miércoles, 29 de noviembre de 2023

EL TESORO -Cap XIII. El lago de petróleo

Al mediodía del día cuarto no quedaba a bordo del Huascar más que un litro de agita. A las dos de la larde, aquellos desgraciados, que tenían la lengua y la garganta completamente secas, consumieron, después de mucho vacilar, una parte del agua. A las cuatro del mismo día,

desaparecía la última gota en las fauces abrasadas por el calor que se escapaba del hogar, encendido hasta el rojo blanco.

Profundo silencio reinó a bordo del Huascar, apenas fue bebida la última gota de agua. Sir John, el audaz ingeniero que arrostraba la muerte sin inmutarse, y Burthon, O’Connor y Morgan, todos estaban consternados.

¿Cuándo encontrarían agua? ¿Qué sucedería al día siguiente o al otro?

Tales eran las preguntas que aquellos hombres sentían venir a sus labios, ha poco humedecidos por el último sorbo de agua, y ya secos.

No hay pluma que pueda describir las torturas padecidas por aquellos desventurados durante las doce largas horas de la noche. A las ocho de la mañana, Burthon no podía ya hablar.

—Señor —balbuceó—, ¡una gota de agua, una sola!

—No nos queda ni un solo sorbo —respondió Sir John, con acento desesperado.

—Pero ¿dónde nos hallamos?

—Debajo de Tejas, si no yerran mis cálculos.

Miróle Burthon, sin comprender, y volvió a caer sobre su banco, lanzando

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un sordo ronquido.

Pasaron otras doce horas, y después otras doce. Llevaban, pues, treinta y seis sin haber probado una gota de agua. Ninguno de ellos podía ya tenerse en pie. Sus labios, expuestos cada dos horas a las llamas de la máquina, que funcionaba rabiosamente, habíanse ennegrecido y agrietado; la lengua estaba seca, dura y rehusaba moverse; su garganta

estaba también reseca y cubierta de duras costras. Ningún sonido salía de aquellas bocas.

La situación no cambió el quinto día. El bote continuaba remontando a todo vapor la corriente, que seguía encajonada entre aquellas interminables murallas cortadas a pico. Burthon gemía en el fondo del bote, emitiendo roncos gemidos. O’Connor, que se había bebido una

botella del horrible aceite destinado a las lámparas, lo estaba vomitando.

Morgan, medio tostado por el fuego de la máquina, no daba ya casi ninguna señal de vida. Sólo Sir John era aún dueño de sí mismo y se hallaba sentado a popa, asido a la barra del timón y apretándose la frente con la mano izquierda.

Otras dos horas transcurrieron, largas como dos días. El bote, con la máquina medio apagada por la falta de combustible, no avanzaba más que con una velocidad de tres a cuatro nudos por hora, describiendo muchos zigzag, con peligro de estrellarse contra las rocas.

El ingeniero aún resistía, y hacía esfuerzos desesperados para no rodar al fondo del bote.

Sacó el reloj, y miró la hora; eran las diez de la mañana.

—Todo ha acabado —murmuró.

Intentó levantarse para acercarse a la máquina, pero de improviso le faltaron las fuerzas, nublósele la vista y cayó de rodillas.

Al poco rato volvió a levantarse con un esfuerzo desesperado. Su mirada brilló, aguzáronse sus oídos y sus labios se abrieron, dejando escapar un

rugido.

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—¡El agua! ¡El agua!… ¡El agua!

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Capítulo XIII. El lago de petróleo

Si el ingeniero hubiese gritado: «¡Los tesoros de los Incas!», no se hubiese movido probablemente ninguno de los hombres que yacían como muertos en el fondo del bote. Pero aquel grito ahogado repetido tres veces, anunciando el agua, les hizo saltar en pie, como sacudidos por una descarga eléctrica.

Primero Morgan, después Burthon y, por último, O’Connor, alzaron con un esfuerzo supremo la calma, y luego se incorporaron sobre las rodillas, con los ojos medio apagados, los labios abiertos, agarrotadas las manos y el oído atento.

—¡El agua! ¡El agua! —repitió Sir John, asiéndose a la barra del timón.

Morgan dejó escapar un ronco gemido de sus agrietados labios.

—¿Dónde? —balbuceó—. ¿Dónde?

El ingeniero no respondió. Inclinado hacia adelante, desencajados los ojos y conteniendo la respiración, escuchaba presa de terrible ansiedad.

A lo lejos oíase un sordo fragor, como si un raudal de agua cayese de gran altura y se estrellase contra las rocas. No había duda. Como una media milla más arriba había una cascada, y tal vez de agua dulce.

—¡El agua! ¡El agua!

 

lunes, 27 de noviembre de 2023

EL TESORO 83-85

EL TESORO DE LOS INCAS

EMILIO SALGARI

ITALIA

—¡Eh! Todavía estoy temblando de pensar que a estas horas había de verme dentro de aquel negro embudo.

—A no ser por el escollo, ninguno de nosotros estaría vivo —dijo Sir John.

—¿Encontraremos más remolinos? —preguntó Burthon.

—¿Quién puede preverlo? Estoy mirando el plano; pero ni siquiera hace mención de éste.

—¿Navegamos por un nuevo río?

—¿No lo has advertido? El otro descendía del Norte, y éste baja del Sur.

—¡Mal va esto, señor! Vamos a consumir todo el carbón, del cual no nos

quedan más que cien kilos.

—Ya encontraremos más. Prueba el agua de este nuevo río.

Burthon metió una taza en la corriente, la llenó, y se la llevó a los labios.

—¡Cuernos de bisonte! —exclamó—. ¡Todavía está salada!

—¡La fatalidad nos persigue! —dijo O’Connor.

—No desmayemos, amigos —dijo Sir John—. Ya hallaremos algún torrente.

—¡Pero si las riberas son siempre lisas y altísimas!

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—Confiemos, O’Connor. A partir de hoy, cuidaremos por turno de la máquina.

—Es de justicia —dijo Burthon—. Los fogoneros y maquinistas beben más que los demás, ¡y sólo nos quedan cuatro litros de agua!

—Que apenas bastan para cuatro días —dijo Sir John—. Abrid bien los ojos, y aplicad bien el oído. Tal vez corra algún torrente sobre esas peñas.

La jornada transcurrió sin incidentes; el Huascar siguió remontando el río con gran rapidez, dejando en pos de sí una estela luminosa, hasta el punto de hacer creer que estaban las aguas mezcladas con fósforo.

Las orillas no cambiaban de aspecto. Continuaban siendo altísimas, y tan lisas, que se hacía imposible escalarlas.

Hacia las ocho de la noche, O’Connor intentó subir por la orilla derecha, que, aunque cortada a pico y muy alta, presentaba profundas hendiduras y algunos salientes, pero después de haberse elevado algunos metros, se vio obligado a descender. Intentó también escalar la orilla izquierda, pero en vano.

Sir John y sus compañeros conferenciaron entre sí. Todos opinaron que era preciso seguir adelante mientras quedase un trozo de carbón, y además poner en vigor los cuartos de guardia durante las doce horas de la noche.

El ingeniero y O’Connor se comprometieron a velar en el primero y tercero, y Morgan y Burthon en el segundo y último.

La noche transcurrió lentamente, pero las orillas continuaron siendo tan elevadas y escabrosas como antes.

Ningún fragor, ningún mugido que indicase la proximidad de un torrente o de una cascada interrumpió el sordo murmullo del negro río y las rapidísimas vueltas de la hélice.

Al día siguiente tampoco se percibió nada. Las dos murallas continuaban siendo casi siempre iguales, muy elevadas, y sin una brecha, ni un pequeño seno, ni un fiord. Solamente se advirtió que el río corría con mayor furia y torcía hacia el Sud-Sudoeste.

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Fue consumido otro litro de agua, y no corta cantidad de carbón desapareció en el hogar de la máquina, que puesta en estado de incandescencia hacia sufrir horriblemente a los fogoneros.

Durante el tercer día, Sir John, inquietísimo, hizo detener muchas veces el barco para ver de escalar las rocas, pero sin fruto. Muchas veces se dijo a sí mismo si no sería mejor retroceder, pero con gran temor suyo reparó en que el carbón había disminuido de modo espantoso.

 Dos eran, pues, los grandes peligros que les amenazaban: la falta de agua y la falta de carbón.

¡Era para temblar de espanto!

 

sábado, 25 de noviembre de 2023

1956 -COMO SUBVENCIONAN LOS ROJOS A SUS CAMPEONES

 

Una refugiada de Checoslovaquia es típico ejemplo de los cuidados que prodigan
tras la Cortina de Hierro a los atletas «aficionados»

COMO SUBVENCIONAN LOS ROJOS A SUS CAMPEONES

Por James Poling

Condensado de «Sports Illustrated» ELECCIONES DEL READER'S DIGEST     Octubre

1956    

CUANDO LOS comunistas se apo­deraron de Checoslovaquia en 1948, Miroslava Náchodská, hija de un hombre de negocios de Praga medianamente acomoda­do, era ya una bonita rubia de 16 años. Lo único significativo de 1948 para Miroslava fue que aquel año conquistó el tercer puesto de su país en patinaje artístico de figuras. Las doctrinas comunistas nada le decían a Miroslava: mero galimatías de los hombres.

En los años subsiguientes, el nue­vo régimen sólo le afectó en un res­pecto: en su empleo, en un centro de distribución de productos quími­cos del Estado, estaba obligada a cumplir con las cuotas de trabajo. Continuaba, no obstante, participan­do en competencias de patines y practicaba regularmente.

Sólo después de ganar el campeo­nato nacional de 1951 en patinaje artístico Mila, como la llaman fa­miliarmente, empezó a merecer la vigilante atención del gobierno. En enero de 1952, su proyectada gira a través de la Cortina de Hierro has­ta Viena, para competir por el cam­peonato europeo en patinaje de figu­ras, quedó súbitamente cancelada. El Comité Nacional de Educación Física ponía en entredicho su confiabilidad política. La joven estaba perpleja. Si ella era apolítica ¿ cómo podía resultar políticamente incon­fiable?

Por entonces, a Mila, ya una mu­chacha sumamente atractiva de 19 años, se la diputaba por una de las mujeres más elegantes de Praga. («Aun así —decía ella recientemente — yo era un adefesio en compararación con una muchacha occiden­tal.») Su preocupación por la indu­mentaria y el adorno era una afrenta para los mandones comunistas. El agente del Comité de Educación Fí­sica le citaba los términos de la nue­va pauta del partido fijada por Mos­cú: «La cultura física y los deportes han dejado de ser materia de diver­sión para adquirir la importancia de asuntos de Estado.» Por todo el orbe ruso, los atletas tenían que contribuir a demostrar la supremacía del comunismo sobre el capitalismo.

En Checoslovaquia los «burgue­ses» clubs de deportes para aficiona­dos quedaron abolidos, y se funda­ron en su lugar los clubs de los sindicatos obreros. El más impor­tante de ellos, la UDA (Ustednz Dum Armády, o «Casa Central del Ejército») se había constituido con el exclusivo propósito de alistar a los atletas civiles más notables en el ejército nacional. El régimen quería que la UDA apareciera en todas partes victoriosa.

A fines de 1952 se «invitó» a Mila, en su condición de campeona nacio­nal, a ingresar en la UDA. El capi­tán Jilí Sukop, jefe de entrenado­res de ésta, creyó posible que el club obviara las dificultades de Mila con el comité. A fin de que la joven fi­gurase como miembro del ejército, se la había incluido en la nómina del cuerpo de ingenieros en concep­to de oficinista. Según recuerda Mila, Sukop le dijo que a ella no se le asignaría cuota de trabajo y no ten­dría que ir mucho a la oficina. Con lo que ella pensó para sí: «Preferi­ble ingresar en la UDA que perder la oportunidad de progresar en mi patinaje.»

Su salario sería de 1500 coronas al mes. Esta suma increíblemente al­ta dejó atónita a Mila, mas salió de su asombro con tiempo de comprar­se un vestido nuevo aquella tarde. Realmente, el ejército pagaba sola­mente 900 coronas de su salario. El resto lo sufragaba el Ministerio de Defensa, tomándolo de un fondo especial llamado «dinero para calo­rías.» Se suponía que la mayor parte de este dinero se invirtiese en la can­tina de la UDA, que suministraba fruta fresca, carne de primera cali­dad y otras sustancias alimenticias que no llegaban al mercado común, y en adquirir mejores vestidos que los asequibles a la generalidad de los ciudadanos, con el objeto de que los deportistas sobresalientes aparecie­sen ante el mundo como exponentes de la prosperidad checoslovaca.

Para que Mila pudiese representar como deportista al ejército, tenía que pasar por dos pruebas. En la primera, rayó muy alto: tiro al blan­co, natación, habilidad para trepar por la soga. La segunda prueba era un examen oral sobre la ideología marxista. «Me decían: lea este li­bro, estudie aquél. Pero yo leía úni­camente lo suficiente para pasar, después de que algún amigo me ha­bía dicho qué preguntas acostum­braban hacer.» También asistía la joven a dos clases semanales obliga­torias de instrucción polítíca. Permanecía, empero, «irregenerada»; seguía usando el lápiz labial y el esmalte de uñas, a los cuales llamaba su instructor «basura burguesa.»

Habiendo salido bien de las prue­bas, recibió Mila su diario oficial, documento expedido a cada depor­tista subvencionado por el gobierno. El atleta debe someter mensualmen­te su diario al superior para su re­visión. El superior de Mila era el coronel Nikolai Hllb, checo entre­nado en la Unión Soviética.

A Mila se le ordenó anotar sus actividades en el diario: su vida privada, incluso sus diferentes esta­dos de ánimo, sus deseos y anhelos, el estado de sus nervios, así como los detalles de su programa de en­trenamiento. Si sentía hambre, de­bía especificar hambre de qué y a qué horas. Si iba al teatro o pasaba una tarde romántica, tenía que con­signar si aquello la había sosegado. Estas notas diarias irían en último trámite a manos de los científicos, que estudiarían los efectos de las di­versas sustancias alimenticias y des­cansos y recreos en la actuación de los atletas.

Mila descubrió que no era pruden­te presentar muchas páginas en blan­co. «Grandes inconvenientes sur­gían entonces —dice—. Solamente la hospitalización era excusa acepta­ble para la omisión de los ejercicios preceptuados.» Había cuatro horas diarias de prácticas, seis días por se­mana, durante la temporada depor­tiva (octubre a marzo). Las dos primeras semanas de abril, tenía Mila su vacación anual. Del 15 de abril al 15 de junio realizaba «trabajo li­gero» (gimnasia, natación, remos, ballet, adiestramiento de pista). Des­de el 15 de junio hasta la apertura de la temporada, en octubre, Mila permanecía en Stara Boleslav, cam­po de entrenamiento en el cual se halla la única pista de patinar arti­ficial bajo techo en Checoslovaquia.

Allí patinaba dos horas por la ma­ñana; tenis y natación por la tarde; y, por la noche, una sesión de «auto­crítica.» Los atletas que habían sido dormilones, pasado por alto las prácticas, o incurrido en cualquier otra negligencia, debían confesar sus cul­pas en público. Tedas las semanas se remitía el acta de las confesiones al coronel Hilb, quien dictaba la correspondiente medida disciplina­ria: una reprimenda, una disminu­ción del salario, el despido, o aun la publicación infamante del nom­bre del trasgresor como un «fracaso socialista.» Si alguien se olvidaba de informar acerca de sus propias fechorías, siempre había algún cama­rada ansioso de refrescarle la memo­ria al olvidadizo.

Mila empezó su carrera de atleta amateur contratada por la UDA ga­nando el título nacional en 1953. Luego de algunas exhibiciones en Moscú y Leningrado se la envió al centro de entrenamiento para el Campeonato Mundial Académico que había de celebrarse en Viena. Este es un certamen para estudian­tes universitarios exclusivamente; mas el hecho de que Mila nunca hubiese asistido a una universidad no fue reparo que preocupase a sus superiores. Al término del período de entrenamiento, se le dio una ce­na al equipo. Un oficial rojo hizo el discurso propagandístico de rigor, aunque esta vez con inopinado re­mate; a uno de los miembros del equipo no se le permitiría salir del país. Mila recuerda: «Ya sabía que ese miembro era yo antes de que lo dijese él. De nuevo se me prohi­bía atravesar la Cortina.»

La joven no supo mas del asunto hasta dos semanas antes de las com­petencias nacionales de 1954, ocasión en que se la expulsó brusca­mente de la UDA. El comité había resuelto que ella era demasiado «inconfiable» políticamente para mere­cer ostentar la representación de Checoslovaquia más allá de las fron­teras.

Mila escribió una carta al Presi­dente de la República de Checoslo­vaquia, en la que inquiría el por qué de negársele a ella el derecho a participar en competencias depor­tivas internacionales. A los cuatro meses se la citó al despacho del sub­secretario del Ministerio de Defen­sa, jefe superior de la UDA. Sin comentarios, se le entregó el cuader­no en que archivaba sus anteceden­tes la policía. Había allí copias de las cartas cruzadas entre ella y su amiga Aja Vrzanová, ex campeona mundial de patinaje artístico, evadida de Checoslovaquia en 1950. Allí obraba también un anónimo en que se la acusaba de cierta visita secreta a Berlín Occidental en 1951, cuando realizaba exhibiciones en la Alemania Oriental. Entre los cargos contra ella se incluían su amistad con un militar norteamericano y su esposa y la observación de que su modo de vestir y su maquillaje pa­tentizaban sus sospechosas inclina­ciones naturales burguesas.

Además, contenía el cuaderno una carta en que se acusaba a la joven de haber expresado claramente sus deseos de evasión. Firmaba esa carta Dagmar Lerchová, patinadora prin­cipal del Club de la Estrella Roja, de la policía nacional. «Yo siempre había derrotado fácilmente a Dag­mar en las competencias,» dice Mila.

Miroslava refutó aquellos cargos frente a frente. «Después de leerlos, lloré Mucho, muchísimo; confesé como cierto lo que tenía que confe­sar y negué en redondo todo lo de­más. Aseguré que lo de mi visita a Berlín mal era una mentira complota. Juré que jamás había querido escapar ¡Oh, soy una buena actriz, y le llegué al corazón al sub­secretario!» En efecto, a las dos se­manas de aquella escena, el subse­cretario le comunicaba que podía reincorporarse a la UDA.

Reanudó su entrenamiento, con salario íntegro, y en los luegos de enero de 1955 retuvo su título na­cional. El comité la envió a los cam­peonatos europeos de aquel año en Budapest, donde se colocó en octavo lugar entre 22 rivales. Sin embargo, cuando aparecieron los nombres de los atletas que iban a competir en los campeonatos mundiales de Vie­na, Mila faltaba otra vez de la lista. En su puesto figuraba una mucha­cha que había obtenido el decimo­octavo lugar en Budapest. Afortuna­damente la prensa y el público de Praga protestaron; y a Mila se la envió por fin al certamen de Viena. «Patiné muy mal —confiesa ella misma— porque mi mente estaba absorta en proyectos de fuga. Y en verdad que era precisamente enton­ces cuando debía fugarme, porque no podía contar con que me deja­sen cruzar de nuevo la Cortina de Hierro.»

En Viena, después de las compe­tencias, el director del equipo checoslovaco decidió llevar a sus atletas de compras a la zona estadouniden­se de la ciudad. Como entraran to­dos en una zapatería, Mila expresó incidentalmente su deseo de com­prar en la tienda contigua cierto perfume (a sabiendas de que las de­moras inevitables en las pruebas de tanto zapato le darían tiempo del que aprovecharse). «Desde luego, el director aquel no era muy listo,» ob­serva Mila.

Corrió a su hotel, empaquetó apresuradamente sus más necesarios efectos, y voló en un taxímetro a la embajada norteamericana. Mas era sábado, y llegó 10 minutos después del cierre de fin de semana. Cuan­do, muda de desesperación, se apar­taba de aquella puerta infranquea­ble, el chofer le dijo: «Yo sé lo que usted desea, niña. Yo se lo arreglaré.»

La llevó a una tiendecita, que re­sultó ser una agencia de fugas. El encargado del lugar conversó bre­vemente con Mila, y luego dijo: «Se va a armar la gorda cuando la echen a usted de menos; así que hay que darse prisa.» Le proporcionaron unos papeles de identificación a nombre de una tal «June Rider,» de Chicago; y en automóvil la con­dujeron a una estación de ferro­carril, donde se hizo cargo de ella un estadounidense que le advirtió que, si había que contestar a alguna pregunta, él lo haría. Pasaron sin contratiempos por delante de la guardia rusa y subieron a un tren que, en tres horas, los puso en la zona norteamericana de Austria. Fue el comienzo del viaje de Mila a los Estados Unidos, en donde ha­ce ahora su carrera como patinadora en una revista musical sobre el hielo.

Mientras esperaba en Alemania el permiso de entrada en los Estados Unidos, Miroslava hizo una visita a cierto equipo equipo checoslovaco de atle­tismo que competía en un certamen internacional. Sólo uno de los miem­bros se atrevió a saludarla: Emil Zá­topek, campeón de corredores de larga distancia en los Juegos Olím­picos de 1952. «¿Por qué hiciste eso, Mila? ¿ Vivías tú realmente mal?»

«Emil es miembro del partido —dice Mila— pero él sabía muy bien que ésa era una pregunta tonta. No se trata de pasarlo mal o no; sino de que la cuiden a uno como a un cerdo que se lleva a la feria.»