EN MI FAMILIA aceptamos,sin
rebelarnos, lo que la vida nos va trayendo. Ni con el mismo dolor que me causaba la muerte de Jim, creía yo pagar
demasiado caro el haber tenido durante cincuenta años un hermano como él. A mis
hijos les hacía una falta inmensa; quedaron inconsolables. Pero estaban en esa
edad en la que todo se olvida pronto.
¿Y Míster Hueso? Pues... Jim le había dicho: «hasta la próxima»; y él lo
aguardaba, como otras veces. Cierto era que la ausencia del amo se
prolongaba... Sin embargo, el perro sabía que Jim nunca quedaba mal. Además,
ahí estaban, en prenda de que cumpliría lo prometido, las pantuflas, que Míster Hueso sacó de la alcoba
y se llevó a la cocina, para meterlas en el
mismo cajón que le servía de cama.
Habían pasado cinco años. Aquella noche nos hallábamos en la sala mi mujer y
yo, cada uno embebido en lo que estaba leyendo. Reinaba en la casa completo
silencio. Míster Hueso, que se había echado cerca de
Emilia, empezó de pronto a batir la cola. Pum, pum, pum, sonaba ésta al golpear
el suelo.
Ya se sabe que los perros oyen ruidos que a nosotros
nos escapan. Creyendo que Mister Hueso habría sentido pasos de
alguna persona conocida, Emilia y yo escuchamos atentamente. No; no venía nadie.
¡Pum, pum, pum!, hacía nuevamente la cola de
Mister Hueso dando en el suelo. Vimos luego que el animal se
levantaba, no sin esfuerzo, que ya no podía casi con los años, y salía de la
sala. Se presentó un minuto después, con las
pantuflas de Jim; las dejó frente a la butaca donde él acostumbraba sentarse;
se echó en seguida, puso el hocico encima de una de las pantuflas, y se quedó
dormido.
Puede que los recuerdos que evocaba esta escena fuesen la causa de ello, pero
sentí que la sala iba llenándose de esa aura de bondad que Jim esparcía en
torno suyo.
«Jim era uno de los hombres más bondadosos que he conocido...» suspiró Emilia.
Y tras una pausa: «Ya he leído bastante. Y tú también. Vámonos a dormir. No lo despiertes », añadió señalando a Míster Hueso. «Déjalo
que pase ahí la noche ».
A la otra mañana, encontramos a Míster
Hueso tal como lo habíamos dejado: tendido frente a la butaca de Jim, con el
hocico apoyado en una de las pantuflas, completamente
inmóvil.Nos bastó verlo para saber que ya no tendría que
seguir esperando a su amo; que, mientras dormía,
había oído, como en otros tiempos, la voz que le decía: « ¡Hola
Míster Hueso! Vamos andando, que ésta es la próxima...»
A LA SOMBRA DEL EMANCIPADOR-Lincoln Por T. E. Murphy 1950
A la Sombra del Emancipador
Por T.
E. Murphy
1950
El mayor tributo
rendido a Lincoln
es eI
profundo sentimiento que
inspira el noble monumento
conmemorativo en Washington
Más
de un millón y medio de Personas visitan cada año el monumento conmemorativo de
Lincoln en la ciudad de Washington. Allí Abraham
Lincoln pertenece otra vez al pueblo. La mayor parte de los que van
a verlo son hombres y mujeres sencillos venidos de las aldeas, los llanos y las
montañas de los Estados Unidos, de Europa y de la América Latina. Aunque entre
ellos hay diversidad de lenguas, todos se sienten
atraídos por un magnetismo cuya fuerza aumenta año tras año. ¿Y por qué? La mejor manera de hallar la
contestación a esta pregunta es hacérsela a los visitantes mismos.
El
sol de la mañana acaba de retirarse de la cámara interior donde Lincoln está
serenamente sentado en su gran sillón de 3,8 metros de alto. La estatua, cuya
altura de los pies a la cabeza es de 5,8 metros, se compone de 28 trozos de
mármol blanco de Georgia. Son las nueve, y un guarda vestido de uniforme verde
oliva quita la cadena que sirve de barrera
Entonces
principia la peregrinación. Hay que subir una escalera de 58 peldaños. Al
llegar arriba la mayor parte de los hombres se descubren y contemplan
reverentemente la pensativa figura. Una mujer se enjuga los ojos; y otra de
manos encallecidas por el trabajo y traje que delata pobreza, cae de rodillas
como lo haría ante un altar. "Cosas así suceden con frecuencia,"
dice el guarda.
Y es que en esta estatua heroica, obra del escultor Daniel Chester
French, Abe* Lincoln, sale de los libros de
historia y habla con el pueblo. Este sentimiento de intimidad y afecto puede
percibirse claramente en las facciones de los que contemplan arrobados la
estatua, a veces hasta por 45 minutos. Y se hace
más notorio viéndolos leer en voz baja o alta el discurso de Gettysburg grabado
en la pared meridional del Monumento, o los extractos del discurso de la
segunda inauguración esculpidos en la pared del norte.
“Cada vez que leo estos discursos encuentro en ellos algo nuevo, “, dice un vendedor procedente de Nueva York.
Cerca de él está un hombre agachado que se esfuerza en explicarle
las palabras a un niño. Una mujer de cabeza cana, oriunda de Dakota del
Sur, dice mirando fijamente la estatua: "Es cautivadora„” y se lleva el pañuelo a los ojos. No lejos de
ella está una joven alta, superintendente de una fábrica de ropa del estado de
Ohío. Es más expresiva que la otra.
“Me gusta Lincoln, dice, porque con todos era justo."
Un
hombre de mediana edad, ex ingeniero. de minas de Colorado, expresa un juicio
que otras bocas repiten una y otra vez durante el día. "He aquí
un hombre, declara, que nunca cedió a la presión de las minorías. Era demasiado probo para ser un verdadero político,
demasiado probo para ser secuaz servil de una corrompida camarilla política.
Siempre fue paladín de la justicia y la rectitud."
Y
sonriendo como si quisiera excusarse agrega. "No
sé qué opinará usted de estas cosas; pero
en mí causan profunda impresión. Mi abuelo fue gobernador
de Kentucky. Abe Lincoln lo invitó para que se presentara como candidato a la
vicepresidencia. "
Detrás
de una de las pilastras jónicas de 15 metros de altura, otro hombre lee el
discurso de la segunda inauguración de Lincoln. Cuando vuelve la cara, me fijo
en la expresión de seriedad y mesura que hay en sus ojos castaños. Es don
Antonio José Coello, de Honduras. Me dice en excelente inglés que es
director de La Liberación, semanario que se publica en San Pedro Sula y cuya
circulación asciende a 15.000 ejemplares.
–“Para nosotros los centroamericanos- me
dice- Lincoln es el grande hombre, el más grande
del mundo. Lo queremos por sus puros ideales de libertad. Lo conocemos
perfectamente y en nuestros planteles de educación se estudian sus discursos.Siempre
vengo a ver a Lincoln cuando estoy en Washington. Soy amante fervoroso de la
libertad. Mi padre, Augusto Coello, escribió el himno nacional de Honduras
cuando era secretario de Estado”.
Luego
mueve la cabeza tristemente y agrega:
-Lo
que hoy necesitamos es otro Lincoln.
Un
joven medio tullido pero de cara alegre asciende penosamente la larga escalera;
se apoya en un bastón y va moviendo primero una pierna y después la otra. Es un
artista de Washington.
-“Bueno
¿qué opina del monumento-me pregunta con aire de propietario-Yo vengo
aquí muy a menudo. Me gusta venir porque ésta es una bella obra de escultura--
Y agrega --Lincoln era un hombre paciente. Por
eso lo admiro.”
El
sol ya está alto, y de los autobuses que llevan paseantes a los lugares de
interés sale infinidad de gente. Un grupo de niños de
escuela suben la escalera en pares que van muy ordenados uno tras otro. Yo
comento con la maestra el buen comportamiento de los niños.
-“Están más callados y quietos de lo que deberían estar- dice
melancólicamente- Es a causa de que son negros y se ven en un medio
extraño.”
Los niños, con los ojos muy abiertos, se aprietan los unos contra
los otros como para protegerse. Cuando por casualidad hablan, lo hacen
cuchicheando.
La maestra también es negra.
-“Tengo
dos hijitos -me dice- y mucho pienso en el modo como debo enseñarles a
mirar con ecuanimidad las distinciones de raza y otras cosas así. No quiero que
las vean con
amargura sino filósoficamente.
Es un problema muy difícil.
--Lincoln era un visionario y un idealista—agrega
mirando afectuosamente la estatua- Todavía queda muchísimo por hacer.
Tras
una pausa, exclama:
-Yo
detesto la palabra tolerancia. Hay que ir mucho más allá. Queremos que se nos
mire y se nos trate como seres de la especie humana, no como seres de otra
especie.
Son
casi las doce del día, y el guarda mira su registro. "Hoy el número de
visitantes pasará de 10,000," dice.
"Algunos
días vienen más de 50.000. Casi todos traen cámaras fotográficas."
Allí no se permite fumar, comer ni beber nada. "Tales cosas no se hacen en la iglesia ¿verdad "
pregunta el guarda sucintamente.
Otro hombre lisiado sube con trabajo la escalera, apoyado en dos
muletas. "Eso no es nada, dice el guarda. El otro día subieron a un hombre en una silla de
ruedas."
El
señor Arturo Pardo, de Caracas, importador de telas y hombre de mucha cultura,
me dice tomándome del brazo:
-Venga
conmigo y le enseñaré un poco de historia.
Se detiene
delante del discurso de Gettysburg y me dice:
-Mire
usted. Cuando Lincoln terminó este magnífico discurso, no hubo aplausos ni vítores; solamente silencio. ¡Pobre
hombre! Se volvió hacia uno de sus amigos y le dijo: "He fracasado otra
vez›
"Pero no; ¡no fracasó!-exclama
con entusiasmo el señor Pardo ‑
¿Qué diría ahora de sus fracasos si viera este soberbio monumento y
estas multitudes que vienen de toda la tierra a rendirle tributo
"Ah,
sí señor! -continúa- En Suramérica lo
conocemos sobre todo por sus palabras de fe en la libertad. Allí también es
nuestro grande hombre. El fue, por decirlo asl, un compendio
de virtudes humanas, sin que le faltaran sus flaquezas. Lincoln no fracasó.”
Hablo
con un hombre y su esposa, ambos de edad avanzada, que miran arrobados la
estatua. Son
tímidos, y la mujer retrocede un poco y dice algo a su marido en una lengua
extranjera. El, de pelo cano y rala barba blanca, dice suavemente; “No
hablamos bien el inglés. “ Debe de ser un rabino.
--Mi nombre no importa. Hemos estado esperando 20 años.
Ahora lo vemos cara a cara ¿verdad, querida ¿
La
mujer mueve la cabeza afirmativamente,
-Allá en nuestra tierra del Viejo Mundo leímos
acerca de él, y siempre habíamos esperado verlo algún día. Y ahora lo
vemos ahí. Precisamente como yo te lo decía -agrega dirigiéndose a su
esposa y acariciándole las manos.
El
sol ha desaparecido y empieza a caer una melancólica lluvia de otoño. En el
interior del venerable monumento hace un frío que hiela los huesos. Sin
embargo, continúan entrando multitudes de gente. En la confusión de voces
quedas que llenan el recinto se distingue una que otra frase. Así, alcanzo a
oír que un guarda dice: " Si, señora, desempolvamos la
estatua cada dos o tres días."
He
aquí un vendedor de granos, ya retirado del oficio, que ha traído a su nieta. "Abe Lincoln trataba a sus enemigos con honor y con
paciencia," dice. "¡Cuán diferente de los politicastros de
nuestros días,. Que tratan a sus opositores con ruindad o los ponen en
ridículo!"
A lo
lejos se ven como cuadritos fulgurantes las ventanas de los
desparramados
edificios del gobierno.
Uno de los guardas mira su registro v dice: "Lo que yo
esperaba. Más de 10,000 personas hoy, a pesar de la lluvia."
Pronto descenderán de nuevo la noche y el silencio, y Abe Lincoln se quedará otra vez solo, como vivió cuando el desolador torbellino de la
guerra civil azotaba su patria.
El muchacho tímido y rústico de un pueblo apartado de Illinois, el tosco abogado de cara mustia, el triste y angustiado Presidente del mantón y el viejo
sombrero de copa, aguardará sentado allí, y mañana, con la
regularidad de la salida del sol, llegará al recinto otra multitud de
peregrinos a reverenciar su memoria y a buscar
inspiración, consuelo y esperanza en su noble grandeza.
*Los
norteamericanos dan afectuosamente a Lincoln el nombre de Abe (éib)
diminutivo de Abraham
“MUERO AL AMANECER" -HOLANDA, 2da. Guerra Mundial 1942-
“Muero al
amanecer”
Octubre de 1942
(Reproducido del
«Harper's Bazaar »)
Por Kees X
Esta
carta sencilla y conmovedora, la escribió un joven holandés de 22 años,
el 27 de febrero, pocos momentos antes de ser fusilado, en unión de tres
compañeros, por los alemanes.
¿Su
delito? Haberse escapado de Holanda para reunirse a las fuerzas holandesas
en Inglaterra. Capturados los cuatro en la Francia ocupada, fueron juzgados, el 13 de febrero de 1942, por un consejo de
guerra alemán, el cual los condenó, a la última pena, «por auxilio al
enemigo».
_______________________________
Queridísimo
padre:
Me aflige mucho
escribirte esta carta, pero no tengo más remedio que enterarte de que el
consejo de guerra nos ha condenado a una pena sumamente grave.
Procura leer esta
carta a solas. Ve dándole la noticia a mamá poco a poco.
Cuando te escribí mi
carta anterior, el 14 de febrero, ya sabíamos que estábamos condenados a
muerte. Mas no tuve el valor de decírtelo. No quise que sufrieras con la misma
incertidumbre que a nosotros nos atormentaba. En
París rechazaron la solicitud de gracia que se elevó en nombre nuestro, a pesar
de que teníamos tantas esperanzas de que fuera escuchada. ¡No era tan grave el delito que hablamos
cometido!
He dicho incertidumbre, papá, y no miedo. Por fortuna, ninguno de nosotros lo
sentía. He rezado mucho y tengo la seguridad
de que alcanzaré el consuelo de una muerte en Cristo.
Dentro de unos
instantes, a las cinco de la mañana, terminará todo. Y no me parece tan
horrible. Al fin v al cabo, es cosa de un
momento en seguida, estaré con Dios... y
se habrán acabado las miserias y la tristeza de esta tierra. ¿Verdad que no
es tan terrible el tránsito ?
Por el contrario ¡qué hermoso es descansar en el poder del Señor! Dios nos ha prometido no desampararnos,
siempre que imploremos su auxilio. Me siento
tan cerca de Dios, que estoy
pronto a morir. Ojalá que el saberlo te sirva de
consuelo.
Sé muy bien que es
algo espantoso. ¡Somos tan jóvenes! Pero Dios ve lo justo de nuestra causa.
Creo que será más duro para tí que para mí. Yo le
he confesado todos mis pecados a Dios v estoy tranquilo. No te aflijas: pon
tu confianza en Dios, y pídele que te dé fuerzas.
Mamá, madre
queridísima, quisiera abrazarte. Perdóname si en algo te he faltado. No llores,
mamá de mi alma. Ten valor. Piensa que te quedan otros
hijos, y que, en cambio, señora de L. no le queda
ninguno. Estoy seguro de que los volveré a ver a todos. Recibe un último beso
muy cariñoso de tu hijo Kees.
Papá: perdóname tú también. Yo sé que tienes fe como mamá. No te pongas triste... dale gracias a Dios
porque nos ha concedido su gracia. No digas: «contigo, hijo, se fueron para siempre nuestra
paz y nuestra alegría». Piensa que no he hecho sino dar mi vida
por la patria, como la están dando tantos otros ahora mismo. Dame un último
abrazo. ¡Que se cumpla las voluntad de Dios!.
Jan, Bep, El,
Fien: un saludo para todos. Que sean fuertes y le pidan á Dios conformidad. Crean en El, y El
hará que todo les salga bien. Sean buenos con papá y mamá. Reciban muchos
besos de su hermano Kees. Saluden de mi parte a mis hermanitos y hermanitas.
Ellos tal vez no comprendan todavía lo que pasa; pero de todos modos enséñenles también a creer.
Saluden a todos, de
parte de nosotros cuatro. Gracias a todos por los favores que les debo.
No nos falta el
valor. Que no les falte a ustedes tampoco. Nos podrán despojar sólo de los
cuerpos. Nuestras almas están en las manos de
Dios. Ese debe ser un gran consuelo.
Adiós... hasta que nos volvamos a ver juntos en una
reunión más feliz. Que Dios los bendiga a todos.
No sientan odio. Yo muero sin odiar a nadie.
Es Dios quien todo lo gobierna y dispone
"MASADA NO VOLVERÁ A CAER"_-Por Paul Friggens 1968
Estando sentados en la cumbre del Monte Masada, en Noviembre de 2006,
el guia nos dió una charla...y dijo: Saben, ¿Por qué los judios
españoles prefirieron ser quemados en la inquisición española y no
luchar?--Porque el Templo de Jerusalén habíia sido quemado, y ellos
preferían compartir igual suerte. .
En ese momento sentí en mi corazón unos deseos de llorar por la suerte de aquellos judíos españoles..
______________________________________________________________________________
"Masadá
no volverá a caer"
POR PAUL FRIGGENS
Las ruinas de esta antigua fortaleza judía,
recientemente excavadas, evocan el recuerdo de una de las
resistencias más heroicas y sublimes que registra la
historia en sus anales, y son fuente de renovada
inspiración para los amantes de la libertad.
DESPUÉS de escalar, bajo el tórrido sol
del desierto, la cumbre rocosa en que se asentaba una altiva fortaleza
que dominaba el yermo de Judea y el mar Muerto, puse mi planta en el
lugar donde se verificó el hallazgo arqueológico más importante de los
tiempos modernos: Masadá. Este peñón de cerca de 500 metros de altitud
es, ciertamente, uno de los sitios de la Tierra en que con más fuerza
late el corazón de los seres humanos.
"Aquí mismo, hace casi 2000 años", dijo mi guía, "un puñado de héroes ofreció la más vigorosa resistencia de que hay memoria".
Y, mientras me acompañaba por entre las ruinas, me contó la siguiente epopeya:
La historia de Masadá remonta a la era
pre-cristiana. Allá por el año 35 antes de J. C., Herodes el Grande, rey
de Judea, erigió aquí una enorme fortaleza. Despótico y suspicaz,
Herodes temía la rebelión de su pueblo, y más aun a que Marco Antonio,
soberano de Judea, pudiera entregar esta provincia a Cleopatra, reina de
Egipto. Hizo, pues, que su ejército levantase una elevada muralla, con
37 torres, alrededor de la cima, de nueve hectáreas de superficie. Aquel
nido de águilas era un palacio semicircular de tres plantas, excavado
en el precipicio norte de Masadá. Con sus lujosos baños cubiertos de
azulejos, sus cámaras de techo apoyado en suntuosas columnas y sus
paredes ricamente adornadas de frescos de vivos colores, proporcionaba
al monarca comodidades sin fin y protección contra el viento del
desierto y el candente sol. Allí, en gustoso aislamiento y completa
seguridad, gozó de una existencia regalada hasta su inuerte, ocurrida
cuatro años antes del nacimiento de Cristo. Legó su ciudadela a una
serie de guarniciones romanas.
Flechas contra catapultas. El año 66 de nuestra era, después de un siglo de odiada dominación romana, los judíos se levantaron en armas. Roma
despachó contra los insurrectos un ejército de 80.000 hombres que, al
cabo de cuatro años de combatir con fiereza, aplastó la insurrección. Los
romanos saquearon y prendieron fuego por los cuatro costados a
Jerusalén, arrojaron los niños a las llamas y embarcaron a los
sobrevivientes para Roma, donde los pasearon, encadenados, por las calles.
Es
decir, todos, menos un millar de empecinados patriotas —entre hombres,
mujeres y niños— que, acaudillados por Eleazar-ben-Ya'ir, se replegaron a
la abrupta Judea y ocuparon a Masadá. Convirtiendo las ruinosas
estancias de la ciudadela en albergue improvisado, los patriotas
resistieron tres años, con increíble y hazañoso denuedo, a las poderosas
huestes romanas. Por último, se reforzó a
los sitiadores con los 5000 hombres de la famosa Décima Legión, mandada
por Flavio Silva, con la consigna terminante de destruir la madriguera
de aquellos tenaces rebeldes. Silva mandó rodear la cumbre de
una muralla paralela de asedio y asaltó la fortaleza. En vano. Los
patriotas se mantuvieron firmes.
Entonces, Silva ordenó un solo
asalto en masa desde el oeste y dispuso la construcción de una rampa
gigantesca para subir a las alturas de Masadá. Se
forzó a millares de judíos hambrientos y enfermos a trabajar en la
descomunal obra desde el alba hasta la noche, y con todo el calor del
desierto. Los defensores
de Masadá hacían llover piedras y
flechas sobre los sitiadores, consiguiendo retrasar el progreso de la
obra. Inútil esfuerzo. Los romanos, al abrigo de sus catapultas,
remataron la empresa. Silva emplazó un enorme ariete y principió a
martillar implacablemente las defensas de Masadá. Por una brecha
penetra- ron, tea en mano, los asaltantes para pegar fuego a la
fortaleza. juzgando inminente su victoria, se retiraron a su campamento a
preparar el asalto final y decisivo del dia siguiente.
El relato de
los últimos días de Masadá está descrito con vívidos colores en las
páginas del historiador judío Flavio Josefo, que, a la caída de
Jerusalén en poder de los romanos el año 70 de nuestra era, se pasó al
enemigo y llegó a ser un opulento ciudadano de la soberbia urbe. La suya
es la única narración contemporánea de lo que aconteció en aquella funesta noche de primavera del año 73.
Muerte por sorteo.
Cuando el fuego comenzó a propagarse por los baluartes de Masadá,
Eleazar-benYa'ir reunió a sus compañeros y les dijo: "Las primeras luces
del día alumbrarán nuestra derrota, pero nos queda la libertad de
elegir una muerte honrosa en unión (le nuestros seres queridos. Salgamos
de este mundo, no como esclavos, sino como hombres libres, junto con
nuestras mujeres y nuestros hijos.
"Mas antes de morir", ordenó
Eleazar, "que el fuego consuma toda la fortaleza. Será un golpe terrible
para los romanos, que hallarán nuestros cuerpos a salvo de sus cadenas y
no cogerán un solo adarme de botín. Dejemos
intacta una sola cosa: nuestras provisiones de boca, pues darán
testimonio de que no hemos perecido por falta de alimentos, sino porque
hemos preferido la muerte a la esclavitud".
Conmovidos por
las ardientes palabras de Eleazar, sus compañeros se juramentaron para
suicidarse en masa con los 960 patriotas sitiados. Cada uno de los
hombres se despidió tiernamente de sus familiares y los mató. Entonces
hicieron hogueras con sus bienes materiales delante de sus casas. A la
temblorosa luz de las-llamas, se prepararon para su hora más
trágicamente hermosa. Escuchemos a Josefo:
"Echando a suertes,
escogieron diez hombres que habrían de matar a los demás. El resto se
acostaron en el suelo, abrazados con sus mujeres y sus hijos, y
tendieron el cuello a los encargados de ejecutar la triste misión. Luego
que hubieron dado muerte a todos, sortearon el nombre de aquel de ellos
que habría de quitar la vida a los otros nueve. Entonces, cuando el que
quedó vivo se hubo asegurado de que todos estaban muertos, puso fuego
al palacio real y, con todas sus fuerzas, se hundió en el pecho la
espada".
A la siguiente mañana, la Décima, al son de las tubas, se lanzó al asalto, confiada en la victoria.
Pero en vez de la resistencia que esperaban, los romanos hallaron solo
ruinas humeantes y lúgubre silencio. "Entraron en el palacio", continúa
Josefo, "y fue entonces cuando se toparon con la muchedumbre de los
muertos. No pudieron menos de maravillarse de tan atroz resolución y desprecio a la muerte que habían mostrado".
¿Cómo
pudo Josefo trazar un cuadro tan real y crispante de las últimas horas
de Masadá? Pues porque hubo testigos presenciales: dos mujeres y cinco
niños que se ocultaron en una cisterna durante la matanza y lo contaron
después todo a los romanos. Probablemente Josefo escuchó la narración de
boca de los romanos, o quizá habló con las mujeres y los niños
sobrevivientes.
El sueño de Yadin. Así terminó la gesta de Masadá. Pasaron los siglos, y la fortaleza, abandonada, fue desmoronándose. Su nombre quedó grabado en la memoria del pueblo judío, como un blasón de gloria. Y así hubiera continuado, remoto y envuelto en reverente misterio, como las ciudades bíblicas de Sodoma y Gomorra, si
no hubiese sido por la voluntad indomable de un hombre: del Dr. Yigael
Yadin, profesor de arqueología en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Yadin,
apacible sabio cincuentón, fue cabecilla de guerrilleros en la guerra
de independencia de Israel el año 1948 y sirvió como jefe de estado
mayor israelí hasta que renunció en 1952. Después de su regreso a la
vida civil se le despertó un interés apasionado por Masadá. Inspirado
Por los palpitantes relatos de Josefo, escaló el escarpado peñón que se
yergue en Judea y comenzó sus nivestigaciones arqueológicas. No tardó en
convencerse de que la montaña podría guardar en su seno la codiciada
verdad, amén de raros y Preciosos tesoros. Y abrazó con llusión de
soñador el propósito de organizar una expedición para desenterrar las
ruinas.
En 1963, tras muchos años de arduo trabajo, Yadin vio, al
fin, realizado su sueño. Al frente de una expedición patrocinada por la
Universidad Hebrea, el Departamento Israelí de Antigüedades, la Sociedad
Israelí de Exploraciones y grupos e individuos particulares, Yadin se
lanzó a una titánica empresa en la que consumió once meses, descubrió el
97 por ciento de Masadá, removió más de 40.000 metros cúbicos de tierra
y llevó a feliz término una obra que, normalmente, hubiera costado 25
años de labores arqueológicas. El
resultado fue revelar a un mundo atónito la historia de los valientes
que prefirieron una muerte gloriosa a la vil servidumbre.
Con
la ayuda del Cuerpo de Ingenieros del Ejército israelí, Yadin atacó el
peñón con todas las reglas del arte militar. Desde helicópteros sus
auxiliares fotografiaron y cuadricularon la fortaleza palmo a palmo. Los
zapadores abrieron una carretera a través del yermo inhóspito de Judea,
construyeron traídas de agua, levantaron un campamento de 50 tiendas y
chozas cerca del lugar donde el general romano Silva había sentado sus
reales hacía casi 1900 años. Sujetos sobre
el abismo por cinturones de cuerdas, los obreros labraron una escalera
en el paredón de piedra e instalaron un teleférico para trasportar
cargas pesadas hasta la cumbre de Masadá.
Faltándole la mano de obra necesaria, Yadin publicó avisos en la prensa israelí y en The Observer de Londres
en solicitud de obreros voluntarios, cuidándose de advertir claramente
que el trabajo era rudo y el clima casi insoportable por lo cálido, que
las condiciones de vida eran penosas y que los voluntarios tendrían que
costearse de su propio peculio el viaje de ida y vuelta a Masadá. Y
sucedió lo inesperado: llovieron miles de respuestas de jóvenes y
viejos, de pobres y ricos, de judíos y gentiles, de todo el mundo.
Mudos de asombro y emoción.
Fueron, en total, unas 5000 las personas de 28 países que acudieron
como voluntarias. Yadin las puso a trabajar en turnos de dos meses y en
equipos de a 300. Se trabajó, primero, de octubre de 1963 a mayo de
1964; después, de noviembre a abril. A las 4:45 de la madrugada se tocaba la diana,
y una hora después ya estaban los voluntarios subiendo la cuesta para
dar principio a sus agotadores trabajos, desplazando enormes cantos,
cavando, cerniendo tierra. Repentinas y violentas tempestades del
desierto obligaron más de una vez a suspender los trabajos, hicieron
trizas las tiendas y anegaron el campamento. En varias ocasiones hubo
que arrojar la comida a los expedicionarios desde helicópteros, por
haberse cortado todos los demás medios de comunicación. El peor de los
obstáculos fue, sin duda, el rigor del clima desértico. "De día nos
achicharrábamos y de noche nos helábamos", recuerda un voluntario.
Pese
a todo, la obra adelantaba con firmeza. Un día, hurgando en las cenizas
y escombros, los obreros dieron, al fin, con algo que probaba
plenamente la autenticidad de la célebre resistencia.
"Nos quedamos mudos de estupor y de emoción", cuenta Yadin en su libro Masadá,
"ante lo que acabábamos de descubrir. Revivimos, pasmados, los
postreros y más trágicos instantes del terrible drama. En las gradas que
conducían a un estanque de la casa de baños de Herodes había tres
esqueletos. Uno era de un hombre de 20 años. A su lado había muchos
eslaboncillos de cotas de malla, haces de flechas, un velo litúrgico.
Cerca estaba el esqueleto de una joven que conservaba el cuero cabelludo intacto por la extremada sequedad de la atmósfera. El cabello negro, cuidadosamente trenzado,
parecía acabado de peinar. El tercer esqueleto era de un niño. No cabía
duda: lo que nuestros ojos contemplaban eran los despojos mortales de
algunos defensores de Masadá".
Yadin exhumó 25 esqueletos de hombres,
niños y mujeres; pero no se han hallado los restos de los demás
defensores. Acaso se los llevaron los romanos. Pero el hallazgo más
sorprendente de todos fue el de once enigmáticos fragmentos de arcilla
cocida, con caracteres hebraicos inscritos. Cada uno de ellos ostentaba
un solo nombre o apodo: el de Ben-Ya'ir y el de cada uno de los otros
diez caudillos. Los arqueólogos conjeturan que estos tejuelos hayan sido
las suertes que se emplearon en la siniestra lotería de hace casi 20
siglos.
Las excavaciones pusieron al
descubierto 10 kilómetros de murallas de la fortaleza, las ruinas de un
palacio herodiano con su cisterna y su sala real exornada de frescos,
una sinagoga, trozos de ánforas de vino y de trigo, alimentos desecados:
dátiles, sal, trigo, huesos de aceitunas y pepitas de granadas.
Había también monedas de bronce y plata acuñadas durante la
insurrección, pilas de proyectiles arrojados por las catapultas romanas,
lámparas de barro, un vasto surtido de cosméticos y de objetos de
alfarería, y hasta 14 fragmentos de rollos de cuero y de pergamino
semejantes a los descubiertos en 1947, cerca de Qumran, a orillas del
mar Muerto, y que tanta celebridad alcanzaron.
"El valor científico de esos hallazgos es inmenso", declara Yadin.
"Pero por grande que sea su importancia, Masadá es, ante todo y por encima de todo, un símbolo. Representa el
tesón heroico de unos pocos ,contra muchos, de los débiles contra los
fuertes; el postrer combate de los que prefirieron la muerte a la
esclavitud y la sumisión oprobiosa".
Todos los años millares de jóvenes israelíes suben a la cima de Masadá en solemne peregrinación. Allí, en una ceremonia nocturna alumbrada por el rojizo flamear de antorchas, los reclutas israelíes juran la bandera a la voz de "¡Masadá no volverá a caer!" Porque
Masadá es un santuario donde se rinde culto a la independencia y al
heroísmo; es un símbolo augusto para los amantes de la libertad en toda
la redondez de la Tierra
PABLO BURGESS- FIEL AL LLAMAMIENTO DIVINO Por Anna Marie Dahiquist
FIEL AL LLAMAMIENTO DIVINO
Por Anna Marie Dahiquist
Capítulo once
En la Cárcel
Copyright Disclaimer Under Section 107 of the
Copyright Act 1976, allowance is made for fair use for purposes such as criticism,
comment, news reporting, teaching, scholarship, and research. Fair use is a use permitted by copyright
statute that might otherwise be infringing. Non-profit, educational or personal
use tips the balance in favor of fair use
Los
misioneros sentían renovadas sus fuerzas, pero la situación
internacional había empeorado. Incluso la familia de Pablo fue
afectada, pues el esposo de Anita, su hermana, murió en el
frente de batalla, al otro lado del Atlántico.
Fallecieron
también en la guerra varios compañeros de estudio, un
primo llamado Alberto Hertz; y quince jóvenes de la
congregación alemana de Quezaltenango fueron llamados a filas y a batalla en
ultramar.
"Ya estamos cansados de la
guerra," escribió Pablo en sus apuntes.
Al poco
tiempo, Guatemala rompió relaciones diplomáticas con
Alemania, y reclutó tropas para enviarlas a la frontera
mexicana. Alemania procuraba que México se pusiera de su lado.
Pablo
estaba dedicando una capilla nueva en el frío pueblo de Sija,
cuando entraron unos policías, agarraron a dos jóvenes que
hasta entonces se habían escondido, y los reclutaron en el instante.
¡Cómo había
sufrido la iglesia de Sija! Primero había sido azotada por
la persecusión religiosa; y ahora, cuando los creyentes al
fin habían logrado construir una capilla propia, el pueblo
quedaba reducido a mujeres y niños indefensos. ¿Quiénes se encargarían de
trabajar en las siembras y las cosechas?
—¿Cuándo se acabará
este militarismo alemán?— se preguntaba Pablo una y otra vez.
—¡Tanto
dolor que han causado los alemanes!— agregó Dora. —Sin
embargo, tengo muchas amigas alemanas; y seguirán siendo mis amigas, pase
lo que pase.
—¡Bravo! Sigue invitándolas a tomar té. Yo seguiré predicando en los servicios en alemán. Debemos ser fieles a nuestras responsabilidades, aunque no sea popular tener amistad con
ellos— replicó Pablo.
Tenían
muchos amigos alemanes. Uno de ellos vivía en una enorme
mansión sobre una colina; tenía quince sirvientes solo
para la casa, y empleaba a mil hombres para trabajar en sus
sembríos de café. Sin embargo, Pablo decía que no se sentía
inferior al finquero, pues le había ganado en ajedrez.
Pero no todos los alemanes eran
amigables. Cierto día, se había
ido a trabajar en la finca El -Reposo. Se fue a pie. Había dejado de viajar a caballo, desde que se dio cuenta de que al ir a pie tenía más oportunidades para evangelizar en el camino.
Como a
mediodía Pablo llegó a la finca. Se acercó con cautela a la
puerta de hierro. Una mujer delgada, de largas trenzas, le abrió la puerta.
Cuando la
señora se enteró del propósito que traía al misionero,
sonrió y dijo: —¡Yo conozco a esa familia! Yo también soy
creyente. Pero le advierto que el patrón es muy raro, y que no le gustan las
visitas. Pase usted adelante.
Pablo la
siguió hasta la casa de hacienda. Dos inmensos perros
salieron ladrando furiosamente, seguidos por un hombre corpulento y rubio.
—¿Y quién
es usted?— preguntó a gritos el dueño de la finca.
—Pablo Burgess, a sus órdenes.
—Hablaremos
después de que yo almuerce,— dijo el finquero
bruscamente. Con eso cerró la puerta, dejando al misionero
afuera. La brisa le traía el aroma de la carne asada y del
pan recién horneado. ¡Claro! Era la hora del almuerzo, pero era obvio que no
se le iba a ofrecer nada.
Pasado un buen rato, el finquero
se asomó de nuevo, preguntando ásperamente: —Y bien, ¿qué quiere?
—Quisiera pedir permiso para
tener un servicio para los evangélicos— respondió Pablo en alemán.
—El finquero
frunció el ceño. —La religión católica es mala, pero
la protestante es peor. ¿Sabe usted cuál es la religión
nuestra? Es el trabajo. No se permite nada de música ni de bulla.
—Pero la gente
tiene derecho de adorar a Dios. No pueden estar
trabajando todo el tiempo. ¿No cree usted que tienen alma?
El hombre
se puso furioso. —Si tienen almas, ¡que las salven por
medio del trabajo! No le permitiré ni siquiera que eleve una oración en sus chozas.
¡Fuera!
Pablo
retrocedió, y consideró que era mejor retirarse. —Desde luego, señor. Esta finca
es suya. Buenas tardes._
Saliendo de la finca, el
misionero se encaminó hacia el pueblo más
cercano. Casi podía saborear las tortillas calientos y la deliciosa
carne de venado que se vendía en un pequeño comedor allí. Pero antes
de que llegara al pueblo, un grupo de soldados armados le salió al paso.
—¡Usted está
detenido! le dijeron, secamente.
—¿Por qué?— preguntó Pablo,
procurando reponerse de la sorpresa.
—El dueño de
El Reposo nos telegrafió. Lo acusa de ser un norteamericano subversivo, que trata de soliviantar a su gente.
Pablo no
tuvo más remedio que seguir a los soldados. Después de
varias horas de camino llegaron a la cárcel militar. El
misionero miró su reloj. Eran las cuatro de la tarde, y no había
probado bocado desde el desayuno.
—El
teniente se fue a Coatepeque a reparar su sable,— le explicó un
soldado. —Usted tendrá que pasar la noche aquí, y mañana
puede presentarle su caso. A ver qué hace con usted.
Cansado, Pablo se puso de
cuclillas en el patio, y sacó del bolsillo su Nuevo Testamento.
Al poco rato, un grupo de presos
y de soldados se le acercó, preguntándole con curiosidad: —¿Qué libro es ese?
—Es el
evangelio de Cristo— respondió el misionero. —Permítanme contarles acerca de
El.
Con eso, el
misionero pasó dos horas hablándoles del evangelio.
Hasta se olvidó del hambre que traía. Por fin los hombres dejaron de hacerle
preguntas, y se retiraron.
`Pablo se
sentía a punto de desmayarse. —¿Hay algo para comer?— le preguntó a un soldado
delgado y nervioso.
—Esa
anciana vende comida— dijo el guarda, señalando hacia una mujer encorvada; —si
es que usted tiene dinero con qué comprar.
Pablo se
sentía mareado. Haciendo un esfuerzo se acercó a la mujer.
Ella le sirvió, en una hoja de banano, un poco de yuca hervida. Luego lavó una
taza mugrienta en una palangana de agua turbia, y le sirvió café negro y
espeso.
Era lo
único disponible, así que Pablo tuvo que conformarse.
Para cuando
terminó de comer, el sol ya se había puesto. Los presos
fueron llevados a un cuarto grande y sin ventanas, para que pasaran la noche.
El piso estaba húmedo, y olía mal. No había camas.
Pablo se acostó en el suelo.
Tenía la mente turbada. Sesentía
confuso. Aquel finquero se había portado muy mal. Por un breve
momento le dieron ganas de reunir a los soldados y
marchar hacia El Reposo para demandar, en nombre de la ley,
que el dueño respetara la libertad de culto de los trabajadores.
No obstante,
Pablo sabía que nunca lograría nada si trataba de
vengarse. Sabía que, más bien, debía perdonar al finquero, de la manera como
Cristo perdonó a Sus verdugos. Mientras daba
vueltas sobre el piso, oró en silencio: "Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros
perdonamos a nuestros deudores. Oh, Señor, yo sí perdono al
finquero."
No podía
dormir; el piso estaba demasiado húmedo. Entonces se
dio cuenta de que se le acercaba alguien que olía a aguardiente. ¿Quién sería?
¿Algún despiadado criminal?
—Yo ... yo eshtoy aquí por eshtar borrasho— explicó el hombre con
palabras entrecortadas. —No sé por qué eshtá usted aquí,
pero veo que no tiene chamarra. Mire, usted puede acoshtarse shobre eshte
coshtal que tengo aquí.
—Gracias— murmuró Pablo. —Que
Dios le bendiga, amigo.
Con el saco de cáñamo entre su
cuerpo y el suelo, Pablo no sentía tanto la
humedad; pero ni aun así podía dormir. Miles de pulgas le picaban, y tenía comezón en todo el cuerpo. Parecía
que nunca amanecería.
Por fin
llegó el amanecer, y también el teniente. Cuando éste se
enteró de lo ocurrido, sus negros ojos ardieron en cólera.
—¡Esos alemanes creen que Guatemala les pertenece! dijo furioso. —Usted puede salir
libre, si promete regresar directamente a Quezaltenango.
Unas
semanas más tarde, Pablo estaba conversando en su casa con un amigo. —De paso,—
comentó el amigo, —hay un finquero alemán que han puesto preso aquí en la
cárcel de Quezaltenango.
—¿Quién es?—
preguntó Pablo.
—Es el dueño
de la finca El Reposo. Dicen que insultó a un sargento, y que le dio de
bofetadas; así que lo trajeron acá a Quezaltenango, y lo encarcelaron.
—Pobre de él; debe tener hambre— dijo Pablo pensativo. Me acuerdo
de cómo me sentí yo en la cárcel.
Cuando el amigó se despidió
Pablo fue a la cocina. —Dora— dijo, —¿Dónde está aquel
pudín de arroz tan deli‑cioso que hiciste? Tengo a un conocido en la cárcel, y
quiero llevarle un poco.
El finquero, brusco como
siempre, aceptó el pudín sin la menor seña de
agradecimiento. El misionero dio media vuelta pora
volver a su casa. De pronto, le sobrevino un presentimiento.
¿Cuántas veces estaría él preso detrás de paredes como aquellas? Recordó que Jesús había prometido que todo el que quisiera ser fiel al llamamiento
divino, enfrentaría persecusión y sufrimientos.
Jueves, 16 de junio de 2016
UNA MUJER EN SHANGRI-LA - -2 Guerra Mundial Por Margaret Hastings
47 días en el misterioso valle escondido..
UNA MUJER EN SHANGRI-LA
Condensado de un artículo especial del I nternational News Servixe
Por MARGARET HASTINGS
Cabo del cuerpo auxiliar femenino del ejército de los Estados Unidos
En colaboración con Inez Robb
Febrero 1946
-- Fragmento final--
NO ENCONTRAMOS en el valle indicio alguno de que los indígenas tuviesen religión. No había ídolos ni altares.
«Su religión es el amor a la humanidad» , dijo una vez el capitán
Walters. Éste, creo yo, es el más elocuente tributo que puede rendirse a
la bondad de esa gente sencilla.
Llegó, por fin, la notificación que
estábamos esperando. Un deslizador nos sacaría de Shangri-La remolcado
por un avión de' transporte C-47 al que daban el apodo de Leaking
Louise. El jueves, 28 de junio, el deslizador descendió graciosamente al
valle y fue a situarse en la zona de arranque. Ya estábamos todos allí
antes de que el piloto, teniente Henry E. Paver, tuviera tiempo de salir
del deshzador.
—Este expreso sale de aquí dentro de 30 minutos —nos anunció.
—¡Treinta minutos! —exclamé —¡Y yo que ni siquiera he empacado! Corrimos a las tiendas para recoger apresuradamente las hachas de piedra, los arcos y las flechas que
habíamos comprado coo recuerdo de nuestra estancia en Shangri-La. El
C-47 daba vueltas en el aire esperando el momento de arrastrar el
deslizador y ponerlo en el aire.
LOS INDíGENAS comprendieron que nos marchábamos. Al decirles adiós, vimos que en ésta, como en la otra despedida, el llanto asomaba a sus ojos. Yo sabía que iba a perder para siempre a quienes consideraba como unos de los mejores y más nobles amigos que jamás he tenido. Un
nudo me oprimía la garganta, y sólo con gran esfuerzo acerté a dominar
mi emoción. Muy claro se veía que McCollom y Decker estaban sintiendo lo
mismo y que, como yo, luchaban por sobreponerse a sí mismos.
—No se
afanen si el cable de remolque se revienta en la primera intentona — nos
advirtió Paver con la evidente intención de darnos ánimo.
—¿Y qué pasa si se revienta? — preguntó McCollom.
—Bueno ... el ejército me tiene asegurado a mí por 10.000 dólares—fue la respuesta de Paver.
Oprimí
nerviosamente mi rosario. ¿Habríamos sobrevivido al horrible desastre
del avión y a tantos azares, penalidades y dolencias, sólo para perecer cuando ya la salvación estaba tan cerca?
El C-47 descendió hacia nosotros con los motores en marcha. Yo sentí
que la sangre se me helaba en las venas. El deslizador fue conectado al
remolque... Un violento tirón, y empezamos a correr velozmente por la
zona de arranque. Un segundo después habíamos despegado y estábamos
ascendiendo. Pasamos rozando la copa de un árbol, y yo instintivamente me eché hacia atrás horrorizada. Sólo más tarde supe cuán cerca estuvimos de otro .trágico percance.
El cable de remolque,: al pasar trabajosamente por entre los espesos
árboles, había aminorado la velocidad del Louise hasta 168 kilómetros
por hora, lo cual, a esa altura, es muy peligroso para un avión de su
tamaño,., El mayor Samuels, que iba a cargo de los controles, logró
mantenerlo volando, pero según nos confesó después, el riesgo en que estuvimos fue gravísimo. Cuando por tal proeza se solicitó para él la Cruz de Vuelo Distinguido, exclamó con toda la sinceridad de que era capaz: «¡No volvería, a repetir aquello ni por una docena de Cruces!» De
pronto notamos un golpeteo rítmico y constante en el fondo del
deslizador. Sucedía que habíamos levantado uno de los grandes paracaídas
de carga que iban allí, y éste daba contra la frágil armadura del
deslizador. Aquel golpear incesante abrió una grieta que fue
agrandándose hasta convertirse en una hendedura de casi 6o centímetros
que abarcaba todo el ancho' del 0.2slizador. Con sólo inclinarnos,
veíamos a través de aquel boquete 'Íodo el paisaje sobre el cual íbamos
volando. Era algo que acababa de ponernos los nervios en tensión.
Nos tomó solamente 90 minutos volar desde Shangri-La hasta Hollandia,
pero confieso que a mí me parecieron 90 horas. Al fin Paver logró que el
averiado deslizador hiciera un aterrizaje perfecto, y yo salté a tierra 47 días después de haber salido para un vuelo de rutina que debía durar 4 horas. Cuando avanzábamos en grupo hacia la fila de los fotógrafos que nos disparaban fogonazo tras fogonazo,
me apreté instintivamente contra McCollom y Decker como en busca de
amparo. Comprendí, entonces, mejor que nunca, cuán enorme fortuna había
sido para mí el pasar aquellas adversas horas de mi vida en compañía de
dos hombres así. Cada uno de ellos había sufrido — el uno moral y el
otro materialmente — mucho más que yo. McCollom dejaba en aquel lejano peñasco al ser que más quería. A Decker se le esperaba largas semanas de hospitalización a causa de sus muchas heridas. Pensé
entonces, con honda gratitud, en el capitán Walters y sus paracaidistas
filipinos que estaban aún en Shangri-La. Y al alejarme del deslizador
para empezar de nuevo mi vida de antes, surgió en mi corazón el recuerdo de las veinte cruces y la estrella de David, agrupadas en el solitario rincón salvaje de la montaña... Sólo entonces logré dar rienda suelta a mis lágrimas.Selecciones del Reader´s Digest
UN COLLAR DE TURQUESAS EN NAVIDAD Por Fulton Oursler 1952
UN COLLAR DE TURQUESAS
Por Fulton Oursler
1952
EL HOMBRE mas triste y solitario del pueblo era sin duda Pedro Richards aquel día en que Juanita Grace entró en su tienda.
Algo de lo que voy a contar lo leyeron ustedes probablemente en los periódicos a poco de
ocurrir el incidente, mas no supieron su nombre ni el de ella porque la prensa no los publicó, ni contó tampoco la historia completa como yo la voy a relatar aquí.
Aquel pequeño comercio de curiosidades lo había heredado Pedro de su abuelo. El pequeño escaparate con vidriera a la calle estaba atestado de cosas antiguas en pintoresco desorden: brazaletes y relicarios que estuvieron de moda por allá en los tiempos de
Maricastaña; anillos de oro y cajas de plata
labrada; estatuillas de jade y de marfil; pastorcitos y damiselas de porcelana.
En aquella tarde invernal hallabase allí una niña con la frente pegada a los cristales; la atenta mirada de sus grandes ojos examinaba
cada uno de aquellos tesoros de desecho como si buscara algo muy especial.
Por fin se decidió y con aire satisfecho entró en la tienda. El umbrío interior estaba aún más atestado que el escaparate. Los estantes estaban colmados de cofres y joyeros, pistolas de duelo, relojes y lámparas; y por el suelo yacían morrllos de chimenea, mandolinas, e infinidad de cosas.cuyos nombres no sería fácil saber.
Detrás del mostrador estaba Pedro en persona: hombre no mayor de 30 años aunque sus cabellos ya habían comenzado a blanquear, con gesto desapacible contempló a la pequeña parroquiana que
apoyaba las manecitas desenguantadas sobre el mostrador.
—Señor—comenzó la niña—¿ quisiera usted hacer el favor
de mostrarme esa sarta de cuentas azules que hay en el escaparate?
Pedro apartó las cortinas y alzó el collar. Las turquesas
brillaron con azulados destellos sobre la palidez de la mano que extendía la joya para enseñársela a la chiquilla.
—¡Son
perfectas!—dijo ella para sí. Y luego en voz alta—: Tenga la bondad de
envolvérmelas en un pa‑ quetito, pero muy lindo.
Pedro la examinó con su dura mirada.
—¿Para quién las
compras?
—Son para mi hermana mayor. Ella es quien
ve por mí. Verá usted, ésta es la primera Navidad que
pasamos desde
que murió mamá, y me he propuesto buscar el más lindo regalo que pueda encontrar para
mi hermana.
—¿Cuánto dinero traes?—le preguntó Pedro cauteloso.
Ella había estado desatando rápidamente los nudos de un pañuelo y ahora vertió sobre el mostrador un puñado
de céntimos.
—Rompí
mi alcancía—explicó.
Pedro la miró
pensativo. Retiró el collar cuidadosamente. La niña no había visto el precio marcado en la etiqueta. ¿Cómo se lo diría ? La confianza reflejada en esos ojos azules removía en él el dolor de una vieja herida.
—Espera un momento—le dijo,
y se fue a la trastienda. Parecía muy ocupado en algo, porque apenas volviendo la cabeza le preguntó:
— ¿ Cómo te
llamas?
—Juanita Grace.
Cuando volvió
donde Juanita esperaba, traía en la
mano un paquete envuelto en hermoso
papel escarlata, atado con un lazo de
cinta verde.
—Aquí tienes—le
dijo alargándoselo—. Y cuidado no lo pierdas en
el camino.
Juanita le sonrió alegremente y salió de la tienda corriendo. A través de la vidriera Pedro la vio marchar mientras
llegaban a su mente en tropel
los tristes recuerdos. Juanita Grace y
su collar se le habían metido muy adentro y le habían removido una pena
que no se dejaba sepultar en
el olvido. Los cabellos
de aquella niña eran rubios como el trigo maduro;sus ojos azules como el azul del mar;
y cierta vez, no hacía mucho
tiempo, Pedro había andado enamorado de una muchacha que tenía el cabello así, rubio, y los ojos así, azules ... Y el collar de turquesas lo tenía destinado para ella.
Pero llegó una noche lluviosa ... un camión que patina sobre el pavimento resbaladizo . . . una vida que dasaparece
... y con ella una ilusión que
se destroza.
Desde entonces Pedro Richards vivió entregado
a su dolor en la soledad. Se mostraba
atento y comedido con la clientela,
pero después de las horas de trabajo su mundo quedabase completamente
vacío.
Trataba de
olvidar sumergiéndose en una bruma de compasión de sí mismo que se
espesaba cada día más.Los ojos azules ojos de Juanita Grace despertaron
en él el recuerdo punzante lo que había perdido. El dolor que esto le produjo
le hizo esquivar la garrulería de los compradores de esos días de fiesta.
En los diez días que siguieron, las ventas fueron buenass. Mujeres parlanchinas
invadían la tienda, examinaban baratijas y regateaban. Cuando el último
parroquiano hubo salido, ya tarde de la noche la víspera de Navidad,
Pedro dió, un suspiro. Había pasado la batahola de aquel año. Pero para él la
noche no había terminado.
Se abrió la puerta y entró una joven apresuradamente. Con inexplicable
sobresalto Pedro se dio cuenta de que él conocía esa cara, , pero no sabía en
dónde ni cuándo la había visto antes. Tenía el cabello dorado como el trigo maduro y los
grandes ojos azules. Sacó de la bolsa unpaquete medio desenvuelto,
de papel escarlata y lazo de cinta verde. Otra vez la sarta de cuentas
azules brilló sobre el mostrador.—¿Fue esto
comprado aquí? —preguntó.
—Sí; en efecto—respondió
Pedro con voz suave.
—¿Y las piedras
... son legítimas?
—Sí: no de muy alta calidad, pero son finas.
—¿Puede usted recordar a
quién se las vendió?
—A una pequeña que dijo llamarse Juanita.
—¿Cuánto valen?
—El
precio—respondió Pedro en tono
solemne—es cosa confidencial entre
vendedor y comprador.
—Pero es que Juanita nunca ha dispuesto más que de unos cuantos céntimos para sus compras. ¿Cómo
pudo pagarle a usted?
—Me pagó el precio más alto que nadie hubiera podido ofrecer
por ellas: me dio cuanto tenía.
Pedro arreglaba de nuevo el vistoso papel escarlata y hacía otra vez el paquetito.
Se hizo un silencio que llenó la pequeña tienda
de curiosidades. En alguna torre lejana una campana comenzó
a tañer. El tañido del esquilón distante, el paquetito sobre el
mostrador, el interrogante abierto en los ojos
de la muchacha y el sentimiento extraño de renovación que pugnaba ilógico en el corazón del hombre.
todo aquello
tomaba forma gracias al amor de una
niña.
—¿Pero qué lo indujo a usted a hacer eso?
El tomó el
regalo y se lo ofreció.
—Ya estamos en los albores de la Navidad—dijo—y por mi desgracia no tengo a quién hacerle un regalo. ¿No me permitiría usted
acompañarla hasta su casa para desearle una Nochebuena muy feliz?
Y así, al clamor de muchas campanas y en medio de alegre multitud, Pedro Richards, acompañado de una muchacha cuyo nombre
aún no sabía, entró por el amanecer de ese gran día que a todos nos
llena de esperanza. Miércoles, 6 de abril de 2016
UN SERMON NUNCA OIDO 2 Guerra Mundfial -- Por A. J. Cronin
Un Sermón Nunca Oído
Por
A. J. Cronin
Autor
de «Los astros miran Hacia abajo», «La ciudadela», y otras obras.
¡Hoy he ido a la iglesia! Singular excursión ésta
mía, emprendida con espíritu puramente mundano, y a la cual debo, sin embargo,
la emoción religiosa más honda de cuantas experimenté en la vida.
Muchos
son los templos que me ha tocado conocer: las solemnes catedrales de Chartres y
de Reims, el santuario donde veneran a la Virgen de Montserrat, el famoso
templo de Jain en Calcuta... De todos ellos difería esta capillita fabricada de tablones de pino olorosos aún
a resina; colgada, como un nido, en los
nevados riscos de los Alpes.
Allí,
en esas límpidas alturas donde el aire sereno y puro nos lava el pecho; donde
la hermosura resplandeciente de cielos y nieves nos deslumbra, tenemos, por
fuerza, que irnos desprendiendo de la escoria de la vida; que sentir que nos hallamos
en los umbrales de lo infinito.
Los
.fieles eran en su mayoría campesinos: gente de franco y claro mirar, robusta, laboriosa, como la que habita en este cantón de la Suiza
alemana. Vestían los hombres trajes de burdo paño oscuro. Por entre
el cuello de las chaquetas, de forma en nada parecida a la corriente, asomaba
la piel tostada de gargantas y nucas. No abundaban las galas en el atavío de
las mujeres: tal cual tocado de encaje o el bordado chal que es, para su
poseedora, todo un tesoro. El pañuelo rojo que lucía un chicuelo daba vívida
nota de encendido color, que parecía llenar, iluminándolo, el recinto entero.
Las
ceremonias del culto, por serme harto conocidas, no hubieran podido causar en
mí la menor impresión de novedad; aunque acaso había en ellas mayor sencillez,
más penetrante y comunicativa piedad. Como quiera que fuese, percibía yo
extraña inmanencia;misteriosa expectación que, como eléctrico flúido, vibraba,
pronta a manifestarse, en el aire.
Así llegó la hora del sermón. En tanto que los fieles, al sentarse, hacían
crujir bancos y ropas, mi acompañante me dirigió
rápida mirada, con la cual se disculpaba al par que me compadecía. Era
él un inglés de edad madura, de natural reservado. Fué paciente mío en Londres,
y se hallaba ahora tomando la cura de los tuberculosos en el heilanstalt
de la aldea. Entendía y hablaba con soltura el alemán, lengua de la cual no se me alcanzaba a mí una sola palabra.
Y aquella miradita suya lanzada al soslayo acababa
de darme a entender que yo, por culpa de mi ignorancia, me hallaba condenado a
sufrir por espacio de una hora la impaciencia consiguiente a oír predicar en un
idioma que resultaba, para mí, tan enrevesado como ininteligible.
Con todo, cuando el predicador, ya en el púlpito, abarcaba a sus feligreses con
la mirada, experimenté de nuevo aquella expectativa inexplicable. Había mucho
que se impusiera a la atención en la reposada figura de ese sacerdote. Morena y
pálida la tez, negro el cabello, corta la estatura, pero recio y fornido el
busto que cubría la blanca sobrepelliz. En el vigor de la madurez, pues no
contaría mucho más de treinta años, poseía un semblante que respiraba nobleza,
y en el cual brillaba, segura y magnética, la mirada. En su continente,
reservado al par que fervoroso, percibíase una humildad llena de decoro. La voz
con que pronunció las palabras que habían de servirle de texto, contenida y a
un tiempo mismo resonante, llenó el estrecho ámbito de la capillita y volvió,
devuelta por el eco, desde arriba. Dicho el texto, después de una pausa durante
la cual permaneció inmóvil, empezó a predicar en
aquel idioma que yo no entendía.
He oído en mis días más de un sermón. En los últimos tiempos, y en particular
en Inglaterra, he acabado por huir de los tímidos balidos de esos predicadores
que, atentos a no comprometerse, proscriben de sus sermones cuanto pueda
rozarse con las realidades que rodean al hombre contemporáneo. El predicador
que me tocaba escuchar ahora pertenecía al parecer a otra casta; difería de aquéllos tanto como el acero de fino temple
pueda diferir de la hojalata. A medida que iba adelantando en el sermón,
pese a no entender nada de su contenido, me sentía bajo el influjo de mística,
extraordinaria fascinación. Logré distinguir una
palabra: Christus; y luego otra: Fuehrer. Entonces, como por ensalmo, cambió
la,escena: dejé de ver la capillita y a los fieles en ella congregados. Vi súbitamente, con penetrante claridad, los pueblos de la
tierra toda, y la pestilencia que los aflige. Vi las poderosas
naciones totalitarias dominadas por una sola, voluntad, regidas por una sola
mano, atentas a una sola voz; en las cuales se endiosa
la doctrina que pide sangre y se glorifica el acero que la derrama. Vi
las grandes democracias del mundo entregadas a la molicie, celosas de sus
vastos dominios, sobresaltadas ante el temor de que la zarpa de algún vándalo
llegase a arrebatarles cuanto amontonaron.Vi, además,
niños en quienes inculcan desde.la cuna la arrogancia y el odio; a quienes
enseñan, cuando apenas saben andar, a marcar el paso; a los cuales les dan un
fusil como el juguete más preciado. Y vi
también la mitad de la riqueza del mundo sepultada, como cadáver amarillo, en
sótanos que antes que depósitos de caudales parecen tumbas; y el trigo que por miles y miles de sacos arrojaban a
las llamas en una parte del planeta, en tanto que en otra miles y miles de
bocas hambrientas clamaban por un pan; y las muchedumbres dolientes,
las trágicas muchedumbres presas de terror, que surgían dondequiera, que
corrían, vagando de un lado a otro, en busca de asilo; y los que se hundían, en
busca de momentáneo olvido, en los placeres; y los que, ávidos de bienes materiales,
pugnaban afanosos por conseguirlos... ¡Todo eso lo vi! Y por encima de todo
eso, en medio del tintinear sonoro de las monedas y del estruendo de la música
sincopada, vi alzarse la faz lívida del insomne miedo, el espectro amenazador
de la catástrofe a que este mismo mundo se condena.
Visión fué la mía que helaba la sangre.
Esta tierra en que habitamos, tan hermosa, tan fecunda, tan rebosante de dones,
lacerada de polo a polo por el odio, por la
agresión, por la crueldad brutal que, de no haber quien les salga al paso,
llevarán ciertamente a la civilización a su última ruina. ¡Y
decirnos que no hace siquiera un cuarto de siglo hubo nueve millones de
hombres, lo más granado de la humanidad, que ofrendaron sus vidas por salvarla!
Acongojado por tal recuerdo, el ánimo no pudo menos de hacerse esta
interrogación acerba: ¿Por qué, en nombre de cuanto haya de sensato y de
generoso, por qué ha de sobrevenir tan horrenda catástrofe?
Aunque no fuese nueva, la pregunta me hería con renovado, implacable vigor.
Ofreciéronse en esto a la mente, ,y cruzaron en veloz huida, las explicaciones
que el ingenio humano ha dado para contestarla: el imperativo económico, las
alternativas de auge y de postración en los negocios, el paro forzoso, y así de
lo demás; la grandeza y decadencia de las naciones,
la supervivencia de los más aptos, en fin, toda la retahíla. Pero, ¡qué vacuo, qué inútil parecía todo ello!
Porque era claro, meridianamente claro, que la única
razón, la cierta, la fundamental, era otra: Los hombres se han olvidado de Dios. Millones
de los que viven ahora sobre la haz de la tierra por El creada están sordos y
ciegos, están, en verdad, muertos al
conocimiento de su Creador. Para
número incontable, Dios no es sino un mito; para otros, una creencia heredada a la cual deben rendirle culto, y se lo rinden, de labios
afuera. Quiénes se acuerdan de Dios
únicamente cuando necesitan poner a alguien por testigo; quiénes tan sólo para
invocarlo con untuosa hipocresía.
Sí; ésta era la verdad limpia y desnuda: dioses
falsos, tan abominables como el Becerro de Oro de hace siglos, reciben ahora
culto en la cristiandad que, olvidada de Cristo, les erige altares;
un espíritu pagano sopla sobre el mundo; abundan
quienes, al oír mencionar el nombre de Cristo, sonríen con indulgencia, cuando
no con desprecio.Mas he aquí que, mientras que buscan con afán
al caudillo, al guía, al conductor, no se
acuerdan del único a quien le es dado guiar al mundo y conducirlo y salvarlo.
Ahí, olvidada en la loca búsqueda de nuevos sistemas y flamantes filosofías,
está la sola doctrina que encierra la salvación. Y no es difícil de entender;
ni tampoco es difícil observarla. Es hermosa y sencilla. Nos pide sólo que vivamos bien ante Dios y ante los
hombres; que amemos a nuestro prójimo y no codiciemos sus bienes; que seamos
tolerantes, caritativos, humildes; que recordemos siempre que la Vida, según la
abarca nuestro conocimiento, es apenas instante fugacísimo de la Eternidad.
¡Ah!
¡que no corra de nuevo sobre el mundo un soplo como aquel que lo inflamaba
durante las cruzadas! ¡que no nos sea dable ver de nuevo cómo redivivos
soldados de la Cruz, yendo de clima en clima, despliegan triunfadora la
olvidada bandera del místico Rey! ¡que no veamos crecer de más en más el número
de los discípulos de Cristo que, encendidos en militante fe, dan de mano lo
innocuo para buscar lo eficaz, se desentienden de lo prudente para obrar
conforme a lo necesario! ¡ahl ¡que no crezca el número de los que en hallando
desierto el templo, antes que permanecer dentro de él orando por los
descarriados, se fuesen en su busca y los trajesen y los persuadiesen a orar!
¡Entonces, entonces sanaría el mundo de su locura; entonces volvería la pobre,
la descarriada, la triste y dolorosa humanidad a levantar a Dios los corazones!
Como quien despertara de súbito de un sueño, sentí que el fluir
de mis ideas quedaba bruscamente interrumpido; experimenté casi la impresión
material de que acababa de volver, quién sabe de dónde, a la realidad que me
circundaba. Coincidía esto con el momento en que el predicador terminaba de
hablar.
Pasamos
del ambiente de la capillita a la amplitud luminosa de aquel día de invierno en
que brillaba el sol en un cielo sin nubes. Mientras
que íbamos camino de la aldea, le referí a mi acompañante, punto por punto,
aquellas imaginaciones a que me había entregado durante el sermón. Advertí
que, al oírme, mostraba cada vez mayor asombro. Cuando
hube concluido, quedóse mirándome de hito en hito, atónito, y me dijo:
— ¿Lo creerá usted? Todo eso, palabra
por palabra, es lo mismo que dijo el
predicador.
CAP 14 50 AÑOS EN ROMA
50 AÑOS EN LA IGLESIA DE ROMA
CHARLES CHINIQUY
CAP 14
Si yo escribiera todos los trucos ingeniosos, las mentiras piadosas y
perversiones de la Palabra de Dios usados para seducir a las pobres
víctimas a meterse en la trampa del celibato perpetuo, necesitaría diez
tomos grandes en lugar de un capítulo corto.
El Papa lleva a
su víctima a la cumbre de un monte alto y ahí le muestra todos los
honores, alabanza, riquezas, paz y gozo de este mundo, además el trono
más glorioso del cielo y luego le dice: —Todas estas cosas te daré si
postrándote a mis pies me prometes sumisión absoluta y juras a nunca
casarte para servirme mejor.
¿Quién puede desechar cosas tan
gloriosas? Pero las desgraciadas víctimas a veces tienen
presentimientos de las terribles miserias que les esperan.
Acercándose
a la hora fatal de ese voto impío, las víctimas juveniles
frecuentemente sienten su corazón desmayar de terror. Con las mejillas
pálidas, labios temblorosos y con sudor frío, preguntan a sus
superiores: —¿Será posible que nuestro Dios misericordioso requiera de
nosotros semejante sacrificio?
¡Ay! ¡Cómo se vuelven
elocuentes los sacerdotes despiadados en pintar al celibato como el
único camino seguro al cielo o en mostrar los fuegos eternos del
infierno preparados para recibir a los cobardes y traidores que después
de haber puesto su mano al arado del celibato, miran hacia atrás! Los
inundan con mil mentiras piadosas acerca de los milagros hecho por
Cristo a favor de sus vírgenes y sacerdotes. Les hechizan por numerosos
textos de las Escrituras, aunque no tienen la más mínima referencia a
semejantes votos.
El más extraño de esos abusos se hace
usando Mateo 19:12: “Pues hay eunucos que nacieron así desde el vientre
de su madre y hay eunucos que son hechos por los hombres y hay eunucos
que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos.
El que sea capaz de recibir esto que lo reciba.”
En una
ocasión, nuestro superior hizo un llamamiento muy urgente a nuestros
sentimientos usando este texto. Pero el discurso aunque entusiasta,
parecía deficiente de lógica. En la siguiente conferencia, después de
pedir respetuosamente y obtener permiso para expresar nuestras
objeciones, hablé de la siguiente manera:
—Querido y
venerable señor, usted nos dijo que las palabras de Cristo, “Hay
eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los
cielos.” nos muestra que tenemos que hacer el voto de celibato y
hacernos eunucos si queremos llegar a ser sacerdotes. Nos parece que
este texto en ninguna manera prueba que un eunuco esté más cerca del
reino de Dios que aquel que obedece las leyes de Dios. Si no era bueno
para el hombre estar sin esposa cuando era tan santo y fuerte en el
huerto del Edén, ¿Cómo puede ser bueno ahora que está tan débil y
pecaminoso?
—Nuestro Salvador muestra claramente que él no
encuentra ningún poder santificador en el estado de eunuco. Cuando el
joven rico le preguntó: “Buen Maestro, ¿Qué debo hacer para tener la
vida eterna?” ¿Acaso le contestó el Buen Maestro en el lenguaje que
oímos de usted hace dos días? ¡No! Le dijo: “Guarda los mandamientos”.
¿No diría lo mismo a mí también?
¿Dónde está el mandamiento
en el Antiguo o el Nuevo Testamento que manda a hacer el voto de
celibato? Cristo nunca menciona esa doctrina. ¿Cómo podemos entender
las razones o la importancia de una obligación tan estricta y
antinatural en nuestros días, cuando sabemos muy bien que los mismos
santos apóstoles vivían con sus esposas y el Salvador nunca les
reprendió por ello?
Esta libre expresión agarró desprevenido a nuestro superior. Me contestó: —¿Es todo lo que tienes que decir?
—No
es todo lo que queremos decir, —respondí, —pero antes de seguir,
agradeceríamos recibir de usted la luz que deseamos sobre las
dificultades que acabo de manifestar.
—Has hablado como un
verdadero hereje, —replicó el Sr. Leprohon con viveza desacostumbrada,
—y si no esperara que hayas dicho estas cosas para recibir la luz, te
denunciaría inmediatamente al obispo. Tú hablas de las Escrituras tal
como hablaría un Protestante. Apelas a ellas como la única fuente de
verdad y conocimiento Cristiano. Has olvidado las Santas Tradiciones
cuya autoridad es igual a la de las Escrituras.
—Tienes
razón en decir que la Biblia no impone los votos de celibato, pero lo
encontramos en las Santas Tradiciones. El voto de celibato es ordenado
por Jesucristo a través de su Iglesia. Las ordenanzas de la Iglesia
comprometen a nuestras conciencias igual como los mandamientos de Dios
dados en el monte Sinaí. No hay salvación para aquellos que no someten
su razón a las enseñanzas de la Iglesia.
—No necesitas
entender todas las razones por el voto de celibato, pero estás obligado
a creer en su necesidad y santidad, puesto que la Iglesia ha
pronunciado su veredicto sobre esa cuestión. No te corresponde discutir,
porque tu deber es obedecer a la Iglesia así como los hijos sumisos
obedecen a su madre benigna.
—Pero, ¿Quién puede dudar,
cuando recordamos que Cristo ordenó a sus apóstoles a separarse de sus
esposas? ¿No dijo San Pedro a nuestro Salvador, “He aquí, lo hemos
dejado todo y te hemos seguido?” (Mateo 19:27) ¿No es el sacerdote el
verdadero representante de Cristo en la tierra? En su ordenación, ¿No
es el sacerdote hecho igual y en un sentido superior a Cristo? Porque
cuando celebra la misa, él manda a Cristo y el mismo Hijo de Dios está
obligado a obedecer. El tiene que bajar del cielo cada vez que el
sacerdote le ordena. El sacerdote lo encierra en el sagrario o lo saca
de ahí según su propia voluntad. Al llegar a ser sacerdotes, serán
elevados a una dignidad más alto que la de los ángeles. El sacerdote
tiene que levantarse a un grado de santidad mucho más alto que el nivel
de la gente común, a una santidad igual a la de los ángeles. ¿No ha
dicho nuestro Salvador, hablando de los ángeles: “No se casarán ni se
darán en casamiento”? Puesto que los sacerdotes son mensajeros y
ángeles de Dios en la tierra, ciertamente tienen que vestirse de
santidad y pureza angelical.
—¿No dice San Pablo que la
virginidad es superior al matrimonio? ¿No muestra este dicho del
apóstol que el sacerdote, cuyas manos tocan diariamente el cuerpo
divino y la sangre de Cristo, debe ser casto y puro, no contaminado por
los deberes de la vida casada? Jesucristo a través de su santa Iglesia
manda este voto a sus sacerdotes como el remedio más eficaz contra
nuestra naturaleza corrupta.
—Gustosamente contestaré sus demás objeciones si tienen más, —dijo el Sr. Leprohon.
—Le
agradecemos mucho sus respuestas, —le contesté, —y aprovecharemos su
bondad para presentar algunas observaciones adicionales. Pero primero,
gracias por aclarar que la Palabra de Dios no apoya a los votos de
celibato, sino que solamente las tradiciones de la Iglesia dictan su
necesidad y santidad. Nos parecía que usted deseaba que creyéramos que
estaba fundado en las Santas Escrituras. Si nos permite, hablaremos de
las tradiciones en otra ocasión y nos limitaremos hoy a los textos que
usted mencionó a favor del celibato.
—Cuando Pedro dice:
“Hemos dejado todo”, nos parece que no tenía la intención de decir que
había abandonado para siempre a su esposa por medio de un voto. Porque
San Pablo dice positivamente, después de muchos años, que Pedro todavía
tenía a su esposa y que vivía con ella, no sólo en su casa, sino que
viajaba con ella cuando predicaba el Evangelio. Las palabras de las
Escrituras no pueden ser opacadas por alguna astuta explicación ni por
ninguna tradición.
—Aunque usted ya sabe las palabras de
Pablo sobre ese tema, permítame leerlas: “¿Acaso no tenemos derecho de
comer y beber? ¿No tenemos derecho de traer con nosotros a una hermana
por mujer como también los otros apóstoles y los hermanos del Señor y
Cefas?” (I Cor. 9:4,5) Al decir San Pedro: “hemos dejado todo” no
podría significar que nunca viviría con su esposa como hombre casado.
Evidentemente las palabras de Pedro significan solamente que Jesús tenía
el primer lugar en su corazón y que todo lo demás aun los objetos más
queridos como su padre, madre y esposa eran secundarias en sus afectos y
prioridades.
—El otro texto que mencionó acerca de los
ángeles no parece referirse al tema. Cuando nuestro Salvador habla de
hombres que son como los ángeles y que no se casan, se refiere al
estado de los hombres después de la resurrección. Si la Iglesia tuviera
la misma regla para nosotros no tendríamos ninguna objeción. Usted nos
dice que el voto de celibato es el mejor remedio contra las
inclinaciones de nuestra naturaleza corrupta. ¿No es extraño que Dios
nos dice que el mejor remedio que El había preparado contra esas
inclinaciones está en las bendiciones del santo matrimonio? (I Cor.
7:2) Pero ahora nuestra Iglesia ha encontrado otro remedio más de
acuerdo a la dignidad del hombre y la santidad de Dios: el voto de
celibato.
Nuestro venerable superior, ya no pudiendo ocultar
su indignación, me interrumpió bruscamente diciendo: —Lamento sumamente
el haberte dejado seguir hasta aquí. Esto no es una discusión
Cristiana y humilde entre Levitas jóvenes y su superior para recibir de
él la luz que desean. Es una exposición y defensa de las doctrinas más
herejes que jamás he oído. ¿No te da vergüenza intentar hacernos
preferir tu interpretación de las Santas Escrituras a la de la Iglesia?
¿Es a ti o a su santa Iglesia que Cristo prometió la luz del Espíritu
Santo? ¿Eres tú quien enseñas a la Iglesia o la Iglesia tiene que
enseñarte a ti? ¿Eres tú quien gobernarás y guiarás a la Iglesia o es
la Iglesia quien te gobernará y te guiará a ti?
—Mi querido
Chíniquy, si no hay un gran cambio muy pronto en ti y en los que
pretendes representar, temo mucho por todos ustedes. Muestras un
espíritu de infidelidad y rebelión que me asusta. ¡Igual como Lucifer,
te rebelas contra el Señor! ¿No temas los dolores eternos de su
rebelión?
—Estas apoyando un error Protestante cuando dices
que los apóstoles vivían con sus esposas de la manera normal. Es verdad
que Pablo dice que los apóstoles tenían mujeres con ellos y que aun
viajaban con ellas. Pero las Santas Tradiciones de la Iglesia nos dicen
que esas mujeres eran vírgenes santas que viajaban con los apóstoles
para ministrar a sus varias necesidades, lavando su ropa interior y
preparando sus comidas como las sirvientas que los sacerdotes ocupan
hoy. Es una impiedad Protestante pensar o hablar de otra manera. Pero
una palabra más y he terminado. Si ustedes aceptan la enseñanza de la
Iglesia y se someten como hijos obedientes a esa Madre Santísima, ella
les levantará a la dignidad del sacerdocio; a una dignidad mucho más
arriba de reyes y emperadores en este mundo. Si la sirven con
fidelidad, ella les asegurará el respeto y la veneración de todo el
mundo mientras vivan y les procurará una corona de gloria en el cielo.
—Pero
si rechazan sus doctrinas y persisten en sus opiniones rebeldes y
escuchan a su propia razón engañosa en lugar de la Iglesia al
interpretar las Santas Escrituras, se convertirán en herejes, apostatas
y Protestantes. Llevarán una vida de deshonra en este mundo y serán
perdidos por toda la eternidad.
Nuestro superior se salió
inmediatamente después de estas palabras fulminantes. Después de su
salida, algunos de los alumnos de teología se reían a carcajadas y me
dieron las gracias por haber luchado tan valerosamente y ganado una
victoria tan gloriosa; Pues, había confundido a mi superior,
pulverizando todos sus argumentos. Dos de ellos, repugnados por la
lógica absurda de nuestro superior, salieron del seminario pocos días
después. Si yo hubiera escuchado a mi conciencia, hubiera salido del
seminario el mismo día.
La razón me dijo que el voto de
celibato era un pecado contra la lógica, la moral y contra Dios. Pero
yo era un Católico-romano muy sincero. Más que nunca determiné no tener
ni conocimiento, ni pensamiento, ni voluntad, ni luz ni deseos, sino
solamente aquello que la Iglesia me daría a través de mi superior. ¡Yo
era falible, ella era infalible! ¡Yo era pecador, ella era la esposa
inmaculada de Jesucristo! ¡Yo era débil, ella tenía más poder que las
grandes aguas del océano! ¡Yo no era más que un átomo, ella cubría al
mundo con su gloria! Por tanto, ¿Qué podría temer en humillarme a sus
pies, vivir su vida, fortalecerme con su fuerza, ser sabio con su
sabiduría y santo con su santidad? ¿No me había dicho mi superior
repetidamente que ningún error, ningún pecado me sería imputado
mientras obedecía a mi Iglesia y andaba en sus caminos?
Con
estos sentimientos de perfecto y profundo respeto por mi Iglesia, me
consagré irrevocablemente a su servicio el 4 de mayo de 1832 al hacer el
voto de celibato y aceptar el oficio de subdiácono.
EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE Cálculo fino HOMER PARDUE, Wasco, EE. UU.
EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE
Recopilado por Alan Devoe
1946
Cálculo fino
HOMER PARDUE, Wasco, EE. UU.
Chico, mi perro dálmata, me seguía como la sombra al
cuerpo cuantas veces iba yo a darles un vistazo a las labores de la
granja. El único modo de impedírselo, era dejarlo encadenado.
Hallándome
un día en el papal, adonde, como de costumbre, me había seguido Chico,
dio el perro una muestra de inteligencia que me dejó asombrado. Tenía yo
en ese campo cincuenta y dos bocas de riego, todas las cuales habían
quedado ocultas bajo tierra con las faenas del laboreo. Dar con ellas,
no era nada fácil. El procedimiento que empleaba para hacerlo, consistía
en contar unos treinta y dos pasos entre boca y boca, así que lograba
acertar con la primera. De este modo iba encontrándolas, sin equivocarme
más de un metro a lo sumo.
Embebido en lo que estaba haciendo, no
había reparado en Chico. Pero, después de haber dado con unas siete
bocas de riego, noté que el perro estaba escarbando afanosamente. Con
gran sorpresa mía, el sitio donde se hallaba Chico quedaba precisamente
encima de una de las bocas. En cuanto la
desenterró por completo, pegó el hocico al suelo y olfateando, se fue
hasta la próxima, con la cual hizo lo mismo. Así, de una en otra, no
paró mientras no hubo desenterrado las restantes.
Y lo bueno del caso es que lo hacía mejor que yo, porque, al buscarlas, acertaba con ellas sin equivocarse ni en un centímetro.
MATILDE CASTAÑEDA Y CASTAÑEDA,-Huehuetenango- Madre del General Jorge Ubico
EL DICTADOR Y YO
Verídico relato sobre la vida del
General Ubico C.
Carlos
Samayoa Chinchilla
Copyright Disclaimer Under
Section 107 of the Copyright Act 1976, allowance is made for fair use for
purposes such as criticism, comment, news reporting,
teaching, scholarship, and research. Fair
use is a use permitted by copyright statute that might otherwise be infringing.
Non-profit, educational or personal use tips the
balance in favor of fair use
A mediados de esa época atormentada y
fecunda, el 10 de noviembre de 1878, nació un niño que en la pila bautismal
recibió el nombre de Jorge Ubico Castañeda.
"Era Guatemala entonces
—dice un folleto publicado en noviembre de 1931_, una ciudad de corte español,
rancia de costumbres, devota y almidonada, que se levantaba con el alba a los
menesteres del huerto y de la troje. La política y la vida eran entonces arte
personalísimo, como en todas las nacientes urbes de América, y nuestros abuelos
no discutían un capítulo constitucional sin ponerse los guantes y la levita, y
sobre todo sin escuchar misa y sermón en las doradas horas de la mañana
dominical, cuando los atrios de los templos congregaban la presurosa discreción
de las nobles damas emperifolladas de terciopelos.
La casona paterna del señor -Ubico tenía como todas las de su rango, aspecto
rural y urbano a la vez, y si por los portalones
claveteados de bronce se abría el paso a las visitas de distinción, por las cuadras y traspatios entraban el pollino del indio,
las vacas del establo, o el forraje para el caballo del señor, y las
servidumbres atareadas desde el amanecer.
Don Arturo Ubico y Urruela,
licenciado en leyes, y doña Matilde Castañeda de
Ubico, recibieron el presente con alborozo; y con las ceremonias de
estilo dieron nombre al niño y le pusieron Jorge, nombre varonil y que conviene
a quienes triunfan de sí mismos. Fueron sus padrinos de bautizo el general
reformador y su esposa, doña Francisca Aparicio Mérida
--hoy marquesa de Vista Bella, residente en Europa— Al mismo
tiempo que
el mayorazgo de Ubico-Castañeda, fue bautizada Elena, hija del padrino
ilustre
y de su digna y bella consorte, y compañera constante de esta dama. (?)
Ofició
en la ceremonia el célebre y legendario padre Arroyo, orador sagrado y
profano,
amigo muy cordial de los personajes de que se trata, y constituyente del
79. Los amigos íntimos del general nos refieren que su padre,
don Arturo, era hombre imponente, de recio mostacho y cabeza gris, de
sonora y
fuerte voz que solía tronar muy a menudo todas las horas de vigilia.
Tenía el aire de uno de esos segundones españoles, que no
creen espaciosa la tierra para andarla, y que aun se ven en las
pinacotecas,
bajo los entrepaños descoloridos de una sala señorial. Don Arturo era,
además, caballero prudente y
sobrio en el decir, pero ancho de obras, y por
entonces tenía el cargo de jefe político de Antigua, y corregidor asimismo de
aquella ciudad colonial. Con el anuncio de la buena nueva decidió
trasladar el hogar a la metrópoli. Y en la metrópoli nació don Jorge Ubico y
Castañeda. Su madre doña Matilde, evoca la
figura de una de esas nobles damas de Bogotá o Caracas, en tiempo de la
liberación de América, o el perfil de aquella corregidora de Querétaro, a
cuya mesa se sentaban habitualmente los confabulados de la política; no porque
abriese su hogar a la aventura actualista, sino porque, como aquellas matronas
del buen siglo XIX, tenía el alma prendida de sus
deberes y el gesto habitual de esos bustos grabados en cornalina, que se
llevaban al pecho entre los encajes de la moda española. Fue ella la que nutrió el alma del chico, pues el padre,
hombre de pluma y de caballo, andaba siempre en la inquietud forense o a
caza del arreglo oportuno de la hacienda.
Los primeros años de ese niño trascurrieron entre
los halagos y comodidades que la buena posición económica y social de sus
padres le proporcionaban. Imaginativo y
sensible, fue, según se asegura, "un
consentido".
___________________________________________________
Partida de defunción
doña MATILDE CASTAÑEDA Y CASTAÑEDA.
"Castañeda Matilde-Ladina. En
Guatemala...compareció Federico Urruela y
como pariente dijo:...falleció ...Matilde Castañeda, de cuarenta y siete años,
casada con el Licenciado Don Arturo Ubico, ladina, católica, oficios de su
sexo, originaria de Huehuetenango y
de esta vecindad.."
MANZANAS DE ORO TOMO II OCTUBRE 30 DE 1904
MANZANAS DE ORO
TOMO II
OCTUBRE 30 DE 1904
SOCIEDAD AMERICANA DE TRATADOS
N.Y.

La Señorita Prímula.
¿Cómo está Vd., Señorita? ¿De dónde viene, y qué trae en la canasta? ¿Porqué la mira con tanto afecto ese perro? Y
¿porqué tiene Vd. los ojos tan vivos y se muestra tan contenta y feliz
Creo que yo mismo puedo contestar mis preguntas. Vd. se presenta tan
fresca y atractiva como la primavera porque acaba de venir de una
excursión por el monte, acompañada de "Fidel," su protector canino. Allá
entre los arbustos, entre las rocas y al lado de los arroyuelos
encontró Vd. hermosas prímulas, madroños, azafranes y otras flores
primaverales; y ahora Vd. va á presentarlas á su mamá para que las
coloque en un florero y sean puestas en la mesa. Así su fragancia
llenará toda la casa y los encantos de la primavera se harán sentir de
toda la familia. Su paseo le ha pintado de carmín los cachetes, y el
presentimiento del gusto que tendrán sus padres y hermanos al ver las
flores que Vd. ha cogido llena su corazón de un gozo que se refleja en
su semblante. ¡Ah! Vd. ha encontrado el secreto de la felicidad.
Consiste en hacer felices á los demás. Para esto florecen las prímulas, y
exhalan su fragancia. Bien merece Vd. que se le llame "La Señorita
Prímula."
