sábado, 31 de julio de 2021

BIENAVENTURADOS

    BIENAVENTURADOS

1Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.
2  Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
3Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
4Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
5Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
6Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia
.
8Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
9Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10Bienaventurados
los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
11Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda
clase de mal contra vosotros, mintiendo.
12Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

domingo, 25 de julio de 2021

BELLA POR DENTRO

La potranca había nacido
con muchos defectos.
¿Quién iba a quererla así?

BELLA POR DENTRO

POR PENNY PORTER SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Agosto 1996

CUANDO DE CABALLOS se trata, uno rara vez obtiene lo que deseo', solía decirme mi esposo, Bill. Sin embargo, la temporada en que paren las yeguas es buena ocasión para hacerse ilusiones. Estábamos empezando a criar caballos de raza appaloosa en nuestro rancho, en Arizona, y yo soñaba con premios y ávidos compradores. Ese primer año, el reluciente pelaje de nueve potrillos ya había encendido de vida y color nuestros pastizales. Tenían luceros en la frente, y la grupa manchada, como salpicada de jabón.
Mientras esperábamos -a que naciera el décimo potro, me hice a la idea de que iba a ser el más colorido de todos. Su padre era un semental blanco con manchas castañas que le cubrían medio cuerpo, y una cola multicolor que le llegaba al suelo. La madre tenía el pelo cubierto de miles de lunares del tamaño de una moneda. Incluso yo ya había elegido un nombre para la cría: Firmamento.
La noche en que nació, yo estaba vigilando a la madre por el televisor de circuito cerrado que Bill instaló en nuestro dormitorio. La yegua brillaba de sudor y sus ojos, muy abiertos, rezumaban ansiedad. Faltaban varias horas para que pariera, así que me fue venciendo el sueño.
Al cabo de tres horas desperté, sobresaltada. Miré la pantalla y vi que la yegua estaba echada de costado. El alumbramiento ya había ocurrido, pero no veía al potro.
—¡Bill, despierta! —le grité a mi marido, a la vez que lo sacudía con fuerza—. ¡Algo se llevó a la cría!
Mi mente se pobló de perros salvajes, coyotes y otros depredadores.
En un santiamén llegamos al corral, que estaba casi a oscuras.
—¿Dónde está tu pequeño? —dije, al tiempo que me arrodillaba para acariciar a la yegua.
De pronto algo surgió de entre las sombras: era una cara flaca, prieta y fea. Mientras el animalito trataba de ponerse en pie, me di cuenta de por qué no lo había visto en el televisor: no tenía manchas, y su pelo, del color de la tierra, estaba opaco.
—¡No puedo creerlo! —exclamé, mientras nos acuclillábamos para verlo más de cerca—. ¡Esta potranca no tiene un solo pelo blanco!
Vimos, además, que tenía otros defectos: frente abultada, la testuz   hundida, orejas gachas como de liebre y la cola corta y casi pelona.
—Es una reversión genética —me explicó Bill.
Yo sabía que él estaba pensando lo mismo que yo. Este animalito jamás se venderá, me dije. ¿Quién quiere un appaloosa tan feo?
A la mañana siguiente, cuando mi hijo mayor, Scott, llegó de trabajar y vio nuestra nueva adquisición, dijo sin miramientos:
—¿Qué vamos a hacer con este esperpento?
Para entonces la potranca ya había enderezado las orejas.
—Parece una mula —observó Scott—. ¿Quién la va a querer así?
Mis hijas, Becky y Jaymee, de 15 y 12 años de edad, también se mostraron recelosas.
—¿Cómo van a saber los clientes
que es un appaloosa? —preguntó Becky—. ¿Tiene manchas debajo de la piel?
—No —repuse—, pero en el fondo sigue siendo de esa raza.
—Eso significa que tiene manchas en el corazón —dijo Jaymee. Quién sabe, pensé. Tal vez.
DESDE EL PRIMER INSTANTE la desgarbada potranca pareció darse cuenta de que era distinta. Los visitantes rara vez la miraban, y cuando lo hacían, les decíamos: "Es que tenemos a la madre en custodia". No queríamos que se supiera que nuestro hermoso semental había engendrado un adefesio.
Cuando la potranca cumplió dos semanas, la soltamos a que paciera con los demas animales. Las madres de los otros potros le mostraban los dientes cuando la veían acercarse. Peor aun, la yegua que la había traído al mundo parecía percatarse de que necesitaba mucha protección, así que atacaba a todo caballo que veía a menos de cinco metros de ella. Poco a poco la criatura aprendió a temer a sus congéneres.
No tardé en darme cuenta de que la cría disfrutaba estar con las personas. Ella y su madre eran las primeras en acercarse a la puerta del corral a la hora de comer, y cuando yo le rascaba el cuello, cerraba los ojos complacida. Más adelante le dio por frotarse la testuz contra mi chaqueta, lamerme la blusa, mordisquearme los botones y hasta abrir la puerta del corral para seguirme y restregar su cabeza contra mi cadera. Tal comportamiento no era normal en una potranca.
Para colmo, tenía un apetito voraz, y cuanto más engordaba, más fea se ponía. ¿Dónde vamos a encontrarle un hogar? me preguntaba.
Un día llegó un hombre a comprar uno de nuestros mejores caballos para un circo. De pronto reparó en la potranca y dijo:
—No es de raza appaloosa, ¿verdad? Parece un burro.
Como el cliente había venido a hacer compras para un circo, pensé que era buena oportunidad para vender la cría
 —No lo va usted a creer —respondí—, pero esa potranca sabe hacer muchas cosas: puede sacarme un pañuelo del bolsillo, pasar por debajo de una cerca, subirse al abrevadero y hasta abrir los grifos.
—Es una diablilla, ¿eh?
—No —dije sin pensar, y luego añadí—: De hecho, se llama Ángel. El hombre se rió.
—Lo que necesitamos son animales de colores llamativos —me explicó—. Al público le gustan más los caballos con manchas.
CON EL TIEMPO Ángel, como terminamos por llamarla, aprendió otros trucos. Su preferido era abrir puertas para ir a buscar comida.
—Es toda una Houdini —decía Bill, entre divertido y asombrado.
—Más bien es una latosa —replicaba Scott, que en cada ocasión tenía que correr a atraparla.
Como su apetito era insaciable, yo le daba más paja todas las noches, antes de irme a la cama, y eso hizo que me cobrara más afecto. Por desgracia, también aumentó su gusto por la comida. Una mañana Scott la encontró en el pajar; tenía el vientre inflado y había pacas desparramadas por todos lados. Mi hijo se puso furioso.
—Tienes que ponerle más atención —le dije—. Te pasas todo el día aseando y adiestrando a los otros potros. A Ángel no te le acercas más que para gritarle.
—¿Quién tiene tiempo de ocuparse de esa zonza? Además, papá dijo que la vamos a subastar.
—¿Qué? ¿Para que luego la vendan como comida para perro? Corrí a hablar con Bill.
—Deja que crezca aquí —le supliqué    . Scott puede acostumbrarla a la silla de montar cuando cumpla dos años. Es muy dócil, así que para entonces quizá alguien se interesará por ella.
—Bueno, un caballo más no nos arruinará por ahora —dijo—. La llevaremos al pastizal del este. No hay mucho forraje allí, pero...
Ángel estaba a salvo, al menos por el momento.
PASARON LOS MESES. Al sol resplandeciente siguió la lluvia, que llegó acompañada de millones de moscas. Un día, cuando Ángel tenía dos años y medio, vi a Scott conducirla al establo. El lomo del animal, infestado de larvas de mosca, estaba en carne viva a causa de las picaduras y de tanto azotarse con la cola para ahuyentar los insectos.
—Esa cola no le sirve de nada —me dijo Scott, mientras le administraba un antibiótico—. Le voy a hacer una nueva.
Fue entonces cuando me di cuenta de que se estaba encariñando con la potranca.
A la mañana siguiente, no pude reprimir una sonrisa al ver a Scott cortar y trenzar una gavilla de cordeles a fin de formar un largo mechón que luego ató con cinta adhesiva a la cola de Ángel.
—Muy bien     dijo—. Ahora parece casi un caballo normal.
Cuando Ángel se restableció, Scott decidió tratar de adiestrarla para montar. Bill y yo lo vimos ensillarla sentados en la cerca del corral. El animal arqueó el lomo.
¡Esto va a ser como una función de rodeo! —murmuré.
Sin embargo, Ángel no se movió, como habrían hecho muchos otros caballos; esperó pacientemente a que Scott terminara de apretarle la correa alrededor del abultado vientre.
Cuando Scott la montó y le apretó los costados con las rodillas, Angel mostró el carácter complaciente de su raza: mi hijo le dio orden de avanzar y ella obedeció como si estuviera acostumbrada a hacerlo desde hacía años. Yo alargué un brazo y le rasqué la frente.
—Algún día será un magnífico caballo de montar —vaticiné.
—Con ese buen temperamento, hasta podría servir para jugar al polo —convino Scott—. O para pasear niños.
AL POCO TIEMPO Ángel ya estaba ayudando a Scott a adiestrar potros. Mi hijo ataba un extremo de una cuerda a la silla de la yegua y el otro a la cabezada del potro. Entonces Ángel tiraba del animal, en ocasiones incluso a rastras.  Cuando las otras yeguas parían, Ángel les relinchaba a las crías recién nacidas como si fueran suyas.
—Deberíamos cruzarla —le dije un día a Bill—. Ya tiene cuatro años. Tiene tal capacidad de amar, que será Una madre estupenda.
Mi esposo estuvo de acuerdo.
—Los clientes suelen comprar yeguas que ya se han apareado —comentó—. Quizá podríamos encontrarle un hogar.
Entonces vi que Scott fruncía el entrecejo. ¿De veras le dolería separarse de ella? me pregunté.

Durante los meses de invierno en que estuvo preñada, Ángel dejó de escaparse del corral. Luego, a principios de abril, cerca de la fecha del alumbramiento, se desató un aguacero que hizo verdear nuestros campos. Sabíamos que la yegua pronto volvería a escaparse para ir en busca de alimento.
Un día amaneció con una repentina racha de tiempo frío. Yo estaba desayunando en la cocina cuando vi entrar a Scott con una mirada sombría bajo su sombrero de ala ancha.
—Será mejor que vengas —me pidió sin alzar la voz—. Ángel se escapó del corral anoche.
Tratando de aplacar mis temores, seguí a Scott hasta su camioneta.
—Ya parió al potro —dijo—, pero papá y yo no pudimos encontrarlo. La yegua... se está muriendo.
Cuando llegamos a donde estaba Ángel, vi a mi esposo acuclillado junto a ella.
—No hay nada que hacer —observó, al tiempo que señalaba con el dedo nuestros exuberantes sembradíos, una tentación irresistible para un caballo de insaciable apetito—: comió demasiada alfalfa.
Entonces coloqué la enorme cabeza de Ángel sobre mi regazo y la acaricié detrás de las orejas. Los ojos de Scott se llenaron de lágrimas.
—Es la mejor yegua que hemos tenido —dijo, sollozando.
¡Ángel.; supliqué en silencio, ¡no nos dejes, por favor. Con un nudo en la garganta, la acaricié y oí su respiración entrecortada. Luego tensó las patas, arqueó el cuello hacia atrás y se estremeció en un último estertor. La miré a los ojos pero ella ya no pudo verme: estaba muerta.
Al cabo de unos instantes oí a mi hijo gritar lleno de emoción:
—¡Mamá, papá! ¡Vengan, aquí está el potro!
Hundido en la olorosa hierba había un diminuto potrillo. Un lucero le iluminaba la frente, y tenía el lomo y la grupa salpicados de lunares; era un hermoso ejemplar de auténtica raza appaloosa. —Firmamento —murmuré. Sin embargo, para entonces los colores habían dejado de importarnos. Porque, como nos había enseñado Ángel en tantas ocasiones, lo que cuenta no es la belleza exterior, sino la que se lleva dentro.

 

sábado, 24 de julio de 2021

EL MILAGRO DE JUNTAR MELLIZOS RECIEN NACIDOS

  El vínculo que existe entre algunos mellizos a veces obra milagros
ABRAZO SALVADOR DE UNA HERMANA

POR NANCY SHEEHAN SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Agosto 1996

LAS HIJAS GEMELAS de Paul y Heidi Jackson, Brielle y Kyrie, nacieron el 17 de octubre de 1995, 12 semanas antes de la fecha prevista. Para reducir el riesgo de infecciones, en los hosplitales se acostumbra colocar a los mellizos prematuros en incubadoras separadas, así que eso hicieron con las bebitas en la sala de terapia intensiva para recién nacidos del Centro Médico de Massachusetts Central, en Worcester.
Kyrie, que pesó 990 gramos al nacer, empezó a subir de peso rápidamente y durmió tranquila desde los primeros días. En cambio Brielle, que pesó 80 gramos menos, no tuvo la misma suerte: presentaba problemas respiratorios y de ritmo cardiaco, baja concentración de oxígeno en la sangre y ganaba peso con lentitud.
Repentinamente, el 12 de noviembre, Brielle entró en fase crítica: comenzó a jadear, y tanto el rostro como los bracitos y las piernas se le pusieron de un tono gris azulado; peor aun, se le aceleró el latido cardiaco y contrajo hipo, señal de que su organismo  estaba sometido a intensas presiones. Sus padres sólo aguardaban, temerosos de que muriera.
La enfermera Gayle Kasparian hacía cuanto podía para reanimarla: le despejó las vías respiratorias y suministró más oxígeno a la incubadora. Pero la bebé seguía muy agitada, con un grado de oxigenación muy bajo y la frecuencia cardiaca peligrosamente alta.
Gayle recordó entonces algo que había oído comentar a una colega. Se trataba de una práctica ordinaria en ciertos países europeos, pero casi desconocida en Estados Unidos: colocar juntos a los bebés nacidos de parto múltiple, sobre todo si son prematuros.
La medida se apartaba de las normas, y la jefa de enfermeras, Susan Fitzback, se había ausentado del hospital para asistir a una conferencia. Aun así, Gayle decidió que debía correr el riesgo.
—Permítanme poner a Brielle con su hermanita para ver si eso ayuda —les pidió a los angustiados padres—. No se me ocurre nada mejor.
Los Jackson accedieron, y entonces la enfermera colocó a Brielle en la incubadora donde estaba la otra bebé. Luego los tres se pusieron a observarlas.
En cuanto la puerta de la incubadora se cerró, Brielle se acurrucó junto a su hermanita y se calmó en el acto. En cuestión de minutos, la oxigenación de su sangre alcanzó el grado más alto desde que vino al mun-do, y mientras dormitaba, Kyrie le pasó un bracito encima.
Por capricho del azar, entre los temas de la conferencia a la que Susan Fitzback asistió figuraba la práctica de colocar juntos a los mellizos. Me gustaría que se adoptara esta medida en el Centro Médico, pensó. Sin embargo, el cambio podía resultar difícil. A su regreso, mientras recorría las salas del hospital, la enfermera que estaba a cargo de las gemelitas aquella mañana le pidió que fuera a ver la incubadora.
—¡No puedo creerlo! —exclamó Susan—. ¡Es tan hermoso!
—¿Quiere usted decir que podemos dejarlas juntas? —preguntó la enfermera.
—Claro que sí.
Hoy en día, son varias las instituciones de Estados Unidos que han adoptado la práctica de colocar juntos a los mellizos, lo que al parecer acorta el periodo de hospitalización. Y la medida sigue ganando adeptos con rapidez, aun cuando apenas en enero de 1996 se efectuaron los primeros estudios científicos acerca de su eficacia.
Paul y Heidi Jackson no necesitan estudios para convencerse de que la práctica ayudó a Brielle, que está creciendo llena de salud. Las gemelitas ya se encuentran en casa, y siguen durmiendo juntas y abrazadas.

CONDENSADO DE WORCESTER TELEGRAM & GAZETTE" (18-XI-1995).9 1995 POR WORCESTER TELEGRAM & GAZETTE, DE
WORCESTER, MASSACHUSETTS. FOTO: 0 AP?WIDE WORLD.

PERROS DEL MUNDO ¡UNIOS!

 PERROS DEL MUNDO ¡UNIOS! Selecciones del Reader,s Digest Agosto 1996

CUALQUIERA DIRÍA que, a estas alturas, ya deberían haber llegado a la conclusión de que ser el mejor amigo del hombre fue una pésima elección de carrera. Los perros han estado dando la mano, yendo a recoger palos, encontrando niños extraviados y patrullando por depósitos de chatarra desde hace milenios. ¿Y para qué? ¿Para que les den una palmadita en la cabeza?
Adoro a los perros, pero es tiempo de que aprendan de los gatos unas cuantas lecciones de amor propio y seguridad en sí mismos. Los felinos no hacen nada que no se les antoje hacer, y aun así los tratan como si pertenecieran a la antigua realeza egipcia. Sus dueños gastan fortunas en latitas llenas de suculentas viandas con sabor a hígado, y se consideran afortunados cuando su minino se digna entrar en la sala.
De los canes, se espera que coman cualquier cosa que se les arroje, que acudan de inmediato cuando se les silba y que vivan felices con cualquiera que los adopte de cachorros.
Los gatos jamás perseguirían a un conejo mecánico en una pista de carreras. Los perros son lo bastante inteligentes para percatarse de que no van a alcanzar a "Patas Veloces", pero siguen persiguiéndolo porque desean complacer a sus amos.
Creo que es hora de que los perros digan "no":No tiraremos de los trineos por toda Alaska a cambio de un tazón de maloliente estofado de pescado; no miraremos pasar el mundo encerrados en el asiento trasero de un auto; no permitiremos que nos pongan nombres ridículos como Nerón. Y basta ya de cartílagos grasosos. Queremos cortes finos".
Los gatos consiguen lo que desean porque no se conforman con llevar una vida de perros. Es cuestión de amor propio y de seguridad en sí mismo. Lo que los canes necesitan son unas cuantas sesiones de 12 pasos, impartidas por un orientador sensible. Tienen que darse permiso de sentirse bien consigo mismos, de dejar de buscar desesperadamente la aprobación de los demás, y de ya no mostrarse tan terriblemente dependientes. Si ha de ser el mejor amigo del hombre, Nerón tendrá que gozar por lo menos de un salario mínimo y prestaciones.    —John Powers, en Globe Magazine de Boston

viernes, 23 de julio de 2021

EL CIEGO QUE ME ENSEÑÓ A OBSERVAR

 EL CIEGO QUE ME ENSEÑÓ A VER

 POR DAVID LAMBOURNE SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Agosto 1996

ERAN LAS ÚLTIMAS HORAS de la tarde cuando el presidente de la compañía, en Bangkok, me encomendó una tarea de último minuto: debía salir al día siguiente para acompañar a un importante empresario chino a hacer un recorrido turístico por el norte de Tailandia.
Furioso por dentro, miré mi atestado escritorio. Los rimeros de papeles eran prueba elocuente de lo mucho que se me había acumulado el trabajo, a pesar de mis semanas laborales de siete días. ¿Cómo voy a ponerme al corriente? me pregunté.
Al día siguiente, muy de mañana, conocí al hombre de negocios; era cortés y elegante, y vestía ropa fina. Después de un vuelo de una hora, pasamos todo el día visitando sitios de interés junto con cientos de turistas, la mayoría sobrecargados de cámaras y paquetes. Recuerdo que sentí desprecio por esa colección de humanos mirones.
Aquella noche mi compañero chino y yo subimos a una camioneta para ir a cenar y ver un espectáculo al que yo había asistido muchas veces. Mientras él platicaba con otros turistas, yo entablé conversación en la oscuridad con un hombre sentado frente a mí, un belga que hablaba inglés con bastante soltura. Me llamó la atención la extraña inmovilidad de su cabeza, como si estuviera meditando, hasta que reparé en el bastón que tenía a su lado. El hombre era ciego. 

Me contó que había perdido la vista en un accidente cuando era muy joven, pero que eso no le impedía viajar solo. A sus casi 70 años dominaba el arte de viajar a ciegas, y usaba sus otros cuatro sentidos para representarse imágenes mentales.
Se volvió para darme la cara, y lentamente extendió una mano que, con gran suavidad, exploró los contornos de mi rostro. Detrás de mí alguien encendió una luz, y pude ver su abundante cabello plateado y su cara fuerte y angulosa. Tenía los ojos húmedos y profundos.
—Por favor, ¿podría sentarme junto a usted en la cena? —me preguntó—. Me encantaría que me describiera un poco de lo que ve.
—Con gusto —respondí.
Mi compañero chino se dirigió al restaurante con algunas personas a las que acababa de conocer. El ciego y yo lo seguimos, atrapados entre una muchedumbre de turistas. Lo tomé del codo para conducirlo, pero él caminaba con gran seguridad. Llevaba los hombros rectos y la cabeza erguida, como si fuera mi lazarillo. Encontramos una mesa cerca del escenario. Mientras esperábamos a que nos trajeran las bebidas, el ciego me dijo:
—Esa música no armoniza con los oídos occidentales, pero tiene su encanto. ¿Me podría describir a los músicos?
No había reparado yo en los cinco hombres que, a un lado del escenario, tocaban mientras daba comienzo el espectáculo.
—Están sentados con las piernas cruzadas; van vestidos con amplias camisas blancas de algodón y pantalones negros abombados con fajas de color rojo vivo. Tres de ellos son jóvenes, uno es de mediana edad y otro es un hombre mayor. Uno toca un tambor pequeño; otro pulsa un instrumento de cuerda de madera, y los otros tres tienen instrumentos más pequeños, parecidos a un violonchelo que tocan con un arco.
Sonrió.
—¿Y estos instrumentos pequeños están hechos de...?
Miré otra vez.
—Madera...
pero la caja acústica esférica está hecha de una corteza entera de coco —dije, tratando de disimular la sorpresa de ese hallazgo.
Mientras se oscurecía el recinto, el ciego preguntó:
—¿Cómo son los otros turistas?
—De todas las nacionalidades, colores, formas y tamaños —susurré— Pocos vienen bien vestidos.
Cuando me acerqué para hablarle al oído, el ciego inclinó su cabeza hacia mí. Nadie me había escuchado jamás con tanta atención.
—Muy cerca de nosotros hay una japonesa, una mujer de edad, cuyo perfil está parcialmente iluminado por la luz del escenario —dije—Junto a ella, un niño escandinavo rubio, con una naricita respingada, está inclinado hacia adelante, con lo que se crea un segundo perfil iluminado. Ambos aguardan inmóviles a que empiece el espectáculo. Es el vivo retrato de la juventud y la vejez; de Europa y de Asia.
—Sí; los veo —dijo mi amigo por lo bajo, sonriendo.
Se abrió el telón de fondo, y aparecieron seis muchachas. Describí sus faldas de seda estilo sarong, sus blusas blancas con chales y sus tocados dorados, como pequeñas coronas, con puntas flexibles que se movían al ritmo de la danza.
—En las puntas de los dedos llevan uñas doradas de unos diez centímetros —le dije—. Las uñas acentúan cada movimiento elegante de sus manos. Es un efecto encantador.

Sonrió y asintió con la cabeza.
—¡Qué maravilla! ¡Cuánto me gustaría poder tocar
una de esas uñas!
Cuando terminó el espectáculo, me excusé y fui a hablar con el encargado del teatro. Al regresar, dije a mi acompañante:
—Tiene usted una invitación para ir tras bambalinas.
Minutos después, el ciego estaba con una de las bailarinas, cuya cabecita coronada apenas le llegaba a él al pecho. La chica extendió tímidamente las manos; las uñas metálicas brillaban bajo la luz del techo. Las manos del hombre, cuatro veces más grandes, se extendieron lentamente y tomaron las de ella como si quisiera acunar dos pajarillos exóticos. Mientras él tocaba el filo liso y curvo de las uñas metálicas, la joven se quedó inmóvil, mirándolo con una expresión de asombro reverente. Se me hizo un nudo en la garganta.
Al transcurrir la noche, cuanto más observaba yo, cuanto más se me recompensaba con emocionados gestos de la cabeza, más cosas descubría: los colores, motivos y diseños de los trajes tradicionales; la textura de la piel bajo las luces tenues; el movimiento del largo y negro cabello asiático de las elegantes cabezas que se inclinaban hacia la música; las expresiones arrobadas de los músicos mientras tocaban, y hasta la deslumbrante sonrisa de nuestra camarera en la penumbra.
De regreso en el vestíbulo del hotel, mientras mi invitado chino disfrutaba de la compañía de los demás, el ciego extendió su mano grande y tomó la mía con calidez. No la retiró por unos instantes, y luego me recorrió el brazo. La gente se sobresaltó cuando el bastón rebotó contra el piso de marmol.   Él no hizo ningún ni intento de recogerlo; en vez de ello, me abrazó fuertemente.
—De qué manera tan hermosa vio usted todo por mí —susurró—Nunca acabaré de agradecérselo.
DESPUÉS COMPRENDÍ que era yo quien debía haberle dado las gracias. Yo había sido el ciego. Él me ayudó a recorrer ese velo que empaña nuestros ojos en este mundo caótico, y a mirar todas las cosas en las que no había reparado antes.
Una semana después, el presidente de la compañía me llamó a su oficina para decirme que el ejecutivo chino había disfrutado mucho del viaje, y añadió:
—Bien hecho. Sabía que tú podías obrar esa magia.
Lo que no le dije fue que otra persona había obrado esa magia para mí.

EL BARCO QUE UNE GENERACIONES

Fue un eslabón precioso entre generaciones

 EL BARCO QUE NAVEGÓ POR EL TIEMPO

  POR ARNOLD BERWICK SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Agosto 1996

EI. DÉCIMO verano de mi niñez la época más memorable de mi vida— transcurrió en las montañas del oeste de Noruega, en la granja donde nació mi madre. El recuerdo más vívido que guardo son los momentos que pasé con mi abuelo Jorgen.
Lo primero que me llamó la atención de él fue su espeso bigote y lo ancho de sus hombros; lo segundo, su gran capacidad para el trabajo. Pasé todo el verano observándolo. Segaba la hierba con amplios movimientos de la guadaña, la recogía con el rastrillo y la extendía sobre rejillas para secarla. Una vez que estaba seca, formaba con ella enormes fardos, los ataba y se los llevaba a cuestas, uno por uno, al granero.
También lo vi afilar las hojas de guadaña sobre una piedra, sacrificar un cerdo, pescar y salar el pescado, cultivar papas, almacenarlas, y moler la cebada en un molino de agua.Tenía que producir en el breve verano suficientes alimentos para que la familia y los animales pasaran el largo y crudo invierno. No paraba en todo el día más que para comer y echarse una corta siesta.
Aun así, siempre se daba tiempo para estar conmigo a solas. Un día, al regresar de un viaje a un pueblo lejano, me entregó un cuchillo enfundado y me dijo:
Te he traído esto. Ahora fíjate.
Entonces sacó su cuchillo, cortó una rama delgada y tierna, se sentó junto a mí, y con sus callosas manos me enseñó a hacer una flauta. Todavía hoy, a 66 años de distancia, no puedo escuchar las claras notas de una flauta sin recordar cómo mi abuelo hizo salir música de una simple varita. Como vivía en una granja de montaña, apartado de la gente y de las tiendas, debía fabricar lo que necesitaba aprovechando lo que tenía a mano.
Como buen estadounidense, yo siempre había creído que cuando la gente necesitaba algo, no hacía más que comprarlo. No sé si el abuelo percibía este rasgo mío, pero al parecer quería enseñarme algo, porque un día me llamó:
—Ven, tengo algo para ti.
Lo seguí al sótano, donde había un banco de trabajo junto a una ventana.
—Necesitas un barco de juguete para que lo lleves a navegar a Storvassdal —me dijo, refiriéndose a una laguna que se encontraba a unos kilómetros de la casa.
¡Fantástico!, pensé, y me puse a mirar a mi alrededor en busca del barco, pero no vi nada.
Mi abuelo tomó entonces un grueso madero, como de 45 centímetros de largo, y anunció:
—El barco está aquí dentro, y tú puedes hacer que salga.
Dicho lo cual me entregó un hacha muy afilada.
Al ver que me quedaba sin saber qué hacer, me enseñó a usar la herramienta. Comencé por recortar con ella un extremo del madero para darle forma de proa. Luego, una vez que mi abuelo me instruyó en el manejo del formón y el mazo, me puse a ahuecar el casco.
Muchas veces, mientras yo tallaba el madero, él bajaba al sótano para reparar los rastrillos que él mismo hacía o para afilar los aperos de labranza. Respondía a mis preguntas y me daba consejos, pero se cuidaba mucho de intervenir en lo que yo estaba haciendo.
—Será un barco precioso, y lo habrás hecho todo con tus propias manos —me dijo—. Nadie puede darte lo que tú mismo haces.
Sus palabras me resonaban sin cesar en los oídos mientras ejecutaba la tarea.
Cuando por fin terminé el casco, le añadí un mástil y una vela. El barco no resultó ninguna maravilla, pero lo había hecho yo y me sentía orgulloso de él.
Entonces me encaminé a Storvassdal con mi obra en las manos. Después de escalar una ladera me interné en el bosque y comencé a bajar por una vereda muy empinada. Crucé arroyuelos, anduve por el esponjoso musgo y subí por unos resbaladizos escalones de piedra. Subí y subí, hasta quedar más arriba que las copas de los árboles. Al cabo de unos siete kilómetros de caminata, llegué por fin a una laguna excavada por un glaciar. Sus escarpadas riberas estaban sembradas de toda suerte de piedras y riscos.
Eché mi barco al agua y, mientras una brisa ligera lo impulsaba a la otra orilla, me puse a soñar despierto. El aire era refrescante y el silencio absoluto, a no ser por el ocasional gorjeo de un pájaro.
Regresé muchas veces a la laguna para echar mi barco a navegar. Un día, estando yo allí, el cielo se cubrió de nubarrones que comenzaron a descargar una sábana de agua. Me guarecí contra un peñasco que aún guardaba el calor del día, y a través de la lluvia alcancé a ver que el barquito se abría paso entre los rizos del agua. Se me figuraba que era un buque de verdad que desafiaba con gallardía un mar tempestuoso. Luego salió el sol, y todo volvió a estar en calma.
Las dificultades surgieron cuando nos preparábamos para regresar a Estados Unidos.
—No puedes llevarte el barco —objetó mi madre, y me explicó que cargaríamos ya con demasiado equipaje.
Mis súplicas fueron en vano.
Apesadumbrado, fui a Storvassdal por última vez, di con el peñasco donde me había refugiado de la lluvia y deposité el barquito en un hueco que había en la base; luego lo cubrí de piedras para ocultarlo, y me prometí regresar algún día a recuperar mi tesoro.
Me despedí de mi abuelo sin saber que ya no volvería a verlo.
—¡Adiós! —me dijo, apretándome la mano con fuerza.
EN EL VERANO de 1964 hice un viaje a Noruega con mis padres, mi esposa y mis hijos. Un día salí solo de la granja y anduve el camino a Storvassdal para cumplir mi promesa. Al llegar me di cuenta de que había muchos peñascos, y me pareció que mi empresa estaba perdida.
Ya iba a abandonar la búsqueda cuando reparé en unas piedrecillas amontonadas al pie de uno de tantos peñascos. Las quité despacio, metí la mano en el hueco y sentí algo que se movía; lo saqué, ¡y tuve una vez más el barquito en mis manos! Había reposado 34 años en aquel sitio, aguardando mi regreso. La intemperie apenas había afectado la madera desnuda del casco y el mástil; sólo la vela estaba hecha jirones.
Nunca olvidaré aquel momento. Al sostener el barco sentí la presencia de mi abuelo. Había muerto hacía 22 años, y aun así estaba conmigo. Volvíamos a estar juntos los tres: él y yo y el barquito, el lazo tangible que había entre los dos.
Llevé el barco a la granja para mostrárselo a la familia y le grabé en un costado los años 1930 y 1964. Alguien propuso que me lo llevara a Estados Unidos.
—No —respondí—. Su hogar es el peñasco de Storvassdal.
Y allí lo dejé cuando regresé a mi país.
Volví a la laguna en 1968, 1971, 1977 y 1988. En cada ocasión, mientras grababa el año en un costado del barquito, me parecía que mi abuelo estaba conmigo.
Mi último viaje a Storvassdal fue en 1991. Esta vez me acompañaban dos de mis nietas: Catherine, de 13 años, y Claire, de 12. Mientras escalábamos la ladera, me puse a pensar en mi abuelo y a compararlo con mis nietas. Catherine y Claire están hechas de la misma madera que sus antepasados. Son resueltas e independientes; lo sé de ver cómo trabajan y juegan. Sin embargo, me parece que mi abuelo tenía muy poco material para trabajar, mientras que ellas lo tienen de sobra.
Casi siempre, las cosas que más esfuerzo nos cuestan son las que estimamos más.¿ Acaso a mis nietas,
favorecidas por la abundancia, se les han negado los verdaderos placeres de la vida?
Cuando mi abuelo trabajaba sin descanso en aquella apartada granja, me enseñó que debemos aceptar y agradecer lo que tenemos, sea mucho o poco. Hay que soportar las cargas y regocijarse con las alegrías. Muchas cosas no están en nuestras manos, pero si podemos mejorar algo, debemos intentarlo. Sólo contamos con nosotros mismos para allanarnos el camino.
Mis nietas, que se han criado en una cómoda casa de ciudad, se encuentran en una situación muy distinta, pero confío en que, a su manera, sabrán desenvolverse tan bien en la vida como lo hizo mi abuelo, y aprender la lección que él me enseñó hace tantos años. El día en que las llevé a Storvassdal tenía la intención de hacerles ver la importancia del barquito y su sencillo mensaje sobre la independencia personal.
En lo alto de la montaña no quise hablar para no perturbar nuestra paz. Entonces Claire levantó la vista e interrumpió mi  ensueño diciendo:
—Abuelo, un día volveré aquí.

Hizo una pausa y agregó—: Y traeré a mis hijos.

 

jueves, 22 de julio de 2021

CUIDADO CON LOS VENENOS CASEROS INHALABLES PARA DROGARSE

  UNA MAÑANA de agosto de 1994, Gail Bustaque se despertó al sentir que su marido, Al, se levantaba. Amodorrada, le preguntó:
—¿Ya se fue Freddy a trabajar?
Bustaque miró por la ventana y vio que la camioneta en que su hijo de 16 años se iba al trabajo de verano estaba todavía frente a la casa. ¡Ay, no! ¡Se ha vuelto a quedar dormido, pensó.
Sin perder tiempo fue al cuarto del muchacho, que tenía la puerta cerrada y el televisor encendido.
—¡Freddy, despierta! —dijo, llamando a la puerta—. Se te ha hecho tarde.
Son cada vez más los muchachos que ponen en peligro su vida respirando los vapores de sustancias domésticas  para drogarse
CUIDADO CON LOS VENENOS CASEROS  INHALABLES POR ANITA BARTHOLOMEW 

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Agosto 1996
Al ver que no respondía, Bustaque entreabrió la puerta. Su hijo estaba atravesado boca arriba en la cama, con brazos y piernas abiertos, y aún llevaba la ropa que se había puesto el día anterior. Su padre se le acercó y lo cogió por el hombro para despertarlo.
—Vamos, Freddy, es hora de...
Al instante retrocedió, horrorizado: el chico estaba muerto.
Incrédulo y desesperado, Bustaque se puso a darle respiración boca a boca, pero era tarde: el cuerpo ya estaba frío. En eso, reparó en una lata de desodorante ambiental en aerosol que había sobre la cama.
Más tarde, la autopsia reveló que Freddy Bustaque —muchacho inteligente y con don de palabra, experto en computadoras— era víctima de lo que se ha llamado muerte súbita por inhalación (MSI). El chico había respirado los vapores del desodorante para drogarse, y los gases tóxicos que se emplean para pulverizar estos productos le habían causado un paro cardiaco.
LA MAYORÍA de los adultos saben poco o nada sobre el abuso de las sustancias tóxicas inhalables: el sinfín de productos de uso doméstico que muchos niños y adolescentes emplean para drogarse de manera rápida y barata. Entre los más comunes se cuentan la tinta indeleble de los rotuladores, el combustible para encendedores de bolsillo, los pegamentos, el líquido corrector mecanográfico, los solventes para pinturas, la gasolina y una extensa variedad de aerosoles. Hay incluso quienes se drogan con butano o con el freón de los aparatos refrigerantes.
Al ser inhaladas, estas sustancias producen un estado pasajero de euforia, mareo, alucinaciones y confusión. También pueden causar daños graves y, como en el caso de Freddy, la muerte.
Los especialistas creen que la MSI se debe a que la sustancia inhalada aumenta la sensibilidad del corazón a la adrenalina. La persona que inhala puede exaltarse o asustarse; por ejemplo, a causa de una alucinación. Ante la consiguiente descarga de adrenalina, el corazón hipersensible comienza a latir rápida y desordenadamente, lo que puede conducir a un paro cardiaco.
El corazón no es el único órgano expuesto a sufrir daños. MuChas de las sustancias que se inhalan son solventes que, una vez eu los pulmones, se vierten en el torrente sanguíneo, desde el cual pasan fácilmente a todos los tejidos del cuerpo. Al llegar al cerebro lesionan la vaina de mielina —el recubrimiento de las fibras nerviosas—, lo cual menoscaba las facultades mentales. La inhalación habitual de estas sustancias puede causar, a la larga, lesiones cerebrales graves e irreparables.
Incluso la crema batida enlatada, aparentemente inocua, puede ser letal. El óxido nitroso —también llamado gas hilarante—, que se emplea como propulsor del producto, es un anestésico que puede deprimir el sistema nervioso central al grado de interrumpir la respiración.
A pesar de los riesgos, el abuso de sustancias   inhalables entre los jóvenes va en aumento. Una encuesta efectuada entre 50,000 estudiantes norteamericanos de enseñanza media por la Universidad de Michigan, bajo los auspicios del Instituto Nacional de Lucha contra la Drogadicción, de Estados Unidos, arrojó resultados alarmantes. De los 18,000 estudiantes de segundo grado interrogados, 21.6 por ciento dijeron haber inhalado sustancias tóxicas al menos una vez.
Como las campañas contra las drogas no han prestado la atención necesaria al uso de sustancias inhalables, pocos saben que éstas pueden ser tan letales como el crack y la heroína. Se ignora cuántas muertes causan porque, según los expertos, Muchos casos pasan inadvertidos. Earl Siegel, director adjunto del Centro de Información de Drogas y Venenos de Cincinnati, Ohio, explica: "En los casos de MS1, el cuerpo asimila y elimina la sustancia tóxica muy rápidamente, de manera que al practicar la autopsia suele suponerse que la víctima murió de un paro cardiaco de causa desconocida o de un ataque de asma".
EN EL OTOÑO de 1993, Don y Deirdre Miller* se mudaron con sus cinco hijos a una localidad rural. Hasta entonces Deirdre se había ocupado de la instrucción de los niños en casa, pero la nueva población, pequeña y de gente sana, sin pandi-*Los nombres de estas personas se han cambiado para proteger su vida privada.
llas ni los demás peligros de las grandes ciudades, le pareció lo bastante segura como para enviarlos a la escuela. Eric, de 12 años, dejó encantados a sus compañeros de sexto grado con su aptitud para el deporte y su sonrisa traviesa.
Una noche de enero de 1995, Deirdre se dio cuenta de que Eric ya llevaba demasiado tiempo en el baño. Llamó a la puerta, pero el chico no respondió.
—¡Eric! —gritó ella, golpeando con más fuerza—. ¡Abre ya!
Intentó girar el pomo, pero la llave estaba echada. Deirdre supo que había ocurrido una desgracia.
Don forzó la puerta y encontraron a Eric sentado en la bañera con las piernas cruzadas, el cuerpo echado hacia delante y la cabeza bajo el agua. Llamaron una ambulancia que lo llevó a toda prisa al hospital, pero los esfuerzos que hicieron por salvarlo fueron inútiles.
Todos creyeron que el chico se había ahogado de manera inexplicable, hasta que un agente de la comisaría encontró una lata de gas propulsor para aerógrafo en el lavabo. Antes de que Eric hundiera la cabeza en el agua, el freón del gas ya lo había matado.
Más tarde los Miller se enteraron de que hacía unas semanas un estudiante de segunda enseñanza había ido a parar al hospital por inhalar el contenido de lo que los muchachos habían dado en llamar "lata de la felicidad". A Deirdre la atormenta pensar que, si lo hubiera sabido antes, habría podido advertir y salvar a Eric.Desde luego, no todos los chicos que inhalan estos venenos mueren, pero la muerte no es el único peligro. El uso prolongado de la sustancia puede deteriorar progresivamente los órganos vitales, entre ellos el hígado y los riñones, al grado de volverlos insuficientes. En algunos casos, los daños son irreparables. Con todo, en una encuesta realizada por la Sociedad para la Erradicación de las Drogas en Estados Unidos en 20 ciudades de ese país, dos tercios de los chicos de entre 9 y 15 años dijeron no creer que inhalar estas sustancias una o dos veces fuera muy peligroso.
EL DOCTOR Milton Tenenbein, pediatra y toxicólogo del Hospital Infantil de Winnipeg, Canadá, tiene casi 20 años de experiencia en el tratamiento de muchachos adictos a las sustancias inhalables. Además de las lesiones cerebrales que normalmente se derivan de esta adicción, Tenenbein ha observado efectos menos frecuentes, corno sordera y afecciones pulmonares y renales, así como algunos casos de parálisis de las extremidades debidos a neuropatía periférica, padecimiento que se presenta al cabo de sólo seis meses de inhalación intensa. Es posible que los chicos afectados se recuperen, pero al cabo de un tratamiento de hasta dos años de duración. Los que han sufrido lesiones cerebrales no tienen tanta suerte. Según Teneribem, si la adicción persiste mucho tiempo, estas lesiones son inevitables, y una vez producidas no tienen remedio.
Cuando Joe Marshall* era adolescente, comenzó a comportarse de manera extraña y en ocasiones violenta. Preocupada, su madre lo llevó al médico, quien observó en el chico síntomas de una lesión cerebral, debida, según averiguó, a la inhalación de pintura en aerosol. Antes Joe era un gran deportista y un buen estudiante, estimado por sus condiscípulos y adorado por su familia, pero su adicción lo transformó en una persona distinta y hasta peligrosa. Después del dictamen médico, pasó varios años entrando y saliendo de clínicas de deshabituación, pero siguió inhalando siempre que se le presentaba la ocasión. Finalmente lo internaron en el Instituto de Salud Mental de Colorado, en Pueblo.
Actualmente su aspecto a primera vista es normal, pero al observarlo mejor se nota que tiene la mirada perdida. Aunque antes hablaba inglés y español con fluidez, ahora dice incongruencias, apenas puede expresar sus pensamientos y padece una amnesia casi total. Por desgracia, no hay manera de reparar ni sustituir las neuronas que han muerto en su cerebro.
—Tienes mucho frío? —le pregunta la trabajadora social Lama Leonard al ver que lleva puesta una chaqueta de esquiador.
—El aire es anaranjado —responde él.
Ella supone que el joven quisiera decir que sí tiene frío, pero no encuentra las palabras para hacerlo.
—¿Cuántos años tienes? —pregunta Leonard.
Joe se mira una mano, dobla despacio el meñique y el pulgar, y muestra los dedos restantes.
—Tres —dice a media lengua.
Joe tiene 32 años
, y
hace casi seis que lo internaron en esta institución.
Los VENENOS inhalables están al alcance de cualquier niño y adolescente, y la mejor arma para evitar que los usen para drogarse es la conciencia de sus efectos. Los padres harían bien en advertir del peligro a sus hijos desde que éstos comienzan a ir a la escuela. Los estudios revelan que la adicción a las sustancias inhalables es considerablemente menos frecuente entre los chicos que saben que son peligrosas.
Quizá el mayor peligro para los niños sea la negación de los adultos, el decirnos "Mi hijo jamás haría eso", , advierte Earl Siegel. El especialista añade: "Los padres y las autoridades de salud deben saber que este problema ya no sólo afecta a las clases socioeconómicas más bajas, sino a chicos de cualquier condición".
La siguiente guía, preparada por expertos, enumera los principales signos de que un muchacho se droga habitualmente con sustancias inhalables:
•    Manchas de pintura, tinta de rotulador o líquido corrector en el cuerpo o en la ropa; latas de aerosol vacías, trapos o bolsas de plástico en los lugares que frecuenta el chico.
•    Ulceras o erupciones cutáneas en la zona de la boca o la nariz.
•    Aliento con olor a producto químico.

•    Aturdimiento, aire de embriaguez, o andar vacilante.
•    Náuseas y falta de apetito.

•    Excitabilidad, ansiedad, angustia o irritabilidad.
•    Dificultades en la escuela (mal desempeño, inasistencia a clases y apatía).

Para prevenir que sus hijos se aficionen a las sustancias inhalables, manténgase informado e infórmelos a ellos, antes de que alguien más los induzca a probarlas. Si lo deja para después, podría ser tarde.

HEROES ENTRE NOSOTROS

 Cada pueblo y cada ciudad tiene sus propios
ejemplos de valor, bondad y decencia.
A continuación presentamos al lector a cuatro... HEROES ENTRE NOSOTROS Selecciones del Reader´s Digest Agosto 1996

 ATRAPADA PERFECTA
EL 7 DE OCTUBRE de 1995, cuando el mecánico Michael Springer iba doblando una esquina, oyó un llanto que provenía de lo alto de una casa. Al mirar hacia arriba, vio a un niño pequeño que colgaba de una ventana del segundo piso.
Sin pérdida de tiempo, Springer corrió a colocarse debajo de la ventana. "Tardé como diez segundos en llegar", contó después. "Le pregunté a gritos a la criatura qué hacía allí y luego recé para que Dios me permitiera cogerlo si se soltaba. En la acera había unos escalones de marmol.
En eso, el pequeño se soltó... y Springer lo atrapó.
"Era un bebé de lo más simpático , refirió el mecánico. "Apenas tenía dos dientes. Se me abrazó del cuello y me apretó efusivamente, como si se diera cuenta de lo que acababa de pasar".
Como informó más tarde la policía, el niño, llamado Dante Barkley, de año y medio de edad, había subido a gatas al segundo piso y trepado a una cama que estaba junto a la ventana (la cual se encontraba abierta y sin protección) mientras su madre, Evaina, hablaba por teléfono en el primer piso y su padre, David, se hallaba en la planta baja con un hijo mayor. Cada uno de los padres pensaba que el otro se estaba haciendo cargo del pequeño.
En el hospital se confirmó que el niño había salido ileso del accidente. "Por algo permitió Dios que yo pasara por ahí en el momento justo
y me alegro de que haya sido así", comentó Springer.
—Swette Parmley, en el Inquirer de Filadelfia
DESCARGA DE ADRENALINA DEREK LOHMAN, muchacho de 15 años que cursa el cuarto grado de enseñanza media, estaba solo en su casa una tarde de septiembre de 1995 cuando de pronto oyó gritar a Ralph Hutchins, vecino de 79 años que vivía al otro lado de la calle. Derek salió, y a través de la alambrada vio a la perra de Hutchins, de 48 kilos de peso, encima de su dueño, al que había derribado al suelo y seguía atacando.
El chico entró corriendo a su casa, cogió una escopeta de aire comprimido que le habían regalado en  su cumpleaños, hacía una semana, y volvió a salir. Luego de accionar ocho veces el cargador de aire, apuntó al animal a través de la cerca y disparó.
"La perra cayó, pero luego volvió a levantarse y se lanzó otra vez contra la garganta del señor Hutchins", cuenta Derek.
El muchacho tuvo que disparar diez veces más, por lo menos, para conseguir que el animal retrocediera. Al anciano le sangraban brazos y piernas, y tenía un hombro dislocado.
Derek dejó caer la escopeta, saltó la alambrada de Hutchins y se acercó a él sin perder de vista a la perra. Luego, aunque sólo pesa 54 kilos, levantó al anciano y lo puso a salvo al otro lado de la cerca, que mide un metro y medio de altura. Cuando estaba saltando al otro lado, la perra alcanzó a morderle un talón.
Derek dice no saber de dónde sacó fuerzas para levantar a un hombre más pesado que él y pasarlo por encima de una alambrada casi tan alta como él, pero supone que su reacción pudo deberse a una descarga de adrenalina.
Ralph Hutchins permaneció en el hospital una semana. Entre las posibles explicaciones de la agresividad de la perra está el que hubiera tropezado con un panal de avispas. La esposa de Hutchins, Anna, no tiene más que elogios para Derek. "Le estamos muy agradecidos", dijo. "Es un muchacho muy valiente".
—Jim Namiotka, en el Gazette-.Iournal de Reno, Nevada
UNA AGUJA EN UN PAJAR
CASI TRES HORAS después de echar un sobre al correo, Susan Caba cayó en la cuenta de que había olvidado ponerle la estampilla. El sobre llevaba la mensualidad del coche de su esposo, que vencía en dos días, así que no había tiempo para esperar a que el correo lo devolviera por falta de estampilla.
Susan había utilizado el buzón del edificio donde trabajaba como reportera de un diario, y se comunicó con la oficina de correos correspondiente, con la esperanza de localizar el sobre. Estaba segura de que la burocracia postal no le haría el menor caso.
Pero la persona que atendió su llamada no era un burócrata cualquiera, sino Henry Sydnor, atento empleado que le pidió una descripción del sobre, se puso a buscarlo en tres cajones donde había 500 paquetes y, una vez que dio con él, la llamó por teléfono.
—Me debe un paseo en ese coche —le dijo—. Encontré su sobre y le puse estampilla.
Ni siquiera aceptó que Susan le pagara el importe de la estampilla.
Tampoco cree haber hecho nada fuera de lo ordinario. Sólo quería ayudar.
¡Sería bueno poder hacer clones de este hombre y ponerlos en el Servicio de Recaudación Fiscal, el Seguro Social y todas las oficinas de tránsito del país!
—Debra Nussbaum, en el Inquirer de Filadelfia
BUENA VECINDAD
MENOS DE UN AÑO después de que Richard y Judie Wheeler comenzaron a construir la casa de sus sueños, a él le diagnosticaron cáncer de esófago. El ruido de sierras y martillos que se había oído durante meses en la obra cesó de pronto.
Un feligrés de la parroquia decidió entonces pasar por la casa que los Wheeler alquilaban provisionalmente, y le pidió a Judie los planos de la obra. Al poco tiempo comenzó lo que parecía la edificación del granero comunal de otro tiempo. Los feligreses reanudaron la obra en el punto en que Richard la había suspendido.
La noticia se extendió por todo el pueblo, y muchos vecinos ofrecieron su ayuda en las tareas que conocían, como la plomería y la instalación eléctrica. Un restaurante del lugar se encargó de dar de comer a los voluntarios pollo frito y hamburguesas gratis y sin límite.
Por desgracia, cuando la obra estaba a punto de terminar, Richard Wheeler perdió la batalla contra el cáncer. Nunca vio la casa nueva, pero Judie, que se mudó a ella con sus hijas en octubre de 1994, un mes después de la muerte de su esposo, dijo que había sido más fácil para él afrontar su destino sabiendo que los compasivos vecinos del lugar cuidarían de su familia.
—Kim McGunc, en el Morning Telegraph

POR QUÉ ES TAN OBSCENA LA TELEVISIÓN -Agosto 1996

POR QUÉ ES TAN OBSCENA LA TELEVISIÓN ...y lo que podemos hacer al respecto
POR RACHEL WILDAVSKY
EN LA comedia televisiva de la Fox "The Crew", un piloto que sirvió en la guerra de Vietnam dice no haberse drogado mientras estuvo allí. "Ahorraba el dinero para las prostitutas", añade, y estalla el coro de risas grabadas.
En "Bless This House", comedia de la CBS que se transmite en el horario de mayor auditorio, una madre reprende a su hija de 12 años por pasarse toda la mañana mirándose "los pechitos". La misma mujer, al conversar con una amiga que no piensa más que en el sexo, exclama: "¡Caramba!, ¿nunca menstrúas?"
En "Cybill", de la CBS, una adolescente califica de "patética" a su madre divorciada y la acusa de ser "adicta a los orgasmos". La respuesta de su mordaz mamá es: "A veces tú también te abaratas".
La televisión ha transitado un largo camino desde "The Bob Cummings Show" y "Wagon Train". El resultado no es del todo malo. La calidad de las producciones actuales es muy superior; los diálogos cómicos son, en general, más divertidos, y los dramas, más emocionantes.
En otros aspectos, por el contrario, la televisión se ha deteriorado mucho. Sus va lores tradicionales se han ido al traste. Demasiadas series cómicas y dramáticas, así como buena parte de la programación diurna, expresan una profunda hostilidad hacia la familia, tienen mucho contenido sexual y son, en el mejor de los casos, amorales.
Los adultos presencian los chistes soeces sin respingar, pero ellos no son los únicos televidentes. El niño estadounidense medio pasa más de tres horas diarias frente al televisor, y no sólo ve "Sesame Street". Monique
Ward, investigadora de la Universidad de California en Los Ángeles, hizo un estudio de los programas que se transmiten en el horario de más auditorio y que gozan de mayor popularidad entre los niños. En un periodo reciente observó que 29 por ciento de los diálogos de dichos programas hacían alusiones sexuales. En noviembre de 1995 Jonathan Storm, crítico de televisión del Inquirer de Filadelfia, estudió 16 programas del mismo horario por espacio de una semana, y comprobó que sólo dos de ellos no hacían referencia a las funciones corporales.
Los miembros de la industria saben que ésta ha cambiado. "Ahora hay más programas que llevan las insinuaciones y los temas sexuales al extremo", reconoce Leslie Moonves, presidente de la División de Entretenimiento de la CBS. Don Ohlmeyer, presidente de la división de la Costa Oeste de la NBC, agrega: El modo de pensar y de hablar de la gente ha cambiado. Si los diálogos de la televisión no reflejaran esto, los espectadores no se identificarían con los personajes".
"Hoy podemos usar un vocabulario que hace diez años era impensable", dice otro destacado ejecutivo del medio. "A veces tanteamos hasta dónde podemos llegar y, en el aspecto sexual, sin duda ahora llegamos más lejos".
Jeffrey Cole, experto en televisión de la Universidad de California en Los Ángeles, lo expresa así: "Hay un puñado de guionistas brillantes, que saben crear personajes complejos. Los demás saben sacar chistes picantes de su repertorio".
Lo anterior se debe, en parte, a que los anunciantes quieren atraer televidentes de entre 18 y 49 años de edad. Naturalmente, los encargados de la programación les ofrecen emisiones que captan la atención de este auditorio.
Siempre ha sido así. La diferencia es que antes toda la familia veía televisión en un solo aparato, y los programadores sabían que los padres no lo habrían tolerado obscenidades en lo que veían con sus hijos. En 1990, sin embargo, 60 por ciento de las familias televidentes tenían más de un televisor. Los padres podían ver programas atrevidos en un aparato mientras sus hijos se entretenían en otro cuarto con emisiones aptas para ellos. Como los publicistas preferían los programas para adultos, los que estaban pensados para niños acabaron por desaparecer.
Según Ted Harbert, ejecutivo de la ABC, la cadena no hará el papel de "niñera electrónica" mientras los padres se divierten viendo programas para adultos por otros canales. Los empleados de la ABC "necesitamos ofrecer" un auditorio adulto "a nuestros patrocinadores para sufragar nuestros salarios", dijo.
La Fox, cadena fundada en 1986 por el magnate de los medios informativos Rupert Murdoch, fue una de las primeras en darse cuenta de que ya no era rentable reservar el mejor horario para las familias con hijos pequeños. La Fox ha preferido llamar la atención de los adultos jóvenes con un estilo procaz e irreverente. Jon Nesvig, presidente de la división que vende los espacios publicitarios de la cadena, lo ha dicho sin ambages: "Estamos vendiendo una nueva generación de consumidores".
Sin duda había cierta gracia en "Married... With Children", la primera serie cómica que la Fox produjo con el nuevo enfoque, y en la que presentaba a una pareja frustrada y mordaz y a sus chiflados y lujuriosos hijos adolescentes. Hoy en día, ésta es la serie cómica que más tiempo lleva transmitiéndose. Y no ha cambiado nada. En un episodio, padre e hijo hablan con emoción de una inminente visita al "bar de bailarinas desnudas, que se dejan ver el trasero sin abrir la boca".
No tardaron en surgir las imitaciones. En 1988, la ABC estrenó "Roseanne", comedia sobre una señora gorda que mascaba chicle, hablaba con franqueza de la sexualidad y desafiaba a sus hijos para que cometieran actos temerarios. Fue un éxito rotundo que señaló el cambio definitivo de la familia televidente.
Desde entonces, la televisión ha ido cada vez más lejos, hasta alcanzar extremos que incluso la Roseanne de un principio habría considerado atrevidos. Hoy en día, la programación se caracteriza por lo siguiente:
Relaciones sexuales indiscriminadas. De principios de los años 80 a nuestros días, los padres que aparecen en la televisión han ido aceptando las relaciones sexuales entre adolescentes —a veces de mala gana—, siempre y cuando los chicos utilicen medios de protección y haya cariño entre ellos. El mensaje, aunque enfurece a muchos padres de la vida real, no es más que el punto de vista de la televisión sobre la sexualidad de los adolescentes. Sin embargo, también los personajes adultos dan por sentadas las relaciones eróticas meramente recreativas, y disfrutan de amoríos que rara vez tienen repercusiones, aunque, eso sí, constituyen una fuente inagotable de chistes.
La comedia "Friends", que trata de la vida de un grupo de atractivos jóvenes solteros, consiste principalmente en relatos de su vida sexual. En un episodio, Joey le dice a una mujer en un bar que es bonita, y ella le responde que eso se debe a que su vestido hace resaltar sus atributos físicos, los cuales pasa a describir con gráfico detalle. En otra emisión, Rachel enumera las partes de su cuerpo que su novio "ya ha nombrado" en la sexta cita que ha tenido con él. En otra más, tres mujeres recuerdan entre risas lo que sus ex amantes hacían con ellas en la cama: uno lloraba, otro gritaba, etcétera.
Denigración de la mujer. La amiga molesta con la que nadie simpatiza ha sido desde hace años el terna favorito de muchos programas del horario de mayor auditorio. La mujer que se lanza en pos de hombres que no tienen interés en ella tampoco ha escaseado en la televisión. Combínense las dos, y la comedia puede volverse verdaderamente ruin.
Audrey —una vivaracha y entrometida joven de minifalda— cree ser la mejor amiga de la protagonista de "Ellen", de la ABC. Sin embargo, ésta la desprecia y vive eludiendo su compañía, lo que es motivo de constantes chistes, al igual que el idilio que Audrey sostiene con el amigo de Ellen, Adam. Aunque en cierta ocasión éste la calificó de "la persona más fastidiosa que he conocido", una y otra vez terminaba en la cama con ella.
Ahora bien, ni siquiera hace falta que la mujer se acueste con un hombre para desempeñar un papel sexualmente humillante en la televisión actual. En "The Pursuit of Happiness", de la NBC, una joven, después de quejarse del mucho calor que hace y decir que podría cocer una alcachofa en su sostén, se lava las axilas en una fuente, ante la mirada de repugnancia de los hombres para los cuales trabaja.
Adiós al horario familiar. Como el auditorio infantil menor de 11 años aumenta al máximo entre las 8 y las 9 de la noche, las cadenas de televisión acostumbraban restringir las alusiones sexuales y la violencia a esa hora, la cual quedó reservada para ver televisión en familia.
En 1987, la Fox desafió la tradición al transmitir "Married... With Children" a las 8:30 de la noche. Los televidentes protestaron, y el programa volvió a su horario de las 9. Ésa fue la última victoria importante del horario familiar.
La CBS clasifica su programa "The Nanny" como apto para todo público. Es una comedia que trata de una deslumbrante niñera que se viste con ropa ajustada y vive en casa de un hombre rico que debe ocuparse solo de la crianza de sus hijos. Se transmite a las 8 de la noche. En cierta escena, la protagonista bebe de más y acaba en la cama con su patrón. En defensa del programa, la coproductora ejecutiva Diane Wilk comentó: No transmitimos nada que no quisiéramos que vieran nuestros hijos".
En 1994, la Fox cambió su exitosa telenovela "Melrose Place" a las 8 de la noche. En una escena, una mujer le dice a un hombre: "Quiero que me desabroches la blusa y me levantes la falda". En cuanto al cambio de horario, Murdoch dijo: "Mejor a las 8 de la noche que no a las 2 de la tarde".
Basura de la vida real para después de clases. Hoy en día, el horario diurno de la televisión está plagado por una veintena de programas de entrevistas que dan a conocer los problemas íntimos de personas reales. Los anfitriones compiten por arrancarles a los invitados confesiones a cual rnás sórdida, con el mayor detalle posible.
Y millones de niños los ven. Los menores de 11 años representan alrededor del seis por ciento del auditorio de los programas de entrevistas diurnos. Esto significa que quizá 230,000 chicos ven el programa dct, "Jerry Springer", 260,000 el de "Sally Jessy Raphael", y 630,000 el de "Ricki Lake". El contenido de todos es espeluznante:
•    En un programa de "Jerry Springer" se presentó una muchacha de 17 años que se había casado con su padre sustituto, de 71, a quien llamaba "papá"; en sus tres años de relaciones habían tenido cuatro hijos. En otra ocasión se invitó a un hombre cuya novia le era infiel; en el curso de la transmisión, el invitado se enteró de que su rival era su primo.
•    En "Sally Jessy Raphael" se presentó un hombre que decía haberse acostado con más de 200 personas. Cuando Raphael le preguntó cuál era su criterio para elegir a las mujeres, respondió: "El requisito mínimo es que respiren
¿HASTA DÓNDE llegará la televisión? Más lejos de lo que imaginamos. Aunque la Suprema Corte de Estados Unidos ha dictaminado que la difusión de obras obscenas es ilegal, sea cual sea la hora a la que se haga, es relativamente poco lo que los tribunales entienden por obsceno. Los desnudos y el lenguaje soez no por fuerza constituyen violaciones a la ley. En 1982, la Asociación Nacional de Difusores abandonó un "código" que se había impuesto voluntariamente y por el cual se prohibía la difusión de cualquier obra que las estaciones de radio o televisión Juzgaran "obscena, soez o indecente".
¿Qué impide a las cadenas televisivas transmitir programas aun más indignantes que los actuales? Lo mismo que les impide abordar temas muy controvertidos, como el aborto y la homosexualidad: el temor a que el auditorio tenga límites.
La acogida que el público dispensa a un anuncio depende mucho del programa en el que éste se inserta. Como dice Betsy Frank, analista de medios informativos: "A los consumidores les importa la programación, y esto contribuye a que las cadenas de televisión no se nos escapen totalmente de las manos".
Un grupo creciente de personalidades públicas han comenzado a tener en cuenta la indignación de los televidentes, y han emprendido una decidida campaña bipartidista para  poner freno a estos excesos. El Presidente Clinton y el candidato republicano a la presidencia, Robert Dole (por nombrar sólo a dos políticos) han protestado públicamente por la obscenidad de la programación. Y el ex secretario de Educación William Bennett, ha instado a anunciantes a retirarles su patrocio a los programas diurnos ofensivivos.
Una nueva ley de telecomunicaciones ha fortalecido la campaña, exigir que los próximos televisores estén equipados con un dispositivo que permita a los usuarios bloquear la recepción de programas indeseables. La ley también exige a las cadenas de televisión idear un sistema voluntario para clasificar los programas en cuanto a su contenido de sexo o violencia, si no quieren arriegarse a que se lo impongan. No de extrañar que, en febrero de 1996 las cuatro cadenas hayan iniciado pláticas para elaborar dicho código.
Aun así, las nuevas normas tienen en contra un obstáculo formidble:  el conteo del auditorio. A falta de control oficial estricto, el número de televidentes siempre regirá las decisiones sobre programación, en ellas las referentes al contenido de sexo y violencia. Tomemos por ejemplo "NYPD Blue", drama policial que la ABC presentó, en septiembre de 1993, el primer desnudo parcial.  Las objeciones del público mantuvieron bajas las ventas de espacios publicitarios durante las dos primeras temporadas, pero el programa atrajo un numeroso auditorio, y las vetas  han recuperado terreno. Este lucrativo experimento, ¿no habrá de ir seguido de desnudos totales? No si son pocas las personas que los ven; en ese caso, su transmisión se suspendería.
Por fortuna, abstenerse de las porquerías no significa que sea necesario dejar de ver televisión. Los programas no tienen que ser ofensivos para entretener. Las repeticiones de "The Cosby Show" resultan ahora tan divertidas como cuando el programa se transmitió por primera vez. Y la popularísima comedia familiar "Honre ImproverrienC, de la ABC, sigue demostrando hasta la fecha que un guión bien escrito puede dejar tan contentos a los anunciantes como a los padres.
Hollywood tiene que asumir su responsabilidad en la depuración de la televisión. Al igual que otros muchos ejecutivos del medio, Don Ohlmeyer, de la NBC, elogia la calidad de la cultura estadounidense, por lo menos de dientes afuera. "No quiero tomar parte en el embrutecimiento de Estados Unidos", dice.
Es hora de que él y los ejecutivos de la competencia que opinan de la misma manera comiencen a respaldar sus palabras con dinero. Como ha dicho Oprah Winfrey en TV Guide: "Debemos exigir a los programadores que presenten personajes dignos de imitación para nosotros y nuestros hijos; debemos exigirles una televisión que fortalezca el espíritu humano".
Para solucionar el problema, el compromiso debe venir de ambas partes: de quienes ven televisión y de quienes la producen. El esfuerzo vale la pena. Los niños cuyos valores se están atropellando podrían ser los nuestros.

miércoles, 21 de julio de 2021

LILLI MARLENE- ALEMANIA- AFRIKA KORPS

 John Steinbeck dijo de su lamento que era la canción más hermosa de todos los tiempos 

LA NOVIA DE TODOS LOS SOLDADOS

POR CHARLES SMITH

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST  Agosto 1996

ILUSTRACIÓN-DAVID SCHWEITZER
ERA DE NOCHE en el desierto norafricano, y nuestros tanques estaban dispuestos en círculo para  resguardarnos. Algunos de mis compañeros de batallón escuchaban el radio. Me acerqué a ellos, y uno me hizo una seña para indicarme que guardara silencio.
Del aparato salíó un toque de corneta, y luegi una tierna  y sensual voz de mujer comenzó a cantar en alemán la melodía  melodía más pegajosa que yo había oído en mi vida. Ni yo ni la mayoría de mis compañeros entendíamos la letra, pues no éramos el Afrikakorps alemán, sino el Octavo Ejército Británico (las "Ratas del Delsierto"}, pero aquella voz místeriosa nos llegó a lo más hondo del alma y nos cautivó.
A poca distancia de allí, unos soldados alemanes escuchaban la misma canción, sintiendo, como nosotros,soledad y añoranza. Corría la primavera de 1942. Ambos bandos estábamos lejos del hogar, y ambos nos enamoramos de la chica de la canción, como lo hicieron millones de soldados de casi todas las nacionalidades, que todavía hoy le cantan. Su nombre era Lilli Marlene.
¿Quién era Lilli, y cómo trascendió fronteras, idiomas y generaciones para convertirse en la chica soñada por todo soldado? Su historia comienza en 1915, a principios de la Primera Guerra Mundial.
Una noche de abril, en Berlín, Hans Leip, joven cadete del Ejército alemán y poeta en ciernes, hacía guardia ante una barraca de fusileros. En la acera de enfrente, una niebla espectral se arremolinaba a la luz de un farol.
Leip acababa de estar en los brazos de una linda chica apodada Lili, y seguía pensando con embeleso en ella cuando en la niebla vio aparecer a Marleen, coqueta beldad de ojos verdes a la que había conocido en una galería de arte. Se había enamorado de ella a primera vista.

Marleen iba de camino a un hospital de las cercanías para atender a los soldados heridos. Saludó a Leip de lejos en el preciso instante en que el sargento de la guardia se acercaba a la reja. Sin poder contestarle, Leip tuvo que conformarse con mirarla, hasta perderla de vista en la niebla.
Esa noche soñó con Lili y con Marleen, y el sueño le inspiró un poema en el que ambos nombres se funden en una sola chica. Lo llamó Canción de un joven centinela.
El poema habla de un soldado que se despide de su novia, Lili Marleen, a las puertas de su barraca, a la luz de un farol. Entonces un toque de corneta lo llama a filas; él ansía quedarse con Lili, pero el segundo toque lo obliga a partir. Al hacerlo, el soldado pregunta: "Si algo me pasa, ¿vendrá otro hombre a verte bajo el farol, o volverá mi espíritu a besarte como antes, Lili Marleen?".
Enviado al frente ruso, Leip no volvió a ver ni a Lili ni a Marleen.Unos 20 años después, incluyó la Canción de un joven centinela en una antología de sus poemas. El compositor berlinés Norbert Schultze dio con ella, le puso música, llamó a la pieza Lili Marleen y se la ofreció al tenor jan Bayern, quien la rechazó por considerarla "simplona".
-Schultze se la dio entonces a una cantante de cabaret llamada Lale Andersen, escultural rubia cuya voz cautivadora y sensual iba bien con la melancolía de la canción, y que en 1939 fue grabada por la Compañía Electrola. Para entonces había estallado la Segunda Guerra Mundial y sólo se vendieron 700 copias del disco, cada una de las cuales vale unos 300 dólares hoy en día.
La canción permaneció en el olvido durante dos años. Luego, el Ejército alemán ocupó Yugoslavia e inauguró Radio Belgrado para transmitir música a sus tropas desplegadas en los Balcanes y en el norte de África. El director de la estación inició una búsqueda de discos y, en la bodega de Radio Viena, un soldado halló una polvorienta colección que   incluía la grabación de la Andersen. La primera emisión se hizo la noche del 18 de agosto de 1941.
Mi futuro cuñado, a la sazón oficial de tanque del Afrikakorps, oyó la canción y, según me contó años después, quedó fascinado. Lo mismo les ocurrió a miles de soldados, y Radio Belgrado recibió un aluvión de solicitudes de repetición.
El general Erwin Ronimel, comandante del Afrikakorps, comprendió sagazmente que la canción podía servir para animar a sus hombres, y mandó que la transmitieran todas las noches. Desde entonces, Lili Marleen cerró diariamente la programación de Radio Belgrado a las 9:55 de la noche, y ejerció su embrujo casi hasta el fin de la guerra.
En su libro The Great Lili ("La gran Lili"), Carlton Jackson cuenta que el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, detestaba la canción. Él prefería los himnos ampulosos e inspiradores, como Bomben auf Engelland ("Bombas sobre Inglaterra"), y ordenó que se destruyera la matriz de la grabación de Lale Andersen. Cuando, en enero de 1943, la toma de Stalingrado costó la vida de 300,000 soldados alemanes, Goebbels prohibió la canción diciendo que "en sus compases fluye una danza de muerte'.
No obstante, sin que el ministro lo supiera, se había enviado una segunda matriz a Suiza, país neutral, y tres días después de la prohibición Lili volvió al aire.
Enfurecido de no poder silenciar la canción, Goebbels arremetió contra la cantante: la sometió a vigilancia y esparció el rumor de que simpatizaba con los judíos. Lale Andersen tenía, en efecto, amigos judíos, y a uno de ellos, que vivía en Suiza, le escribió cartas diciéndole que ansiaba salir de Alemania.
En Italia, tras una gira de conciertos para los soldados, Lale decidió huir a Suiza en tren, pero en una estación de Milán la aprehendieron dos agentes de la Gestapo. En Berlín, un oficial nazi reveló las copias de unas cartas suyas que se habían interceptado, la acusaron de espionaje, la pusieron bajo arresto domiciliario y la amenazaron con enviarla a un campo de concentración.
El servicio de espionaje británico averiguó lo ocurrido y la BBC radió la noticia de que los nazis habían encerrado a la célebre cantante en un campo de concentración, lo que quizá haya contribuido a salvarla. Al parecer, la Gestapo perdió interés en ella, y Lale huyó discretamente a casa de sus abuelos, en una isla del mar del Norte, donde se quedó hasta el fin de la guerra.
Como escribió una vez el novelista John Steinbeck, "Hay canciones que saltan fronteras". Así ocurrió con Lili, que fue adoptada por los británicos que combatían a Rommel en el desierto. Sin embargo, como a Goebbels, al alto mando británico le disgustaba la canción: no era correcto que sus hombres marcharan al son de esa música, y menos aun si estaba cantada en alemán.
Carlton Jackson cuenta de unos soldados del Octavo Ejército que, devuelta en Inglaterra, se pusieron a cantar Lili Marleen una noche en una taberna. El editor de música J. J. Phillips, asiduo del establecimiento, les advirtió que si la policía del lugar los oía, los creería espías alemanes.
—Si tanto le preocupa —replicó uno—, ¿por qué no nos escribe una letra en inglés?
Phillips aceptó el reto y, con ayuda del compositor Tommie Connor, creó My Lilli of the Lamplight ("Mi Lilli del farol"), en la que Marleen pasó a ser Marlene y desaparecieron la niebla y el espíritu que vuelve de la tumba para besarla. La nueva Lilli era la muchacha que aguarda con nostalgia el regreso de su amado del frente de batalla.
Recuerdo, mi amor, cómo-me esperabas al pie del farol, ante la barraca. Allí me dijiste con ternura que me amabasy que siempre serías
mi Lilli del farol,
mi Lilli Marlene.
La pegajosa balada, que expresaba los temores del soldado lejos del hogar y su añoranza por volver a los brazos de su amada, fue un éxito inmediato. Edith Piaf la cantó a los soldados franceses, y Marlene Dietrich a los norteamericanos. El Quinto Ejército Estadounidense la entonó al entrar en Florencia.
Se han compuesto adaptaciones del poema de Leip en más de 40 idiomas. La versión italiana dice "Dame una rosa y apriétala contra mi pecho", y la francesa, "En la noche oscura, nuestros cuerpos enlazados". Los soldados rusos, que les oyeron la canción a los prisioneros alemanes, hicieron una versión aun más atrevida, pero se les prohibió cantarla.
Los soldados estadounidenses no se quedaron atrás. Después de la guerra, algunos la parodiaban así: En el andén, los norteamericanos tienen cigarrillos y mucho chocolate.
¡Qué maravilloso! ¡Qué bueno! Veinte marcos por cinco minutos. ¿Cuánto, Lilli Marlene?
Con el tiempo, la versión original de Lilli Marlene ha aparecido en un sinfín de películas y documentales. En Juagement at Nuremberg ("Juicio en Nuremberg"), filmada en 1961, la tonada se oye en una taberna mientras la Dietrich y Spencer Tracy recorren las ruinas de la ciudad.
¿Por qué llegó esta canción a tantos corazones? La respuesta de Lale Andersen fue: "¿Acaso puede el viento explicar por qué se transforma en tormenta?" Lilli Marlene siempre representó un remanso de ternura en medio del brutal y horrendo fragor de la guerra. Por eso pertenece a todas las naciones.


martes, 20 de julio de 2021

CUATRO MINUTOS PARA SALVAR DOS VIDAS- EMERGENCIA

Emergencia-Bajo las luces brillantes del quirófano se producen milagros.

A CINCO MINUTOS DE LA MUERTE

 Lo ocurrido ese día en la sala de partos fue la peor pesadilla de un obstetra
Por BOB TREBILCOCK     SELECCIONES DEL READER'S DICEST  SEPTIEMBRE 1998
EL DOCTOR Kenneth Hekman, ginecólogo obstetra de 52 años, salió de su consultorio en el Hospital Emerson, localizado en Concord, Massachusetts. —Si alguien me necesita, voy a estar en la sala número siete con la señora Shepherd —avisó a la recepcionista.
Eran casi las 3 de la tarde del jueves 28 de diciembre de 1995, y Lesley Shepherd, mujer de 29 años que tenía tres hijos varones y esperaba el cuarto, había entrado por la mañana en la sala de partos. El bebé que esperaba, una niña, llevaba ya dos días de retraso. Hekman y ella acordaron provocar el parto. Si no había imprevistos, la niña llegaría al mundo hacia las 5 de la tarde.
Con más de 3500 partos de experiencia, Hekman no olvidaba el día en que comprendió lo que significa un nacimiento. Criado en Michigan, desde muy joven decidido ser médico. Comenzó la práctica obstétrica cuando aún estudiaba en la Facultad de Medicina de la Universidad Estatal Wayne. Una noche, en la biblioteca, recordó un parto que había atendido en el día, cuando estaba de turno. ¡Tuve entre mis manos la promesa y la oportunidad de una nueva vida!, se dijo.
Había sido un momento de espiritualidad, que lo dejó profundamente conmovido.
Un profesor suyo se refería al sentimiento como "gracia en retrospectiva"; es decir, el hecho de que a veces no comprendemos la importancia de un suceso sino hasta que, pasado un tiempo, lo recordamos. Era una idea sobre la que Hekman habría de volver a reflexionar.
CUANDO EL MÉDICO entró en la sala de partos, Lesley Shepherd estaba en cama. Su esposo, Nate, de 33 años, director de mercadotecnia de una escuela, estaba sentado junto a ella.
Hekman revisó el electrocardiograma fetal. La enfermera estaba preocupada porque durante las contracciones el ritmo cardiaco del feto disminuía levemente, pero Hekman no vio nada anormal en la gráfica. Tras revisar a Lesley, decidió seguir adelante: le rompió el saco amniótico y revisó el líquido derramado en busca de meconio (excremento del feto), cuya presencia puede ser signo de sufrimiento fetal. El líquido de Lesley estaba transparente.
—No veo nada anormal —le dijo Hekman—. La cabeza de la niña está en el cuello del útero, como debe ser. Vendré en un par de horas.
A poco de que salió, Lesley sintió un dolor opresivo en el pecho.
—Creo que voy a vomitar —dijo, incorporándose en la cama.
Nate tomó una palangana para acercársela a Lesley, pelo, antes de que pudiera hacerlo, ella cerró los ojos y se desmayó.
La enfermera se acercó a toda prisa y la acostó de lado.
—Dígame: ¿dónde está? —le preguntó enérgicamente.
—En el hospital —contestó Lesley abriendo los ojos.
—¿Qué hospital?
Lesley ya no respondió. La enfermera cogió el teléfono.
—Busque al doctor Hekman en seguida —dijo.
La parturienta dejó de respirar. En un santiamén la sala se llenó de enfermeras. Hekman entró poniéndose unos guantes quirúrgicos.
—Lesley —dijo—, voy a revisarla. La causa más común de una reacción así es el desprendimiento prematuro de la placenta. Hekman practicó un examen interno, pero no observó ningún signo de tal desprendimiento, ni siquiera hemorragia. Por el contrario, era notoria la falta de sangre en los tejidos. El aparato vascular de Lesley había dejado de funcionar.
En un instante Hekman descartó algunas complicaciones probables, hasta que sólo quedó una inquietante posibilidad. ¡Dios míol, pensó. ¡Una embolia de líquido amniótico!
En esta rarísima complicación, parte del líquido amniótico entra en el torrente sanguíneo de la madre y llega, a través de la arteria pulmonar, a la red vascular de los pulmones, donde ocasiona una grave obstrucción. Aunque el corazón siga latiendo, la sangre oxigenada deja de fluir a todos los órganos del cuerpo. La falta de oxígeno puede causar la muerte de la madre y del feto en sólo cinco minutos.
Hekman nunca se había enfrentado a esta complicación, pero sabía que es la peor pesadilla de un obstetra. Resulta mortal en alrededor de 70 por ciento de los casos; la mayoría de las veces no se llega al diagnóstico hasta que la parturienta ha muerto, y las que se salvan a menudo sufren graves lesiones cerebrales.
Hekman decidió practicar una cesárea inmediatamente, tanto para salvar a la criatura como para retirar la fuente de líquido amniótico que había causado la embolia.
—¡Vamos! —urgió al personal—¡Hay que operarla cuanto antes!
Había pasado apenas un minuto desde que Lesley sintió náuseas. Hekman tenía cuatro para salvarlas a ella y a su hija.
ESLEY FUE LLEVADA de inmediato al quirófano.
    Unas enfermeras le dieiron masaje en el pecho  para estimularle el corazón. La piel se le había puesto de color morado negruzco, señal deque su grado de saturación de oxígeno era de alrededor de 70 por ciento, apenas suficiente para mantener las funciones cerebrales.
—Parece muerta —dijo alguien.

Lo mismo pensó Hekman, pero en seguida puso los cinco sentidos en lo que iba a hacer.
En general, una cesárea exige de 20 a 30 minutos de preparación, y unos cinco para sacar al niño, pero Hekman no disponía de tanto tiempo. A los dos o tres minutos del desmayo de Lesley, ya tenía el bisturí en la mano. Decidió practicar un corte vertical para tener un acceso más inmediato al útero.
—No está anestesiada todavía —advirtió una enfermera.
Hekman le inyectó un anestésico local y abrió.
El útero casi no tenía sangre, pero la niña estaba viva. Hekman la sacó, le pintó el cordón umbilical y se la entregó al pediatra, quien la llevó a la sala de recién nacidos.
—Ya tiene pulso —dijo entonces la enfermera anestesista.

Hekman no sabía si eso era bueno o no. Entre la vida y la muerte hay a veces un límite muy borroso en que la persona puede estar ya perdida, aunque le lata el corazón.
El doctor Hekman empezó a suturar.

NATE SHEPHERD había visto cómo se llevaban a su mujer y a su hija aún no nacida al quirófano. A los pocos minutos una enfermera le salió al encuentro en el pasillo.
—Su hija está bien. Puede ir a verla a la sala de recién nacidos. —¿Y mi esposa?
—La están estabilizando.
Nate fue a ver a su hija, que, conectada a varios monitores, lloraba sin parar. Al ver que se encontraba bien, volvió a la puerta del quirófano a esperar noticias de su mujer.
MIENTRAS HEKMAN suturaba, la presión arterial de Lesley casi volvió a la normalidad, indicio de que la embolia había cesado tan súbitamente como le había sobrevenido.
Poco después de las 5 de la tarde la llevaron a terapia intensiva. Nadie sabía si la falta de oxígeno le había afectado el cerebro. Habría que esperar a que pasara la noche.
Hekman explicó lo ocurrido a Nate Shepherd.
Éste entró en la sala de terapia intensiva a eso de las 8 de la noche. Lesley tenía la piel traslúcida y el cuerpo hinchado a causa de la gran cantidad de suero que le estaban administrando. Nate se acercó y le acarició la frente y la mejilla.
—Te amamos —le dijo
Lesley permaneció inconsciente casi todo el viernes, pero al atardecer despertó por fin. Hekman estaba con ella, y le preguntó:
—¿Quiere algo para el dolor? Sin percatarse de que había pasado más de un día, Lesley respondió:
—No, hace un rato me dieron un analgésico y no podía moverme. Hekman sonrió.
—Es que ha tenido algunas complicaciones. Luego le cuento.
Nate se acercó, y Lesley le dijo: —Kerri debe llegar a las 4.
Nate se rió: Kerri era la niñera de la familia y había quedado en llegar a casa a las 4 de la tarde del día anterior; si Lesley se acordaba de la cita, no había duda de que estaba bien.
LA RECUPERACIÓN de Lesley fue sorprendente. El lunes ya tendió su cama. El martes conoció a su hija, una niña de cuatro kilos y medio, en perfecto estado de salud. Sus padres le pusieron el nombre de Lily.
Ni madre ni hija sufrieron secuelas de la complicación, aunque Lesley dice que cuando sostiene en brazos a Lily la aprieta con un poco más de fuerza. "La miro y pienso en lo poco que faltó para perderla. El doctor Hekman hizo un milagro porque no perdió el control".
Kenneth Hekman resta importancia a su intervención, pero no olvida los cinco minutos que su equipo y él tuvieron para salvar dos vidas. "Eso es gracia", dice. "Gracia en retrospectiva". .® 1997 POR ROB TREBILCOCK. CONDENSADO DE YANKEE (DICIEMBRE DE 1997), DE DUBLIN, NEW HAMPSHIRE.