LINCOLN CABALLERO Y BONDADOSO SIN IGUAL
Anecdotario
DESPUÉS de un largo período de inacción de las fuerzas de la Unión, recibió Lincoln un telegrama en el que le avisaban que se había oído fuego de fusilería por los lados de Knoxville, y comentó que se alegraba mucho. Como el general Burnside se hallaba en una posición peligrosa en Tenesí, todos los presentes se admiraron de la calma con que recibía la nueva el Presidente.
—Verán ustedes —explicó él—. Sallie Ward era una vecina mía en Illinois, que tenía muchos hijos. Cada vez que uno de sus chicos se daba un porrazo y lo oía chillar por allá lejos, Sallie Ward decía: «Gracias a Dios, ése es uno de los míos que no se ha muerto todavía».
— ANTHONY GROSS
UN EDITORIAL del Tribune de Nueva York en que se atacaba violentamente la segunda postulación de su candidatura, hizo recordar a Lincoln la siguiente anécdota:
«Un viajero extraviado en la montaña se encontró una noche en una región sumamente inhospitalaria. Para colmo de males se desató una furiosa tempestad. Los relámpagos le permitían ver a trechos el camino, mas los bramidos del trueno eran aterradores. Uno de esos tremendos estallidos lo hizo caer de rodillas. «¡Dios mío --exclamó-- si no tienes inconveniente, haz un poco más de luz y menos ruido¡» — ANTHONY GROSS
“No le deseo mal a nadie"
( ABRAHAM LINCOLN)
LINCOLN dijo una vez: «A nadie he causado pesadumbre voluntariamente». Y sin embargo, tan pronto como llegó a la cúspide de sus aspiraciones, el hombre que nunca quiso herir, el que pasó derramando la bondad por su camino, fue condenado por el cruel destino a someter a millones de sus conciudadanos a las torturas de una prolongada y cruenta guerra intestina. Así, el corazón más tierno que jamás gobernara hombres en el mundo, viose arrastrado durante cinco años por un hado inexorable a traspasar los sensibles corazones de las madres
con una angustia que sólo la muerte podía acallar. Y en ésa, la más grande, la más acerba tarea de su vida, fue atormentado, estorbado, amarrado a cada paso por los celos, la bajeza y la arteria de una caterva de hombres minúsculos. Fue tergiversado, incomprendido, calumniado, escarnecido; encontró obstáculos para todos sus buenos impulsos, para todos sus pensamientos, para todos sus actos. No es extraño que sus retratos fueran cada año más tristes, cada año más trágicos.
— LLOYD GEORGE
El DR. JEROME WALKER, médico de Brooklyn, cuenta de qué manera Lincoln le hizo un suave reproche, un día que lo acompañó a hacer una visita al hospital de City Point en Virginia:
Acabábamos de visitar las cuadras que ocupaban nuestros soldados inválidos y convalecientes —dice el Dr. Walker— y llegamos a tres salas donde estaban los prisioneros héridos y enfermos del ejército del Sur. Como buen patriota le dije:
—No creo que usted querrá entrar, señor Presidente, aquí no hay más que rebeldes.
Al oir esto se detuvo, me puso suavemente una de sus grandes manos en el hombro y me respondió:
—Confederados, querrá decir usted, mi doctor._
En seguida el Presidente recorrió los tres salones y fue tan amable, sus apretones de manos tan cordiales, su interés tan vivo por estos desgraciados ... lo mismo que cuando estuvo entre nuestros propios soldados.”
Cnel. ALEXANDER McCLURE
UNA ANCIANA que estaba en una antesala le dijo a Lincoln:
_¿ Cómo puede hablar compasivamente de sus enemigos cuando mejor sería que los destruyera?
—Señora, ¿acaso no los destruyo al hacer de ellos mis amigos? — le respondió fijando en ella pausadamente los ojos –
CARLSANBURG
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