domingo, 8 de julio de 2018

LOS HIJOS OLVIDADOS DEL TÍO SAM POR PEARL BUCK 1967

 PEARL BUCK, la más distinguida de las escritoras norteamericanas (Premio Nobel y, Premio Pulitzer), ha dedicado en los últimos años gran parte de su tiempo y energías a ayudar a los "niños perdidos": los huérfanos, los baldados, los mestizos.
Solos, sin patria, perdidos: son los niños engendrados y abandonados luego por los soldados norteamericanos en Asia. Una célebre escritora aboga aquí por ellos.
LOS HIJOS OLVIDADOS DEL TÍO SAM
POR PEARL BUCK
Condensado de "THIS WEEK  MAGAZINE"

SOY CAZADORA. Ando a la caza de padres anónimos: los soldados norteamericanos que dejaron sus hijos en Corea, el Japón, OkinaWa, Formosa, Filipinas y Vietnam. Se calcula que de cada diez jóvenes enviados a esos, países, uno ha tenido un hijo con una muchacha asiática. ¿ Y cuál es el resultado? El nuevo pueblo: ¡los "amerasiáticos"!
La política de los Estados Unidos hacia estos niños es increíble: sencillamente dicen: "¡Imposible! ¡No existen!" Tal vez yo misma hubiera creído en esa negación, si no hubiese ido a ver la realidad con mis propios ojos.
Estos niños no existen, me decía yo con firmeza mirando de hito en hito caras que ciertamente no eran
asiáticas.
Niños pordioseros me perseguían en las calles, y yo veía caritas lindas, aunque sucias, caritas de ojos azules y grises y zarcos, enmarcadas en una maraña de cabellos castaños o rubios.
"Vosotros no existís", murmuraba cuando sus manitas sucias me asían de la falda. "No, no, no existís", susurraba cuando los veía en los orfanatos. "¡No, no estáis ahí!" exclamé al ver un desharrapado grupo de niños agazapados bajo un puente para guarecerse de una tormenta de nieve.
Al fin, convencida contra mi voluntad, me di por vencida. Allí están, y los hay en gran número. Muchos mueren en la infancia, pero los que sobreviven gracias a sus mañas y habilidades, al hurto y la mendicidad, sobresalen del término medio, física e intelectualmente.
—De estos chicos hay más de lo que uno se imagina —me explicaba el embajador de Corea en Washington—, y debo decirle que son niños superiores.
Pero son niños aislados y solos, sin patria, perdidos, porque en la mayor parte de Asia el hijo pertenece tradicionalmente al padre, no a la madre. Como es el padre el que registra el nacimiento, al niño que no tiene padre se le dificulta entrar en la escuela o conseguir trabajo. Por carecer de padre, el niño no tiene familia ni futuro.
Se podría pensar que yo no tengo por qué preocuparme de ellos; pero soy vulnerable al encanto, y esas criaturas me han embrujado. Me han robado el corazón con su chispa y su hermosura. No puedo ver que crezcan perdidos y resentidos, y quedarme sin hacer algo por ellos. Sé, por lo que la historia enseña, que los niños perdidos y resentidos, sobre todo cuando tienen inteligencia y belleza, al crecer se convierten en personas peligrosas.
¡Ah, sí!, comprendo que nuestros soldados no son los únicos responsables, ya que hasta hoy no se sabe de ningún hombre que haya sido capaz de procrear un hijo por sí solo. Las madres de estos niños
"amerasiáticos"
son por lo general muchachas jóvenes, asiáticas que se han unido individualmente a un soldado norteamericano, y cada una se mantiene fiel a su hombre mientras él permanece en su país. Confía en que se casará con ella, como con frecuencia se lo ha prometido, y aun es posible que tenga el hijo para comprometer más al hombre a cumplir lo ofrecido. Este es un viejo error que cometen las mujeres en todos los países. Y sin embargo, los padres norteamericanos casi siempre se niegan a reconocer a los hijos que han engendrado.
Hace varios años, conmovida por la tragedia de los niños medio-norteamericanos en Asia, empecé a llevar a algunos de ellos a los Estados Unidos para que fueran adoptados; pero evidentemente era imposible llevar a la tierra de sus padres a tantos millares de chiquillos.
Entonces me dediqué a la caza. Me propuse buscar a los padres norteamericanos que habían producido esta situación. No pregunté cómo se llamaban. Que permanecieran en el anonimato, con tal que se preocuparan de sus hijos. Padres anónimos . . . ¿por qué no un Club de Padres Anónimos? Nada se exigiría a los socios, sino solo dinero para educar a los niños y prepararlos para la vida.
Comencé por los organismos que me parecieron más a propósito para el caso: las asociaciones de ex combatientes. Llamé por teléfono a los directores de estas asociaciones. Cuando contestaron mis preguntas,
parecía que sus voces vinieran de más allá de la Luna.
—No --insistían las distantes voces—; es imposible.
—Pero si se trata de niños indefensos ...
No pude interesarlos sino muy levemente. Me dijeron que existían sucursales locales de las asociaciones, que preparara paquetes individuales de material de información.. .
Los preparé, y con cada paquete despaché una carta personal en que explicaba que el Padre Anónimo no necesitaba mandar su nombre ni su dirección, sino solamente dinero. Mencioné vergonzosamente el hecho de que unos pocos dólares podían salvar la vida de un niño; unos pocos dólares más, enviados con regularidad, servirían para educarlo y conseguirle trabajo; con solo un dólar al año que diera cada militar en servicio activo, se atendería a todos los niños "amerasiáticos" y se les daría la mejor educación posible. Mandé paquetes y cartas al vacío, y del vacío no volvió nada.
Así pues, sigue la cacería. Y, cazando aún, no comprendo y estoy perpleja. ¿Por qué estos padres no responden? ¿No piensan nunca dónde están sus hijos asiáticos ni cómo son? ¿Qué extraño instinto es este de engendrar. y luego destruir?

Al aire libre
UN SEÑOR se fue con su hijito de corta edad, pero sin su esposa, a una excursión de varios días en las montañas. Después de haber pasado la primera noche en el bosque, el padre le preguntó al hijo si le gustaba la vida al aire libre "Sí, papá", repuso el muchacho, "pero la próxima vez traigamos a mamá y la salsa de tomate".    - B.S.
 
UN EXCURSIONISTA amigo mío erigió su tienda en un parque nacIOnal, al lado de la ocupada por una pareja de aspecto cansado, a la que acompañaban varios niños pequeños muy activos. La noche era calurosa; los insectos, feroces; el alojamiento, primitivo.
Pese a todo, nuestro veraneante estaba a punto de conciliar el sueño, a eso de la medianoche, cuando lo despertó un grito apagado procedente de la tienda vecina. Luego se oyó a la madre exclamar, en un tono de angustia que, según me dice mi amigo, él nunca olvidará: "¡Dios mío! ¡Si hace apenas tres minutos que miré el reloj!"
 
ALGUIEN comentaba en una exhibición de fuegos artificiales: "Una vez tuve un dolor de cabeza así".    — M. T.

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