martes, 17 de abril de 2018

MARIA- LA BELLEZA DE LA JUDIA HISPANOAMERICANA

 MARIA 
DE JORGE ISAAC
BUENOS AIRES 
ARGENTINA 
1870 
 
CAPITULO III 

A las ocho fuimos al comedor, el cual estaba pinforesca- 
mente situado eo la parte oríental de la casa. Desde él se 
veían las  crestas desnudas de las montañas sobre el fondo 
estrellado del cielo. Las auras del desierto pasaban por el 
jardín recojiendo aromas para venir á juguetear con los rosa- 
les qae nos rodeaban. El viento voluble dejaba oir por 
instantes el rumor del rio. Aquella naturaleza parecía osten- 
tar toda la hermosura de sus noches, como para recibir á un 
huésped amigo. 
Mi padre ocupó la cabecera de la mesa y me hizo colocar a 
su derecha ; mi madre se sentó á la izquierda, como de cos- 
tumbre ; mis hermanas y los niños se situaron indistinta- 
mente, y María quedó frente á mí. 
Mi padre, encanecido durante mi ausencia, me dirigía mira 
das de satisfacción, y sonreía con aquel su modo malicioso y 
dulce á un mismo tiempo, que no he visto nunca en otros 
labios. Mi madre hablaba poco, porque en esos momentos 
era mas feliz que todos los que la rodeaban. Mis hermanas 
se empeñaban en hacerme probar su colaciones y cremas ; y 
se sonrojaba aquella á quien yo dirijia una palabra lisonjera 
ó una mirada examinadora. María me ocultaba sus ojos 
tenazmente ; pero pude admirar en ellos la brillantez y her- 
mosura de los de las mujeres de su raza, en dos ó tres veces 
que á su pesar se encontraron de lleno con los míos ; sus 
labios rojos, húmedos y graciosamente imperativos, me mos- 
traron solo un instante el arco simétrico de su linda denta- 
dura. Llevaba como mis hermanas, la abundante cabellera 
castaño-oscura, arreglada en dos trenzas, sobre el nacimiento 
de una de las cuales se veia un clavel encarnado. Vestía un 
traje de muselina lijera, casi azul, del cual solo se descubría 
parte del corpino y la falda, pues un pañolón de algodón 
fino color de púrpura, le ocultaba el seno hasta la base de su 
garganta de blancura mate. Al volver las trenzas á la espalda, 
de donde rodaban al inclinarse ella á servir, admiré el envés 
de sus brazos deliciosamente torneados, y sus manos cuida- 
das como las de una reina. 
Concluida la cena, los esclavos levantaron los manteles : 
uno de ellos rezó el Padre nuestro^ y sus amos completamos 
la oración. 
La conversación se hizo entonces confidencial entre mis 
padres y yo. 
María tomó en los brazos el niño que dormia en su regazo, 
y mis hermanas la siguieron á los aposentos: ellas la amaban 
mucho y se disputaban su dulce afecto. 
Ya en el salón, mi padre para retirarse, les besó la frente 
á sub hijas. Quiso mi madre que yo viera el cuarto que se 
me habia destinado. Mis hermanas y María, menos tímidas 
ya, querían observar qué efecto me causaba el esmero con que 
estaba adornado. El cuarto quedaba en el extremo del corre- 
dor del frente de la casa : su única ventana tenia por la parte 
de adentro, la altura de una mesa cómoda ; en aquel momen • 
to, estando abiertas sus naves y rejas, entraban por ella 
floridas ramas de rosales a acabar de engalanar la mesa, en 
donde un hermoso florero de porceiana azul contenía traba- 
josamente en su copa azucenas y lirios, claveles y campanillas 
moradas del rio. Las cortinas del lecho eran de gasa blanca 
atadas á las columnas con cintas anchas color de rosa ; y 
.cerca de la cabecera, por una fineza materna, estaba la Dolo* 
rosa pequeña que me habia servido para mis altares cuando 
era niño. Algunos mapas, asientos cómodos y un hermoso 
juego de baño completaban el ajuar. 

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