. Paulo y el teniente Velly, que pedían agua", escribió el sargento Barbosa en el diario que se obligó a sí mismo a llevar, en la creencia de que podría ser útil en futuras operaciones de salvamento.* "A las 6 de la mañana Silva Barros pudo ir cojeando hasta un arroyo que corría a 50 metros de allí y les trajo agua a los dos oficiales y a Calderaro. Por la tarde me hice un par de muletas y fui a ver a los heridos. Encontré muerto a Calderaro. Le inmovilizé la pierna rota al Dr. Paulo.' Quiera Dios que al despertar mañana no encontremos que ha muerto otro hombre".
El lunes la situación mejoró un poco. Las raciones de comida que llevaban a bordo se habían consumido en el incendio,' pero Barbosa recordó que el piloto muerto siempre llevaba raciones adicionales. El sobado Brito, a pesar de las heridas recibidas en la cabeza y de que tenía la pierna izquierda casi cercenada a la altura de la rodilla, consiguió salir de la sección de cola del avión y llegar a la cabina, donde encontró algunas latas de salchichas y otras provisiones dañadas por el fuego. Establecieron una ración de una salchicha al día para cada sobreviviente.
El mismo lunes Barbosa y Barros apartaron algunos cadáveres en la cabina principal y encontraron el radiotrasmisor para casos de urgencia. El martes, a costa de muchos sufrimientos, tendieron la antena entre los árboles y de ahí en adelante, todos los días, cuando tenían fuerzas para ello, mandaban a intervalos señales de SOS.
"Son las 6 de la tarde", escribió Barbosa el martes por la noche, "y no ha aparecido ningún avión en nuestra ayuda. Sobre nosotros no vuelan sino los buitres. ¡Permita Dios que volvamos a reunirnos con nuestras familias y vernos de nuevo entre amigos!
 El lugar del accidente estaba cerca del ecuador, y los violentos chubascos habían hecho de él un mar de fango. Tanto los muertos como los vivos estaban casi irreconocibles por el lodo que los cubría.
"Hoy hemos alcanzado un gran triunfo" escribió Barbosa el día siguiente. "Hemos logrado llevar al Dr. Paulo y al teniente Velly a la sección de cola del avión. (Barbosa, aunque con la pierna rota y desgarrada, se había arrastrado 20 metros, dos veces, entre  el fango y los espinos, para llevar a las espaldas a un oficial.) Desde el viernes anterior ambos habían estado a la intemperie, bajo la lluvia. El Dr. Paulo tiene la pierna izquierda fracturada y el brazo y la pierna derechos muy hinchados ... El teniente Velly tiene la pelvis fracturada . . . Por la tarde el buen Botelho preparó una sopa con un poco de avena quemada. ¡Oh, Señor! ¡Escucha nuestras oraciones!"
El jueves, los buitres, que hablan 'estado volando en círculos, vigilando desde lo alto, se dejaron caer audazmente en el claro. Sin hacer caso de los gritos de los sobrevivientes se entregaron tranquilamente a su macabra tarea.
Lleno de ira y asco Barbosa sacó su pistola y apuntó al buitre más cercano. Afortunadamente, cuando ya tiraba del gatillo, se dio cuenta de su insensatez: con un disparo podría hacer que los pájaros echaran a volar solo una vez, y disparar antes de tiempo bien podría echar a perder la única probabilidad de salvación que tenían los sobrevivientes. Debía esperar a hacer fuego hasta 'que con ello obligara a las aves, cuya presencia es indicio de muerte,' a anunciar la presencia de la vida. Con manos temblorosas enfundó de nuevo la pistola.    o'
"Viernes 23 de junio. Sólo por la gracia de Dios estamos vivos aún. Anoche lo pasamos muy mal . . . Llueve copiosamente y hay truenos y relámpagos . . . No podemos hacer fuego porque solo tenemos dos cerillas y no podemos arriesgarnos a encenderlas en esta humedad . . ." El sábado y domingo siguientes fueron también lluviosos, pero el ánimo de los sobrevivientes se mantuvo en alto porque de cuando en cuando oyeron ruido de aviones en la lejanía. Parecía que los que los buscaban se estaban acercando. Barbosa y Barros seguían moviendo la manivela del- radiotrasmisor de urgencia. A pesar de la situación todos se rieron cuando Barros„ mirando la cara vendada y sucia del joven Brito, exclamó: "¡Caramba, soldadol ¡Qué"feo eres!"    •
"Lunes 26 de junio. Hoy hemos tenido ún hermoso amanecer. El Sol está ya muy alto y el cielo aparece despejado Nuestras esperanzas renacen".
A eso de las 1050 de la mañana volvieron -a oir ruido de motores. El avión estaba lejos, pero se acercaba. El sargento Barbosa sacó su pistola y esperó, calculando la velocidad y la dirección. Todo dependía de la oportunidad con que disparase. Si lo hacia un instante antes o después del momento oportuno, el avión podría pasar de largo sin percatarse de nada. Y eso sería, sin duda, el fin.
Fue un minuto de angustia. Los otros casi dejaron de respirar mientras,, esperaban que Barbosa hiciera fuego. De pronto, por lo que percibían los agudos oídos de Barbosa, a este le pareció que el ruido de los motores se alejaba, y entonces apretó el, gatillo.
 El estampido asustó a los buitres, pero se elevaron desmañadamente. Parecían estar demasiado atiborrados para poder volar, pero Barbosa disparó una y otra vez, hasta vaciar la carga de su arma. La ruidosa descarga fue apenas suficiente para que los buitres volaran en pesada espiral sobre la selva.
El mayor Sergio Favero que volaba en un avión de socorro a varios cientos de metros de - allí, vio surgir a los buitres de las entrelazadas copas de los árboles, y gritó jubilosamente que el lugar del accidente estaba cerca. Inclinando el avión bruscamente se dirigió hacia allí. Uno de sus compañeros pudo vislumbrar, a través de unas ramas rotas, un ala de avión en el suelo de la selva. Por el micrófono que llevaba al pecho, el mayor Favero radió la noticia que durante tanto tiempo la nación había esperado oír: "Avión localizado. Situación aproximada, 66 oeste, 0215 sur".
"UN HIDROAVIÓN bimotor Albatross voló por encima de nosotros", escribió Barbosa. "Luego volvió a pasar. Todos gritábamos, agitados. Hoy por la tarde, un trasporte aeromilitar C-130 y una fortaleza volante B-17 han volado sobre nosotros. Ahora estamos seguros de que el Señor ha escuchado nuestras oraciones. A las 5:35 un avión Catalina aparece sobre nuestra posición . . r"
Pero la muerte no había dejado aún de rondarlos. El tripulante de aviación Barros, cuya valentía había corrido parejas con la del sargento Barbosa a lo largo de aquella prueba, había estado respirando con creciente dificultad desde hacía días. A la mañana siguiente, mientras esperaban ser auxiliados, Barros le pidió a Barbosa que lo abanicara: no podía respirar y tenía los dientes trabados. "Traté de abrirle la boca, pero no pude", escribió Barbosa. "El tripulante de aviación Barros murió a las 11:30 de la mañana . . . Oramos por el descanso de nuestro héroe, que lo era, pues él había sido quien nos había tenido provistos de agua todo aquel tiempo . . ."
Diez minutos después apareció sobre el claro un helicóptero. "Están tratando de aterrizar-, pero desgraciadamente es imposible. Por nuestra parte, lloramos de alegría. Nos hicieron señas de que tuviéramos calma y se alejaron. Entre 2 y 3 de la tarde volvieron de nuevo. ¡Dios mío! ¡Qué alegría! Un hombre desciende ya por una cuerda que pende del helicóptero para venir en nuestra ayuda ... ¡Es el capitán Guaranys! Ya sabíamos, Dios mío, que la Fuerza Aérea nunca nos abandonaría".
"Nunca olvidaré aquella escena", contaba después Guaranys. "Apenas había tocado el suelo cuando vi a aquel hombre barbado, todo sucio, y que difícilmente se sostenía en pie con ayuda de dos toscas muletas. Hizo torpemente el saludo militar y me dijo: Señor, soy el sargento Bárbosa, mecánico del 2068.
Fue la cosa más emocionante que he visto jamás".    J
PERO LA "Operación Rastrillo" estuvo aún llena de contratiempos, No había un claro lo bastante grande para que aterrizara el helicoptero en una distancia de. 100 kilómetros a la redonda, y por eso, mientras la ruidosa máquina revoloteaba en lo alto, un médico y unos practicantes siguieron al capitán Guaranys descolgándose por la cuerda desde 60 metros de altura. El helicóptero se dirigió a la base de Tefé y volvió con más provisiones de boca y equipo. Pero. despues de dos días de tenaz trabajo derribando árboles bajo la lluvia para abrir un claro, el desmonte era aún demasiado pequeño para arriesgar un aterrizaje.
Finalmente, a las 2:30 de la tarde del 29 de junio, el helicóptero volvió con una nueva cabria muy potente. Al capitán Paulo se le subió, atado a una camilla, hasta el helicóptero. Luego siguió el teniente Velly. A los demás los subieron, uno a uno, en arneses de salvamento. A petición propia, el sargento Barbosa fue el último en dejar la selva. A los muertos se les recogió después y se les hizo un entierro militar en Belem, al que asistieron miles de personas.
El sargento Barbosa y su mujer decidieron hacer de su profunda gratitud por el salvamento un medio para el bien. Los editores se disputaban los derechos de publicación de su diario, y él se mostró hombre duro de pelar. Vendió los derechos por 5000 cruzeiros (equivalentes hoy a 1550 dólares) y aunque esa suma equivale a un año de su salario, la joven pareja no conservó para sí un solo centavo. La entregaron íntegra a las viudas e hijos de los compañeros de Barbosa muertos en el accidente.
Sin embargo, fue el presidente Arturo da Costa e Silva quien resumió elocuentemente la importancia de la tragedia y el triunfo del avión No, 2068 de la Fuerza Aérea, al decir: "La salvación de estos sobrevivientes supera cualquier acción en la historia de la Fuerza Aérea brasileña, que está penetrada del heroico espíritu de nuestra juventud, y simboliza el valor, la energía y la determinación de todos los brasileños en la afirmación de nuestra soberanía sobre uña de las más grandes y fabulosas r9eiones de la Tierra: las selvas amazónicas. Ha sido este un episodio que nos conmueve como seres humanos y nos llena de orgullo como ciudadanos de la nación brasileña".

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