jueves, 29 de febrero de 2024

ELMUCHACHITO QUE TOCABA EL TAMBOR 9-10

CHARLIE COULSON

EL MUCHACHITO QUE TOCABA EL TAMBOR

M.L. ROSVALLY

  1. Omití mencionar que durante el culto, y mientras el predicador me miraba, se me ocurrió que quizá estuviera señalando a alguien sentado detrás de mí; pero cuando me di vuelta en mi asiento para ver quién era el individuo, vi con asombro que más de 2,000 personas de todos los niveles sociales parecían tener sus ojos clavados en mí. Inmediatamente llegué a la conclusión de que no sólo era yo el único judío, sino que me encontraba en mala compañía. Siendo muy conocido en Washington, tanto por judíos como por gentiles, pensé qué pasaría si en el periódico de Washington apareciera que “el Dr. Rossvally, judío, estaba presente en los cultos de evangelización, a menos de cinco minutos a pie de la sinagoga donde generalmente asiste, y que lo vieron llorando durante el sermón. No queriendo llamar más la atención (porque allí había rostros que reconocí), decidí no sacar mi pañuelo para secarme las lágrimas—tendrían que secarse solas; pero, bendito sea Dios, no podía detenerlas y seguían cayendo abundantemente.

Al rato, el predicador terminó su conferencia, y me sorprendió escucharle anunciar una reunión posterior a la que invitaba a todos a que pudieran quedarse. No acepté la invitación, pues estaba contento de poder retirarme de la iglesia. Con esa intención me puse de pie y llegué hasta la puerta, cuando sentí que alguien me jalaba del saco. Volviéndome, vi a una anciana, que luego supe era la Sra. Young, de Washington, una obrera cristiana muy conocida.

Dirigiéndose a mí, dijo:

—Perdóneme, señor, veo que usted es un oficial del ejército. Lo he estado observando durante todo el culto, y le ruego que no deje esta casa porque creo que usted está convencido de ser pecador. Creo que usted vino aquí para buscar al Salvador, y aún no lo ha encontrado. Le ruego que regrese; quisiera conversar con usted, y si me lo permite, oraré por usted.

—Señora, eso es algo que jamás he hecho y que jamás haré, —porque los judíos ortodoxos nunca se arrodillan para orar, excepto dos veces al año: en la Fiesta de las Trompetas y en el día de la Expiación, y aun así no nos arrodillamos como lo hacen los cristianos, sino que nos postramos en el suelo.

La Sra. Young me miró tranquilamente en la cara y dijo:

—Querido señor, he encontrado un Salvador tan querido, que nos ama y perdona en el Señor Jesús, que creo firmemente en mi corazón que Él puede convertir a un judío aunque esté de pie, y yo me arrodillaré, y oraré pidiendo que eso suceda.

Dicho y hecho, se arrodilló y empezó a orar, hablándole a su Salvador de un modo tan sencillo que me desconcertó. Me sentí tan avergonzado de mí mismo al ver a esta querida anciana arrodillada a mi lado orando fervientemente por mí mientras yo me quedaba de pie. Toda mi vida pasada cruzó vívidamente ante mis ojos de tal forma que deseé con todo mi corazón que me tragara la tierra. Cuando ella se levantó, me extendió la mano, y con ternura maternal dijo:

—¿Orará usted a Jesús antes de irse a dormir esta noche?

—Señora —contesté—, oraré a mi Dios, el Dios de Abraham Isaac y Jacob, pero no a

Jesús.

—¡Bendito sea! —exclamó—, Su Dios de Abraham, Isaac y Jacob es mi Cristo y su Mesías.

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—Buenas noches, señora, y muchas gracias por su amabilidad, —dije retirándome de la iglesia.

4. La conversión

Rumbo a casa, al reflexionar sobre mi reciente extraña experiencia, empecé a decirme a mí mismo ¿por qué será que estos cristianos se interesan tanto por los judíos y gentiles desconocidos para ellos? ¿Será posible que todos estos millones de hombres y mujeres que durante los últimos 1,800 años han vivido y muerto confiando en Cristo, estén equivocados y que un pequeño manojo de judíos, diseminados por todo el mundo tengan razón?

¿Por qué pensaría el muchacho moribundo que tocaba el tambor sólo en lo que él llamaba mi alma inconversa? Y también, ¿por qué el barbero de Nueva York mostró un interés tan profundo en mí? ¿Por qué esta noche el predicador me señaló y apuntó con el dedo, y por qué aquella querida mujer me siguió hasta la puerta y me retuvo? Todo debe ser por el amor que sienten por su Jesús, a quien tanto yo desprecio.

 

jueves, 22 de febrero de 2024

EL MUCHACHITO QUE TOCABA EL TAMBOR- 2

 CHARLIE COULSON

EL MUCHACHITO QUE TOCABA EL TAMBOR

M.L. ROSVALLY

 Diciendo esas palabras me retiré y doce minutos después se durmió “confiando en los

brazos de Jesús”.

Cientos de soldados murieron en mi hospital durante la guerra, pero sólo acompañé a uno al cementerio, a Charlie Coulson, el muchacho que tocaba el tambor; y viajé tres millas para estar presente en su entierro. Me aseguré de que le pusieran un uniforme nuevo, y que le colocaran en un ataúd para oficiales, cubierto con una bandera nueva de los Estados Unidos.

Las palabras del querido muchacho moribundo me impresionaron profundamente. Yo era rico en aquel entonces, en lo que a dinero se refiere, pero hubiera dado hasta el último centavo que tenía por creer en Cristo como Charlie lo hacía; pero ese sentir no puede comprarse con dinero. Durante varios meses después de la muerte de Charlie, no podía olvidar sus últimas palabras. Seguían resonando en mis oídos, pero estando en compañía de oficiales mundanos, gradualmente fui olvidando el sermón que Charlie predicó en la hora de su muerte, aunque nunca pude olvidar su maravillosa paciencia en medio de un dolor intenso, y su sencilla confianza en aquel Jesús Cuyo nombre en aquel entonces era un anatema y un reproche.

2. El barbero

Luché durante diez largos años contra Cristo, con todo el odio de un judío ortodoxo hasta que Dios, en Su misericordia, me puso en contacto con un barbero cristiano, quien fue el segundo instrumento en mi conversión a Dios.

Al terminar la Guerra Civil, fui nombrado Inspector Cirujano a cargo del hospital militar en Galveston, Texas. Cierto día, regresando a Washington de un viaje de inspección, me quedé varias horas en Nueva York para descansar. Después de la comida fui a la peluquería (hay una en cada hotel de renombre en los Estados Unidos). Al entrar me sorprendió ver en las paredes dieciséis textos bíblicos en hermosos marcos de distintos colores. Al sentarme en una de las sillas del barbero, vi directamente frente a mí, enmarcada en la pared, esta nota:

POR FAVOR, NO DIGA MALAS PALABRAS EN ESTE LUGAR”.

El barbero apenas había empezado a afeitarme cuando empezó a hablarme de Jesús. Lo hizo de un modo tan atractivo y cariñoso que arrasó con mis prejuicios, y lo escuché con creciente atención. Mientras hablaba, me vino a la mente Charlie Coulson, el muchacho que tocaba el tambor, aunque habían pasado ya diez años desde que había muerto. Tanto me agradaron las palabras y la conducta del barbero que en cuanto terminó de afeitarme le pedí que me cortara el cabello; aunque cuando entré no era mi intención cortármelo.

Mientras lo hacía, el barbero siguió predicándome a Cristo sin pausa, diciéndome que aunque él no era judío, en el pasado había estado tan lejos de Cristo como lo estaba yo en

ese momento.

Escuché atentamente con creciente interés las palabras que decía, al punto que cuando terminó de cortarme el cabello, dije:

—Barbero, ahora lávame el cabello. De hecho, dejé que hiciera todo lo que alguno de su profesión podía hacer por un cliente en una sola visita. Pero, todo llega a su fin y, no disponiendo de más tiempo, finalmente

me preparé para retirarme. Pagué mi cuenta, le agradecí al barbero sus comentarios,

y dije:

—Tengo que tomar el próximo tren.

Él, sin embargo, todavía no estaba satisfecho, era una tarde de febrero intensamente fría, y caminar por la calle era peligroso por el hielo en el suelo. Era una caminata de dos minutos desde el hotel hasta la estación, y el amable barbero se ofreció para acompañarme hasta allí. Acepté con gusto su ofrecimiento, y en cuanto salimos a la calle me tomó del brazo para impedir que me resbalara. Habló poco en el trayecto, pero cuando llegamos a la estación, rompió el silencio diciendo:

—Señor, no lo conozco y quizá usted no comprenda porque quise hablarle de un tema que me es tan querido. Cuando entró usted a mi negocio noté por su rostro que es judío.

Siguió hablándome del “querido Salvador”, y dijo que sentía que era su deber, cuando tenía contacto con un judío, tratar de presentarle a quien él consideraba su Mejor Amigo, tanto para este mundo como para el venidero. Al volver a mirar su rostro, vi que las lágrimas caían por sus mejillas y que evidentemente estaba profundamente emocionado. Yo no podía entender cómo era que este hombre, un completo extraño para mí, tuviera tanto interés en mi bienestar al punto de derramar lágrimas mientras me hablaba. Le extendí la mano para despedirme. Él la tomó entre las suyas con un leve apretón y, todavía con lágrimas

en los ojos me dijo:

—Señor, quiero decirle que si usted me da su tarjeta o su nombre, le prometo, palabra

de hombre cristiano que durante los próximos tres meses no me iré a dormir sin nombrarlo

en mis oraciones. Y ahora, que mi Salvador lo acompañe, lo inquiete y no le dé descanso hasta que usted lo encuentre, hasta que haya encontrado en Él lo que yo encontré, un precioso Salvador y el Mesías que usted busca.

 

miércoles, 21 de febrero de 2024

CHARLIE COULSON - 1-

CHARLIE COULSON

EL MUCHACHITO QUE TOCABA EL TAMBOR

Dos o tres veces en mí vida, Dios en Su misericordia, tocó mi corazón, y dos veces antes de mi conversión me sentí bajo profunda convicción de haber pecado.

1. El muchacho

Durante la Guerra Civil de los Estados Unidos era yo cirujano del ejército, y después de la Batalla de Gettysburg, había en el hospital muchos cientos de soldados heridos, veintiocho de los cuales habían recibido heridas tan graves que necesitaban mis servicios inmediatamente; algunos cuyas piernas tenían que ser amputadas, algunos sus brazos, y otros tanto el brazo como la pierna. Uno de estos últimos era un muchacho que apenas había estado tres meses en el ejército, y siendo demasiado joven para alistarse como soldado, se había alistado para tocar el tambor. Cuando mi cirujano asistente y uno de mis ayudantes quisieron administrarle cloroformo antes de la amputación, volteó la cabeza y se negó rotundamente a que se lo dieran. Cuando el ayudante le dijo que era orden del doctor, dijo:

—Tráigame al doctor.

Cuando llegué hasta su cama le dije:

—Muchacho, ¿por qué rechazas el cloroformo? Cuando te encontré en el campo de batalla estabas tan grave que pensé que no valía la pena levantarte, pero cuando abriste esos grandes ojos azules pensé que tendrías una madre en alguna parte que en ese preciso momento estaría pensando en su muchacho. No quería que murieras en ese campo, así que ordené que te trajeran aquí; pero has perdido tanta sangre que estás demasiado débil para soportar una operación sin cloroformo. Por tanto, deja que te dé un poco.

Puso su mano sobre la mía y mirándome a los ojos me dijo:

—Doctor, un domingo a la tarde en la escuela dominical, cuando tenía nueve años y medio, acepté al Señor Jesucristo como mi Salvador. En ese momento aprendí que podía confiar en Él. He confiado en Él desde entonces, y sé que puedo confiar en Él ahora. Él es mi fuerza y mi refugio; Él me sostendrá mientras usted me amputa el brazo y la pierna.

Entonces, le pregunté si podía darle un poco de brandy. Nuevamente me miró a los ojos diciendo:

—Doctor, cuando tenía unos cinco años, mi madre se arrodilló a mi lado poniendo su brazo alrededor de mis hombros y dijo: “Charlie, estoy orando al Señor Jesús para que nunca pruebes el licor, tu querido padre murió como un borracho, y le prometí a Dios, que si era su voluntad que llegaras a adulto, que advertirías a los jóvenes contra la copa amarga”: ahora tengo diecisiete años, pero nunca he probado nada más fuerte que té y café, y en mi condición, es muy probable que esté a punto de partir a la presencia de mi Dios, ¿me llevaría usted allí con olor a brandy?

Nunca olvidaré la mirada que me dio aquel muchacho. En aquella época yo odiaba a Jesús, pero respetaba la lealtad del muchacho a su Salvador, y cuando vi cómo amaba y confiaba en Él hasta lo último, me conmovió el corazón, e hice por aquel muchacho algo que nunca había hecho por ningún otro soldado, le pregunté si quería ver a su capellán.

—¡Oh, sí señor! —fue la respuesta.

Cuando llegó el capellán, reconoció enseguida al muchacho por haber conversado con

él en las reuniones de oración que se realizaban en una de las carpas, y tomando su mano,

dijo:

—Charlie, cuánto siento verte en esta triste condición.

—Oh, yo estoy bien señor, —contestó—. El doctor me ofreció cloroformo, pero se lo rechacé, luego quería darme brandy, que también rechacé, y ahora, si mi Salvador me llama,

estoy listo, y puedo irme con Él estando lúcido.

—Quizá no mueras, Charlie, pero si el Señor te lleva a Su presencia, ¿hay algo que pueda hacer por ti después de que hayas partido?

—Capellán, por favor ponga su mano bajo mi almohada y tome mi pequeña Biblia, en

la que encontrará la dirección de mi madre. Por favor mándesela a ella, y escríbale una carta, y dígale que desde el día que me fui de casa, no he dejado pasar un solo día sin leer una porción de la Palabra de Dios, y sin orar pidiendo que Dios bendijera a mi querida madre, no importando si me encontraba marchando, en el campo de batalla o en el hospital.

—¿Puedo hacer algo más por ti, jovencito? —preguntó el capellán.

—Sí, por favor escriba una carta al director de la escuela dominical de la calle Sands, Brooklyn, Nueva York, y dígale que no he olvidado sus palabras bondadosas, sus muchas oraciones y sus buenos consejos; me han acompañado en medio de los peligros de la batalla y ahora, en la hora de mi muerte, le pido a mi Salvador que bendiga a mi querido y anciano director. Eso es todo.

Volviéndose hacia mí, me dijo:

—Ahora, doctor, estoy listo, y le prometo que ni siquiera me quejaré mientras me amputa el brazo y la pierna, siempre y cuando no me ofrezca cloroformo.

Se lo prometí, pero no tenía la valentía de tomar el bisturí en mi mano para realizar la operación sin ir primero a la habitación contigua y tomar un pequeño estimulante a fin de armarme de valor para poder cumplir con mi deber. Mientras cortaba su carne, Charlie Coulson no se quejó para nada, pero cuando tomé el serrucho para separar el hueso, tomó una esquina de su almohada y se la puso en la boca, y lo único que lo escuché murmurar fue:

—¡Oh Jesús, bendito Jesús, acompáñame en este momento!

Cumplió su promesa, no se quejó ni una vez.

Esa noche no pude dormir, porque cada vez que me daba vuelta en la cama, veía esos suaves ojos azules, y cuando cerraba los míos, las palabras “Bendito Jesús, acompáñame en este momento” resonaban insistentemente en mis oídos. Entre las doce y la una, me levanté y fui al hospital, algo que nunca antes había hecho a menos que me llamaran especialmente,

tanto era mi deseo de ver a aquel muchacho. Al llegar, los ayudantes nocturnos me

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informaron que dieciséis de los heridos desahuciados habían muerto y habían sido llevados

a la morgue.

—¿Cómo está Charlie Coulson? ¿Fue uno de los que murieron? —pregunté.

—No señor, —contestó el ayudante—, está durmiendo como un angelito.

Cuando me acerqué a la cama donde dormía, una de las enfermeras me informó que a eso de las nueve dos socios de la Asociación Cristiana de Jóvenes habían recorrido el hospital para leer y cantar un himno. Estaban acompañados por el capellán, quien se arrodilló junto a la cama de Charlie Coulson y elevó una ferviente y conmovedora oración, después de lo cual cantaron, todavía de rodillas, el más dulce de los himnos: “Sol de mi ser, mi Salvador” que Charlie también cantó. Yo no podía entender como ese muchacho, que había pasado por un dolor tan insoportable, podía cantar.

Cinco días después de que le amputé el brazo y la pierna al querido muchacho, me mandó llamar y fue por boca de él que escuché el primer sermón del evangelio.

—Doctor, —dijo—, ha llegado mi hora, y no espero ver otro amanecer, pero, a Dios gracias, estoy listo para partir, y antes de morir quería agradecerle de todo corazón por su bondad para conmigo. Doctor, usted es judío, no cree en Jesús. ¿Podría por favor quedarse aquí de pie y verme morir, confiando en mi Salvador hasta el último instante de mi vida?

Traté de quedarme pero no pude, porque no tenía el valor de quedarme y ver morir a un muchacho cristiano regocijándose en el amor de aquel Jesús que me habían enseñado a odiar, por lo que me apresuré a retirarme de la habitación. Unos veinte minutos después, un ayudante que me encontró sentado en mi consultorio privado, con el rostro escondido entre las manos, me dijo:

—Charlie Coulson quiere verlo.

—Acabo de verlo, —contesté—, y no puedo volver a verlo.

—Pero, doctor, dice que tiene que verlo una vez más antes de morir.

Decidí ir a verlo, decirle una palabra cariñosa y dejarlo morir, pero estaba decidido a no dejar que alguno de sus comentarios sobre Jesús influyera para nada en mí. Cuando llegué al hospital noté que se moría, así que me senté junto a su cama. Pidiéndome que lo tomara de la mano, dijo.

Doctor, lo amo porque usted es judío; el Mejor Amigo que he encontrado en este mundo era judío. Le pregunté:

—¿De quién se trata?

Él contestó:

—Jesucristo, a quien le quiero presentar antes de morir, y ¿me promete, doctor, que

nunca olvidará lo que le voy a decir?

Se lo prometí y dijo:

—Hace cinco días, mientras usted me amputaba el brazo y la pierna, oré al Señor Jesucristo que salvara su alma.

Estas palabras penetraron muy hondo en mi corazón. No podía entender cómo, mientras le estaba causando el más intenso dolor, podía olvidarse totalmente de sí mismo, y no pensar en nada más que su Salvador y mi estado inconverso. Lo único que pude decir fue:

—Bien,