martes, 20 de junio de 2023

COCAINA: LO QUE DEBEMOS CONOCER

COCAINA: LO QUE DEBEMOS CONOCER

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST           Enero DE 1981

 Para los antiguos incas fue el legado de su padre, el Sol; hoy es la droga de moda: elegante, costosa, estimulante. Pero no resulta tan inofensiva como creen los que la consumen

POR EVA GUEVARA

UN NUEVO vicio recorre el continente ... o una nueva delicia, según con quien hable usted. Parte de los ritos sagrados de los indígenas precolombinos, la cocaína fue también un juguete de los aristócratas, un pasatiempo de la gente de teatro. Ahora, la Organi­zación de las Naciones Unidas (ONU) estima que hay unos tres millones de aficionados en toda Ibe­roamérica. El nuevo placer ---la droga cocaína— es ya muy viejo y el resurgimiento de su popularidad parece destinado a continuar.

La cocaína es parte de la vida, incluso del lenguaje, para el mun­do del espectáculo. Los Rolling Sto­nes prometen que habrá siempre un espacio en mi estacionamiento) cuando necesites un poco de coca y simpatía. Entre los consumidores se incluyen cantantes y músicos de gran cartel, estrellas de cine y de la moda, ejecutivos empresariales, personalidades; figuras del deporte, gente de la publicidad: cualquier persona que pueda pagar hasta 50 dólares por una tarde de "vuelo".

¿Por qué la consumen? La co­caína es un "elevador", estimula. Los que aspiran coca (la droga es comúnmente inhalada por la nariz, aunque las hojas sin procesamiento casi siempre se mastican) se sienten más fuertes, mentalmente más aler­tas, confiados y serenos. No hay an­gustia en su "vuelo", sino una su­til sensación de bienestar y alegría. "Le proporciona a uno más ener­gía", señala un aficionado. "Cuando la consumo puedo hacer el doble de trabajo y me siento mucho más extravertido".

Pero antes que algún lector aven­turero (e infractor de la Ley) vaya a gastar los ahorros de su familia en la sustancia, debería conocer cuá­les son sus desventajas. Algunas só­lo son molestas; otras, claramente peligrosas.

Primero, la sensación que da sólo dura de 10 a 20 minutos. Cuando se termina, el "vuelo" es remplaza­do por una sensación de sopor. El 'Dr. Mario Souza y Machorro, jefe del Departamento de Educación y Promoción de la Salud Mental, del Instituto Mexicano de Siquia­tría, explica: "La cocaína no crea nueva energía en el cuerpo; lo que hace es sólo liberar más energía en forma química, una energía que ya existe y que se almacena en el sistema nervioso". Por consiguiente, cuando el efecto inmediato de la droga se acaba, quien la consume siente que decae su estado de áni­mo: tiene menos energía que la normal. Luego viene la tentación de mantener el "vuelo" haciendo una docena o más de inhalaciones al día. El resultado puede ser la "tristeza de la cocaína".

En un estudio sobre los efectos depresivos de la cocaína, dirigido por el Dr. U. Zapata Ortiz y pa­trocinado por la Universidad Ma­yor de San Marcos, en Lima (Pe­rú), alrededor del 60 por ciento de las personas entrevistadas dijeron que habían sufrido la "depresión pos-coca" o nerviosismo, temor o paranoia.

Para los investigadores es difícil determinar el grado de otros efectos físicos mencionados vómitos, diarrea, dolores de escalofríos, sudor, irritación de la garganta, impotencia— que resultan de la droga o de las sustancias con que se "corta" la cocaína. (Usualmente los traficantes incre­mentan sus ganancias mezclando cocaína con procaína, lactosa, pol­vos de talco, bórax, laxantes, anfe­taminas u otros polvos blancos que a menudo dejan el producto final con sólo un 10 por ciento de cocaí­na pura.)

Sin embargo, hay ciertos efectos que se relacionan claramente con sus propiedades en sí. La droga es­trecha los vasos sanguíneos, redu­ciendo la cantidad de sangre que circula en la nariz. Cuando su efecto desaparece, el, resultado es una congestión nasal y un goteo posnasal. Lo que es peor, con la reducción del suministro sanguí­neo, el tejido nasal se debilita y se destruye. De esta manera, los que más utilizan la droga padecen úlceras, hemorragias y hasta la for­mación de un agujero que atravie­sa el tabique que divide las vías nasales.

Se ha informado que en algunos individuos provoca sicosis, carac­terizada por alucinaciones y para­noia. El uso crónico también puede conducir a desmayos, convulsiones,, pérdida rápida de peso, paros car­diacos y hasta la muerte. Pero el Dr. Souza afirma que esos 'casos son raros: "En condiciones extremas, un usuario puede ingerir una sobredosis y el resultado puede serla muerte; pero en general casos como ese son muy poco comunes. La cocaína, en cantidades limitadas, no es en verdad una droga grave­mente peligrosa".

Aunque en general hay coinci­dencia en que la droga no provoca dependencia física, sí puede formar un hábito sicológico. El Dr. Souza relata casos en los que el usuario es­taba tan obsesionado por la necesi­dad de conseguirla que ha robado dinero de las alcancías de sus hijos para adquirirla.

Pese a tratarse de la droga de moda, nada hay de nuevo respecto a ella. Durante siglos, en efecto, los indígenas de Perú, Bolivia, Colom­bia y Argentina han masticado hojas de coca como remedio para cual­quier mal, desde el cansancio hasta las verrugas, y todavía es su prin­cipal defensa contra el hambre du­rante las épocas de poco alimento.* Llevada a Europa por la aristocra­cia española, tanto los médicos del Viejo Mundo como los de Estados Unidos comenzaron a experimentar con sus atributos medicinales a fi­nes del siglo XIX. Sigmund Freud propuso que fuera un remedio para la sicosis y la depresión, un tra­fa-miento- para el asma-, los desór­denes estomacales, el vicio de la morfina y el alcohol; que se utili­zara como analgésico y hasta como afrodisiaco. Y cuando Carl Koller, colega de Freud, la introdujo como  anestésico local, revolucionó toda la cirugía ocular.

La droga parecía ser un curalo­todo. La gente de ambas márgenes del Atlántico pronto comenzó a tragar píldoras, a tomar té, a in­halar gotas y polvos nasales, a fu­mar cigarrillos, a mascar goma y a ponerse inyecciones que tenían una cosa en común: estaban llenos de cocaína. Podía conseguirse en cual­quier farmacia, tienda de abarrotes o almacén; se podía comprar en mercados en su forma natural de hojas de coca, y en ninguno de los casos se requirió alguna vez de prescripción médica.

Pero hubo aquellos a quienes dis­gustó lo que estaba ocurriendo. La cocaína provocaba dependencia si­cológica, decían, y podía causar si­cosis. En América Latina, la Igle­sia Católica adoptó una enérgica po­sición en contra de su uso, afir­mando que "acortaba la vida de muchos indígenas", y condenó sus efectos señalando que eran paga­nos y de explotación. Un amigo de Freud que recurrió a ella para com­batir la dependencia de la morfina, desarrolló una sicosis de esta droga y murió. Sigmund Freud dejó de recetarla.

Entre 1931 y 1939, la mayoría de los países latinoamericanos, de acuerdo con tratados internaciona­les, restringió la disponibilidad de droga procesada junto con los opiá­ceos (y, desde un punto de vista farmacológico, la clasificó errónea­mente como narcótico en vez de calificarla como un estimulante). Luego, a mediados del mismo de­cenio, cuando aparecieron por pri­mera vez en el mercado las anfe­taminas —estimulantes sintéticos—, la mayor parte de quienes, en las clases altas, todavía usaban la co­caína ilegal se volcó a los "acele­radores", que resultaban más bara­tos y eran legales.

Durante los 30 años siguientes, el uso de la cocaína se limitó en gran medida al mundo del cine y los espectáculos en Estados Unidos y Europa. Pero a fines del decenio de 1960 y principios del de 1970, a medida que los jóvenes de todo el continente comenzaban a imitar a los de Estados Unidos probando to­do tipo de drogas, la cocaína se hizo popular otra vez.

En un estudio dirigido en 1975 por C. S. García y J. A. Rosalío, del Departamento de Siquiatría de la Universidad de Puerto Rico, el 84 por ciento de los consumidores cffi cocaína de ese país tenían menos dé 35 años. Casi el 75 de los afi­cionados a esta droga residía en ciu­dades grandes y más del 90 por citnto eran varones.

La mayor parte de la cocaína que se vende en los mercados negros de América Central y el este de Amé­rica del Sur se pasa de contrabando desde Colombia. Otros suministros provienen de importaciones ilegales desde Bolivia y Perú. El polvo pro­cesado es diestramente envasado en tubos de pasta dental, libros, bolsas de mano, barras de caramelo y ro­pas, e introducido a través de las fronteras, internacionales por viaje­ros o grandes organismos. El principal punto de destino es Estados Unidos, donde la cotización corn(11 te por 250 gramos ppede ser de  ta 8.000 dólares, pero- al menos , 1 20 por ciento de toda la cocitín,i producida ilegalmente se consume en Iberoamérica.

Cuando llega a las calles, la co­caína, que le cuesta a un traficante mayorista 5.000 dólares el kilo en el mercado negro colombiano, se venderá hasta por 100 dólares el gramo para un cliente en la Ciudad de México.

En los últimos años, algunas per­sonas han comenzado a discutir que esta droga debería ser lega­lizada o despenalizada, o al menos eliminada de la categoría de narcó­tico, que no lo es, e incluida con las anfetaminas para lo que se re­fiera a la aplicación de la Ley. También ponen en duda las rigu­rosas sentencias por su uso y venta. En México, por ejemplo, la conde­na por cultivo, posesión y/o venta de cocaína, no importa cuál sea la cantidad, puede llegar hasta 15 años de prisión. En Bolivia las senten­cias pueden ser de hasta 17 años.

El 7 de mayo de 1980, la Corte Suprema de Colombia dictaminó que las personas que consumen co­caína con certificado médico pueden poseer en forma legal hasta 28 gra­mos de esta droga para uso perso­nal. Con todo, como la cocaína no causa dependencia física —enfatiza el Dr. Jorge Enrique Carranza Ca­macho, especialista en salud mental, de Bogotá—, a estas personas no se'. les puede llamar "adictos", en tér­mino médicos.

Aunque el Dr. Carranza no con­sidera que la legalización sea una posibilidad práctica en un futuro cercano, se opone enérgicamente a catalogar a la cocaína en la misma estructura penal de la heroína, la cual es bastante más nociva. "En

cualquier caso", concluye, "las sen­tencias más rigurosas en sí no dis­minuirán los empleos no medicina­les de la cocaína". No obstante, si la juzgamos objetivamente —sin so­brevalorarla ni exagerar sus peli­gros—, tal vez podamos hacer fren­te con más realismo a su amenaza Para nuestra sociedad ADAPTADO DE UN ARTICULO DE LUCY —MISAR EN EL NEW YORK NEW5 '

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST ENERO DE 1981

 

 

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