domingo, 12 de noviembre de 2017

ALBERT SCHWEITZER, MODERNO APÓSTOL DE LOS NEGROS

ALBERT SCHWEITZER, MEDICO DE SALVAJES
MODERNO APÓSTOL DE LOS NEGROS  
Gesta de caridad de un gran protestante contada por un católico
Por el Reverendo John A. O´brien
Decano del a Facultad de Filosofía  de la Universidad de Notre Dame
SELECCIONES DELREADER'S DIGEST
 Junio de 1946
QUUIEN QUIERA CONTARSE entre los Locos de Dios debe dejar a un lado todas las comodidades del mundo y consagrar su vida al servicio del prójimo. Por cerca de cuarenta años Albert Schweitzer ha sido exactamente uno de esos locos.
La transformación suya empezó en el parque principal de Colmar, capital de la Alta Alsacia. Cierto día estuvo allí largo rato contemplando la figura sumisa del negro, arrodillado y desnudo,
  que hace parte del monumento erigido cn honor del almirante Bruat y del imperio colonial de Alemania. A los ojos de Schweitzer aquel negro simbolizaba la inhumanidad del hombre con el hombre.« ¿Será cierto, como he oído decir», musitó, que explotarnos a esos negros y no les facilitamos siquiera médicos ni medicinas?»
El el viaje de vuelta a Estrasburgo, el recuerdo del negro arrodillado no se apartó un momento de su memoria.
« Pero por qué me ha de remorder la conciencia, se preguntaba. « ¿Soy acaso misionero?» Y hubiera podido añadir que, pese a su juventud— sólo tenía treinta años—se había destacado ya brillantemente en tres ramas de la cultura: era universalmente tenido por autoridad en el conocimiento y enseñanza de la Sagrada Escritura; gozaba de especial predilección entre los públicos europeos como organista de concierto; y, era autor de una notable biografía de Bach.
Precisamente en aquellos días, por obra del azar o por un decido de los hados, acertó a leer, en cierta revista, un artículo sobre el Congo. Y en estas palabras: «Les predicamos a estos naturales las excelencias y ternuras de la religión, y los dejamos padecer y morir de enfermedades fisicas que nuestros misioneros son impotentes para combatir».
Lo que Schweitzer sintió al leer esas líneas, lo refirió él mismo después: «Grande es la culpa que a todos nos alcanza por lo que los blancos de todas las naciones han hecho con los negros. El bien que les hagamos, no debemos considerarlo como benevolencia, sino como justa expiación».
El sabio y músico hizo voto de convertir el resto de su vida en larga obra expiatoria entre los salvajes. Sus amigos pusieron el grito en el cielo. Si los indígenas del África necesitaban algo, que Schweitzer allegase dinero para socorrerlos. Nadie menos llamado que él a lavar las pústulas de los leprosos con sus privilegiadas manos de artista.
Schweitzer respondió con la frase de Goethe: «En el principio, fue la acción». Y su primera acción fue matricularse en la escuela de Medicina. Pasaron cinco años. Estaba a punto de graduarse cuando surgió una sorprendente complicación. ¡El varón de los propósitos heroicos se había enamorado! Sus amigos se alegraron infinitamente. El matrimonio, decían, será el fin seguro de la loca empresa que ha comenzado.
Pero Elena Bresslau, hija de un historiador hebreo de la 'universidad de Estrasburgo, conocía niu,,- bien el proyecto de Schweitzer. Con toda franqueza se lo había éste comunicado al solicitar sus relaciones: «Estudio con el propósito de ser médico de salvajes. ¿Estarías dispuesta a pasar el resto de tu vida conmigo... en la selva?»
A lo que ella respondió: «Yo estudiaré para enfermera. Así es que, ¿cómo podrías irte sin mi?»
Ambos comprendieron que en las selvas tropicales el simple título facultativo no bastaba: era preciso contar con medicinas, vendajes, instrumental quirúrgico. De ahí que Schweitzer dictase conferencias, escribiese artículos, diese conciertos de órgano, todo para allegar recursos.
El Viernes Santo de 1913 embarcaron los recién casados para Cabo López en el África ecuatorial francesa. Allí fue donde los viajeros encontraron a su primer amigo africano, José, que había trabajado de cocinero en casa de una familia, blanca. Guiados por José,'e1 médico y su mujer remontaron en canoas el río Ogové, buscando la misión de Lambaréné. Allí estaba el corazón de esa tierra azotada por las enfermedades; de esa tierra sobre la cual había leído él tanto, y donde la muerte aumentaba su siega año tras año. Era un mundo sórdido que hervía en billones de moscas tse-tsé, hormigas, carcoma y mosquitos portadores de mortíferos contagios.
Cuando, por fin, después de tres días de penosa navegación, llegaron a Lambaréné, el doctor Schweitzer dirigió una mirada de desconsuelo a su compañera. Se les había prometido que tendrían un lugar medianamente decoroso para dormir y un hospitalizo de dos cuartos con techo y paredes de plancha de cinc. Pues bien, no había allí ni una misérrima choza para albergarlos. ¿Dónde guardar aquellos instrumentos quirúrgicos tan delicados que se oxidan con grandísima rapidez en los trópicos? ¿Donde colocar las medicinas?
En seguida pusieron mano a la dificil obra. Improvisaron una especie de campamento. Engrasaron los instrumentos. Enterraron las medicinas cerca de unos manantiales frescos y profundos, para que no se echasen a perder. Aquella actividad y aquellas raras maniobras provocaron la suspicacia de los naturales. Empezaron a arder hogueras y a reunirse en su derredor hombres desnudos como el de la estatua de Colmar. De lo más denso y recóndito de sus bosques impenetrables emergían los pigmeos. En pos de ellos, vinieron los fangos, y luego los zendíes, que se aguzan los dientes como agujas para comer carne humana.

José daba noticias alarmantes. Se trataba de una confabulación en toda regla, y nada tranquilizadora por añadidura. Los brujos predicaban el odio y el recelo hacia los intrusos. Pero Schweitzer, que los observaba, vio que muchos de los naturales andaban casi a rastras, debilitados por el paludismo, por la enfermedad del sueño, o por alguna otra de las muchas dolencias tropicales que allí abundaban.
«Vamos a trabajan», le dijo a José. -«Tráeme enfermos».
Schweitzer se instaló en un gallinero abandonado, por falta de cosa mejor. Aquél fue su primer hospital. De mesa de operaciones le sirvió un viejo catre de campaña. Para dar aspecto aceptable a éste y a las paredes, se les cubrió con lechada.
Los salvajes se apiñaron frente al «hospital». Tenían la piel tatuada y pintarrajeada de colores vivos. Los hombres empuñaban flechas arrojadizas cuchillos de ancha hoja. Algunos llevaban arcos de ébano con flechas enherboladas. En presencia de aquel concurso de aspecto tan amenazador, Schweitzer reconoció a sus primeros enfermos, unos cuantos salvajes intrépidos que se arriesgaron a probar las artes mágicas del hechicero blanco.
Uno de ellos se quejaba de dolor constante en el lado derecho. Se le persuadió a que se tendiera en el catre. Había que operarlo. Schweitzer corríó la cortina de su cuarto de operaciones para ponerse a salvo de miradas indiscretas. Pero a través de grandes agujeros que había en el techo descabalado, varios ojos brillantes de curiosidad atisban la extraña operación.
Y si muere el operado? ¿Qué acción van a tomar aquellos salvajes?
Gracias al cielo la operación termina felizmente. El enfermo se queja, y abre los ojos. Para los espectadores de la selva la operación constituye un triunfo instantáneo y portentoso. ¿No acababan de ver al brujo blanco dar muerte al negro, abrirle las entrañas e infundir vida otra vez al cadáver? Después de aquel milagro, los naturales ofrecieron gustosos su ayuda para edificar el hospital. En un santiamén estuvo construido en lo alto de un cerro, lejos del alcance de las avenidas del turbulento río. Constaba de tres piezas: sala de reconocimientos, sala de cirugía y enfermería general.
Se propaló por la selva la noticia del prodigio que había obrado el brujo blanco. Los naturales acudieron en gran número, ansiosos de recibir la muerte y volver otra vez a la vida. Schweitzer abrió quistes y tumores; extirpó hernias; curó esas grandes úlceras tropicales frecuentes en los pies de los que andan descalzos. Para que esas úlceras sanasen por completo, se requerían semanas enteras, en ocasiones meses. Mientras duraba el tratamiento, los enfermos acampaban a la puerta del hospital. Y había que darles de comer. ¡Otro problema difícil! Los parientes agradecidos de algunos enfermos traían de regalo al hospital aves, huevos, o plátanos. Otros, en cambio, esperaban que se les hicieran regalos a ellos. A menudo, los naturales, cuando les gustaba el sabor de una medicina, se robaban la botella y se la bebían de un solo trago.
Con objeto de asegurar la provisión de alimentos, Schweitzer desbrozó un pedazo de selva y plantó allí hortalizas, legumbres, frutales y palmas oleaginosas. Cambiaba cuentas y retales de telas por plátanos y tapioca. Mas era imposible vivir solamente de eso y de lo que producía su huerto. Había que importar de Europa, a un costo enorme, arroz, carne, mantequilla y papas.
A pesar de todas esas dificultades, el buen médico empezó a granjearse el cariño de los naturales. El primer año, no se le murió un solo enfermo v curó o alivió a miles de ellos. Como un apóstol de la selva, Schweitzer hizo largas jornadas a pie para llevar los auxilios de su ciencia a individuos de tribus distantes.
Que Schweitzer no se rindiera abrumado bajo el peso de sus tremendas labores se debió, como él mismo explica, a lo que en aquella selva constituía la más extraña paradoja: un piano forrado con chapa de cinc, a prueba de comején y de humedad, que le enviaron de París, como un regalo, sus amigos de la Sociedad de Bach. Por la noche, cuando el médico concluía su tarea, el músico, el experto intérprete de Bach, se sentaba al piano y, teniendo por fondo el diapasón de la selva, sus dedos arrancaban al teclado las nobles y solemnes armonías del gran maestro.
Una vez hallándose extasiado ante el piano, sintió de pronto que alguien le ponía la mano en el hombro. Se volvió. Era su mujer que le señalaba la abierta ventana. Unas sombras se deslizaban, cautelosas, hacia la enfermería. El médico murmuró entre dientes:
—¡Son zendíes! ¡Dios los confunda!
Eran caníbales que venían a apoderarse de un enfermo indefenso para su comida del día siguiente.
Schweitzer empuñó su escopeta. Un atronador disparo hecho al aire estremeció la noche. Los antropófagos, asustados, se dispersaron y huyeron.
En agosto de 1914 unos oficiales franceses se llevaron prisionero al médico.
—Ha estallado la guerra en Europa—le dijeron—. Ustedes son alemanes.
No, somos alsacianos. Y estamos trabajando aquí para contrarrestar la opresión alemana.

Pero triunfó la estulticia oficial. Embarcaron a los Schweitzer para Europa y los metieron en un campamento de concentración. Al acabarse la guerra, estaban los dos muy enfermos. Los médicos les advirtieron que no debían volver al África.
Al cabo de tres años, Schweitzer, recuperada la salud, se sintió con fuerzas bastantes para recorrer a Europa de un extremo a otro dando conciertos v conferencias para reunir fondos con destino a su misión. Viajaba en tercera, se alojaba en hoteles baratos, y ahorraba cuanto podía. En 1924 tenía ya dinero suficiente para reanudar su obra. Elena estaba demasiado delicada todavía para acompañarlo; pero iría a reunirse con él.
Entre tanto, el comején y el calor habían acabado con todo lo que Schweitzer edificara en Lambaréné. Era preciso empezar de nuevo. Por la mañana, trabajaba como médico; por la tarde, como maestro de obras. Y tenía que hacer un sobrehumano esfuerzo de voluntad para sobreponerse a la horrible soledad, al calor tórrido, y a la luz cegadora. Pero unos naturales agradecidos acudieron en su ayuda, v una misión católica situada río arriba envió al médico protestante un carpintero.
Al poco tiempo ya Schweitzer pudo informar a sus benefactores de Europa que bajaba el índice de mortalidad en la inmensa selva. Poco después, les comunicó que el número de leprosos mermaba también considerablemente. Sólo había 50,000- ¡Uno entre cada 60! «¡Mándennos medicinas, mándennos víveres, por amor de Dios!» clamaba constantemente.
Por fin, al cabo de largos años, Elena volvió al lado de su marido. Las perspectivas no podían ser más favorables para la misión. Tenían un hospital de camas, con dispensario, un cuarto de operaciones moderno, un laboratorio, una sala de obstetricia y una sección para niños.
Las últimas mejoras consistieron en una instalación de luz eléctrica—el doctor Schweitzer hizo el tendido de los alambres—y en una sala para alienados. Era costumbre de aquellas tribus ahogar a los locos en el río, obedeciendo el mandato de los brujos. En Lambaréné, Schweitzer empezó a practicar la psiquiatría elemental, y curó a varios paranoicos.
En eso estalló otra vez la guerra en Europa. Nuevo y angustioso problema. El doctor Schweitzer pidió consejo a su mujer, y, como siempre, ésta ofreció la solución acertada: «No tratemos de 'escapar. Los pobres enfermos negros nos necesitan. Es un caso de conciencia».
Esta vez no los molestaron. Y les fue posible sostener su obra durante la guerra, gracias a la ayuda efectiva y generosa de amigos y organizaciones religiosas de los Estados Unidos, que se las compusieron para hacer que recibiesen. medicinas y víveres de cuando en cuando.

Las cartas que llegan ahora de Lambaréné, reflejan el cansancio que ya empieza a rendir a los dos héroes de la caridad cristiana. Para poder resistir aquel infierno tropical, los europeos necesitan regresar a su patria, por lo menos una vez cada dos años. El doctor Schweitzer no se ha alejado de su hospital desde 1939• En las Navidades del año pasado, escribió que le era imposible dejar la misión. ¡Tenía tanto que hacer! «Yo debiera tener treinta años'en vez de los setenta que llevo sobre mis hombros. Sin embargo, gracias a Dios, estoy bastante fuerte todavía».
Sus amigos escriben a los Schweitzer exhortándoles a que vayan a los Estados Unidos y tomen un descanso, pero el médico da largas al asunto. En los seis años de dura prueba que acaban de pasar, el doctor Schweitzer encontró tiempo para escribir dos largos libros de filosofía, ¡y se propone dar remate a un tercero!
  . ¿Cuál es la filosofía de ese hombre singular? A pesar de su saber vasto y profundo, Schweitzer profesa una doctrina tan clara como sencilla.
«Existe », escribe, «una santidad esencial de la persona humana, ajena a su raza, a su color, a las condiciones en que viva. Al apartarse de ese ideal, el hombre inteligente se extravía de modo funesto y sobreviene el fin de la cultura y hasta de la humanidad misma».
Otra de sus grandes convicciones, en realidad, la idea que orienta y acrisola su vida entera, es su creencia en la supremacía de la ley de amor proclamada por Cristo.
«Únicamente mediante el amor», asegura, «podemos alcanzar la comunión con Dios»».
Hace cerca de 2000 años que San Pablo habló de los que «enloquecían por Cristo»». Desde entonces incontables hombres y mujeres han renunciado a las comodidades y bienandanzas de la vida para servir al prójimo. En compañía de esa legión inmortal y resplandeciente, figurará en los anales del sacrificio humano el nombre de ese otro loco de Dios, Albert Schweitzer.
 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

EL MISTERIO DE LA PIEDRA DE KENSINGTON

 ¿Llegaron los normandos en 1362 hasta Minnesota, cerca del Lago Superior y la frontera canadiense? El relato de lo que los investigadores han descubierto en 50 años de estudio acerca de este misterio embelesa como un cuento de detectives.
 EL MISTERIO DE LA PIEDRA DE KENSINGTON
 (Condensado de
«The Saturday Evening Post»)
Por Thomas R. Henry
SELECCIONES DEL READER´S DIGEST
FEBRERO DE 1949 
EN ELverano de 1898, Olof Ohman, joven emigrante sueco establecido en las tierras baldías de la vecindad de Kensington, pueblo del estado de Minnesota, arrancó un tocón de álamo en el borde de un pantano. Enredada en las raíces salió una piedra rectangular de arenisca, de unos 77 centímetros de largo por 40 de ancho y 15 de espesor. Llevaba en su superficie lo que parecía ser un mensaje para la posteridad, esculpido en caracteres rúnicos. La piedra ha planteado a los historiadores un problema sumamente interesante: ¿Es verdad que un caballero noruego llamado Pablo Knutson, condujo hasta las cabeceras del Río Rojo (Red River), en el estado de Minnesota, un grupo sin ventura de soldados misioneros, 130 años. antes del primer viaje de Colón ?
Cuando se descubrió la piedra de Kensington, la generalidad de los expertos declararon que era un fraude. Pero en los últimos 50 años se han acumulado pruebas corroborativas tan convincentes que, algunos de los principales arqueólogos norteamericanos opinan que el caso de, la expedición de Knutson casi puede darse por demostrado. Hace pocos meses, la muy cauta y escrupulosa institución Smithsoniana de Washington puso la piedra entre sus más valiosos, y el doctor Mathew W. Sterling, jefe la Oficina de Etnología Americana, del gobierno de los Estados Unidos, declaró que la piedra «es quizá el objeto más importante descubierto hasta ahora en la América del Norte.»
 Hoy  ya nadie duda que antes de Colón vinieron al Nuevo Mundo otros hombres blancos cuyo número probablenientu ascendía a varios centenares.. Aun antes de las colonias noruegas establecidas en Groenlandia al fin del siglo décimo, llegaron a América exploradores irlandeses, galeses y bretones, según leyendas que, por exageradas que sean, deben haber nacido de algo real. Sin embargo, todos los exploradores que precedieron a Knutson eran marineros y pescadores ignorantes, y los arqueólogos opinan que él fue el primer hombre blanco culto que exploró sistemáticamente la América del Norte.
Las pruebas de la autenticidad de la piedra de Kensington son enteramente circunstanciales, pero más convincentes que muchas de las que se han creído suficientes para condenar a reos acusados de asesinato. El carácter del labrador Ohman es factor que debe tenerse muy en cuenta. Si él hubiera sido tin,charlatán o un aficionado superficial a asuntos históricos, y sobre todo si hubiera tratado de sacarle dinero a su hallazgo, podría haber razón para sospechar; pero, lejos de eso, era estólido e ignorante, sin inclinación al fraude ni capacidades para cometerlo.
Por indicación de sus vecinos, Ohman llevó la extraña piedra al banquero de la localidad, que tenía grande afición a cosas antiguas. El banquero la envió a la Universidad de Minnesota. Allí el profesor O. J. Breda, uno de los norteamericanos más eruditos en asuntos escandinavos, descifró con poca dificultad casi toda la inscripción de la piedra. La mayor parte de1as letras eran runas normandas, de las que formaban el curioso primer alfabeto de los pueblos germanos. Algunos de los símbolos no pudo interpretarlos Breda. Hoy se sabe que -representan números.
He aquí la traducción que actualmente se acepta como fidedigna: «(Somos) 8 godos (suecos) y 22 noruegos en (un) viaje de exploración al oeste de Vinlandia. Nos acampamos cerca de (un lago con) dos islas rocosas, un día de distancia al norte de esta piedra. (Salimos) y pescamos un día. Al regresar encontramos 10 (de nuestros) hombres ensangrentados y muertos. AV(e) M(aría), líbra(nos  de mal. Tenemos 10 de ( nuestra partida)cerca del mar cuidando nuestros barcos (o nuestro barco), a 14 días de viaje de esta isla. Año 1362. »
El profesor Breda dictaminó que la piedra era claramente una broma. La lengua, según él, ponía el fraude al descubierto: una mezcolanza de noruego, sueco y lo que parecía inglés antiguo. En los tiempos de los escritos rúnicos, los suecos y los noruegos eran enemigos implacables, y difícil es creer que emprendiesen juntos una expedición. Las tres letras AVM eran latinas, no rúnicas, y el alfabeto romano no se había introducido aún en Escandinavia.
Breda no se dio cuenta de la fecha —1362. Los caracteres que la expresaban no pertenecían al alfabeto rúnico de los primeros tiempos. El naturalmente dio por sentado que cualquier normando que hubiera llegado a la región central de Minnesota debía haber ido de las colonias gróenlandesas de Erico el Rojo en el siglo XII. En tal caso, no había lugar a discusión. La piedra de Kensington no podían haberla esculpido tales colonos.
Sin embargo, se envió la piedra a la Universidad del Noroeste, para que allí la estudiaran los peritos en escritura rúnica. Estos confirmaron el. dictamen de Breda, y la piedra se le' devolvió a Ohman quien la empleó para tapar un hoyo lodoso que había cerca de su pajar. Por fortuna la inscripción quedó hacia abajo, lo cual la preservó. 
 Es muy probable que la piedra estuviese aún allí, a no ser por el interés que despertó en el eminente historiador noruegoamericano Hjalmar R. Holand a quien Ohman se la regaló. Durante los últimos 30 Holand  ha consagrado casi todos sus ratos de ocio a estudiarla. La ha llevado a  23 universidades europeas para someterla a examen y obtener la opinión de distinguidos peritos. Una tras otra, las razones más poderosas que se habían aducido en contra de la autenticidad de la inscripción han resultado a la larga ser en realidad valiosos indicios de dicha autenticidad. Lo primero fue el descubrimiento del significado de los caracteres o símbolos numéricos y la determinación consiguiente de la fecha.. Estas runas y su uso local en Noruega eran de origen muy posterior al de las primitivas. El alfabeto latino se introdujo allí en el siglo XIV, y sus letras se mezclaban con los antiguos caracteres germanos. Eso explicaba la aparente anomalía del uso de las letras romanas en AVM por AV(e) M(aría). Este era un símbolo muy conocido y fácil de escribir. Su equivalente en caracteres rúnicos habría necesitado mucho espacio.
La mayor confirmación ocurrió cuando en una revista arqueológica de Dinamarca se publicó una orden, descubierta por casualidad en la biblioteca real de Copenhague, de Magno, «rey de Noruega, Suecia y Escandinavia,» a Pablo Knutson, uno de los personajes más distinguidos de la corte. La orden encargaba a Knutson de formar un cuerpo expedicionario que fuese al socorro de una colonia noruega de las costas de Groenlandia, y se tradujo así:
«Los hombres que deben ir en el Knorr (el barco real de comercio) los tomará usted de mi guardia de corps o los escogerá a su arbitrio entre los servidores de otras personas... Pedímos a usted que acepte esta orden con entera buena voluntad para con la causa, por cuanto la damos por la gloria de Dios y el bien de nuestra alma, y en honor de nuestros predecesores, que en Groenlandia establecieron el cristianismo y lo sostuvieron hasta ahora, y nosotros no lo dejaremos en  nuestros días... Dado en Bergcn" el lunes siguiente al día de Simón y Juda, en el año XXX y seis de nuestro reinado (1354)•"
Eso fue ocho años antes de la fecha dada en la piedra de Kensington. Es claro que ningún bromista del siglo XIX podía tener conocimiento de la antedicha orden. Además, ocho años parece tiempo razonable para que Knutson hiciera los preparativos necesarios y penetrara hasta las cabeceras del Río Rojo, en la remota región de Minnesota.
El rey Magno era un evangelizador fanático. Había encabezado una cruzada para convertir a Rusia por la fuerza del sable a la religión católica. Había formado en su corte una guardia de corps selecta, compuesta de los jóvenes más prometedores de la nobleza de Suecia y Noruega. Fue de este grupo escogido de caballeros de donde se ordenó a Knutson que sacara casi todo el personal de su expedición. Entre los caballeros había algunos de la provincia de Gottland, los cuales son sin duda los godos mencionados en la inscripción de la piedra.
Magno había recibido noticias muy dolorosas de la colonia normanda de Vesterbygd, establecida en Groenlandia cerca de 400 años antes por Erico el Rojo. Las casas habían sido abandonadas y el ganado vagaba por los campos en estado salvaje. Según parecía, todos los colonos habían huido juntos, quizá forzados a ello por los ataques de esquimales hostiles. Era muy probable que se hubiesen ido hacia el suroeste hasta la colonia de Finlandia, fundada por Leif el Venturoso en la costa de la Nueva Inglaterra, cerca del Cabo Cod, y abandonada desde hacía mucho tiempo. El rey temía que sus súbditos desaparecidos carecieran de los auxilios de la Iglesia y que sus almas se perdiesen. Knutson debía volverlos al aprisco.
El señor Holand ha tratado de reconstruir; con los datos asequibles, la historia de lo que ocurrió, la cual, segun él, debe de haber sido poco más o menos la siguiente: —Knutson llegó a la costa de la Nueva Inglaterra y buscó en ella a los groenlandeses. No habiendo hallado ningún indicio de ellos, se dirigió al norte, y al fin entró en la Bahía de hudson. Allí tampoco encontró señales de los colonos perdidos. Llegó a las bocas del Río Nelson, navegó por él hacia el sur hasta el Lago Winnipeg y de allí, llevando sus barcos a hombros, fue de uno a otro de varios lagos y cruzando éstos llegó a la región del Río Rojo. Es probable que Knutson creyese que tal ruta fuera la que los colonos de Groenlandia naturalmente siguieran. Quizá creyese también que el camino que llevaba después de penetrar hasta aquella región era el más fácil para regresar a la costa atlántica, imaginando que la América del Norte no era un continente sino un grupo de islas muy extensas.
Esta reconstrucción, por supuesto, es meramente especulativa. Pero sea de ello lo que fuere, si la piedra de Kensington es auténtica, Knutson y sus caballeros cruzados estuvieron en la región central de Minnesota en 1362.
Y las pruebas de la autenticidad de la inscripción van en aumento. La piedra había estado donde Ohman la encontró por lo menos durante la vida del álamo en cuyas raíces salió enredada. El estudio de los anillos anuales de árboles análogos de la vecindad condujo a la conclusión de que en 1898 aquel álamo tenía por lo menos 40 años. En consecuencia, si la piedra hubiera sido enterrada allí por algún falsificador bromista, ello debería haber ocurrido entre 1850 y 1860, y en esa época había poquísimos hombres blancos en Minnesota cuyos moradores eran casi todos indios salvajes siux, hostiles a los colonos de raza europea.
La inscripción decía que algunos de los expedicionarios habían quedado cerca del mar para cuidar los barcos, «a 14 días de viaje de esta isla.» Se ha descubierto que «día de viaje» era la manera convencional de expresar una distancia de poco más o menos 120 kilómetros, que era la recorrida en un día por un buque de vela, con buen viento. Y los «14 días de viaje» son aproximadamente la distancia a la desembocadura del Río Nelson.
La inscripción indica que los expedicionarios estaban acampados en una isla de un lago, a 120 kilómetros de otro lago donde había dos islas rocosas y en las orillas del cual sus compañeros habían sido asesinados. Ohman encontró la piedra en el borde de un pantano. El pantano es hoy tierra seca, y los estudios geológicos dan certidumbre casi completa de que en 1362 el terreno ligeramente elevado en que Ohman arrancó el tocón de álamo era una isla. En los últimos 100 años el suelo de aquella región se ha estado secando sin cesar.
A 120 kilómetros, muy aproximadamente, se halla el único lago de la comarca que tiene dos islas rocosas. Es el Lago Cormorant, situado cn el condado de Beeker. En sus orillas hay grandes cantos rodados glaciales, tres de los cuales tienen agujeros triangulares hechos a taladro. Los noruegos del siglo XIV se servían a menudo de piedras horadadas como éstas para amarrar sus barcos en los fiordes. Cerca de uno de los tresantos rodados se halló recientemente un eslabón de hacer lumbre, de los usados en Noruega en esa época, y en las orillas del Río Nelson se han encontiado tres hachas de combate, un eslabón y una punta de lanza, todos de procedencia noruega, que parecen  indicar el camino seguido por Knutson cn su viaje de la Bahía de Hudson hacia el sur.
¿Que fue de los sobrevivientes de la isla ? Lo más probable es que murieron  asesinados. El hombre que csculpió en la piedra de Kensington esas palabras de desesperación estaba sin duda muy agitado y quizá no esperase vivir hasta terminar la tarea.
Los arqueólogos de la Institución Simithsoniana declaran que con los datos corroborativos obtenidos hasta ahora, nadie puede garantizar oficialmente la autenticidad de la inscripción; pero agregan que si la piedra de Kensington es un fraude, quien lo perpetró debe de haber sido una combinación extraordinaria de experto geólogo, arqueólogo, lingüista e historiador que llegó a aquellas regiones apartadas hace un siglo y de cuya existencia no hay comprobante alguno.


 

 


 

 


jueves, 21 de septiembre de 2017

VUELO A RUSIA DE UN HOMBRE ENAMORADO

   VUELO A RUSIA DE UN HOMBRE ENAMORADO
 Por EDWIN MULLER
SELECCIONES DEL READER'S DIGEST 
 Junio   1958  
CUANDO Brian Grover se se­paró en Moscú de la joven rusa con quien acababa de casarse, ni a ella ni a él les pasó por la mente que acaso no habrían de volver a verse. En primer lugar, am­bos eran optimistas, de esos que no andan buscando nubes en el porve­nir. Por otra parte, estaba la U.R.S.S. en uno de esos breves períodos de su historia en que el Kremlin rebosaba buena voluntad y se afanaba por persuadir al Occidente de que todos podíamos vivir cordialmente herma­nados en este mundo.
Brian y Elena se dieron el beso de despedida en la estación. Confiaba ella en reunirse otra vez en Londre con Brian tan pronto como este tomase posesión de su nuevo emplee
Hacia dos años que se habían conocido, en una fiesta en Grozny, ciudad  enclavada en los yacimientos petroliferos del sur de Rusia donde él era capataz de un equipo de perforadores. Brian era inglés, de 30 año; alto, cenceño y pelirrojo. Tenía diploma de ingeniero de Cambridge Elena Petrovna, enfermera de u: hospital, era, con sus rizos de oro viejo y la chispeante malicia de sus ojos azules, la chica más linda de la fiesta.
Brian trató a Elena con más fre­cuencia que los otros ingenieros, por­que había aprendido a hablar muy bien el ruso. No tenía aquella amis­tad todavía los ribetes de una incli­nación seria. A Brian le gustaban las muchachas de carácter alegre, y Ele­na era una de ellas.
Elena no había tropezado nunca con un hombre como Brian. Era es­te una especie de trotamundos; ha­bía estado en no sé cuántos lugares, dedicado a abrir pozos de petróleo: en Sarawak, en California, en Trini­dad ... Elena se preguntaba a me­nudo cómo serían las muchachas en todos aquellos sitios. De una cosa, sin embargo, estaba ella más que se­gura: de que ninguna de aquellas chicas sabía cocinar tan bien como ella. En más de una fiesta tuvo oca­sión de probar su habilidad. Y abri­gaba la secreta esperanza de que Brian no dejase de apreciar su cien­cia culinaria.
Al cabo de dos años, cumplido su contrato, tuvo Brian que pensar en liar el petate. Gajes del oficio: via­jar y siempre viajar. ¡Menuda fiesta le dieron los ingenieros y las chicas para endulzarle la despedida! Todo el mundo estaba alegre, sobre todo Elena. Si acaso lloró, supo contener las lágrimas hasta verse sola en su cuarto.
El siguiente empleo de Brian era en Moscú, y de corta duración. Brian empezó a sentir el hormigueo del descontento. Había vivido hasta entonces pensando solo en el día presenté. Empezó a volver la vista al pasado. Y cuanto más miraba hacia atrás, más se convencía y reprocha­ba de haber sido un necio. Por últi­mo, le escribió una larga carta a Elena pidiéndole que viniese a Mos­cú a casarse con él. Elena le contestó por telégrafo.
La luna de miel en Moscú trascu­rrió como todas las que en el mundo han sido, con el solo defecto de su brevedad, pues pronto venció el contrato de Brian. En seguida le ofrecieron otro de índole más estable en Londres.
Y hete aquí a los recién casados haciendo nuevos planes. Tan pronto como él tomase posesión del empleo, haría gestiones para obtener el visa­do del pasaporte de su mujercita y le giraría el dinero para su viaje a Lon­dres. Sabían los dos muy bien que era sumamente difícil conseguir un visado de salida de Rusia para un ciudadano soviético. Bueno, pensaban ellos, la embajada inglesa no iba a dejarlos en la estacada.
Por eso se separaron sin tristeza. No obstante, cuando Elena vio desa­parecer el tren en un recodo de la vía, el miedo le apretó el corazón.
En Londres, Brian solicitó el visa­do para Elena. La respuesta se hacía esperar. Brian acudió al consulado soviético una y otra vez. Por fin, re­cibió la pésima nueva. Le dijeron que la señora Grover era ciudadana soviética y que no se le permitiría salir de su patria. El Ministerio in­glés de Relaciones Exteriores prome­tió hacer cuanto estuviera a su alcance, sin dar la más leve esperanza de éxito. No era este el primer caso.
En sus cartas Elena se esforzaba por ocultar su angustia. Consolaba a Brian exhortándolo a no afligirse: estaba segura de que pronto se reu­nirían. Brian pidió a sus jefes una breve licencia. Tenía que ir a ver a su mujer.
Y volvió a estrellarse contra el in­conmovible muro del consulado so­viético. Le negaron el visado.  Pasaron los meses. Pasaron los años. En el de,1938, cinco después de haberse separado de Elena, Brian tomó una dramática resolución. Se propuso llegar a Moscú, clandestina­mente si fuera preciso, y encontrar a su mujer. Hacía ya mucho tiempo que no recibía carta de ella y no te­nía medio de saber si estaba muerta o viva.
Estudió la manera de llegar allá, y se decidió por sobrevolar la fron­tera rusa en un pequeño aeroplano y aterrizar lo más cerca posible de Moscú. Tomó lecciones de aviación. Después de once horas de vuelo con instructor y tres y media solo, reci­bió su llcencia de piloto.
Se echó a la calle a comprar un aparato. Dio al cabo con un artefac­to muy usado, de un solo motor de 80 caballos y de alas bajas, cuya ve­locidad máxima era de 110 k.p.h. No valía maldita la cosa; pero para más no le alcanzaba el dinero. Ade­más ¿por qué no había de favorecer­lo la suerte con un viento propicio de cola ?
Calculó que la ruta más conve­niente sería la de Suecia y el Báltico.
De Estocolmo a Moscú había 120 kilómetros. Contrató los servicios de un piloto para que lo guiase hasta Estocolmo. Cuando el piloto vio la antigualla en que se había compremetido a volar, quiso echarse atrás y a Brian le costó Dios y ayuda convencerlo de que hiciese honor a s empeñada palabra.
Despegaron el 4 de noviembre e 1938. Cuando volaban sobre el Ma del Norte, el motor comenzó a fa llar. El piloto gritó que iban a tener que acuatizar. Por dicha, cuando e renqueante artilugio casi rozaba y la cresta de las olas, el motor recobre potencia y bríos. Llegaron a Esto colmo al anochecer. 'Brian pagó a piloto y se quedó allí en espera d, un día nublado que le permitiera continuar el vuelo sin ser visto.
El día 13 de noviembre amaneció el cielo entoldado de espesas nubes Brian salió a toda prisa hacia el aeropuerto para darse de narices allí con este letrerito: «Prohibido vola hoy a aeroplanos sin radio a bordo.
Brian consiguió en la torre de mandos permiso para hacer un vuelo alrededor del aeropuerto sin rebasar el techo de 300 metros. Naturalmente, apenas se vio el hombre el el aire, se perdió entre el mar de nubes. A los mil metros de altitud lo recibió un sol brillante y puso proa Moscú guiándose por la brújula.
Voló 320 kilómetros sobre la parte  más ancha del Báltico. Pasaban la horas y no se abría un claro en la compacta alfombra de nubes que se xtendía a sus pies. El motor se portó bien, pero a las 2:30 comenzó a oscurecer. (En aquellas latitudes, son muy cortos los días de noviem­bre.) La gasolina principiaba a es­casear.
Brian emprendió el descenso. El aparato parecía volar trabajosamen­te. Sospechó que las alas estaban cu­biertas de hielo. Por fin, al cabo de unos minutos que le parecieron horas, las nubes comenzaron a adelga­zarse. A los 150 metros vio, para ali­vio de su mortal zozobra, que estaba ya sobre tierra.
Todo cuanto alcanzaba a divisar era' tupido bosque. Siguió volando en dirección de Moscú, según él creía, hasta que por fin entrevió un claro, describió un círculo, descen­dió y tocó tierra. Las alas tenían ya una capa de hielo de dos centímetros de espesor.
Una pandilla de chiquillos acudió a todo correr. Por ellos se enteró Brian de que había aterrizado en una granja colectiva de los Soviets, a 160 kilómetros de Moscú. El vetus­to aparato había recorrido más de mil de los 1200 kilómetros casi sin desviarse de la línea recta.
Los granjeros trataron muy bien a Brian, aunque se les conocía a la le­gua que no creyeron una sola pala­bra de su relato. El administrador lo albergó en su propia casa, pero no perdió minuto en notificar a Moscú.
A la noche siguiente se presentó la policía secreta. Hicieron subir a Brian en un camión y salieron con él para Moscú. Se le heló la sangre en las venas cuando, al llegar a su destino, reconoció los grises paredo­nes de la cárcel de Lyubyanka.
Allí lo zamparon en una celda. No tardó en darse cuenta de que lo vigilaban por el ojo de la cerradura. Al día siguiente lo condujeron a una pieza enorme y sombría donde una docena de hombres sentados en tor­no de larga mesa lo sometieron a un interrogatorio. El jefe, un sujeto con tiesa cara de palo, dotado de la man­díbula más prominente que el interrogado había visto en su vida y andanzas, le aulló casi, con la fea bocaza a 15 centímetros de la nariz: «¿ Quién es el otro espía que vino con usted?»
Brian movió la cabeza negativa­mente, y lo acribillaron con una ina­cabable tiramira de preguntas. No quedó día ni hora de su existencia que no quisieran escudriñar. Brian, en sus respuestas, se limitó a decir la verdad de modo invariable y preciso. El jefe repetía sin tregua la misma cantilena: «'- -Quién es el otro espía? Dónde está?»
La escena se repitió al día siguien­te, y al otro, y al otro. No le infligie­ron tortura física, pero la soledad del encierro y el incesante interro­gatorio empezaron a quebrantarlo. No se apartó un ápice de la verdad y pidió reiteradamente que lo dejasen ver a su mujer.
El día 31 se celebró el juicio oral de Brian en la cárcel de Lyubyanka ante tres impasibles jueces. Al cabo de una hora de preguntas y lectura de pruebas, los magistrados confe­renciaron brevemente entre sí e hi­cieron una seña. Llevaron a Brian a un cuarto vacío y lo tuvieron allí de plantón con un guardia a cada lado.
Y así se estuvo un larguísimo rato que le pareció una eternidad.
Por fin se abrió la puerta y entró un hombre. Bajo, rechoncho, lleva­ba lentes montados al aire y tenía un aire inconfundible de autoridad. Brian lo reconoció al punto: era La­vrenti Beria, jefe de la policía se­creta.
Beria clavó una larga y escrutado­ra mirada en Brian y mostró des­pués los dientes en una especie de sonrisa de lobo. Dio una palmada a Brian en la espalda. «Bien, hombre, bien —dijo—. ¡Vaya un tío con toda la barba! Dígame: ¿cuándo quiere ver a su mujer y llevársela a Ingla­terra ?»
Horas después, mientras se cum­plían las formalidades para ponerlo en libertad, Brian escuchó la senten­cia del Tribunal. Lo multaron en una suma igual a la que tenía en el bolsillo al aterrizar y le confiscaron el aeroplano. Además, sería expulsa­do de Rusia.
Salió de Lyubyanka a las 10 de la noche. Siguiendo al pie de la letra las instrucciones que le dieron, tomó el último tren para Bolchevo, barrio de las afueras de Moscú; anduvo un largo trecho por la nieve y, al fin, dio con la casa de Elena. Brillaba luz detrás de las persianas. Llamó a la puerta. Al cabo de un rato se des­corrió una mirilla. La asustadiza mujer que atisbó por ella vio delan­te de la puerta a un sujeto larguiru­cho, casi espectral, de ojos desorbita­dos, con una larga barba roja, y oyó que gritaba : «Elena, Elena ¿No me conoces? íAbreme!»
AL LLEGAR a Londres, Brian y Ele­na se encontraron convertidos en ce­lebridades. En la primera página de los periódicos estaban sus nombres en letras gordas como garbanzos. Entonces se fue conociendo poco a poco la clave del enigma.
Los rusos se convencieron de que lo que Brian había dicho era la pura verdad. Verificaron y volvieron a ve­rificar todas y cada una de las cosas que había declarado: en Grozny, en Londres, en Estocolmo. Habían in­terrogado a Elena con igual insisten­cia y minuciosidad por ver si descu­brían alguna contradicción entre sus declaraciones y las de su marido. Trataron de intimidarla diciéndole que Brian había confesado que era un espía.
Por último, los jerarcas del Krem­lin habían visto en el caso de Brian y Elena una excelente ocasión de propaganda. Había pasado ya la era de las purgas sangrientas. ¿Qué me­jor coyuntura que esta para gran­jearse a ínfimo precio la simpatía de los ingleses? ¿Quién no se enterne­ce ante el romántico prestigio de una aventura de amor?
BRIAN y Elena me contaron todo esto sentados en el césped que rodea su casa en una finca de Kenya, en Africa. Allá, en lontananza, se veían los recortados picachos del Monte Elgon, en la frontera de Uganda. Desde aquellas cumbres tendíase el oscuro manto de una selva virgen hasta el claro en que se halla la aisla­da granja.
Los Grover se conservan bien. Vigoroso cincuentón, Brian parece tan fuerte y roblizo como uno de sus pro­pios bueyes, todo hueso y músculo. Coronan todavía la erguida cabeza de Elena aquellos rizos de oro de antaño, aunque alguno que otro sur­co se muestra indiscreto alrededor de sus chispeantes ojos azules. No hay que preguntarles para saber que ambos esposos han trabajado dura y tenazmente en esta soledad africana.
Brian sirvió en la aviación inglesa durante la guerra. Luego, marido y mujer tornaron a su vida andarie­ga. Hicieron un viaje a Uganda en busca de empleo, vieron esta finca y determinaron echar raíces al fin. Tienen dos hijos que ya trabajan con ellos en este pedazo de tierra que es el amor de los cuatro. Viven aislados. Casi nunca salen de su soledad. Si acaso, una escapadita a Nairobi muy de vez en cuando. Sin embargo, como dice Pedro, el más joven de los chicos, es tan variada e interesante la vida en la finca que no se necesita salir de ella para sen­tirse uno ocupado y distraído.
Por lo que toca a los Grover, si­guen siendo la misma pareja llena de optimismo y risueña esperanza. Son, sobre todo, ejemplarmente feli­ces. En cuanto a la emoción de la aventura, con todo por lo que han pasado, es cosa de que no quieren recordarse.