domingo, 27 de mayo de 2018

XVIII-XXII RECORDACION FLORIDA



CAPITULO XVIII
De las antiguas fortalezas en que se mantenían en modo militar los indios  Mames de Huehuetenango y pueblos sujetos al gran Cacique Lahuhquieh.
MARGINALES. El gran cacique LAHUHQUIEH de los mames levanta la estupenda for­taleza de SOCOLEO. — Descripción del sitio. — Motivos de su erección. — No hay noticia sí estos en sus castillos se resistieron a nuestras armas. — Profundo foso que ciñe esta defensa. — Puerta principal a la plaza. — Banca y parapeto sobre el pretil del foso. — Gran lienzo del antemural a la frente, y ruinas de los costados. —Continúa prolongada con troneras anchuroso atrio solado de argamazones finos, con unas columnas que rematan en capitel donde ardía de noche cantidad de tea— Otros lienzos de muralla en varias partes del sitio. — Cuatro graderías que rematan en punta y cuatro cubos. — El gran Castillo o Caballero alto, que remata una sufícíente plaza de armas. — Varías veces intentó el autor subir al Caballero alto, con otras personas, sin conseguirlo, hasta que los guió un indio intérprete general. —Como corren los alojamientos. — Fortalezas de el lugar de TOLOH que llaman TOHTANAN. — Demostración de los castillos de Chíalchítán. — Otros castillos en lo de Uzpantlán. — Planta regular de la Fortaleza y Castillo de Gueguetenango.
Mucho sin duda fué el poder de los caciques 'de aquella gentilidad y mucha sin duda la numerosidad de los indios que los obedecían y obsequia­ban; pues vemos máquinas erigidas por los bosques y las desiertas campiñas que acreditan tanta verdad y certidumbre, en qué tiempo de operación sin largo gasto de los días, ni con cuanta numerosidad de peones y aun de artífi­ces inteligentes se ejecutó tanta importancia de defensas y fortalezas, no es fácil ni posible averiguarlo con certeza, mas si lo que por muy notorio y muy patente es casi inescusable á nuestro asunto; puesto que no vanamente ni sin intento, necesidad de la conservación y seguridad de los súbditos. El gran cacique Lahuquieh, que lo era de grande y estimable territorio de Huhue­tenango, levantó regularmente una escelente é insigne fortaleza (como de­muestra la planta de su gran vestigio) sobre las márgenes del río de Socoleo, Está á la parte de occidente del lugar de Huehuetenango; un largo término de llanura que dilatado, á espacio circunferentemente de doce millas, hace apacible su camino pequeños bosques derramados de excelsos pinos y robus­tos que se producen en esta amenidad de su planicie con la dulce frescura de un arroyo que corta y atraviesa, su gran dilatación, y casi al término de esta campiña hacia la parte setentrional de su llanura, sobre la vega y mar­gen de Socoleo, que corre en lo profundo y lo caído de una mediana barranca; pero pendiente é impertransible, yacen las ruinas de más que gran vestigio de los que llaman edificios y es ciudadela ó fortaleza de los indios antiguos de la estirpe Mame, edificada á los esmeros de mucho costo y de arte muy seguro y regular, contra las invasiones y acometidas de la nación del Quiché, á impulsos y el fomento de sus, reyes, de que dimos noticia en la Primera parte de esta historia, y en el libro sétimo, capítulo cuarto de esta segunda parte, tocante la última guerra que les *movió' Kícab-Tanub, rey del Quiché;
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que también debelando toda la parte de Soconusco desde sus primeros prin­cipios por este lado con muy frecuentes acometidas y disensiones sucesivas, trajeron en continuado movimiento á aquesta estirpe de los Mames, sin otro pretexto de justa guerra que. quererlos dominar, usurparles sus tierras y su Estado á el fin de engrandecer el suyo, como no pasando muchos años después de los primeros al establecimiento de estas coronas y cacicazgos, lo dominó el rey de Utatlán á poca costa, manteniendo los castillos y fortalezas con gente suya, hasta la entrada de nuestras armas españolas. Si en esta forta­leza que vamos á describir se resistieron á nuestros castellanos, bien lo de­clara un cuaderno manuscrito de Gonzalo, de Alvarado que me comunicó Don Nicolás dé- Vides y Álvarado cura-de Opico, su descendíente, por donde escribiremos la guerra que nuestros españoles hicieron á los Mames, pasando ahora á decir la forma regular con que mantiene no solo su diseño aquesta insigne antigualla, sino gran parte de su fábrica, que yace plantada en la parte que advertimos, cercado gran contorno que abraza y ciñe toda esta célebre erección de profundo foso á modo de barranca, pareciendo mas ser obra de la manufactura de gestadores que de la propia naturaleza, por que al sitio solo se le halla una entrada estrecha y muy ceñida á cuanto puede ocu­par el pasage de un ~ginete, y ésta directamente mira al Norte. Corre desde la entrada á diestra mano una banca y parapeto edificados sobre el pretil del foso, por grande distancia de aquel costado, que prevalece en pié por su ma­teria de piedra y cal; pero al frente de la puerta se ve un admirable vestigio se demuestra ser lienzo de antemural, y á su costado de la siniestra mano gran número de ruinas que casi informes unas y otras en estado del cimen­tage, aun no dan muestras de su oficio, y corren circunferentemente por todo el ámbito de aquel sito; después de aquel arruinado antemural se mues a en pié una gran cortina ó lienzo de muralla con sus troneras, y después de ella, en la parte esterior é interior, se ve un atrio anchuroso solado todo de arga­mazones finos, unas robustas columnas que rematan en capitel, donde de parte de noche alplícaban gran cantidad de tea que ardía continuamente para esclarecer el contorno y se subía á ellas por graderías; después de esta pri­mera muralla se ve otra en frente de ella á la parte de mediodía, otra á la del levante, correspondida de igual defensa á la que mira al occidente, y dentro de esta máquina cuatro graderíos en cuadro que rematan en punta cortada estrechos estas gradas con cortinas y parapetos, y cuatro cubos cada uno que á cuatro ángulos daban defensa y asistencia á los costados de aquellos cas­tillejos; mas toda esta agregación de defensa parece que se reducía y ordenaba á los resguardos y seguridad de un gran castillo, fortaleza principal ó caballero alto de aquella estendídísima y gran defensa; se elevaba esta profundidad que llamamos caballero alto como once ó doce varas sobre su pavimento, á la eminencia de su plaza de armas, que podrían cubrir cuarenta infantes, á diez por cada lienzo de su cuadro, y más crecido número de flecheros en la segunda grada, yendo así en crecimiento hasta la primera de su pavimento, formando una piña de defensores. Corre esta (primera gradación por cada lien­zo, como una cuadra, y á trechos quedan cortadas estas gradas con cortinas y parapetos; con que así por el arte y formación de su edificio á modo de laberinto, como por la muchedumbre de defensores que cubrían los puestos
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 de su gradérío, parece cosa inéspugnable y de valientísima resistencia. Intenté varias veces en compañía de Don Pedro de Quevedo Cevallos, y otras personas, subir al caballero alto y nunca lo consiguió la diligencia, por los impedímentos y cortaduras que le fabricó el arte, hasta que un indio intérprete general nos fué guía y conductor (como el hilo de Teseo) para entrar á. su plaza de armas. Serán á lo que puede acordarse nuestra memoria y consideración, como veinte y ocho gradas las que se suben por esta admirable fortaleza, y hoy prevalece toda en pié. No carecía este castillo de alojamíentos, por que hay algunos que muestran parte de su cubierta, y se plantaron unos en forma prolongada, y otros de figura rotunda. Están así los alojamientos que referimos como las defensas, `disturbios en muy buen órden y proporción, y entre cada tres ó cuatro de estas fábricas, se ve su atrio en cuadro solado de argamazones finos de cal, y en la mitad del atrio una columna ó faro de las ya advertidas, para hacer el concurso visible y la comunicación tratable, es en el principal castillo toda la piedra labrada y canteada, y por una que desportillé ó se desengañó de la trabazón de las otras se conoce son de mucha grandeza y proporción; por que esta desunida que decimos se manifiesta tiene tres varas de largo y algo menos de vara por lo ancho; esto es lo que advirtió nuestro cuidado y diligencia, y lo que mi incuria en el arte de dibujar que no aprendí, pudo diseñar en la estampa, por que sin renta ni fomento para tanto asunto, ni puedo costear la ocupación de los pintores ni otras cosas que para ello son necesarias.
Pero habiendo otros castillos en otras partes, señalaremos por los que más se demuestran y hacen patentes, los que respecto de los ya descritos se advierten y reconocen al Oriente y á la parte setentríonal del pueblo de Tohoh, como á distancia de una legua de él, que yacen entre inaccesibles y profundísimas barrancas, y estos edificios se ven tan arruinados y destruidos que no dan materia á su descripción regular, mas sin embargo dan muestras de grande y considerable vestigio; por que sus cimentages son repetidos en gran dilatación de terreno, y es conocido el sitio de su asiento en el idioma Mame, con el pronombre de Tohtanan, que en nuestro castellano quiere decir dentro del pueblo, ó por que acaso en su antigualla fuese tan grande y crecido el de Tohoh, que ahora es bien corto, que llegasen sus goteras á aquellos muros, ó para denotar la cercanía de aquella fortaleza á su lugar. Otras sin estas que ya dejamos descritas se manifiestan y representan en las campañas de Chialchitán, que por la cumplida regulación que en algunas se mantiene, parecen de poca consideración y poca monta, mas en su 'modo y en su usanza serían de gran reparo y seguridad; son muy repetirías y en esta forma:
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Sin otras de que no me acuerdo, y mucho cimentage y grande ruina que rueda y que se encuentra por e1 contorno; pero si llegaren á tiempo los diseños que esperamos de las demás, que están pedidos del Rev. ,, P. Provincial de la Merced, haremos la demostración de ellos que deseamos. Otra admirable fortaleza se halla en el progreso del camino de aquellos pueblos confinantes á la Alcaldía mayor de la Verapaz, que son los del partido de Sacapulas ya advertidos, de admirable y regularísima planta, aun mucho más 'que otras que en toda la grande estensión del reino ostentan en parte subsistente y en sus ruinas, la mucha autoridad de su respeto militar; por que de aquesta que apuntamos de Sacapulas he oído á caballeros de mucha comprensión de este arte adquirido en muchas campañas, que aun los ingenieros modernos no perfeccionaran tanta y tan esmerada defensa, y hoy siente nuestro deseo no haber levantado la planta del tan insigne y esmerado reparo de Uspantlán, por que á lo transible de un camino ni es fácil ni posible el espacio que pide tanta obra, y por donde á la conquista de Uspantián pudiera dar á entender esta defensa mejor que yo espresar la inmensidad de su trabajo, los muchos y superiores que padecieron nuestros valientes españoles. Perdóneme su fama lo que no alcanza mi pluma y mí posible, que mi cuidado y mi deseo es noticiar al orbe de sus glorías; y por que parece se ha dilatado el discurso de este capítu'o, no quedando otra cosa que sea notable, y digna del asunto, proponiendo el diseño y planta regular de la fortaleza de Huehuetenango, pasaremos con el favor divino á la descripción del Corregimiento de Quezaltenango, después de referir en el siguiente libro los accidentes políticos de Goathemala.


.CAPITULO XIX
De la la conquista de la gran provincia y nación de los indios Mames que ocuparon el territorio de las dos jurisdicciones de Quezaltenango y Huehuetenango, aparte del que ocuparon los Achies.
Auméntanse las monarquías cuando la infelicidad y desgracia hacen recuerdo de unas coronas, y la fortuna propicia hace memoria de otras, siendo preludío cíerto de la desgracia'de ellas, la feliz suerte con que triunfaron de muchas. Pero si es achaque de lo temporal la poca fijeza con que ,procede en todo, díganlo tantos ímperíos destruidos, donde la ¡Providencia ha esculpido tristes memorias en sus ruinas, para desengaño notorio de las seguridades humanas; así el Señorío dé la nación de los Mames, que desde el despojo que le hizo de sus tierras Don Kícab, Rey de Utatlán, señoriando aquel país de los serranos Mames Lahuahquieh, cuyo suceso escribiremos  adelante; y este advertido de sus fortunas adversarias, se retiró á-la aspereza de la Sierra.
No solo no vio el semblante de las desgracias desde entonces; pero manteniendo  guerras por todos los confines de sus países, entendió su señorío hasta
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introducir sus armas por la provincia de Tezulutlán, derramando sus milicias por todo el territorio del Norte, con prosperados y memorables sucesos, dejando erigidas por todas partes para padrón inmortal de sus victorias, grandes y regulares fortalezas que hoy en más que maquinosos vestigios de ostentativas fábricas, nos dejan considerable motivo á largas descripciones.
Venía aquella adversión antigua contra los Mames en el corazón obstinado de los Quichés, y deseaban ver su ruina, cuando menos verlos sugetos como ellos á la estrangera milicia de los españoles; y sobre ello no había en su intención dañada medio que no intentasen á introducir esta plática en el ejército español. Mas como el ardimiento y deseo de Don Pedro de Alvarado en el descubrimiento de más y más provincias que agregarse á la Gobernación, por que pensaba capitular en el consejo y no le diesen lugar á sosegarse en mucho tiempo y desembarazarse de la prolija y larga esploración que hizo de las provincias orientales y antárticas, les dilató á los Quichés el efecto de su deseo. Pero vuelto Don Pedro de Alvarado á Guatemala, el rey Sequechul por el año de 1525, como otros señores de su estirpe le hizo visita de bienvenido, con buen presente de oro y algunas pocas esmeraldas, y entre las pláticas que tuvo con Don Pedro de Alvarado, á fin de disculpar las alevosas cautelas de su padre Chiguahuívce-ut y de Tecum Umán su abuelo, y de dañar á los Mames, le dijo por medio del intérprete ó faraute, estas razones: No pienses, Gran Capitán hijo del Sol, . No pienses, Gran Capitán hijo del Sol, ni abrigues en tu pecho prcsunción que se encamine contra mí, por los accidentes pasados; por que en la traición cometida el año antecedente por el rey Chíguahuíveelut mí padre, no tuvo tanta parte como publicó la fama para ocasionarle la muerte; por que como mozo inconsiderado se dejó persuadir de las cautelas y alevosías de Caibalbalam, Señor de la nación de los Mames, en grande y rico territorío, que habiendo asentado paces con nosotros tiempo ha, nos ausilíó con gente y vituallas, instándonos á quemarte con tu gente dentro, de los muros de .la- ciudad de Utatlán; y sí deseas castigar su delito, para que yo te serviré de guía, conseguirás con la muerte de los reos muchos tesoros que poseen y una província dilatada.Mas como Don Pedro de Alvarado no desease otra cosa que el empleo de nuevos descubrimientos y conquistas, satisfecho de las razones y noticias del rey Sequechul, por que hasta entonces ignoraba hubiese tal nación y provincia, habiéndola dejado sobre la parte oriental de Soconusco y la del setentrión del reino de Utatlán. Llamó á consejo á sus Capitanes y les propuso lo referido, y la importancia á que miraba la posesión de tan grande Señorío, en los aumentos de la corona y la multitud de lugares en que pudiesen caber buenos y provechosos repartimientos, fuera de ser e! principal En el sugetar aquellos bárbaros al yugo de la Yglesia y atraerlos al conocimiento de Dios.
Conformes todos con el parecer de su Capitán general en que se hiciese la jornada, se dispuso brevemente la forma del ejército de aquella espedíción, componiéndose de ochenta infantes españoles de quienes ,afueron capitanes nombrados Antonio de Salazar y Francisco de Arévalo,.y de cuarenta caballos que marchasen al cargo de Alonso Gómez de Loarca, y otros cuatro cabos
(7) Manuscrito Xecul.—Tít. Ahpopqueham.—folio 15 
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 Jorge de Acuña, Pedro de Arag6n, Bernardino de Oviedo y Joanes de Verastegui que conducían subordinados á su orden las tropas de dos mil indios de guerra tlascaltecos, mejicanos, usmatecos, cholulecos, quezaltecos y cachiqueles de Goathemala, y todo este aparato de gente á cargo del cabo principal Gonzalo de Alvarado, caudillo de los de grande fama de aquellos tiempos; y con gran provisión de víveres y otro considerable número de indios tamemes para la condución de bastimentos y fardages, y trescientos gastadores de hacha, machete y azadón, para lo que ofreciese el tiempo y la ocasión, salió el ejército de Goathemala por los principios de Julio de aquel año de 1525, encaminando su marcha pa. los países del Quiché, hasta el gran lugar de Totoninpa, que fue la plaza de armas de esta campaña, por estará los confines de los Mames, y poderse socorrer el ejército de aquel país abastado de mucha copia de maíz.
Casi ocho días tardó el ejército español en atravesar la parte de cordillera que se interpone y media desde Totonicapa hasta el río Hondo, (8) detenido de la fragosidad de la tierra, grandeza de las montañas y lo que las lluvias impedían la marcha, así por lo proceloso de sus tormentas, como por lo átollado y gredoso de la senda. Pero encontrado con el curso de aquel pequeño río, que entonces lleno con las vertientes que recibía de las quebradas, se 'hacía respecto de los progresores de aquella vía; mas el intrépido corazón de Gonzalo de Alvarado, pareciéndole perder tiempo en la espera de su desagüe y que su esguazo se hacía creíble sin detrimento, dio órden de propasarlo á las tropas; pero siendo de los primeros á esguazarle los tamemes del fardage y provisión, ahogados luego algunos de aquellos indios, dieron motivo con su muerte para la pérdida del herraje de los caballos sumergidos en las ondas de aquel río, y á que el ejército se detuviese otros dos días en la incomodidad y desabrigode su margen, hasta que bajando su hinchamiento para hacer alguna díligencia para el herraje que no se halló, quizá cubierto y enterrado con las arenas de la corriente, siguió su marcha nuestro ejército.
Así atravesó la constancia española entre los rigores de un invierno ímportuno y la aspereza de aquellas sierras, hasta la llanura que hace á la situación del pueblo atfiguo de Mazatenango,(Lugar de Venados- Hoy. la aldea de San Lorenzo, a 5 kms. de la ciudad de Huehuetenango) que entonces era ;de numeroso pueblo. Hace en aquella gran planicie una ancha ciénaga producida de lo hondable de la propia llanura, en que represa su flujo un pequeñuelo arroyo, que de continuo le ceba su hinchamiento, y entonces con las aguas invernisas (como ahora) se entendía á mucha distancia de aquel campo, cerraba la parte eminente que mira á aquel lugar una buena y suficiente trinchera de maderos' gruesos que forma terraplén de paja y barro, y coronada de grande multítu. de los Mames, provocaban con silbos y algazara á nuestras tropas para ha-
(8) Manuscrito Quiché—folio 9:
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 cerlas atravesar la grande ciénaga en que sin duda peligraran, si advertido Gonzalo de Alvarado de los, indios quezaltecos y guías del rey Sequechul, no encaminara mejor sus tropas, tomando un gran rodeo hacía la parte de tramontana, hasta acercarse á la trinchera, en donde apenas se vieron cuando fueron recibidos de inmensa pluvia de saetas, vara y piedras, que sin haberles dado tiempo para hacer pié y tomar algún refresco, se trabó una de las batallas más reñidas y sangrientas que pudiera mantener ejército más numeroso que el nuestro.
Era igual en Gonzalo de Alvarado la prudencia y el valor, y como lo tenía siempre inclinado al amparo y seguridad de su gente, habiéndole representado brevemente el servicio de Dios, honra de la nación española, y el mérito y nombre que ganarían en el concepto de su rey, mandó correr al avance de la trinchera, que reparada de foso bien profundo (que hasta hoy se muestra gran señal entre la ciénaga y el pueblo), hacía la subida menos posible á la avanzada de la caballería por la parte de su estremo alto, en tanto que la infantería y los indios cargaban á lo más encendido de la defensa, haciendo dividir los defensores, quedó por ambas partes desflaquecída su resistencia y más encendida la opugnación de nuestra parte. Pero Alonso Gómez de Loarca, haciendo esfuerzos -con la caballería al choque de la trinchera, y desmontados doce de ellos que acometieron los primeros á meterse debajo del reparo, con buen número de indios, que siguieron su ejemplo, hicieron con las hachas venir al suelo gran parte de la madera y fagina, y aunque á costa de algunos indios que perdimos en este avance, se abrió bastante brecha á nuestra caballería en la trinchera, á quien siguió la infantería introduciéndose dentro de las defensas de aquellos Mames mazatecos.
Pero introducida nuestra gente dentro del muro, aún todavía los indios se afirmaban á vista de muchos muertos de su gente que había cedido en el combate de la trinchera. Pero aunque se intentaron mantener sus esfuerzos con bizarría, espantados de la fuerza y tropel de los caballos y de los truenos de la arcabucería, aun no atendían á componer sus escuadras, acometiendo siempre en un cuerpo con gran rumor y mucho esfuerzo con que hacían no poco estrago en nuestros indios amigos, hiriendo algunos de nuestros españoles, y entre ellos á_Alonso de Salvatierra y á Pedro de Paredes que recibió cerca del lagrimal un golpe de saeta de que le quedó el párpado desalentado y caído; pero á este tiempo haciendo un avance Alonso Gómez de Loarca-con la caballería, rompiendo el escuadrón acumulado de los Mames, matando muchos á lanzadas y atropellando á otros, en menos de cuatro horas se consiguió la victoria, tomando posesión de aquel lugar en nombre del Emperado Rey de España; en donde curados los heridos y enterrados los indios muertosde nuestro campo, aun no gustó Gonzalo ,de Alvarado de darse algún descanso, pasando brevemente á otras acciones militares de aquel país, dejando en el lugar Mazatenango el presidio y recaudo conveniente á nuestra seguridad
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 CAPITULO XX
Que continúa los sucesos de la guerra y conquista del Señorío de los indios Mames.
Era como dijimos el intento de Gonzalo de Alvarado no detenerse en Mazatenango, siguiendo el rumbo de su empresa en que se había empezado á mostrar en su favor la fortuna; y así esclareciendo el día tocó á marcha en ánimo de acercarse á Huehuetenango, corte del gran cacique Caíbilbalam; (9) pero aun no bien se había apartado de la trinchera de Mazatenango, cuando resonando en la campaña gran rumor de tamboretes, flautas y caracoles, que 'haciendo advertidos á nuestros españoles para esplorarla, sin mucha diligencia ni mucho tiempo reconocieron á acercárseles por la llanura cinco mil indios armados que marchaban en regulada disciplina y militar posición en el modelo y forma de sus escuadrones que seguían á la divisa de diez banderas, traían en los cuernos derechos de la vanguardia y retaguardia los flecheros, y en el izquierdo los honderos, mezclados entre unos y otros los de vara tostada, á quienes otros ministraban las armas arrojadizas,iLas alas, de su ejército se componían de piqueros que también se mezclaban en el batallón con picas de á veinte y cinco palmos con las puntas herradas de cobre, formadas con el arte de fundición.
Discurrida y considerada por nuestros españoles la bien ordenada bizarría de aquellos indios de Malacatán, lugar que habían dejado á las espaldas á la parte de occidente, le pareció á Gonzalo de Alvarado salirlos 'á recibir á lo más libre de la campaña, con que marchando un ejército en busca de otro, á breve rato se acercaron; con que advertido Gonzalo de Alvarado de ser ya tiempo de acometer á la batalla, haciendo seña de romperla y presentarla, el Loarca avanzando con la caballería, rompió por la vanguardia de flecheros, por que aunque intentaron resistir el encuentro é ímpetu arrojado de los caballos no acostumbrados á combatir con brutos, sino era con venados y jabalíes que huyen. Fue tan contrario á su imaginación aquel suceso, que atropellados y heridos, quedando desordenados, murieron muchos á los botes y encuentros de las, lanzas, con que embarazados entre sí mismos, se olvidaron del uso de las armas, metiéndose por guarecerse de las lanzas españolas, debajo de los caballos que hollándolos y maltratándolos, aunque escapaban por entonces de la muerte, quedaban tales sin movimiento que nuestros indios con masas que llevaban prevenidas les daban muerte más penosa por solo aprovecharse de sus penachos de queztales. Rota de aqueste modo la vanguardia de los Malacatecos, tuvieron ocasión los infantes para, abandonando los arcabuces, usar al estrecho las espadas, con que en aquel instante todo fué estrago, sangre y atrocidad, no menos favorecida y aumentada de la caballería, que unidos en un cuerpo, no perdonaban indio de los que se oponían ó de los que intentaban el ataque, á quien no hiciesen dejar la vida á los golpes de sus lanzas afiladas.
(9) Manuscrito Xecul—Tit. Ahpopqueham.—folio 16
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 Mas este avance de la caballería á que no pudo resistir la vanguardia de los flecheros, ó bien 'turbados ó slobrecargaclos del ímpetu de los caballos, sostuvo el batallón de las picas animado á diligencias de sus caudillos, dando lugar en tanto que batallaban animosos á que las filas desordenadas volviesen á componerse para que así de nuevo se esforzasen á descargar una gran lluvia de saetas, piedras y varas tostadas sobre el ejército español, siendo ocasión de más calor á los furores castellanos que encendieron mayor ardor en la batalla, en que los indios tomaban mayor brío con el desastre de los suyos, hiriendo algunos de nuestros españoles, y entre ellos á Bartolomé Sánchez, Isidro de Mayorga y Cristobal de Meza de cuya  herida éste que recibió en costado adoleció muchos días; y en esta ocasión en que ya algunos caballos habían muerto al golpe de las picas de aquellos soldados malacatecos, cuando Alonso Gómez de Loarca, no menos valeroso que Gonzalo de Alvarado, á tiempo que una tropa de aquellos indios iba ganando una eminencia (sería la que sube del Pedregal para Huehuetenango) para cortarnos á la espalda, vuelto el Loarca á Gonzalo de Alvarado á grande y resonante voz, le advirtió del peligro, y poniéndose á la frente del enemigo, se comenzó una lid sangrienta y espantosa con tanta obstinación y furores, que cuanto era mayor en los indios el estrago y asolación, con otra tanta barbar'dad se entraban por las puntas de las espadas y las lanzas, teniendo por lisonja la muerte, siendo á este tiempo tan espesa la multitud de las saetas y las piedras que hacían á nuestros españoles, dificultoso el sustentar el combate, atormentados y entorpecidos los brazos de los golpes de las piedras, siendo tan notorio y patente la declinación de las fuerzas, que advertida del Capitán Antonio de Salazar la negligencia con que los soldados de su cargo manejaban las armas, temiéndose por pasto infeliz de aquella bárbara canalla, montado en aquel furor con que otras veces le vieron victorioso, les dijo á sus escuadras: A donde está el valor castellano? Cómo, se rinde el ánimo acostumbrado á vencer batallas tan arduas y sangrientas como las de México y Utatlán; y sí allí el aliento fué por conseguís nombre, aquí ha de ser Por conservarle y defender las vídas. Volved los ojos á vuestras propias hazañas para no borrarlas ahora con el descrédito, ní ser víctimas sacrificadas por estos bárbaros ínfieles,
Tal fué el aliento y el corage que encendió á los infantes esta memoria de sus pasados hechos, que como si del descanso salieran á la batalla, la renovaron de tal arte valientes y denodados, que como con despecho y sin estimación de las vidas se entraron por las bárbaras escuadras, haciendo tal estrago en ellos que ya en la sangre rebalsada en aquella pavorosa llanura nadaban los penachos y saetas entre los cuerpos palpitantes que batallaban con la muerte. Pero señalábanse entre todos nuestros soldados Alonso Veintemilla, Juan Páez, Diego de Holguin y Hernando Pizarro que no erraban golpe de sus lanzas, y eran casi todo el desastre miserable de los contrarios; mas por que Gonzalo de Alvarado desde el principio había advertido que uno entre todos aquellos indios, á quien adornaba no solo un gran penacho de quetzal, sino un escudo de oro y una lanza con que á todas partes acudía haciéndose obedecer, y que siempre que se movía era asistido y escoltado de una gran tropa de lanzeros, le pareció ser aquel personage ó acaso algún principalísímo caci
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que ó el general cabo de aquella hueste, en cuya muerte consistiría. el triunfo y vencimiento de aquel combate, asechando ocasión de poderle acometer á su salvo; hasta que dándole algún lugar la buena suerte, con ocasión de pasar aquel cabo de la una tropa á la otra que se había dividido á la parte eminente, poniendo piernas al caballo ¡Gonzalo de Alvarado, avivándole á la carrera con prestesa sin que aquel cabo malacateco tuviese tiempo de salvarse, le chocó con tan violenta acometida que entrándole la lanza por el costado'izquierdo le hizo asomar la punta á la parte contraria cayendo en tierra Canilscab, rindiendo la vida al golpe. 110) Hizo que los que le contribuían como a cacique y le obedecían en la ocasión como á cabo, se desordenasen de tal modo, que desbandados volviesen las espaldas, descendiendo de aquella costanilla á la llanura, solicitando el escape de sus vidas, que muchos huyendo deslumbrados la dejaron en manos de nuestros españoles con la victoria que reconocieron deberle á Dios, en cuya mano está el repartir los sucesos; pero esta causa era suya y el poderoso y fuerte brazo del Señor vencía; así lo dicen muchos necios por baldón, que fué por milagro la conquista, y así lo confesamos con gloria los descendientes de aquellos heroicos españoles conquistadores, á quien Dios escojió y destinó para instrumentos suyos, en una ocasión que desde el principio de las cosas, ninguna corre parejas con ésta. Favoreció el cielo muy declarado en las conquistas de esta parte occidental á aquellos invencibles españoles, y en esta ocasión se manifestó al descubierto su ayuda, cuando al mismo, tiempo que en aquella costanilla cantaba la victoria Gonzalo de Alvarado, acá Antonio de Salazar en la planicie de aquel llano, y Franco de Arévalo que dejamos en el conflicto de no menos arriesgada y peligrosa pelea, derrota y combate en que aquel día, esmerados y revestidos del furor de Marte, obraron prodigios no imaginados los españoles, con admiración y espanto no solo de los indios malacatecos que peleaban contra nosotros, sino de los mazatecos que desde su lugar los ponderaban, y aun asombro de nuestros `ndios, que también por salvar sus vidas obraban maravillas; que todos ellos en la ocasión observaron las más menudas circunstancias de los hechos famosos de aquellos españoles, cuyo valor y grande fama no podrán negar los que desdeñan los admirables y grandes servicios de la América, y que quisieran que no tuvieran nombre de hazañas estas que no se ejercitaron allá de la otra parte del mar; y es tal la ceguedad de una pasión que no quieren sea valor el de unos indios desnudos de acá, que no escusan entrar en batalla con hombres armados de allá, y que el haber vencido á éstos no sean hazañas. Pero los dos capitanes de infantería habiendo cargado sus escuadras sobre la ciénaga, para guardar aquel costado contra la astusía -del enemigo, y como rayos precipitados de la esfera, mezclados como decíamos con las escuadras, enemigas ya no valiéndose del fuego de los cañones ni de las puntas botadoras, de las ballestas en tal estrecho, sino del corte de las espadas, trozando brazos y cabezas que rodaban por el campo, hicieron tanta asolación y triste estrago en los indios, que disminuidos en número y debilitados en fuerzas, viéndose desbaratados y
(10) Manuscrito Xepul_Tít. Ahpopqueham. —folio 17.
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 confusos, rodeados de sus contrarios españoles é indios que todos los herían y asombraban, encontrándose por todas partes con la muerte, libraron la seguridad en la fuga, quedando muchos muertos al intentarla, y otros prisioneros de su propia turbación, y todo el campo español unido en un cuerpo y cantando la victoria, siguió el alcance del enemigo, que con el tránsito de su fuga, sirvió de guía á nuestro ejército hasta el lugar Malacatán,(Hoy Malacatancito) que casi yacía en triste soledad, asistido solo de viejos y de enfermos. Pero los más que se retiraron á la sierra, viendo el menoscabo de su campo y la falta de su Señor Caníl Acab, hicieron embajada á Gonzalo de Alvarado los más principales de aquel lugar, enviando por mensageros otros iguales con un presente de joyas de buen oro que se habían adornado para el combate, (11) y pidiéndole paz le prometían su amistad y confederación. Y siendo bien admitida la embajada de Gonzalo de Alvarado, los despidió, y llegando las relíquías de aquel pueblo á su presencia el día siguiente, y haciéndoles entender por voz de los intérpretes el fin de la venida de los españoles, que era' el de reducirlos á la ley de Jesucristo para que fuesen cristianos é hijos de la Santa Yglesia Católica, que más despacio se les enseñaría la santa ley por medio de los Sacerdotes que enviaría, estando como debían estar desde entonces á la obediencia y amparo del Señor Emperador Rey de España, grande de soberano Monarca, y prometiéndolo así quedó por entonces sujeto aquel lugar; que salió poco ha muy confiado de sí mismo á provocar á nuestros españoles á su no imaginado rendimiento.

CAPITULO XXI
Que contiene la continuación de la conquista de la provincia de los Mames, y grandes hechos de los españoles en aquella parte de la sierra.
MARGINALES.—Batalla de la campaña güegüeteca.
No descuidó Gonzalo de Alvarado de registrar la más parte occidental de la sierra, ejercitando con dura hostilidad algunos pueblos comarcanos, en tanto que dejando en Malacatán diez españoles y doscientos tlascaltecos y utatecos sus amigos, y por cabo de aquel presidio á Bernardino de Oviedo, y mientras á Joanes de Verastegui con buena escolta de indios goathemaltecos y cholutecos, con otros dos españoles, Pedro Ortíz y Franc.o de Olivares, le enviaba á Totonícapa por algunos víveres de que carecía el ejército, á causa de que la penuria del país falto de los granos de maíz no mínístraba en los despojos aquel alimento ordinario,  que los indios industriosos en trabajarnos solicitando nuestra ruina hubiesen retirado del poblado á las cavernas de los montes las provisiones, padecían los españoles alguna hambre, y no pequeño trabajo con la caballería desherrada, en sendas agrías y penosas, y más cuan-
(11) Manuscrito Quiché.—folio l0.
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 do á los fines del Agosto más esforzaron las aguas en continuas y recias lluvias de el invierno que hacían más penosos los estravíos de sus sendas, en aquella cordillera que se dilata á  Cabricán y Sipacapa, para cuyo lugar acreditado de rico y abastecido intentó descender de la sierra nuestro ejército para la delicia de aquellos países bajos que hubieran sido sepulcro infeliz de nuestros españoles, á haberlo  ejecutado, si la prudente disposición de Gonzalo de Alvarado no hubiera contenido, el intento de su gente.
Habían los indios del país cortado en lo más pendiente y estrecho de aquella cordillera la senda que guiaba á aquellas poblaciones que yacen al occidente de Huehuetenango, y encubierto en la parte eminente de aquellos precipicios gente armada para que con disformes piedras que rodasen, precipitasen á nuestra infantería y caballería. Pero, habiendo Gonzalo de Alvarado retrocedido su marcha para Malacatán con no pequeña incomodidad y trabajo, burlado el intento de los indios atajando al gran rodeo de nuestra marcha, (12) se presentaron tres mil indios antes de descender al llano en la mayor aspereza de la sierra, informados de la ventaja con que pelean los caballos en tierra llana; mas como la gente española jamás rehusase las contiendas, aunque era á tiempo de darles vista que iba el sol declinando al occidente, Gonzalo de Alvarado mandó hacer señal de acometer con las trompetas, correspondiendo los Mames con sus cornetas y caracoles, en muestra del rompimiento de la batalla, que luego en el mejor órden que fué posible, fueron atacando los caballos, mas con ventaja conocida de los mames que más encimados á la cumbre herían en los nuestros muy á su salvo sin ,poder ser ofendidos, y siendo infinita la piedra y flechas que disparaban de las hondas y los arcos, tuvo á bien Gonzalo de Alvarado el retirar su campo español, recelando en la ocasión verse desbaratado; pero los utatlecos y quezaltecos, convidando á las otras naciones de los indios de nuestra parte, se afirmaron con ellos.
Animando sus tropas los cabos de los mames soberbios con el suceso y retirada de los españoles, cerraron con tal corage y bizarría con los utatlecos (13) que casi sin detrimento de los suyos hicieron formidable y lastimoso estrago en los primeros de nuestros indios que se acercaron al choque, y fué tal la furia y barbaridad con que avanzaban los mames, que ya nuestros indios utatlecos y los demás, desconfiaban de encontrar con otra fortuna que no fuese la de un desastre lamentable, pues aun en los nuestros ejecutaban los mames impiedades. La batalla se mantenía de parte de muchos indios; mas á el esfuerzo del crédito y empeño que de las propias fuerzas, cediendo á la ventaja del número de los mames y el daño y ruina hubiera sído, total en ellos, á no ser fomentada y socorrida de dos escuadras españolas que en peligro tan eminente hicieron en aquella ocasión hazañas dignas de la fama, siendo tanto más estimables y crecidas cuanto salieron cambiadas al costo de la sangre de ocho soldados mal heridos sí bien tan persistentes y constantes, que antes de oscurecer hicieron á la obstinación de los mames tomar
(12) Probanza orig. de Don Nicolás de Vides y Alvarado.
(13) Manuscrito Qni¿hé—folio 11.
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la  retirada retraiéndose á las cumbres más breñosas, y nuestro ej,&cito á lo limpio de la llanura. Señalose mucho en la ocasión Alonso Veintemilla que sacó un flechazo en un ;muslo, Alonso Larios, Juan de Peredo, Francisco Flores, Andrés de Ulayo y Pedro de Llanos, que *fueron de los ocho que salieron herídos. En aquella campaña se curaron los heridos con la •cruel medicina de los cauterios de fuego por la sospecha del veneno de las saetas, siendo este su preservativo y antídota; y con buenas centinelas se mantuvo el ejército español hasta esclarecer el día, y dar la vuelta á Malacatán y de allí á Mazatenango.(Hoy San Lorenzo, a 5kms. de Ciudad de Huehuetenango)
A la llegada de Gonzalo de Alvarado con el -ejército á Mazatenango, acompañó la alegría del arribo de Joanes de Verastegui y sus compañeros, con buena provisión de víveres y algún socorro más que allá en Tolonicapa hallaron de herraje, alpargatas y sayos colchados que Don Pedro de Alvarado había enviado, y alentados y proveídos, determinaron la marcha contra la corte del gran cacique Caibilbalam que residía en Huehuetenango desde la pérdida de• su primer  territorio que era de Totonicapa, adelante hácia el Sietentríón-, y sin respeto al grande y proceloso invierno que ya á las entradas de Setiembre era de frecuente y molestísima lluvia, á medía legua de distancia, camino fácil de emprender, propasado un arroyo pobre, Sacabax, le dieron vista á aquella corte del Señor Caibilbalam; pero cuanto más, libre de asechanzas se reconoció aquella gran campaña de su sitio, más recelosa se hizo la intención de los indios para marchar más prevenidos los españoles, y dando órden á Alonso Gámez de Loarca para que adelantado con la caballería se acercase á reconocer el lugar; pero hallando su trinchera libre y en muchas partes abierta y diestruída, le dió comodidad para esplorarla, hallando retirado su menage y bastimento, con que así sin contraste ni impedimento mento fue poseído aquel lugar desamparado y muchas de sus casas arruinadas. Pero al tomarle sin la paz y consentimiento del dueño ó sin la dura esperiencia é incierta fortuna de las armas, no, fué para los españoles de mucho gusto, considerando las astucias y malícías que ya tenían conocidas de los indios.
Ventajosamente pelea quien vive armado de prevenciones, y débil y aun vanamente batalla-el que empieza sus acciones con sobresalto; al uno y otro cabo de esta facción acreditan esta verdad. Gonzalo~ de Alvarado se prevenía para no recelar y Caíbilbalam se armaba para temer, El cabo español que por las, asonadas esperaba largo término al contender, mientras el .cacique Caibilbalam se encerraba temeroso -de la vista del ejército español, se procuró proveer del mayor número de víveres, herrar los caballos y que éstos  en tropas separadas saliesen a reconocer aquella gran campaña; pero  Gaspar Alemán (de familia bien conocida en Sevilla) propasado el curso del rio Socoleo,(Hoy Zaculeu) con su tropa de diez caballos, encontró una buena manga de flecheros de hasta trescientos indios, que acaso, salían al cultivo de sus milpas, hechas entonces de la otra parte de aquel río, con la ocasión que se dirá después; pero apenas sintieron el rumor de los caballos, cuando puestos en arma se procuraron defender valientemente, pero como el terreno era á propósitos para campar, muriendo siete de aquellos indios y heridos muchos,
.(14) Probanza orig. de Don Laureano Guerra Veintemilla y Mo. Don Alonso Enriquez de Larios
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  se procuraron escapar; pero Gaspar Alemán, lleno, de cólera y de sangre que la fluía una herida que había recibido en el rostro ¡del golpe de, una saeta, dándole espuelas al caballo'y siguiéndole' su tropa, hicieron tres prisioneros de aquellos indios, y entre ellos un principal capitán Sahquíab que regía uno de los tercios del cacique Caibilbalam, que conducido á la presencia de Gonzalo de Alvarado, dijo llamarse así y ser uno de los cabos del ejército de su Señor, y que Caibilbalam desde que vió la llegada de los forasteros blancos se había retirado á su castillo con toda la ¡gente de su corte, dejando desamparado aquel sitio, en ánimo de no volver á él mientras los forasteros estuviesen en la tierra, y que para defenderse tenía muy grandes prevenciones de gente y armas, y las sementeras cercanas al castillo para su fácil provisión.
El ganar crédito de piadoso es el mayor anhelo para conciliar enemigos y conseguir fama de invencible, y que aun con este medio vimos muchas veces hacerse domésticas las fieras. (15) Cons'derábalo así la inalterable prudencia de Gonzalo de Alvarado, y por proceder con las instrucciones católicas del Emperador; conforme á ellas le pareció muy de razón, pues daba tiempo la suspensión de armas, el despachar aquel principal Saliquíab, con uno de los otros prisioneros con embajada de paz á su cacique Caibilbalam. Que le dijese á su cacíque, decía Gonzalo de Alvarado al Sahquiab, que su venida era saludable para sus pueblos, por que le traía nolicías del verdadero, Díos y de su Relígíón crístíana, y que era, enviado del Papa su Vícarío de Jesucristo Díos y hombre, y del Emperador rey de España, para que de paz y de su voluntad se redujese á ser crístíano; pero que de no admitir la paz que le ofrecía, que fuesen por su cuenta las muertes y destrucción que se síguíese de la guerra. Con este mensage partieron aquellos prisioneros pero ni ellos ni otros volvieron con la respuesta en los tres días siguientes; mas no retrocediendo de su intento Gonzalo de Alvarado, le hizo dos particulares embajadores de la nación Utatleca, á quienes servía -de guía el prisionero que había quedado; pero no dándoles audiencia, fueron recibidos y rechazados con una áspera lluvia de saetas. Recelándose más del trato y comercio español que de los propios riesgos y destrozos de la guerra, en que tanto aventuran aun los mayores capitanes hechos á triunfar y vencer; mas ahora se daba el cacique Caibilbalam más, al despecho que al valor á que le podían incitar sus propias esperiencías, en las ruinas á que condujo á sus mayores el valor y la fortuna de Don Quícab, rey de Utatlán y el Quíché.
Tanto pudo promover á Gonzalo de Alvarado de la prudencia á la cólera la desatención y mal trato del cacique, que sin la espera que le debía dictar la consideración al consejo de los suyos, para tan -arriesgado empeño, se determinó intrépido y arrojado á contrastar la inespugnable fortaleza de Caibilbalam, y tocando á marchar, levantó el campo de su alojamiento y recinto de Huehuetenango, tomando la marcha al occidente, conducidos sus pasos de los embajadores Utatlecos que volvieron desairados, brevemente avistó la fortaleza y gran castillo, como también un ejército de seis mil indios que estaba firme escoltando la puerta de aquella escelente defensa, veíanse á un tiempo mismo moverse con el aire grandes penachos de quetzal y resplan-
(15) Manuscrito Xecul.—Tít Ahpopqueham,—folio 17 v.
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decer con el sol lostopiles de oro en que se mantenían. Pero cojiendo nuestro ejército la vuelta á dar la espalda al setentrión para tomar la frente del ejército de los mames, cuilcos é istaguacanes, apenas se vieron en sitio coveniente de aquella campaña para presentar la batalla, cuando dada la seña para romperla, aun antes de afirmarse los nuestros se disparó del ejército contrario una recia tempestad de flechas y guijarros, en que aun guardados los nuestros con las rodelas, recibieron muchos golpes de piedras de que no podían defender los sayos colchados que vestían contra el daño de las saetas, de que nuestros indios amigos no asegurados con aquella defensa, no recibieron poco perjuicio; heridos y maltratados muchos; pero en el mayor conflicto de nuestra infantería, Alonso Gómez de Loarca, avanzando con la caballería por el cuerno izquierdo del ejército de los indios, ayudado de la limpieza de aquella •gran campaña, le rompió por muchas partes atropellándolos al choque con espantosa furia, haciendo cada ginete muy ancho campo por donde acometía, y todos juntos estrago lamentable con las lanzas, á tiempo que Gonzalo de Alvarado, Antonio de Salazar y Franc.o de Arévalo con la infantería á la frente, y con los indios amigos, con los arcabuces, ballestas, espadas y flechas de los indios, causaron tal desastre en aquella bárbara milicia, que en breve tiempo, quedando muertos más de trescientos mames, cuilcos é istaguacanes, y casi heridos todos, tocaron á retirar, mas á este tiempo saliendo un socorro de dos mil indios de aquella fortaleza, vinieron á renovar la batalla; pero como á los unos los cojió desbaratados y á los otros sin haberse afirmado para el combate, prosiguiendo sin decaecer el ejército español en el estrago comenzado, solo,se veían rodar en el campo penachos verdes esmaltados de la sangre mame, y muchas veces las cabezas con los cuerpos que embarazaban el paso á los infantes y caballos, de cuyo furor y tropeles, aterrados los indios fueron tomando la retirada sin dejar las armas hasta la puerta del castillo, donde encerrado aquel ejército, dejó al nuestro lleno de la gloria de el triunfo, y con algún buen despojo de topiles y patenillas de oro, al costo de cuarenta indios amigos y tres caballos que murieron á lanzadas, y ocho españoles heridos, y entre ellos Gonzalo de Alvarado de un bote de lanza que recibió en una pierna y Franco de Arévalo en un costado de una ligera punta de saeta.

CAPITULO XXII
Del asedio y sitio que Gonzalo de Alvarado puso á la gran fortaleza del cacique Caibilbalam; sucesos varios de nuestro ejército.
Ya no naos detendremos á describir del gran castillo de Socoleo sus regulares defensas, (16) que quedan bien anotadas y con estampa particular en el capítulo décimo octavo del libro octavo de esta segunda parte, y pasaremos á establecer el sitio. Que luego que el ejército mame se encerró en el foso y muro de aquella fortaleza, que así podremos llamarla por su estensión, Gonzalo de Alvarado, considerando que consistía en su rendimiento la pose-
(16) Cuaderno Manuscrito de Gonzalo de Alvarado.
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1sión de aquel país, y que encerrado dentro de sus muros el señor princípal de él, sujeto este á la obediencia del rey, vendrían sin contraste los lugares de, su jurisdicción á un común y unido rendimiento, y esto comunicado á sus capitanes y soldados de la primera estimación, cebados' con la primera victoria y el despojo de los topiles y pateníllas,de oro, creyendo encerrado en aquel castillo gran despojo y tesoro del cacique, siendo de parecer que se prosiguiese al asedio de aquella ciudadela, se dispuso el campo en forma militar, acuartelada la caballería á la puerta que daba al setentrión, libre de foso, pero que asegurada sobre la calzada á estribos de cal y canto, se cerraba con un grueso tablón de piedra que la hacía firme á la seguridad de la entrada, y en el centro de aquel cuartel se colocó la tienda de campaña del teniente general Gonzalo de Alvarado. Al costado que mira al occidente la estrechura que hace el foso y parapeto y el río de Socoleo, como la más espuesta á recibir continuas baterías, se acuarteló el capitán Antonio de Salazar, con veinte infantes españoles y ciento y ochenta indios amigos. A la que -corre por libre terreno hacía el levante, el Capitán Franc• de Arévalo con otros veinte infantes y doscientos y cincuenta indios, no por ser la parte más espuesta á recibir hostilidad, sino por parecer la más libre para por ella y más á salvo dar paso á los socorros que se pudieran introducir al enemigo, entendiendo aquel cuartel en forma prolongada cuanto le fué posible. La parte de mediodía ocupó la gente tlascalteca y mejicanos, de quienes eran cabos Diego Franco y Pedro Garcerán; pero siendo entendida la circunvalación de aquel recinto, fué necesario ocupar todo lo que quedaba libre desde la parte del costado de Oeste al Sudoeste, acuartelando en él cuatrocientos utatlecos y goathemaltecos con cuatro cabos de gran satisfacción, Juan de Barrientos, Francisco Castellón, Martín Granado y Juan de Alcántara. Hacían costados á la caballería dos buenos cuarteles de indios usmatecos y cholutecos con otros cuatro cabos Franc.o de Morales, Juan Resino, Pedro de Llanos y Diego Ponce;, y de esta suerte puesto el campo en lugar abierto y estendído en sus cuarteles cuanto fué dable, quedó dispuesto á privar al enemigo de los socorros de gente y víveres, en tanto que se ofrecía oportunidad para asaltarlo dentro de la propia seguridad de sus defensas, ó con el curso de los días la propia falta de vituallas y de infantes obligasen al rendimiento al cacique Caibilbalam.
Así persistió el campo español el término de dos días, aunque en ellos se ejercitasen los nuestros en otra cosa que en defenderse de algunas cargas de flechas y piedras que los defensores de la ciudadela daban al cuartel de Antonio de Salazar, como el más espuesto á recibirlas, cojiendo á caballero los nuestros de que se veían heridos, los indios arn`gos, y -desconfiados de hacer daño -con nuestras armas al contrarío, mostró la esperiencia ser conveniente levantar aquel tercio del sitio estrecho y acuartelarlo de la otra parte del Socoleo en la libre campaña de donde también podría batir con la arcabucería el puesto del enemigo. Los, corredores de la campaña tampoco, tuvieron ocasión en qué emplear sus esfuerzos; pero al tercero día, tocándole su esploración como á uno de los cabos de las dos tropas, á Diego López de Villa-nueva que regía á diez caballos, acercándose á las márgenes del Socoleo divisó de la otra parte á donde por entonces se entendían los sembrados, algún humo, y llamado y conducido por aquella seña, propasado el" curso de aquel
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río entonces lleno -con la congregación. de las quebradas, con breve tiempo sin recibir daño en los suyos, apresó los bastimentos escoltados del cacique Caibilbalam guardados de trescientos flecheros para "introducirlo en siendo necesario dentro de las defensas; pero apenas Diego López de Villa-nueva díó sobre aquellos almagacenes de los víveres, cuando los indios de su escolta que se pusieron en defensa, viéndose atropellados de los pocos españoles y que éstos empezando á ejecutar sangrientos estragos con muerte de algunos, intentaron acometer al escape y lo pusieron en efecto á tiempo que esperimentando mayor desastre en sus vidas, dándose algunos al rendimiento y escapando otros, con celeridad increíble, quedó aquella presa estimable por nuestra, en grande copia de maíz, frijoles, chile y sal, que abasteció nuestro ejército, entresacando de él algunos indios que con aquellos prísíoneros de su escolta, los condujesen al campo.
2Había Gonzalo de Alvarado reconocido toda la circunvalación de aquella gran barranca, que haciendo profundo foso á aquella ciudadela la aseguraba bien defendida y afianada en su hondura y no pequeña congregación de agua que no podía ser flúida de aguas vivas, sino congregada de los resíduos invernisos como hasta ¡hoy se esperimenta, y que se hacía imposible el avanzar á las murallas con tan crecido impedimento. Pero con todo eso consideraba que intentando propasarle por la parte de mediodía que era por donde se hacía más creíble el entrarle, se conseguía por lo menos el insitar á aquellos defensores á que sacasen el pecho al descubierto para poderlos disminuir en parte, ó que sí confiados en lo imposible que parecía el conseguirlo se hiciesen por el enemigo lentas y débiles defensas, aunque fuesen al costo de muchos días, podría conseguirse el hacer paso á la caballería é infantería por aquella parte de la barranca por donde era menos peligroso el introducirse á la plaza q. por las otras más cubiertas de las defensas; y para ello con los indios sobresalientes y algunos que se sacaron de los, cuarteles, se empesó á abrir un paso de grande anchura (que allí se ve) y se fabricó á chíflón, y en que también los españoles tomaban la, pala y azadón. Pero los indios defensores, pretendiendo embarazarnos la obra que no discurrieron á su conservación poco dañosa, concurrieron en grande número á embarazarnos su ejecución; cubrióse en un instante aquel pretil de la barranca de grande multitud de defensores, honderos y de varas arrojadizas, pero aun cojíendo distante á nuestra gente era muy poco el perjuicio que recibía, porque tampoco ellos podían acercarse por lo pendiente del barranco; pero recibiendo gran daño de nuestros arcabuces y ballestas, que hacían escolta á nuestros gastadores, muriendo muchos de ellos en breve tiempo, les fué preciso retirarse.
,Consideraba Caibilbalam que con seguir los españoles aquel tránsito y ataque que intentaban sin resistencia de su parte y con descrédito suyo sería entrada su plaza, y que era más, creíble (y así era) el defender aquella obra sus cuarteles, que el conseguirla los forasteros blancos, y más cuando siendo la parte menos defendida, le convenía más el guardarla, y que se veía aunque guardado el caballero alto de un estenso lienzo de muralla; pero el terreno de la barranca libre y sin trinchera que le hiciese seguridad, lo hacía temer más y más. Ya en el tiempo de aquel sitio sin poderla formar, falto de
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madera para su fábrica estendida y prolongada, Podría sorprenderse en breve por el ejército español; con esta consideración, mandó renovar las defensas no de otra manera que -con honderos y vara tostada de 'más impulso para herir en los nuestros, pero con mejor órden y forma militar, cubriendo el terreno de estendidas hileras por todo el pretil del foso de aquella partb-,, y que á aquellas primeras les sucediesen otras, para que así continuada la defensa se embarazase la obra y se hiciese más dilatada. Pero continúala y adelantada aquella, surtida con mucha operación de los nuestros, y estando á más conveniente cercanía, era más posible el herirse el uno y otro campo, mas sin embargo de nuestra parte se ejecutaba grande estrago en aquellos defensores que á costa de algunos heridos de los nuestros, á la violencia de la pólvora cedían las vidas mucho número de los contrarios. (17)
- En este estado se miraban las cosas de aquel sitio, no con pequeñas esperanzas de asaltar en breve aquella defensa, habiendo abierto paso nuestros gastadores hasta el plan de aquella barranca con poco impedimento del agua, para pasar á continuar la operación á la otra parte, cuando tocando arma en el cuartel principal, hizo acudir á los cabos á la llamada. Pero corriendo esta batería al cargo de Diego de Holguín, dejando en su lugar á Alonso de Ojeda, (aun no sabremos afirmar si es este el mismo Alonso de Ojeda que se halló en el Perú, y en la conquista del Nuevo, Reino de Granada, y que se halla en la -nomenclatura primera de los vecinos de Guatemala) para que no desamparase el sitio, y en tanto que acudía á la llamada Diego de Holguín, los indios defensores de él se reparasen ó nos deshiciesen aquella ancha vía que. con tanta fatiga y sangre de una y otra parte se había abierto á los seguros de nuestra expugnación. Era el arma ocasionada de un numeroso ejército de serranos que encaminaba su marcha á la campaña propia de Socoleo; componíase de ocho mil hombres embijados, no adornados de penachos ni ataviados de ropas, sino feroces y armados de rodelas y varas y no menos de honderos que diestros y temerarios flecheros. Pero dejando Gonzalo de Alvarado cubierta como antes aquella batería comenzada, con la escolta que antes se mantenía, y haciendo cubrir el puesto de su alojamiento, á la frente de la puerta de aquella fortaleza á Antonio de Salazar, con cuatrocientos indios y diez españoles escojidos, para que los asediados del castillo no nos cortasen á las espaldas, y repartidos á los costados de aquella circunvalación algunas atalayas, que avisasen de los movimientos del enemígo, á aquellos reclutas que quedaban; recojiendo á un cuerpo lo demás de su campo y puesto en órden de batalla, se fué acercando á recibir al enemigo que le buscaba.
Resonando en toda la campaña una admirable confusión, así de las trompetas, pífanos y tambores de nuestro ejército, como de los indios sitiados las flautas y caracoles, habiendo coronado todas aquellas defensas interiores, de donde se correspondían con los tambores y vocinas del ejército de bárbaros que marchaba con estruendosa vocería, . se acercaron los dos campos y acometiéndose á un tiempo mismo flechando con la mayor pujanza que podían aquellos indios, mostraron la destreza y corage de su nación serrana,
(17) Libro 19 de Cabildo.—folios 2 y 10.
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0q. pudiera desde el principio de aquel encuentro haber sido muy perjudicial á los nuestros, si contra aquella. multitud obstinada no hubieran prevalecido los arcabuces y ballestas, y lo que fuá mayor reparo en los sayos colchados de algodón en que las flechas quebrantaban su fuerza y contra la disposición de las mangas de los indios, que alternadamente entrando unas y saliendo otras, sustentaban el peso de la batalla, no se reconociese la ventaja de los caballos y lanzas, que rompiendo y atropellando sus tropas las reducían á notorio desorden, acreditándose en la ocasión con lo que adelantaban Alonso de Medina, Alonso del Pulgar, Franco de Orosco, Andrés Lazo y Cristóbal Lobo;. pues cargando apretadamente en el grueso del batallón de los indios, á que corroboraron en grande modo con señalada bizarría Diego de Llanos, Héctor de Chávez y Héctor de Espinosa, acreditando estos su nombre con el esmalte de su sangre, y no poca con que tiñeron sus aceros de la del enernígo, obligando á sus escuadras desordenadas á tomar mucho trecho de la campaña, -donde afirmándose de nuevo volvieron á renovar la batalla, que no rehusando Gonzalo de Alvarado y su gente, tornó á mezclarse en lo más peligroso de ella animando con su ejemplo á los demás, que si bien se hallaban fatigados del primer encuentro, batallaban con tal ardor, cuanto el propio peligro los incitaba á más corage.
Por otra parte, al mismo tiempo se combatía ásperamente por los indios contra el resto de los españoles, no siendo menos atroces y sangrientas -las ejecuciones de los unos que de los otros; pues derramada mucha sangre y cortado el hilo á muchas vidas, no menguaba un instante el ardimiento, y aunque los nuestros se señalaban haciendo morir muchos contrarios, aun no bastaban á deslucir las maravillas que de parte de los indios se obraban, no difíciles de persuadir á los que hiciesen memoria de lo obrado en la conquista de Utatlán. Así se mantenía la batalla á tiempo que Gonzalo de Alvarado, Francisco Flores, Alejo Rodríguez y Diego Guillén, se vieron cargados de una escuadra de trescientos indios que se separó para dar sobre ellos, y teniéndolos por blanco de sus saetas, les cubrieron de ellas los sayos de armas, aumentando el peso de sus colchados, con que aun sin embargo del embarazo obraban. admirables hazañas; mas estas quizá se malograran si socorridos de ,diez caballos que atropellaron aquella manga ventajosa matando é hiriendo á muchos, no la ,obligaran á retirarse. Mas alentada con mayor furia la batalla, necesitaron entonces más que nunca los españoles de más espíritu y valor, y de mayor fuerza y arte para conseguir la victoria; tanto mayor y más famosa que la gente se hallaba más fatigada, herida y quebrantada, renovando una y otra batalla aquellos 'ndios que finalmente desbaratados y con numerosa pérdida de su ejército, dejaron la campaña funestada con los cadáveres de su estirpe. Mas entre tanto que aquí en la campaña se combatía con los serranos, como se ha dicho, los sitiados -de aquella ciudadela de Socoleo, se avanzaron por orden de su cacique Caibilbalam por dos veces á la puerta, intentando salir á la campaña en socorro de los serranos. Pero acercándose Antonio de Salazar prestamente á ella les impidió el intento, teniendo á raya sus impulsos, hasta la vuelta del ejército español victorioso á la continuación del asedio de aquella fortaleza.
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