lunes, 23 de abril de 2018

MARÍA- ESTER-Historia Real-JORGE ISAAC

 MARIA
Por Jorge Isaac
 
CAPITULO V. 
Habían pasado tres días cuando me convidó mí padre á visi- 
tar sus haciendas del valle, y fué preciso complacerle ; por 
otra parte, yo tenia ínteres real á favor de sus empresas. Mi 
madre se empeñó vivamente por nuestro pronto regreso. Mis 
hermanas se entristecieron. María no me suplicó como ellas, 
que regresase en la misma semana; pero me seguía ince- 
santemente con los ojos durante mis preparativos de viaje. 
MARÍA. 17 
En mi ausencia, mi padre habia mejorado sus propiedades 
notablemente : una costosa y bella fábrica de azúcar, muchas 
fanegadas de caña para abastecerla, estensas dehesas con ga- 
nado vacuno y caballar, buenos cebaderos y una lujosa casa de 
habitación, constituían lo mas notable de sus haciendas de 
tierra caliente. Los esclavos, bien vestidos y contentos hasta 
donde es posible estarlo en la servidumbre, eran sumisos y 
afectuosos para con su amo. Hallé hombres á los que niños 
años antes me habian enseñado á poner trampas á las chila- 
coas y guatines en la espesura de los bosques : sus padres y 
ellos volvieron á verme con inequívocas señales de placer. 
Solamente á Pedro, el buen amigo y fiel ayo, no debia encon- 
trar: él habia derramado lágrimas al colocarme sobre el ca- 
ballo el dia de mi partida para Bogotá, diciendo: « amito mió, 
.yo note veré mas.» El corazón le avisaba que morirla antes 
de mi regreso. 
Pude notar que mi padre, sin dejar de ser amo, daba un 
trato cariñoso á sus esclavos, se mostraba celoso por la buena 
conducta de sus esposas y acariciaba á los niños. 
Una tarde, ya á puestas del sol, regresábamos de las la- 
branzas á la fábrica, mi padre, Hijinio (mayordomo) y yo. 
Ellos hablaban de trabajos hechos y por hacer ; á mi me ocu • 
paban cosas menos serias : pensaba en los dias de mi infancia. 
El olor peculiar de los bosques recien derribados y el de las 
piñuelas en sazón ; la greguería de los loros en los guaduales 
y guayabales vecinos ; el tañido lejano dei cuerno de algún 
pastor, repetido por los montes ; las castrneras de los esclavos 
que volvían espaciosamente de las labores con las herramien- 
tas al hombro ; los arreboles vistos al través de k^s cañavera- 
les movedizos : todo me recordaba las tardes en que abusando 
mis hermanas, María y yo de alguna licencia de mi madre, 
obtenida á fuerza de tenacidad, nos solazábamos recojiendo 
guayabas de nuestros árboles predilectos, sacando nidos de 
piñuelas, muchas veces con grave lesión de brazos y manos, 
y espiando nidos de pericos en las cercas de los corrales. 
18 MABIA. 
Al encontrarnos con un grupo de esclavos, dijo mi padre 
á un joven negro de notable apostura : 
— Con que, Bruno, ¿todo lo de tu matrimonio está arreglado 
para pasado mañana? 
— Sí, mi amo; le respondió quitándose el sombrero de 
junco y apoyándose en el mango do su pala. 
— Quiénes son los padrinos? 
— Ña Dolores y ñor Anselmo, si su morced quiere. 
— Bueno. Remijia y tú estaréis bien confesados. ¿ Compraste 
todo lo que necesitas para ella y para ti con el dinero que 
mandé darle? 
—Todo está ya, mi amo. 
— ¿ Y nada a mas deseas ? 
— Sumerced verá. 
— El cuarto que te ha señalado Hijinio, es bueno ? 
—Sí, mi amo. 
— Ah ! ya sé. Lo que quieres es baile. 
Rióse entonces Bruno, mostrando sus dientes de blancura 
deslumbrante, volviendo á mirar á sus compañeros. 
— Justo es ; te portas muy bien. Ya sabes, agregó, dirijién- 
dose á Hijinio : arregla eso, y que queden contentos. 
— Y sus mercedes se van antes? preguntó Bruno. 
—No, le respondí yo ; nos damos por crnvidados. 
En la madruada del Sábado próximo se casaron Bruno y 
Remijia. Esa noche á las siete montamos mi padre y yo para 
ir al baile, cuya música empezábamos á oir. Cuando llega- 
mos, Julián, esclavo capitán de la cuadrilla
 salió á tomarnos 
el esíribo y á recibir nuestros caballos.Estaba lujoso con su 
vestido de Dominico lo pendia de la  cintura el largo machete 
de guarnición plateada, insignia de su empleo. Una sala de 
nuestra antigua casa de habitación habia sido desocupada de 
los enseres de labor quo contenia, para hacer el baile en ella. 
Habíanla rodeado de tarimas : en una araña de madera sus- 
pendida de una de las vigas, daba vueltas media docena de 
luces : los músicos y cantores, mezcla de agregados, esclavos 
y manumisos, (1) ocupaban una de las puertas. No habia sino 
dos flautas de caña, un tambor improvisado, dos alfandoques 
y una pandereta ; pero las finas voces de los negritos entona- 
ban los bambucos con maestría tal ; babia en sus cantos tan 
sentida combinación de melancólicos, alegres y lijeros acor- 
des ; los versos que cantaban eran tan tiernamente sencillos, 
que el mas culto aficionado hubiera escuchado en éxtasis 
aquella música semi-salvaje. Penetramos en la sala con 
zamarros y sombreros. De los bailarines eran en ese mo- 
mento Remijia y Bruno: ella con follado de boleros azules, 
tumbadillo de flores lacres, camisa blanca bordada de negro y 
gargantilla y zarcillos de cristal color de rubí, danzaba con toda 
la gentileza y donaire que eran de esperarse de su talle cim- 
brador. Bruno, doblados sobre los hombros los paños de su 
ruana de hilo, calzón de vistosa manta y camisa blanca aplan- 
chada, y un cabi blanco nuevo á la cintura, zapateaba con des- 
treza admirable. 
Pasada aquella mano, que así llaman los campesinos cada 
pieza de baile, tocaron los músicos su mas hermoso bam- 
buco, porque Julián les anunció que era para el amo. Remi- 
jia, animada por su marido y por el capitán, se resolvió al 
fin á bailar unos momentos con mi padre ; pero entonces no 
se atrevía á levantar los ojos, y sus movimientos en la danza 
eran menos espontáneos. Al cabo de una hora nos reti- 
ramos. 
Quedó mi padre satisfecho de mi atención durante la visita 
que hicimos á las haciendas ; mas cuando le dije que en ade- 
lante deseaba participar de sus fatigas quedándome á su lado, 
me manifestó casi con pesar, que se veia en el caso de sacri 
ficar su bienestar á favor mío, cumpliéndome la promesa que 
(1) L08 hijos de esclaTos pero nacidos libres por la ley boliviana. 
me tenia hecha de tiempo atrás, de enviarme á Europa á con* 
cluir mis estudios de medicina, y que debia emprender viaje, 
amas tardar dentro de cuatro meses. Al hablarme asi, su fiso- 
nomía se revistió de una seriedad solemne sin afectación que 
se notaba en él cuando tomaba resoluciones irrevocables. 
Esto pasaba la tarde en que regresábamos á la sierra. Empe- 
zaba á anochecer, que á no haber sido así, habría notado la 
emoción que su negativa me causaba. El resto del camino se 
hizo sin que anudásemos la conversación. ¡ Cuan feliz hu- 
biera yo vuelto á ver á María, si la noticia de ese viaje no se 
hubiese interpuesto desde aquel momento entre mis
 esperanzas y ella ! 

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