martes, 23 de febrero de 2016
LINDA WATKINS, NO DEJES ESCAPAR EL AMOR 1947
SOLAMENTE UNA VEZ..
Por FULTON
OURSLER
1947
ESTA narración parecerá increíble a quien no haya experimentado en su
propia vida el milagro de ver el amor humano triunfante del tiempo y la distancia. Voy a contar escuetamente, sin añadir nada de mi cosecha, lo que le ocurrió a Linda Watkins, a las tres de cierta madrugada invernal del año de gracia
de 1927.
A decir verdad, la aventura de Linda empezó meses antes en Nueva York una tarde
de octubre cuando la muchacha cruzaba Washington Square bajo la lenta lluvia multicolor de las hojas arrancadas por la brisa. En dirección contraria avanzba un organillo de ruedas empujado por un viejo de cara como tallada en nogal, que llevaba posado en el hombro un taciturno papagayo. Mientras daba vueltas al manubrio del asmático instrumennto,
cl viejo entonaba cierta canción sentimental de una opereta romántica ya muy
apolillada:
Solamente una vez en la
la vida podemos
el amor...
interrumpiose al ver a Linda y, sombrero en mano, ofreció con una sonrisa:
—¿La buenaventura, señorita? Sólo cuesta cinco centavos.
Apenas había abierto Linda la bolsa, cuando el papagayo hundió la cabeza en un cajón del organillo para sacarla en seguida
con un sobrecito azul en el pico. Pero una ráfaga de viento arrancó de los dedos de Linda el sobre, que voló por el aire
y fue a posarse en la elevada horqueta de un árbol.
—¡Le daré otra buenaventura, señorita! —ofreció el viejo.
—¡No, no, de ningún modo! —
exclamó alguien a su
espalda con una Voz de claro timbre.
Fue la primera vez que Linda oyó y vio a Juan. Era un joven alto y
fornido que miraba
embelesado los cabellos dorados de Linda, sus ojos azules y
su sombrerillo verde adornado con una pluma
roja.
Sin cuidarse de que ello estaba prohibido, el joven trepó árbol arriba
hasta llegar a la
horqueta, alcanzó el sobre y bajó de un
salto-- con un hermoso rasgón en una rodilla
de los pantalones.
Linda extrajo aguja e hilo de su
bolsa y propuso sonriente:
—Si quiere sentarse en este banco...
—¡Lea usted antes la buenaventura, por favor!
Linda sacó del sobre un papelito
que tenía,
pobremente impresas, estas seis palabras del Nuevo Testamento:
«Amaos los unos a los otros».
Aquella frase, por supuesto, era una flamante
coincidencia. Mas para Linda y para Juan, el
encuentro casual en el crepúsculo de otoño, y el golpe de brisa que arrebató el sobrecito azul, significaron una colisión con el misterio de la vida cuyos 'unicos indicios fueron las palabras ,de la Escritura y la canción de la luna azul.
Todas las tardes que siguieron a
aquélla, Linda y
Juan vagaron cogidos del brazo por las ruidosas calles
próximas a Washington Square. Empezaron por contarse
sus vidas. Linda estudiaba dibujo industrial y vivía sola en el
primer piso de una casa de ladrillo rojo que
daba al parque. Su madre era \ viuda y residía en Wáshington.
Juan, según su propio concepto, era
escritor, pero aún llo había vendido ninguna de sus producciones; mientras llegaba el día venturoso, ganaba lo bastante para vivir, y hasta para mandarle
algún dinerillo a sus padres, escribiendo en
una revista comercial dedicada
a la propaganda de bebidas gaseosas.
Cuando arreció el frío, la pareja
abandonó las calles para sentarse ante
la llama azulada del carbón que ardía en
la reducida chimenea de Linda,
y forjar ingeniosos ardides con que hacer frente a la carestía de la vida. Ya empezaban a pensar en casarse, cuando la madre de Linda tuvo una conversación privada con
Juan.
—Bien sabe Dios — le dijo — que, si ustedes insisten en casarse inmediatamente,
nada podré hacer para impedirlo.
Pero Linda tiene sólo diecinueve
años; es todavía
demasiado joven. Solamente les pido que esperen. Quiero que Linda esté bien segura de sus sentimientos. Si espera hasta cumplir los veintiún años, me
propongo hacerla independiente para toda la
vida. Hablando con franqueza, Juan,
¿le parece bien hacer que Linda sufra
los rigores de la pobreza, cuando una
pequeña espera puede darle la certeza de su amor y, además, el
bienestar material? Y en cuanto a usted, tengo un proyecto
estupendo.
Juan se quedó mirando a aquella dama tan mesurada,
tan segura de sí misma, y sintió que su
felicidad se derrumbaba. «No le parezco bien para su hija », pensó. «Cree que el tiempo puede desbaratar nuestro
amor». Luego preguntó:
—¿Qué proyecto es ése?
—¡Hay un puesto excelente para usted en la
oficina que mi marido tenía en Londres.Usted
y Linda pueden escribirse tanto como quieran; pero no han de verse en dos años. ¡No es eso pedir mucho tratándose
de una madre previsora!
Linda manifestó el más absoluto desprecio dinero y el bienestar. Pero Juan creyó que la mamá tenía razón:
Linda era demasiado joven.
La muchacha se obstinó en vencer la
resistencia de su novio; media hora antes de
salir el barco luchaba aún por convencerlo de que saltase a tierra.
— ¿Por qué no dejas ahora mismo el barco? ¿Por qué
no nos casamos inmediatamente ?
—Suponte — respondía Juan — qu sigo fracasando toda la vida. Suponte que llega un día en que te cansas de ser
pobre y me lo reprochas.
—¡Nunca me importará! ¡Nunca m importará, Juan!
Por un instante, Linda vio que la vacilación asomaba a los ojos de su
novio,
En aquel instante subió dc1 muelle áspera voz
de mando:
«¡Todos los visitantes a tierra!»
Linda se encontró sola en el
muelle, viendo cómo
levantaban la plancha y cómo iban recogiendo los largos
cabos. Se oyó un ruido seco, que
para Linda fue Cruel, y el hermoso barco iluminado empezó a flotar libre de trabas, río abajo. Aún vio un instante a Juan, que saludaba casi montado en la barandilla. Luego se lo
tragó, la oscuridad.
De vuelta en su cuarto, Linda se sintió presa de acongojadora convicción. Juan no la quería de veras porque de otro modo no la hubiese dejado. Su partida era un
sacrilegio contra el don que solo se recibe
una vez en la vida. Dejaría que su amor por él muriera lentamente, aun cuando fuese sólo para vengar tamaña traición. Un gemido desgarrador se escapó
de los labios de Linda;
un gemido que pareció perforar la noche y lanzarse hacia el mar.
Se tendió, sin fuerzas, en el lecho y permaneció allí inmóvil e insomne mientras la campana de un reloj distante marcaba
las horas, una tras otra. Cuando logró
dormirse tuvo una pesadilla en la que
el barco de Juan, víctima de una maldición, perdía el rumbo y vagaba desorientado sin hallar puerto. Súbitamente,
Linda se incorporó en el lecho... Alguien
estaba silbando al pie de su ventana la tonada:
Solamente una vez en la vida podemos hallar el amor...
¿Estaba despierta o seguía soñando?
El silbido era de
desconcertante realidad. Se calzó las
frías chinelas y corrió a la ventana. Vio a
un policía parado en la acera de enfrente.
—¡Oiga!—le gritó. — ¿Estaba usted silbando algo'
—No señorita. Siento que ese tipo
la haya molestado. Ya le dije que se
callara.
— ¿Qué tipo? — preguntó Linda ¿Dónde
está?
El policía se acercó a la ventana.
—Es muy extraño — explicó—. Le di la espalda por un momento
y al volver a mirar ya no
estaba allí. No sé donde puede haberse metido.
Despidiose el policía y atravesó la
calle en dirección a Washingtort. Square. Linda encendió todas las luces del cuarto. Se sentía presa de indecible congoja. Aquella
música no podía ser mera coincidencia.
Cuando oyó nuevamente el silbido se
puso una bata, abrió la puerta
y se lanzó a la calle.
¡Allí estaba Juan¡
CUANTO más pienso en Linda y Juan, estoy más seguro de que los que aman apasionadamente tienen el milagroso don de la telepatía. ¿Qué otra causa pudo arrancar
a Juan de la barandilla cuando el barco estaba ya surcando la bahía?
Sintió adueñarse de él espantosa
tristeza que más
parecía aguda enfermedad. No era la simple herida de la
ausencia que empezaba a dolerle; era una
íntima urgencia, un torturante
malestar físico que le llenaba el corazón de un terror indefinible y
extraño.
Cuando el hombre siente con tal intensidad es porque está bajo el
imperio de fuerzas más
persuasivas que la razón. No había lógica
alguna en esa su convicción repentina de que le era indispensable volver junto a Linda inmediatamente y a
toda costa, si no quería perderla para
siempre. Tampoco había lógica en la
veloz carrera con que atravesó la cubierta
y subió la escalera del puente. Como
un poseso, agarró al capitán del barco por los hombros.
—Capitán—dijo mintiendo con aplomo —. Tengo la misión de llevar a
Londres
importantísimos documentos. Pero he dejado la
cartera que los contiene.
— ¿Qué quiere usted que yo haga,
señor ¿Subir
el río otra vez, atracar en el mueelle y
esperar a que usted busque
papeles? — contestó de mala guisa el capitán.
—¡Yo tengo que salir de este barco! —rugió Juan.
—Está bien — repuso el capitán-. Lo único que se me ocurre es esto.
Dentro de poco
bajará el práctico y usted puede volver con él a Nueva York.
Eran las tres de la madrugada
cuando Juan vio
brillar entre la niebla las luces de Washington
Square; apostose bajo la ventana de Linda, y
se puso a silbar la canción.
Casi en seguida apareció el
policía. Juan simuló seguir adelante y
cuando el guardia volvió la cabeza se escondió en la entrada de un sótano.
Cuando ya no se oyeron los pasos
del policía, volvió a silbar.
Linda abrió la puerta y buscó ansiosamente en la penumbra con ojos iluminados
por la fe.
Ya llevaban un rato en el cuarto, calentándose al fuego de la reducida
chimenea y esperando el café que Linda
preparaba, cuando ella recordó súbitamente:
—Mi madre va a llegar de Wáshington
a las seis.
—¿Qué dirá?
—¡Oh! — dijo riendo Linda—. No conoces, a mamá. Cuando te vea aquí, te pedirá que nos casemos inmediatamente. Y no pasará mucho tiempo sin que te perdone.
Linda estaba en lo cierto, pero el.
perdón de mamá no fue efectivo
hasta que Juan
obtuvo aquel premio literario por...
PROFECIA EXTRAORDINARIA PARA HUEHUETENANGO,
Sucedió por el mes de Enero de 2011 que estando una hermana mía en el
grupo de oración de una iglesia cristiana , se les comunicó que en
día próximo señalado recibirían la visita de un misionero
norteamericano de edad avanzada, portador de un mensaje para Huehuetenango.
Este
hombre de Dios, estaba buscando al señor en intensa oración en su natal
Estados Unidos, cuando escuchó la voz del Señor Eterno, diciéndole que
debía viajar a la República de Guatemala, especificamente a la ciudad cabecera de Huehuetenango para comunicar que el Señor Dios, iba a iniciar un avivamiento espiritual grande y maravilloso en esta ciudad y que transcurrido el tiempo se extendería al resto de los países.
Cuándo el misionero escuchó esta voz en su interior la primera vez ,
argumentó y dijo: _-¿Señor, ¿No será mi imaginación? ¿Debo viajar a ese
lugar para dar un mensaje?_
_La respuesta no se hizo esperar: !Debes viajar a Huehuetenago, Guatemala a dar el mensaje, de un avivamiento extraordinario en esa ciudad!.-
Al
hacer los preparativos del viaje, algunos médicos le aconsejaron no
hacerlo, debido a su avanzada edad y al estado delicado de su corazón.
El día señalado estuvo el anciano misionero en la ciudad de Huehuetenango, venía
asistido por un médico cardíologo estadounidense especialmente que lo
acompañaba. y con el debido equipo de oxigeno y lo indispensable para
prevenir algún problema de su corazóm. ante un grupo pequeño, expuso el
Varon de Dios lo referido. y que el venía a dar el mensaje , después de
uns 15 0 20 minutos de exposición, empezó a sentirse mal, por lo que su
asistencia médica intervino, tenían en emergencia un transporte aéreo tipo ambulancia en la pista de aterrizaje de Huehuetenango. Lo llevaron d emergencia a la Capital de Guatemala y luego rumbo a su país de Estados Unidos.
Hoy más que nunca creo que en esta hermosa tierra de Huehuetenango, se cumplira tarde o temprano la Palabra Profética del Dios Vivo y Verdadero, del único e inmortal, del Señor que habita en luz inmarcesible.
Creo y se que vendrá a su debido tiempo esta extraordinaria bendición para mi tierra.
!GRACIAS, SEÑOR ETERNO,GRACIAS POR MI CIUDAD!