martes, 17 de abril de 2018

CAP. II EL PEQUEÑO SOLDADITO -RIOS MONTT

EFRAIN RIOS MONTT
SIERVO O DICTADOR?

La Verdadera Historia del Controversial Presidente de Guatemala
Joseph Anfuso David Sczepanski


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CAPITULO II
El Pequeño Soldadito
 

 ¡Un, dos, mar. Un, dos, mar. Alto!" La mano del pequeño Efraín empujó el portón de hierro que se entreabrió suavemente y con todo cuidado, para no golpear su rifle de madera que cargaba firmemente sobre su hombro, se deslizó por la abertura.
Siguió marchando hacia dentro y el eco desu voz resonaba entre las flores del patio desu casa: " ¡Un, dos, mar. Un, dos, mar. Alto!"
Había llegado frente a la puerta de entrada.
"Efraín", llamó la voz de su mamá "¿dóndhas estado? Entra y prepárate para cenar".
"Sí mamá", dijo obedientemente, cerrandola puerta tras de sí y marchando hacia la pila para lavarse las manos.

En la cocina hervían ollas de arroz y frijoles negros, que dejaban escapar su delicioso aroma. También se sentía el sabroso olor de las tortillas de maíz cocinándose en el comal. Al otro lado de la habitación estaba Zylda, su hermana de un año mayor, poniendo la mesa para comer. Más allá, de otro cuarto, llegaban las voces de sus otros hermanos.
"¿Estabas otra vez jugando a los soldados?", le preguntó la anciana de pelo blanco que estaba junto a la pila cuando llegó a lavarse. Era su abuelita, la de la dulce sonrisa, que secándose las manos en el delantal, cariñosamente le sobó la cabeza.
"¿Está mi papá en casa?", preguntó el pequeño Efraín.
"No, pero vendrá pronto", le contestó su mamá desde el otro cuarto. "Probablemente esté cerrando la tienda".
Afuera se ponía el sol, derramando su suave luz dorada sobre Huehuetenango. Era la hora que la familia se reunía para cenar. Efraín Ríos Montt tenía sólo 7 años.
Había nacido en Huehuetenango en 1926; fue el tercero de doce hijos y soñó con ser militar desde el día en que vió a los soldados desfilar en su ciudad natal. "Un día seré soldado", -se dijo a sí mismo- "tendré un uniforme, un rifle y mi familia se sentirá orgullosa de mí".
El dominio de los militares en Guatemala se remonta hasta el año de 1524, cuando el conquistador español, don Pedro de Alvarado, llegó de México. En nombre de España y de la Iglesia —pero especialmente por el oro y la fama— Alvarado conquistó y gobernó a Centro América hasta su muerte en 1540. Los mayas, que poblaban el Istmo desde México hasta Pamá, no poseían armas que se pudiesen equiarar con las espadas de los conquistadores. los que se resistían, les daban muerte, sus poblados incendiados y los sobrevivientes eslavos del Imperio. Sentenciados a una seridumbre perpetua y a una categoría civil de tercera clase, aquella raza, que fuera tan digna orgullosa, se convirtió en sirvienta de una colonia del Nuevo Mundo.
Gradualmente, a lo largo de los tres siglos siguientes, el reino de Guatemala, que abarcaba a toda la región de la América Central, fue aflojando sus ataduras de España, hasta que en 1821 declaró su Independencia. Inmediaimente se hicieron esfuerzos por mantener unida a toda la región formando la Federación de las Provincias Unidas de Centro América, que se estableció en 1823, pero que solamente duró 15 años. Poco antes de su disolución, don Juan Barrundia, el Primer Jefe de Estado de la Provincia de Guatemala, fue depuesto por medio de un golpe militar. Esto sentó un triste precedente en el panorama político de la América Central, que ha venido repitiendo desde entonces.

  Después del colapso de la Unión de Centro América, Guatemala fue gobernada por una serie de dictadores de mano de hierro. En 1898, el Dr. Manuel Estrada Cabrera, un astuto abogado de Quetzaltenango, ascendió al poder y gobernó durante 22 años. En todo ese tiempo siempre fue declarado triunfante en las elecciones, sin importar el resultado verdadero de las mismas, declarándose como fiesta nacional la fecha de su toma de posesión. La corrupcióny la violencia política prevalecieron hasta 1920, cuando miembros de la oposición pertenecientes al Partido Unionista lo declararon demente y el Congreso lo separó de su cargo.
El sucesor de Estrada Cabrera gobernó solamente un año y fue depuesto por una revuelta; luego siguieron diez años tumultuosos, en los que Guatemala tuvo seis presidentes. Final-mente en 1931, ascendió al poder como Presidente el General Jorge Ubico, dictador de mano férrea que gobernó a Guatemala durante catorce años.
Así andaban las cosas cuando nació Efraín Ríos Montt. Su joven imaginación, desconocedora de la inestable historia política de su país, fue cautivada por los soldados uniformados en Huehuetenango. "Sí, seré soldado", se juró a sí mismo. Su decisión estaba hecha.
A la muerte de su hermano mayor, Efraín se convirtió en la cabeza de sus hermanos y pronto estableció entre ellos un régimen de autoridad. Una vez, después que su hermano Antonio le había pegado al hermanito menor, Efraín agarró a Antonio y le aplicó de su propia medicina. Furioso, Antonio tomó la guitarra de Efraín y le arrancó dos cuerdas, sosteniéndolas desafiantes sobre su cabeza.
"Antonio", le dijo Efraín con voz calmada pero autoritaria, "dámelas". Antonio obedeció inmediatamente.
Mucha de la firmeza de carácter de Efraín se debía probablemente a su madre, una mujer estricta y disciplinada, que nunca vaciló en corregir a sus hijos con fuertes reprimendas o nalgadas. Por otro lado, su padre era un hombre suave e inclinado a la compasión, que generalmente los compensaba de lo estricto de su mamá.
Efraín y sus hermanos jugaban un día a la orilla del río, cuando de repente empezó a llover torrencialmente. Empapados, corrieron a su casa. "Hoy nos pegan", dijo uno de los hermanos menores cuando se acercaban al portón.
"Vengan", dijo Efraín, "saltemos por la pared de atrás y nadie nos verá. Mamá no tiene que saberlo". Pero ella lo supo, y cada quien recibió su dosis de nalgadas y se les mandó a la cama.
Esa noche, cuando su mamá no los veía, su papá fué a consolarlos a la cama, los besó y les regaló a cada uno un centavo para dulces.
Todos los hermanos Ríos Montt supieron siempre que mamá era la ley y papá la ternura.
Además de la disciplina de su mamá y la dulzura de su papá, hubo otra persona que influyó mucho en la vida del joven Efraín y ella fue su abuelita, doña Juana Castillo de Ríos. Ella era evangélica o protestante. Es más, su hermano había fundado la Iglesia de la Misión Centroamericana en Huehuetenango, llegando a ser en la época de la niñez de Efraín el más grande y creciente grupo protestante en Guatemala. 

. La mamá de Efraín, sin embargo, era católico-romana, la religión del 90 o/o de los guatemaltecos en 1930. Los católicos de entonces veían a los pequeños grupos de evangélicos con desdén, mientras que los evangélicos a su vez, con frecuencia, mostraban abiertamente su anti-catolicismo.
Pero en la casa de los Ríos Montt cada quien había aprendido a respetar las creencias religiosas del otro y a vivir en paz. La abuelita era el único miembro de la familia que podría haber sido descrita como fanática de su religión.
Conforme doña Juana entraba en años empezó a sufrir de una parálisis, que le produjo grandes llagas en uno de sus pies, que exigían curaciones diarias. Para el joven Efraín el sufrimiento de su abuelita le resultaba muy doloroso y su tratamiento aún más. Sin embargo, observó que doña Juana siempre estaba sonriente y positiva respecto a su vida, lo cual le produjo una profunda e imperecedera impresión.
Llegó el momento en que doña Juana ya no pudo caminar sola y entonces le pedía a Efraín que la llevara a la Iglesia, regalándole un centavo después de cada servicio. También le daba medio centavo cada vez que le leía la Biblia. Efraín empezó a gustar de los servicios religiosos y de las lecturas bíblicas, al punto que ya no quiso recibir los centavos de la abuelita. De todos sus hermanos, él fué el más interesado en el amor que doña Juana sentía por Jesús.
Una vez le preguntó "Abuelita, ¿qué significa ese evangelio del que usted habla?".
Doña Juana lo observó por un momento, luego lo atrajo hacia ella y con cariño le dijo: "Significa amor. Debido a que Dios me ama y me perdona, yo quiero amarle a El y servirle a El. Y también quiero servirte a tí".
"Pero, ¿qué le va a pasar cuándo se muera?", le preguntó Efraín, dándose cuenta cuan débil estaba y lo mucho que la echaría de menos.
"¡Ah, yo me iré al cielo y oraré por tí". Abrazándolo, empezó a cantar en voz baja: "Del abismo El me sacó, librándome del mal..." Esta era una canción familiar para Efraín; su abuelita la cantaba siempre a todos sus nietos cunado se sentaban a su alrededor en la sala familiar

Efraín la quería mucho. Y se sintió atraído hacia ese Dios que ella parecía conocer tan bien.
Un día, uno de los tíos de Efraín los llevó a él y a sus hermanos a una reunión evangélica de un grupo que había llegado a Huehuetenango. Como siempre, Efraín gozaba con los cantos de alabanza. Muchas de estas mismas canciones las había oído a su abuelita y las otras en la Iglesia.
Durante la prédica estuvo muy atento y al final, cuando el Pastor invitó a venir al frente a todos aquellos que deseasen entregar públicamente su vida a Jesús, entre el pequeño grupo que pasó iba el joven Efraín.
Esa noche, al regresar a su casa, lleno de júbilo les anunció orgullosamente "Acabo de recibir a Jesús como mi Señor y Salvador".
"¿Qué ha hecho este Efraín?", le preguntó su intrigada mamá a Antonio, que también había ido a la reunión.
Antonio se encogió de hombros y le dijo "Aceptó a Jesús".
La noticia de la decisión de Efraín no provocó mucho interés en la familia, pero su abuelita, por supuesto, estaba feliz. En cuanto a Efraín, para quien las palabras "católico" y "protestante" no significaban nada, simplemente se sentía feliz de poder llamar a Jesús "mi Señor y Salvador", así como lo hacía su abuelita.
Doña Juana empeoró y ya no pudo ir más a la Iglesia. Efraín tampoco. Finalmente doña Juana murió. No obstante el conocimiento de la presencia de Dios en su vida permaneció con Efraín para siempre.
Cuando tenía trece años de edad, todos los hermanos fueron a pasar vacaciones a su finca en San Rafael Petzal. Generalmente las vacaciones caían en la temporada más calurosa y las familias que podían las pasaban en sus fincas. Los Ríos Montt se iban a la finca de su familia.
A cada quien se le asignaban tareas y a Efraín le tocaba manejar la molienda. En la finca se cultivaba caña de azúcar, la que se depositaba en un gran molino movido por bueyes, que la iba triturando hasta convertirla en azúcar morena. Una yunta de bueyes lentamente daba vueltas alrededor, moviendo la gran rueda que, a su vez, movía el molino.
Un día, deseando acelerar a los bueyes, Efraín tomó un palo y empezó a azuzar a los animales con él. Un buey, acostumbrado a la velocidad más lenta, reaccionó violentamente y le lanzó una fuerte patada. En el preciso instante en que el casco tocaría su cara, Efraín sintió una mano en su hombro que lo apartó, cayendo al suelo. Con el corazón latiéndole fuertemente, se levantó y buscó a quien le había salvado, pero no había nadie. Instintivamente supo que era Dios y le dijo "Gracias Dios mío, gracias por salvarme la vida".
Cuando regresaron a Huehuetenango, supieron la mala noticia que la tienda de su papá, "La Comodidad", estaba en quiebra y que su papá tendría ahora que trabajar como dependiente a las órdenes de los nuevos dueños. Este cambio trajo nuevas presiones sobre la familia Ríos Montt. Aumentó la necesidad de Efraín de tomar alguna decisión crucial respecto a su futuro, pues pronto terminaría el sexto año de la escuela primaria, el más altogrado que le era accesible en Huehuetenango y, por lo tanto, tendría que trabajar o continuar estudiando en otra parte.
Sin embargo, en la mente de Efraín había otra decisión tomada desde hacía mucho tiempo: él quería ser militar, y sus planes incluían entrar a la Escuela Politécnica de la ciudad de Guatemala. En ese entonces, la Politécnica ofrecía cursos de equiparación para los estudiantes de nivel primario que deseaban seguir la carrera militar y Efraín podría participar en el programa del año siguiente. Pensó, pues, dejar Huehuetenango, inscribirse en la Politécnica e iniciar su carrera militar.
Poco tiempo antes de trasladarse a la ciudad de Guatemala, la familia fue informada que Mario, uno de los hermanos más jóvenes, había sido aceptado para estudiar en un seminario Católico Romano, pero que había que cumplir con un requisito previo importante: que sus papás se casasen por la Iglesia Católica, pues nunca lo habían hecho. La noticia de que uno de sus miembros sería sacerdote emocionó a toda la familia y pronto se celebró el matrimonio católico de los papás. Desde ese momento en adelante, toda la familia Ríos Montt, incluyendo a Efraín, se convirtieron en devotos y fieles miembros de la Iglesia Católica.
Llegó al fin el día en que Efraín tuvo que irse a la capital de Guatemala. El largo viaje desde Huehuetenango hasta la ciudad lo hizo en autobús y pronto se presentó a sus exámenes en la Escuela Politécnica. La Escuela quedaba en el centro de la ciudad y su apariencia era la de un castillo medieval, con altos torreones grises en cada esquina y a los lados de la entrada principal. Cuando Efraín cruzó la puerta de hierro y entró al patio de la Politécnica casi no podía contener su emoción.
Como siempre había sido un estudiante bueno y disciplinado, estaba seguro de aprobar los exámenes. Todo fue bien con las pruebas escritas. Luego entró a los exámenes físicos incluyendo un examen de la vista, mientras leía cartelones distantes con letras pequeñas; soñaba con que pronto estaría vistiendo su uniforme militar.
Pero los resultados no fueron los por él esperados. Un médico, gentilmente, le informó que tenía astigmatismo y que no podría ser aceptado en la Politécnica.
Anonadado, desalentado y conteniendo las lágrimas, el joven Efraín cruzó la puerta de salida de la Escuela. ¡Había querido tanto ser militar, estudiar en la Politécnica y llegar a ser oficial! ¡Pero ahora sus sueños se desvanecían!
A pesar de todo, tal como sucedería muchas otras veces a lo largo de la vida de Efraín Ríos Montt, él decidió transformar su fracaso en éxito, y unas pocas semanas después se decidió a entrar al Ejército de Guatemala como simple soldado raso. Así se probaría el a sí mismo.
Al terminar el curso básico de entrenamiento, el soldado Ríos Montt fue asignado al Fuerte de Matamoros, en la ciudad de Guatemala, donde pronto ascendió al grado de Sargento Primero de Infantería. El cuartel no era la Escuela Politécnica, pero cuando menos vestía el uniforme militar y se sentía muy orgulloso de ell
o.

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