jueves, 10 de septiembre de 2026

LA NATURALEZA TRIPARTITA DEL HOMBRE *HEARD* i-vii

 LA NATURALEZA TRIPARTITA DEL HOMBRE

ESPÍRITU, ALMA Y CUERPO

APLICADA PARA ILUSTRAR Y EXPLICAR LAS DOCTRINAS DEL PECADO ORIGINAL, EL NUEVO NACIMIENTO, EL ESTADO DESCODIFICADO Y EL CUERPO ESPIRITUAL

B. HEARD

EDIMBURGO

1868

LA NATURALEZA TRIPARTITA DEL HOMBRE *HEARD*  i-vii

PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN.

 Al preparar la segunda edición para su publicación, he sometido la obra a una revisión exhaustiva y he corregido varios errores que habían pasado inadvertidos durante la preparación de la primera edición. Deseo expresar mi agradecimiento a los críticos en general por sus comentarios alentadores sobre este intento de trazar el alcance de esa importante distinción entre las naturalezas psíquica y neumática, distinción que, a mi juicio, constituye la clave para muchas cuestiones teológicas aún objeto de controversia.

Se me ha acusado de incurrir en una contradicción al describir la conciencia como el *pneuma* muerto o adormecido en el hombre no regenerado.

 Si está muerta —argumentan mis críticos—, no puede estar adormecida; y si está adormecida, no puede estar muerta.

Sin embargo, no considero que «muerto» y «adormecido» sean términos lógicamente contradictorios que se excluyan mutuamente. Concibo la conciencia como muerta en lo que respecta a sus funciones superiores o espirituales —propiamente dichas—, mientras que, al mismo tiempo, permanece meramente adormecida en su papel de norma del bien y del mal en las relaciones entre los hombres. La muerte y el sueño son tan solo diferencias de grado: en uno se produce la suspensión de los sentidos; en el otro, la de todas las funciones vitales. Si la conciencia estuviera totalmente muerta, entonces —según mi parecer— sería imposible despertarla del sueño. Los hombres quedarían fuera del alcance de la redención, tal como tenemos motivos para suponer que lo están los demonios. Por otra parte, si la conciencia estuviera despierta y activa, los hombres no se hallarían en un estado de caída, y el nuevo nacimiento sería idéntico al nacimiento de la carne.

La verdad reside en un justo medio entre estos dos extremos, hacia los cuales se inclinan las teorías de Agustín y Pelagio. Me parece que, al atender a esta distinción entre *Psyche* y *Pneuma*, los Padres griegos alcanzaron ese justo medio que, por lo general, se perdió en la teología latina y que ni siquiera los reformadores —tanto luteranos como calvinistas— lograron hallar.

 Si he logrado señalar una verdadera vía de conciliación para las controversias sobre el libre albedrío —disputas que en nuestros días se han extinguido por el mero agotamiento del tema—, sentiré haber actuado conforme a la sabia sugerencia del obispo Butler: «no es en absoluto inverosímil que un libro que ha estado tanto tiempo en poder de la humanidad contenga muchas verdades aún no descubiertas, y que el plan completo de las Escrituras solo pueda ser comprendido por hombres reflexivos que rastreen indicios oscuros, dejados caer ante nosotros, por así decirlo, de manera accidental».

PREFACIO.

Bastarán unas pocas palabras para explicar el propósito y el alcance del siguiente tratado. Se trata de un intento de integrar en un todo coherente aquellos pasajes dispersos por la Palabra de Dios que describen la naturaleza humana como compuesta por tres partes: espíritu, alma y cuerpo.

 La distinción entre alma y cuerpo es evidente y tan antigua como la filosofía misma.

Pero ¿qué decir de la distinción entre alma y espíritu?

Es precisamente esto lo que diferencia la psicología cristiana de la de las escuelas filosóficas.

 El *pneuma* es aquella parte del hombre creada a imagen de Dios; es la conciencia —o facultad de percibir a Diosque resultó corrompida por la caída y que permanece aletargada, aunque no del todo muerta.

 En el hombre psíquico o natural, el *pneuma* conserva cierta noción de la ley de Dios, pero carece de amor verdadero hacia Él; por consiguiente, aleja al hombre de Dios en lugar de atraerlo hacia Él.

**** Una observación de Auberlen (*Bei Jesus ist niemals von einem Gewissen die Rede...* —en Jesús nunca se habla de conciencia, porque él posee el Espíritu como fuerza; véase Grist, *Herzog’s Encyclopädie*, vol. IV, p. 733) sugirió al autor la verdadera teoría sobre qué es el *Pneuma* en la naturaleza humana caída. Durante mucho tiempo dudó si describirlo como algo totalmente muerto o simplemente aletargado. Ahora percibe que aquello que el moralista describe como conciencia es lo mismo que el *Pneuma* de las Escrituras, con esta diferencia importante, sin embargo: la conciencia no convertida solo es consciente de la ley de Dios, no del carácter lleno de gracia del Legislador; y, cuando es sincera, actúa como una conciencia que «excusa o acusa», mas no que aprueba. Solo cuando la conciencia es vivificada y convertida, y cuando el amor perfecto ha echado fuera el temor, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16).

EXISTENCIA *SHAW* 1-9

 ABNEGACIÓN Y PIEDAD ACTIVA PARA TODOS

EXISTENCIA Y DIVINIDAD

ILUSTRADAS Y EXPLICADAS

POR ROBERT SHAW, M.A.,

 DURANTE MUCHOS AÑOS, ESTUDIOSO DILIGENTE E IMPARCIAL DEL TEMA DE LA DIVINIDAD Y DE LA EXISTENCIA CREADA.

MONTREAL

1872

EXISTENCIA  *SHAW* 1-9

INTRODUCCIÓN.

El objetivo principal de este libro —aunque no es el único propósito que cumple, pues transmite al lector una vasta cantidad de información sumamente interesante e importante— es simplificar las cuestiones relativas a la Deidad. Al ser este el fin primordial de su creación, el libro difiere de cualquier otro anterior y, por tanto, ocupa un lugar que ninguna otra obra ha cubierto. No existe sustituto para este libro en ningún idioma hablado en la tierra.

 Los temas del Creador y de la Creación están íntimamente relacionados, y en esta obra uno sirve para ilustrar al otro. Las obras ya publicadas sobre la Deidad o la Teología son, en su mayor parte, meros sistemas de ideas elaborados a partir de la mente o la imaginación de sus autores —conocidos popularmente como sistemas de Teología o tratados de divinidadque, si bien contienen algo de verdad, también mezclan gran cantidad de errores; consideradas como obras de ficción, algunas de ellas dan fe del genio inventivo de sus autores.

 Este libro aborda el tema de una Deidad omnipresente, cuyo carácter se ilustra mediante sus obras de creación y los diversos objetos y escenarios de la existencia; no obstante, aunque omnipresente, se muestra que es tan infinito como la propia existencia y que, al ser infinito, resulta inconcebible para la mente humana e imposible de percibir por la vista

. Esto es especialmente cierto en la primera parte de la obra, que trata sobre la existencia en sus diversas condiciones, fases y aspectos —físico, espiritual y moral— e ilustra de diversas maneras el tema de la creación y el carácter de la Deidad omnipresente e infinita.

Al recurrir a las ciencias para ilustrar la existencia en la primera parte de la obra —y muy especialmente a la astronomía—, consideramos necesario y oportuno exponer la ciencia misma, junto con sus deducciones y descubrimientos realizados hasta la fecha; esto resultará mucho más beneficioso y satisfactorio para los lectores que la simple enumeración de hechos e ideas aislados derivados de dicha ciencia, sus deducciones y sus hallazgos.

Además, hemos abordado el aspecto del firmamento tal como se contempla desde los planetas y sus satélites —lo que hace que la astronomía, presentada de este modo, resulte mucho más interesante que en los tratados habituales sobre la materia— y mostramos el poder, la sabiduría y la gloria de la Divinidad, tal como se manifiestan en las escenas de la existencia, bajo una luz singularmente fascinante.

El objetivo primordial de la segunda parte de esta obra es despejar las opiniones erróneas que hasta ahora han prevalecido respecto a la Creación, la Redención y la naturaleza de la Divinidad en general —derivadas de una interpretación parcial o equivocada del Antiguo y el Nuevo Testamento de nuestra Biblia o de otras fuentes—; erradicar el error, la superstición y la idolatría de la Iglesia cristiana universal; liberar las mentes de la humanidad del yugo de la superstición y la ignorancia, para así ilustrarlas y abrirlas a nuevas perspectivas; y enseñar a los seres humanos —tal como se expone también en la primera parte— que son agentes verdaderamente libres y responsables, capaces, si así lo desean, de ser y hacer el bien en lugar del mal; y que su deber, en lo referente a la adoración, consiste en venerar únicamente a la Divinidad invisible y omnipresente, con la palabra y el entendimiento, en espíritu y en verdad.

 El tema de la Divinidad, de la existencia infinita y de la Creación se ilustra de diversas formas en la primera parte; en la segunda se disipa el misterio, esa madre prolífica de la superstición; la luz verdadera resplandece ahora, y aquellos a cuyas manos llegue este libro ya no tendrán excusa alguna para sus errores de superstición e idolatría ni para sus malas prácticas; conductas todas que confiamos habrán de abandonar y rechazar en adelante, en honor a su Dios justo y santo.

Hemos observado, a lo largo de su preparación, la más estricta imparcialidad respecto a las religiones —especialmente al tratar sobre el origen de la religión cristiana y al aplicar la historia civil y religiosa de las naciones cristianas al cumplimiento de las profecías bíblicas en la segunda parte de la obra—.

 Nuestro único objetivo fue exponer la verdad con un lenguaje sencillo y moderado en lo referente a las instituciones cristianas y su historia —o a las estructuras de Iglesia y Estado de las naciones cristianas—, sin apartarnos de la verdad por consideraciones sectarias.

Por tanto, cuando el fiel de la Iglesia católica griega o romana lea sobre el cumplimiento de la profecía en la historia de las instituciones de Iglesia y Estado de Constantinopla y Roma —o de Oriente y Occidente—, debe recordar que tiene ante sí una exposición justa e imparcial del tema (un asunto que, evidentemente, no teníamos interés alguno en tergiversar).

 Si continúa leyendo con atención y paciencia —incluso antes de terminar la historia de la rama protestante de la Iglesia cristiana católica en relación con el cumplimiento de la profecía—, tal vez concluya que la balanza está equilibrada y que el autor no ha incurrido en parcialidad ni en tergiversación alguna.

 Por otro lado, cuando el protestante lea la historia de las iglesias griega y romana en relación con el cumplimiento de la profecía, no debe mostrarse propenso a buscar faltas ni a vanagloriarse de los errores humanos; más bien, debe considerar que está leyendo la historia de sus propios antepasados, compartida con la de sus hermanos de las iglesias griega y romana. Asimismo, al leer la historia de su propia rama de la Iglesia, observará que defectos similares caracterizaron a sus fundadores —desde la Reforma en adelante— tal como vio que caracterizaron a los antiguos líderes y dirigentes de las ramas griega y romana de la Iglesia católica, aunque, por lo general, no en tan gran medida. Observará que esta diversa manifestación del carácter humano en cada época y nación es simplemente el resultado de los principios inherentes a la naturaleza humana; que cada ser humano, en cualquier época o nación, puede —si así lo desea— ser y hacer el bien en lugar del mal; que cuando uno crea estar firme debe cuidarse de no caer, y debe ser siempre una fuerza viva y activa de piedad en el mundo, lo cual es la única salvaguarda contra el ser y el hacer el mal.

A aquellos que pudieran estar inclinados a examinar esta obra con espíritu crítico —tal como cabría esperar únicamente de personas doctas y competentes—, cabe señalar que el trabajo consta de dos partes concebidas como un todo unitario; ninguna de ellas está completa sin la otra, por lo que resulta necesario leer la obra en su totalidad y con detenimiento para comprender cabalmente su idea y su diseño. No obstante, es preferible que todos la lean con espíritu sereno y orante, en lugar de hacerlo con afán crítico o quisquilloso, para así aprovechar la información y la experiencia que la obra ofrece.

 Los autores consultados y citados durante la preparación de esta obra —tanto en su primera como en su segunda parte— son considerados por los eruditos, en sus respectivas disciplinas, como máximos referentes de veracidad y estilo. Asimismo, hemos incorporado a la segunda parte de la obra varios breves tratados explicativos sobre las doctrinas fundamentales del cristianismo; estos resultarán de utilidad e interés no solo para los ministros cristianos en el futuro desempeño de su labor, sino también para el público en general.

Presentamos, pues, nuestra obra al público —confiando en que sabrá apreciarlacon una confianza firme y humilde en Dios, quien ha inspirado y ayudado en su elaboración, a fin de que contribuya a la iluminación y felicidad de todos y cumpla así el propósito para el que fue concebida.

EL AUTOR.

EXISTENCIA Y DIVINIDAD.

PARTE I.

ILUSTRACIÓN DE LA EXISTENCIA FÍSICA, ESPIRITUAL Y MORAL.

Cuando hablamos del Creador, nos referimos a aquel Ser cuya presencia está en todas partes, que ha creado todo cuanto existe en el universo físico y en quien vivimos y nos movemos. Al decir que el Creador está presente en todas partes —es decir, en cualquier lugar del universo, ya sea concebible o inconcebible—, no queremos afirmar que sea visible a la vista ni que pueda ser concebido* por la mente humana.

El Creador es infinito, y un Ser infinito no puede ser concebido por la mente, y mucho menos visto por los ojos físicos.

Es cierto que vemos la creación a nuestro alrededor, pero debemos recordar que la relación entre la creación y el Creador es la misma que existe entre el efecto y la causa que lo produce.

Más adelante veremos que no podríamos distinguir un objeto de otro si no fuera por la intervención de los colores de la luz; y, como bien sabemos, no podríamos ver absolutamente nada si no fuera por la luz misma.

Asimismo, cuando hablamos de que el Creador es infinito y está presente en todas partes, queremos decir que existe un único Ser de esta naturaleza, pues no puede haber más de un Ser omnipresente.

Pero, aunque el Creador no pueda ser visto por los ojos ni concebido por la mente, dado que su acción produce todos los efectos que tienen lugar en el mundo natural, es posible comprender y valorar su carácter a través de sus obras; del mismo modo que se puede juzgar el carácter de un artífice por la obra que realiza, o la fuerza de un animal por el poder que despliega.

*** Al concebir al Creador, no podemos imaginarlo como un objeto o cosa determinada —aunque esté presente en todas partes, en la tierra y en nosotros mismos, obrando en nuestro interior tanto el querer como el hacer según su buena voluntad—, pues, al ser infinito, escapa a tal representación; sin embargo, a partir de la infinita diversidad de objetos creados que se ofrecen a nuestra vista, sí podemos concebir las ideas que han existido eternamente en la mente del Creador.***

EL GRAN ENIGMA * LILLY* 1-3

 EL GRAN ENIGMA

SAMUEL LILLY

NUEVA YORK

1892

EL GRAN ENIGMA * LILLY* 1-3

EL GRAN ENIGMA.

CAP I

EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES

Joubert, en uno de sus aforismos más lúcidos, resume así la filosofía: Je, d’ou, off, pour, comment, c'est toute la philosophie: l’existence, Porigine, le lieu, la fin et les moyens.’

Las generaciones de hombres mortales se han enfrentado siempre a

—¿Qué soy?

¿De dónde vengo?

¿Por qué existo?

¿Cuál es mi fin último?

¿Qué camino debo seguir para alcanzarlo?

 Hay algo en la naturaleza humana que obliga al hombre a hacerse estas preguntas.

Por eso, con razón, se le ha llamado «un animal metafísico».

 Eso es lo que claramente lo distingue del resto de la existencia sensible.

Schopenhauer expresó esta verdad de forma impactante con palabras de las que tomaré prestadas, pues no puedo aspirar a mejorarlas.

«A excepción del hombre, ningún ser se maravilla de su propia existencia. Solo al animal, carente de pensamiento, el mundo y la vida le parecen algo natural y evidente. Para el hombre, por el contrario, constituyen un problema ante el cual incluso el individuo más tosco y de mente más estrecha despierta vivamente en ciertos momentos de mayor lucidez. Esta cuestión penetra de manera clara y permanente en la conciencia de cada uno de nosotros, en la medida en que dicha conciencia sea lúcida y reflexiva, y haya encontrado, gracias a la cultura, alimento para el pensamiento. En aquellas mentes superiores naturalmente dotadas para la investigación filosófica, tal inquietud se transforma en el "sabio asombro" del que hablaba Platón. Para la gran mayoría, incapaz de dedicarse a la reflexión, la religión suple perfectamente el lugar de la metafísica.

 Si hay algo en el mundo que valga la pena desear —algo tan valioso que incluso la masa tosca y estúpida, en sus momentos de mayor reflexión, lo apreciaría por encima del oro y la plata—, es que un rayo de luz ilumine la oscuridad de nuestro ser y que logremos alguna explicación para el enigma de la existencia. Templos e iglesias, pagodas y mezquitas, en todas las tierras y en todas las épocas, dan testimonio, con su esplendor y su magnificencia, de esta necesidad metafísica del hombre».

Es indudablemente cierto, como Schopenhauer insinúa aquí, que las religiones son las filosofías del pueblo. También es cierto que la filosofía, en ese sentido más elevado que le atribuyeron con razón los pensadores de la Antigüedad, abarca toda la sabiduría: entendida por sabiduría, según la definición de Cicerón en el De Officis, «el conocimiento de las cosas divinas y humanas, y de las causas que las determinan». La causalidad es el gran problema tanto de la filosofía como de la religión, pero la abordan desde perspectivas diferentes. La filosofía se esfuerza por explicar al ser humano.

* Die Welt als Wille wnd Vorstellung. Ergainzungen zum ersten Buch. Kap. 17.

La religión se propone revelar a Dios. Sin embargo, es en lo Divino donde la filosofía busca la fuente última y el origen de lo humano. Es hacia el hombre —la «verdadera Shekinah», como escribe San Juan Crisóstomo—, creado a imagen y semejanza de lo Divino, hacia quien la religión se vuelve en busca de un vislumbre de los atributos de la Primera Causa. En ambos ámbitos debe seguirse el método lógico; ningún otro sirve en la controversia. Es un postulado de los apologistas cristianos, desde Justino Mártir hasta el cardenal Newman, que entre las enseñanzas de la religión, correctamente entendidas, y las conclusiones de la filosofía, adecuadamente aprehendidas, no puede haber contradicción.

Un audaz y original escritor francés ha hablado de «las grandes verdades que componen la parte superior y verdaderamente metafísica del cristianismo». Y los mayores intelectos del mundo, desde Platón hasta Hegel, han sostenido unánimemente que esas verdades supremas están unidas por vínculos de pensamiento necesario, los cuales constituyen el terreno común y la explicación última tanto de la filosofía como de la religión, y hacen posible una filosofía de la religión.

Pues solo existe una Verdad, y solo hay una manera de discernir lo que es verdadero. «Esa luz intelectual —escribe santo Tomás de Aquino— que hay en nosotros no es otra cosa que una cierta semejanza participada de la Luz increada, en la cual están contenidas las razones eternas». * * Summa, I. le, q. 84, a. 5.

EL GRAN ENIGMA * LILLY* i-liv

 EL GRAN ENIGMA

SAMUEL LILLY

NUEVA YORK

1892

EL GRAN ENIGMA * LILLY* i-liv

AL VIZCONDE HALIFAX.

 MI QUERIDO LORD HALIFAX:

 El libro que ahora le ofrezco es de la naturaleza de un argumentum ad hominem, dirigido a un grupo de lectores prácticamente ajenos a la fe cristiana.

 Es una indagación, desde su punto de vista, sobre la validez de la religión que durante más de mil años ha proporcionado a las principales naciones del mundo una respuesta al Gran Enigma de la existencia humana.

Sin duda, existe la sensación generalizada de que esta respuesta ya no es suficiente.

Los autoproclamados maestros del cristianismo, desde León XIII hasta el «General» Booth, con todas sus diferencias, coinciden en confesar que su influencia sobre la mentalidad moderna se ha visto seriamente afectada.

«La pregunta fundamental que se plantea ahora a la humanidad es si “el buen Señor Jesús ha tenido su momento”». y debe ser contado entre los dioses muertos, o si Él, en verdad, vive para siempre, y su vida es la luz de los hombres.

Las siguientes páginas presentan, para ayudar a la solución de esa cuestión, ciertas consideraciones que me han resultado útiles, con especial referencia a las dificultades religiosas propias de estos tiempos. Quizás puedan ser de utilidad para algunos que se encuentren incapaces de emplear los antiguos símbolos teológicos.

Al dedicarle este libro, con su amable permiso, deseo no solo rendir homenaje a una amistad muy valiosa, sino también manifestar mi solidaridad con gran parte de la labor realizada por el movimiento dentro de la Comunión Anglicana asociado, de manera especial, durante muchos años, a su honorable nombre: un movimiento que, a mi parecer, ha incrementado en gran medida el poder para el bien de la Iglesia Nacional como «un útil rompeolas» —para usar la acertada expresión del Cardenal Newman— contra la abundante impiedad de la época. Pensando así de la Iglesia de Inglaterra, [, aunque no me refiero a ella, diría con nuestro estimado amigo, cuyo nombre acabo de escribir, que «debería evitar todo (excepto, claro está, bajo el estricto deber, y esta es una excepción importante) que debilite su influencia en la opinión pública, o que desestabilice su estructura, o que complique y menoscabe el mantenimiento de esos grandes principios y doctrinas cristianas  que, hasta ahora, ha predicado con éxito». Cabe añadir que el movimiento para su separación del Estado me parece una de las maniobras más retrógradas y reprobables de nuestra política partidista.

Es enseñanza común de los maestros de la ciencia política, desde Platón hasta Hegel, que para la perfección del organismo social, así como de los individuos que lo componen, la religión es necesaria. Entre los escritores ingleses, nadie ha protestado con más vehemencia contra el rechazo de esta doctrina que el Sr. Gladstone. Así, en su otrora famoso tratado sobre El Estado en sus relaciones con la Iglesia, denuncia «la separación de la religión del gobierno», en primer lugar, porque afirma un ateísmo práctico, es decir, una gran acción humana moral, consciente, deliberada y permanentemente investida con respecto a Dios. En segundo lugar, porque afirma el ateísmo en su forma más auténtica, a saber, expulsando a su antagonista, la religión, de lo más permanente y autoritario entre los hombres: su política pública. En tercer lugar, porque la afirmación no la hacen solo individuos, sino masas investidas de poder político, y, bajo la más miserable fascinación, lo reclaman como un derecho de libertad, para así excluirse de la protección y el favor divinos. Sin duda, esta visión ya no domina ni la opinión pública ni la de la persona distinguida que la expresó con la profusa y vehemente retórica de la que es maestro. Pero ese hecho no genera ninguna presunción en absoluto contra su validez. Y quienes nos negamos a reconocer en las urnas el órgano solar de la verdad política, y en las mayorías dictadas por la cabeza la única prueba de lo correcto y lo incorrecto en el orden público, estamos obligados, sin duda, a dar testimonio de concepciones más veraces del organismo social que las que ahora gozan de popularidad.

«Las cosas son como son». Su naturaleza no se ve alterada en lo más mínimo por los caprichos de una época que establece la conveniencia como única norma legislativa y el bienestar material como el único fin del Estado. Esto justifica mi descripción del movimiento para la separación de la Iglesia Nacional del Estado como retrógrado. También lo he calificado de deshonroso. No cabe duda de que el número de ingleses, independientemente de sus opiniones, que desean sinceramente la separación de la Iglesia de Inglaterra, es insignificante. Igualmente indiscutible es que la presión para lograr ese fin está siendo impuesta al partido en el poder por una facción insolente y agresiva, animada por el odio sectario. La facción de la que hablo es, en verdad, una amalgama de dos sectas: los revolucionarios doctrinarios inspirados por una aversión jacobina al cristianismo y esa parte más vil de los disidentes —«la frase más nefasta», solía llamarla Coleridge— cuyo principal motivo es la envidia por la superioridad social del clero anglicano.

El sacrificio injustificado de una venerable institución, que, aparte de sus pretensiones directamente religiosas, posee una gran utilidad secular como vasta organización benéfica y escuela de cultura moral de amplia eficacia, bien podría parecer a los políticos no entregados por completo a la búsqueda de la mayoría (ix), un precio muy alto a pagar por el apoyo a la hermandad de Chadband y Stiggins, y a sus extraños aliados, los admiradores y discípulos ingleses de Hébert y Chaumette. ¿Acaso no podemos, con razón, esperar que este acontecimiento justifique las palabras del Sr. Gladstone en el tratado que he citado: «Nuestro país parece prometer, al menos, una resistencia más organizada, tenaz y decidida a los esfuerzos contra la religión nacional que cualquier otro país prominente en el escenario del mundo civilizado»?

 Atentamente, mí querido Lord Halifax.

W. S. LILLY

  ATHENEUM CLUB, OCTOBER 22, 1892.

LOS FUNDAMENTOS DE NUESTRA FE *PROFESSOR RIGGENBACH* 1-6

 Cada cristiano genuino sabe en su corazón lo que es verdad y con la guía de la Sagrada Escritura de la Biblia, enfatizó:

EXAMINAD TODO, RETENED LO BUENO

Me considero un tipo de investigador y “arqueólogo”, no en su campo físico, sino en su dimensión espiritual, e intelectual.; dedicado al deleite de redescubrir,  “desenterrar”  en la literatura antigua, monumentos, pluralidad del arte, y  objetos de la antigüedad , entrelazados con la historia, la literatura , la poesía, la ciencia todo esto en profunda relación con la  Biblia

**Todas las Publicaciones en este espacio, para reflexionar,  para promover el amor por el arte de la lectura , enseñar, para profundizar e investigar en la cultura y progreso de la humanidad.

Son publicadas de forma gratuita y no generan ningún centavo de ganancia al autor del blog*

hago esta labor por agradecimiento al que  sacrificó su vida en la cruz, por salvarme,  y   al servir a  mi prójimo siento satisfacción espiritual grande.

Y porque creo profundamente que el día que  viaje a conocer el rostro de mi SALVADOR JESUCRISTO, habré aprovechado el consejo que dice;

Como sabios REDIMIENDO EL TIEMPO” Efesios 5.16

“Sabiamente..REDIMIENDO (RESCATANDO, INVIRTIENDO BIEN) ELTIEMPO Colosenses 4.5

“EXAMINAD TODO, RETENED LO BUENO

Cada persona es responsable delante de Dios  como lee,

como interpreta, como cree,

y como incorporará  este conocimiento

a su vida espiritual”

LOS FUNDAMENTOS DE  NUESTRA FE

POR LOS PROFESORES AUBEBLEN, GESS Y OTROS

LONDRES 

1863

INTRODUCTION".

 BY PROFESSOR RIGGENBACH

 Habiendo sido elegido para impartir la primera de las conferencias teológicas propuestas, me corresponde explicar la naturaleza y el objetivo de nuestra iniciativa. Hemos planeado un ciclo de diez conferencias quincenales sobre los grandes fundamentos de nuestra fe. Los temas tratados seguirán el orden en que se presentan en el Credo de los Apóstoles, de manera que exista una conexión sistemática y progresiva entre ellos, mientras que, al mismo tiempo, cada conferencista se esforzará por abordar su tema particular con la mayor profundidad posible. Esta iniciativa se ha visto impulsada, en particular, por las experiencias del último año. Estas nos han llevado a convencernos de que ni la proclamación pública de las verdades cristianas desde el púlpito a congregaciones mixtas, ni la instrucción religiosa impartida a nuestros jóvenes, satisfacen adecuadamente las necesidades actuales.

 Hay, sin duda, muchos jóvenes y muchos hombres adultos en quienes las pruebas y vicisitudes de la vida han despertado un deseo cada vez más claro de comprender la fe que profesan, para poder explicarla satisfactoriamente a todos. Hay otros, además, que ya no se mantienen firmes en las creencias religiosas de su infancia; las dudas externas han sacudido su postura; han surgido objeciones en su interior; están perplejos ante preguntas para las que no encuentran respuesta, preguntas que ni siquiera la mejor instrucción religiosa ha logrado resolver; no pueden escapar del espíritu de la época; temen exponerse al ridículo de quienes consideran la creencia en la Biblia un prejuicio obsoleto; el tono cada vez más audaz de la crítica histórica les llena la mente de una agradable sensación de libertad. El ámbito cada vez más amplio de la ciencia moderna da como resultado descubrimientos que consideran irreconciliables con la verdad de las Escrituras, de modo que, aunque aún conservan cierta reverencia por el espíritu de la Biblia, no encuentran solución a las contradicciones que parece presentar.

En efecto, no podemos suponer que no existan algunos cuyas dificultades especulativas se vean reforzadas por un motivo más oscuro, para quienes la duda, incluso el rechazo del cristianismo, es bienvenido; porque es una disciplina molesta, una influencia perturbadora en la conciencia, una pesada obligación para la santidad de vida, una barrera contra el placer pecaminoso, que desechan como un prejuicio insensato.

Para tales hombres, lo esencial es renunciar al mal y volverse al bien; que decidan romper con el pecado, y encontrarán una nueva luz que iluminará su entendimiento. Pero, al mismo tiempo, no todos los que dudan pertenecen a esta clase. Puedo creer que hay muchos que, lejos de fomentar deliberadamente sus dudas como justificación para la mala conducta, pueden afirmar con convicción que, desde que surgieron estas dudas, son mucho más fervientes, tanto en lo que respecta a la moral como a la piedad, INTRODUCCIÓN. 3 que en los días en que mantenían una fe tradicional, aunque implícitamente, sin vida.

 No nos corresponde juzgar a quienes ocupan esta posición crítica; más adelante, el Espíritu de Dios puede revelarles que sus motivos son más complejos de lo que ahora suponen, y en la actualidad muchos entre ellos se sienten inseguros, inquietos e infelices en lo más profundo de su ser. A estos es a quienes quisiéramos servir. Pero es deseable que, desde el principio, nos cuidemos mutuamente de las falsas esperanzas.

No debéis esperar ni desear escuchar algo sorprendente, inesperado, novedoso, libre de toda imperfección humana, ni ningún error; lo que encontréis, sin embargo, debéis atribuírnoslo a nosotros, no a la Verdad de Dios. Y nosotros, aun cuando hayamos expuesto las verdades más importantes de la mejor manera posible, no debemos creer que podemos tomar vuestras convicciones de la nada. En todo lo que concierne a la mente, especialmente en todo lo que concierne a Dios, jamás podremos alcanzar la certeza matemática, la evidencia que obligue a toda mente razonable a creer de inmediato.

El desarrollo de la fe religiosa debe ser necesariamente progresivo.

 Lo único que está a nuestro alcance es esto: dar testimonio de nuestra propia experiencia interior de la verdad de la Palabra de Dios; aportar pruebas de ella; ofrecer una explicación racional, e invitar a todos a examinarla teórica y experimentalmente por sí mismos. Y sin duda vale la pena poner a prueba el valor comparativo, para la vida y la muerte, el tiempo y la eternidad, de una religión creada por uno mismo, más aún si esta consiste más en saber lo que no sabemos, que en lo que sí creemos, y se fundamenta menos en nuestra propia experiencia que en rumores. Porque indiscutiblemente 4 INTRODUCCIÓN la esencia misma de la religión debe ser positiva, no negativa; no debe ser una mera conciencia de lo que no sostenemos, sino una respuesta simple y segura a estas tres preguntas: ¿Qué crees?

¿De qué estás seguro?

¿Qué concepción tienes de Dios?

¿QUÉ ES LA FE?

Al repasar las verdades fundamentales de la fe cristiana, es evidente que, ante todo, debemos comprender correctamente qué significa la fe.

 Por consiguiente, la cuestión que ahora debo abordar es la naturaleza de la fe, con especial referencia a la declaración: «El que no cree será condenado». Una declaración que ha ofendido a muchos, incluyéndonos a nosotros mismos: «El que cree no será condenado». ¡Qué palabras tan duras y horribles! ¡Y se supone que es una declaración del Dios de amor! No, esto no puede ser sino un “fanatismo lúgubre y tiránico. Esta es una doctrina que, si bien podría ser aceptada hoy en día, nos comprometería a un odio irreconciliable hacia los incrédulos, mientras que «entre los verdaderos hijos del presente siglo, se considera barbarie tener prejuicios contra alguien por sus creencias religiosas, y mucho más perseguirlo». Y sin embargo, este es lenguaje bíblico; ¡es una expresión de nuestro Señor mismo! ¿O será que se trata de un error total? ¿Nos dirán algunos que esta frase tan dura no tiene por qué preocuparnos, puesto que pertenece a la parte del Evangelio de San Marcos que no es auténtica y, por lo tanto, no se puede demostrar que sea la palabra de Cristo? Es cierto que este capítulo dieciséis termina con el octavo versículo en una de las versiones manuscritas más antiguas y valiosas que se conservan; al igual que en la versión descubierta recientemente por Tischendorf en uno de los monasterios del Sinaí; y que, según testimonios contemporáneos indiscutibles, faltaban los últimos doce versículos en varios manuscritos que ya no existen.

 Este es un problema que no se puede resolver con certeza, pero aun así nos inclinamos a creer que los manuscritos más antiguos debieron de haberse dañado de alguna manera, pues parece muy improbable que el Evangelio originalmente terminara con el octavo versículo, en el que se dice de las mujeres: «Ni una ni otra dijo nada a ningún hombre, porque tenían miedo». Es evidente que esto no es una conclusión; por lo tanto, inferimos que la conclusión correcta se perdió.

No haré hincapié ahora en el hecho de que un crítico como Lachmann aceptara nuestra lectura del Nuevo Testamento y publicara estos doce versículos en su edición; la evidencia más importante de su autenticidad reside en la armonía de nuestro texto con otros pasajes indiscutiblemente genuinos de las Escrituras. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna», dice Juan el Bautista; «El que no cree no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (Juan 3:36). Y el apóstol Pablo, de igual manera, habla de la ira de Dios que viene sobre los hijos de desobediencia o incredulidad (Efesios 5:6); y en 1 Corintios.18, después de decir: «Para los que se pierden, la predicación de la cruz es locura; mas para nosotros, los que somos salvos, es poder de Dios», en el versículo 21 da las condiciones de la salvación: «A Dios le plació salvar a los que creen mediante la locura de la predicación»; de donde debemos inferir que los que se pierden son los que no creen.

Así vemos que no hay escapatoria: es una verdad que se repite constantemente en las Escrituras, la cual encuentra su expresión más concisa en las palabras de nuestro texto: «El que no cree, será condenado