viernes, 20 de abril de 2018

MARIA Cap. IV JORGE ISAAC FERRER SCARPETTA

 El señor Isaacs vio la luz en Cali, y en el seno de las 
comodidades buscadas por su padre, inglés activo, indus- 
trial y caballeroso; pérdidas inmerecidas lo atrasaron, y 
la muerte vino en seguida á completar la ruina, arreba- 
tando al laborioso jefe de la familia. La larga y sangrienta 
guerra del Cauca, desde 1860 hasta 1863, acabó la obra 
comenzada por la desgracia, y los hijos de Isaacs, huér- 
fanos hoy de padre y madre, han tenido que buscar otros 
hogares y decir adiós al que fué el asilo de su infancia. 
Por fortuna para el autor de María, le ha tocado en suerte 
el hogar bogotano, cuna de su gloria, donde es profunda- 
mente estimado, menos por sus notables obras que por 
las buenas cualidades de su ser. Disputándose en él las 
que son propias de las tres razas de que desciende : era 
su padre inglés de nacimiento, pero de raza judía; el 
amor lo inclinó á la religión de Jesucristo y le dio otra 
patria, la nuestra, donde se estableció casándose con la 
hija de un capitán español. Así es que Jorge tiene en su 
apostura y en sus arranques, en sus ideas y en su pluma, 
reminiscencias hebraicas, españolas é inglesas. No es un 
lipo : es un original. 
Es preciso tener en cuenta quién es el autor (y por eso 
lo hemos dicho) para hablar de la obra que anunciamos. 
JUICIO CRITICO. 3 
MARÍA es, como su autor, un ser triple, indefinible; es una 
Rebeca sajona viviendo en Sevilla. De la misma manera 
su autor es un ser indefinible; en poesía no es un Quin- 
tana, ni un Byron, ni un David; sino un David inglés ha- 
blando en castellano. María pertenece en literatura al 
Género sentimental, pero no tiene sino una sola hermana, 
la Historia holandesa, porque es muy diferente de las 
otras novelas de esta clase, como Átala y Pablo y Virgi- 
nia. Pablo y Virginia es la historia de dos niños solitarios, 
donde con poco esfuerzo pudo el autor pintar un amor 
inocente ó, mejor dicho, infantil. María es la narración de 
los amores de dos jóvenes, rodeados de muchas perso- 
nas, viviendo en una misma casa y profundamente ena- 
morados. Por lo tanto, la pintura de su amor es más 
fecunda, más interesante, pero más delicada por más pe- 
ligrosa. Y sin embargo es tan casta, que así como los dos 
amantes no se dijeron una sola palabra que no pudieran 
oir sus padres, así en el libro no hay una página que no 
pueda leer una madre de familia. Virginia es la pintura de 
un hogar excepcional, en que lo excepcional mismo cons- 
tituye su principal encanto. No todos los días se ven dos- 
madres viauas retiradas á una isla despoblada, teniendo 
la una una hija y una negra; la otra un hijo y un negro. 
Aquella simetría podrá ser, como es, muy bella; pero 
tiene que ser, como es, muy rara. ç
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  Mas sea lo que fuere lo que el destino guarde á Isaacs 
en lo porvenir, lo felicitamos por ser autor de tal obra; 
y al Estado del Cauca lo felicitamos por ser patria de tal 
autor. 

 Bogotá, junio de 1867. 
J. M. VERGARA Y VERGARA.  
 
A LOS HERMANOS DE EFRAIN 
 He aquí, caros amigos míos, la historia de la 
adolescencia de aquel á quien tanto amasteis y 
que ya no existe. Mucho tiempo os he hecho 
esperar estas páginas. Después de escritas me 
han parecido pálidas é indignas de ser ofrecidas 
como un testimonio de mi gratitud y de mi 
afecto. Vosotros no ignoráis las palabras que 
pronunció aquella noche terrible, al poner en 
mis manos el libro de sus recuerdos :"Lo que 
ahí falta tú lo sabes; podrás leer hasta lo que 
mis lágrimas han borrado. " ¡Dulce y triste mi- 
sión ! Leedlas, pues, y si suspendéis la lectura 
para llorar, ese llanto me probará que la he cum- 
plido fielmente. 


Pags. 15 
 estando abiertas las hojas y rejas, entraban 
por ella floridas ramas de rosales á acabar de enga- 
lanar la mesa, en donde un hermoso florero de porce- 
lana azul contenía trabajosamente en su copa azuce- 
nas y lirios, claveles y campanillas moradas del río. 
Las cortinas del lecho eran de gasa blanca atadas á 
las columnas con cintas anchas color de rosa ; y cerca 
de la cabecera, por una ñneza materna, estaba la 
Dolorosa pequeña que me había servido para mis 
altares cuando era niño. Algunos mapas, asientos 
cómodos y un hermoso juego de baño completaban 
el ajuar. 
— ¡ Qué bellas flores ! exclamé al ver todas las que 
del jardín y del florero cubrían la mesa. 
— María recordaba cuánto te agradaban, observó 
mi madre. 
Volví los ojos paradarle las gracias, y los suyos como 
que se esforzaban en soportar aquella vez mi mirada. 
— María, dije, va á guardármelas, porque son 
nocivas en la pieza donde se duerme. 
16 SAACS. 
- ¿Es verdad? respondió; pues las repondré ma- 
ñana. 
¡ Qué dulce era su acento ! 
— ¿ Tantas asi hay? 
— Muchísimas ; se repondrán todos los días. 
Después que mi madre me abrazó, Emma me tendió 
la mano, y María, abandonándome por un instante la 
suya, sonrió como en la infancia me sonreía : esa 
sonrisa hoyuelada era la de la niña de mis amores 
infantiles sorprendida en el rostro de una virgen de 
Rafael. 
CAPITULO IV 
Dormí tranquilo, como cuando me adormecía en la 
niñez uno de los maravillosos cuentos del esclavo 
Pedro. ' 
Soñé que María entraba á renovar las flores de mi 
mesa, y que al salir había rozado las cortinas de mi 
lecho con su falda de muselina vaporosa salpicada de 
florecillas azules. 
Cuando desperté, las aves cantaban revoloteando 
en los follajes de los naranjos y pomarosos, y los 
azahares llenaron mi estancia con su aroma tan luego 
como entreabrí la puerta. 
La voz de María llegó entonces á mis oídos dulce y 
pura : era su voz de niña, pero más grave y lista ya 
para prestarse á todas las modulaciones dé la ternura 
y de la pasión, ! Ay ! ¡ cuántas veces en mis sueños 
un eco de ese mismo acento ha llegado después 
á mi alma, y mis ojos han buscado en vano aquel 
huerto donde la vi tan bella en aquella mañana de 
agosto ! 
La niña cuyas inocentes caricias habían sido todas 
para mí, no sería ya la compañera de mis juegos; pero 
en las tardes doradas de verano estaría en los paseos, 
á mi lado, en medio del grupo de mis hermanas ; le 
ayudaría yo á cultivar sus flores predilectas; en las 
veladas oiría su voz, me mirarían sus ojos, nos sepa- 
raría un solo paso. 
Luego que me hube arreglado ligeramente los ves- 
tidos, abrí la ventana, y divisé á María en una de las 
calles del jardín, acompañada de Emma : llevaba un 
traje más oscuro que el de la víspera, y el pañolón 
color de púrpura, enlazado á la cintura, le caía en 
forma de banda sobre la falda ; su larga cabellera, 
dividida en dos crenchas, le ocultaba á medias parte 
de la espalda y pecho : ella y mi hermana tenían des- 
calzos los pies, Llevaba una vasija de porcelana poco 
más blanca que los brazos que la sostenían, la que iba 
llenando de rosas abiertas durante la noche, des- 
echando por marchitas las menos húmedas y lozanas. 
Ella, riendo con su compañera, hundía sus mejillas, 
más frescas que las rosas, en el tazón robosante. Des- 
cubrióme Emma : María lo notó, y sin volverse hacia 
mí, cayó de rodillas para ocultarme sus pies, des- 
atóse del talle el pañolón, y cubriéndose con él los 
hombros, fingía jugar con las flores. Las hijas nubiles 
de los patriarcas no fueron mas 18 ISAACS. hermosas en las albo 
radas en que recogían flores para sus altares. 
Pasado el almuerzo, me llamó mi madre á su cos- 
turero. Emma y María estaban bordando cerca de 
ella. Volvió ésta á sonrojarse cuando me presenté: 
recordaba tal vez la sorpresa que involuntariamente 
le había yo dado en la mañana. 
Mi madre quería verme y oirme sin cesar. 
Emma, más insinuante ya, me preguntaba mil 
cosas de Bogotá ; me exigían que les describiera bailes 
espléndidos, hermosos vestidos de señora que estu- 
vieran en uso, las más bellas mujeres que figuraran 
entonces en la alta sociedad. Oían sin dejar sus labores. 
María me miraba algunas veces al descuido, ó hacía 
por lo bajo observaciones á su compañera de asiento; 
y al ponerse en pie para acercarse á mi madre á con- 
sultar algo sobre el bordado, pude ver sus pies primo- 
rosamente calzados : su paso ligero y digno revelaba 
todo el orgullo, no abatido, de nuestra raza, y el se- 
ductivo recato de la virgen cristiana. Ilumináronsele 
los ojos cuando mi madre manifestó deseo de que yo 
diese á las muchachas algunas lecciones de gramática 
y geografía, materias en que no tenían sino muy 
escasas nociones. Convínose en que daríamos princi- 
pio á las lecciones pasados seis ú ocho días, durante 
los cuales podría yo graduar el estado de los conoci- 
mientos de cada una. 
Horas después me avisaron que el baño estaba pre- 
parado y fui á el. Un frondoso y corpulento naranjo, 
agoboadpo de frutos maduros formaba pabelllib sobre 
el ancho estanque de canteras bruñidas : sobrenada- 
ban en el agua muchísimas rosas : era un baño orien- 
tal, y estaba perfumado con las flores que en la ma- 
ñana había recogido María. 
CAPITULO V 

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