Una antigua prueba de la realidad de Dios adquiere hoy apremiante frescura.
POR QUÉ CREO EN DIOS
POR PAUL JOHNSON SELECCIONES DEL READER'S DIGEST Septiembre de 1985
UN DOMINGO por la mañana desperté ardiendo de ira.
Un personaje prominente me había criticado en público, injustamente, acerca de un tenia importante, y yo me proponía contraatacar con energía a través de la prensa. Como Sansón a los filisteos, yo le asestaría "golpe sobre golpe haciendo grandes estragos". Estaba ansioso por redactar tal artículo.
Pero, como era domingo por la mañana, fui temprano a la iglesia. La lección de la misa fue un texto del Eclesiástico: "Rencor e ira son también detestables", dice; "el que se venga sufrirá la venganza del Señor".
La misa continuó con el célebre pasaje del Evangelio de San Mateo en que San Pedro pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar a un hombre que le hace un daño. ¿Deberá ser hasta siete veces? La respuesta de Jesús fue: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete".
Mi crítico no me había agraviado setenta veces siete; ni siquiera siete veces, sino una sola vez. No escribí el artículo.
Hay muchas razones por las que debo creer en Dios, pero la primera es, para mí, la más importante: creer en Dios me convierte en una persona mejor. Las otras razones son más discutibles, y no puedo probarlas. Pero sé que esta es verdadera, y lo sé por mi propia experiencia. Y estoy convencido de que cualquier hombre o cualquier mujer, sea cual sea su carácter, es una persona mejor por la fuerza de tal creencia.
Una valiente mujer formuló una ardua pregunta a Evelyn Waugh, ese escritor tan magníficamente dotado, pero irritable y en ocasiones malévolo, que a veces causó dolor con sus palabras: —Señor Waugh, ¿cómo puede comportarse así, y seguir siendo cristiano?
—Señora, tal vez sea yo tan malo como usted dice; pero, créame: si no fuera por mi religión, casi no sería un ser humano.
Waugh estaba simplemente reafirmando una verdad fundamental: sin Dios, la humanidad pronto degenera, hasta caer en lo subhumano. Esta tesis la fundamentó elegantemente Francis Bacon hace 350 años, en su ensayo Del ateísmo: "Los que niegan a Dios destruyen la nobleza del hombre. Pues sin duda el hombre es afín a las bestias por su cuerpo. Y si no es afín a Dios por su espíritu, es una criatura baja e innoble".
Uno de los más grandes teólogos modernos, el sacerdote jesuita Karl Rahner, llegó a una conclusión similar. Argumentó que si la imagen de Dios se desvaneciera completamente de nuestras mentes, lentamente dejaríamos de ser humanos. Esto significa que conservaríamos nuestra capacidad intelectual, nuestra habilidad para hacer máquinas cada vez más complejas; pero, al cortar el cordón umbilical que nos une a Dios, desaparecería la fuente de nuestra vitalidad ética. En lo moral, no seríamos mejores que una especie de monos fantásticamente listos. Nuestro destino final sería demasiado horrible para siquiera pensar en él.
Porque la verdad es que los seres humanos somos criaturas como Jekyll y Hyde, y el monstruo que hay dentro de cada uno de nosotros siempre está luchando por tomar las riendas. Los teólogos llaman a esto la doctrina del pecado original, que explica lo que todos observamos, pero que nos resulta difícil comprender. El hombre puede ser, y frecuentemente es, un ente destructivo, cruel y malévolo. Esta propensión al mal no puede corregirse exclusivamente con nuestros propios recursos. Necesitamos una ayuda exterior para controlar nuestro lado siniestro. Tal auxilio nos lo da la práctica constante de la religión.
Lo lleva a cabo al establecer un código de conducta que no hacemos a nuestra propia conveniencia, ni lo alteramos a capricho, sino que proviene de Dios, y es inmutable.
Además, nos ofrece muchas formas de permanecer fieles a este código. De niño, se me enseñó a realizar cada noche lo que se llamaba un "examen sistemático de conciencia". Para emplear una metáfora moderna, equivale a poner todos los actos del día en una computadora moral. ¿Cuál era mi calificación? El balance que aparece en la pantalla resulta a menudo desalentador, pero me obliga a reconocer que todos los días cometo actos malos, los cuales debo tratar de evitar. Me recuerda que soy un ser humano moralmente responsable, y que algún día tendré que dar cuenta de mis actos.
Asistir a la iglesia es otro factor que sujeta mi aspecto negativo. Cada vez que asisto a misa por las mañanas, siento un acceso de fuerza que me ayudará durante el día,
pUEes la ceremonia religiosa es. una ocasión extraordinaria, en que hombres y mujeres se congregan con el Único propósito de honrar a Dios, midiéndose a sí mismos no por normas de triunfo y fracaso, sino con el patrón de la eternidad. Se preguntan"¿merezco esto? En caso contrario, ¿cómo puedo merecerlo)?" Es importante plantearse díariamente estas preguntas, lo que es muy poco probable sin la disciplina constante de asistir a la iglesia.
Recuerdo cuando empecé a trabajar en mi Historia del cristianismo, preguntándome si mi fe sobreviviría a la labor de examinar en detalle las actividades de las iglesias cristianas a lo largo de 2000 años. Los cristianos habían hecho cosas terribles, a menudo en nombre de Jesucristo. ¿Qué ocurriría si mí repugnancia me volviera contra mi religión?
Recordé entonces el consejo que mi maestro de historia, un sabio jesuita, me había dado en la escuela, cuando le pregunté qué le parecía que su Iglesia hubiera sido a veces totalmente injusta. Me dijo: "Lee el Evangelio de San Juan, capítulo 14, versículo 6".
Encontré allí la famosa frase de Jesús: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Lo que mi maestro quería indicarme era que la busca de la verdad, cualquiera que sea su resultado, es el deber de todo cristiano y, ante todo, del historiador cristiano.
Por tanto, seguí escribiendo el libro, y salí de esa experiencia con mi fe fortalecida, pues descubrí que las calamidades de la humanidad durante los siglos de cristianismo no ocurrieron porque hombres y mujeres practicaran el cristianismo sino, precisamente porque no lo practicaron. Por mala que la humanidad fuera con religión, sería infinitamente peor sin ella.
Y la historia, aunque me pese decirlo, así lo ha demostrado. Años después empecé mi libro Tiempos modernos, estudio detallado del periodo que va desde la Primera Guerra Mundial hasta el comienzo de los años ochenta. Esta es la primera época en casi 2000 años en que la mayoría de los gobiernos se ha dejado guiar por lo que podría llamarse la ética poscristiana. Y la considero única en su crueldad, destructividad y depravación.
Una vez más, descubrí que los anales de la historia en realidad fortalecían mi fe. Estos inmensos males ocurrieron precisamente porque se había puesto un gran poder en manos de hombres que no sentían temor de Dios y a los que no frenaba ningún código absoluto de conducta.
Lenin, cuya política creó hambruna y asesinato en masa de su propio pueblo, no sólo no tuvo ninguna religión, sino que odiaba y temía a quienes sí la profesaban. El único principio rector, insistió, era la "conciencia revolucionaria": en la práctica, todo cuanto convenía a él y a su gobierno.
Hitler adoptó el mismo relativismo moral, al que llamó la ley suprema del partido. En virtud de esta ley, que él mismo promulgó, construyó fábricas de asesinatos en masa que exterminaron a millones de seres humanos.
Estos monstruos fueron los mejores discípulos de pensadores que deliberadamente habían rechazado la religión. Lenin derivó de Marx la idea de que había que destruir el cristianismo, porque inculcaba el vicio de la humildad. Hitler aprendió de Nietzsche que Dios había muerto y que lo había sustituido "la voluntad de poder".
Mientras escribía Tiempos modernos, se formó en mí la firme convección de que el hombre sin Dios es una criatura condenada al aniquilamiento. La historia del siglo xx demuestra la tesis de que, al desvanecerse la visión de Dios, primero nos volvemos simples monos muy listos, y luego nos exterminamos unos a otros.
Es una perspectiva aterradora. Pero la restauración de esa visión de Dios puede invalidarla. La sociedad, en conjunto, será menos autodestructiva si reverencia las normas morales que no es posible cambiar según el capricho de congresos y parlamentos y comités centrales, sino que derivan su autoridad de Dios.
Pero, dicho lo que antecede, no creo en Dios por la utilidad pública de esta idea. Dios no representa un útil mecanismo de control social. Si Dios fuese una simple abstracción de bondad, como arguyen ciertos autores de asuntos religiosos, el sistema se desplomaría en ruinas ante la primera crisis.
La única fuente válida de vida moral es un Dios viviente. No soy capaz de describir con precisión cómo llegamos a conocer a semejante Dios. No es una experiencia intelectual, sino intuitiva, más cerca de las emociones que de la razón. Tal intuición es consecuencia de la gracia; por medio de la gracia, Dios ilumina nuestra mente y nos confiere la capacidad de creer en üÉL y la de verlo. Desde luego, como dijo San Pablo, sólo vemos por medio de un espejo y oscuramente. No podemos conocer a Dios, plenamente, hasta que lo veamos cara a cara, en la próxima vida.
Pero tal atisbo, aunque oscuro y por medio de un espejo, nos basta. ¿Cómo obtener la gracia para tener este atisbo? El único camino a la gracia pasa a través de la plegaria. Si alguien me pregunta:
—¿Tiene objeto orar a un Dios en el que no creo?
Le contesto:
—Sí; sí lo tiene.
No es cuestión de teoría intelectual sino, simplemente, de volverse en la dirección correcta; una súplica en busca de ayuda.
Sólo la creencia en Dios hará decente a la sociedad, pero no creemos en Dios por esta razón. Las religiones exclusivamente sociales sólo conducen a la idolatría. Debemos creer verdaderamente. Es parte de nuestra lucha por ser humanos. Pero en esta lucha, Dios mismo nos ayudará.
Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.
1 Timoteo 2.5 NVI
Ellos contestaron: —Cree en el Señor Jesús, y obtendrás la salvación tú y tu familia.
Hechos 16.31 DHH