Caballero
de la selva
Por
DONALD CUTROSS PEATTIE
Soñó con un imperio en tierra americana, y no tuvo tierra ni para su sepultura.
1945
RENÉ ROBERT
CAVELIER,señor de La Salle, tenía
veintrés años cuando, por vez primera, vio las agrestes costas de la Nueva
Francia (Canadá), surgir de entre la espuma del océano.
De su excelente familia había heredado la buena presencia, los buenos modales y
la buena salud, tres cualidades que constituían su único haber terrenal,
excepción hecha del acero delgado y nervioso de su espada. Con este patrimonio,
sin un cuarto en la escarcela y
sin padrino que lo protegiese, La Salle hizo cara a la selva americana. La espada aquella habría de hendir la floresta dos siglos
antes que el hacha colonizadora tallara una nación del continente salvaje.
En 1670 Francia tenía
asentadas las puntas de los pies en el continente norteamericano. Sus misioneros y cazadores de pieles se
aventuraban hacia el oeste y hacia el sur, costeando los Grandes Lagos; pero para consolidar su imperio en el Nuevo Mundo necesitaba
de soldados exploradores y fortalezas. Porque los ingleses, también, soñaban en conquistas más
allá `de los Alleganys, y
la férrea mano de España ya se extendía desde México hacia el norte y hacia el
este.
Así pues, Courcelle, el gobernador de Quehec, envió
al joven aventurero La Salle con un grupo de clérigos y guardabosques armados a que metiesen una cuña, hecha con la espada y la cruz, entre los ingleses y los españoles.
La expedición tropezó inesperadamente con Louis Jolict, quien regresaba de las
selvas trayendo en su mano bronceada el primer mapa de los Grandes Lagos. Ese
encuentro fue decisivo tanto en la vida de La Salle como en la historia de
América, porque la expedición se dividió en dos grupos: los clérigos, ardiendo
en celo misionero, determinaron dirigirse hacia la región de Mackinac, que era
tierra conocida; La Salle, ansioso de imperios vírgenes, prosiguió hacia el
sur, atravesando la región poblada de grandes bosques que hoy es Ohío. Su meta era nada menos que el legendario Padre de las Aguas,
el Misisipí, y su ánimo el de
borrar la tenue pretensión de España sobre ese río.
Durante los dos años siguientes de errabundo recorrido, el mismo La Salle no
sabía por dónde andaba; quizás, según sus descripciones, fue por las praderas
de Illinois. Pero cualesquiera que hubiesen sido los sitios adonde el espíritu
de aventura lo llevara, el hecho' importante es . que sus correrías por -las extensas regiones
salvajes, habían convertido al joven explorador en una especie de bien templada
hoja de acero, arma
imperial que no esperaba sino la mano de un estadista competente que supiera
usarla.
Y esa mano fue la de Frontenac, el
recién llegado gobernador de la Nueva Francia. A Frontenac relató La Salle lo que había visto en el
corazón del continente:
bosques que bastarían holgadamente para reconstruís todas las ciudades y flotas
de Europa; pieles en cantidades suficientes
para ahogar el comercio de Rusia; mantillo negro y profundo; tribus
guerreras que podrían ser convertidas en una muralla contra los ingleses. Y más allá del horizonte de las enormes praderas, un río gigantesco, camino abierto por
Dios a través de la salvaje naturaleza. La Salle predijo un imperio de trigo, madera, pieles y
ciudades. Qué gran profeta era.
Lo están proclamando las ciudades que brotaron en
sitios donde él fue quien primero puso el pie: Búllalo, LotiÍsville, Detroit,
Milwaukee, Chicago, San Luis, Nueva Orleáns, Gálveston y
Houston.
Ocultando sus designios, La Salle salió para Francia donde, después de haber
asumido el desagradable papel de cortesano, obtuvo una audiencia con Luis XIV. En el
Rey Sol halló a un hombre cuya visión y
determinación eran del mismo calibre que las suyas. De
aquella audiencia salió La Salle con un título de nobleza y el despacho de
comandante del fuerte de Frontenac, en el lago Ontario. Además, había obtenido
el derecho de monopolio de todo el comercio de pieles en las regiones que
explorase.
En Quebec, los grandes tratantes en pieles vieron toda esto con alarma. Si La
Salle penetraba de nuevo hasta la región del Illinois, echaría abajo el
monopolio de los de Quebec, precipitando la baja de precios. ¿Qué les importaba que Luis XIV no ganase un imperio, con
tal de conservar ellos el suyo? Así pues, trataron de impedir, en todas las
formas imaginables, que partiese la expedición: indujeron a los acreedores de
La Salle a que le embargaran sus bienes; pusieron veneno en sus alimentos; sobornaron a los indios iroqueses para que
pegasen fuego a un barco que estaba construyendo cerca del sitio que ahora
ocupa Búllalo y, por último, ya casi terminados los preparativos, la expedición
fue «inyectada » con hombres pagados para hacerla fracasar, uno de los cuales
era el mismo piloto de la embarcación.
Pero todas aquellas arterías fracasaron, y en 1679 el Griffin se dio a la vela
en el lago Erle, primer barco de guerra europeo que surcaba las aguas de los
Grandes Lagos. Con La Salle iba el soldado italiano
manco, Henri de Tonti, su
compañero de armas y amigo de la infancia. A su modo—seco y ayuno de
todo sentimentalismo—La Salle quería a Tonti más que a nadie en la vida.
Desde Mackinac, último puesto avanzado de la civilización, La Salle despachó de
vuelta el GriffÍn cargado de pieles, para pagar sus deudas. Esta expedición,
como todas las demás que emprendiera, había sido costeada por parientes, amigos
y mercaderes del Canadá. Pero lo mismo que a Colón, el destino nunca permitió a
La Salle que tuviese éxito comercial en ninguno de sus viajes. Los apremios de
pago iban tras él, hostigándolo, adondequiera que guiase sus pasos. Las
dificultades monetarias lo seguían hasta el más remoto rincón de la selva.
Ya el otoño empezaba a dorar las hojas cuando La Salle, con cuatro canoas
cargadas hasta la borda, hizo rumbo hacia el sur siguiendo la costa oriental
del lago Michigán. A través de selvas vírgenes y
dilatados pantanos, Tonti procedía en expedición paralela, por tierra.
En la desembocadura del río San José construyó La Salle el fuerte de Miami,
mientras aguardaba la llegada de Tonti y del Grffin, Tonti llegó a reunírsele,
mas no el Griffin. Los ríos, ya helados, impedían el arribo de provisiones y de
refuerzos.
Casi faltos de víveres, La Salle y su gente se internaron en la selva, rumbo al
río Illinois. En la remota distancia enrojecían el horizonte las fogatas de los
indios cazadores que acorralaban sus presas en círculos de llamas. Pero para La Salle y los suyos no había
sino frío, hambre, marchas interminables y pantanos traicioneros. Un
movimiento en falso y la exigua hospitalidad de los indios tornaríase en
furiosa hostilidad; máxime citando los mercaderes de Quebec habían despachado
secretamente hacia el Illinois indios miamis con el encargo de asesinar a los
franceses. Pero La Salle tenía genio para los indios. Era pródigo en regalos,
los envolvíacon su rica verbosidad, y jamás les mostraba dolor o fatiga. Su talento y energía convirtieron toda la
confederación del Illinois en un baluarte francés.
En las riberas del Illinois levantó La Salle el fuerte de Crévecoeur, segundo
eslabón en su cadena de fortificaciones. Pero, necesitado de recursos, dejó a
Tonti al frente de la guarnición y se encaminó al Canadá, tan sólo para
enterarse de que el Griffin no había vuelto a ser visto, de que el
cargamento de pieles había desaparecido, y de que su depósito de pieles del
fuerte de Frontenac había sido liquidado por sus acreedores.
A poco llegó un mensajero de Tonti: los hombres del fuerte de Crévecoeur habían
desertado. Pisándole los talones, un segundo mensajero trajo la noticia de que
los desertores habían ocupado y quemado el fuerte de Miami ]levándose las
pieles de La Salle. Éste, con singular rapidez, preparó una emboscada a los
forajidos cuando trataban de sorprender el fuerte de Frontenac, los hizo
prisioneros y los entregó a la implacable justicia del gobernador.
De nuevo el hombre inquebrantable tomó camino de
la región del Illinois con recursos implorados, pedidos a préstamo, o logrados
a fuerza de incomodar al gobierno y a los personajes influyentes de Quebec. Pero todo lo que halló, en -el fuerte de
Frontenac fueron ruinas y cadáveres carbonizados, muda evidencia de una
victoria de los indios iroqueses. También Tonti había desaparecido. Impulsado
por la cólera y el pesar, La Salle recorrió los bosques en busca de su
camarada, jurando que había de encontrarlo aun cuando para ello tuviera que
pegar fuego a cuanta aldea iroquesa hallara al paso. Por fin, cuando ya casi
había perdido toda esperanza, encontró a Tonti en Mackinac. Los dos viejos
camaradas se abrazaron efusivamente, y una vez más sus ideas de aventura y
conquista florecieron con ímpetu.
La simple fuerza magnética de aquella personalidad infundió renovada lealtad a
las vencidas tribus del Illinois. De
entre las cenizas resurgió vivo el sueño de un imperio, y en diciembre de 1681, La Salle volvió a internarse en la tierra virgen,
acompasado de sus recios capitanes Tonti y La Forreste, 23 franceses, una horda heterogénea de indios, el
buen padre Zenobius Membre, y Nika, el fiel guía indígena. Las canoas,
instrumentos, provisiones y pertrechos iban en trineos que se deslizaron río
abajo sobre la congelada superficie del Minols, camino de cristal que partía en
dos la escarchada selva. Cuando ya el hielo no pudo sostenerlos, echaron las
canoas, y el 6 de febrero de 1682, el
Misisipí los llevó en su turbia corriente hacia el sur.
Navegando río abajo, pasaron el Misurí, pasaron el Arkansas, y dejaron atrás
los puntos más distantes del sur de Marquette y de Joliet. El caudaloso río iba
haciéndose cada vez más ancho; sombríos cipreses bordeaban sus orillas. El 9 de
abril divisaron las sonrientes aguas del mar... Sil histórico viaje había
terminado. El padre Membre entonó un Te Deuni, hubo salvas de mosquete, y los
indios prorrumpieron en gritos de júbilo. La Salle
erigió una columna tallada, bautizó aquella tierra con el nombre de
Luisiana, y tomó posesión de
todo el río Misisipí en nombre de Luis XIV, rey de Francia.
Convencido de que para consolidar esa precaria
posesión se necesitaba una colonia con guarnición francesa provista de cañones,
La Salle regresó a Quebec en busca de hombres y
materiales. Para consternación suya, se encontró con que su amigo,
Frontenac, acababa de caer en desgracia. El nuevo gobernador va había escrito a
Luis XIV predisponiéndolo contra La Salle. Y para colmo de desdichas, el
gobernador había embargado todos los bienes que La Salle tenía en el Canadá.
Arruinado, se embarcó para Francia. Una vez allí
logró que el rey le diera oídos e hizo perder terreno a sus enemigos. Sin más
ayuda que su fuerza de ánimo y su osadía, logró levantar otra fortuna para su
expedición colonizadora a las bocas del Misisipí. Persuadido
por el fervor candente de La Salle, el Rey Sol lo encargó de la fundación de una colonia francesa en la
desembocadura del gran río; del
establecimiento de una ruta comercial entre los Grandes Lagos y el golfo de
México, y de lograr la alianza de todas las tribus indígenas o de subyugarlas,
si era preciso. Además de esto, comisionó
a La Salle para enviar expediciones hacia el oeste con
el fin de quitarles Nuevo México a los españoles. La formidable magnitud de tal programa era como para
encogerle el corazón aun al mismo La Salle. Fuera ésa o no la causa,
el hecho es que de aquel punto en adelante el buen juicio de La Salle empezó a
flaquear. Y quizás por haberse
dado cuenta de ello, se tornó vacilante, desconfiado de sí mismo y de los
demás, y se hizo cada vez más áspero e inaccesible.
La gran expedición militar y colonizadora consistió en cuatro navíos; 100 «soldados» (la mayor parte pordioseros de oficio);
algunos infelices mecánicos y obreros; unos cuantos
«caballeros» cuyo único caudal era la espada; el siempre fiel padre
Membre; un número de niños
huérfanos, y un puñado de mujeres a caza de marido. A ésto añádase
una buena porción de misioneros, la mayor parte lamentablemente inadecuados
para servir en un continente primitivo.
La suerte había vuelto la espalda a La Salle. Por un
error en sus cálculos, la expedición pasó de largo y dejó 400 millas atrás la
desembocadura del Misisipí. Debiose el fatal error a que La Salle
había fijado la latitud de la desembocadura, pero no había sabido determinar la
longitud. Así, perdido, fue costeando marismas y
lagunas de Texas hasta que un aciago día pensó que la bahía de Gálveston era la
boca occidental del Misisipí, y desembarcó su gente. Uno de los
navíos encalló en los bancos de arena; el capitán que piloteaba la expedición, un tal Beaujeu, temeroso de la extraña
costa, levó anclas y abandonó a La Salle dejándole, como único lazo con el
mundo, una pequeña nave, la Belle.
En aquella costa salvaje La
Salle erigió los que podrían llamarse símbolos de sil sueño de colonización: un
fuerte, una capilla y una empalizada con troneras para ocho cañones (cuyas
únicas municiones eran perdigones de mosquete). Las enfermedades contraídas en
los pantanos y, lupanares de las antillas debilitaron la incipente
colonia. Treinta personas sucumbieron. Mientras La Salle se hallaba ausente en
una expedición por tierra tratando de localizar el
Misisipí, la Belle se estrelló frente al fuerte y casi todas las
reservas de vituallas, ropas y municiones que había a bordo, se perdieron. Al
cabo de varios meses, después de marchas forzadas y encuentros con los indios,
La Salle regresó al poblado con sus huestes diezmadas y sin haber dado con el
evasivo ¡Misisipí. La noticia de la pérdida de la Belle le produjo tan profunda
impresión que cayó víctima de un ataque de meningitis.
Pero al poco tiempo ya estaba otra vez en pie, v salió, por tierra, con rumbo
al Canadá, en busca de socorros. Los descontentos que
quedaron en el fuerte comenzaron a fomentar disturbios; al espíritu de rebelión
y al desaliento añadiose la hostilidad de los indios.
Pasaron meses y cierto día un centinela oyó la voz de
La Salle; pero no
venía éste con soldados del Canadá, sino con ocho abatidos sobrevivientes de
los que con él partieran. En la triste Navidad
de 1686, la colonia brindó por el negro futuro con
tazas de agua fría. Aun los más intrépedos debieron haberse
dado cuenta de que La Salle
estaba totalmente extraviado
en un continente enorme
del que no existían mapas, y que las periódicas salidas de aquél eran tan
erráticas e inútiles como tedioso era permanecer en el fuerte y
esperar el fin.
Sin embargo, no había más remedio que tratar de nuevo. Esta vez La Salle decidió llevar consigo a los peores descontentos
e intrigantes. Una vez en el corazón de la
selva, los conspiradores asesinaron, durante el sueño,.a los sobrinos de La
Salle y al fiel guía, Nika,
quien no pudo siquiera devolver un golpe. Luego, agazapados entre el pasto que
alcanzaba allí gran altura, dieron muerte al mismo La
Salle, llenándole el cuerpo de perdigones. El de más negro
corazón entre aquellos forajidos, echose
sobre los hombros, con gesto fanfarrón, la magnífica capa escarlata de vueltas
doradas en que La Salle iba envuelto. Su cadáver, desnudo, fue abandonado entre la maleza.
La tierra que su audacia y su coraje hollara tanta veces, no le dio el abrigo y la paz de sus
entrañas al hombre más grande que pisó el suelo norteamericano.
Así quedó abandonada a su suerte
la colonia de Texas, el sueño dorado de La Salle y su más
heroico fracaso. Cuando los
españoles llegaron a ella para destruirla, no hallaron sino cuerpos desmembrados y ennegrecidas, ruinas, horrible testimonio de que los indios se les
habían anticipado. Catorce años después,
cuando d'lberville entró por la desembocadura del Misisipí con una flota
francesa, con la misión de fundar a Nueva
Orleáns, un fiel cacique indio le entregó una carta descolorida por
el tiempo. Aquella carta iba dirigida a Robet Cavelier, señor de La Salle, y le
explicaba cómo Henri Tonti había bajado a todo lo largo del Misisipí, hasta la
misma desembocadura, en busca del amigo perdid
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