MARÍA
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— No.
— ¿ No ? preguntó admirado.
Entonces le referí la conferencia que había tenido días antes con mi padre.
— ¿ Conque todo, todo lo arrostras ? me interrogó maravillado apenas hube concluido mi relación. ¿ Y esa enfermedad que probablemente es la de su madre ? ¿ Y vas á pasar quizá la mitad de tu vida sentado sobre una tumba ?
Estas últimas palabras me hicieron estremecer de dolor : ellas, pronunciadas por boca de un hombre á quien no otra cosa que su afecto por mí podía dictárselas ; por Carlos, á quien ninguna alucinación engañaba, tenían una solemnidad terrible, más terrible aún que el sí con el cual acababa yo de contestarlas.
Púseme en pie, y al ofrecerle mis brazos á Carlos, me estrechó casi con ternura entre los suyos. Me separé de él abrumado de tristeza, pero libre ya del remordimiento que me humillaba cuando nuestra conferencia empezó.
Volví al salón. Mientras mi hermana ensayaba en la guitarra un valse nuevo, María me refirió la conversación que al regreso de paseo había tenido con mi padre. Nunca se había mostrado tan expansiva conmigo '.recordando ese diálogo, el pudor le velaba frecuentemente los ojos y el placer le jugaba en los labios.
CAPITULO XXIX
La llegada de los correos y la visita de los señores de M***, habían aglomerado que haceres en el escritorio de mi padre. Trabajamos todo el día siguiente, casi sin interrupción ; pero en los momentos que nosreuníamos con la familia en el comedor, las sonrisas de María me hacían dulces promesas para la hora de descanso : á ellas les era dable hacerme leve hasta el más penoso trabajo.
Á las ocho de la noche acompañé á mi padre hasta su alcoba, y respondiendo a mi despedida de costumbre, añadió :
Hemos hecho algo, pero nos falta mucho. Con que hasta mañana temprano.
En días como aquel, María me esperaba siempre por la noche en el salón, conversando con Emma y mi madre, leyéndole á ésta algún capítulo de la Imitación de la Virgen ó enseñando oraciones á los niños.
Tenía ella tal certeza de que me era necesario pasar á su lado algunos momentos en esa hora, que me los concedía como algo que no tenía derecho á negarme, sin ocultar el placer que yo le proporcionaba y sin ignorar el que ella me concedía. En el salón ó en el comedor había siempre á su lado un asiento esperándome, y un tablero de damas ó los naipes nos servían de pretexto para hablar á solas,
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menos con palabras que con miradas y sonrisas.
Entonces sus ojos soñolientos con el sueño del alma, no huían de los míos.
— ¿ Viste á tu amigo esta mañana? me preguntó
procurando hallar respuesta en mi fisonomía.
— Sí : ¿ por qué me averiguas eso ahora ¿
— Porque no he podido hacerlo antes.
— ¿Y qué interés tienes en saberlo?
— ¿Te instó él á que le pagaras la visita ?
— Sí.
— Irás á pagársela, ¿ no ?
— Seguramente.
— Él te quiere mucho, ¿ no es así ?
— Así lo he creído siempre.
—¿ Y lo crees todavía ?
— ¿ Por qué no ?
— ¿Lo quieres como cuando estabais ambos en el
colegio?
— Sí ; pero ¿ por qué hablas hoy de esto ?
— Es porque yo quisiera que tú fueses siempre su amigo, y que él siguiese siéndolo tuyo.... Pero tú no
le habrás contado nada.
— ¿ Nada de qué ?
— Pues de eso.
—¿ Pero de qué cosa?
— Si sabes qué es lo que digo... No le has dicho, ¿no?
Yo me complacía en la dificultad que ella encontraba para preguntarme si había hablado de nuestro amor á Carlos, y le respondíÍ64 ISAACS.
— Es la primera vez que no te entiendo.
— ¡ Avemaria ! ¿ cómo no has de entender ? Que si le has hablado de lo que...
Y como me quedase mirándola al propio tiempo que me sonreía de su infantil afán, prosiguió : — Bueno; ya no me digas; y se puso á hacer torrecillas con las fichas del tablero en que jugábamos.
— Si no me miras, le dije, no te confieso lo que le
he dicho á Carlos.
— Ya, pues... á ver, di, respondióme tratando de hacer lo que yo le exigía.
— Se lo he contado todo.
— ¡ Ay ! no ; ¿ todo ?
— ¿ Hice mal?
— Si así debía ser... Pero entonces ¿ por qué no se lo contaste antes de que viniera?
— Mi padre se opuso á ello.
— Sí, pero él no habría venido ; ¿ y eso no hubiera sido mejor ?
— Sin duda, pero yo no debía hacerlo, y hoy él está satisfecho de mí.
— ¿ Seguirá, pues, siendo tu amigo?
— No hay motivo para que deje de serlo.
— Sí, porque yo no quiero que por esto...
— Carlos te agradecerá tanto como yo ese deseo.
— ¿ Conque te separaste de él como de costumbre?
¿ y él se ha ido contento ?
— Tan contento como era posible conseguirlo.
— l^ero yo no tengo la culpa, ¿ no ?
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— No, María, ni él te estima menos que antes por lo que has hecho.
— Si te quiere de veras, así debe ser. ¿ Y sabes por qué ha pasado todo así con ese señor?
— ¿ Por qué?
— Pero cuidado con reírte.
— No me reiré.
— Pero si ya estás riéndote.
— No es de lo que vas á decirme sino de lo que ya has dicho ; di, María.
— Ha sido porque yo le he rezado mucho á la Virgen para que hiciera suceder todo así, desde ayer que mamá me habló.
— ¿ Y si la Virgen no te hubiera concedido lo que le pedías ?
— Eso era imposible : siempre me concede lo que le pido, y como esta vez yo le rogaba tanto, estaba segura de que me oiría. Mamá se va, agregó, y Emma se esta durmiendo. Ya, ¿ no ?
— ¿ Quieres irte?
— ¿Y qué voy á hacer ?... ¿ Mucho escribirán mañana también?
— Parece que sí.
—¿ Y cuando Tránsito venga?
— ¿ Á qué horas viene ?
— Mandó decir que á las doce.
— A esa hora habremos concluido. Hasta mañana.
Respondió á mi despedida con las mismas palabras, pero admirándose de que me quedase con el pañuelo que ella tenía en la mano que me dio á estrechar.
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