miércoles, 27 de diciembre de 2023

"ÁTALA" DE CHATEAUBRIAND - Prólogo (1)

"ÁTALA"

DE CHATEAUBRIAND

No obstante, estoy en la obligación de declarar que en esta obra no se trata de la revolución, ni hablo, por lo común, sino de autores muertos: los vivos no tendrán que quejarse, porque, en general, he guardado una medida, que no espero se guarde conmigo según las apariencias.

He sabido que la mujer célebre, cuya obra era el objeto de mi carta, se ha sentido por un pasaje de ella. Permítaseme observar que, sin ser yo el primero que se haya servido de esta arma verdaderamente odiosa a mis ojos, mi fin no ha sido otro que el defender a un hombre que amo, y admiro por su talento. Bórrese, pues, este pasaje si he agraviado con él. Aunque, quien goza de la brillante existencia, y posee los bellos conocimientos de la Señora de Staél, debe sentir poco y olvidar luego las pequeñas ofensas de un pobre solitario desconocido como yo.

Volviendo por último a Átala. Esta no es toda obra de mi invención: porque es cierto que hubo un salvaje en galeras y en la corte Luis XIV: es cierto, que un misionero francés ha hecho las cosas que he referido: es cierto, que he encontrado salvajes cargando los huesos de sus abuelos, y una madre joven exponiendo el cuerpo de su hijo sobre las ramas de un árbol: también son verdaderas algunas otras circunstancias que omito por no ser de un interés general. Lo será mi Átala algún día, si el gobierno francés, por un rasgo de fina política,

pide a la Inglaterra la restitución del Canadá.

PROLOGO

La Francia poseía en otro tiempo un vasto imperio en la América septentrional, que se extiende desde el Labrador hasta la Florida, y desde las orillas del Atlántico hasta los lagos más remotos del alto Canadá.

Cuatro grandes ríos, cuyas fuentes nacen en las mismas montañas, dividían estas inmensas regiones. El río San Lorenzo que se pierde al Este en el golfo de su nombre: el río del Oeste que lleva sus aguas a mares desconocidos: el Borbon, que se precipita del Mediodía al Norte en la bahía de Hudson; y el Meschacebé (1) que, bajando del Norte al Mediodía, se sepulta en el golfo Mexicano.

Este último río, en el curso de más de mil leguas, riega un delicioso país, que los habitantes de los Estados Unidos llaman el Nuevo-Edén, y al que los Franceses han dejado el dulce nombre de Luisiana. Otros mil ríos tributarios del Meschacebé, el Missuri, el Illinés, el Akanza, el Ohio, el Wabache y el Tenaso la fecundan con su limo y la fertilizan con sus aguas. Cuando todos estos ríos rebozan con los diluvios del invierno, cuando las tempestades han abatido trozos enteros de florestas, el tiempo amontona sobre las vertientes los árboles arrancados, los enlaza con juncos, los cimenta con lama, planta en ellos tiernos arbustos, y lanza su obra a las olas.

Arrastradas por ondas espumosas estas balsas bajan de todas partes al Meschacebé: el anciano río se apodera de ellas, y las empuja hasta su embocadura para formar un nuevo brazo. De cuando en cuando alza su ronca voz pasando bajo los montes, y, cual Nilo de los desiertos, derrama sus aguas alrededor de columnatas de florestas, y de las pirámides de los sepulcros de los Indios. Pero la gracia va siempre unida a la magnificencia en las escenas de la

naturaleza; y mientras que la corriente del centro transporta al

(1) Verdadero nombre del Misisipí en Meschasipí.

OBRAS COMPLETAS - TOMO II 443

mar los cadáveres de pinos y encinas, se ven, sobre las corrientes laterales, remontar, a lo largo de las orillas, islas fluctuantes de pistia y de nenúfar, cuyas rosas amarillas se levantan a modo de pequeños pabellones. Serpientes verdes, garzas azules, flamencos rosados, tiernos cocodrilos, se embarcan pasajeros en estos bajeles de flores; y la colonia, desplegando al viento sus velas de oro, va a arribar dormida a alguna retirada abra del río. Desde la embocadura del Meschacebé hasta su unión con el Ohio, la magnificencia más extraordinaria le acompaña en su curso.

Desenvuélvense sobre el borde occidental sabanas que se pierden de vista: sus ondas de verdura, alejándose, parecen elevarse hasta el azul del cielo donde se desvanecen: vense en estas praderías sin límites, herrar a la ventura rebaños de tres o cuatro mil búfalos salvajes: a veces un bisonte cargado de años, hendiendo las aguas a nado, viene a acostarse entre las altas hierbas de una isla del Meschacebé. Su frente adornada de dos medias-lunas, su barba cana y limosa nos le haría tomar por el Dios mugiente del río, que echa una ojeada de satisfacción sobre la grandeza de sus raudales, y rústica abundancia de sus riberas.

Tal es la escena sobre la costa occidental; pero de repente se muda la de la orilla opuesta, y forma un admirable contraste. Suspendidos sobre el curso de las olas, apiñados por los vallas, árboles de todas formas, colores y perfumes se mezclan, crecen juntos, se elevan en los aires a alturas que cansan la vista. Las viñas silvestres, las bignonias, las coloquíntidas se enlazan al pie de estos árboles, escalan sus ramos, trepan hasta sus extremidades, se lanzan del ácer al tulipier, del tilupier a la alcea formando mil grutas, mil bóvedas, mil pórticos. Extraviadas ordinariamente de planta en planta estas enredaderas, atraviesan los brazos de los ríos, sobre

los cuales hechan puentes y arcos de flores. Del seno de estas espesuras embalsamadas, el soberbio magnolia levanta su cono inmóvil, que recamado de rosas blancas domina toda la floresta, y no reconoce otro rival sino la palma, que agita suavemente cerca de él sus verdes abanicos.

 

martes, 19 de diciembre de 2023

MARÍA 388-390

 María

Historia real por  Jorge Isaacs

388-

Se apoyó en el brazo de Emma y se dirigió al rosal de enfrente á mi ventana. Luego que estuvieron cerca de él, María lo contempló casi sonriente, y quitándole las dos rosas más frescas, dijo :

— Tal vez serán las últimas. Mira cuantos botones tiene : tú le pondrás á la Virgen los más hermosos que vayan abriendo.

Acercando á su mejilla la rama más florecida, añadió :

— ¡ Adiós, rosal mío, emblema querido de su constancia!

Tú le dirás que lo cuidé mientras pude, dijo volviéndose á Emma, que lloraba con ella.

Mi hermana quiso sacarla del jardín diciéndole : — ¿ Por qué te entristeces así? ¿ No ha convenido

papá en demorar nuestro viaje? Volveremos todos los días. ¿No es verdad que te sientes mejor?

— Estémonos todavía aquí, ie respondió acercándose lentamente á la ventana de mi cuarto : la estuvo mirando olvidada de Emma, y se inclinó después á desprender todas las azucenas de su mata predilecta,diciendo á mi hermana :

Dile que nunca dejó de florecer.Ahora sí vamonos.

Volvió á detenerse en la orilla del arroyo, y mirando en torno suyo apoyó la frente en el seno de Emma murmurando :

— ¡ Yo no quiero morirme sin volver á verlo aquí!

Durante el día se halló más triste y silenciosa que de costumbre. Por la tarde estuvo en mi cuarto y dejó en el florero, unidas con algunas hebras de sus cabellos, las azucenas que había cogido por la mañana;
y allí fué Emma á buscarla cuando ya había oscurecido. Estaba de codos en la ventana, y los bucles desordenados de la cabellera casi le ocultaban el rostro.

domingo, 17 de diciembre de 2023

MARÍA - CAPITULO LIX

MARÍA

María

Historia real por  Jorge Isaacs


Al sentarnos á la mesa manifesté á D*** que deseaba continuar el viaje la misma tarde si era posible, suplicándole venciese inconvenientes. Él pareció consultar á Lorenzo, quien se apresuró á responderme que las bestias estaban en el pueblo y que la noche era de luna Le di orden para que sin demora preparase nuestra marcha ; y en vista de la manera como lo resolví, D*** no hizo observación de ninguna especie.

Poco rato después me presentó Lorenzo los arreos de montar, manifestándome por lo bajo cuánto le complacía el que no pernoctásemos en Juntas.

Arreglado lo necessario para que D*** pagase la conducción de mi equipaje hasta allí y lo pusiera en camino nuevamente, nos despedimos de él y montamos en buenas muías, seguidos de un muchacho, que caballero en otra, llevaba al arzón un par de cuchugos pequeños con mi ropa de camino y algo de avío que se apresuró á poner en ellos nuestro huésped.

Habíamos vencido más de la mitad de la subida de !a Puerta cuando se ocultaba ya el sol. En los momentos en que mi cabalgadura tomaba aliento, no pude menos de ver  con satisfacción la hondonada de donde acababa de salir, y respiré con deleite el

aire vivificador de la sierra. Veía ya en el fondo de la profunda vega la población de Juntas con sus techumbres pajizas y cenicientas : el Dagua, lujoso con la luz que entonces lo bañaba, orlaba el islote del caserío, y rodando precipitadamente hasta perderse  en la revuelta del Credo, espejeaba á lo lejos en las playas de Sombrerillo.

Por primera vez después de mi salida de Londres me sentía absolutamente dueño de mi voluntad para acortar la distancia que me separaba de María. La certeza de que solamente me faltaban por hacer dos

MARÍA. 379

jornadas para terminar el viaje, hubiera sido bastante á hacerme reventar durante ellas cuatro muías como la que cabalgaba. Lorenzo, experimentado de lo que resulta de tales afanes en tales caminos, trató de hacerme moderar algo el paso, y con el justo pretexto de servir de guía, se me colocó por delante á tiempo que faltaba poco para que coronáramos la cuesta.

Guando llegamos al Hormiguero, solamente la luna nos mostraba la senda. Me detuve porque Lorenzo había echado pie á tierra allí, lo cual tenía en alarma á los perros de la casa. Recostándose él sobre el cuello

de mi muía, me dijo sonriendo:

— ¿Le parece bueno que durmamos aquí? Esta es buena gente y hay pasto para las bestias.

— No seas flojo, le contesté : yo no tengo sueño y las muías están frescas.

— No se afane, me observó tomándome el estribo : lo que quiero es ventear estos judas, no sea que se nos achajuanen por estar tan ovachonas. Justo viene con mis mulás para Juntas, continuó descinchando la mía, y según me dijo ese muchacho que encontramos en la Puerta, debe toldar esta noche en Santana, si no consigue llegar á Hojas. Donde lo encontremos, tomamos chocolate é iremos á dormir un ratico por

ahí donde se pueda. ¿Le gusta así?

— Por supuesto : es necesario llegar á Cali mañana en la tarde.

— No tanto : dando las siete én San Francisco iremos entrando; pero yendo á mi paso, porque de no, daremos gracias en llegar á San Antonio. Hablando y haciendo, bañaba los lomos de las malas con buchadas de anisado. Sacó fuego de su eslabón y encendió cigarro ; echó una reprimenda al muchacho, que venía atrasándose, porque diz que su muía era cueruda, y emprendimos nuevamente marcha mal despedidos por los gozques de la casita.

No obstante que el camino estaba bueno, es decir, seco, no pudimos llegará Hojas sino pasadas las diez.

Sobre el plano que corona la cuesta blanqueaba una tolda, Lorenzo, fijándose en las muías que ramoneaban

en las orillas de la senda, dijo :

— Ahí está Justo, porque aquí andan el Tamborero y el Frontino, que nunca desmanchan.

— ¿Qué gente es esa? le pregunté.

— Pues machos míos.

Silencio profundo reinaba en torno de la caravana arriera : un viento frío columpiaba los cañaverales y mandules de las faldas vecinas, avivando á veces las brasas amortiguadas de dos fogones inmediatos á la tolda. Junto á uno de ellos dormía enroscado un perro negro, que gruñó al sentirnos y ladró al reconocernos por extraños.

— ¡ Avemaria! gritó Lorenzo, dando así á los arrieros el saludo que entre ellos se acostumbra al llegar á una posada. ¡ Galla, Barbillas ! agregó dirigiéndose al perro y echando pie á tierra.

Un mulato alto y delgado salió de entre las barricadas de zurrones de tabaco, que tapiaban los dos costados de la tolda por donde ésta no llegaba hasta el suelo : era el caporal Justo. Vestía camisa de coleta

MARÍA. 381

con pretensiones á blusa corta, calzoncillos bombachos, y tenía la cabeza cubierta con un pañuelo atado á la nuca.

— ¡ Ole ! ñor Lorenzo, dijo á su patrón reconociéndolo;

y agregó : ¿ éste no es el niño Efrain?

Correspondimos á sus saludos, Lorenzo con un pampeo en la espalda y una chanzoneta, yo lo más cariñosamente que el estropeo me lo permitía.

— Apéense, continuó el caporal ; traerán cansada

alguna muía. — Las tuyas serán las cansadas, le respondió Lorenzo, pues vienen á paso de hormiga.

— Ahí verá que no. ¿Pero qué andan haciendo á

estas horas?

— Caminando mientras tú roncas. Déjate de conversar y manda al guión que nos atice unas brasas para hacer chocolate.

Los otros arrieros se habían despertado, así como el negrito que debía atizar. Justo encendió un cabo de vela, y después de colocarlo en un plátano agujereado, tendió un cobijón limpio en el suelo para que yo me sentase.

— ¿Y hasta dónde van ahora? preguntó mientras Lorenzo sacaba de sus cojinetes provisiones para acompañar el chocolate.

— Á Santana, respondió. ¿ Cómo van las muletas ?

El hijo de la García me dijo al salir de Juntas que se te había cansado la rosilla.

— Es la única maulona, pero ten con ten, ahí viene. 382 ISAACS.

— No vayas á sacar carga de fardos en ellas.

— ¡ Tan fullero que era yo I Y qué buenas van á salir las condenadas : eso sí, la manzanilla me hizo en Santarosa una de toditicos los diablos : quien la ve tan tasajuda y es la más filática; pero ya va dando : con los atillos la traigo desde Platanares.

La olleta de chocolate hirviendo entró en escena, y los arrieros á cual más listo ofrecieron sus matocilios de cintura para quo lo tomásemos.

— ¡ Válgame¡  decía Justo mientras yo saboreaba aquel chocolate arrieramente hecho y servido, pero el más oportuno que me ha venido á las manos.

¿Quién iba á conocer al niño Efraín? Al reventón

llevará á ñor Lorenzo ; ¿ no ?

En cambio de su agua tibia de calabazo dimos á Justo y á sus mozos buen brandi, y nos dispusimos á marchar.

— Las once irán siendo, dijo el caporal alzando á ver la luna, que bañaba con blanca luz las altivas lomas de los Chancos y Bitaco.

Vi el reloj y efectivamente eran las once. Nos despedimos de los arrieros, y cuando nos habíamos alejado

media cuadra de la tolda, llamó Justo á Lorenzo : éste me alcanzó pocos instantes después.

 

MARÍA 372-377

MARÍA

María

Historia real por  Jorge Isaacs

 

A las dos de la tarde, hora en que tomábamos dulce en un remanso, Laurean lo rehusó, y se internó en el bosque algunos pasos para regresar trayendo unas hojas : después de estregarlas en un mate lleno de agua, hasta que el líquido se tiñó de verde, coló éste en la copa de su sombrero y se lo tomó. Era zumo de hoja hedionda, único antídoto contra las fiebres, temibles en la costa y en aquellas riberas, que reconocen como eficaz los negros.

Las palancas, que cuando se baja el río, sirven mil

MARÍA. 373

veces para evitar un estrellamiento general, son menos útiles para subirlo. Desde Fleco, á cada paso caían al agua Gregorio y Laurean, siempre después del consabido golpe de aviso, y entonces el primero cabestreaba la canoa asiéndola por el galindro, mientras el compañero la impulsaba por la popa. Así se subían los chorros ó cabezones inevitables ; pero para librarse de los mas furiosos había pequeños caños llamados arrastraderos, practicados en las playas, y más 6 menos escasos de agua, por los cuales subía la canoa rozando con el casco y los guijarros del cauce y balanceándose algunas veces sobre las rocas más salientes.

Los botaderos empeoraron de condiciones por la tarde : como fuesen más y más descolgadas las corrientes á medida que nos acercábamos al Saltico, los bogas al cambiar de orilla, impulsaban simultáneamente la canoa subiendo al mismo tiempo de un salto sobre ella, para empuñar las palancas; y abandonándolas en el instante, una vez atravesado el río, impedían que nos arrebatara el raudal, enfurecido por haber dejado escapar una presa ya suya. Después de cada lance de esta especie, se hacía necesario arrojar de la canoa el agua que le había entrado, operación que ejecutaban los bogas instantáneamente amagando dar un paso y volviendo á traer el pie avanzado hacia el firme, con lo cual salían de en medio de éstos plumadas de agua. Tales evoluciones y portentos gimnásticos asombraban ejecutados por Laurean, aunque él, por su estatura, con ceñirse una guirnalda de pámpanos, habría podido pasar por el dios del río; pero hechos por Gregorio, quien salvo su cara risueña siempre, parecía representar la figura recortada de su compañero, con sus piernas que formaban al andar casi una o, y cuyos pies encorvados hacia dentro eran más que pies, instrumentos de achicar, aquellos prodigios de agilidad causaban terror.

Pernoctamos aquel día en el Saltico, pobre y desapacible caserío á pesar del movimiento que le daban sus bodegas. Allí hay un obstáculo para la navegación,  y es generalmente el término de viaje de los bogas que vienen del Puerto, así como los que subían del Saltico llegaban solamente al Salto, y á este punto, los que bajaban diariamente de Juntas.

La misma tarde arrastraron mis bogas por tierra

 canoa, ya sin rancho, para ponerla en la playa donde debía embarcarme al día siguiente. Del Saltico al Salto, los peligros del viaje salieron de la esfera de toda ponderación.

En el Salto hubo de repetirse el arrastramiento de la canoa para vencer el último obstáculo que allí merece el honor de tal nombre.

Los bosques iban teniendo á medida que nos alejábamos de la costa, toda aquella majestad, galanura, diversidad de tintas y abundancia de aromas que hacen de las selvas del interior un conjunto indescribible.

Mas el reino vegetal imperaba casi solo : oíase de tarde en tarde y á lo lejos el canto del paují ; muy rara pareja de panchanas atravesaba á veces por encima

de las montañas casi perpendiculares que enea MARÍA, 3'75 jonaban la vega ; y alguna primavera volaba furtivamente bajo las bóvedas oscuras, formadas por los guabos apiñados ó por los cañaverales, chontas, nacederos y chíperos, sóbrelos cuales mecían las guaduas sus arqueados plumajes. El martín-pescador, única ave acuática habitadora de aquellas riberas, rozaba por rareza los remansos con sus alas, ó se hundía en ellos para sacar en el pico algún pececillo plateado.

Desde el Saltico encontramos mayor número de canoas bajando, y las más capaces de ellas tendrían ocho varas de largo, y escasamente una de ancho.

El par de bogas que manejaba cada canoa, balanceándose y achicando incesantemente el delantero, el de la popa sentado á veces, tranquilos siempre, apenas divisados al descender por en medio de los chorros de una revuelta lejana, desaparecían en ella y pasaban muy luego velozmente por cerca de nosotros, para volver á verse abajo y distantes ya, como corriendo sobre las espumas. Los peñascos escarpados de La Víbora, Delfina con su limpio riachuelo, que brotando del corazón de las montañas parece que mezcla después tímidamente sus corrientes con las impetuosas del Dagua, y el derrumbo del Arrayán, fueron quedando á la izquierda.

Allí hubo necesidad de hacer alto para conseguir una palanca, pues Laurean acababa de romper su último repuesto. Hacía una hora que un aguacero nutrido nos acompañaba, y el río empezaba á traer cintas de espuma y algunas malezas menudas. 376 ISAACS.

— La niña tá celosa, dijo Cortico cuando arrimamos á la playa.

Creí que se refería á una música tristísima y como ahogada, que parecía venir de la choza vecina.

— ¿Qué niña es esa ? le pregunté.

— Pue Pepita, mi amo.

Entonces caí en cuenta de que se refería al hermoso río de ese nombre que se une al Dagua abajo del pueblo de Juntas.

— ¿Por qué está celosa?

— ¿No ve su mercé lo que baja?

— No.

— La creciente.

— ¿Y por qué no es Dagua el celoso? Ella es muy linda y mejor que él.

Gregorio se río antes de responderme :

— Dagua tiene mal genio. Creciente de Pepita é, porque el río no baja amarillo.

Subí al rancho mientras los bogas hacían sus prevenciones, deseoso de ver qué instrumento tocaban allí : era una marimba, pequeño teclado de chontas sobre tarros de guadua alineados de mayor á menor, y que se hace sonar con bolillos pequeños aforrados en vaqueta.

Una vez conseguida la palanca y llenada la condición indispensable de que fuese  biguare ó cueronegro, continuamos subiendo con mejor tiempo ya y sin que los celos de Pepita se hiciesen importunos.

Los bogas, estimulados por Lorenzo y la gratificación que les tenía yo prometida por su buen manejo.

MARÍA. 377

se esforzaron á fin de hacerme llegar de día á Juntas. Poco después dejamos á la derecha la campiñita de Sombrerillo, cuyo verdor contrasta con la aspereza de las montañas que la sombrean hacia el Sur. Eran las cuatro de la tarde cuando pasamos al pie de los agrios peñascos de Media-luna. Salimos poco después del temible Credo; y por fin dimos dichoso término á la inverosímil navegación saltando á una playa de Juntas.

El amigo D***, antiguo dependiente de mi padre, me estaba esperando avisado por el correísta que nos dio alcance en San Cipriano, de que yo debía llegar aquella tarde. Me condujo á su casa, en donde fui á esperar á Lorenzo y á los bogas. Éstos quedaron muy contentos con " mi persona. " como decía Gregorio.

Debían madrugar al día siguiente, y se despidieron de mí de la manera más cordial y deseándome salud, después de apurar dos copas de cognac y de haberme recibido una carta para el Administrador.