viernes, 2 de junio de 2023

LO QUE HEMOS APRENDIDO ACERCA DEL SUICIDIO

11- 5- 21

LO QUE HEMOS APRENDIDO

ACERCA DEL SUICIDIO

SELECCIONES DEL READER`S DIGEST       Enero de 1972

En estudios recientes se han descubierto muchos de los síntomas que delatan al suicida en potencia y se han hecho progresos auténticos en la prevención de esta calamidad

POR FRED WARSHOFSKY

FNTRARON en la sala de urgencia de la Clínica Siquiátrica de la Universidad de Basilea, en la Suiza alemana. Era un matri­monio maduro; los dos tenían ya más de 50 años. El marido venía poco menos que arrastrando a la esposa, quien de muy mala gana se acercó por fin a la mesa del con­sultorio y se sentó mirando fila-mente algún punto por encima y más allá del hombro del médico. El marido explicó, muy agitado, que su mujer adelgazaba de un modo alarmante, perdía el apetito y el interés por todo; habló del insomnio que padecía y —lo que era más de temer— de las amenazas de suici­dio proferidas por ella.

Tras una hora de sondeos, el si­quiatra fijó la causa de la depresión que padecía la señora. Poco tiempo antes, después de la boda de su úl­timo hijo, el matrimonio se había trasladado de Basilea a una remota aldea montañesa de la Suiza italia­na. Separada de sus amigos, de su familia y de su iglesia, obligada a expresarse en un idioma que no hablaba bien, incapaz de adaptarse a su nueva situación, la señora ha­bía empezado a pensar que el suicidio era su única salida. Cuando el siquiatra le explicó el problema, el marido accedió en seguida a volver a Basilea, a los lugares en donde ella había echado raíces. Y en efec­to, pocas semanas después la mujer había recobrado sus deseos de vivir y no volvió a hablar de suicidio.

Esta reacción inmediata ante una amenaza suicida, sirvió probable­mente para salvar una vida. Es ejemplo de una técnica llamada de intervención en crisis", y constitu­ye uno de los varios adelantos lo­grados en la prevención de suici­dios.

Las medidas preventivas del sui­cidio no son nuevas. Desde hace algunos años funcionan en varios países centros de prevención de este mal, dirigidos casi siempre por sacerdotes o seglares dispuestos a es­cuchar compasivamente a quienes van a desahogarse con ellos. Pero últimamente la clase médica ha aprendido cosas importantes acerca del suicidio, y su prevención se tra­ta ya de una manera más sistemá­tica.

La necesidad de esa profilaxis es evidente. La Organización Mundial de la Salud estima que, en Occi­dente, se suicidan 1000 personas cada día, y hay especialistas que calculan la cifra de suicidas en 2000. Además, se supone que cada 24 ho­ras ocurren de cinco a diez mil in­tentos de suicidio. Este mal es una de las diez causas principales de mortalidad en la mayoría de los países industrializados. "Una porción considerable de suicidios consumados o intentados tiene por causa algún trastorno mental, espe­cialmente la manía depresiva", de­clara el Dr. Erwin Stengel, profesor emérito de siquiatría en la Univer­sidad de Sheffield (Inglaterra).

Todos, virtualmente, experimen­tamos algún síntoma de depresión en un momento o en otro de la vida: en esos casos cualquier acto re­quiere un esfuerzo; se pierde la energía y la confianza en uno mis­mo. La persona deprimida tiene di­ficultades para dormir; se despierta muy temprano y se siente abatida por las mañanas. Domina en ella un sentimiento de culpa y de fraca­so, y el futuro se le aparece sombrío.

Hay, sin embargo, varios tipos de depresión anormal, y los médi­cos investigadores reconocen que en uno de ellos el riesgo de suicidio es mayor que en todos los demás: la depresión endógena, a menudo hereditaria. "El estado de ánimo en este tipo de depresión es diferente de todo lo que podamos encontrar comúnmente en el resto de los seres humanos", explica el Dr. Ian Skot­towe, de la Escuela Regional de Si­quiatría de Wessex (Inglaterra). "Es algo específicamente mórbido; no es una simple intensificación de las, vivencias normales".

El depresivo endógeno sufre a la vez trastornos orgánicos y menta­les. Pierde el apetito, el peso, la vi­rilidad, el sueño, e incluso puede caer en el estupor. Cuando estos síntomas persisten durante algún tiempo, el peligro de suicidio es in­minente. En un estudio que duró siete años y abarcó a enfermos que padecían este tipo de depresión en Gran Bretaña, se vio que la propor­ción de suicidios era de 307 por 100.000, esto es, 20 veces más eleva­da que el promedio nacional.

También existe la depresión sico­genética, causada en general por factores emocionales o ambientales. En esta forma —muy frecuente—de depresión suicida, muchos en­fermos se sienten, impulsados a pe­dir auxilio. El Dr. Erwin Ringel, siquiatra vienés fundador de la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio, calcula que más de la mitad de los suicidas buscan al médico antes de atentar contra su propia vida. "Es claro”, añade "que lo hacen con la espe­ranza de que el médico se lo im­pida".

A veces el grito de auxilio se en­mascara con algún acto que no pa­rece tener relación con un intento suicida. Tenemos, por ejemplo, el caso reciente de un joven japonés que secuestró un avión de pasajeros amagando a los tripulantes con una pistola de juguete y obligándolos a volar a la base aérea de Hamamat­su, 257 kilómetros al sur de Tokio, donde están acuarteladas algunas unidades de las Fuerzas de Auto-defensa del Japón.

Después de capturar al secuestra­dor, supieron las autoridades que, en realidad, había querido suicidarse indirectamente. "Estaba cansado de vivir y quise que me mataran las Fuerzas de Autodefensa", decla­ro el joven a la policía. "Nunca tuveintención de matar a ningún pa­sajero".

Para instruir al médico a fin de que sepa oír e interpretar el grito de auxilio, el Dr. Walter Póldinger, siquiatra de la Clínica Siquiátrica de la Universidad de Basilea, se valió de una computadora en la investigación sicológica de los casos de suicidio. La computadora hizo una lista de 35 características que se advierten con la mayor frecuen­cia en la personalidad y en el histo­rial médico de 1300 individuos que optaron por quitarse la vida, de los cuales 300 lo lograron. En esa lista figuran la vida amorosa, el matri­monio y los problemas sexuales, las dificultades económicas y profesio­nales, las enfermedades y la hipo­condría, diversos grados de soledad, la depresión, las amenazas y planes suicidas, los antecedentes familiares de suicidio y otros factores. Se asig­nó a cada característica un valor numérico (por ejemplo, si hubo in­tentos anteriores de suicidio, ese antecedente pesa más que los pro­blemas matrimoniales del enfermo) y se trazó un perfil típico del sui­cida".

El perfil, elaborado por la compu­tadora, muestra que los suicidas son gente ansiosa, tensa y nerviosa, que difícilmente establece contac­tos sociales. La comparación de una serie particular de problemas de alguna persona con el perfil tí­pico puede ser útil para determi­nar las tendencias suicidas de esa persona.

La investigación de las causas del suicidio ha llevado a descubrir un particular estado síquico que se pre­senta antes del acto suicida. Ese es­tado se llama "síndrome pre-suici­da" Y. según su definidos, el Dr. Ringel, es "nuestra mejor oportuni­dad de descubrir al presunto suici­da antes de que intente matarse".

Tres síntomas constituyen dicho síndrome: el primero es lo que de­nomina el Dr. Ringel "estrecha­miento progresivo". El suicida, ex­plica, "se siente encerrado, como si estuviera en la celda de una cárcel o en una habitación cuyas paredes se van juntando. Y tiene el senti­miento de que sólo le queda una puerta de escape: la muerte". Esta vivencia de estrechamiento puede venir de afuera, como el hecho de estar realmente en la cárcel o de haber sufrido una súbita muerte en la familia. O puede proceder del interior de la personalidad, como sucede a mentido con los neuróticos o los depresivos endógenos.

El segundo síntoma es la inhibi­ción del impulso agresivo. "Freud", declara el Dr. Ringel, "descubrió que el paciente con complejo suici­da desea en realidad matar a otra persona, y, al no poder satisfacer su deseo, lo dirige contra él mismo quitándose la vida. Cuanto más di­ficultad tenga una persona para ex­presar sus instintos de agresión, mayor será el peligro que corre de suicidarse".

La tercera faceta del síndrome pre-suicida es lo que llama el Dr. Ringel "las fantasías de la muerte". Los inminentes suicidas imaginan detalles en torno a su muerte, y a menudo se recrean pensando en el medio que van a emplear para sui­cidarse.

"Si un paciente presenta los tres síntomas descritos", explica el Dr. Ringel, "será un candidato muy probable para el suicidio y es preci­so tratarlo inmediatamente".

En el aspecto del tratamiento de las tendencias suicidas, se han con­seguido grandes progresos. A me­diados de los años cincuentas se introdujeron dos tipos de medica­mentos que modifican la química cerebral y suprimen la depresión en un elevado porcentaje de los pa­cientes. Esas medicinas antidepre­soras son ya de primera necesidad en el tratamiento de las enfermeda­des mentales.

Los médicos usan también otros sistemas, como la sicoterapia de grupo, para tratar simultáneamente a muchos pacientes, o métodos des­tinados simplemente a enfrentar al paciente con la crisis inmediata que precipitó su impulso o su conato suicida. Muchos siquiatras creen que buen número de suicidios se cometen por un error al juzgar al­guna crisis repentina. Ejemplo clá­sico de ello son Romeo y Julieta. Romeo se suicidó porque creía que Julieta había muerto. Si hubiese esperado uno o dos días, hubiera visto que Julieta vivía. Si se logra ayudar al suicida potencial para que no se abandone a la crisis, si se le puede convencer de que su Julie­ta está viva, se podrá conjurar vir­tualmente el peligro de suicidio.

Con esta idea se practica la "in­tervención en crisis", o forma de tratamiento que pretende impedir el suicidio prestando apoyo al paciente hasta que la crisis haya pasa­do Además, este tipo de tratamien­to se administra al presunto suicida fuera del hospital. "Sacar a un pa­ciente de su hogar y de su trabajo para conducirlo a un hospital leja­no agrava el desajuste que sufre Ya", dice el Dr. Donald Langsley, siquiatra de la Universidad de Ca­lifornia.

En la terapéutica de intervención en crisis del Dr. Langsley se supone asimismo que no sólo el paciente re             qluiere tratamiento inmediato, sino que tal vez toda su familia neceitará ayuda. En efecto,muchas veces la situación que des emboca en un intento de suicidio se precipita por un problema fami­liar. Es el caso de una adolescente de 17 años de edad que tomó un frasco entero de tabletas de aspirina para morir. Al estudiar su caso, los médicos descubrieron que estaba muy deprimida desde que le apare­cieron los síntomas de su condición femenina. Sus padres le habían he­cho creer que todo pensamiento sexual es sucio, y que cualquier ac­to con muchachos es condenable. Cuando ella les confesó que había tenido ciertas relaciones, le prohi­bieron que viera a su novio. Enton­ces trató de suicidarse.

"La mayoría de las familias seenfrentan a estas crisis de adoles‑
ia sin recurrir al siquiatra", declara el Dr. Langsley. "Y cuando aparecen síntomas sicopatológicos se suele tratar únicamente al miem­bro de la familia calificado de paciente. Pero hemos descubierto que lo más conveniente sería ayudar a toda la familia".

El problema del suicidio nunca se resolverá totalmente, pero hay muchos factores (intervención en crisis, medicamentos, sicoterapia, orientación) que ayudan evidente­mente a reducir sus trágicas dimen­siones. Pueden ser eficaces incluso algunos expedientes tan sencillos como invitar al solitario a una reu­nión social. Recordemos, por ejem­plo, lo ocurrido en Berlín Occiden­tal, donde la policía contaba con 30 suicidios, por lo menos, cada No­chebuena, y los médicos, además, tenían que hacer lavados estomaca­les o vendar muñecas de cien frus­trados suicidas tan sólo en esa no­che del año, cuando la soledad y el aislamiento resultan insoportables para algunos berlineses.

Sin embargo, desde hace 15 años el Dr. Klaus Thomas, jefe del Cen­tro de Prevención de Suicidios de Berlín, celebra una reunión anual el día de Nochebuena en una gran iglesia, adonde acuden los solitarios de la ciudad (las viudas, los ancia­nos, los sin hogar). El índice de suicidios en esa noche bajó ahora a la décima parte de lo que era antes de que el Dr. Thomas demostrara prácticamente el esencial humanita­rismo del hombre y su compasión por sus semejantes.

 

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