martes, 24 de abril de 2018

MARIA -Ester- La Judía- POR JORGE ISAAC FERRER

 
MARIA
POR JORGE ISAAC FERRER 
HISTORIA REAL BIOGRAFICA 
CAPITULO VII. 
Cuando hizo mí padre su últímo viaje a las Antíllas, Salo- 
món, primo suyo á quien mucho habia amado desde la niñez, 
acababa de perder su esposa. Muy jóvenes habian venido 
juntos á Sud América; y en uno de sus viajes se enamoró 
mi padre de la hija de un español, intrépido capitán de navio, 
que después de haber dejado el servicio por algunos años, se 
vio forzado en 1819 á tomar nuevamente las armas en de- 
fensa de los reyes de España, y que murió fusilado en Ma- 
jagual, el 20 de Mayo de 1820. 
La madre de la joven que mi padre amaba exijió por con- 
dición para dársela por esposa que renunciase él á la relijion 
judaica. Mi padre se hizo cristiano á los veinte años de edad. 
Su primo se aficionó en aquellos dias á la relijion católica, sin 
ceder por eso á sus instancias para que también se hiciese 
bautizar, pues sabia que lo que hecho por mi padre, le daba 
la esposa que deseaba, á él le impediría ser aceptado por la 
mujer á quien amaba en Jamaica. 
Después de algunos años de separación volvieron á verse, 
pues, los dos amigos. Ya era viudo Salomón. Sara, su es- 
posa, le habia dejado una niña que tenia á la sazón tres años. 
Mi padre le encontró desfigurado moral y físicamente por el 
dolor, y entonces su nueva relijion le dio consuelos para su 
primo, consuelos que en vano habian buscado los parientes 
para salvarle. Instó á Salomón para que le diera su hija á fin 
de educarla á nuestro lado ; y se atrevió á proponerle que la 
haria cristiana. Salomón aceptó diciéndole : « Es verdad que 
solamente mi hija me ha impedido emprender un viaje á la 
India, que mejorarla mi espíritu y remediaría mi pobreza : 
también ha sido ella mi único consuelo después de la muerte 
de Sara ; pero tú lo quieres, sea hija tuya. Las cristianas son 
dulces y buenas, y tu esposa debe de ser una santa madre. Si 
el cristianismo dá en las desgracias supremas el alivio que tú 
me has dado» tal vez yo baria desdichada á mi hija dejándola 
judia. No lo digas á nuestros parientes, pero cuando llegues 
á la primera costa donde se halle un sacerdote católico, hazla 
bautizar y que le cambien el nombre de Ester en el de María.  
Esto decia el infeliz derramando muchas lágrimas. 
A pocos dias se daba á la vela en la bahía de Montego la 
goleta que debía conducir á mi padre á las costas de Nueva 
Granada. La lijera nave ensayaba sus blancas alas, como 
una garza de nuestros bosques las suyas antes de emprender 
un largo vuelo. Salomón entró á la habitación de mi padre, 
que acababa de arreglar su traje de á bordo, llevando á Ester 
sentada en uno de sus brazos, y pendiente del otro un cofre 
que contenia el equipaje de la niña : ésta tendió los bracitos á 
su tio, y Salomón, poniéndola en los de su amigo, cayó sollo* 
zando sentado sobre el pequeño baúl. Aquella criatura, cuya 
cabeza preciosa acababa de bañar con una lluvia de lágrimas 
el bautismo del dolor antes que el de la religión de Jesús, era 
un tesoro sagrado ; mi padre lo sabia bien, y no lo olvidó 
jamás. A Salomón le fué recordada por su amigo, al saltar 
éste á la lancha que iba á separarlos, una promesa, y él res- 
pondió con voz ahogada : " Las oraciones de mi hija por mi y 
las mias.por ella y su madre, subirán juntas á los pies del 
Crucificado. » 
Contaba yo siete anos cuando regresó mi padre, y. desdeñé 
los juguetes preciosos que me trajo de su viaje, por admirar 
aquella niña tan bella, tan dulce y sonriente. Mi madre la 
cubrió de caricias, y mis hermanas la agasajaron con ternura, 
desde el momento en que mi padre^ poniéndola en el regazo 
de su esposa, la dijo: «esta es la hija de Salomón, que él 
te envía. » 
Durante nuestros juegos infantiles fué cuando sus labios 
empezaron á modular acentos castellanos, tan armoniosos y 
seductores en una linda boca de mujer y en la risueña de un 
niño. 
Habrían corrido unos cuatro años. Al entrar yo una tarde 
al cuarto de mi padre, le oí sollozar : tenía los brazos cruza- 
dos sobre la mesa, y ea ellos apoyaba la frente ; cerca de él 
mi madre lloraba, y en sus rodillas reclinaba María la cabeza, 
sin comprender ese dolor y casi indiferente á los lamentos 
do su tío : era que una carta de Kingston, recibida aquel dia, 
daba la nueva de la muerte de Salomón. Recuerdo sola^ 
mente una espresion do mi padre en aquella tarde: « si todos 
mo van abandonando, sin que pueda recibir sus últimos adió- 
sos, ;á qué volveré yo á mi país 7 » Ay! sus cenizas delnan 
descansar en tierra eslraüa, sin que los vientos del Océano, en 
cuyas playas retozó siendo niño, cuya inmensidad cruzó joven 
y ardiente, vengan á barrer sobre la losa de su sepulcro las 
llores secas de los aromos y el polvo de los anos ! 
Pocos eran entonces los que conociendo nuestra familia, 
pudiesen sospechar que María no era hija de mis padres. 
Hablaba bien nuestro idioma, era amable, viva é intelijente. 
Cuando mi madre le acariciaba la cabeza, al mismo tiempo 
que á mis hermanas y á mi, ninguno hubiera podido adivinar 
cual era allí la huérfana. 
Tenia siete años. La cabellera abundante, todavía de color 
castaño claro, suelta y jugueteando sobre su cintura fina y 
movible ; los ojos parleros; el acento con algo de melancólico 
que no tenían nuestras voces ; tal era la imájen que de ella 
llevé cuando partí de la casa paterna : así estaba en la mañana 
de aquel triste dia, bajo las enredaderas de las ventanas de 
mí madre. 

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