viernes, 30 de junio de 2023

“GRACIAS POR SER MI PADRE junio

 GRACIAS POR SER MI PADRE”

POR GEORGE EYRE MASTERS

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST  Junio1995

ERA UN TÍPICO día de junio en San Francisco, fresco y nubla­do. Por el periódico me enteré de que hacía mucho calor en la costa este de Estados Unidos. También ad­vertí que se aproximaba el Día del Padre. Esta festividad, como el Día de la Madre, nunca significó mucho para mí. Siempre he pensado que esos días son buenos para los comer­ciantes, y propios para los niños.

Bajé el periódico y miré la foto­grafía que se encontraba sobre mi escritorio, tomada hacía varios veranos en Maine. Mi padre y yo aparecía­mos de pie y abrazados.

Observé la foto detenidamente. Con el pelo entrecano y desprovisto ya de sus dientes superiores, mi pa­dre se veía muy viejo. Era mucho más joven cuando me correteaba por la playa y se metía en el mar conmigo; y era mucho más fuerte cuando me enseñó a remar, a patinar y a partir leña. Ya con más de 70 añosa cues­tas, los ojos se le veían hundidos, y el rostro, con cierta actitud arrogan­te, estaba arrugado de tanto tomar el sol. Percibí el olor de sus cigarri­llos, su whisky escocés y su agua aromática de laurel. Decidí llamarlo por teléfono.

Buenas tardes               gritó.

Mi madre, tomando el otro telé­fono, le indicó que se colocara su aparato contra la sordera.

Lo tengo aquí, en mi bolsillo —dijo él, y lo oí buscárselo entre la ropa.

Mientras, mi madre me contó que el perro nuevo la estaba volviendo loca.

—En realidad —dijo—, no es el perro. Es tu padre. Shep brinca la cerca y se escapa cada vez que se le antoja. Entonces tu padre se preo­cupa y aguarda hasta que el animal regresa. A veces sale a la calle a las 2 de la mañana a llamar al perro, y arma un tremendo alboroto. Luego, cuando Shep vuelve, lo regaña en es­pañol, como si el perro entendiera.

Está aprendiendo —interrum­pió papá—. Tu madre cree que soy un tonto, y quizá tenga razón.

Sigues gritando —le advirtió mamá.

Él no le hizo el menor caso y me preguntó cómo me estaba yendo. Le conté.

El trabajo independiente tiene sus ventajas, pero necesitas seguridad —dijo a voz en cuello—. No debe­rías estar despachando en bares y trabajando en la construcción. Tienes estudios universitarios. ¿Por qué no los aprovechas? ¿Qué vas a hacer si te enfermas? ¿Sabes cuánto cuesta es­tar en el hospital?

No sé cómo lo logras —le di­je, cambiando de tema—. Fumas y bebes demasiado, no haces ejercicio, comes todo lo que no debes, y si­gues en pie.

Es cierto. Estoy sobreviviendo a mis compañeros de escuela. Lo dijo sin presunción.

—Oye —proseguí—, veo que se acerca el Día del Padre.

—¿Ah, sí? —respondió.

Mi padre nunca se acordaba de esos días.

Yo quería decirle algo, pero me es­taba costando mucho trabajo expresarme. Quería darle las gracias por los partidos de hockey y los de ajedrez, los libros y los banquetes de langosta.

No olvidaba que él y yo había­mos tenido nuestras diferencias a lo largo de los últimos 44 años, nique nos habíamos enojado, decepciona­do y maldecido mutuamente. Pero esos episodios parecían muy lejanos. Quería disculparme por haberle pro­pinado un golpe en el ojo cuando tenía yo 18 años. Pero lo único que acerté a decir fue:

Lamento haber saltado Por el techo de tu convertible.

—Sólo tenias seis años —me con­testó con una risa ahogada.

—¿Recuerdas —me apresuré a agregar— cuando quise darle azúcar al burro del club y tú le palmeaste el anca y el animal te pateó?

Sí —se rió        . La condenada bes­tia me destrozó la rodilla. Aquello siempre te pareció divertido.

Y todos esos barcos que me lle­vaste a visitar, ¿los recuerdas también? —añadí.

Sí, fueron varios —convino—¡Vaya! Me estás haciendo recordar cosas que pasaron hace mil años.

Me encantaron los barcos —le confesé.

Pero no logré convencerte de que te alistaras en la armada. Te empecinaste en ser infante de marina.

Guardé silencio.

Y volamos a California a des­pedirte antes de que partieras a Viet­nam —prosiguió él—. Recuerdo que tuve que marcharme ese do mingo por la noche en helicóptero ,para alcanzar el avión que salía de Los Ángeles —continuó—. Me acompañaste al helipuerto y nos es­trechamos la mano. Vestías tu uni­forme... —se le quebró la voz—. No sabía entonces si volvería a verte. Lloré en aquel helicóptero. Tu par­tida me hizo añicos.

Lo sé —repuse, y sentí un nu­do en la garganta.

Oramos por ti                dijo él, con voz temblorosa—. Vivíamos en es­pera de tus cartas.

Y yo aguardaba con ansia las de ustedes —admití.

Se me habían humedecido los ojos, y tragué saliva para deshacer el nudo. Esto se está poniendo absurdo, pensé.

Te llamé para desearte un feliz Día del Padre —atiné a decir por fin—. Gracias por ser mi padre. Él se quedó callado, al igual que mi madre. La estática de la línea lle­nó el vacío.

Yo hubiera querido ser mejor —murmuró.

—Fuiste lo que cualquier hijo ha­bría deseado —le aseguré.

—Muy amable de tu parte, pero no es cierto. Ojalá lo fuera —dijo en tono pesaroso—. Ya voy a cortar. No quiero que después te llegue una cuenta muy elevada.

Le temblaba la voz.

No te preocupes por la cuen­ta. Te quiero.

Yo también te quiero --contestó atropelladamente, y en eso cortó la comunicación.

—Ya sabes cómo se pone —in­tervino mamá en tono sereno por el otro teléfono.

—Sí, mamá, lo sé —respondí, y nos despedimos.

Después volví a mirar la foto en la que estábamos papá y yo juntos. Me enjugué los ojos, le sonreí al re­trato y me soné con fuerza la nariz. Sí, pensé, sé muy bien cómo se pone.

CONDENSADO DE "A CALILTOMYOLDIMAN", POR GEORGE EYRE MASTERS, DEL LIBRO "SONSON FATHERS",POR RALPH KEYES. ©1992 POR RALPH KEYES, PUBLICADO POR HARPERCOLLINS PUBLISHERS, INC., DE NUEVA YORK,

EL MISTERIO DE "DULCE ORACIÓN"

 DULCE ORACIÓN

 Entre Marzo/Abril del año 2016, después de estar a un solo paso de perder mi vida, me fue compartida una hoja con un texto de un canto.

Me gusto tanto y especialmente  me impactó mucho la siguiente estrofa

Hasta el momento en que veré
francas las puertas de Sión;

entonces me despediré

feliz de ti dulce oración.

Hoy , Viernes 30 de Junio, Dios me permite compartirlo en este blog, y al investigar el autor para darle el crédito, ya que  en la hoja , no aparece autor me encontré con la siguiente información en internet.

Señor quien le regaló a la humanidad un canto que reivindica el poder de la oración

Thomas Salmon, un pastor americano, conoció en Inglaterra en 1842 a un predicador ciego, llamado William W. Walford, quien acababa de terminar un poema sobre la oración en su mente. Entonces, como en un misterio sin resolver, este le preguntó a Salmon si podía escribirlo en un papel. Pese a que Salmon, tres años más tarde, logró publicar la oda en el diario estadounidense "New York Observer", jamás hasta el día de hoy se comprobó la existencia de algún seguidor de Cristo llamado William W. Walford.

la canción en un libro de himnos, sólo con palabras, se produjo en 1859 en una edición de melodías evangélicas compilada por los autores Robert Turnbull y Thomas Hastings. Posteriormente, en 1861, el texto llegó a manos del compositor norteamericano William Bradbury Batchelder y alcanzó su formato definitivo con una bella y armónica melodía.

De allí en más, como un diestro alpinista, "Dulce Oración" escaló hasta el techo de la popularidad y se revistió con la notoriedad.

Después, cuando logró renombre, el tema fue investigado por un sinfín de himnólogos.

Sin embargo, pese a los denodados esfuerzos de los estudiosos que analizaron su origen, nadie pudo localizar en Inglaterra las huellas de su supuesto autor: el pastor invidente Walford. Apenas se recabaron vagas referencias y el enigma jamás fue resuelto. Pero eso no evitó que el himno siguiera moviéndose por el camino del prestigio y que, con el correr del tiempo, adquiriera talla mundial gracias a su masiva difusión

DULCE ORACIÓN

Dulce oración, dulce oración,
de toda influencia mundanal
elevas tu mi corazón
al tierno Padre celestial.
¡Oh cuántas veces tuve en ti
auxilio en ruda tentación
!
¡Y cuántos bienes recibí
mediante ti, dulce oración!

Dulce oración, dulce oración,
al trono excelso de bondad
tú llevarás mi petición

a Dios, que escucha con piedad.
Por fe espero recibir

la gran divina bendición,
y siempre a mi Señor servir

Por tu virtud, dulce oración.

Dulce oración, dulce oración,
Que aliento y gozo al alma das;
en esta tierra de aflicción
consuelo siempre me serás.
Hasta el momento en que veré
francas las puertas de Sión;

entonces me despediré

feliz de ti dulce oración.


jueves, 29 de junio de 2023

DE PERRO VAGABUNDO A POLICIA EXITOSO

 Lo iban a llevar al matadero, cuando un policía intervino.

UN PERRO DE CASTA

Por Collin Perry

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Junio 1995

CUANDO VIO a la criatura encerrada en la pequeña jaula de laperrera, Brian Gallagher, poli­cía de 1.93 metros de estatura y 115 kilos de peso, comprendió que había encontrado la horma de su zapato. Los ojos negros del animal le devol­vieron una mirada fiera y desafiante.

—Ese no le conviene —dijo el em­pleado—. Sólo da problemas.

—Yo soy policía, amigo —repli­có Gallagher—. Me especializo en problemas.

—Sí, claro; pero este perro anda­ba al frente de una manada calleje­ra poco menos que salvaje. Nadie lo quiere.

Con un expresivo ademán, el em­pleado señaló la sala donde se daba muerte humanitaria a los perros.

Gallagher leyó la tarjeta que esta­ba pegada en la jaula: "Cruzado de pastor alemán y de esquimal. Cree­mos que responde al nombre de King". El animal lanzó un gruñido, enseñando los dientes blancos. Tenía el pelo del cuello erizado y seboso, lo cual hacía parecer enorme su ca­beza, de por sí grande.

Eres de genio vivo, ¿eh, King? —comentó Gallagher.

De una bolsa de papel sacó una toalla, la enrolló y se puso a mover­la frente a la jaula. El perro no le quitaba los ojos de encima. Cuando Gallagher se la acercó, el animal aco­metió, y dejó trabadas sus poderosas mandíbulas en la malla de alambre.

Se lo advertí —insistió el de­pendiente—. Es una fiera.

—Ábrale la jaula, por favor —pi­dió Gallagher.

—¿En serio?

Sin miedo. Se va a portar bien. Meneando la cabeza, el hombre abrió la cerradura y dio un paso atrás. Gallagher se puso en cu­clillas frente a King, que lo miró con fijeza y lanzó unos graves gruñidos.

—¡Bravo!, bravo! —le dijo Gallagher en voz baja al mismo tiem­po que abría despacio la puerta.

El policía estiró la mano con cau­tela, y el perro se puso a olfatearlo. después le tendió la toalla enrolla­da King se la arrebató de una tarascada y en un santiamén la hizo trizas.

Gallagher retrocedió a fin de de­jarlo salir, y el empleado se pegó a la pared.

—¿Está usted loco?

El perro salió de un brinco. Sin hacerle caso al aterrado dependien­te, se quedó mirando a Gallagher, quien lanzó otra toalla enrollada por el pasillo. King salió corriendo tras ella. A medio camino comenzó a patinar en el suelo, y acabó dando con los cuartos traseros en la pared del fondo. Pero atrapó la toalla y se la entregó a Gallagher.

Viene bríos, pensó este mientras jugaba con el perro a tirar de la toalla.  Luego trató de arrastrarlo con ella para meterlo otra vez en la jaula. King le sujetó el brazo con sus robustas quijadas.

—¡Está bien! ¡Tú ganas! —dijo en tono conciliador— No te gusta que te digan lo que tienes que hacer, ,verdad? A mí tampoco.

Tomó  cuidadosamente la toalla con la mano libre y la arrojó al interioor de la jaula. King apretó los dien­tes un poco más y luego lo soltó. Ac­to seguido, se metió en la jaula.

-Más tarde vendré por él —le dijo Gallagher al dependiente, el cual no acababa de reponerse de la sorpresa.

EN CUANTO SALIÓ de la perrera aquel ventoso día de marzo de 1989, lo asaltaron las dudas. Es una locu­ra. ¿No acabaré yo también hecho tri­zas, como las toallas?

Recordó a su anterior perro po­licía, un magnífico pastor alemán blanco llamado Buddy. Durante sie­te años habían sido inseparables: de día patrullaban, y por la noche se lo llevaba a casa. Pero luego, como consecuencia de trabajar y vivir con el perro, comenzó a presentar reac­ciones alérgicas graves. Se mareaba y le faltaba el aliento; tenía intensos accesos de tos y la cara se le hin­chaba horriblemente. En esas condi­ciones no podía desempeñar bien su trabajo.

Todo apesadumbrado, dejó a Buddy con una familia que aceptó quedarse con él. A la vuelta de unos meses, el animal se murió.

Gallagher ingresó en el Departa­mento de Policía de la Ciudad de Nueva York. Poco después arriesgó su vida para sacar a un accidentado de un automóvil que estaba a pun­to de estallar. A los dos días, un ra­tero al que perseguía le apuntó a la cabeza con una escopeta. Gallagher se quedó de una pieza, esperando la detonación. Efectivamente, el delin­cuente apretó el gatillo, pero el ar­ma falló.

A raíz de eso se puso a pensar se­riamente en renunciar a la policía.

—No puedo seguir así —le dijo a uno de sus superiores.

—¿Por qué no trabajas con perros otra vez?

—Mi esposa no soporta el pelo de perro —mintió.

Mantenía en secreto el motivo de SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Junio 1995

su renuncia al servicio con perros adiestrados.

—¿Y qué te parece la brigada an­tidrogas? Allí los agentes no se lle­van los perros a casa. Después de tra­bajar, los dejan en sus jaulas para que tengan el olfato más despierto.

¿De veras?

Tal vez valdría la pena correr el riesgo. Solamente debía encontrar el animal idóneo.

A lo mejor estoy chiflado, pensó, pe­ro me parece que esa fiera puede lle­gar a ser un espléndido perro policía.

GALLAGHER llevó a King al cen­tro canino del departamento de po­licía. Allí había un muro de entre­namiento de 1.5 metros de altura por nueve de largo, con varios hoyos pe­queños tapados con cartón. En uno de ellos, Gallagher había colocado una toalla enrollada (el juguete de King), sólo que esta vez estaba aro­matizada con heroína. La prueba consistía en que el perro la descu­briera por el olor.

King parecía indiferente cuando Gallagher lo llevó al muro con un collar ahogador. Pero al oír un cru­jido en un matorral, se puso a for­cejear para ir hacia allá y a ladrar con furia. En sus jaulas, los demás perros le hicieron coro.

¡Tranquilo, King, tranquilo! —le gritó Gallagher en medio de aquel alboroto.

—¿No se deja domar tu fiera Gallagher? —preguntó un agente desde la puerta de un remolque que se usaba como oficina—. ¿Cómo se porta?

—Como un perro de casta —res­pondió Gallagher con presunción, pero, por lo bajo, le masculló a King—: ¡Anda, no me hagas quedar mal! ¡Encuentra la toalla!

Lejos de eso, el animal tiró de él hasta el otro extremo del muro, y comenzó a escarbar con furia en un hoyo vacío.

¡Sí, ya le veo la casta! —se rió el agente.

—Seguramente hay restos de dro­gas por aquí —explicó Gallagher, sin dar crédito a sus palabras.

Cuando el agente volvió a meter­se en el remolque, Gallagher dijo:

—King, vamos a dar un paseo. Es todo por hoy.

Mientras caminaba con el perro por la calle, recordó sus prácticas de servicio con perros: el instructor re­comendaba a los agentes hablarles sin cesar para infundirles confianza.

—Pero, ¿qué se le dice a un pe­rro? —objetó un estudiante.

Cuéntale tu vida —respondió el instructor.

Y eso fue precisamente lo que Gallagher se puso a hacer:

—Buddy era más grande que tú, King, y mucho más bonito. Pero tú le ganas en bravura. —Se arrodilló y, tomándole la cabeza entre las ma­nos, añadió—: Óyeme bien: ya per­dí un perro, y no quiero perder otro. Tengo confianza en ti.

¿PERRO NUEVO? —preguntó un detective de la brigada antidro­gas, que esperaba a Gallagher ante un edificio de apartamentos para ha­cer un registro.

—contestó el policía, nervioso_         . Se llama King.

El perro estaba más zarrapastroso que nunca. Tenía lastimada la oreja izquierda  y la llevaba gacha. Para colmo andaba con la lengua fuera. Na­da elegante su estampa.

El detective se mostró escéptico:

Llevamos dos horas buscando en balde. Cuando estés listo...

Hacía dos semanas que King ha­bía aprobado a duras penas su exa­men final. Si bien es cierto que encontró  las drogas escondidas por los adiestradores , también lo es que des­rozó un viejo colchón. Esta vez se enfrentaba con su primera misión real. Subió corriendo las escaleras del edificio, obligando a Gallagher a llevarle el paso.

El  policía entró en el apartamen­w precedido de King, que no deja­ba de brincotear. En la cocina, los dos muchachos sospechosos comían pizza despreocupadamente.

--¡Oiga, calme ese perro! —dijo

11110.

King se puso a husmear en la sa­la y luego en el dormitorio. De regreso en la cocina, comenzó a lan­zar gruñidos y aullidos. Ante los ojos atentos de los sospechosos, se dirigió al horno, donde se encontraba la pizza, y arañó la puerta.

—Resultó adicto a la pizza el perro, ¿eh? —comentó con sorna uno de los sujetos.

Gallagher, avergonzado, lo llevó a las alacenas y al refrigerador, pero King insistía en tirar hacia el horno.

—Ya terminamos —suspiró el de­tective—. Corrieron con suerte esta vez, muchachos. Gallagher, gracias por tu ayuda.

El policía ya se llevaba el perro, cuando se detuvo en seco. King de­testa la pizza, recapacitó. Abrió el hor­no y destapó la caja de la pizza.

Ya revisamos ahí —informó el detective.

King volvió a arañar la puerta del horno, y Gallagher comprendió al ins­tante. Le pidió al detective que de­sarmara la puerta. En eso, uno de los individuos echó a correr. King saltó tras él, lo tiró al suelo con un golpe de la cabeza y se le puso en­cima, gruñendo.

Detrás del material aislante de la puerta, el detective descubrió unas bolsas de polvo blanco cuidadosa­mente acomodadas.

¡Ahora me van a salir con que esto es queso parmesano! —les dijo a los delincuentes.

EN MENOS que canta un gallo, King cobró notoriedad por su ex­cepcional olfato. Lo llevaban a ras­trear drogas en casas, aeropuertos y puertos, donde descubría tableros falsos, compartimientos ocultos y bolsas de plástico guardadas en más bolsas de plástico. En unos cuantos años descubrió miles de kilos de sus­tancias ilícitas. Pero su mayor desa­fío se le presentó en enero de 1994.

A primera vista, se trataba de un camión común y corriente; pero te­nía huecos ocultos en la plataforma de carga. Los policías, alertados, pu­sieron bajo arresto al conductor y a su acompañante y se incautaron del camión.

No me cabe duda de que hay drogas aquí     dijo el detective asig­nado al caso, golpeando la platafor­ma—. Pero no podemos retener a esos sujetos para siempre. Traigan a King.

Media hora después llegó una ca­mioneta azul oscuro. Gallagher bajó y abrió las puertas traseras. King ya estaba ladrando y meneando la cola con entusiasmo.

¡Hola, King! —lo saludaron los policías.

Sin pérdida de tiempo, el perro se puso a oliscar alrededor del camión. Al llegar a la parte posterior se de­tuvo bruscamente y, erguido sobre las patas traseras, comenzó a ejecutar pi­ruetas y a aullar.

Debe de estar dentro de la pla­taforma —concluyó Gallagher.

Se expidió una orden de registro, y empezó el engorroso trabajo de cortar la plataforma con sierra. Mientras el fiscal de distrito se pa­seaba nervioso de un lado a otro, los hombres cortaron la primera capa de metal. Nada.

El fiscal frunció el entrecejo.

¿Están seguros de que hay algo ahí?

No lo sé —respondió el detec­tive—. ¿Qué opinas tú, Gallagher?

Si King dice que está ahí, es por­que está ahí      aseguró el policía.

Después de cortar más láminas de acero, apareció por fin el compartímiento oculto. En su interior, una fila de bolsas de cocaína corría a lo largo de la plataforma. Resultó ser uno de los mayores decomisos de dro­ga en la historia de la Ciudad de Nue­va York: 182 kilos, con un valor co­mercial de 20 millones de dólares.

Gallagher acarició a King en la ca­beza, echándole hacia atrás la oreja gacha.

—¡Bien hecho, perro loco! Es to­do por hoy. Y ahora añadió, al mis­mo tiempo que sacaba una toalla enrollada     , ¡a jugar!

"Perro policía da un golpe al nar­cotráfico", anunció con grandes ti­tulares el Canine Courier, diario de la Asociación Canófila de la Policía de Estados Unidos.

King, todavía en servicio activo, está considerado como el mejor pe­rro de la brigada antidrogas de la Ciu­dad de Nueva York. ¡Y eso que na­die lo quería!

Brian Gallagher aún hace registros con King todos los días, pero ahora lleva en la camisa una placa dorada de detective. Imparte seminarios por todo el país y da clases en una es­cuela superior de justicia penal.

Cuando sus alumnos le pregun­tan cómo adiestrar un perro para que llegue a ser como King, Gallagher les responde: "La mayoría de los pe­rros son educables. Pero como King no hay dos".

ALGUIEN SOLICITE un libro raro en la Biblioteca del Vaticano. Tras doshoras de espera, llegó una nota con la respuesta: "Perdido desde 1583".

—Tinanciai Times (Londres)