jueves, 10 de mayo de 2018

MAMÁ ESTÁ EN CASA

             Mamá, mamá —llama con voz aguda—. ¿Dónde está mamá?
Siento una voz en esa casa y en mi corazón. Me llama desde el fondo de los años: Mamá está aquí, hijo. Mamá está en casa ... para siempre.
 
  MAMÁ ESTÁ EN CASA
El "¿Donde está mamá?"es un estribillo que padres e hijos reconocen al instante. Aquí mientras la pregunta llega como un eco a través de los años, damos al lector conmovedora respuesta de un hijo cuya madre vivirá siempre en su memoría y en su corazón.
Por James Mc Cracken
Selecciones del Reader´s Digest
Agosto de 1980

UNA LLAMADA telefónica a medianoche. . Mi mente emergió poco a poco de los abismos del sueño. Ansiaba volver a ellos, pero el teléfono seguía sonando machaconamente.
—James —dijo la voz en la oscuridad de la noche y desde muy lejos. Mamá se ha ido.
¿Mamá se ha ido? ¿A dónde? Recuerdo instantáneo. Vuelven a mi memoria escenas de la infancia, cuando retornaba a casa de la escuela, de jugar, de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Lo más probable es que irrumpiera por la puerta principal. No importaba quién estuviera allí, la primera pregunta siempre era:
—¿Dónde está mama?
Algunas veces respondían:

—Salió. 
Al pueblo, de compras; a la iglesia para ayudar a preparar la cena para un grupo de damas; a visitar a la señora McBride, que estaba enferma.
Sin embargo, esto no ocurría a mentido. Porque mamá siempre estaba allí.
Pero ahora ha muerto. Lo habíamos visto venir desde hacía mucho tiempo. Después de todo, tenía 96 años. Cuatro de los últimos los había pasado en cama o en silla de ruedas en una residencia para ancianos. Pero no era propio de ella partir sin despedirse de todos. "James, dale saludos a Betty. No trabajes demasiado". Antaño hubiera dicho: "Ahora tengo que despedirme. Ya es tarde. Si me demoro, enciende el horno, pon las papas a cocer y da de comer al perro". Siempre hacía estas recomendaciones. Mas esta vez se había escabullido. Ni una palabra a sus hijos, ni una palmadita, ni un beso de despedida.
Y, ¿dónde se encuentra ahora? Bueno, si alguien está enfermo en el cielo (¡pero eso es imposible!), allí la verán, sentada junto a la cama estrechando una mano o refrescando la frente febril con un paño húmedo. O si a alguien le duele la soledad, mamá habrá ido a hacerle compañía. O tal vez esté hablándole al Señor de su maravilloso mando y de sus -eis hermosos hijos.
__¿James¿
Volví a la realidad.
—Sí, sí Martha.
Mi hermana Vive en lo que fue nuestro hogar.
—¿Cuándo vendrás?
—Hoy, por supuesto. Como hay más de 500 millas (800 kilómetros) de Connecticut a Sewickley (en el estado norteamericano de Pensilvania), llegaremos algo tarde. .
La llamada concluyó. El silencio. podía palparse. Del reloj eléctrico que estaba junto a mí salía un zumbido leve que nunca había notado. Los latidos de mi corazón me llegaban hasta los oídos.Ñada más. Mi madre había muerto y el mundo dormía. Encendí una lámpara y eché un vistazo al reloj. Eran las 3:40 de la madrugada. Miré a mi mujer. Tenía los ojos abiertos.
—¿Tu madre? —insinuó con voz queda.
—Sí.
Nos levantamos. Mi esposa me abrazó, me besó, y murmuró algo suave a mi oído.
—Si no te importa —dije—, me agradaría ir en automóvil. En adelante no vamos a volver muy a menudo. Me gustaría ver los montes Alleghanys otra vez, y recorrer la autopista de Pensilvania.
Ella asintió con la cabeza. Por alguna razón, siempre comprendía.
No tenía objeto que nos volviéramos a acostar. Hablamos de mi madre, de mi padre, muerto unos años antes. De una familia de ocho personas, quedaban cuatro: Jean, Herbert, Martha y yo. Nos separaban grandes distancias y rara vez nos veíamos. Esta iba a ser una reunión de familia.
Cerramos la casa y partimos.
 Cruz en llamas
UNA FAMILIA de raza negra vivía frente a nuestra casa. Se apellidaba Butler. El señor tenía una heladería y la familia, tan numerosa como la nuestra, vivía en la parte alta de la tienda. Basil Butler era dos años menor que yo. Podía correr y jugar a las canicas. Eramos amigos íntimos. Tan íntimos, en realidad, que un hermano mío me dijo un día,' señalando una oscura marca de nacimiento en mi cuello.
—¿Ves esa marca de color castaño en tu cuello?
Me llevó frente a un espejo. El lunar tenía dos centímetros de diámetro.
—¿Sabes por qué te ha salido eso? —mi hermano era un bromista y yo muy joven entonces para advertirlo—. Juegas tanto con Basil, que te estás ennegreciendo.
Lo miré pasmado. Cinco hermanos, un padre y una madre, todos blancos. ¿Yo de color?
-Dónde está mamá?
La encontré planchando. Las planchas se calentaban   en el horno de nuestra cocina.
—¡Mamá! ¡Mírame el cuello! Me estoy ennegreciendo. ¡Voy a ser negro como Basil Butler!
Sus ojos se dilataron.
—¿Quién te dijo semejante tontería? ¿John?
Conocía a sus hijos.
—Sí. Me aseguró que por jugar tanto con Basil voy a ser también negro.
Mamá se sentó. Me atrajo hacia ella:
—¿Has notado alguna marca blanca en la piel de Basil ?
Sorprendido por la pregunta, reflexioné:
—Por lo que he visto, no. ¿Le pregunto si las tiene? Tal vez no lo haya notado.
—No, tonto —sonrió marná Basil no va a convertirse en blanco por jugar contigo, ni tú en negro. Ese lunar es de nacimiento. Tu abuela tenía uno igual. Puede que tus nietos lo tengan también.
Se levantó y siguió planchando.
—Juega con Basil. Es tu mejor amigo. Nunca pienses en el color de la piel. Voy a hablar con John. ¡Dios mío!, esta plancha está ya muy caliente. Ve a buscar a Basil. Yo hablaré sin falta con John.
Debe de haberlo hecho, puesto que mi hermano, nunca volvió a tocar el tema.
EL CEME'NTERIOde Sewickley está en una colina que domina el pueblo. Un día comenzaron a circular rumores. Esa noche, a eso de las 9, teníamos que mirar   hacia el cementerio. ¿Fantasmas, No importa. mirábamos, El rumor corrió.
Llegó la noche y con ella la oscuridad. Era verano. Nosotro aguardábamos en el patio. Los insectos zumbaban en nuestros oídos. la  gente andaba por las aceras o  esperaba en los patios de sus casas con la mirada fija allá arriba, en cementerio. Llegaron y pasaron las 9. Vi a la familia Butler en las ventanas de su casa.
De pronto se alzó una llamarada amarillenta en lo alto de la colina. Quedamos atónitos. Era una cruz en llamas. Conocíamos su significado: el Ku Klux Klan. En eso sentí las manos de mi madre en los  hombros. Temblaban. Mamá estaba asustada , Asustada, como yo. Pero no, no era miedo.
—Es un ultraje —repitió una y mil vez.
Las llamas se apagaron. Nos sentamos en el porche de la casa a cuchichear. Mi madre estaba furiosa,  Mi padre intentó calmarla. La quema de la cruz era censurable, pero él juzgaba el incidente menos apasionadamente que mi madre.
Nuestra casa estaba en la calle principal del pueblo. Era un placer vivir allí. Se oían los cascos de los csballos que tiraban de los carruajes y carretas; se oía pasar a los amigos por la acera; se oía el ruido de unos pocos Íautomóviles. Fuera de esto, quietud, pues era Aquella una época tranquila.
Pero esa noche andaba por allí Un numero poco común de gente Que comentaba lo ocurrido. Se alzaba en la noche una voz estrídente, que luego se desvanecía.
Desde el porche observábamos y ecuchábamos. Luego callaron las voces. La gente señalaba calle abajo. Por la calle subía un hombre vestido de túnica y capucha blancas. Llevaba una antorcha. Tras él, otra figura de blanco y luego otra y otra; quizá una docena, en fila india y silenciosamente.
De pronto mamá saltó de la silla. Oímos sus pasos en la acera. Un ruido de cólera. Al" llegar al borde de la acera se detuvo y observó. Luego habló. Su voz era tranquila, pero temblaba de indignación:
—No sé quiénes son ustedes, que se esconden bajo esas ignominiosas sábanas; pero. estoy segura de que los conozco a todos. Converso con ustedes en la calle y en las tiendas. Hasta en la iglesia. Y ahora les digo: No son más que unos cobardes. ¡No hay un solo hombre entre todos ustedes!
Se volvíó y corrió acera arriba. Entró a casa pisando con fuerza. La puerta principal se cerró como un balazo que perforara el silencio. Nosotros, desde el porche, sentimos admiración, temor y orgullo. El desfile terminó y la calle quedó desierta.
 HABRÁ ALGUNA MANERA
 MI MENTE saltó hasta Sewickley, población de 5.000 habitantes enclavada 20 kilómetros al noroeste de Pittsburgo. Allí nacimos los seis hermanos. Recuerdo los cálidos anocheceres estivales en el porche de nuestra casa. Mi madre se mecía suavemente en la hamaca. Mi padre fumaba en pipa en su silla favorita, una mecedora. Sentados allí veíamos pasar a los vecinos.
Mi padre había emigrado de Irlanda cuando tenía sólo 16 años. No conocía a nadie en Estados Unidos; pero sabía que allí se le iban a presentar oportunidades que no encontraría en su patria. Vino, pues, en un velero. Corría el año 1880, en una estación de violentas galernas con olas más altas que los mástiles. La tormenta arrancó el timón y el buque quedó al garete. Un carpintero que iba a bordo hizo con la ayuda de unos pocos un nuevo timón, precario sustituto del original.  
El velero era viejo, torpe y, para colmo, hacía agua. Las semanas formaron un mes, luego. dos. La comida se tornó rancia y la gente enfermó. Algunos murieron. Pero se completó la travesía. Mi padre fue a inmigración, su primer escalón hacia la nacionalidad norteamericana.
En aquel entonces Pittsburgo era una urbe floreciente, ávida de placeres. El hollín, el polvo, la mugre y los pulmones ennegrecidos pregonaban que en ella había dinero. Mi padre se colocó allí como cochero de un magnate de la industria del hierro. ¡Tenía trabajo!
Algunos años más tarde, llevó al magnate a su oficina, en una gran acería.
—George, ¿nunca has visto un horno de hogar abierto? —preguntó el hombre.
—No, señor, nunca.
—Entonces, ven conmigo. Te voy a mostrar la primera etapa en la fabricación del acero.
Se abrieron paso a través de la nieve hasta un edificio bajo y largo de ladrillo rojo. A intervalos la fachada tenía puertas de hierro, enormes y ennegrecidas, frente a cada una de las cuales charlaban dos o tres hombres harapientos. Un techado de hojalata los protegía de la lluvia y la nieve, pero no del frío brutal.
—Esos son los hornos —dijo el patrono—, en cualquier momento una de esas cuadrillas va a hacer una nueva hornada. Ven, vamos a observar.
Como obedeciendo una orden, un individuo del grupo más cercano se acercó a la enorme puerta de hierro que estaba frente a él
y con una barra en forma de gancho la abrió de golpe. El interior del horno parecía el infierno en una mañana muy fría. Los obreros tomaron unas palas de largos mangos y empezaron a alimentar a la' bestia voraz con carbón, mineral de hierro, magnesio y otros minerales.
Se quitaron el abrigo, la chaqueta, un suéter, la camiseta. En unos minutos quedaron desnudos hasta la cintura. Sus cuerpos sudorosos brillaban con el resplandor del horno. Por fin el fuego tomó forma y la bestia quedó saciada momentáneamente. Los hombres recogieron su ropa, todavía sudando a chorros. Hasta la próxima carga, su trabajo había terminado. En cuestión de instantes la abrasadora temperatura bajó a 12° C. bajo cero.
La traspiración se les congelaba en el cuerpo mientras se acurrucaban junto a la puerta del horno. La enorme puerta irradiaba un po- quito de calor, sólo un poquito.
—¡Señor —dijo por fin mi padre—, creo que van a morir de pulmonía!
—Muchos mueren de hecho, George, pero hay quien los supla.
Cuando mi padre contaba la anécdota, se notaba por el tono de voz que le intrigaba el episodio y que le provocaba admiración. Aquel hombre, el del hierro, era fuerte. Estaba levantando Estados Unidos, y una fortuna para él. Mi padre era gentil y apacible, de profundas raíces irlandesas. El único provecho que obtuvo de la, vida fue una familia y respetabilidad.
Eso fue todo, pero le bastaba.
Mis padres se casaron el 10 de noviembre de 1896. El nombre de soltera de ella era Anne Eliza Vance. Era menuda, pulcra y bonita; tenía el pelo negro, dividido por la mitad como se acostumbraba. ¿Sus ojos? Azules: del tinte efímero y evasivo de un azulejo.
Sus progenitores habían nacido en Irlanda. Mi abuelo llegó a ser jefe de jardineros de una enorme propiedad en el elegante extremo oriente de Pittsburgo. Cultivó dalias altas y jactanciosas, y sus verdolagas adornaron los senderos de sus jardines de piedras. Bajo el ejemplo paterno, creció el gusto y la gracia de mi madre, y las flores llegaron a ser también para ella su pasión. Las rores y la familia. A todos nos amaba, Y bajo sus cuidados prosperamos.
Muchos de los que, amasaron grandes fortunas en Pittsburgo se instalaron en Sewickley, en la zona llamada de los Altos. Se formó una sociedad de castas. Ellos vivían en los Altos de Sewickley; nosotros, los vecinos del pueblo, habitábamos en el valle. En mi época, los dos grupos rara vez estaban en el mismo pie de igualdad.
Cierto que nunca caímos en una pobreza penosa, pero teníamos poco dinero. A diferencia del común de hoy que expresa: "Eramos pobres, mas nunca lo supimos", nosotros lo fuimos y lo supimos. Nosotros en el valle; ellos en los Altos.
Siempre soñamos en que algún:día, algún día ... Nuestra madre alimentaba esa esperanza.
Sus palabras encierran hoy tanta determinación como el día en que las pronunció: "Si papá y yo pudiéramos ayudarlos de alguna manera, lo haríamos, bien lo saben; pero también saben que no podemos. No tenemos dinero. Mas si tienen fe y decisión llegarán a la universidad por su propio esfuerzo. Deben instruirse".
Pequeño milagro
BAJO LOS neumáticos del automóvil corren los kilómetros. A medida que avanzamos, encabezamos una procesión. No una procesión fúnebre, que esta vendría en uno o dos días. Era una procesión de recuerdos atrás y adelante de nosotros. Hemos pasado por este camino muchas veces, y hablamos de sucesos  triviales. ¿Recuerdas que por aquí se nos pinchó un neumático? Poco después de casarnos, cuando vivíamos en Sewickley, íbamos a Nueva York en Navidad a pasar unos días con los padres de Betty; o, cuando residíamos en Nueva York, íbamos a Sewickley los días festivos o los aniversarios de familia.
Aniversarios. Sonreí al pensar en ellos y me volví hacia mi esposa: —Betty, ¿recuerdas las bodas de oro de mis padres?
¡Vaya si lo recuerda! Mueve la cabeza maravillada.
Tanto los familiares que vivían lejos como los que estaban cerca, se habían reunido para el gran día. Saludaban a papá con palmadas en el hombro y besos, y a mamá con besos y abrazos. Y llevaban regalos. "¡Oh!, querida, no deberías haber hecho esto. Es demasiado'.
Durante la primera parte del día la cocina hirvió de actividad. Y mi madre también. Cualquier día de fiesta, cumpleaños u otro aniversario significaba comida, montañas de comida. "¿Ir a un restaurante a cenar? ¿Nuestra cena de aniversario? De ninguna manera".
Mamá revolvió, batió y coló ingredientes. Los aromas de 20 platos distintos se difundieron por toda la casa. Era su fiesta. Años atrás había preparado para nosotros miles y miles de comidas. Ahora volvía a hacerlo.
Recorrimos la casa hablando entre nosotros de tiempos pasados. "Recuerdas cuando ..." Mi padre, en su silla, escuchaba o vagaba en la bruma de sus propios recuerdos. Ya pasaba de los 80. El trabajo y los años lo habían hecho aflojar el paso. "¡Oh!, sí", solía responder. "Sí, recuerdo".
Se oyó un tintinear en el comedor. ¿Una campanita para llamar a cenar? Mamá nunca la había usado antes. En ese instante apareció en el vano de la puerta con una campanita en la mano. Era de plata, pequeña.
—Fue de mi madre —anunció sonriente.
¡Ah, sí, por supuesto! Años atrás la campanita había aparecido en la mesa en ocasiones muy especiales.
—Vamos ya. La cena está en la mesa. Ven a cenar, papá.
Los que se hallaban cerca de la puerta siguieron a mi madre al comedor. Esperamos de pie en torno de la mesa. Todos estábamos allí, menos papá.
—¡Padre! —llamó mamá—. Te estamos esperando.
Pero no acudió. Alguien volvió a la sala. Un jadeo:
—¡Papá!, ¡papá!
Corrimos en tropel a la sala. Allí estaba, en su silla, con la cabeza inclinada hacia un lado. No podía estar dormido con todo ese ruido. ¡Dios mío! No puede ... en el día de sus bodas de oro. Uno de mis hermanos corrió a su lado y le puso los dedos a ambos lados del cuello.
—El pulso es firme. Probablemente débil.
—Que alguien llame a un médico. Lo llevamos hasta el sofá. Mi madre se inclinó sobre él, lo observó y lo besó en la mejilla; luego se irguió:
—Pasemos todos a cenar, por favor.
La miramos y nos miramos unos a otros. ¿Qué le había pasado? ¿Había perdido contacto con la realidad?
—¡Mamá! —observó Andrew—. ¡No puedo sentarme a cenar mientras papá yace allí! ¡Voy a llamar al médico!
Mi madre le cerró el paso.
—Papá estará bien. Por favor.
Y nos hizo pasar al comedor.
Era como una escena de locura en una pieza teatral de dementes. Nuestro padre había tenido un ataque cardiaco, un derrame cerebral, una apoplejía, o lo que fuera, e iba a morir mientras estábamos sentados a la mesa del comedor. Pero entramos. De pie ante nuestros asientos, intercambiamos miradas de preocupación. Algunos tomamos asiento. Los otros nos imitaron.
La silla de papá estaba vacía. La de mamá también. Así que allí quedamos, con la mirada fija en el pavo, el jamón, el puré de papas, los guisantes, las zanahorias, el pan.
"Tenemos que hacer venir a un médico".
Alguien hizo el intento de abandonar la mesa... pero permaneció en su lugar.
Escuchábamos la voz de mamá, suave, canturreante. A través de ella parecía estar haciéndole el amor. Ella se enderezó después de haberse hincado junto al sofá. Luego otro sonido.
"Debo haberme quedado dormido", musitó papá. Tras un momento apareció, pálido y con las piernas temblándole un poco. Mamá se hallaba a sus espaldas, rodeándole ligeramente la cintura con los brazos.
Lo condujo hasta su asiento, a la cabecera de la mesa. Y él pidió a Andrew que bendijera la mesa.
Todos sentimos que se había realizado un pequeño milagro. Nuestra madre, parecía, había levantado a Lázaro de su tumba. Miré a papá. El color ya retornaba a su rostro; estaba sirviéndose comida. Sin duda, un milagro.
Mucho más tarde, mamá, Betty y yo pasamos a la sala. El resto se había marchado a un motel o a la casa de algún amigo. Mi madre parecía agotada, pero sonreía. Había sido un maravilloso día. Para satisfacción de todos se había decidido que lo de papá era sólo un desmayo. Las voces, la emoción, los abrazos ... resultaron demasiado para él. Simplemente se había ausentado un rato de la reunión. Pero, ¿cómo lo supo ella ?
—Mamá —pregunté por fin—, ¿por qué no nos dejaste llamar al médico?
Siguió un largo silencio. —Tenía miedo.
Betty y yo nos miramos. Su respuesta no tenía sentido.
—¿Miedo de llamar al médico? —quise saber—.¿ Y si a papá le hubiera ocurrido algo terrible... un derrame cerebral, por ejemplo? —De eso precisamente tenía miedo, supongo —fijó sus ojos en mí—: Y si el médico hubiera venido, lo habría mandado al hospital. Se lo hubieran llevado en una ambulancia ... tal vez para siempre ... Su voz,iba apagándose.
Que nosotros sepamos, papá nunca volvió a desmayarse. Ni una ocasión en los 93 años de su vida. Mi madre se ocupó de que así fuera.
El tanto de mamá
SEGUÍAMOS conduciendo hacia casa, el hogar de mi madre.
—¿Por qué sonríes? —me preguntó Betty.
Sur pregunta me sorprendió. ¿Sonreía? ¡Oh, sí! Estaba pensando en algo. En la época en que uno de mis hermanos mayores jugaba en el equipo de fútbol de la Escuela Secundaria Sewickley. Los pocos aficionados se alineaban cerca del borde del campo para seguir mejor la acción y para que los jugadores los oyeran vitorear.
El equipo de Sewickley había retrocedido hasta su portería, para obtener un tanto sus jugadores tenían que correr casi 100 metros. Era una situación desesperada. De pronto, la figura que llevaba la pelota se separó velozmente del grupo y comenzó a correr hacia el otro extremo del campo. ¡Era mi hermano! Al instante salió de entre la multitud otra figura que empezó a correr a su lado con las faldas levantadas.

En un paroxismo de alegría y orgullo maternal, mamá recorrió los 90 metros por el borde del campo y llegó a la meta unas cuantas yardas detrás de mi hermano. ¡No llevaba pelota; de lo contrario, se habrían logrado dos tantos! De haber sabido cómo se regocijan hoy los que marcan esos tantos, creo que le habría quitado la pelota a mi hermano para "clavarla" en la meta. Su vitalidad y entusiasmo no tenían límites.
Tiesos y cansados tras .el largo viaje, salimos de la carretera y detuvimos el auto. Nos apeamos para estirar las piernas y contemplar las colinas, que parecían azules en la niebla.
Mis Ojos se alzaron hasta la línea más distante del horizonte, hacia el norte. ¿Será esa la montaña Nittany, sede de la Universidad del Estado de Pensilvania, de la que John fue alumno y donde, con una capacidad de que pocos atletas gozan, desperdició el tiempo y las oportunidades? Andrew estudió en Amherst (en el estado de Massachusetts); Herbert en la Universidad de Pittsburgo; John en la del Estado de Pensilvania y yo en el Colegio Alleghany, en Meadville (Pensilvania); Andrew se graduó y con el tiempo obtuvo un doctorado en la Universidad de Chicago. Llegó a ser ministro de la Iglesia Congregacional y luego director de publicaciones de la misma. Hombre ilustrado. Herbert destacó en el aula y en el campo de juego. En algún momento contribuyó a fundar una gran empresa editora de revistas. ¿John? Fue la suya una larga marcha cuesta abajo, desde la Universidad del Estado de Pensilvania hasta la desintegración y la muerte por cáncer a los 52 años. Jean se graduó de maestra, luego se casó y fundó una familia. Otra hermana, Martha, se quedó en casa. Nunca salió de Sewickley. Se casó, se divorció, crió un hijo y lo vio morir. Yo llegué a ser redactor de una revista. Todos hijos de buen padre y de madre intrépida.
Una familia sin dinero, hijos de un inmigrante irlandés. ¿Cómo lo conseguimos? ¿Cónio pudimos ir a la universidad? Madre. unapalabra. Una mujer. Por medio de sus hijos conquistó el medio en que vivía, su mundo. El universo de papá era pequeño. . Habría quedado satisfecho si hubiéramos ido a trabajar a la acería de Pittsburgo y entonces, tal vez, abrirnos paso allí. Hubiera sido un trabajo honrado, ¿no? Eso ocurría antes de los días de la asistencia social. Trabajar o pasar hambre. Trabajo pesado, honrado. Fue todo lo que conoció mi padre. Trabajar duro. Ser honesto. Ese era el camino del éxito.
No para mamá. Deben ir a la universidad, insistía. Deben hacerlo. No tenemos dinero. Tendrán que ir y mantenerse con sus propios medios. 'Trabajar de camareros, ¡ugar al fútbol, lavar platos, hacer cualquier cosa, pero tienen que ir a la universidad. Y así lo hicimos.
 Por fin en casa
EL DÍA de Año Nuevo la Asociación Cristiana de Jóvenes estaba abierta para todos y se realizaban partidos de baloncesto y carreras de natación. Cuando era niño practicaba la natación y, la verdad sea dicha, no lo hacía mal. En otras palabras, podía mantenerme a flote, agitar los brazos, golpear el agua con las piernas e ir de un extremo al otro de la piscina. La Asociación organizaba pruebas para nadadores de todas las edades y tamaños. Sabía que podía ganar la mía, la de los "enanitos" de ocho. años.
El 31 de diciembre me acosté temprano para descansar. Sin embargo, en vez de hacerlo, convertí el lecho en montículos y olas para practicar las brazadas. Al día siguiente hubo partidos de baloncesto, exhibiciones de gimnasia, bizcochos y ponche.
Por fin llegaron las pruebas de natación. El público se aglomeró a ambos lados de la piscina. El calor y la humedad eran abrumadores. Nuestra carrera fue la primera. Nos pusimos en posición, tres niños a cada lado del trampolín. Mi madre me saludaba con la mano Y sonreía.
"¡En sus marcas! ¡Listos! ¡Fuera!", anunciaron.
Me zambullí, v a los tres metros yo iba adelante. Seguía a la cabeza a los diez. Pero en ese momentotragué agua. Comencé a toser. Tragué más agua y por el rabo del ojo vi cómo me rebasaban mis cinco adversarios. En los seis metros finales llegué no sólo hasta el fondo de la piscina, sino hasta el de mi alma. ¡Había perdido! ¡Había llegado el último!
Volví a casa. La encontré vacía, silenciosa; sólo se oían mis sollozos y resuellos.
Se abrió la puerta del frente. Mamá se detuvo en el vano de la puerta y me dijo:
—Estoy muy orgullosa de ti. ¡Orgullosa de mí! No había visto mi derrota ante unos niños que apenas podían nadar.
—Estoy orgullosa de ti porque terminaste la carrera. Te sobraban motivos para claudicar, pero no lo hiciste. Terminaste la carrera.
Su amor reanimaba cuerpos magullados y espíritus ofuscados. Tenía una luz interior que no se extinguía, cualesquiera que fuesen las tribulaciones o los afanes. Madre, madre, nunca nos abandonaste. Salvo en las tormentas de truenos. Cuando los chubascos rodaban valle abajo y los relámpagos estallaban, sabíamos dónde encontrar a mamá: en el rincón más oscuro de la casa.
Si no estaba allí, mirábamos tras el toallero giratorio de la cocina. La toalla no la cubría por completo, pero ese era su refugio privado. Como el pollito corre a cobijarse bajo las alas de la gallina, mi madre corría hacia el toallero.
Cuando la tormenta amainaba, salía de allí y se sentaba unos instantes. Entonces recobraba la energía. ¡Fuerza! Tenía cosas que hacer. Se levantaba de la silla, indemne, impávida, lista para reanudar su actividad. Había pasado el momento de debilidad.
Quedaban a nuestras espaldas muchos kilómetros. El día llegaba a su fin y el Sol palidecía tras el parabrisas. Las poblaciones pasaban volando. Yo no quería que se fueran. ¡Había en ellas tantas remembranzas! Los buenos tiempos y los buenos amigos de esas poblaciones.
Por último, Sewickley. El hogar. La jornada había terminado. Betty y yo estábamos fatigados. Reduje la velocidad cuando entramos en la calle Beaver. Nos esperaba mucha actividad. La gente, las condolencias... Pronto íbamos a llegar y saludaríamos, diríamos cosas apropiadas, encontraríamos a viejos conocidos y vendrían las reminiscencias. "Recuerdo una vez, cuando tuve un fuerte resfrío", suspiraría alguien, "y tu madre vino y .. ."
Algunas de las casas que conocí cuando muchacho estaban todavía allí. Reduje aun más la velocidad pues nadie me seguía. Allí, junto a donde ahora se alza una gasolinera, aguardaba nuestro hogar. Puedo ver todavía los viejos ladrillos, cubiertos por varias capas de pintura entre blanca y amarilla. Un chiquillo llega corriendo y sube al porche de dos en dos escalones. Abre la puerta de un empujón y se detiene en el vestíbulo.
Mamá, mamá —llama con voz aguda—. ¿Dónde está mamá?
Siento una voz en esa casa y en mi corazón. Me llama desde el fondo de los años: Mamá está aquí, hijo. Mamá está en casa ... para siempre.


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