Una refugiada de Checoslovaquia
es típico ejemplo de los
cuidados que prodigan
tras la Cortina de Hierro a los atletas «aficionados»
COMO
SUBVENCIONAN LOS ROJOS A SUS CAMPEONES
Por James Poling
Condensado de «Sports Illustrated» ELECCIONES DEL READER'S DIGEST Octubre
1956
CUANDO LOS
comunistas se apoderaron de Checoslovaquia
en 1948, Miroslava Náchodská, hija de un hombre de negocios de Praga
medianamente acomodado, era ya
una bonita rubia de 16 años. Lo único significativo de
1948 para Miroslava fue que aquel año conquistó el tercer puesto de su país en
patinaje
artístico de figuras. Las doctrinas
comunistas nada le decían a Miroslava: mero galimatías de los hombres.
En los años subsiguientes, el nuevo régimen sólo le afectó en un respecto: en su empleo, en un centro
de distribución de productos
químicos del Estado,
estaba obligada a cumplir con las cuotas de trabajo. Continuaba, no obstante, participando en competencias de patines y practicaba
regularmente.
Sólo después de ganar el campeonato nacional de 1951 en patinaje artístico Mila, como la llaman familiarmente, empezó a merecer la vigilante atención del gobierno. En enero de
1952, su proyectada gira a través de la Cortina
de Hierro hasta Viena, para competir por el campeonato europeo en patinaje de figuras, quedó súbitamente cancelada. El Comité Nacional de Educación Física
ponía en entredicho su confiabilidad política. La joven estaba perpleja. Si ella
era apolítica ¿ cómo podía resultar políticamente inconfiable?
Por entonces, a Mila, ya una muchacha
sumamente atractiva de 19 años, se la diputaba por una de las mujeres
más elegantes de Praga. («Aun así
—decía ella recientemente — yo era un
adefesio en compararación con una
muchacha occidental.») Su preocupación por la indumentaria y el adorno
era una afrenta para los mandones
comunistas. El agente del Comité de
Educación Física le citaba los
términos de la nueva
pauta del partido fijada por Moscú: «La cultura física y los deportes han dejado de ser materia de diversión para adquirir la importancia de asuntos de Estado.» Por todo el
orbe ruso, los atletas tenían que contribuir a demostrar la supremacía del comunismo sobre el capitalismo.
En Checoslovaquia los «burgueses» clubs
de deportes para aficionados quedaron abolidos, y se fundaron en su
lugar los clubs de los sindicatos obreros. El más importante de
ellos, la UDA (Ustednz Dum Armády, o «Casa
Central del Ejército») se había constituido con el exclusivo propósito de
alistar a los atletas civiles
más notables en el ejército nacional. El
régimen quería que la UDA apareciera
en todas partes victoriosa.
A fines de 1952 se «invitó» a Mila, en su
condición de campeona nacional, a ingresar en la UDA. El capitán Jilí
Sukop, jefe de entrenadores de ésta, creyó posible que
el club obviara las dificultades de Mila con el comité. A fin de que la joven figurase como miembro del ejército, se la había incluido en la nómina del
cuerpo de ingenieros en concepto de oficinista. Según recuerda Mila,
Sukop le dijo que a ella no se le asignaría
cuota de trabajo y no tendría que ir mucho a la oficina. Con lo que
ella pensó para sí: «Preferible ingresar en la UDA que perder la oportunidad de progresar en
mi patinaje.»
Su salario sería de 1500 coronas al mes. Esta
suma increíblemente alta dejó atónita
a Mila, mas salió de su asombro
con tiempo de comprarse un vestido nuevo aquella tarde. Realmente, el ejército pagaba solamente 900 coronas de su salario. El resto lo sufragaba el Ministerio de Defensa, tomándolo de un fondo especial llamado «dinero para calorías.»
Se suponía que la mayor parte de este dinero se invirtiese en la cantina de
la UDA, que suministraba fruta
fresca, carne de primera calidad y otras sustancias
alimenticias que no llegaban al mercado común, y en
adquirir mejores vestidos que los asequibles a la
generalidad de los ciudadanos, con el objeto de que los deportistas sobresalientes apareciesen ante el mundo como exponentes de la prosperidad checoslovaca.
Para que Mila pudiese representar como deportista al ejército, tenía que pasar
por dos pruebas. En la primera, rayó muy alto: tiro al blanco,
natación, habilidad para trepar por la soga. La segunda prueba era un examen oral sobre la ideología marxista.
«Me decían: lea este libro, estudie aquél. Pero
yo leía únicamente lo suficiente para pasar, después de que algún amigo me
había dicho qué preguntas acostumbraban hacer.» También asistía la joven a dos clases semanales obligatorias de instrucción polítíca. Permanecía, empero, «irregenerada»;
seguía usando el lápiz labial y el esmalte
de uñas, a los cuales
llamaba su instructor «basura burguesa.»
Habiendo salido bien de las pruebas, recibió Mila su diario
oficial, documento expedido a cada deportista subvencionado por el gobierno. El atleta
debe someter mensualmente su diario al superior para su revisión. El
superior de Mila era el coronel Nikolai Hllb, checo entrenado en la Unión Soviética.
A Mila se le ordenó anotar sus actividades en el
diario: su
vida privada,
incluso sus diferentes estados de ánimo, sus
deseos y anhelos, el estado de sus nervios, así como los detalles de su programa de
entrenamiento. Si
sentía hambre, debía especificar hambre de qué y
a qué horas. Si iba al teatro o pasaba una tarde romántica, tenía que
consignar
si aquello la había sosegado. Estas
notas diarias irían en último trámite a manos de los
científicos, que estudiarían los efectos de las diversas sustancias alimenticias y descansos y recreos en la actuación de los atletas.
Mila descubrió que no era prudente
presentar muchas páginas en blanco. «Grandes inconvenientes surgían
entonces —dice—. Solamente la
hospitalización era excusa aceptable para la omisión de los
ejercicios preceptuados.» Había cuatro
horas diarias de prácticas, seis días
por semana, durante la temporada deportiva (octubre a marzo). Las dos primeras semanas de abril, tenía Mila su vacación anual. Del 15 de abril al 15 de junio
realizaba «trabajo ligero» (gimnasia, natación, remos, ballet,
adiestramiento de pista). Desde el 15 de junio hasta la apertura de la temporada, en octubre, Mila permanecía
en Stara Boleslav, campo de entrenamiento en el cual se halla la
única pista de patinar artificial
bajo techo en
Checoslovaquia.
Allí patinaba dos horas por la mañana;
tenis y natación por la tarde; y,
por la noche, una sesión de «autocrítica.»
Los atletas que habían sido dormilones,
pasado por alto las prácticas, o incurrido en cualquier otra negligencia, debían confesar sus culpas en público. Tedas las semanas se remitía el acta de las confesiones al
coronel Hilb, quien
dictaba la correspondiente medida disciplinaria: una reprimenda, una disminución del salario, el despido, o aun la publicación
infamante del nombre del trasgresor como un «fracaso socialista.» Si alguien se olvidaba de informar
acerca de sus propias fechorías,
siempre había algún camarada ansioso
de refrescarle la memoria al olvidadizo.
Mila empezó su carrera de atleta amateur contratada por la UDA ganando el título nacional en 1953. Luego de algunas exhibiciones en Moscú y Leningrado se la envió al centro de
entrenamiento para el Campeonato Mundial
Académico que había de celebrarse en
Viena. Este es un certamen para
estudiantes universitarios
exclusivamente; mas el hecho de que
Mila nunca hubiese asistido a una
universidad no fue reparo que preocupase a sus superiores. Al término del período de entrenamiento, se le dio una cena al equipo. Un oficial rojo
hizo el discurso propagandístico de rigor, aunque esta vez con inopinado remate; a uno
de los miembros del equipo no se le permitiría salir del país. Mila recuerda: «Ya sabía que ese miembro era yo antes de que lo dijese él. De nuevo se me prohibía
atravesar la Cortina.»
La joven no supo mas del asunto
hasta dos semanas antes de las competencias
nacionales de 1954, ocasión en que se la
expulsó bruscamente de la UDA.
El comité había resuelto que ella era
demasiado «inconfiable» políticamente para
merecer ostentar la
representación de Checoslovaquia más
allá de las fronteras.
Mila escribió una carta al Presidente de la República de
Checoslovaquia, en la que inquiría el por
qué de negársele a ella el derecho a
participar en competencias deportivas internacionales. A los cuatro meses se la citó al despacho del subsecretario
del Ministerio de Defensa,
jefe superior de la UDA. Sin comentarios, se le entregó el cuaderno en que archivaba sus antecedentes la
policía. Había allí copias de las cartas cruzadas entre ella y su amiga Aja Vrzanová, ex campeona mundial
de patinaje artístico, evadida de
Checoslovaquia en 1950. Allí
obraba también un anónimo en
que se la acusaba de cierta visita secreta
a Berlín Occidental en 1951, cuando
realizaba exhibiciones en la Alemania
Oriental. Entre los cargos contra
ella se incluían su amistad con un militar norteamericano y su esposa y
la observación de que su modo
de vestir y su maquillaje patentizaban sus sospechosas inclinaciones naturales burguesas.
Además, contenía el cuaderno una carta en
que se acusaba a la joven de
haber expresado claramente sus deseos
de evasión. Firmaba esa carta Dagmar Lerchová, patinadora principal
del Club de la Estrella Roja, de la policía nacional. «Yo siempre había derrotado fácilmente a
Dagmar en las competencias,» dice
Mila.
Miroslava refutó aquellos cargos frente a
frente. «Después de leerlos, lloré Mucho, muchísimo; confesé como cierto
lo que tenía que confesar y negué en redondo todo lo demás.
Aseguré que lo de mi visita a Berlín mal era una mentira complota.
Juré que jamás había querido escapar ¡Oh, soy una buena actriz, y le llegué al corazón
al subsecretario!» En efecto, a las dos semanas de aquella escena, el
subsecretario le comunicaba que podía reincorporarse a la UDA.
Reanudó su entrenamiento, con salario
íntegro, y en los luegos de enero de
1955 retuvo su título nacional. El comité la envió a los campeonatos
europeos de aquel año en Budapest,
donde se colocó en octavo lugar entre 22 rivales. Sin embargo, cuando aparecieron los nombres de los atletas que iban a competir en los campeonatos mundiales de
Viena, Mila faltaba otra vez de la lista. En su puesto figuraba una muchacha que
había obtenido el decimooctavo
lugar en Budapest. Afortunadamente la prensa y el público de Praga
protestaron; y a Mila se la envió
por fin al certamen de Viena. «Patiné muy mal —confiesa ella misma—
porque mi mente estaba absorta
en proyectos de fuga. Y en verdad que era precisamente entonces
cuando debía fugarme, porque no podía
contar con que me dejasen cruzar de nuevo la Cortina de Hierro.»
En Viena, después de las competencias, el director del equipo checoslovaco decidió llevar a sus atletas de compras a
la zona estadounidense de la ciudad. Como entraran todos
en una zapatería, Mila expresó incidentalmente su deseo de comprar en la tienda contigua cierto perfume (a sabiendas de que las demoras
inevitables en las pruebas de tanto
zapato le darían tiempo del que aprovecharse). «Desde luego, el director aquel no era muy listo,» observa
Mila.
Corrió a su hotel, empaquetó
apresuradamente sus más necesarios efectos, y voló en un taxímetro a la
embajada norteamericana.
Mas era sábado, y llegó 10 minutos después del cierre de fin de semana. Cuando, muda de desesperación, se apartaba de
aquella puerta infranqueable, el chofer le dijo: «Yo sé lo que usted desea, niña. Yo se lo
arreglaré.»
La llevó a una tiendecita, que resultó ser una
agencia de fugas. El encargado
del lugar conversó brevemente con
Mila, y luego dijo: «Se va a armar la
gorda cuando la echen a usted de
menos; así que hay que darse prisa.» Le proporcionaron unos
papeles de identificación a nombre de una tal «June Rider,» de Chicago; y en automóvil la condujeron a una estación de ferrocarril, donde se hizo cargo de ella un
estadounidense que le advirtió que, si había que contestar a alguna pregunta, él lo haría. Pasaron sin contratiempos por delante de la
guardia rusa y subieron a un tren que, en tres
horas, los puso en la zona norteamericana de Austria. Fue el
comienzo del viaje de Mila a los Estados Unidos, en donde hace ahora su carrera como patinadora en una revista musical sobre el hielo.
Mientras esperaba en Alemania el permiso de
entrada en los Estados Unidos, Miroslava hizo una visita a cierto equipo equipo checoslovaco de atletismo que competía en un certamen internacional. Sólo uno
de los miembros se atrevió a saludarla: Emil Zátopek,
campeón de corredores de larga
distancia en los Juegos Olímpicos de 1952.
«¿Por qué hiciste eso, Mila? ¿ Vivías tú realmente mal?»
«Emil es miembro del partido —dice Mila— pero él sabía muy bien que ésa era una pregunta tonta. No se trata de pasarlo mal o no; sino de que
la cuiden a uno como a un cerdo que se lleva a la feria.»