jueves, 24 de diciembre de 2015

EL RELOJ DE LA TORRE DE HUEHUETENANGO -FOTOS

EL RELOJ DE LA TORRE DE HUEHUETENANGO

El reloj es de fabricación alemana del siglo XIX

Fotos por el autor  del blog 





 sábado, 21 de noviembre de 2015



 


jueves, 3 de diciembre de 2015

Conmovedora Historia EL PERRO QUE SUPO ESPERAR Por R. G. KIRK 1943

EL PERRO QUE SUPO ESPERAR
  Por R. G. KIRK
1943
(Condensado de "The American Magazine"


SI LA BONDAD y la valentía acreditan de caballero, mi hermano Jim merecía que lo llamaran así. Muy hombre, muy capaz de meterle el resuello en el cuerpo al más pintado, era, en cambio, una seda con quienes debían tratarse con suavidad. No he conocido persona más considerada con las mujeres, los niños y los perros. 
 De mi hermano y de uno de éstos, nuestro perro Míster Hueso, quiero tratar en lo que, va a leerse. Desde que Jim vino a vivir a casa que fué hace algunos años, Míster Hueso no reconoció más. amo que él. Verdad es que mi hermano les caía muy bien a los perros. Pero, aún así y todo, fué aquél un caso extraordinario; de amor a primera vista, como quien dice.
El perro lo seguía como su sombra. No hubo vez que Jim tuviera que salir en uno de sus viajes de negocios, que no se empeñara in acompañarlo. «No,Mister Hueso",- le decía mi hermano, «ahora no. Ya volveré. Espera hasta la próxima ».
La ausencia de Jim duraba a veces 'una semana entera. Pero Míster Hueso aguardaba confiadamente. Sabía muy bien lo que aquel «espera hasta la próxima» quería decir. Porque el amo no dejó nunca de cumplirle su promesa. «¡Hola, Míster Hueso!», exclamabá cuando volvía. «Vamos andando; que ésta es la próxima »': Y salían juntos a dar uno de esos larguísimos paseos que eran la dicha del perro.
Cuando Jim no andaba de viaje, Míster Hueso iba todas las noches, después de comida, a su alcoba; volvía con las pantuflas, y las dejaba en el suelo, frente a su butaca. En habiéndose arrellanado el amo, el perro se le echaba cerca y apoyaba el hocico en uno de sus pies. Así permanecía toda la velada.
Llegó el día en que Jim cayó gravemente enfermo. «Siento que me está fallando», me dijo llevándose la mano al corazón. « Creo que tengo ya para poco; Bill... En fin, no me quejo. Le he sacado jugo a la vida...»
Pocas horas antes de morir, preguntó por Míster Hueso. «Le voy a hacer mucha falta», murmuró. «Anda, hombre, déjalo entrar»
Entró el perro y clavó en los del moribundo sus ojos llenos de ansiedad, «Ya' volveré, Míster Hueso, ya volveré, » le dijo él. «Espera... hasta la próxima ».
EN MI  FAMILIA aceptamos,sin rebelarnos, lo que la vida nos va trayendo. Ni con el mismo dolor que me causaba la muerte de Jim, creía yo pagar demasiado caro el haber tenido durante cincuenta años un hermano como él. A mis hijos les hacía una falta inmensa; quedaron inconsolables. Pero estaban en esa edad en la que todo se olvida pronto.
¿Y Míster Hueso? Pues... Jim le había dicho: «hasta la próxima»; y él lo aguardaba, como otras veces. Cierto era que la ausencia del amo se prolongaba... Sin embargo, el perro sabía que Jim nunca quedaba mal. Además, ahí estaban, en prenda de que cumpliría lo prometido, las pantuflas, que Míster Hueso sacó de la alcoba y se llevó a la cocina, para meterlas en el mismo cajón que le servía de cama.
Habían pasado cinco años. Aquella noche nos hallábamos en la sala mi mujer y yo, cada uno embebido en lo que estaba leyendo. Reinaba en la casa completo silencio. Míster Hueso, que se había echado cerca de Emilia, empezó de pronto a batir la cola. Pum, pum, pum, sonaba ésta al golpear el suelo.
Ya se sabe que los perros oyen ruidos que a nosotros nos escapan. Creyendo que Mister Hueso habría sentido pasos de alguna persona conocida, Emilia y yo escuchamos atentamente. No; no venía nadie.
¡Pum, pum, pum!, hacía nuevamente la cola de Mister Hueso dando en el suelo. Vimos luego que el animal se levantaba, no sin esfuerzo, que ya no podía casi con los años, y salía de la sala. Se presentó un minuto después, con las pantuflas de Jim; las dejó frente a la butaca donde él acostumbraba sentarse; se echó en seguida, puso el hocico encima de una de las pantuflas, y se quedó dormido.
Puede que los recuerdos que evocaba esta escena fuesen la causa de ello, pero sentí que la sala iba llenándose de esa aura de bondad que Jim esparcía en torno suyo.
«Jim era uno de los hombres más bondadosos que he conocido...» suspiró Emilia. Y tras una pausa: «Ya he leído bastante. Y tú también. Vámonos a dormir. No lo despiertes », añadió señalando a Míster Hueso. «Déjalo que pase ahí la noche ». 
A la otra mañana, encontramos a Míster Hueso tal como lo habíamos dejado: tendido frente a la butaca de Jim, con el hocico apoyado en una de las pantuflas, completamente inmóvil.Nos bastó verlo para saber que ya no tendría que seguir esperando a su amo; que, mientras dormía, había oído, como en otros tiempos, la voz que le decía: « ¡Hola Míster Hueso! Vamos andando, que ésta es la próxima...»

sábado, 12 de marzo de 2016

A LA SOMBRA DEL EMANCIPADOR-Lincoln Por T. E. Murphy 1950

A la Sombra del Emancipador
Por T. E. Murphy
1950
El mayor tributo rendido a Lincoln 
es eI profundo sentimiento que
inspira el noble monumento 
conmemorativo en Washington
Más de un millón y medio de Personas visitan cada año el monumento conmemorativo de Lincoln en la ciudad de Washington. Allí Abraham Lincoln pertenece otra vez al pueblo. La mayor parte de los que van a verlo son hombres y mujeres sencillos venidos de las aldeas, los llanos y las montañas de los Estados Unidos, de Europa y de la América Latina. Aunque entre ellos hay diversidad de lenguas, todos se sienten atraídos por un magnetismo cuya fuerza aumenta año tras año.  ¿Y por qué? La mejor manera de hallar la contestación a esta pregunta es hacérsela a los visitantes mismos.
El sol de la mañana acaba de retirarse de la cámara interior donde Lincoln está serenamente sentado en su gran sillón de 3,8 metros de alto. La estatua, cuya altura de los pies a la cabeza es de 5,8 metros, se compone de 28 trozos de mármol blanco de Georgia. Son las nueve, y un guarda vestido de uniforme verde oliva quita la cadena que sirve de barrera
Entonces principia la peregrinación. Hay que subir una escalera de 58 peldaños. Al llegar arriba la mayor parte de los hombres se descubren y contemplan reverentemente la pensativa figura. Una mujer se enjuga los ojos; y otra de manos encallecidas por el trabajo y traje que delata pobreza, cae de rodillas como lo haría ante un altar. "Cosas así suceden con frecuencia," dice el guarda.
Y es que en esta estatua heroica, obra del escultor Daniel Chester French, Abe* Lincoln, sale de los libros de historia y habla con el pueblo. Este sentimiento de intimidad y afecto puede percibirse claramente en las facciones de los que contemplan arrobados la estatua, a veces hasta por 45 minutos. Y se hace más notorio viéndolos leer en voz baja o alta el discurso de Gettysburg grabado en la pared meridional del Monumento, o los extractos del discurso de la segunda inauguración esculpidos en la pared del norte.
“Cada vez que leo estos discursos encuentro en ellos algo nuevo, “, dice  un vendedor procedente de Nueva York.
Cerca de él está un hombre agachado que se esfuerza en explicarle las palabras a un niño. Una mujer de cabeza cana, oriunda de Dakota del Sur, dice mirando fijamente la estatua: "Es cautivadora„” y se lleva el pañuelo a los ojos. No lejos de ella está una joven alta, superintendente de una fábrica de ropa del estado de Ohío. Es más expresiva que la otra.
“Me gusta Lincoln, dice, porque con todos era justo."
Un hombre de mediana edad, ex ingeniero. de minas de Colorado, expresa un juicio que otras bocas repiten una y otra vez durante el día.  "He aquí un hombre, declara, que nunca cedió a la presión de las minorías. Era demasiado probo para ser un verdadero político, demasiado probo para ser secuaz servil de una corrompida camarilla política. Siempre fue paladín de la justicia y la rectitud."
Y sonriendo como si quisiera excusarse agrega. "No sé qué opinará usted de estas cosas; pero en mí causan profunda impresión. Mi abuelo fue gobernador de Kentucky. Abe Lincoln lo invitó para que se presentara como candidato a la vicepresidencia. "
Detrás de una de las pilastras jónicas de 15 metros de altura, otro hombre lee el discurso de la segunda inauguración de Lincoln. Cuando vuelve la cara, me fijo en la expresión de seriedad y mesura que hay en sus ojos castaños. Es don Antonio José Coello, de Honduras. Me dice en excelente inglés que es director de La Liberación, semanario que se publica en San Pedro Sula y cuya circulación asciende a 15.000 ejemplares.
–“Para nosotros los centroamericanos- me dice- Lincoln es el grande hombre, el más grande del mundo. Lo queremos por sus puros ideales de libertad. Lo conocemos perfectamente y en nuestros planteles de educación se estudian sus discursos.Siempre vengo a ver a Lincoln cuando estoy en Washington. Soy amante fervoroso de la libertad. Mi padre, Augusto Coello, escribió el himno nacional de Honduras cuando era secretario de Estado”.
Luego mueve la cabeza tristemente y agrega:
-Lo que hoy necesitamos es otro Lincoln.
Un joven medio tullido pero de cara alegre asciende penosamente la larga escalera; se apoya en un bastón y va moviendo primero una pierna y después la otra. Es un artista de Washington.
-“Bueno ¿qué opina del monumento-me pregunta con aire de propietario-Yo vengo aquí muy a menudo. Me gusta venir porque ésta es una bella obra de escultura-- Y agrega --Lincoln era un hombre paciente. Por eso lo admiro.”
El sol ya está alto, y de los auto­buses que llevan paseantes a los lugares de interés sale infinidad de gente. Un grupo de niños de escuela suben la escalera en pares que van muy ordenados uno tras otro. Yo comento con la maestra el buen comportamiento de los niños.
-“Están más callados y quietos de lo que deberían estar- dice melancólicamente- Es a causa de que son negros y se ven en un medio extraño.”
Los niños, con los ojos muy abiertos, se aprietan los unos contra los otros como para protegerse. Cuando por casualidad hablan, lo hacen cuchicheando.
La maestra también es negra.
-“Tengo dos hijitos -me dice- y mucho pienso en el modo como debo enseñarles a mirar con ecuanimidad las distinciones de raza y otras cosas así. No quiero que  las vean con  amargura         sino filósoficamente. Es un problema  muy difícil.
 --Lincoln era un  visionario y un idealista—agrega mirando afectuosamente la estatua- Todavía  queda muchísimo por hacer.
Tras una pausa, exclama:
-Yo detesto la palabra tolerancia. Hay que ir mucho más allá. Queremos que se nos mire y se nos trate como seres de la especie humana, no como seres de otra especie.
Son casi las doce del día, y el guarda mira su registro. "Hoy el número de visitantes pasará de 10,000," dice.
"Algunos días vienen más de 50.000. Casi todos traen cámaras fotográficas."
Allí no se permite fumar, comer ni beber nada. "Tales cosas no se hacen en la iglesia ¿verdad " pregunta el guarda sucintamente.
Otro hombre lisiado sube con trabajo la escalera, apoyado en dos muletas. "Eso no es nada, dice el guarda. El otro día subieron a un hombre en una silla de ruedas."
El señor Arturo Pardo, de Caracas, importador de telas y hombre de mucha cultura, me dice tomándome del brazo:
-Venga conmigo y le enseñaré un poco de historia.
Se detiene delante del discurso de Gettysburg y me dice:
-Mire usted. Cuando Lincoln terminó este magnífico discurso, no hubo aplausos ni vítores; solamente silencio. ¡Pobre hombre! Se volvió hacia uno de sus amigos y le dijo: "He fracasado otra vez›
"Pero no; ¡no fracasó!-exclama con entusiasmo el señor Pardo ‑
¿Qué diría ahora de sus fracasos si viera este soberbio monumento y estas multitudes que vienen de toda la tierra a rendirle tributo
"Ah, sí señor! -continúa- En Suramérica lo conocemos sobre todo por sus palabras de fe en la libertad. Allí también es nuestro grande hombre. El fue, por decirlo asl, un compendio de virtudes humanas, sin que le faltaran sus flaquezas. Lincoln no fracasó.”
 Hablo con un hombre y su esposa, ambos de edad avanzada, que miran arrobados la estatua. Son tímidos, y la mujer retrocede un poco y dice algo a su marido en una lengua extranjera. El, de pelo cano y rala barba blanca, dice suavemente;  “No hablamos bien el inglés. “  Debe de ser un rabino.
--Mi nombre no importa. Hemos estado esperando 20 años. Ahora lo vemos cara a cara ¿verdad, querida ¿
La mujer mueve la cabeza afirmativamente,
-Allá en nuestra tierra del Viejo Mundo leímos acerca de él, y siempre habíamos esperado verlo algún día. Y ahora lo vemos ahí. Precisamente como yo te lo decía -agrega dirigiéndose a su esposa y acariciándole las manos.
El sol ha desaparecido y empieza a caer una melancólica lluvia de otoño. En el interior del venerable monumento hace un frío que hiela los huesos. Sin embargo, continúan entrando multitudes de gente. En la confusión de voces quedas que llenan el recinto se distingue una que otra frase. Así, alcanzo a oír que un guarda dice: " Si, señora, desempolvamos la estatua cada dos o tres días."
He aquí un vendedor de granos, ya retirado del oficio, que ha traído a su nieta. "Abe Lincoln trataba a sus enemigos con honor y con paciencia," dice. "¡Cuán diferente de los politicastros de nuestros días,. Que tratan a sus opositores con ruindad o los ponen en ridículo!"
A lo lejos se ven como cuadritos fulgurantes las ventanas de los desparramados      edificios         del gobierno.  Uno de los guardas mira su registro v dice: "Lo que yo  esperaba. Más de 10,000 personas hoy, a pesar de la lluvia."
Pronto descenderán de nuevo la noche y el silencio, y Abe Lincoln se quedará otra vez solo, como vivió cuando el desolador torbellino de la guerra civil azotaba su patria.
El muchacho tímido y rústico de un pueblo apartado de Illinois, el tosco abogado de cara mustia, el triste y angustiado Presidente del mantón y el viejo sombrero de copa, aguardará sentado allí, y mañana, con la regularidad de la salida del sol, llegará al recinto otra multitud de peregrinos a reverenciar su memoria y a buscar inspiración,   consuelo y esperanza en su noble grandeza.
*Los   norteamericanos   dan afectuosamente a Lincoln el nombre de Abe (éib) diminutivo de Abraham

Sábado, 28 de noviembre de 2015

“MUERO AL AMANECER" -HOLANDA, 2da. Guerra Mundial 1942-

 “Muero al amanecer”
 Octubre de 1942
(Reproducido del «Harper's Bazaar »)
Por Kees X
Esta carta sencilla y conmovedora,  la es­cribió un joven holandés de 22 años, el 27 de febrero, pocos momentos antes de ser fusilado, en unión de tres compañeros, por los alemanes.
¿Su delito? Haberse escapado de Ho­landa para reunirse a las fuerzas holande­sas en Inglaterra. Capturados los cuatro en la Francia ocupada, fueron juzgados, el 13 de febrero de 1942, por un consejo de guerra alemán, el cual los condenó, a la última pena, «por auxilio al enemigo».
_______________________________
Queridísimo  padre:
Me aflige mucho escribirte esta carta, pero no tengo más remedio que enterarte de que el consejo de guerra nos ha condenado a una pena sumamente grave.
Procura leer esta carta a solas. Ve dándole la noticia a mamá poco a poco.
Cuando te escribí mi carta anterior, el 14 de febrero, ya sabíamos que está­bamos condenados a muerte. Mas no tuve el valor de decírtelo. No quise que sufrieras con la misma incertidumbre que a nosotros nos atormentaba. En París rechazaron la solicitud de gracia que se elevó en nombre nuestro, a pesar de que teníamos tantas esperanzas de que fuera escuchada. ¡No era tan grave el delito que hablamos cometido!
He dicho incertidumbre, papá, y no miedo. Por fortuna, ninguno de noso­tros lo sentía. He rezado mucho y tengo la seguridad de que alcanzaré el con­suelo de una muerte en Cristo.
Dentro de unos instantes, a las cinco de la mañana, terminará todo. Y no me parece tan horrible. Al fin v al cabo, es cosa de un momento en seguida, estaré con Dios... y se habrán acabado las miserias y la tristeza de esta tierra. ¿Verdad que no es tan terrible el trán­sito ?
Por el contrario ¡qué hermoso es des­cansar en el poder del Señor! Dios nos ha prometido no desampararnos, siem­pre que imploremos su auxilio. Me siento tan cerca de Dios, que estoy pronto a morir. Ojalá que el saberlo te sirva de consuelo.
Sé muy bien que es algo espantoso. ¡Somos tan jóvenes! Pero Dios ve lo justo de nuestra causa. Creo que será más duro para tí que para mí. Yo le he confesado todos mis pecados a Dios v estoy tranquilo. No te aflijas: pon tu confianza en Dios, y pídele que te dé fuerzas.
Mamá, madre queridísima, quisiera abrazarte. Perdóname si en algo te he faltado. No llores, mamá de mi alma. Ten valor. Piensa que te quedan otros hijos,      y que, en cambio, señora de L. no le queda ninguno. Estoy seguro de que los volveré a ver a todos. Recibe un último beso muy ca­riñoso de tu hijo Kees.
Papá: perdóname tú también. Yo sé que tienes fe como mamá. No te pongas triste... dale gracias a Dios porque nos ha concedido su gracia. No digas: «con­tigo, hijo, se fueron para siempre nues­tra paz y nuestra alegría». Piensa que no he hecho sino dar mi vida por la patria, como la están dando tantos otros ahora mismo. Dame un último abrazo. ¡Que se cumpla las voluntad de Dios!.
 Jan, Bep, El, Fien: un saludo para todos. Que sean fuertes y le pidan á Dios conformidad. Crean en El, y El hará que todo les salga bien. Sean buenos con papá y mamá. Reciban mu­chos besos de su hermano Kees. Salu­den de mi parte a mis hermanitos y hermanitas. Ellos tal vez no compren­dan todavía lo que pasa; pero de todos modos enséñenles también a creer.
Saluden a todos, de parte de nosotros cuatro. Gracias a todos por los favores que les debo.
No nos falta el valor. Que no les falte a ustedes tampoco. Nos podrán despojar sólo de los cuerpos. Nuestras almas están en las manos de Dios. Ese debe ser un gran consuelo.
Adiós... hasta que nos volvamos a ver juntos en una reunión más feliz.   Que Dios los bendiga a todos.
No sientan odio. Yo muero sin odiar a nadie. Es Dios quien todo lo gobierna y dispone

Sábado, 27 de febrero de 2016

"MASADA NO VOLVERÁ A CAER"_-Por Paul Friggens 1968

 Estando sentados  en la cumbre del Monte Masada, en Noviembre de 2006, el guia nos dió una charla...y dijo: Saben, ¿Por qué los judios españoles prefirieron ser  quemados en la inquisición española y no luchar?--Porque el Templo de Jerusalén habíia sido  quemado,  y ellos preferían compartir igual suerte. .
En ese momento sentí en mi corazón unos deseos de llorar por la suerte de aquellos judíos españoles..
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"Masadá
no volverá a caer"

POR PAUL FRIGGENS

  Las ruinas de esta antigua fortaleza judía,
recientemente excavadas, evocan el recuerdo de una de las
resistencias más heroicas y sublimes que registra la
historia en sus anales, y son fuente de renovada
inspiración para los amantes de la libertad.
DESPUÉS de escalar, bajo el tórrido sol del desierto, la cumbre rocosa en que se asentaba una altiva fortaleza que dominaba el yermo de Judea y el mar Muerto, puse mi planta en el lugar donde se verificó el hallazgo arqueológico más importante de los tiempos modernos: Masadá. Este peñón de cerca de 500 metros de altitud es, ciertamente, uno de los sitios de la Tierra en que con más fuerza late el corazón de los seres humanos.
"Aquí mismo, hace casi 2000 años", dijo mi guía, "un puñado de héroes ofreció la más vigorosa resistencia de que hay memoria".
Y, mientras me acompañaba por entre las ruinas, me contó la siguiente epopeya:
La historia de Masadá remonta a la era pre-cristiana. Allá por el año 35 antes de J. C., Herodes el Grande, rey de Judea, erigió aquí una enorme fortaleza. Despótico y suspicaz, Herodes temía la rebelión de su pueblo, y más aun a que Marco Antonio, soberano de Judea, pudiera entregar esta provincia a Cleopatra, reina de Egipto. Hizo, pues, que su ejército levantase una elevada muralla, con 37 torres, alrededor de la cima, de nueve hectáreas de superficie. Aquel nido de águilas era un palacio semicircular de tres plantas, excavado en el precipicio norte de Masadá. Con sus lujosos baños cubiertos de azulejos, sus cámaras de techo apoyado en suntuosas columnas y sus paredes ricamente adornadas de frescos de vivos colores, proporcionaba al monarca comodidades sin fin y protección contra el viento del desierto y el candente sol. Allí, en gustoso aislamiento y completa seguridad, gozó de una existencia regalada hasta su inuerte, ocurrida cuatro años antes del nacimiento de Cristo. Legó su ciudadela a una serie de guarniciones romanas.
Flechas contra catapultas. El año 66 de nuestra era, después de un siglo de odiada dominación romana, los judíos se levantaron en armas. Roma despachó contra los insurrectos un ejército de 80.000 hombres que, al cabo de cuatro años de combatir con fiereza, aplastó la insurrección. Los romanos saquearon y prendieron fuego por los cuatro costados a Jerusalén, arrojaron los niños a las llamas y embarcaron a los sobrevivientes para Roma, donde los pasearon, encadenados, por las calles.
Es decir, todos, menos un millar de empecinados patriotas —entre hombres, mujeres y niños— que, acaudillados por Eleazar-ben-Ya'ir, se replegaron a la abrupta Judea y ocuparon a Masadá. Convirtiendo las ruinosas estancias de la ciudadela en albergue improvisado, los patriotas resistieron tres años, con increíble y hazañoso denuedo, a las poderosas huestes romanas. Por último, se reforzó a los sitiadores con los 5000 hombres de la famosa Décima Legión, mandada por Flavio Silva, con la consigna terminante de destruir la madriguera de aquellos tenaces rebeldes. Silva mandó rodear la cumbre de una muralla paralela de asedio y asaltó la fortaleza. En vano. Los patriotas se mantuvieron firmes.
Entonces, Silva ordenó un solo asalto en masa desde el oeste y dispuso la construcción de una rampa gigantesca para subir a las alturas de Masadá. Se forzó a millares de judíos hambrientos y enfermos a trabajar en la descomunal obra desde el alba hasta la noche, y con todo el calor del desierto. Los defensores
de Masadá hacían llover piedras y flechas sobre los sitiadores, consiguiendo retrasar el progreso de la obra. Inútil esfuerzo. Los romanos, al abrigo de sus catapultas, remataron la empresa. Silva emplazó un enorme ariete y principió a martillar implacablemente las defensas de Masadá. Por una brecha penetra- ron, tea en mano, los asaltantes para pegar fuego a la fortaleza. juzgando inminente su victoria, se retiraron a su campamento a preparar el asalto final y decisivo del dia siguiente.
El relato de los últimos días de Masadá está descrito con vívidos colores en las páginas del historiador judío Flavio Josefo, que, a la caída de Jerusalén en poder de los romanos el año 70 de nuestra era, se pasó al enemigo y llegó a ser un opulento ciudadano de la soberbia urbe. La suya es la única narración contemporánea de lo que aconteció en aquella funesta noche de primavera del año 73.
Muerte por sorteo. Cuando el fuego comenzó a propagarse por los baluartes de Masadá, Eleazar-benYa'ir reunió a sus compañeros y les dijo: "Las primeras luces del día alumbrarán nuestra derrota, pero nos queda la libertad de elegir una muerte honrosa en unión (le nuestros seres queridos. Salgamos de este mundo, no como esclavos, sino como hombres libres, junto con nuestras mujeres y nuestros hijos.
"Mas antes de morir", ordenó Eleazar, "que el fuego consuma toda la fortaleza. Será un golpe terrible para los romanos, que hallarán nuestros cuerpos a salvo de sus cadenas y no cogerán un solo adarme de botín. Dejemos intacta una sola cosa: nuestras provisiones de boca, pues darán testimonio de que no hemos perecido por falta de alimentos, sino porque hemos preferido la muerte a la esclavitud".
Conmovidos por las ardientes palabras de Eleazar, sus compañeros se juramentaron para suicidarse en masa con los 960 patriotas sitiados. Cada uno de los hombres se despidió tiernamente de sus familiares y los mató. Entonces hicieron hogueras con sus bienes materiales delante de sus casas. A la temblorosa luz de las-llamas, se prepararon para su hora más trágicamente hermosa. Escuchemos a Josefo:
"Echando a suertes, escogieron diez hombres que habrían de matar a los demás. El resto se acostaron en el suelo, abrazados con sus mujeres y sus hijos, y tendieron el cuello a los encargados de ejecutar la triste misión. Luego que hubieron dado muerte a todos, sortearon el nombre de aquel de ellos que habría de quitar la vida a los otros nueve. Entonces, cuando el que quedó vivo se hubo asegurado de que todos estaban muertos, puso fuego al palacio real y, con todas sus fuerzas, se hundió en el pecho la espada".
A la siguiente mañana, la Décima, al son de las tubas, se lanzó al asalto, confiada en la victoria. Pero en vez de la resistencia que esperaban, los romanos hallaron solo ruinas humeantes y lúgubre silencio. "Entraron en el palacio", continúa Josefo, "y fue entonces cuando se toparon con la muchedumbre de los muertos. No pudieron menos de maravillarse de tan atroz resolución y desprecio a la muerte que habían mostrado".
¿Cómo pudo Josefo trazar un cuadro tan real y crispante de las últimas horas de Masadá? Pues porque hubo testigos presenciales: dos mujeres y cinco niños que se ocultaron en una cisterna durante la matanza y lo contaron después todo a los romanos. Probablemente Josefo escuchó la narración de boca de los romanos, o quizá habló con las mujeres y los niños sobrevivientes.
El sueño de Yadin. Así terminó la gesta de Masadá. Pasaron los siglos, y la fortaleza, abandonada, fue desmoronándose. Su nombre quedó  grabado en la memoria del pueblo judío, como un blasón de gloria. Y así hubiera continuado, remoto y envuelto en reverente misterio, como las ciudades bíblicas de Sodoma y Gomorra, si no hubiese sido por la voluntad indomable de un hombre: del Dr. Yigael Yadin, profesor de arqueología en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Yadin, apacible sabio cincuentón, fue cabecilla de guerrilleros en la guerra de independencia de Israel el año 1948 y sirvió como jefe de estado mayor israelí hasta que renunció en 1952. Después de su regreso a la vida civil se le despertó un interés apasionado por Masadá. Inspirado Por los palpitantes relatos de Josefo, escaló el escarpado peñón que se yergue en Judea y comenzó sus nivestigaciones arqueológicas. No tardó en convencerse de que la montaña podría guardar en su seno la codiciada verdad, amén de raros y Preciosos tesoros. Y abrazó con llusión de soñador el propósito de organizar una expedición para desenterrar las ruinas.
En 1963, tras muchos años de arduo trabajo, Yadin vio, al fin, realizado su sueño. Al frente de una expedición patrocinada por la Universidad Hebrea, el Departamento Israelí de Antigüedades, la Sociedad Israelí de Exploraciones y grupos e individuos particulares, Yadin se lanzó a una titánica empresa en la que consumió once meses, descubrió el 97 por ciento de Masadá, removió más de 40.000 metros cúbicos de tierra y llevó a feliz término una obra que, normalmente, hubiera costado 25 años de labores arqueológicas. El resultado fue revelar a un mundo atónito la historia de los valientes que prefirieron una muerte gloriosa a la vil servidumbre.
Con la ayuda del Cuerpo de Ingenieros del Ejército israelí, Yadin atacó el peñón con todas las reglas del arte militar. Desde helicópteros sus auxiliares fotografiaron y cuadricularon la fortaleza palmo a palmo. Los zapadores abrieron una carretera a través del yermo inhóspito de Judea, construyeron traídas de agua, levantaron un campamento de 50 tiendas y chozas cerca del lugar donde el general romano Silva había sentado sus reales hacía casi 1900 años. Sujetos sobre el abismo por cinturones de cuerdas, los obreros labraron una escalera en el paredón de piedra e instalaron un teleférico para trasportar cargas pesadas hasta la cumbre de Masadá.
Faltándole la mano de obra necesaria, Yadin publicó avisos en la prensa israelí y en The Observer de Londres en solicitud de obreros voluntarios, cuidándose de advertir claramente que el trabajo era rudo y el clima casi insoportable por lo cálido, que las condiciones de vida eran penosas y que los voluntarios tendrían que costearse de su propio peculio el viaje de ida y vuelta a Masadá. Y sucedió lo inesperado: llovieron miles de respuestas de jóvenes y viejos, de pobres y ricos, de judíos y gentiles, de todo el mundo.
Mudos de asombro y emoción. Fueron, en total, unas 5000 las personas de 28 países que acudieron como voluntarias. Yadin las puso a trabajar en turnos de dos meses y en equipos de a 300. Se trabajó, primero, de octubre de 1963 a mayo de 1964; después, de noviembre a abril. A las 4:45 de la madrugada se tocaba la diana, y una hora después ya estaban los voluntarios subiendo la cuesta para dar principio a sus agotadores trabajos, desplazando enormes cantos, cavando, cerniendo tierra. Repentinas y violentas tempestades del desierto obligaron más de una vez a suspender los trabajos, hicieron trizas las tiendas y anegaron el campamento. En varias ocasiones hubo que arrojar la comida a los expedicionarios desde helicópteros, por haberse cortado todos los demás medios de comunicación. El peor de los obstáculos fue, sin duda, el rigor del clima desértico. "De día nos achicharrábamos y de noche nos helábamos", recuerda un voluntario.
Pese a todo, la obra adelantaba con firmeza. Un día, hurgando en las cenizas y escombros, los obreros dieron, al fin, con algo que probaba plenamente la autenticidad de la célebre resistencia.
"Nos quedamos mudos de estupor y de emoción", cuenta Yadin en su libro Masadá, "ante lo que acabábamos de descubrir. Revivimos, pasmados, los postreros y más trágicos instantes del terrible drama. En las gradas que conducían a un estanque de la casa de baños de Herodes había tres esqueletos. Uno era de un hombre de 20 años. A su lado había muchos eslaboncillos de cotas de malla, haces de flechas, un velo litúrgico. Cerca estaba el esqueleto de una joven que conservaba el cuero cabelludo intacto por la extremada sequedad de la atmósfera. El cabello negro, cuidadosamente trenzado, parecía acabado de peinar. El tercer esqueleto era de un niño. No cabía duda: lo que nuestros ojos contemplaban eran los despojos mortales de algunos defensores de Masadá".
Yadin exhumó 25 esqueletos de hombres, niños y mujeres; pero no se han hallado los restos de los demás defensores. Acaso se los llevaron los romanos. Pero el hallazgo más sorprendente de todos fue el de once enigmáticos fragmentos de arcilla cocida, con caracteres hebraicos inscritos. Cada uno de ellos ostentaba un solo nombre o apodo: el de Ben-Ya'ir y el de cada uno de los otros diez caudillos. Los arqueólogos conjeturan que estos tejuelos hayan sido las suertes que se emplearon en la siniestra lotería de hace casi 20 siglos.
 Las excavaciones pusieron al descubierto 10 kilómetros de murallas de la fortaleza, las ruinas de un palacio herodiano con su cisterna y su sala real exornada de frescos, una sinagoga, trozos de ánforas de vino y de trigo, alimentos desecados: dátiles, sal, trigo, huesos de aceitunas y pepitas de granadas. Había también monedas de bronce y plata acuñadas durante la insurrección, pilas de proyectiles arrojados por las catapultas romanas, lámparas de barro, un vasto surtido de cosméticos y de objetos de alfarería, y hasta 14 fragmentos de rollos de cuero y de pergamino semejantes a los descubiertos en 1947, cerca de Qumran, a orillas del mar Muerto, y que tanta celebridad alcanzaron.
"El valor científico de esos hallazgos es inmenso", declara Yadin.
"Pero por grande que sea su importancia, Masadá es, ante todo y por encima de todo, un símbolo. Representa el tesón heroico de unos pocos ,contra muchos, de los débiles contra los fuertes; el postrer combate de los que prefirieron la muerte a la esclavitud y la sumisión oprobiosa".
Todos los años millares de jóvenes israelíes suben a la cima de Masadá en solemne peregrinación. Allí, en una ceremonia nocturna alumbrada por el rojizo flamear de antorchas, los reclutas israelíes juran la bandera a la voz de "¡Masadá no volverá a caer!" Porque Masadá es un santuario donde se rinde culto a la independencia y al heroísmo; es un símbolo augusto para los amantes de la libertad en toda la redondez de la Tierra

domingo, 29 de noviembre de 2015

PABLO BURGESS- FIEL AL LLAMAMIENTO DIVINO Por Anna Marie Dahiquist

 FIEL AL LLAMAMIENTO DIVINO
Por Anna Marie Dahiquist
Capítulo once
En la Cárcel
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Los misioneros sentían renovadas sus fuerzas, pero la situación internacional había empeorado. Incluso la familia de Pablo fue afectada, pues el esposo de Anita, su hermana, murió en el frente de batalla, al otro lado del Atlántico. 
 Fallecieron también en la guerra varios compañeros de estudio, un primo llamado Alberto Hertz; y quince jóvenes de la congregación alemana de Quezaltenango fueron llama­dos a filas y a batalla en ultramar.
"Ya estamos cansados de la guerra," escribió Pablo en sus apuntes.
Al poco tiempo, Guatemala rompió relaciones diplomáti­cas con Alemania, y reclutó tropas para enviarlas a la fron­tera mexicana. Alemania procuraba que México se pusiera de su lado.
Pablo estaba dedicando una capilla nueva en el frío pueblo de Sija, cuando entraron unos policías, agarraron a dos jóvenes que hasta entonces se habían escondido, y los reclu­taron en el instante.
¡Cómo había sufrido la iglesia de Sija! Primero había sido azotada por la persecusión religiosa; y ahora, cuando los creyentes al fin habían logrado construir una capilla propia, el pueblo quedaba reducido a mujeres y niños indefensos. ¿Quiénes se encargarían de trabajar en las siembras y las cosechas?
—¿Cuándo se acabará este militarismo alemán?— se pre­guntaba Pablo una y otra vez.
—¡Tanto dolor que han causado los alemanes!— agregó Dora. —Sin embargo, tengo muchas amigas alemanas; y seguirán siendo mis amigas, pase lo que pase.
—¡Bravo! Sigue invitándolas a tomar té. Yo seguiré predi­cando en los servicios en alemán. Debemos ser fieles a nues­tras responsabilidades, aunque no sea popular tener amis­tad con ellos— replicó Pablo.
Tenían muchos amigos alemanes. Uno de ellos vivía en una enorme mansión sobre una colina; tenía quince sirvien­tes solo para la casa, y empleaba a mil hombres para traba­jar en sus sembríos de café. Sin embargo, Pablo decía que no se sentía inferior al finquero, pues le había ganado en ajedrez.
Pero no todos los alemanes eran amigables. Cierto día, se había ido a trabajar en la finca El -Reposo. Se fue a pie. Había dejado de viajar a caballo, desde que se dio cuenta de que al ir a pie tenía más oportunidades para evangelizar en el camino.
Como a mediodía Pablo llegó a la finca. Se acercó con cautela a la puerta de hierro. Una mujer delgada, de largas trenzas, le abrió la puerta.
Cuando la señora se enteró del propósito que traía al misionero, sonrió y dijo: —¡Yo conozco a esa familia! Yo también soy creyente. Pero le advierto que el patrón es muy raro, y que no le gustan las visitas. Pase usted adelante.
Pablo la siguió hasta la casa de hacienda. Dos inmensos perros salieron ladrando furiosamente, seguidos por un hombre corpulento y rubio.
—¿Y quién es usted?— preguntó a gritos el dueño de la finca.
—Pablo Burgess, a sus órdenes.
—Hablaremos después de que yo almuerce,— dijo el fin­quero bruscamente. Con eso cerró la puerta, dejando al misionero afuera. La brisa le traía el aroma de la carne asada y del pan recién horneado. ¡Claro! Era la hora del almuerzo, pero era obvio que no se le iba a ofrecer nada.
Pasado un buen rato, el finquero se asomó de nuevo, pre­guntando ásperamente: —Y bien, ¿qué quiere?
—Quisiera pedir permiso para tener un servicio para los evangélicos— respondió Pablo en alemán.
—El finquero frunció el ceño. —La religión católica es mala, pero la protestante es peor. ¿Sabe usted cuál es la religión nuestra? Es el trabajo. No se permite nada de música ni de bulla.
—Pero la gente tiene derecho de adorar a Dios. No pueden estar trabajando todo el tiempo. ¿No cree usted que tienen alma?
El hombre se puso furioso. —Si tienen almas, ¡que las salven por medio del trabajo! No le permitiré ni siquiera que eleve una oración en sus chozas. ¡Fuera!
Pablo retrocedió, y consideró que era mejor retirarse. —Desde luego, señor. Esta finca es suya. Buenas tardes._
Saliendo de la finca, el misionero se encaminó hacia el pueblo más cercano. Casi podía saborear las tortillas calien­tos y la deliciosa carne de venado que se vendía en un pequeño comedor allí. Pero antes de que llegara al pueblo, un grupo de soldados armados le salió al paso.
—¡Usted está detenido! le dijeron, secamente.
—¿Por qué?— preguntó Pablo, procurando reponerse de la sorpresa.
—El dueño de El Reposo nos telegrafió. Lo acusa de ser un norteamericano subversivo, que trata de soliviantar a su gente.
Pablo no tuvo más remedio que seguir a los soldados. Después de varias horas de camino llegaron a la cárcel mili­tar. El misionero miró su reloj. Eran las cuatro de la tarde, y no había probado bocado desde el desayuno.
—El teniente se fue a Coatepeque a reparar su sable,— le explicó un soldado. —Usted tendrá que pasar la noche aquí, y mañana puede presentarle su caso. A ver qué hace con usted.
Cansado, Pablo se puso de cuclillas en el patio, y sacó del bolsillo su Nuevo Testamento.
Al poco rato, un grupo de presos y de soldados se le acercó, preguntándole con curiosidad: —¿Qué libro es ese?
—Es el evangelio de Cristo— respondió el misionero. —Permítanme contarles acerca de El.
Con eso, el misionero pasó dos horas hablándoles del evangelio. Hasta se olvidó del hambre que traía. Por fin los hombres dejaron de hacerle preguntas, y se retiraron.
`Pablo se sentía a punto de desmayarse. —¿Hay algo para comer?— le preguntó a un soldado delgado y nervioso.
—Esa anciana vende comida— dijo el guarda, señalando hacia una mujer encorvada; —si es que usted tiene dinero con qué comprar.
Pablo se sentía mareado. Haciendo un esfuerzo se acercó a la mujer. Ella le sirvió, en una hoja de banano, un poco de yuca hervida. Luego lavó una taza mugrienta en una palan­gana de agua turbia, y le sirvió café negro y espeso.

Era lo único disponible, así que Pablo tuvo que confor­marse.
Para cuando terminó de comer, el sol ya se había puesto. Los presos fueron llevados a un cuarto grande y sin venta­nas, para que pasaran la noche. El piso estaba húmedo, y olía mal. No había camas.
Pablo se acostó en el suelo. Tenía la mente turbada. Sesentía confuso. Aquel finquero se había portado muy mal. Por un breve momento le dieron ganas de reunir a los solda­dos y marchar hacia El Reposo para demandar, en nombre de la ley, que el dueño respetara la libertad de culto de los trabajadores.
No obstante, Pablo sabía que nunca lograría nada si tra­taba de vengarse. Sabía que, más bien, debía perdonar al finquero, de la manera como Cristo perdonó a Sus verdugos. Mientras daba vueltas sobre el piso, oró en silencio: "Perdó­nanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Oh, Señor, yo sí perdono al finquero."
No podía dormir; el piso estaba demasiado húmedo. Entonces se dio cuenta de que se le acercaba alguien que olía a aguardiente. ¿Quién sería? ¿Algún despiadado criminal?
—Yo ... yo eshtoy aquí por eshtar borrasho— explicó el hombre con palabras entrecortadas. —No sé por qué eshtá usted aquí, pero veo que no tiene chamarra. Mire, usted puede acoshtarse shobre eshte coshtal que tengo aquí.
—Gracias— murmuró Pablo. —Que Dios le bendiga, amigo.
Con el saco de cáñamo entre su cuerpo y el suelo, Pablo no sentía tanto la humedad; pero ni aun así podía dormir. Miles de pulgas le picaban, y tenía comezón en todo el cuerpo. Parecía que nunca amanecería.
Por fin llegó el amanecer, y también el teniente. Cuando éste se enteró de lo ocurrido, sus negros ojos ardieron en cólera. —¡Esos alemanes creen que Guatemala les pertenece! dijo furioso. —Usted puede salir libre, si promete regresar directamente a Quezaltenango.
Unas semanas más tarde, Pablo estaba conversando en su casa con un amigo. —De paso,— comentó el amigo, —hay un finquero alemán que han puesto preso aquí en la cárcel de Quezaltenango.
—¿Quién es?— preguntó Pablo.
—Es el dueño de la finca El Reposo. Dicen que insultó a un sargento, y que le dio de bofetadas; así que lo trajeron acá a Quezaltenango, y lo encarcelaron.
—Pobre de él; debe tener hambre— dijo Pablo pensativo. Me acuerdo de cómo me sentí yo en la cárcel.
Cuando el amigó se despidió Pablo fue a la cocina. —Dora— dijo, —¿Dónde está aquel pudín de arroz tan deli‑cioso que hiciste? Tengo a un conocido en la cárcel, y quiero llevarle un poco.
El finquero, brusco como siempre, aceptó el pudín sin la menor seña de agradecimiento. El misionero dio media vuelta pora volver a su casa. De pronto, le sobrevino un presentimiento. ¿Cuántas veces estaría él preso detrás de paredes como aquellas? Recordó que Jesús había prometido que todo el que quisiera ser fiel al llamamiento divino, enfrentaría persecusión y sufrimientos.
  Jueves, 16 de junio de 2016

UNA MUJER EN SHANGRI-LA - -2 Guerra Mundial Por Margaret Hastings

 47 días en el misterioso valle escondido..
UNA MUJER EN SHANGRI-LA 
Condensado de un artículo especial del I nternational News Servixe
Por MARGARET HASTINGS
Cabo del cuerpo auxiliar femenino del ejército de los Estados Unidos
En colaboración con Inez Robb
 Febrero 1946
 -- Fragmento final--
NO ENCONTRAMOS en el valle indicio alguno de que los indígenas tuviesen religión. No había ídolos ni altares. «Su religión es el amor a la humanidad» , dijo una vez el capitán Walters. Éste, creo yo, es el más elocuente tributo que puede rendirse a la bondad de esa gente sencilla.
Llegó, por fin, la notificación que estábamos esperando. Un deslizador nos sacaría de Shangri-La remolcado por un avión de' transporte C-47 al que daban el apodo de Leaking Louise. El jueves, 28 de junio, el deslizador descendió graciosamente al valle y fue a situarse en la zona de arranque. Ya estábamos todos allí antes de que el piloto, teniente Henry E. Paver, tuviera tiempo de salir del deshzador.
—Este expreso sale de aquí dentro de 30 minutos —nos anunció.
—¡Treinta minutos! —exclamé —¡Y yo que ni siquiera he empacado! Corrimos a las tiendas para recoger apresuradamente las hachas de piedra, los arcos y las flechas que habíamos comprado coo recuerdo de nuestra estancia en Shangri-La. El C-47 daba vueltas en el aire esperando el momento de arrastrar el deslizador y ponerlo en el aire.
LOS INDíGENAS comprendieron que nos marchábamos. Al decirles adiós, vimos que en ésta, como en la otra despedida, el llanto asomaba  a sus ojos. Yo sabía que iba a perder para siempre a quienes consideraba como unos de los mejores y más nobles amigos que jamás he tenido. Un nudo me oprimía la garganta, y sólo con gran esfuerzo acerté a dominar mi emoción. Muy claro se veía que McCollom y Decker estaban sintiendo lo mismo y que, como yo, luchaban por sobreponerse a sí mismos.
—No se afanen si el cable de remolque se revienta en la primera intentona — nos advirtió Paver con la evidente intención de darnos ánimo.
—¿Y qué pasa si se revienta? — preguntó McCollom.
—Bueno ... el ejército me tiene asegurado a mí por 10.000 dólares—fue la respuesta de Paver.
Oprimí nerviosamente mi rosario. ¿Habríamos sobrevivido al horrible desastre del avión y a tantos azares, penalidades y dolencias, sólo para perecer cuando ya la salvación estaba tan cerca? El C-47 descendió hacia nosotros con los motores en marcha. Yo sentí que la sangre se me helaba en las venas. El deslizador fue conectado al remolque... Un violento tirón, y empezamos a correr velozmente por la zona de arranque. Un segundo después habíamos despegado y estábamos ascendiendo. Pasamos rozando la copa de un árbol, y yo instintivamente me eché hacia atrás horrorizada. Sólo más tarde supe cuán cerca estuvimos de otro .trágico percance. El cable de remolque,: al pasar trabajosamente por entre los espesos árboles, había aminorado la velocidad del Louise hasta 168 kilómetros por hora, lo cual, a esa altura, es muy peligroso para un avión de su tamaño,., El mayor Samuels, que iba a cargo de los controles, logró mantenerlo volando, pero según nos confesó después, el riesgo en que estuvimos fue gravísimo. Cuando por tal proeza se solicitó para él la Cruz de Vuelo Distinguido, exclamó con toda la sinceridad de que era capaz: «¡No volvería, a repetir aquello ni por una docena de Cruces!» De pronto notamos un golpeteo rítmico y constante en el fondo del deslizador. Sucedía que habíamos levantado uno de los grandes paracaídas de carga que iban allí, y éste daba contra la frágil armadura del deslizador. Aquel golpear incesante abrió una grieta que fue agrandándose hasta convertirse en una hendedura de casi 6o centímetros que abarcaba todo el ancho' del 0.2slizador. Con sólo inclinarnos, veíamos a través de aquel boquete 'Íodo el paisaje sobre el cual íbamos volando. Era algo que acababa de ponernos los nervios en tensión. Nos tomó solamente 90 minutos volar desde Shangri-La hasta Hollandia, pero confieso que a mí me parecieron 90 horas. Al fin Paver logró que el averiado deslizador hiciera un aterrizaje perfecto, y yo salté a tierra 47 días después de haber salido para un vuelo de rutina que debía durar 4 horas. Cuando avanzábamos en grupo hacia la fila de los fotógrafos que nos disparaban fogonazo tras fogonazo, me apreté instintivamente contra McCollom y Decker como en busca de amparo. Comprendí, entonces, mejor que nunca, cuán enorme fortuna había sido para mí el pasar aquellas adversas horas de mi vida en compañía de dos hombres así. Cada uno de ellos había sufrido — el uno moral y el otro materialmente — mucho más que yo. McCollom dejaba en aquel lejano peñasco al ser que más quería. A Decker se le esperaba largas semanas de hospitalización a causa de sus muchas heridas. Pensé entonces, con honda gratitud, en el capitán Walters y sus paracaidistas filipinos que estaban aún en Shangri-La. Y al alejarme del deslizador para empezar de nuevo mi vida de antes, surgió en mi corazón el recuerdo de las veinte cruces y la estrella de David, agrupadas en el solitario rincón salvaje de la montaña... Sólo entonces logré dar rienda suelta a mis lágrimas.Selecciones del Reader´s Digest 

domingo, 25 de diciembre de 2016

UN COLLAR DE TURQUESAS EN NAVIDAD Por Fulton Oursler 1952

UN COLLAR DE TURQUESAS

Por Fulton Oursler

1952
 EL HOMBRE mas triste y solitario del pueblo era sin duda Pedro Richards aquel día en que Juanita Grace entró en su tienda.
Algo de lo que voy a contar lo leyeron ustedes probablemente en los periódicos a poco de ocurrir el incidente, mas no supieron su nombre ni el de ella porque la prensa no los publicó, ni contó tampoco la historia completa como yo la voy a relatar aquí.
Aquel pequeño comercio de curiosidades lo había heredado Pedro de su abuelo. El pequeño escaparate con vidriera a la calle estaba atestado de cosas antiguas en pintoresco desorden: brazaletes y relicarios que estuvieron de moda por allá en los tiempos de Maricastaña; anillos de oro y cajas de plata labrada; estatuillas de jade y de marfil; pastorcitos y damiselas de porcelana.
En aquella tarde invernal hallabase allí una niña con la frente pegada a los cristales; la atenta mirada de sus grandes ojos examinaba cada uno de aquellos tesoros de desecho como si buscara algo muy especial.
Por fin se decidió y con aire satisfecho entró en la tienda. El umbrío interior estaba aún más atestado que el escaparate. Los estantes estaban colmados de cofres y joyeros, pistolas de duelo, relojes y lámparas; y por el suelo yacían morrllos de chimenea, mandolinas, e infinidad de cosas.cuyos nombres no sería fácil saber.
Detrás del mostrador estaba Pedro en persona: hombre no mayor de 30 años aunque sus cabellos ya habían comenzado a blanquear, con gesto desapacible contempló a la pequeña parroquiana que apoyaba las manecitas desenguantadas sobre el mostrador. 
—Señor—comenzó la niña—¿ quisiera usted hacer el favor de mostrarme esa sarta de cuentas azules que hay en el escaparate?
Pedro apartó las cortinas y alzó el collar. Las turquesas brillaron con azulados destellos sobre la palidez de la mano que extendía  la joya  para  enseñársela a la chiquilla.
—¡Son perfectas!—dijo ella para sí. Y luego en voz alta—: Tenga la bondad de envolvérmelas en un pa‑ quetito, pero muy lindo.
Pedro la examinó con su dura mirada.
—¿Para quién las compras?
—Son para mi hermana mayor. Ella es quien ve por mí. Verá usted, ésta es la primera Navidad que
pasamos desde que murió mamá, y me he propuesto buscar el más lindo regalo que pueda encontrar para mi  hermana.
—¿Cuánto dinero traes?—le preguntó Pedro cauteloso.
Ella había estado desatando rápidamente los nudos de un pañuelo y ahora vertió sobre el mostrador un puñado de céntimos.
—Rompí mi alcancía—explicó.
Pedro la miró pensativo. Retiró el collar cuidadosamente. La niña no había visto el precio marcado en la etiqueta. ¿Cómo se lo diría ? La confianza reflejada en esos ojos azules removía en él el dolor de una vieja herida.
—Espera un momento—le dijo, y se fue a la trastienda. Parecía muy ocupado en algo, porque apenas vol­viendo la cabeza le preguntó:
— ¿ Cómo te llamas?
—Juanita Grace.
Cuando volvió donde Juanita es­peraba, traía en la mano un paquete envuelto en hermoso papel escarlata, atado con un lazo de cinta verde.
—Aquí tienes—le dijo alargándo­selo—. Y cuidado no lo pierdas en el camino.
Juanita le sonrió alegremente y salió de la tienda corriendo. A través de la vidriera Pedro la vio marchar mientras llegaban a su mente en tropel los tristes recuerdos. Juanita Grace y su collar se le habían metido muy adentro y le habían removido una pena que no se dejaba sepultar en el olvido. Los cabellos de aquella niña eran rubios  como el trigo maduro;sus ojos azules como el azul del mar; y cierta vez, no hacía mucho tiempo, Pedro había andado enamorado de una muchacha que tenía el cabello así, rubio, y los ojos así, azules ... Y el collar de turquesas lo tenía destinado para ella.
Pero llegó una noche lluviosa ... un camión que patina sobre el pavi­mento resbaladizo . . . una vida que dasaparece ... y con ella una ilusión que se destroza.
Desde entonces Pedro Richards vivió entregado a su dolor en la sole­dad. Se mostraba atento y comedido con la clientela, pero después de las horas de trabajo su mundo quedabase completamente vacío. 
Trataba de olvidar sumergiéndose en una bruma de compasión de sí mismo que se  espesaba  cada día más.Los ojos azules ojos de Juanita Grace despertaron en él el recuerdo punzante lo que había perdido. El dolor que esto le produjo le hizo esquivar la garrulería de los compradores de esos  días de fiesta. En los diez días que siguieron, las ventas fueron buenass. Mujeres parlanchinas invadían la tienda, examinaban baratijas y regateaban. Cuando el último parroquiano hubo salido, ya tarde de la noche  la víspera de Navidad, Pedro dió, un suspiro. Había pasado la batahola de aquel año. Pero para él la noche no había terminado.
Se abrió la puerta y entró una joven apresuradamente. Con inexplicable sobresalto Pedro se dio cuenta de que él conocía esa cara, , pero no sabía en dónde ni cuándo la había visto antes.
Tenía el cabello dorado como el trigo maduro y los grandes ojos azules. Sacó de la bolsa  unpaquete medio desenvuelto, de papel escarlata y lazo de cinta verde. Otra  vez la sarta de cuentas azules brilló sobre el mostrador.—¿Fue esto comprado aquí? —preguntó.
—Sí; en efecto—respondió Pedro con voz suave.
—¿Y las piedras ... son legítimas?
—Sí: no de muy alta calidad, pero son finas.
—¿Puede usted recordar a quién se las vendió?
—A una pequeña que dijo lla­marse Juanita.
—¿Cuánto valen?
—El precio—respondió Pedro en tono solemne—es cosa confidencial entre vendedor y comprador.
—Pero es que Juanita nunca ha dispuesto más que de unos cuantos céntimos para sus compras. ¿Cómo pudo pagarle a usted?
—Me pagó el precio más alto que nadie hubiera podido ofrecer por ellas: me dio cuanto tenía.
Pedro arreglaba de nuevo el vis­toso papel escarlata y hacía otra vez el paquetito.
Se hizo un silencio que llenó la pequeña tienda de curiosidades. En alguna torre lejana una campana comenzó a tañer. El tañido del es­quilón distante, el paquetito sobre el mostrador, el interrogante abierto en los ojos de la muchacha y el senti­miento extraño de renovación que pugnaba ilógico en el corazón del hombre.
todo aquello tomaba forma gracias al amor de una niña.
—¿Pero qué lo indujo a usted a hacer eso?
El tomó el regalo y se lo ofreció.
—Ya estamos en los albores de la Navidad—dijo—y por mi desgracia no tengo a quién hacerle un regalo. ¿No me permitiría usted acompa­ñarla hasta su casa para desearle una Nochebuena muy feliz?
Y así, al clamor de muchas cam­panas y en medio de alegre multi­tud, Pedro Richards, acompañado de una muchacha cuyo nombre aún no sabía, entró por el amanecer de ese gran día que a todos nos llena de esperanza.
 Miércoles, 6 de abril de 2016

UN SERMON NUNCA OIDO 2 Guerra Mundfial -- Por A. J. Cronin

Un Sermón Nunca Oído
Por
A. J. Cronin
Autor de «Los astros miran Hacia abajo», «La ciudadela», y otras obras.

¡Hoy he ido a la iglesia! Singular excursión ésta mía, emprendida con espíritu puramente mundano, y a la cual debo, sin embargo, la emoción religiosa más honda de cuantas experimenté en la vida.
Muchos son los templos que me ha tocado conocer: las solemnes catedrales de Chartres y de Reims, el santuario donde veneran a la Virgen de Montserrat, el famoso templo de Jain en Calcuta... De todos ellos difería esta capillita fabricada de tablones de pino olorosos aún a resina; colgada, como un nido, en los nevados riscos de los Alpes.
Allí, en esas límpidas alturas donde el aire sereno y puro nos lava el pecho; donde la hermosura resplandeciente de cielos y nieves nos deslumbra, tenemos, por fuerza, que irnos desprendiendo de la escoria de la vida; que sentir que nos hallamos en los umbrales de lo infinito.
Los .fieles eran en su mayoría campesinos: gente de franco y claro mirar, robusta, laboriosa, como la que habita en este cantón de la Suiza alemana. Vestían los hombres trajes de burdo paño oscuro. Por entre el cuello de las chaquetas, de forma en nada parecida a la corriente, asomaba la piel tostada de gargantas y nucas. No abundaban las galas en el atavío de las mujeres: tal cual tocado de encaje o el bordado chal que es, para su poseedora, todo un tesoro. El pañuelo rojo que lucía un chicuelo daba vívida nota de encendido color, que parecía llenar, iluminándolo, el recinto entero.
Las ceremonias del culto, por serme harto conocidas, no hubieran podido causar en mí la menor impresión de novedad; aunque acaso había en ellas mayor sencillez, más penetrante y comunicativa piedad. Como quiera que fuese, percibía yo extraña inmanencia;misteriosa expectación que, como eléctrico flúido, vibraba, pronta a manifestarse, en el aire.
Así llegó la hora del sermón. En tanto que los fieles, al sentarse, hacían crujir bancos y ropas, mi acompañante me dirigió rápida mirada, con la cual se disculpaba al par que me compadecía. Era él un inglés de edad madura, de natural reservado. Fué paciente mío en Londres, y se hallaba ahora tomando la cura de los tuberculosos en el heilanstalt de la aldea. Entendía y hablaba con soltura el alemán, lengua de la cual no se me alcanzaba a mí una sola palabra. Y aquella miradita suya lanzada al soslayo acababa de darme a entender que yo, por culpa de mi ignorancia, me hallaba condenado a sufrir por espacio de una hora la impaciencia consiguiente a oír predicar en un idioma que resultaba, para mí, tan enrevesado como ininteligible.
Con todo, cuando el predicador, ya en el púlpito, abarcaba a sus feligreses con la mirada, experimenté de nuevo aquella expectativa inexplicable. Había mucho que se impusiera a la atención en la reposada figura de ese sacerdote. Morena y pálida la tez, negro el cabello, corta la estatura, pero recio y fornido el busto que cubría la blanca sobrepelliz. En el vigor de la madurez, pues no contaría mucho más de treinta años, poseía un semblante que respiraba nobleza, y en el cual brillaba, segura y magnética, la mirada. En su continente, reservado al par que fervoroso, percibíase una humildad llena de decoro. La voz con que pronunció las palabras que habían de servirle de texto, contenida y a un tiempo mismo resonante, llenó el estrecho ámbito de la capillita y volvió, devuelta por el eco, desde arriba. Dicho el texto, después de una pausa durante la cual permaneció inmóvil, empezó a predicar en aquel idioma que yo no entendía.
He oído en mis días más de un sermón. En los últimos tiempos, y en particular en Inglaterra, he acabado por huir de los tímidos balidos de esos predicadores que, atentos a no comprometerse, proscriben de sus sermones cuanto pueda rozarse con las realidades que rodean al hombre contemporáneo. El predicador que me tocaba escuchar ahora pertenecía al parecer a otra casta; difería de aquéllos tanto como el acero de fino temple pueda diferir de la hojalata. A medida que iba adelantando en el sermón, pese a no entender nada de su contenido, me sentía bajo el influjo de mística, extraordinaria fascinación. Logré distinguir una palabra: Christus; y luego otra: Fuehrer. Entonces, como por ensalmo, cambió la,escena: dejé de ver la capillita y a los fieles en ella congregados. Vi súbitamente, con penetrante claridad, los pueblos de la tierra toda, y la pestilencia que los aflige. Vi las poderosas naciones totalitarias dominadas por una sola, voluntad, regidas por una sola mano, atentas a una sola voz; en las cuales se endiosa la doctrina que pide sangre y se glorifica el acero que la derrama. Vi las grandes democracias del mundo entregadas a la molicie, celosas de sus vastos dominios, sobresaltadas ante el temor de que la zarpa de algún vándalo llegase a arrebatarles cuanto amontonaron.Vi, además, niños en quienes inculcan desde.la cuna la arrogancia y el odio; a quienes enseñan, cuando apenas saben andar, a marcar el paso; a los cuales les dan un fusil como el juguete más preciado. Y vi también la mitad de la riqueza del mundo sepultada, como cadáver amarillo, en sótanos que antes que depósitos de caudales parecen tumbas; y el trigo que por miles y miles de sacos arrojaban a las llamas en una parte del planeta, en tanto que en otra miles y miles de bocas hambrientas clamaban por un pan; y las muchedumbres dolientes, las trágicas muchedumbres presas de terror, que surgían dondequiera, que corrían, vagando de un lado a otro, en busca de asilo; y los que se hundían, en busca de momentáneo olvido, en los placeres; y los que, ávidos de bienes materiales, pugnaban afanosos por conseguirlos... ¡Todo eso lo vi! Y por encima de todo eso, en medio del tintinear sonoro de las monedas y del estruendo de la música sincopada, vi alzarse la faz lívida del insomne miedo, el espectro amenazador de la catástrofe a que este mismo mundo se condena.
Visión fué la mía que helaba la sangre. Esta tierra en que habitamos, tan hermosa, tan fecunda, tan rebosante de dones, lacerada de polo a polo por el odio, por la agresión, por la crueldad brutal que, de no haber quien les salga al paso, llevarán ciertamente a la civilización a su última ruina. ¡Y decirnos que no hace siquiera un cuarto de siglo hubo nueve millones de hombres, lo más granado de la humanidad, que ofrendaron sus vidas por salvarla!
Acongojado por tal recuerdo, el ánimo no pudo menos de hacerse esta interrogación acerba: ¿Por qué, en nombre de cuanto haya de sensato y de generoso, por qué ha de sobrevenir tan horrenda catástrofe?
Aunque no fuese nueva, la pregunta me hería con renovado, implacable vigor.
Ofreciéronse en esto a la mente, ,y cruzaron en veloz huida, las explicaciones que el ingenio humano ha dado para contestarla: el imperativo económico, las alternativas de auge y de postración en los negocios, el paro forzoso, y así de lo demás; la grandeza y decadencia de las naciones, la supervivencia de los más aptos, en fin, toda la retahíla. Pero, ¡qué vacuo, qué inútil parecía todo ello!
Porque era claro, meridianamente claro, que la única razón, la cierta, la fundamental, era otra: Los hombres se han olvidado de Dios. Millones de los que viven ahora sobre la haz de la tierra por El creada están sordos y ciegos, están, en verdad, muertos al conocimiento de su Creador. Para número incontable, Dios no es sino un mito; para otros, una creencia heredada a la cual deben rendirle culto, y se lo rinden, de labios afuera. Quiénes se acuerdan de Dios únicamente cuando necesitan poner a alguien por testigo; quiénes tan sólo para invocarlo con untuosa hipocresía.
Sí; ésta era la verdad limpia y desnuda: dioses falsos, tan abominables como el Becerro de Oro de hace siglos, reciben ahora culto en la cristiandad que, olvidada de Cristo, les erige altares; un espíritu pagano sopla sobre el mundo; abundan quienes, al oír mencionar el nombre de Cristo, sonríen con indulgencia, cuando no con desprecio.Mas he aquí que, mientras que buscan con afán al caudillo, al guía, al conductor, no se acuerdan del único a quien le es dado guiar al mundo y conducirlo y salvarlo. Ahí, olvidada en la loca búsqueda de nuevos sistemas y flamantes filosofías, está la sola doctrina que encierra la salvación. Y no es difícil de entender; ni tampoco es difícil observarla. Es hermosa y sencilla. Nos pide sólo que vivamos bien ante Dios y ante los hombres; que amemos a nuestro prójimo y no codiciemos sus bienes; que seamos tolerantes, caritativos, humildes; que recordemos siempre que la Vida, según la abarca nuestro conocimiento, es apenas instante fugacísimo de la Eternidad.
¡Ah! ¡que no corra de nuevo sobre el mundo un soplo como aquel que lo inflamaba durante las cruzadas! ¡que no nos sea dable ver de nuevo cómo redivivos soldados de la Cruz, yendo de clima en clima, despliegan triunfadora la olvidada bandera del místico Rey! ¡que no veamos crecer de más en más el número de los discípulos de Cristo que, encendidos en militante fe, dan de mano lo innocuo para buscar lo eficaz, se desentienden de lo prudente para obrar conforme a lo necesario! ¡ahl ¡que no crezca el número de los que en hallando desierto el templo, antes que permanecer dentro de él orando por los descarriados, se fuesen en su busca y los trajesen y los persuadiesen a orar! ¡Entonces, entonces sanaría el mundo de su locura; entonces volvería la pobre, la descarriada, la triste y dolorosa humanidad a levantar a Dios los corazones!
Como quien despertara de súbito de un sueño, sentí que el fluir de mis ideas quedaba bruscamente interrumpido; experimenté casi la impresión material de que acababa de volver, quién sabe de dónde, a la realidad que me circundaba. Coincidía esto con el momento en que el predicador terminaba de hablar.
Pasamos del ambiente de la capillita a la amplitud luminosa de aquel día de invierno en que brillaba el sol en un cielo sin nubes. Mientras que íbamos camino de la aldea, le referí a mi acompañante, punto por punto, aquellas imaginaciones a que me había entregado durante el sermón. Advertí que, al oírme, mostraba cada vez mayor asombro. Cuando hube concluido, quedóse mirándome de hito en hito, atónito, y me dijo:
— ¿Lo creerá usted? Todo eso, palabra por palabra, es lo mismo que dijo el predicador.

Jueves, 5 de noviembre de 2015

CAP 14 50 AÑOS EN ROMA

 50 AÑOS EN LA IGLESIA DE ROMA
CHARLES CHINIQUY
CAP 14
Si yo escribiera todos los trucos ingeniosos, las mentiras piadosas y perversiones de la Palabra de Dios usados para seducir a las pobres víctimas a meterse en la trampa del celibato perpetuo, necesitaría diez tomos grandes en lugar de un capítulo corto.
El Papa lleva a su víctima a la cumbre de un monte alto y ahí le muestra todos los honores, alabanza, riquezas, paz y gozo de este mundo, además el trono más glorioso del cielo y luego le dice: —Todas estas cosas te daré si postrándote a mis pies me prometes sumisión absoluta y juras a nunca casarte para servirme mejor.
¿Quién puede desechar cosas tan gloriosas? Pero las desgraciadas víctimas a veces tienen presentimientos de las terribles miserias que les esperan.
Acercándose a la hora fatal de ese voto impío, las víctimas juveniles frecuentemente sienten su corazón desmayar de terror. Con las mejillas pálidas, labios temblorosos y con sudor frío, preguntan a sus superiores: —¿Será posible que nuestro Dios misericordioso requiera de nosotros semejante sacrificio?
¡Ay! ¡Cómo se vuelven elocuentes los sacerdotes despiadados en pintar al celibato como el único camino seguro al cielo o en mostrar los fuegos eternos del infierno preparados para recibir a los cobardes y traidores que después de haber puesto su mano al arado del celibato, miran hacia atrás! Los inundan con mil mentiras piadosas acerca de los milagros hecho por Cristo a favor de sus vírgenes y sacerdotes. Les hechizan por numerosos textos de las Escrituras, aunque no tienen la más mínima referencia a semejantes votos.
El más extraño de esos abusos se hace usando Mateo 19:12: “Pues hay eunucos que nacieron así desde el vientre de su madre y hay eunucos que son hechos por los hombres y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que sea capaz de recibir esto que lo reciba.”
En una ocasión, nuestro superior hizo un llamamiento muy urgente a nuestros sentimientos usando este texto. Pero el discurso aunque entusiasta, parecía deficiente de lógica. En la siguiente conferencia, después de pedir respetuosamente y obtener permiso para expresar nuestras objeciones, hablé de la siguiente manera:
—Querido y venerable señor, usted nos dijo que las palabras de Cristo, “Hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos.” nos muestra que tenemos que hacer el voto de celibato y hacernos eunucos si queremos llegar a ser sacerdotes. Nos parece que este texto en ninguna manera prueba que un eunuco esté más cerca del reino de Dios que aquel que obedece las leyes de Dios. Si no era bueno para el hombre estar sin esposa cuando era tan santo y fuerte en el huerto del Edén, ¿Cómo puede ser bueno ahora que está tan débil y pecaminoso?
—Nuestro Salvador muestra claramente que él no encuentra ningún poder santificador en el estado de eunuco. Cuando el joven rico le preguntó: “Buen Maestro, ¿Qué debo hacer para tener la vida eterna?” ¿Acaso le contestó el Buen Maestro en el lenguaje que oímos de usted hace dos días? ¡No! Le dijo: “Guarda los mandamientos”. ¿No diría lo mismo a mí también?
¿Dónde está el mandamiento en el Antiguo o el Nuevo Testamento que manda a hacer el voto de celibato? Cristo nunca menciona esa doctrina. ¿Cómo podemos entender las razones o la importancia de una obligación tan estricta y antinatural en nuestros días, cuando sabemos muy bien que los mismos santos apóstoles vivían con sus esposas y el Salvador nunca les reprendió por ello?
Esta libre expresión agarró desprevenido a nuestro superior. Me contestó: —¿Es todo lo que tienes que decir?
—No es todo lo que queremos decir, —respondí, —pero antes de seguir, agradeceríamos recibir de usted la luz que deseamos sobre las dificultades que acabo de manifestar.
—Has hablado como un verdadero hereje, —replicó el Sr. Leprohon con viveza desacostumbrada, —y si no esperara que hayas dicho estas cosas para recibir la luz, te denunciaría inmediatamente al obispo. Tú hablas de las Escrituras tal como hablaría un Protestante. Apelas a ellas como la única fuente de verdad y conocimiento Cristiano. Has olvidado las Santas Tradiciones cuya autoridad es igual a la de las Escrituras.
—Tienes razón en decir que la Biblia no impone los votos de celibato, pero lo encontramos en las Santas Tradiciones. El voto de celibato es ordenado por Jesucristo a través de su Iglesia. Las ordenanzas de la Iglesia comprometen a nuestras conciencias igual como los mandamientos de Dios dados en el monte Sinaí. No hay salvación para aquellos que no someten su razón a las enseñanzas de la Iglesia.
—No necesitas entender todas las razones por el voto de celibato, pero estás obligado a creer en su necesidad y santidad, puesto que la Iglesia ha pronunciado su veredicto sobre esa cuestión. No te corresponde discutir, porque tu deber es obedecer a la Iglesia así como los hijos sumisos obedecen a su madre benigna.
—Pero, ¿Quién puede dudar, cuando recordamos que Cristo ordenó a sus apóstoles a separarse de sus esposas? ¿No dijo San Pedro a nuestro Salvador, “He aquí, lo hemos dejado todo y te hemos seguido?” (Mateo 19:27) ¿No es el sacerdote el verdadero representante de Cristo en la tierra? En su ordenación, ¿No es el sacerdote hecho igual y en un sentido superior a Cristo? Porque cuando celebra la misa, él manda a Cristo y el mismo Hijo de Dios está obligado a obedecer. El tiene que bajar del cielo cada vez que el sacerdote le ordena. El sacerdote lo encierra en el sagrario o lo saca de ahí según su propia voluntad. Al llegar a ser sacerdotes, serán elevados a una dignidad más alto que la de los ángeles. El sacerdote tiene que levantarse a un grado de santidad mucho más alto que el nivel de la gente común, a una santidad igual a la de los ángeles. ¿No ha dicho nuestro Salvador, hablando de los ángeles: “No se casarán ni se darán en casamiento”? Puesto que los sacerdotes son mensajeros y ángeles de Dios en la tierra, ciertamente tienen que vestirse de santidad y pureza angelical.
—¿No dice San Pablo que la virginidad es superior al matrimonio? ¿No muestra este dicho del apóstol que el sacerdote, cuyas manos tocan diariamente el cuerpo divino y la sangre de Cristo, debe ser casto y puro, no contaminado por los deberes de la vida casada? Jesucristo a través de su santa Iglesia manda este voto a sus sacerdotes como el remedio más eficaz contra nuestra naturaleza corrupta.
—Gustosamente contestaré sus demás objeciones si tienen más, —dijo el Sr. Leprohon.
—Le agradecemos mucho sus respuestas, —le contesté, —y aprovecharemos su bondad para presentar algunas observaciones adicionales. Pero primero, gracias por aclarar que la Palabra de Dios no apoya a los votos de celibato, sino que solamente las tradiciones de la Iglesia dictan su necesidad y santidad. Nos parecía que usted deseaba que creyéramos que estaba fundado en las Santas Escrituras. Si nos permite, hablaremos de las tradiciones en otra ocasión y nos limitaremos hoy a los textos que usted mencionó a favor del celibato.
—Cuando Pedro dice: “Hemos dejado todo”, nos parece que no tenía la intención de decir que había abandonado para siempre a su esposa por medio de un voto. Porque San Pablo dice positivamente, después de muchos años, que Pedro todavía tenía a su esposa y que vivía con ella, no sólo en su casa, sino que viajaba con ella cuando predicaba el Evangelio. Las palabras de las Escrituras no pueden ser opacadas por alguna astuta explicación ni por ninguna tradición.
—Aunque usted ya sabe las palabras de Pablo sobre ese tema, permítame leerlas: “¿Acaso no tenemos derecho de comer y beber? ¿No tenemos derecho de traer con nosotros a una hermana por mujer como también los otros apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?” (I Cor. 9:4,5) Al decir San Pedro: “hemos dejado todo” no podría significar que nunca viviría con su esposa como hombre casado. Evidentemente las palabras de Pedro significan solamente que Jesús tenía el primer lugar en su corazón y que todo lo demás aun los objetos más queridos como su padre, madre y esposa eran secundarias en sus afectos y prioridades.
—El otro texto que mencionó acerca de los ángeles no parece referirse al tema. Cuando nuestro Salvador habla de hombres que son como los ángeles y que no se casan, se refiere al estado de los hombres después de la resurrección. Si la Iglesia tuviera la misma regla para nosotros no tendríamos ninguna objeción. Usted nos dice que el voto de celibato es el mejor remedio contra las inclinaciones de nuestra naturaleza corrupta. ¿No es extraño que Dios nos dice que el mejor remedio que El había preparado contra esas inclinaciones está en las bendiciones del santo matrimonio? (I Cor. 7:2) Pero ahora nuestra Iglesia ha encontrado otro remedio más de acuerdo a la dignidad del hombre y la santidad de Dios: el voto de celibato.
Nuestro venerable superior, ya no pudiendo ocultar su indignación, me interrumpió bruscamente diciendo: —Lamento sumamente el haberte dejado seguir hasta aquí. Esto no es una discusión Cristiana y humilde entre Levitas jóvenes y su superior para recibir de él la luz que desean. Es una exposición y defensa de las doctrinas más herejes que jamás he oído. ¿No te da vergüenza intentar hacernos preferir tu interpretación de las Santas Escrituras a la de la Iglesia? ¿Es a ti o a su santa Iglesia que Cristo prometió la luz del Espíritu Santo? ¿Eres tú quien enseñas a la Iglesia o la Iglesia tiene que enseñarte a ti? ¿Eres tú quien gobernarás y guiarás a la Iglesia o es la Iglesia quien te gobernará y te guiará a ti?
—Mi querido Chíniquy, si no hay un gran cambio muy pronto en ti y en los que pretendes representar, temo mucho por todos ustedes. Muestras un espíritu de infidelidad y rebelión que me asusta. ¡Igual como Lucifer, te rebelas contra el Señor! ¿No temas los dolores eternos de su rebelión?
—Estas apoyando un error Protestante cuando dices que los apóstoles vivían con sus esposas de la manera normal. Es verdad que Pablo dice que los apóstoles tenían mujeres con ellos y que aun viajaban con ellas. Pero las Santas Tradiciones de la Iglesia nos dicen que esas mujeres eran vírgenes santas que viajaban con los apóstoles para ministrar a sus varias necesidades, lavando su ropa interior y preparando sus comidas como las sirvientas que los sacerdotes ocupan hoy. Es una impiedad Protestante pensar o hablar de otra manera. Pero una palabra más y he terminado. Si ustedes aceptan la enseñanza de la Iglesia y se someten como hijos obedientes a esa Madre Santísima, ella les levantará a la dignidad del sacerdocio; a una dignidad mucho más arriba de reyes y emperadores en este mundo. Si la sirven con fidelidad, ella les asegurará el respeto y la veneración de todo el mundo mientras vivan y les procurará una corona de gloria en el cielo.
—Pero si rechazan sus doctrinas y persisten en sus opiniones rebeldes y escuchan a su propia razón engañosa en lugar de la Iglesia al interpretar las Santas Escrituras, se convertirán en herejes, apostatas y Protestantes. Llevarán una vida de deshonra en este mundo y serán perdidos por toda la eternidad.
Nuestro superior se salió inmediatamente después de estas palabras fulminantes. Después de su salida, algunos de los alumnos de teología se reían a carcajadas y me dieron las gracias por haber luchado tan valerosamente y ganado una victoria tan gloriosa; Pues, había confundido a mi superior, pulverizando todos sus argumentos. Dos de ellos, repugnados por la lógica absurda de nuestro superior, salieron del seminario pocos días después. Si yo hubiera escuchado a mi conciencia, hubiera salido del seminario el mismo día.
La razón me dijo que el voto de celibato era un pecado contra la lógica, la moral y contra Dios. Pero yo era un Católico-romano muy sincero. Más que nunca determiné no tener ni conocimiento, ni pensamiento, ni voluntad, ni luz ni deseos, sino solamente aquello que la Iglesia me daría a través de mi superior. ¡Yo era falible, ella era infalible! ¡Yo era pecador, ella era la esposa inmaculada de Jesucristo! ¡Yo era débil, ella tenía más poder que las grandes aguas del océano! ¡Yo no era más que un átomo, ella cubría al mundo con su gloria! Por tanto, ¿Qué podría temer en humillarme a sus pies, vivir su vida, fortalecerme con su fuerza, ser sabio con su sabiduría y santo con su santidad? ¿No me había dicho mi superior repetidamente que ningún error, ningún pecado me sería imputado mientras obedecía a mi Iglesia y andaba en sus caminos?
Con estos sentimientos de perfecto y profundo respeto por mi Iglesia, me consagré irrevocablemente a su servicio el 4 de mayo de 1832 al hacer el voto de celibato y aceptar el oficio de subdiácono.

Sábado, 9 de abril de 2016

EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE Cálculo fino HOMER PARDUE, Wasco, EE. UU.

 EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE
Recopilado por Alan Devoe
1946
Cálculo fino
  HOMER PARDUE, Wasco, EE. UU.
Chico, mi perro dálmata, me seguía como la sombra al cuerpo cuantas veces iba yo a darles un vistazo a las labores de la granja. El único modo de impedírselo, era dejarlo encadenado.
Hallándome un día en el papal, adonde, como de costumbre, me había seguido Chico, dio el perro una muestra de inteligencia que me dejó asombrado. Tenía yo en ese campo cincuenta y dos bocas de riego, todas las cuales habían quedado ocultas bajo tierra con las faenas del laboreo. Dar con ellas, no era nada fácil. El procedimiento que empleaba para hacerlo, consistía en contar unos treinta y dos pasos entre boca y boca, así que lograba acertar con la primera. De este modo iba encontrándolas, sin equivocarme más de un metro a lo sumo.
Embebido en lo que estaba haciendo, no había reparado en Chico. Pero, después de haber dado con unas siete bocas de riego, noté que el perro estaba escarbando afanosamente. Con gran sorpresa mía, el sitio donde se hallaba Chico quedaba precisamente encima de una de las
bocas. En cuanto la desenterró por completo, pegó el hocico al suelo y olfateando, se fue hasta la próxima, con la cual hizo lo mismo. Así, de una en otra, no paró mientras no hubo desenterrado las restantes.
Y lo bueno del caso es que lo hacía mejor que yo, porque, al buscarlas, acertaba con ellas sin equivocarse ni en un centímetro.

Martes, 24 de noviembre de 2015

MATILDE CASTAÑEDA Y CASTAÑEDA,-Huehuetenango- Madre del General Jorge Ubico

EL DICTADOR Y YO
Verídico relato sobre la vida del  General Ubico C.
Carlos Samayoa Chinchilla
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 A mediados de esa época atormentada y fecunda, el 10 de noviembre de 1878, nació un niño que en la pila bautismal recibió el nombre de Jorge Ubico Castañeda.
 "Era Guatemala entonces —dice un folleto publicado en noviembre de 1931_, una ciudad de corte español, rancia de costumbres, devota y almidonada, que se levantaba con el alba a los menesteres del huerto y de la troje. La política y la vida eran entonces arte personalísimo, como en todas las nacientes urbes de América, y nuestros abuelos no discutían un capítulo constitucional sin ponerse los guantes y la levita, y sobre todo sin escuchar misa y sermón en las doradas horas de la mañana dominical, cuando los atrios de los templos congregaban la presurosa discreción de las nobles damas emperifolladas de terciopelos.
La casona paterna del señor -Ubico tenía como todas las de su rango, aspecto rural y urbano a la vez, y si por los portalones claveteados de bronce se abría el paso a las visitas de distinción, por las cuadras y traspatios entraban el pollino del indio, las vacas del establo, o el forraje para el caballo del señor, y las servidumbres atareadas desde el amanecer.
Don Arturo Ubico y Urruela, licenciado en leyes, y doña Matilde Castañeda de Ubico, recibieron el presente con alborozo; y con las ceremonias de estilo dieron nombre al niño y le pusieron Jorge, nombre varonil y que conviene a quienes triunfan de sí mismos. Fueron sus padrinos de bautizo el general reformador y su esposa, doña Francisca Aparicio Mérida --hoy marquesa de Vista Bella, residente en Europa— Al mismo tiempo que el mayorazgo de Ubico-Castañeda, fue bautizada Elena, hija del padrino ilustre y de su digna y bella consorte, y compañera constante de esta dama. (?) Ofició en la ceremonia el célebre y legendario padre Arroyo, orador sagrado y profano, amigo muy cordial de los personajes de que se trata, y constituyente del 79. Los amigos íntimos del general nos refieren que su padre, don Arturo, era hombre imponente, de recio mostacho y cabeza gris, de sonora y fuerte voz que solía tronar muy a menudo todas las horas de vigilia. Tenía el aire de uno de esos segundones españoles, que no creen espaciosa la tierra para andarla, y que aun se ven en las pinacotecas, bajo los entrepaños descoloridos de una sala señorial. Don Arturo era, además, caballero prudente y sobrio en el decir, pero ancho de obras, y por entonces tenía el cargo de jefe político de Antigua, y corregidor asimismo de aquella ciudad colonial. Con el anuncio de la buena nueva decidió trasladar el hogar a la metrópoli. Y en la metrópoli nació don Jorge Ubico y Castañeda. Su madre doña Matilde, evoca la figura de una de esas nobles damas de Bogotá o Caracas, en tiempo de la liberación de América, o el perfil de aquella corregidora de Querétaro, a cuya mesa se sentaban habitualmente los confabulados de la política; no porque abriese su hogar a la aventura actualista, sino porque, como aquellas matronas del buen siglo XIX, tenía el alma prendida de sus deberes y el gesto habitual de esos bustos grabados en cornalina, que se llevaban al pecho entre los encajes de la moda española. Fue ella la que nutrió el alma del chico, pues el padre, hombre de pluma y de caballo, andaba siempre en la inquietud forense o a caza del arreglo oportuno de la hacienda.
Los primeros años de ese niño trascurrieron entre los halagos y comodidades que la buena posición económica y social de sus padres le proporcionaban. Imaginativo y sensible, fue, según se asegura, "un consentido".
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Partida de defunción
doña  MATILDE CASTAÑEDA Y CASTAÑEDA.

"Castañeda Matilde-Ladina. En
Guatemala...compareció Federico Urruela y como pariente dijo:...falleció ...Matilde Castañeda, de cuarenta y siete años, casada con el Licenciado Don Arturo Ubico, ladina, católica, oficios de su sexo, originaria de Huehuetenango y de esta vecindad.."

Domingo, 29 de mayo de 2016

MANZANAS DE ORO TOMO II OCTUBRE 30 DE 1904

MANZANAS DE ORO
TOMO II
OCTUBRE 30 DE 1904
SOCIEDAD AMERICANA DE TRATADOS
N.Y. 

La Señorita Prímula.
¿Cómo está Vd., Señorita? ¿De dónde viene, y qué trae en la canasta? ¿Porqué la mira con tanto afecto ese perro? Y ¿porqué tiene Vd. los ojos tan vivos y se muestra tan contenta y feliz Creo que yo mismo puedo contestar mis preguntas. Vd. se presenta tan fresca y atractiva como la primavera porque acaba de venir de una excursión por el monte, acompañada de "Fidel," su protector canino. Allá entre los arbustos, entre las rocas y al lado de los arroyuelos encontró Vd. hermosas prímulas, madroños, azafranes y otras flores primaverales; y ahora Vd. va á presentarlas á su mamá para que las coloque en un florero y sean puestas en la mesa. Así su fragancia llenará toda la casa y los encantos de la primavera se harán sentir de toda la familia. Su paseo le ha pintado de carmín los cachetes, y el presentimiento del gusto que tendrán sus padres y hermanos al ver las flores que Vd. ha cogido llena su corazón de un gozo que se refleja en su semblante. ¡Ah! Vd. ha encontrado el secreto de la felicidad. Consiste en hacer felices á los demás. Para esto florecen las prímulas, y exhalan su fragancia. Bien merece Vd. que se le llame "La Señorita Prímula."