jueves, 29 de septiembre de 2016
CARIDAD HERNANDEZ Y SAMUEL JOSE LUIS RIVERA--HUEHUETENANGO
Introducción
Podemos tomar esta narración como un cuento más de los abuelos, solamente que en esta ocasión más que eso, es una historia verídica que mi abuelita María Luisa Rivera Hernandez, muy entusiasmada y gustosa me contó una de estas tardes que nos visitó en casa, la tituló “Cuando el Sulfato vuela es porque noticias trae” me dice que trata sobre la época conocida como la Contra Revolución de 1954 en Guatemala. Este hecho sucedió cuando ella era niña, y recién llegada con sus padres y hermanitos provenientes de la ciudad de Huehuetenango hacia la ciudad capital de Guatemala. Mientras se ubicaban en una casa propia, fueron a vivir a la casa de sus abuelos paternos, lugar donde también vivían sus tíos, hermanos de su padre y primos. Fue en esta casa, donde se desarrollan las escenas de esta historia.
Desarrollo.
Transcurría el año 1,954, época en la que yo contaba con cuatro años de edad, siendo la segunda de cinco hermanos. Mi hermana mayor a quien le llamábamos cariñosamente Canchita, otra menor que yo, Telmita, y dos hermanos José Luis y Edgar Fernando; más tarde nacieron otros hermanos.
Por voluntad de Dios, de mi padre José Luis Rivera y de mi madre Caridad Hernández de Rivera, y por mejoras salariales para ambos, nos trasladamos de Huehuetenango a la ciudad capital, llegando a vivir a la casa de mis abuelos paternos, José Luis Rey Rivera, y Josefina Rivera de García, donde también residían mi tío Paquito, mi tía Anita, y mi tío Miguel.
Recuerdo que frente a esta casa situada en la avenida del ferrocarril, pasaba el tren sonando la bocina fuertemente, que si alguien estaba dormido, lo despertaba al escuchar que el tren se acercaba. A todos los primos nos gustaba salir a la puerta a verlo pasar y a decirles adiós a los pasajeros moviendo nuestras manitas y con una sonrisa en el rostro, pensando que algún día podríamos viajar en él. El tren era de color verde, y cada vez que pasaba la tierra temblaba.
Vivíamos felices porque éramos varios los primos aproximadamente unos veinte. Nuestros padres se llevaban bien y acostumbraban reunirse por las tardes a tocar guitarra y cantaban “Allá en el rancho grande” y otras melodías.
A determinada hora escuchaban noticias por la radio, pues en ese entonces no había televisores.
Un día de tantos, la alegría de la familia, se convirtió en preocupación cuando se escuchó volar sobre la casa a “Sulfato”, que así le llamaban al único avión de guerra, que tenía Guatemala, (Según dicen) el cual aparecía en los cielos cuando sucedía un golpe de Estado o algún acontecimiento inesperado y alarmante de malas noticias.
Por la radio informaron que el Presidente de esa época el General Jacobo Arbenz Guzmán había sido derrocado por un golpe de Estado dirigido por el gobierno de los Estados Unidos; y sustituido por el coronel Carlos Castillo Armas.
La radio transmitía y advertía al pueblo guatemalteco que no salieran de sus casas y que por la noche estaba prohibido encender las luces, para evitar ser bombardeados. Por este motivo tuvimos que dormir debajo de las camas casi en oscuridad apenas encendían candelas o una linterna con mucho cuidado.
Recuerdo el ruido de los aviones, de las bombas y de armas que se escuchaban muy cerca y nos producían mucho miedo, por lo que nos juntábamos para dormir y dormíamos con ropa. Nuestros padres no lograban dormir por estar pendientes de alguna novedad.
El ambiente se había tornado muy peligroso porque cerca de la casa se encontraba y aun permanece el Cuartel de Matamoros que era una guarnición de soldados, que rodeaban la mayor parte de toda la zona uno.
Muchas personas tuvieron la oportunidad de salir huyendo para lugares seguros dejando abandonadas sus casas y pertenencias.
Nuestra familia dispuso que nos trasladáramos al municipio de San Raymundo, lugar de donde eran originarios mis abuelitos, Luis Rey Rivera García y Josefina Mancilla de Rivera; contrataron con dificultad, debido a la situación operante, un camión en el cual viajamos todos.
Llegamos a San Raymundo y nos albergamos en una casa que pertenecía a una de mis tías. La casa tenía muchas habitaciones, no muy amuebladas, por permanecer la mayoría de veces desocupada, contaba con una pequeña cocina con poyo y leña. La casita esta rodeada por árboles frutales y no faltó quien cortara mangos verdes para comer con limón.
En el lugar nos sentimos contentos, conocimos el mercado, compramos manías muy sabrosas. No podía faltar un campo de futbol a donde nos encaminamos con libertad, jugamos pelota, corrimos, gritamos y fue muy divertido.
A los pocos días hubo un alboroto en el lugar, los habitantes anunciaban temerosos que los indígenas del los alrededores se habían sublevado y venían con machetes y palos contra los ladinos, culpándolos de la derrota del gobierno. Por esta razón, la familia dispuso nuevamente contratar un camión, para el viaje de regreso a la capital. Recuerdo que ese día llovía tan copiosamente que tuvieron que cubrirlo con una carpa gruesa para evitar mojarnos pues la mayoría de los niños veníamos en la parte de atrás del camión con nuestros padres, nuestras madres fueron acomodadas en la cabina por traer a los niños pequeños.
Al llegar a la capital entramos rápidamente a la casa, la encontramos con basura por todos lados y también había algunas pelotas tiradas en el patio que no pertenecían a la familia y quizá los soldados las tiraron o dejaron allí.
Ocurrieron algunas otras anécdotas a consecuencia de la situación, como esta: Una mañana mi mamá me encontró hablando con un soldado que estaba parado frente a la puerta de la casa, yo le decía que me regalara cascabillos de los que estaban tirados en toda la calle, mi mamá se enojó y por supuesto me regañó y me prohibió abrir la puerta.
Esta revolución terminó con las elecciones del nuevo presidente, Carlos Castillo Armas y con el derrocamiento y exilio del general Jacobo Arbenz Guzmán.
Esta vivencia de una guerra, me permitió la oportunidad de vivir algo histórico e importante; dejó recuerdos también en mis hermanos de algo especial en nuestra infancia, que hoy como adultos las hemos conversado cuando tenemos oportunidad de reunirnos. Pensamos que después de la tranquilidad que siempre hubo en Huehuetenango tuvimos que pasar por esta experiencia que nunca imaginamos al ir a vivir a la capital.
Gracias a Dios que hoy puedo compartir con mis hijos y nietos esta parte de mi vida y mostrarles como evidencia algunas fotos de la casa donde te cuento que sucedieron estas confrontaciones por la guerra. Y otra donde aparecen algunos de mis primos con quienes participamos en esta historia.
El mensaje que deseo dar a las generaciones jóvenes es: que lo que se obtiene con violencia, _refiriéndome a lo que provocó esta revolución_, solo dejó en los guatemaltecos tristeza, mal ejemplo y muerte, puesto que se vieron forzados, por el temor a morir, a aceptar la decisión extranjera; ya que fueron amedrentados y amenazados, al ver que en las calles del centro de la ciudad aparecieron rótulos que decían: “Los que apoyen a Carlos Castillo Armas, vivirán, y los que apoyen a Jacobo Arbenz Guzmán morirán”
Carlos castillo Armas murió asesinado a los tres años de su gobierno en la Casa Presidencial desconociéndose hasta hoy, quien fue el responsable de su muerte. En cuanto a Jacobo Arbenz murió en el exilio después de ser difamado y la peor humillación fue haberlo sacado en calzoncillo, para llevarlo al aeropuerto. Esto afectó tanto a su familia que una hija suya se quitó la vida.
La historia ha juzgado las acciones de ambos ex presidentes de Guatemala y de la actitud de partidos políticos que buscan sus propios intereses. Pienso que si hubieran permitido a Jacobo Arbenz terminar su mandato, muchas mejoras hubieran beneficiado a sus habitantes y en especial a los campesinos entre ellas el Proyecto de la Reforma Agraria que Arbenz pretendía establecer.
Espero que al conocer parte de esta historia, te formes una opinión sobre hechos que no se deben volver a repetir en nuestra amada Patria Guatemala y nos ser víctimas de gobiernos corruptos. Culpables de la muerte de personas civiles y militares inocentes, de mujeres violadas y niños que se quedaron sin padres. Un guatemalteco amante de su patria no le hace falta lágrimas al ver a Guatemala siendo devastada. Pero confiemos que Guatemala será una nación bendecida por Dios.