sábado, 17 de febrero de 2018

LA LOBA Y SUS CACHORROS

 Algo maravilloso
y un tanto místico
ocurrió en los
desolados bosques
de Alaska. Un suceso
que da mucho que
Pensar, aunque no se
comprenda del todo.
 VIVENCIA INSÓLITA EN EL BOSQUE
 POR MORRIS HOMER ERWIN
 SELECCIONES DEL READER'S DICEST    AGOSTO DE 1987 
ILUSTRACIÓN: NORMAN ADAMS

UNA MAÑANA de primavera, hace muchos años, había estado yo buscando oro en el río Coho, en la isla Kupreanof, en Alaska sudoriental. De pronto, cuando salí de un bosque de abetos y pinabetes, me quedé pasmado: a unos veinte pasos de donde me encontraba en la planicie cubierta de musgo, avisté un enorme lobo negro, atrapado en una de las trampas del trampero George, mi amigo.
El viejo George había muerto la semana anterior, de un ataque al corazón, de modo que para la bestia fue afortunado que yo pasara por ahí. El animal, desconcertado y atemorizado al ver que me acercaba, se apartó tirando de la cadena de la trampa. Entonces me di cuenta de que era una hembra, y de que tenía las ubres repletas de leche. Por ahí, en alguna madriguera, una camada de lobeznos debía de estar esperando a la madre.

Por la apariencia de la loba, supuse que habría caído en la trampa sólo, unos días antes, lo cual significaba que sus hijos estarían todavía vivos, quizá a unos cuantos metros de' allí. Pero temí que, si trataba de liberarla, me atacara y destrozara.
Así pues, decidí localizar a los lobeznos, y empecé a buscar huellas que me llevaran a la madriguera Por fortuna, todavía quedaban algunos parches de nieve en el tereno. Al rato descubrí huellas de garras en un sendero que bordea el pantano musgoso.
Ese rastro me llevó como un kilómetro a través de] bosque, y luego cuesta arriba, por una pendiente rocosa. Por fin di con la madriguera que se encontraba al pie de un abeto.enorme. No se oía el menor ruido que proviniera del interior. Los lobeznos son tímidos y cautelosos, y yo no tenía muchas posibilidades de lograr que salieran. Pero había que intentarlo, de modo que comencé a imitar la aguda voz, de las lobas cuando llaman a sus crías. No obtuve respuesta.
Momentos después, cuando volví a emitir aquel llamado, aparecieron cuatro pequeñísimos lobeznos, de cuando mucho unas cuantas semanas de nacidos; les acerqué las manos, y ellos trataron de mamar de mis dedos. Quizá el hambre me había ayudado a vencer su temor natural. Luego, los coloqué uno por uno en una bolsa de yute, y emprendí el regreso cuesta abajo.
Al verme la loba, se quedó inmóvil, muy erguida. Después lanzó un agudo aullido de aflicción, quizá al percibir el olor de sus hijos. Solté a los lobeznos, que corrieron hacia su madre. Pronto estaban todos mamando del vientre de la loba.
¿Y ahora qué?, me pregunté. La loba estaba sufriendo, evidentemente, pero cada vez que me acercaba, de su garganta surgía un gruñido amenazador. Como tenía que proteger a sus crías, estaba dispuesta a luchar. Necesita alimento, pensé. Tengo que traerle algo de comer.
Caminé hacia el río y vi la pata de un venado, muerto de hambre y frío que sobresalía de un montículo de nieve. Le corté una pata trasera al cadáver y devolví el resto a aquella nevera natural. Cuando le llevé la carne a mi amiga, le dije en tono tranquilizador. "Bueno, señora, la cena está servida, pero sólo si deja usted de gruñirme. Ande; coma tranquila". Le arrojé trozos de carne, que olfateó y luego engulló.
Corté algunas ramas de pinabete y con ellas preparé un tosco refugio .para guarecerme. Pronto me dormí. Al amanecer del día siguiente me despertaron cuatro bolitas de pelo esponjado que me olisqueaban la cara y las manos. Eché uná mirada a la loba, que parecía muy inquieta. ¡Si pudiera ganarme su confianza!, pensé, Esa era su única esperanza de sobrevivir.
Los cinco días siguientes dividí mi tiempo entre la búsqueda de oro y mis intentos de ganarme la confianza de la loba. Le hablaba con dulzura, le arrojaba carne y jugaba con los cachorros. Me acercaba cada vez más, aunque procuraba permanecer fuera del alcance de la loba encadenada.
Al anochecer del quinto día le llevé más carne. "¡Aquí está la cena!", le dije suavemente, y me acerqué. "Anda, muchacha, no hay nada que temer". De pronto, los lobeznos se me acercaron dando saltitos. Por lo menos tenía la confianza de ellos, pero estaba empezando a perder la esperanza de congraciarme con la madre. Entonces me pareció ver que movía la cola levemente. Me coloqué dentro del alcance de la cadena.
La loba permaneció inmóvil. Yo sentía un nudo en la garganta. Me senté a dos metros de ella. De una sola tarascada aquellas fauces podrían romperme un brazo ... o desnucarme. Me envolví en mi frazada y me senté lentamente en el suelo frío. Un gran rato no pude conciliar el sueño.
Al amanecer, me despertó el ruido que hacían los lobeznos al mamar. Me acerqué a ellos suavemente y los acaricié; la loba se quedó tiesa. "Buenos días, amigos", dije, titubeante. Entonces, puse la mano sobre la herida de la loba, que contrajo los músculos por el dolor, pero no hizo ningún movimiento amenazante. No lo puedo creer, pensé, sorprendido, pero esto en verdad está sucediendo.
Me di cuenta de que las tenazas de acero de la trampa le habían aprisionado sólo dós dedos, que estaban hinchados y lacerados; pero el animal no perdería la pata, si yo lograba liberarlo.
"Bueno", le dije, "espera un poco, y estarás libre de nuevo".
Presioné la trampa, que se abrió, y la loba retiró la pata. Luego, mientras gemía, dio unos saltos sin apoyar la pata lastimada. Según mi experiencia en los bosques, la loba reuniría en ese momento a sus cachorros y desaparecería en la espesura; pero en vez de ello el animal se me acercó muy lenta y cautelosamente. Ya que estuvo junto a mí, me olfateó los brazos y las manos, y luego empezó a lamerme los dedos. Quedé perplejo. Aquello iba en contra de todo lo que yo había oído sobre los lobos y, sin embargo, parecía muy natural.
Poco después, mientras sus crías jugueteaban a su alrededor, la loba se dispuso a partir; comenzó a caminar cojeando en dirección del bosque. Entonces, se volvió y me miró. "¿Quieres que vaya con ustedes?", le pregunté. Animado por la curiosidad, empaqué mi equipo y me puse en camino.
Bordeando el río Coho a lo largo de algunos kilómetros, ascendimos 'la montaña Kupreanof hasta que llegamos a una pradera alpina. Allí, oculta entre el bosque circundante, había una manada de lobos, Conté nueve adultos y, a juzgar por sus actitudes juguetonas, cuatro cachorros casi totalmente desarrollados. Tras unos minutos de bienvenida, la manada comenzó a aullar en forma siniestra, con voces . ululantes, desde aullidos graves hasta chillidos agudos.
Al anochecer, instalé mi campamento. A la luz de la hoguera y de la luna veía las siluetas y los ojos brillantes de los lobos que salían de las sombras y volvían a perderse en ellas. Pero no sentí' miedo: sólo eran curiosos, lo mismo que yo.
Me levanté al amanecer. Ya era tiempo de que dejara a la loba con su manada. Ella me observaba mientras disponía mi equipo, y cuando eché a andar a través de la pradera, en cuanto llegué al lado opuesto, me volví y vi que la loba y sus cachorros me miraban desde donde los había dejado. No sé por qué, pero les hice una seña de despedida con la mano, y en ese momento la loba lanzó al aire fresco un largo y lúgubre aulido.
CUATRO años después, en el otoño de 1945, regresé al río Coho a raíz de cumplir el servicio militar en la Segunda Guerra Mundial. Tras los horrores de la guerra, era muy agradable encontrarme de nuevo entre los abetos mecidos por el viento, y respirar el aire vigorizante de los bosques de Alaska. Encontré colgada de un cedro rojo, donde la había dejado cuatro años antes, la trampa, ya oxidada, en la que había caído la loba. Algo me indujo a ascender la montaña Kupreanof hasta la pradera donde había visto por última vez a mi amiga. Subí a una alta roca y emití un largo aullido en tono bajo, tal como los lobos suelen llamarse; ya había hecho eso muchas veces.
El eco retornó a través del espacio. Volví a llamar, y volví a oír el eco, pero ahora seguido del aullido de un lobo que provenía de un promontorio que se encontraba a un kilómetro de allí.
En seguida, vi a lo lejos una silueta oscura que avanzaba hacia mí. Cuando atravesaba la pradera noté que se trataba de un lobo negro.
Sentí un estremecimiento en todo el cuerpo. Sin embargo, de pronto reconocí al animal aun al cabo de cuatro años. "¡Hola, muchacha!", le dije con suavidad. La loba se me acercó poco a poco, con las orejas enhiestas y el cuerpo tenso, y se detuvo a unos metros de mí. Movía levemente la hirsuta cola.
Al rato, la loba se fue. Tiempo después salí de la isla Kupreanof, y nunca volví a verla. Pero su recuerdo vívido, imborrable y un tanto sobrecogedor, siempre me acompaña, y me hace pensar que en la naturaleza suceden cosas que están más allá de las normas y el entendimiento humanos.
Durante aquel breve tiempo, el animal herido y yo penetramos cada uno en el mundo del otro, y tendimos puentes a través de abismos que nunca se pensó pudieran salvarse. No existe explicación para experiencias de esta clase. Lo único que podemos hacer es aceptar su posibilidad y, en vista de que están teñidas de misterio y rareza, quizá atesorarlas en la memoria como algo muy valioso.
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Alteza desairada
UN CILEBRE cirujano suizo, cuyos pacientes tenían que hacer cita con meses de anticipación, no era afecto a hacer distingos entre su clientela. En cierta ocasión, una princesa llegó al consultorio y el médico le indicó que tomara asiento, como si tal cosa, La princesa se escandalizó. ¿Sería posible que el médico no supiera quién era?
—¡Soy una princesa! —exclamó.
—Bueno —replicó el cirujano—. Entonces tome dos asientos.
—Marie Waife-Goldberg, en My Father, Sholom Aleichem (Simon & Schuster)
 
martes, 3 de noviembre de 2015

UATEMALA 1926 SELLO

sábado, 19 de marzo de 2016

CASCOS EN LA LLANURA (Condensado de «Country Gentleman») Por Herbert Rarenal Sass


jueves, 24 de marzo de 2016

MI VALIOSO TESORO EN HUMILDE CAJA imagenes


domingo, 11 de febrero de 2018

TRISTE HISTORIA-LA MUERTE ACLARA UN MISTERIO Por Axel Munthe

"encontré sentado al chiquillo medio desnudo comiéndo­se una patata cruda. Me miró- con ojos de terror e instintivamente alzó uno de sus bracitos malnutridos en ademán de parar un golpe."
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Conmovedor relato
tomado de las memorias
de un famoso médico
 
  LA MUERTE
ACLARA
UN MISTERIO
Por Axel Munthe
Condensado de
«La historia de San Michele»*
                                                                                   1959  

AXEL MUNTHE, médico y siquiatra sueco, fue durante muchos años uno de los galenos más de moda en París. Habiendo desmejorado su salud, abandonó su lucrativa clientela y se refugió en su retiro de San Michele, en la isla de Capri. Más tarde se estable­ció en Roma, donde repitió sus triunfos de París. Ya al final de su carrera volvió a Suecia como médico de la casa real; y en ese período terminó su libro extra­ordinario de memorias: «La historia de San Michele». El Dr. Munthe murió en 1949 a la edad de 92 años.

UNA NOCHE, al regresar tarde  a mi casa y consultorio de Paris, encontré esperándo­me a la puerta un coche que me traía una llamada urgente para que acudiera a cierta casa de la rue Gra­net. Allá fui. Me recibió una muje­rona de aspecto desapacible que dijo llamarse Madame Réquin; era par­tera
Me condujo a una habitación del último piso. Había allí toallas y sába­nas manchadas de sangre esparcidas por todas partes. Sobre la cama ya­cía, más muerta que viva, una joven excepcionalmente bella. Yo no soy especialista en obstetricia pero, des­pués de un rápido examen, me puse a atenderla. Todo salió bastante bien y hasta la misma criatura, que esta­ba a punto de perecer asfixiada, vol­vió a la vida después de un vigoroso tratamiento de respiración artificial.
Se salvaron en una tabla la ma­dre y el hijo. Se me habían agotado absolutamente todos los materiales para contener la hemorragia; afortu­nadamente di con una maleta entre­abierta llena de finísima ropa inte­rior de mujer que rasgué en pedazos para taponar.
Poco después alcancé a ver en el suelo un broche de diamantes que sin duda había caído cuando estuve escarbando la maleta.
—Ma foil —exclamó Madame Ré­quin—. Con eso me pagaré la cuen­ta ... en el peor de los casos. Una nunca está segura con estas damas extranjeras. Podría antojársele marcharse tan misteriosamente como vi­no ... ¡Dios sabe de dónde!
Antes de irme le di a Madame Réquin el prendedor para que lo guardara.
Unas dos semanas después recibí una carta de la partera. Me informa­ba que la dama se había restablecido y que se había marchado —no sabía adónde— después de pagar cumpli­damente sus cuentas. Además, había dejado una suma considerable para
ser entregada a cualquier matrimo­nio respetable que quisiera adoptar al niño.
UNA MAÑANA, tres años después, leyendo el periódico a la hora del desayuno, me encontré esta noticia:
 UN ASUNTO MACABRO. Madame Réquin,  de la rue Granet, ha sido detenida en relación con la muerte de una niña desapareci­da en circunstancias sospecho­sas. Se la acusa también de haber hecho desaparecer otras criaturas que habían sido con­fiadas a su cuidado.
Se me cayó él periódico de las ma­nos. ¡Madame Réquin, rue Granet! Ya había olvidado el incidente. Me sentí satisfecho al recordar que me había sido dado salvar dos vidas. Pero otro pensamiento cruzó por mi mente. ¿ Qué más había hecho yo por ellos? ¿ Qué había hecho yo por aquella madre abandonada por otro hombre en el momento que más lo necesitaba? «¡Juan, Juan!» la había oído gritar cuando se hallaba bajo la influencia del cloroformo.
Obtuve permiso de las autorida­des para visitar a Madame Réquin. La comadrona me reconoció inme­diatamente.
Le pregunté por el niño y me ase­guró que estaba en Normandía muy contento y que sus padres adoptivos —un zapatero y su mujer— lo ama­ban entrañablemente. No creí que me dijera la verdad y presentí que el chico había muerto; sin embargo, le pedí las señas y le exigí que me devolviera el broche de diamantes. Nunca había estado yo en Normandía; era la época de Navidad y resolví darme unas merecidas vaca­ciones. Justamente el día de Navi­dad llaméala puerta del zapatero. Sobre el piso de piedra de una co­cina maloliente encontré sentado al chiquillo medio desnudo comiéndo­se una patata cruda. Me miró- con ojos de terror e instintivamente alzó uno de sus bracitos malnutridos en ademán de parar un golpe. Lo tomé en mis brazos. Lo senté sobre mis rodillas y ahí se quedó quietecito y en silencio absoluto.
EL zapatero me dijo que le gustaría poder deshacerse del chico. Su mujer fue del mismo parecer, puesto que ya tenían un hijo propio y dos más  más en pensión.
C'est un*enfant triste —agregó _. Nunca habla, ni siquiera dice «mamá"; nunca sonríe.
Lo envolví en mi manta de viaje y me lo llevé a París en el tren expreso de la noche. Juanito dormía tranqui­lamente mientras yo me devanaba los sesos pensando qué iba a hacer con él. Por fin decidí llevarlo a mi propia casa.
—Rosalía dije a mi ama de lla­ves cuando llegué—: toma, aquí tienes dinero, cómprate un vestido blanco, un par de delantales y cualquier otra cosa que pueda hacerte falta. Tú vas a ser la niñera de este angelito.
   No HABÍA pasado mucho tiempo cuando me llamaron de Londres pa­ra una consulta. Aunque no conocía a la que iba a ser mi paciente, había tratado con buen éxito a un pariente suyo, lo cual fue sin duda la causa de que me llamaran. Supe que el co­ronel, su esposo, se empeñaba en que debía consultar con un especia­lista en enfermedades nerviosas y, pese a la inexplicable aversión que ella tenía a los médicos, se dispusie­ron las cosas de modo que yo me sentara a su lado a la mesa, con el objeto de que me pudiera formar   al menos una idea del caso
Supe que el marido la adoraba, que vivía rodeada dé lujo y comodidades, que tenían una hermosa casa en Grosvenor Square y una de las más refinadas y antiguas mansiones campestres de Kent; pero ella pare­cía perdida en un constante divagar, como en busca de algo. En un tiem­po se había interesado por la pin­tura. Ahora no le interesaba nada. Digo mal: se interesaba por el bienestar de los niños desamparados y daba buenas sumas de dinero para jardines infantiles y orfanatos.
A la hora de comer descubrí que mi paciente era extraordinariamente bella. Me sorprendiótambién la profunda expresión de tristeza de sus preciosos ojos negros. Había algo así como una total falta de vida en su rostro. Parecía aburrirle mi compañía y no prestó atención a cuanto le dije acerca de la exposición de cuadros de aquel año.
En espera de ser más afortunado, le conté que había pasado toda esa tarde en el hospital de niños de Chelsea: para mí había sido aquello una revelación, no obstante ser asiduo visitante del Hópital des En­fants Trotívés de París. Le hablé de los millares de niños abandonados que inundaban las provincias de Francia. Me miró entonces por pri­mera vez sin aquella expresión in­sensible de antes.
   CUANDO volví a casa, Juan pareció contento de verme, pero estaba muy pálido y delgaducho.

Dos semanas después me sorpren­dió encontrar al coronel en mi sala de espera. Díjome que su esposa ha­bía venido a París de compras y que le gustaría mucho que yo la acom­pañara a visitar uno de los hospitales de niños.
Convinimos en que vendría a bus­carme después de la consulta. La sa­la de espera estaba aún llena de clientes cuando llegó en su elegante landó. Le mandé a decir con Rosalía que tuviera la bondad de esperarme en el comedor mientras yo termina­ba de atender a mis pacientes. Media hora después la encontré con Juan sentado en sus faldas, muy distraída con los juguetes que el chico le en­señaba.
La llevé aparte y le conté que el niño era huérfano, con una historia muy triste. Ahora estaba bien, con Rosalía y conmigo, mas yo no esta­ría seguro de que hubiera olvidado su pasado mientras no lo viera sonreir.
—Es verdad —comentó tristemen­te—. No ha sonreído ni una sola vez mientras me mostraba sus ju­guetes, como suelen hacerlo otros niños.
—Muy poco es lo que sabemos de la mentalidad infantil; desconoce­mos el mundo de los niños —le dije yo—. Solamente el instinto maternal es capaz de penetrar una que otra vez la sutil maraña de sus pensa­mientos.
Como respuesta, se fue derecho hacia donde estaba Juan e inclinán­dose lo besó tiernamente. El chico la miró con ojos llenos de sorpresa.
—Quizás ése es el primer beso que le dan — dije yo.
Cuando llegó Rosalía para llevár­selo a dar su paseo de la tarde, su nueva amiga propuso en cambio que ella lo llevaría consigo en su landó.
   Desde entonces comenzó una vida distinta para Juanito. Todas las ma­ñanas llegaba la hermosa dama con un juguete nuevo; todas las tardes paseaba con él en coche por el Bos­que de Bolonia.
Rosalía me contó que ál regresar de sus paseos, la linda extranjera in­sistía siempre en que debía ser ella misma quien subiera al niño a su cuarto. Después, se quedaba para ayudar a bañarlo y, más adelante, ella misma lo acostaba y no se apar­taba de la camita hasta dejarlo dor­mido.
 El coronel me dijo que habían re­suelto quedarse en París, no sabía por cuánto tiempo, ni le importaba, ya que su esposa nunca había sido más feliz. Y tenía razón: la expre­sión de su rostro había cambiado por completo; en sus ojos brillaba una ternura infinita.
  El chico no dormía normalmente. Con mucha frecuencia, al ir a darle un vistazo antes de acostarme, lo en­contraba con la carita encendida. Rosalía decía que tosía toda la no­che. Una mañana alcancé a oír la fatídica crepitación en la parte supe­rior del pulmón derecho: demasiado bien sabía yo lo que aquello quería decir. Tuve que confesárselo a su nueva amiga. Ella me dijo que ya lo había sospechado. Quizá lo supo antes que yo.
Quise conseguir una enfermera, pero ella no lo consintió; me rogó que le permitiera ser ella misma la enfermera y yo tuve que ceder. En realidad, eso era lo mejor que se po­día hacer: el chico mostraba un gran desasosiego, aun estando dormido, tan pronto como ella salía de la ha­bitación.
Dos días después, Juan sufrió una leve hemorragia, por la tarde le su­bió la fiebre y se hizo evidente que el curso de la enfermedad sería rápido.
—No vivirá mucho —comentó Rosalía llevándose el pañuelo a los ojos—. La cara es ya la de un an­gelito.
 Gustaba de sentarse en el regazo de su tierna enfermera, mientras Rosalía le hacía la cama pára la noche. Juan siempre me había parecido un chico inteligente, de carácter dulce; pero nunca hubiera dicho que era un niño guapo. Ahora lo miraba y
me  parecía que habían cambiado todos los rasgos de su fisonomía; tenía los ojos más grandes y más oscuros. Habíase  trasformado en un  niño be­llo, bello como el Amor.*. o como el Ángel de la muerte.
Observé esos dos rostros, pegado el uno al otro, mejilla con mejilla, y me quedé absorto. ¿Podría ser posi­ble que el infinito amor que irra­diaba del corazón de esa mujer ha­cia ese niño moribundo tuviera la virtud de trasformar los rasgos de su carita en una vaga imagen de ella? La misma frente despejada, la misma curva exquisita de las cejas, las mismas larguísimas pestañas. Hasta el mismo gracioso moldeado de los labios hubiera sido igual, si los hubiese visto sonreir ... como la vi sonreir a ella esa noche en que, en sueños, él, murmuró por primera vez la más dulce palabra en la boca de un niño y la más grata a los oí­dos de toda madre: «mamá, mamá».
Ella lo había metido en su camita. El chico, sobresaltado, no podía dor­mir y ella no se apartaba un momen­to de su lado. Por fin se adormeció. Yo la hice retirar a la fuerza para que se recostara a descansar siquie­ra una hora; Rosalía le avisaría tan pronto como el niño despertara. Cuando volví a la habitación, al ra­yar el alba, Rosalía se llevó el dedo a los labios:
—Shss ... ambos están dormidos —y en un susurro me dijo—: Míre­lo, está soñando.
Estaba completamente inmóvil y tranquilo, los labios entreabiertos en una encantadora sonrisa. Le puse la mano sobre el corazón. Estaba muer­to. Volví los ojos del rostro del niño sonriente al de la mujer que dormía en la otra cama. Ambos eran exac­tamente iguales.
Por la mañana lo bañó y lo vistió por última vez. Ni siquiera permitió que Rosalía le ayudara a colocarlo en el ataúd. Cuando cerré la tapa es­talló en sollozos y me dijo que no podía separarse de él ni dejarlo solo en un cementerio extranjero.
—¿Por qué separarse de él? —le respondí— ¿Por qué no llevárselo a Inglaterra para tenerlo cerca en el precioso cementerio de su parroquia de Kent?
Sonrió a través de las lágrimas. Era la misma sonrisa del chico.
—¿Podré hacerlo? ¿Será posible? — exclamó casi con alegría.
—Puede hacerse y se hará.
Levanté la tapa y ella le dejó un ramo de violetas junto a la mejilla.
No tengo más que ofrecerle —volvió a sollozar.
—Me parece que también le gus­taría llevarse esto —dije yo sacando del bolsillo el broche de brillantes y prendiéndolo en la almohada—: perteneció a su madre.
No respondió una palabra; exten­dió los brazos hacia su hijo y, cayó sin sentido.

HE VISTO la tumba de Juan. Yace en el pequeño cementerio de una de las más hermosas iglesias parroquia­les de Kent: está cubierta de violetas y velloritas y llena de trinos de mir­los que allí van a cantar. A su madre no la he vuelto a ver. Más vale así.
 


sábado, 10 de febrero de 2018

RODHE CHARIS -REGALO DE AMOR EN HUEHUETENANGO

 RODHE  Y  ANTONIO - EL AMOR EN HUEHUETENANGO
Por 
   Cuento, Historia fictica
        Imaginación del Escritor, quién se inspira en su gran amor por su ciudad natal
  Por.  Un apasionado por la historia huehueteca/Autor del Blog
QUIÉN DEDICA ESTA HISTORIA  AL PADRE ETERNO, A MI SALVADOR JESUCRISTO Y AL ESPIRITU SANTO
 RODHE CHARIS- quiere decir  "Rosa, regalo de Gracia y  Generosidad- "
Por centesima vez, Antonio tomó en sus manos la fotografía. observo detenidamente la imagen de la joven alli  impresa, dijo en voz audible: -Amor mío. amor mío, dentro de unas horas serás mi esposa-y luego  llevando la fotografía a sus labios le dió un suave beso.
Retrocediendo en el tiempo unos meses atrás.
Un sábado por la tarde, Antonio, había salido a dar una vuelta por la ciudad de su natal Huehuetenango. Después de visitar a su mejor amigo, caminaba  cerca del centro de la ciudad. Era una tarde maravillosa. El sol filtraba sus rayos por entre las nubes en un fondo de color celeste profundo.Por un momento Antonio quedose contemplando el cielo  casí enfrente de una puerta de una tienda, Precisamente en ese momento una agraciada joven con varias bolsas y paquetes de compras,iba saliendo de esa tienda.Por casualidad, coincidencia o destino, la señorita iba un tanto distraída y el choque fue suave pero inevitable.Un libro que iba al suelo, Antonio logró agarrarlo . Al momento del  encuentro ambos pidieron disculpas, Se encontraban enfrente de un cafe museo, por lo que Antonio de manera muy espontanea y amable solicitó a la bella joven que aceptará entrar al restaurante cafe, a tomar "un vaso  de agua para reponerse del asusto". Entraron al restaurante,ocuparon una pequeña mesa y pidieron refrescos naturales de jugo de piña para ambos. 
Sentados frente a frente, Antonio quedó extasiado al contemplar la belleza de su acompañante.Así fue como la suave, arómatica y carismática personalidad de Rodhe Charis cautivó a nuestro amigo. Antonio era un hombre ilustrado y poseedor de  amplios conocimientos, sin embargo era  reservado hasta cierto punto con las mujeres,  más en esta ocasión una atmosfera de amistad y cordialidad se respiraba entre él y Rhode. Antonio al saber el nombre de su nueva amiga , de pronto le dijó:.
_Rhode Charis-! QUE BELLO NOMBRE-"Rosa, regalo de Gracia y  Generosidad- " y que BELLEZA QUIEN ASÍ  SE LLAMA_
Rhode agradeció el cumplido, y siguieron conversando animadamente.
Anastasios e Irene Charis, griegos de origen, eran personas honradas, nobles de corazón, con una profunda piedad y amor a Dios y al prójimo. Habíanse establecido  muchos añas atrás en la capital de Guatemala. De este matrimonio  todos sus hijos habían nacido en Guatemala. , Rhode era la hija menor. Ella era graduada universitaria  en Psicología e Historia. Como parte de una investigación educativa e histórica  para la televisión extranjera, debió viajar al departamento de Huehuetenango  para conocer la cultura y tradiciones de este bello rincón  fronterizo de la patria.  Fue así como a los pocos días de  llegar a Huehuetenango  sucedió el encuentro con Antonio que cambiaría  totalmente la vida de los dos jovenes.
Una amistad respetuosa nació  entre antonio y Rhode. Cómo él estaba gozando de un periodo de vacaciones, estuvo en disponibilidad de acompañar a la joven historiadora a conocer los destinos túristicos de Huehuetenango. La antigua fortaleza de los mames donde el guerrero Kaibil Balam fue sitiado  por el conquistador español Gonzalo de Alvarado , el nacimiento del río San Juan en Aguacatán, Las piedras de Cap Tzin en San Juan Ixcoy, El mirador Dieguez Olaverri en los altos de los Cuchumatanes, la Laguna Magdalena en Chiantla , entre otros destinos fueron visitados por Irene y su equipo en compañia de Antonio.  La joven historiadora tuvo la oportunidad de probar la exquisita comida tradicional de Huehuetenango.  El Jocón,, El Pepían , Buñuelos , dulces de horno, carne cecina, el pan del a semana santa, carne de cordero, Chorizos y longanizas picantes, diferentes en su elaboración y sabor de las que había probado en la capital. chuchitos acompañados de un chocolate caliente, especialmente fue de su gusto. "La miel de semana santa". (higos,duraznos,chilacayote, platano en almibar)  Después de varíos días de intensa actividad  Irene se despidió de Antonio.
Pero el Amor pudo más que la despedida. Empezaron a extrañarse profundamente. Todo el día y la noche se les iba a ambos en  hondos supiros.  Rodhe y Antonio se habían enamorado totalmente. Estaban enfermos de amor y la única cura posible era estar juntos .Los planes de boda no se hicieron esperar. Los padres de Rodhe , estuvieron de acuerdo por considerar a antonio como un joven de nobles sentimientos y que profesaba un verdadero amor a  su bella hija.  EL DÍA DE LA BODAPor centesima vez, Antonio tomó en sus manos la fotografía. observo detenidamente la imagen de la joven alli  impresa, su cabello de color negro azabache y sus ojos tan azules como el mar Egeo. , luego su vista se poso´en el el mensaje allí escrito: "Con amor eterno para mi amado Antonio..Rhode"
Antonio dijo en voz audible: -Amor mío. amor mío, dentro de unas horas serás mi esposa- y luego  llevando la fotografía a sus labios le dió un suave beso.

 
 
 

lunes, 5 de febrero de 2018

EL AMOR-SOLAMENTE UNA VEZ.. Por FULTON OURSLER 1947

SOLAMENTE UNA VEZ..
Por FULTON OURSLER
1947 



  ESTA narración parecerá increíble a quien no haya experimentado en su  propia vida el milagro de ver el amor humano triunfante del tiempo y la dis­tancia. Voy a contar escuetamente, sin añadir nada de mi cosecha, lo que le ocurrió a Linda Watkins, a las tres de cierta madrugada invernal del año de gracia de 1927.
A decir verdad, la aventura de Linda empezó meses antes en Nueva York una  tarde de octubre cuando la muchacha cruzaba Washington Square bajo la lenta lluvia multicolor de las hojas arrancadas por la brisa. En dirección contraria avanzba un organillo de ruedas empujado por un viejo de cara como tallada en nogal, que llevaba posado en el hombro un  taciturno papagayo. Mientras daba vueltas al manubrio del asmático instrumennto, cl viejo entonaba cierta canción sentimental de una opereta romántica ya muy  apolillada:
Solamente una vez en la  la vida podemos  el amor...
interrumpiose al ver a Linda y, som­brero en mano, ofreció con una sonrisa:
—¿La buenaventura, señorita? Sólo cuesta cinco centavos.
Apenas había abierto Linda la bolsa, cuando el papagayo hundió la cabeza en un cajón del organillo para sacarla en seguida con un sobrecito azul en el pico. Pero una ráfaga de viento arrancó de los dedos de Linda el sobre, que voló por el aire y fue a posarse en la elevada horqueta de un árbol.
—¡Le daré otra buenaventura, seño­rita! —ofreció el viejo.
¡No, no, de ningún modo! — excla­mó alguien a su espalda con una Voz de claro timbre.
Fue la primera vez que Linda oyó y vio a Juan. Era un joven alto y fornido que miraba embelesado los cabellos do­rados de Linda, sus ojos azules y su som­brerillo verde adornado con una pluma roja.
Sin cuidarse de que ello estaba pro­hibido, el joven trepó árbol arriba hasta llegar a la horqueta, alcanzó el sobre y bajó de un salto-- con un hermoso rasgón en una rodilla de los pantalones.
Linda extrajo aguja e hilo de su bolsa y propuso sonriente:
 —Si quiere sentarse en este banco... 
—¡Lea usted antes la buenaventura, por favor!
Linda sacó del sobre un papelito que tenía, pobremente impresas, estas seis palabras del Nuevo Testamento:
«Amaos los unos a los otros».
Aquella frase, por supuesto, era una flamante coincidencia. Mas para Linda y para Juan, el encuentro casual en el cre­púsculo de otoño, y el golpe de brisa que arrebató el sobrecito azul, significaron una colisión con el misterio de la vida cuyos 'unicos indicios fueron las palabras ,de la Escritura y la canción de la luna azul.
Todas las tardes que siguieron a aqué­lla, Linda y Juan vagaron cogidos del brazo por las ruidosas calles próximas a Washington Square. Empezaron por con­tarse sus vidas. Linda estudiaba dibujo industrial y vivía sola en el primer piso de una casa de ladrillo rojo que daba al parque. Su madre era \ viuda y residía en Wáshington. Juan, según su propio con­cepto, era escritor, pero aún llo había vendido ninguna de sus producciones; mientras llegaba el día venturoso, ganaba lo bastante para vivir, y hasta para mandarle algún dinerillo a sus padres, escribiendo en una revista comercial dedicada a la propaganda de bebidas gaseosas.
Cuando arreció el frío, la pareja aban­donó las calles para sentarse ante la llama azulada del carbón que ardía en la redu­cida chimenea de Linda, y forjar inge­niosos ardides con que hacer frente a la carestía de la vida. Ya empezaban a pensar en casarse, cuando la madre de Linda tuvo una conversación privada con Juan.
—Bien sabe Dios — le dijo — que, si ustedes insisten en casarse inmediata­mente, nada podré hacer para impedirlo.
Pero Linda tiene sólo diecinueve años; es todavía demasiado joven. Solamente les pido que esperen. Quiero que Linda esté bien segura de sus sentimientos. Si espera hasta cumplir los veintiún años, me propongo hacerla independiente para toda la vida. Hablando con franqueza, Juan, ¿le parece bien hacer que Linda sufra los rigores de la pobreza, cuando una pequeña espera puede darle la cer­teza de su amor y, además, el bienestar material? Y en cuanto a usted, tengo un proyecto estupendo.
Juan se quedó mirando a aquella dama tan mesurada, tan segura de sí misma, y sintió que su felicidad se derrumbaba. «No le parezco bien para su hija », pensó. «Cree que el tiempo puede desbaratar nuestro amor». Luego preguntó:
—¿Qué proyecto es ése?
—¡Hay un puesto excelente para usted en la oficina que mi marido tenía en Londres.Usted y Linda pueden escri­birse tanto como quieran; pero no han de verse en dos años. ¡No es eso pedir mucho tratándose de una madre previsora!
Linda manifestó el más absoluto des­precio dinero y el bienestar. Pero Juan creyó que la mamá tenía razón: Linda era demasiado joven.
La muchacha se obstinó  en vencer la resistencia de su novio; media hora antes de salir el barco luchaba aún por conven­cerlo de que saltase a tierra.
— ¿Por qué no dejas ahora mismo el barco? ¿Por qué no nos casamos inmediatamente ?
—Suponte — respondía Juan — qu sigo fracasando toda la vida. Suponte que llega un día en que te cansas de ser pobre y me lo reprochas.
—¡Nunca me importará! ¡Nunca m importará, Juan!
Por un instante, Linda vio que la vacilación asomaba a los ojos de su novio,
 En aquel instante subió dc1 muelle áspera voz de mando:
«¡Todos los visitantes a tierra!»
Linda se encontró sola en el muelle, viendo cómo levantaban la plancha y cómo iban recogiendo los largos cabos. Se oyó un ruido seco, que para Linda fue Cruel, y el hermoso barco iluminado em­pezó a flotar libre de trabas, río abajo. Aún vio un instante a Juan, que saludaba casi montado en la barandilla. Luego se lo tragó, la oscuridad.
De vuelta en su cuarto, Linda se sintió presa de acongojadora convicción. Juan no la quería de veras porque de otro modo no la hubiese dejado. Su partida era un sacrilegio contra el don que solo se recibe una vez en la vida. Dejaría que  su amor por él muriera lentamente, aun cuando fuese sólo para vengar tamaña traición. Un gemido desgarrador se esca­pó de los labios de Linda; 
un gemido que pareció perforar la noche y lanzarse hacia el mar.
Se tendió, sin fuerzas, en el lecho y permaneció allí inmóvil e insomne mien­tras la campana de un reloj distante marcaba las horas, una tras otra. Cuando logró dormirse tuvo una pesadilla en la que el barco de Juan, víctima de una maldición, perdía el rumbo y vagaba desorientado sin hallar puerto. Súbitamente, Linda se incorporó en el lecho... Alguien estaba silbando al pie de su ven­tana la tonada:
Solamente una vez en la vida podemos hallar el amor...
¿Estaba despierta o seguía soñando?
 El silbido era de desconcertante realidad. Se calzó las frías chinelas y corrió a la ventana. Vio a un policía parado en la acera de enfrente.
—¡Oiga!—le gritó. — ¿Estaba usted silbando algo'
—No señorita. Siento que ese tipo la haya molestado. Ya le dije que se callara.
¿Qué tipo? — preguntó Linda ¿Dónde está?
El policía se acercó a la ventana.
—Es muy extraño — explicó—. Le di la espalda por un momento y al volver a mirar ya no estaba allí. No sé donde puede haberse metido.
Despidiose el policía y atravesó la calle en dirección a Washingtort. Square. Linda encendió todas las luces del cuarto. Se sentía presa de indecible congoja. Aquella música no podía ser mera coin­cidencia.
Cuando oyó nuevamente el silbido se puso una bata, abrió la puerta y se lanzó a la calle.
¡Allí estaba Juan¡
CUANTO más pienso en Linda y Juan, estoy más seguro de que los que aman apasionadamente tienen el milagroso don de la telepatía. ¿Qué otra causa pudo arrancar a Juan de la barandilla cuando el barco estaba ya surcando la bahía?
Sintió adueñarse de él espantosa triste­za que más parecía aguda enfermedad. No era la simple herida de la ausencia que empezaba a dolerle; era una íntima urgencia, un torturante malestar físico que le llenaba el corazón de un terror indefinible y extraño.
Cuando el hombre siente con tal intensidad es porque está bajo el imperio de fuerzas más persuasivas que la razón. No había lógica alguna en esa su con­vicción repentina de que le era indis­pensable volver junto a Linda inmediata­mente y a toda costa, si no quería perderla para siempre. Tampoco había lógica en la veloz carrera con que atravesó la cubierta y subió la escalera del puente. Como un poseso, agarró al capitán del barco por los hombros.
—Capitán—dijo mintiendo con aplo­mo —. Tengo la misión de llevar a Lon­dres importantísimos documentos. Pero he dejado la cartera que los contiene.
¿Qué quiere usted que yo haga, señor ¿Subir el río otra vez, atracar en el mueelle y esperar a que usted busque
papeles? — contestó de mala guisa el capitán.
—¡Yo tengo que salir de este barco! —rugió Juan.
—Está bien — repuso el capitán-. Lo único que se me ocurre es esto. Den­tro de poco bajará el práctico y usted puede volver con él a Nueva York.
Eran las tres de la madrugada cuando Juan vio brillar entre la niebla las luces de Washington Square; apostose bajo la ventana de Linda, y se puso a silbar la canción.
Casi en seguida apareció el policía. Juan simuló seguir adelante y cuando el guardia volvió la cabeza se escondió en la entrada de un sótano. Cuando ya no se oyeron los pasos del policía, volvió a silbar.
Linda abrió la puerta y buscó ansiosa­mente en la penumbra con ojos ilumi­nados por la fe.
Ya llevaban un rato en el cuarto, ca­lentándose al fuego de la reducida chi­menea y esperando el café que Linda preparaba, cuando ella recordó súbitamente:
—Mi madre va a llegar de Wáshington a las seis.
—¿Qué dirá?
—¡Oh! — dijo riendo Linda—. No conoces, a mamá. Cuando te vea aquí, te pedirá que nos casemos inmediatamente. Y no pasará mucho tiempo sin que te perdone.
Linda estaba en lo cierto, pero el. perdón de mamá no fue efectivo hasta que Juan obtuvo aquel premio literario por...
¡Caramba! ¡Poco me faltó para decir quien era!